A timba abierta

Oscar Urra · Capítulo 1 de 18

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A timba abierta

--- Todo sigue igual Carlos Salem

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Todo sigue igual

Carlos Salem

«Vivo en Tirso de Molina, muy cerca de la plaza triangular que siempre ha sido el pubis de Madrid. He vivido en tres continentes y, sin embargo, conozco pocos países. Pero muchas ciudades. Y todas se parecen, grandes o pequeñas. Todas se dividen en cintura para arriba y cintura para abajo.

Yo vivo a más o menos cuatro dedos del ombligo, donde empiezan los pelos».

Esto lo escribí hace poco en un cuento autobiográfico. Conozco bien la zona en que se desarrolla la acción de A timba abierta. Pero si no la conociera me bastaría con leer esta novela para acercarme a uno de sus costados en la sombra, el Madrid castizo que es un lunar en la cara multiétnica que se la ha puesto a la ciudad en lo que va del nuevo siglo. El Madrid de las timbas, los viejos nostálgicos, los soplones y los pasmas de cuando la nieve no era un reclamo sintético de centros comerciales, sino simplemente caspa. Un Madrid nocturno y gato que comenzó a gestarse en la posguerra, se afianzó en los sesenta y al llegar los ochenta se embalsamó en vida como los grandes rockeros, para que nada cambie.

A pocos cientos de metros de los escenarios de esta novela se despliega el Lavapiés que mezcla aires paquistaníes con sonidos africanos y hábitos ecológico-alternativos de los neohippies de hoy en día, que sueñan con convertir el barrio en un Montmartre de andar por casa. Pero Óscar Urra no

busca mostrar ese barrio, que por otra parte estudian a vuelo de pájaro (para hacer lo que suelen hacer los pájaros desde su impunidad aérea, usted me entiende) docenas de reportajes en prensa y televisión.

No. Urra nos habla del otro Madrid Centro, el que se enciende cuando los demás se apagan, y no brilla demasiado para que nadie se fije en él. Ese es el primer acierto del autor. El segundo es la elección de un lenguaje y unos personajes acordes con la propuesta. Los restos de otros tiempos deambulan todavía por Doctor Cortezo y por la plaza de Tirso, por más que el alcalde intente convertirla en un mercado de flores que nadie quiere comprar. Las farolas con pinta de antena de marciano gigante siguen sirviendo para mear contra ellas, y en la fuente en escalera que rodea la estatua del comediógrafo se lavan los pies y otras partes más recónditas los yonquis, las putas, y los ex de ambas especies, que se resisten a desalojar del todo lo que fue y será su territorio.

En ese ámbito se mueven los personajes de Óscar Urra. Si miras bien, puedes toparte con el Vitriolo en cualquier terraza, y si te cruzas con el Botines, mejor será que no lo mires de frente. Si alzas la vista, podrás ver a unos cuantos Julios Cabria tomando la decisión final, que es siempre la primera; o a ciertas horas te cambiarás de acera si ves venir de frente a un madero con modos de gánster en decadencia, al estilo de Meléndez.

No es casualidad. El autor ha estado espiándolos para nosotros, los ha salvado del olvido sin juzgar si merecen o no la pena. Y ha conservado también su modo de hablar, sus claves y sus códigos.

Al abordar esta novela, queda claro que Óscar Urra sigue los pasos de Juan Madrid (decir «toma el testigo» no sería exacto, ya que el maestro sigue en forma y dando guerra), y teje una historia made in Tirso en la que la influencia foránea no se detecta.

El tercer acierto es el protagonista. Julio Cabria viene a sumarse a una olvidada legión de investigadores privados de la que casi no se habla porque la novela negra se nos ha vuelto oficialista, uniformada y con chapa.

Y necesitamos detectives, necesitamos justicieros de dudosa moral en su conjunto, pero capaces de un gesto, un solo gesto que reivindique al hombre de la calle cuando comprende la hipocresía de vendar los ojos de la Justicia.

No era necesario: siempre mira hacia otro lado.

Cabria muestra —y mostrará, porque el personaje huele a serie y de las buenas —, las condiciones imprescindibles para un detective madrileño de hoy en día, aunque viva entre las sombras del pasado: es un perdedor que no cree en sí mismo, pero de a ratos, muy de vez en cuando, cree en un semejante y llega hasta donde hay que llegar.

En cuanto a la trama, no desvelaré nada, solo que podría ocurrir. Todo puede ocurrir en mi barrio. Como escribía en el cuento al que hice referencia al comienzo: « Pasa todo el tiempo, en el pubis de Madrid, donde las calles bajan hacia el cono y la gente de lejos se acerca al fuego. Al fuego que sea».

A timba abierta supone un debut poderoso y la entrada en el género de un autor capaz de crear adicción entre sus lectores que, como el que suscribe, ya esperamos la próxima. Que sea pronto.

Carlos Salem (Buenos Aires, 1959), autor hispanoargentino, ha publicado los poemarios Te he pedido amablemente que te mueras (1986), Foto borrosa con mochila (2005) y Poemas al otro lado de la barra (2007). Su primera novela, Camino de ida (Salto de Página, 2007), mereció el Memorial Silverio Cañada a la mejor primera novela policial escrita en castellano en la Semana Negra de Gijón de 2008. Su segunda novela, Matar y guardar la ropa (también en esta editorial) ha recibido el elogio de la crítica y ha gozado de una excelente acogida por parte de los lectores.

Además, ha dirigido diarios como El Faro de Ceuta y El Telegrama o El Faro de Melilla , y colabora con distintos medios de comunicación. Desde 2006 codirige el espacio literario Bukowski club de Madrid.

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