Adorable canalla
Capítulo 1 ........................................................................... 4
Este capítulo es largo, así que está dividido en 10 partes.
Mónica Peñalver
SAGA GALESA, 01
ADORABLE CANALLA
A Javi, Kike y Elisa, mis cuñados
A todos mis sobrinos, Joshua, Iván, Borja, Adrian, Manel, Juan, Pablo y Carmen.
ÍNDICE
Capítulo 1 ........................................................................... 4
Capítulo 2 ........................................................................... 8
Capítulo 3 ......................................................................... 19
Capítulo 4 ......................................................................... 32
Capítulo 5 ......................................................................... 53
Capítulo 6 ......................................................................... 68
Capítulo 7 ......................................................................... 76
Capítulo 8 ....................................................................... 102
Capítulo 9 ....................................................................... 113
Capítulo 10 ..................................................................... 134
Capítulo 11 ..................................................................... 144
Capítulo 12 ..................................................................... 151
Capítulo 13 ..................................................................... 178
Capítulo 14 ..................................................................... 198
Epílogo ............................................................................ 204
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA .............................................. 207
Capítulo 1
Leni Buxter avanzó con seguridad a lo largo del corredor que conducía a la parte posterior de la mansión de Darko Foster. El cuero duro de sus zapatos repiqueteó contra el lustroso suelo de mármol hasta detenerse ante la puerta del despacho. Allí tomó aire y santiguándose mentalmente giró el picaporte de la puerta de la lujosa estancia.
Darko Foster levantó la mirada del montón de papeles que había sobre su mesa dejando escapar una nube de humo de la boca.
—¡Leni! precisamente estábamos hablando de ti —dijo apuntándolo con el extremo de su cigarro.
—Me pregunto si eso debería agradarme —gruñó.
Saludó con la cabeza al contable y brazo derecho de Darko, Harper Reynolds, y se dejó caer sobre un sillón cercano. Luego cruzó las piernas a la altura de los tobillos para examinar con orgullo sus nuevos pantalones de satén. Todos los que conocían a Leni Buxter sabían de su pequeña debilidad por la moda. Darko observó a su lugarteniente con los ojos entrecerrados.
Luego, dejando su cigarro a un lado, tomó una copa de brandy que tenía servida y se la llevó a los labios. La estimulante bebida se deslizó por su garganta reconfortándolo. Permaneció
con la copa levantada mientras seguía estudiando con detenimiento al recién llegado.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó colocando sus largas piernas sobre el escritorio de roble macizo.
Leni chasqueó la lengua, signo evidente de malas noticias.
—No le va a gustar, jefe.
—Prueba a ver —lo animó Darko arrastrando consigo el acento cockney típico de los barrios bajos londinenses.
—Se trata de Loreen…
Darko frunció levemente los labios y miró de reojo a Harper. Este soltó un suspiro a modo de «ya te lo dije».
—¿Qué le ocurre?
—Se ha ido de la lengua.
La expresión calmada de Darko paralizó a ambos hombres. Aquella quietud deparaba, por lo general, arrebatos de cólera mal dominada.
—¿Estás seguro? —preguntó posando su copa suavemente.
—Parece ser que se ha ido de la lengua.
Darko no dijo nada, asimiló esas palabras sorbiendo de su copa. Aquella quietud solía deparar arrebatos de cólera mal dominada.
—¿Estás seguro, Leni? —inquirió tras un largo silencio.
—No al cien por cien —le contestó—, pero parece ser que uno de los chicos del puerto la vio hace un par de días en compañía de Sam Lartimer, el inspector de aduanas.
Diciendo esto, Leni no pudo evitar revolverse nervioso contra el cuero del sillón. ¡Maldita suerte! ¡Tenía que haberle tocado a él anunciarle a Darko que su última amante le había traicionado!
Loreen no era más que una zorra, hermosa, sí, pero una zorra al fin y al cabo. Encaprichado por su espectacular físico, Darko había decidido sacarla del tugurio de mala muerte donde se ganaba la vida como actriz de segunda fila para convertirla en su amante. La muchacha tenía muy claro que podía ganarse la atención de cualquier hombre y, de hecho, había conseguido que uno tan poco dado a los asuntos del corazón como Darko Foster la colmara de costosos regalos e incluso le comprara una pequeña casita. Sin embargo, después de un cierto tiempo Loreen había llegado a la conclusión, poco acertada, de que era el momento de pedir más. Darko la había mandado al infierno harto de sus exigencias, a lo que la mujerzuela reaccionó montando un escándalo en toda regla durante el cual profirió un sinfín de amenazas, amenazas que quizás no fueron tomadas suficientemente en serio. Profiriendo una contundente maldición Darko se puso en pie y, tomando su cigarro en una mano y la copa en la otra, se acercó hasta la chimenea para observar el fuego.
—Hoy los muelles estaban llenos de guardias. ¡Tenías que haberlos visto, Darko! —Escupió Leni con el desprecio propio que todo ladrón siente por los representantes de la ley—. Estaban por todas partes.
—¿Entraron en mis almacenes? —preguntó Darko.
Leni asintió.
—Esos imbéciles lo pusieron todo patas arriba.
La mirada de Darko se oscureció. Mordiendo con impaciencia su cigarro instó a Leni a continuar.
—El chivatazo funcionó bien. Sacamos todo el licor anoche y ahora está camino del norte. —Leni se permitió una sonrisa de jactancia.
—Encárgate de recompensar a nuestro confidente.
—No creo que eso… —intervino el contable, pero Darko alzó una mano para interrumpirle.
—Parece que todavía no te has dado cuenta de los beneficios que aporta el soborno. Si la corrupción del sistema actúa en nuestro favor, ¿por qué no aprovecharnos?
—No creo que sea ético —afirmó con la simplicidad propia de los hombres honorables que dividen las acciones del hombre en buenas o malas.
—Nada lo es en estos días —zanjó Darko malhumorado.
Leni festejó esas últimas palabras con una risita despectiva. Sus diferentes educaciones hacían de Reynolds y Leni dos hombres tan diferentes como la noche y el día. La honorabilidad del contable actuaba como voz de la conciencia dentro de la extraña familia que conformaban Darko y su gente. Una voz bastante fastidiosa
según las ocasiones.
Los pensamientos de Darko regresaron a Loreen, la responsable de todo ese desaguisado. Su traición había conseguido encenderle la sangre.
¡Pequeña zorra consentida! Después de todo lo que había hecho por ella…
En un súbito arrebato de furia arrojó la copa contra la chimenea. Cientos de cristales se diseminaron por el suelo y la alfombra.
Una cosa era cierta, si la chica había traicionado a Foster, había cometido el peor error de su vida.
—Leni, quiero que me la traigas esta noche a los almacenes. Si ha hablado más de la cuenta, le arrancaré la lengua.
—De acuerdo, jefe.
—Que Tom te acompañe —ordenó arrojando el cigarro a las llamas.
Leni asintió levemente mientras se ponía en pie para dirigirse hacia la puerta.
—Se la traeré, jefe —le aseguró antes de abandonar el despacho. Al salir Leni, Darko se quedó dando vueltas por la habitación maldiciendo con palabras encendidas. Harper Reynolds lo observaba en silencio mientras recogía en su carpeta los papeles que había llevado consigo. Esa tarde el humor de Darko le impediría seguir trabajando.
—No quiero ser pedante, pero he de decir que te lo advertí —comentó el contable, incapaz de morderse la lengua.
Darko le lanzó una mirada asesina.
—Cierra la boca, Harper.
—¡Está bien!, pero la próxima vez no me pidas consejo.
—No me hace falta tu aprobación para acostarme con una fulana.
—Tampoco te la daría. Tus gustos difieren bastante de los míos.
—¡Oh, claro! Soy demasiado burdo, ¿no es cierto? Debería presentarme en uno de esos salones llenos de aristócratas estirados y golfas vestidas de dama y cortejar a una dulce virgen que me deje subirle la falda.
—Dudo mucho que tuvieras la oportunidad —criticó Reynolds con acritud.
—¿Por qué? ¿Acaso mis modales no están lo bastante pulidos?
—Tu problema, Darko, es que sólo reconoces dos tipos de mujeres.
—Sí, las zorras y las santurronas, y te aseguro que esa clasificación me ha evitado muchos problemas.
—Déjalo, no lo entenderías.
—Yo sólo espero una cosa de las mujeres, que sean fogosas en la cama.
—Entonces no esperes fidelidad de ellas.
—No me importa compartir una mujer mientras me guarde lealtad.
Reynolds sacudió la cabeza.
—Algún día cambiar{s de opinión…
—Eso querrá decir que habré perdido la sesera y entonces mereceré todo lo que me ocurra.
—¿Sabes? Cualquier día encontrarás una bonita muchacha que te haga perder la cabeza —sentenció Reynolds.
Darko hizo oídos sordos a esas últimas palabras; no era de los que se enamoraban, nunca lo había hecho y creía firmemente en su incapacidad para hacerlo. Sencillamente, esa clase de relación no entraba dentro de sus planes de vida. Rápidamente desechó esos pensamientos para centrarse en Sam Lartimer. Ese maldito bastardo había sido nombrado inspector de aduanas dos años antes, y desde entonces, los dos hombres habían estado jugando al ratón y al gato, quedando siempre en evidencia la falta de eficacia del representante de la ley a la hora de vigilar el tráfico ilegal de brandy francés, que Darko manejaba a su antojo. Este mantenía toda una red de espías y chivatos a lo largo y ancho de la ciudad y nada se movía sin que él lo supiera previamente. No era de extrañar que Lartimer declarara públicamente que su mayor interés era dar caza a Dark Darko, alias con el que se le conocía en los barrios bajos. El mérito que conseguiría por semejante hazaña colmaría las elevadas aspiraciones del funcionario, pensaba Darko con ironía. Hasta el momento, Darko había ganado todas las manos de esa partida. Sin embargo, la continua frustración de sus planes había convertido a Lartimer en un enemigo desesperado y, por tanto,
potencialmente peligroso. Pero si había algo que Darko Foster sabía hacer era cubrirse las espaldas. Por eso lo ocurrido con Loreen lo enfurecía tanto, había cometido una falta de previsión al no contar con que Lartimer usaría esa carta en su contra.
—Debo irme. Nos veremos mañana. —Las palabras de Reynolds lo trajeron de vuelta.
—Y, Darko… —agregó.
—¿Sí?
—Procura no ser demasiado duro con ella.
—¿Quieres decir que no deseas verla flotando en el Támesis?
—Sabes perfectamente a lo que me refiero —indicó Reynolds exasperado. Darko se llevó una mano al pecho fingiendo estar profundamente ofendido.
—Jamás golpearía a una dama, aunque ésta se lo mereciera por poner nuestros pescuezos en peligro.
—Sé que nunca lo harías, pero dejarás que crea que eres capaz de eso y de mucho más. La pobre chica morirá de terror.
—Digno castigo —repuso.
Reynolds chasqueó la lengua con fastidio mientras salía del despacho.
Si Darko Foster iba a interrogar a Loreen esa noche, no quería tener nada que ver en el asunto. A solas con sus pensamientos, Darko observó a través de la ventana cómo el frío viento de marzo arrastraba un montón de hojarasca por el descuidado jardín posterior.
Loreen iba a tener que aclarar muchas cosas cuando estuviera por fin ante él.
Capítulo 2
Agazapados tras una columna, Leni y Tom observaban a Loreen, que se dirigía a una de las numerosas tiendas de Oxford Street.
—Esperamos a que salga y la cogemos.
—La esperamos y la cogemos —repitió Tom tontamente con la vista fijada en el otro lado de la calle. La inteligencia de aquel gigante no brillaba precisamente por su rapidez y Leni no podía evitar regodearse a su costa.
—Serías un estupendo papagayo —comentó Leni.
La burla enfureció al hombretón. Su mano, del tamaño de un melón, se cerró en un puño atrapando por la pechera el escuálido cuerpo de su compañero.
—¿Te estás burlando de mí? —preguntó zarandeándolo. Leni se pasaba la vida tomándole el pelo, y lo peor era que Tom no sabía cuándo lo hacía y cuándo no.
—No. Vamos grandullón, ¿cómo iba a hacer yo eso? ¡Eh! ¡Suelta! Me estás arrugando la chaqueta y me costó un ojo de la cara.
Tom se lo acercó para observar su rostro. Leni fingió una sonrisa beatífica mientras trataba de apartar la mano del paño de su chaqueta.
—¡Mira Tom! —dijo señalando al otro lado de la calle.
En ese preciso momento una dama salía de una tienda y se dirigía acompañada de un hombre calle arriba.
Con esa distracción, Leni consiguió desasirse y estirando el cuello de su chaqueta rió por lo bajo.
Al mismo tiempo, en otra de las tiendas de Oxford Street, Alanis Benedit Sinclair estiraba los brazos por enésima vez mientras la costurera, la señora Gibbons, le tomaba de nuevo las medidas.
—Gírese, querida.
Alanis obedeció mansamente.
—Tiene una figura deliciosa —afirmó con vehemencia—. Esbelta como una sílfide.
Alanis se miró con curiosidad en el espejo, atenta ante cualquier cambio que hubiera podido operarse, pero la imagen reflejada era la misma de siempre, la de una joven pecosa y delgada.
—Vuélvase, querida.
Cómodamente sentada en un sillón de terciopelo, su tía Gertrud asistía a la escena complacida como una gallina ante su polluelo.
—Es igual que yo a su edad —afirmó, pese a no sobrepasar en altura el hombro
de la joven y doblar su contorno esférico.
Atareada en sus dibujos y patrones, la ayudante de la señora Gibbons le dedicó
una mirada de suspicacia desde su cuaderno de notas.
—Hacia la derecha por favor, querida.
¿Qué había llevado a Alanis a dejarse embarcar en semejante aventura?
Apenas dos semanas antes su vida transcurría plácidamente en Blackwood y, de repente, se encontraba en Londres con su muy querida tía Gertrud preparando por todo lo alto su presentación en sociedad. Era ridículo, nadie hacía una presentación en sociedad a una edad tan avanzada. Se iba a
convertir en blanco de comentarios maliciosos y no podría evitar que circularan mil y una elucubraciones acerca de por qué había tardado tanto en hacerlo. El hecho de convertirse en el centro de atención de la alta aristocracia londinense le provocaba un pánico atroz e intensificaba sus deseos de regresar a casa lo antes posible. Pero tras la apresurada boda de su hermana, tía Gertrud había centrado en ella sus aspiraciones matrimoniales. La retirada, por tanto, no era una opción.
En los planes de tía Gertrud, el punto número uno era dotar a la joven de un vestuario adecuado que asegurara su éxito en sociedad. Así que, a lo largo de la última semana, Alanis no había hecho otra cosa que estirar los brazos, subirse a banquetas, girar e intentar mostrar algo de interés por el corte de sus vestidos. Pero sus fuerzas tenían un límite…
En ese momento sonó la campanilla de la puerta indicando la entrada de un posible cliente.
Las tres mujeres apostadas alrededor de Alanis se volvieron curiosas hacia la recién llegada. Alanis, ensimismada, suspiró mientras dejaba caer los brazos. La señora Gibbons reconoció enseguida a la señorita Loreen. No hacía mucho, Darko Foster había gastado una importante suma de dinero en un escandaloso vestuario para ella. Sabiendo cuan generoso era el señor Foster con sus amantes, era muy posible que la señorita Loreen quisiera realizar un nuevo pedido. La codicia iluminó los ojos de la costurera.
—Si me disculpa, querida, será sólo un instante —se apresuró a decir mirando de reojo a Loreen.
—No se preocupe por mí —la apuró Alanis agradeciendo aquella súbita intervención—. Creo que necesito un descanso —concedió suspirando de alivio. Luego, volviéndose hacia su tía Gertrud, le dijo—: Saldré a la calle.
Necesito tomar aire fresco.
—Coge tu capa, no vayas a resfriarte.
—Sólo será un instante, el frío me reanimará.
—¡No te alejes de la puerta! —le aconsejó la mujer, absorta ya en los diseños dispuestos sobre la mesa—. ¡Y no hables con ningún extraño! No sabes con cuántos sinvergüenzas puede una encontrarse hoy día.
—Sí, tía Gertrud —musitó Alanis haciendo sonar la campanilla de la entrada al abrir la puerta—. Volveré en unos segundos.
Alanis agradeció el frío del exterior. Caminó despacio bajo el soportal sin
alejarse demasiado de la entrada. En una de las esquinas del edificio había una pequeña balaustrada en la que se apoyó para observar la calle.
Más allá de la luz de las farolas, la ciudad estaba oscura. El bullicio parecía haber disminuido considerablemente, pero aun así seguía llamando la atención de Alanis, poco acostumbrada a él. Observó con interés un carro cargado de carbón que pasaba lentamente por la calle. Lo conducía un hombre de mediana edad al que acompañaban un niño y un perro. Más atrás, siguiéndolos a pie, una mujer anunciaba a gritos la mercancía. Los elegantes transeúntes apenas le prestaban atención mientras se dirigían a sus lujosas mansiones o paseaban en lustrosos carruajes. Todo en Londres parecía vertiginoso y rápido comparado con su Blackwood natal. Alanis aún no acertaba a pensar si eso era bueno o malo; era una ciudad injusta y a la vez llena de oportunidades.
Absorta en sus pensamientos, Alanis oyó sonar la campanilla de la tienda. Se volvió hacia la puerta y vio salir a una mujer. Era la misma que había entrado minutos antes, fácilmente identificable por su colorido cabello rojo y su llamativa capa verde. Apenas había dado unos pasos cuando un hombre pasó junto a ella y le murmuró algo que la hizo sonreír y pestañear afectadamente. Alanis observó la escena aun sabiendo que estaba mal. Sabía que lo más conveniente hubiera sido entrar en ese mismo momento, pero algo la llevó a permanecer allí, observando con curiosidad a la mujer mientras ésta se colocaba con coquetería los guantes. Al otro lado de la calle, dos hombres observaban a la recién salida sin pestañear.
¿Qué tendría esa mujer que tanto atraía a los hombres? La extraña pareja no le quitaba la vista de encima. Uno de ellos pareció decirle algo al otro y ambos comenzaron a cruzar la calle en su dirección.
«¡Vaya facilidad para atraer a los hombres!», pensó Alanis ajustándose la cofia sobre los rizos.
Cuando los dos hombres alcanzaron a la mujer, se situaron cada uno a un lado a modo de guardianes.
—Buenas noches, querida —la saludó el más bajo de ellos llevándose la mano a una vistosa chistera verde.
La mujer emitió una especie de jadeo al sentir que la tomaba por el brazo.
—¿Serías tan amable de acompañarnos?, si no te supone una molestia, claro —
murmuró tirando de ella sin ninguna delicadeza.
¿Se conocían? La pregunta retumbaba intermitentemente en la cabeza de Alanis. ¿Por qué la mujer parecía tan asustada entonces?
—¡Sol… soltadme! —tartamudeó aterrorizada.
—¡Ah! ¡Ah! Ni se te ocurra montar un numerito —la amenazó el hombre obligándola a caminar.
Alanis miró con urgencia hacia la calle para ver si alguien más estaba presenciando aquel abuso. La calle estaba desierta. ¿Cómo era posible?, minutos antes había gente por doquier. Tragando saliva se volvió de nuevo.
«¡Se está cometiendo un secuestro! —pensó—, ¡y yo soy la única testigo!». La mujer luchaba desmadejadamente tratando de librarse de los dos hombres que la
arrastraban hacia el otro extremo de la calle.
El corazón de Alanis comenzó a latir con fuerza. La joven no tenía ninguna posibilidad de escapar de las garras de aquellos dos tipos. Y si ellos conseguían su cometido, ¿qué sería de la mujer? ¿Moriría asesinada a manos de aquellos gañanes?
Debía hacer algo. Lo más prudente era entrar en la tienda y pedir auxilio, pero ¿y si mientras tanto los dos hombres desaparecían llevándose consigo a la mujer?
Sin pensarlo dos veces, comenzó a gritar:
—¡Eh, ustedes… suelten a esa mujer! —dijo señalándolos. El más bajo soltó una sarta de maldiciones mientras el otro, el que parecía un Goliat, la miró sorprendido.
—¡He dicho que la suelten! —repitió alzando la voz un grado. El hombrecillo miró ansiosamente a un lado y a otro.
—¡Cállese la boca! —espetó tirando con urgencia del brazo de la mujer.
Al ver que sus órdenes no surtían efecto, Alanis corrió tras ellos. Al alcanzarlos se situó detrás del más alto, lo agarró por el faldón del abrigo y tiró de él clavando los talones en el suelo.
—¡Suéltenla ahora mismo! —insistió.
El hombretón la miró como si se tratara de una araña venenosa, casi con terror. Su mirada oscura se volvió interrogante hacia su compañero.
—¡Hazla callar, maldita sea! —gruñó éste mientras maniataba a la otra mujer.
—¡Les exijo…! —Alanis se interrumpió abruptamente cuando el gigante se volvió hacia ella—: ¡Dios Santo! —musitó ahogadamente mirando los dos metros de humanidad de aquel coloso.
De repente, una enorme mano la asió con la fuerza de un grillete.
—¡Suélteme! —gritó asustada. Empezaba a darse cuenta de que se estaba metiendo en un grave problema.
—¡Maldita sea, Tom! ¿Quieres que se entere medio Londres? —inquirió el bajo mientras hacía señales a un carruaje oculto en la oscuridad de un callejón cercano. El hombretón tiró bruscamente de ella. Confundida, Alanis oyó cómo el carruaje se acercaba y adivinó, aterrada, que la intención de aquellos hombres era subirse a él.
Trató de zafarse de la presa del coloso tirando de su brazo, pero como apenas consiguió nada, se volvió propinándole una patada en la espinilla. El hombretón ahogó un gemido sin apenas aflojar los dedos. Desesperada, siguió descargando patadas en las piernas del hombre. A esas alturas, el terror dominaba todos sus actos y apenas lograba coordinar sus movimientos. Abrió la boca para chillar de nuevo, pero en ese mismo instante alguien le introdujo un trapo maloliente en la boca. Aterrada, creyó que se iba a desmayar de un momento a otro.
«¡Aún no, Alanis Benedit! ¡Tienes que seguir luchando!», le reconvino una voz interior. Negándose a abandonar, aplicó nueva fuerza a sus temblorosas piernas y estiró la mano para arañar el rostro del más bajo, que se había acercado para ayudar a su compañero.
—¿Tienes que ser tan cuidadoso? ¡Acaba con esto de una vez! —ordenó Leni
apartando el rostro de aquellas pequeñas garras justo a tiempo—. ¡Por Dios, Tom, agárrala! —exclamó antes de recibir un derechazo en el ojo. Su elegante chistera salió
disparada hacia un charco cercano—. ¡Maldita puta! —La furia encendió sus redondos ojos—. ¡Era mi mejor sombrero! —le gritó sujetándola con extrema violencia por las muñecas.
El gigante se inclinó para atrapar sus piernas y de repente, Alanis se vio alzada como un saco. De nuevo el terror se apoderó de ella. No podía dejar que se la llevaran.
Logró liberar una pierna de los gruesos brazos del gigante y aplicó todas sus fuerzas en lanzarle una patada. El golpe debió de ser efectivo porque del hombre brotó un gemido apagado, como el de una bestia herida de muerte.
Acto seguido, se tambaleó soltando por completo a la joven. Alanis había acertado a golpear justo en los testículos del coloso.
La repentina libertad la cogió por sorpresa y no tuvo más remedio que asirse al otro hombre para no caer al suelo de plano. Sin saber muy bien cómo, ambos acabaron en el suelo en un revuelo de faldas, barro y piernas.
A esas alturas, muchos curiosos se habían acercado a la trifulca. Era cuestión de segundos que se dieran cuenta del intento de secuestro de la joven que en aquellos momentos luchaba desesperadamente por ponerse en pie. La situación requería medidas drásticas o Leni tendría que darle explicaciones a Darko de porqué una tarea tan sencilla como era ir a buscar a Loreen había dado lugar a un escándalo público.
Leni la agarró por el ruedo del vestido y a base de tirones consiguió mantenerla en el suelo.
—Lo siento, monada, pero tú te lo has buscado —gruñó lanzando su puño contra la barbilla de la muchacha.
Un segundo después todo se había vuelto oscuro.
Un incesante traqueteo del suelo obligó a Alanis a abrir los ojos.
Desorientada, trató de identificar el lugar donde se hallaba. Un agudo dolor se clavaba en su espalda y en su mandíbula. Trató de moverse, pero algo se lo impedía. Lentamente la nube de confusión en la que se encontraba sumida se fue difuminando para dar paso a la aterradora realidad: había sido raptada.
Su corazón se aceleró avivando su instinto de supervivencia.
¡Necesitaba ayuda! Pensó con desesperación en su tía Gertrud, que sufriría una apoplejía cuando se percatara de su ausencia, y sus padres… ¡Calma!
Necesitaba calma para pensar en cómo salir de aquella situación.
Se hallaba dentro de un carruaje amordazada y atada de pies y manos, analizó. Los secuestradores ni siquiera se habían molestado en colocarla sobre el asiento, sino que se habían limitado a depositarla sobre el suelo rodeándola con sus pies. En el interior del vehículo reinaba la penumbra y apenas era posible distinguir a los ocupantes. Alanis agudizó el oído tratando de escuchar sus murmullos.
—¡Estúpidos ignorantes! Ahora sí que la habéis hecho buena. Habéis raptado a una dama —decía una voz femenina que Alanis identificó como la de la mujer pelirroja. Esta parecía estar tratando de mover sus piernas, atadas al igual que las de Alanis.
Tom miró hacia el suelo donde la joven dama yacía.
—No deberíamos haberla traído —dijo frunciendo el ceño. Leni carraspeó incómodo, pero se negó a admitir su error.
—¿Y qué querías que hiciéramos? Se lo ganó por entrometida. Además, tengo mis dudas de que se trate de una dama.
—Leni, tú no sabrías distinguir a una dama ni aunque te topases con la mismísima reina —se burló la mujer.
—Cállate, zorra. Es por tu culpa que nos encontramos en esta situación.
—¿A quién llamas zorra, maldito cabrón?
—¡No os peleéis! —medió Tom deteniendo la trifulca que se avecinaba
—. ¿No deberíamos dejar que se sentara? —preguntó mirando el bulto a sus pies—. No había por qué golpearla, Leni.
Alanis dejó escapar un bufido ahogado bajo su mordaza. Al fin algo inteligente.
—¿Y qué diablos querías que hiciera? Un minuto más y todos los guardias de Londres hubieran caído sobre nosotros.
—¿Qué vamos hacer con ella? —preguntó Tom apenado.
—Darko decidirá.
Loreen dejó escapar una exclamación.
—Sí, preciosa, tú también tienes motivos para tener miedo. Darko te dará tu merecido.
—¡Yo no he hecho nada! —se defendió Loreen.
—Sí, y yo soy cura. Explícaselo al jefe cuando lo tengas delante —
escupió Leni despectivamente—. Deberías haber mantenido la bocaza cerrada en vez de haber hablado con quien no debías. En cuanto a ésta —
señaló golpeando con la puntera de su zapato el trasero de Alanis— no me da ninguna pena. Tengo el ojo morado por su culpa y mi mejor sombrero echado a perder. Y tú —dijo señalando a Tom— no deberías olvidar tan rápido lo que duele una patada en los huevos.
—¡Eres un animal! —exclamó Loreen ofendida.
Y eso mismo hubiera gritado Alanis de haber podido. ¿Adónde la llevaban y quién era ese tal Darko? Estaba claro que había cometido un error de cálculo al querer ayudar a Loreen y pensar que la mujer no conocía a sus secuestradores. El carruaje se detuvo al fin. Los densos olores del Támesis se colaron a través de las ventanas del coche. El chapoteo del agua y el crujir de las amarras dieron a Alanis una idea acertada de dónde se encontraban: los muelles. Los dos hombres bajaron del carruaje e hicieron salir a Loreen a trompicones.
—Coge a tu dama, la llevaremos adentro.
—Ella no es mi dama —protestó Tom, pero se volvió para obedecer—.
Lo siento señorita —se excusó arrastrando a Alanis por el suelo del carruaje
—, pero no se preocupe, no le haremos daño. —Luego la cargó sin dificultad sobre su hombro.
Alanis ahogó un quejido al verse colgando de nuevo como un triste fardo. Levantó la cabeza tratando de atisbar el lugar, un patio cerrado con altos muros de ladrillo. Apostados alrededor del recinto cerrado, cinco vigilantes estallaron en risas al ver a las dos mujeres. Entraron en una de las naves de las tres que se alineaban en torno al patio escasamente iluminado.
A través de su melena desgreñada, Alanis pudo observar el interior del local, cubierto por montones de sacos apilados y bien ordenados a lo largo de las paredes. Llegaron a una pequeña habitación decorada con muebles viejos y apolillados que parecía ser una oficina. Leni sentó a Loreen en una silla colocada en el centro de la estancia. Alanis fue descargada sin más en una esquina, sobre una pila de sacos viejos.
—Darko llegará en un momento. Yo que tú comenzaba a rezar —avisó Leni señalando a Loreen.
El rostro de la mujer se transmutó en una máscara de auténtico terror, gruesas lágrimas se deslizaron por su rostro maquillado.
—Tenéis que creerme, yo no he dicho nada —gimoteó.
Alanis se compadeció de ella, el nombre de Darko parecía producirle auténtico pavor. Se preguntó a qué clase de monstruo iba a enfrentarse y no pudo evitar que un escalofrío le helara la sangre; luego le tocaría a ella.
Darko avanzó con desenvoltura a lo largo de la nave en penumbras, conocía cada palmo del lugar. Inspiró brevemente el olor acre para reconfortarse con él. Su vida había sido una continua lucha para la consecución de un único sueño, ser rico. Podía presumir de haberlo conseguido a la temprana edad de veintiocho años. Aquellas naves llenas de mercancías eran toda su vida.
—Buenas noches —saludó al entrar en el pequeño despacho con la desenvoltura de un cazador en su territorio.
La profunda voz hizo que Alanis levantara la cabeza. Desde su posición pudo ver a un hombre alto junto a la puerta. Se preguntó si sería aquél el famoso Darko. El hombre avanzó con elegancia felina hasta situarse detrás de Loreen, que se retorcía contra sus ataduras.
—Loreen —dijo masajeando los tensos hombros de la mujer con la delicadeza de un atento esposo—, espero que Leni y Tom te hayan tratado
correctamente. Su voz suave, casi sedosa erizó la piel de Alanis. De espaldas a él la joven no podía ver su rostro, pero según notó, pese a estar inclinado sobre Loreen, su altura era llamativa. Los anchos hombros poseían una envergadura considerable en elegante y masculina proporción con sus estrechas y firmes caderas. Llevaba el oscuro cabello corto, excesivamente corto a diferencia de lo que marcaba la moda. Alanis no pudo evitar estremecerse al comprender que su vida dependía del capricho de ese hombre.
—Darko, debes creerme, yo no le he contado nada a nadie —lloriqueó Loreen.
—Será mejor que me lo cuentes todo —dijo cerrando suavemente las manos en
torno a su cuello.
—Yo… yo no sé por dónde empezar. —Su cabellera rojiza se agitó velozmente.
—Prueba por el principio, será lo más conveniente —le susurró acariciándole el oído con los labios.
En el otro extremo de la habitación, Alanis se encogió ante el aura de peligrosidad que emanaba de ese hombre.
Darko alzó la vista para mirar a Leni, que observaba con una sonrisa burlona la escena apoyado en la destartalada mesa. Alzó una ceja al observar el desastrado aspecto de su lugarteniente. Una segunda ceja se alzó al ver un oscuro morado en su ojo.
Sonrojado, Leni se ocultó tras la mesa y manifestó un súbito interés por el suelo de piedra gris, rehuyendo así la mirada inquisitiva de Darko. Éste se encogió de hombros mentalmente, ya averiguaría más tarde a qué se debía el lamentable aspecto de Leni.
—¿Y bien querida? Estoy esperando.
—Te quiero —respondió impulsivamente la mujer.
—Me alegro por ti.
Loreen volvió la cabeza hacia el hombre:
—Cuando tú… cuando tú me dejaste, yo… —Se interrumpió con un hipido de ansiedad.
—¿Sí?
«¡Qué hombre tan ególatra e insufrible! —pensó Alanis—. ¿Qué crimen tan cruel debe de haber cometido Loreen para tener que soportar algo semejante?».
—… Yo estaba desesperada —prosiguió la mujer.
—¿Y?
—Y Lartimer, él me propuso declarar en contra tuya, pero antes debía encontrar algo de lo que acusarte.
—¿Y lo hiciste?
—No podía ayudarle. Le dije que siempre me habías mantenido al margen de tus negocios. Le expliqué que no sabía nada de ellos, que lo único que sabía de ti era lo bueno que eres en la cama.
—Vaya, gracias. Continúa —ordenó con un gesto autoritario que despertó la antipatía de Alanis.
—Me amenazó con mandarme a la cárcel si no colaboraba; dijo que podía inventarse cualquier cosa, desde un asesinato en el que me viera implicada hasta un robo, y que evitarlo sólo dependía de mí —gimoteó Loreen.
—¿Qué le contaste?
—Nada, lo juro Darko, debes creerme. Sólo le dije que tú negociabas con muchas cosas y que yo ignoraba si eran legales o ilegales.
—Loreen, odio las mentiras casi tanto como la traición —susurró con voz suave cerrando nuevamente sus manos en torno al cuello de la mujer—.
Por favor, no me obligues a pregunt{rtelo de nuevo…
Loreen comenzó a sollozar sin control. Era obvio que veía muy cercano su final.
—¡Darko, por favor! —suplicó ella entre lágrimas.
Alanis se removió contra sus ataduras. ¡Nunca había presenciado semejante irracionalidad!
Darko se enderezó de repente. Parpadeó varias veces observando a Leni. Este rehuyó su mirada con embarazo. Miró entonces a Tom, que apoyado contra la pared miraba aprensivamente hacia el fondo de la habitación. Su rostro ancho denotaba una angustiosa ansiedad.
—¿Sucede algo? —preguntó asaltado por una súbita premonición. Un quejido a sus espaldas fue la única respuesta. «Algo va mal», pensó antes de volverse con los ojos entrecerrados.
Allí, a escasos metros sobre una pila de sacos viejos se hallaba una mujer atada y amordazada.
—¿Qué diablos…?
—¡La culpa es de ella! —se apresuró a decir Leni poniéndose en pie. El corazón de Alanis se aceleró cuando la atención del hombre se centró en
ella. Como si fuera la misma muerte de quien se tratara, se puso frenética cuando él se acercó.
La mano del hombre se estiró hacia su mordaza y sin molestarse en apartar la enmarañada melena que le cubría el rostro, tiró de ella sin ninguna delicadeza.
—¿Quiere alguien explicarme qué demonios está ocurriendo aquí? —
tronó
haciendo que Tom y Leni saltaran sobre sus pies. Incluso Loreen había detenido su incesante llanto atenta a lo que ocurría a su espalda.
—No tuvimos alternativa, jefe. Fue ella quien se inmiscuyó en nuestros asuntos. Alanis dejó escapar un bufido.
Darko volvió la atención hacia la enmarañada figura que se debatía por enderezarse. Alanis se incorporó como pudo y dio un golpe de cabeza para apartar su cabello, descubriendo al fin un rostro de singular belleza.
—Pero si es una niña —gruñó levemente escandalizado.
—No soy ninguna niña. Para su información acabo de cumplir veintiún años —
dijo sintiendo un dolor agudo en su mandíbula. Movió a un lado y a otro la quijada probando el grado de dolor que podía tolerar.
Darko observó el movimiento fijamente. Un oscuro moretón deformaba la parte inferior de aquel rostro ovalado y delicado.
—No tuve m{s remedio que atizarle, jefe, ella no dejaba de gritar…
—¿La golpeaste? —preguntó Darko suspicaz.
—Sí, pero ya le digo, ella no dejaba de gritar y arañar como una gata.
Me dio un puñetazo y mi mejor sombrero quedó destrozado por su culpa.
—¡Por todos los diablos!, no puedo creerlo. —Darko miró confundido a Tom, que apartó sonrojado la mirada—. ¿Tú no hiciste nada?
El sonrojo del gigante se hizo más intenso.
—No, jefe —musitó jugueteando infantilmente con un botón de su chaqueta.
—Ella le atizó una patada en sus partes, casi lo deja seco. La mirada verde de Darko regresó al rostro ovalado de la chica. Miró con atención sus delicados y casi infantiles rasgos.
—Sus hombres estaban secuestrando a esta pobre mujer, obviamente bajo órdenes suyas. Yo sólo pretendía ayudarla —se defendió Alanis nerviosa. Tenerle cerca era como tener una pantera olisqueándole los pies.
Mientras le hablaba, Alanis constató con sorpresa que Darko era un hombre
atractivo. La escasa distancia que la separaba de él le permitía distinguir las ligeras motas castañas que salpicaban unos ojos intensamente verdes. Las largas pestañas negras que los bordeaban no conseguían dulcificar su rostro granítico, de facciones marcadas y fuertes. Sus enjutas mejillas se tensaron mientras descargaba una intensa mirada sobre ella. Inconscientemente, Alanis tragó saliva al fijar sus ojos en la seductora boca que se extendía bajo su nariz aguileña. Aquel hombre tenía la belleza de un lucifer vengador.
Darko la ignoró de nuevo para clavar la mirada en sus hombres.
—No tuvimos más remedio que traerla con nosotros —declaró Leni.
—Les dije que se estaban metiendo en un lío, pero no me hicieron caso
—señaló
Loreen tratando de salvar su precaria situación.
—Ella nos había visto, jefe; bien podía ir ante cualquier guardia y contarle lo del secuestro.
—¿Ah sí? ¿Y qué podría haber contado? —inquirió Darko furioso.
—Su familia la estará buscando desesperadamente. Por si no te has dado cuenta, Darko, se trata de una dama —apuntó Loreen.
Ante esa afirmación Darko dio un respingo y dirigió su mirada hacia la joven. Su vestido manchado y su larga melena revuelta le habían llevado a pensar que se hallaba ante una pequeña tunante de la calle.
—¿Es eso cierto?
—Mis padres me han hecho educar como tal —confirmó con precaución. Su exquisita pronunciación no dejó lugar a dudas—. Soy lady Alanis Benedit Sinclair. ¿Y
usted es…?
Darko se puso en pie dejando escapar un gruñido bronco como única respuesta. Sus ojos verdes relampaguearon con furia ante aquel imprevisto.
¡Una dama! ¡Una maldita dama!
¡Diablos! ¿Qué se supone que debía de hacer ahora? Secuestrar a una dama era un delito castigado con la horca. Si Sam Lartimer se enteraba, podría valerse de ello para echarse sobre él.
—Puedo llevarla a darse un baño al río, nadie se enterará de nada —
ofreció
Leni.
Alanis lo miró con un leve parpadeo mientras Tom y Loreen protestaban vivamente ante semejante ofrecimiento. Desconocía que lo que Leni
proponía era, simplemente, deshacerse de ella arrojándola al Támesis.
—Deberíamos dejarla ir.
La propuesta de Tom tuvo una acogida favorable por parte de Alanis:
—Le aseguro que nadie sabrá nada de esto si me libera, señor. Quedará como un secreto entre nosotros, le doy mi palabra —prometió solemne.
Darko se volvió de nuevo hacia la joven. La miró incrédulo por unos segundos.
—Hace tiempo que aprendí a desconfiar de la palabra de una mujer. De momento sácala de aquí —ordenó a Leni—, y procura que no se te vaya la mano.
—Si no le importa, preferiría la compañía del señor Tom. Darko miró exasperado hacia el rincón que ocupaba la joven.
—El señor Leni y yo no congeniamos demasiado —explicó con una simpatía que deslumbró a Darko por su naturalidad.
—Llévatela fuera de mi vista —gruñó malhumorado a su lugarteniente
—, y que Tom te acompañe.
—Sí, jefe —respondió ansioso por ganarse su favor. Se acercó a la joven y, sin ningún miramiento, la agarró por las muñecas atadas—. Vamos, preciosa.
—¿Es necesario que mis piernas estén atadas?
Tom miró a Darko, que con un gesto de la cabeza le permitió soltarle las ataduras.
—Tranquila señorita, ahora mismo la suelto, no le haré daño —dijo el coloso sacando un cuchillo de enormes dimensiones de su bota. Se agachó con premura junto a la joven y le dedicó una sonrisa bobalicona. Alanis le respondió
devolviéndole la sonrisa:
—Gracias, señor Tom.
—¡Señor Tom! —se burló Leni viéndose relegado a un segundo plano.
Tom cortó la soga con la misma facilidad que si hubiera sido mantequilla.
El punzante dolor que le recorrió las pantorrillas llevó a Alanis a aceptar agradecida el brazo que le tendía el coloso.
—Gracias —dijo deslumbrando a todos con una sonrisa.
—¡Vamos! —gruñó Leni abriendo la puerta de un tirón. Ahora estaba molesto porque aquella señoritinga prefería la compañía de su compañero a la suya. Antes de que salieran Darko les dedicó a los tres una última mirada.
La joven, de por sí delgada, parecía más pequeña aún al lado de su
gigantesco ayudante. Pese al miedo y al fuerte dolor que debía de estar sufriendo por las ataduras, no había emitido ni un solo sonido de protesta.
Su entereza y la manera en que se había enfrentado a él, sin muestra alguna de temor, le dejaron una grata sensación que se acrecentó al recordar el modo en que le había sonreído a Tom. El profundo suspiro que lanzó Loreen le hizo olvidarse de la joven y centrarse de nuevo en su antigua amante.
Capítulo 3
Alanis permaneció sentada sobre un montón de sacos mientras Leni y Tom la vigilaban. Lanzaba furtivas miradas hacia la destartalada puerta de la oficina y trataba de agudizar el oído. Finalmente, su nerviosismo la hizo volverse hacia sus guardianes:
—¿Qué hay en esos sacos? —preguntó señalando al frente. Leni la miró desdeñoso.
—No es de tu incumbencia.
—Señor Leni, su educación deja mucho que desear —repuso airada.
—No le haga caso, milady. Es mejor que no nos pregunte nada, será más conveniente para usted —dijo Tom.
Alanis asintió.
—Tan sólo quiero mantener una conversación educada, señor Tom, y desgraciadamente estoy demasiado tensa para mantenerme callada.
—Lo entiendo.
—Deja de darle coba, no es más que una pomposa entrometida —
intervino Leni.
—Y usted un charlatán mal vestido.
Un vivo color rojo cubrió el rostro y las puntiagudas orejas del hombre.
Aquél era un certero insulto para con su persona.
—Para que lo sepas, este traje me costó un ojo de la cara —la desdeñó ofendido—. Además, ¿qué puedes saber tú? No eres más que una mocosa sin experiencia.
—Sé lo bastante. Los colores que usa son demasiado estridentes en cualquier caballero que se precie de serlo. Yo que usted optaría por tonos un tanto más apagados.
—¿Tonos más apagados? Mi sastre me aseguró que estos colores son el último grito en París.
—Puede ser, señor, pero decididamente, no van con su persona.
Darko dedicó una profunda mirada a su antigua amante. Loreen había dejado de llorar tras responder a todas las preguntas que le había formulado.
Finalmente, sus palabras lo habían convencido de que, después de todo, no había informado a Lartimer de nada especialmente peligroso para su organización.
—Diré a Leni que te acompañe de vuelta a casa. Recoge tus cosas y lárgate de la ciudad. Me encargaré de buscarte un buen escondite.
Loreen lo miró con tristeza.
—Lo siento, Darko —se disculpó acercándose para rozarle el amplio pecho con la palma de su mano—. ¿Aún queda alguna posibilidad de que tú y yo…?
Darko tomó su mano en un puño y depositó en sus dedos un cálido beso antes de sonreír ladeando ligeramente la boca:
—Todo ha terminado, Loreen. Lo nuestro era un acuerdo comercial con fecha de caducidad. Yo buscaba una cama caliente y tú me la proporcionaste de muy buen grado, algo por lo que he pagado sobradamente —le susurró besándola en la boca.
—¡Eres tan duro! —Loreen lo empujó enfadada, pero Darko la retuvo por la cintura. Acercó a ella su musculoso cuerpo excitándola con una atrevida caricia sobre la tela de su vestido.
—Recuerda, Loreen, nada de juegos sucios.
La mujer se apartó de su abrazo con un manotazo.
—Eres el hombre más frío que he conocido, ¿nada te conmueve? Si no tienes cuidado, Darko Foster, algún día descubrirás que tu corazón está congelado.
—Eso es imposible, querida, recuerda que no tengo corazón.
—¡Oh! —exclamó la muchacha con un mohín que puso de manifiesto las pequeñas arrugas en torno a su boca.
Darko no pudo evitar estudiarla con el ojo crítico del antiguo amante.
¿Qué le había atraído de ella? Mirándola de cerca la belleza de Loreen le pareció de pronto artificial. Su rostro maquillado, su exuberante figura e incluso su cabello se le antojaron falsos, burdos, tan lejanos de la naturalidad de la otra muchacha…
Se reprendió a sí mismo por aquel pensamiento. ¿Qué demonios le había llevado a pensar aquello?
—¿Qué piensas hacer con ella?
Darko miró a Loreen que, apoyada con descaro sobre la mesa, esperaba una respuesta.
—Parecía sincera cuando aseguró que no diría nada. Deberías dejarla ir.
Darko la observó con una ceja alzada.
—Desgraciadamente no puedo hacerlo, no esta noche. Mañana quiz{s…
—Ella no es como nosotros, Darko. ¿Sabes el daño que puedes causarle? Estoy segura de que ha venido a Londres a pescar marido. Si se descubre este asunto nadie la querrá.
Un vivo enojo prendió mecha en él.
—¡Pues debería agradecerme que le evite conocer a un asno pretencioso que le ponga los cuernos nada más desvirgarla! —tronó.
—No veo qué mal puede causarte si la dejas en libertad.
—Ella se ha buscado esto —acotó él. Repentinamente, la idea de dejar marchar a aquella muchacha le resultaba incómoda. Quiso achacarlo a la posibilidad de ver su pescuezo nuevamente expuesto—: ¿A qué viene tanta deferencia?, ¡si ni siquiera la conoces! —barbotó Darko clavándole una mirada violenta. Loreen tragó saliva. Jamás se acostumbraría al explosivo carácter de aquel hombre. El rey del hampa se había granjeado una fama bien merecida, no sería ella
quien se enfrentara a él. Aun así, quiso hacer un último intento en favor de la muchacha:
—Ella me defendió sin conocerme. Nunca nadie había hecho algo semejante por mí. Ni siquiera tú.
—¡No soy una maldita hermana de la caridad! —tronó. Dicho esto, salió de la estancia y se fue directo a zanjar el asunto.
Al aparecer Darko por la puerta, Leni se mostró aliviado de poder marcharse y alejarse de la pomposa señoritinga. Cuando éste salió, Tom se acercó a Darko con la preocupación grabada en sus toscos rasgos:
—¿Y ella? —susurró señalando el rincón donde se hallaba la joven.
—Se queda.
—Pero ¿cómo? —repuso contrariado.
—Su casa debe estar infestada de agentes de Bow Street, no podríamos acercarnos ni a diez millas. Tampoco podemos dejarla vagar sola por la ciudad. Si le ocurriera algo, ¿a quién crees que culparían? Esperaremos a que se calmen las cosas para mandarla de vuelta.
—Entonces, debemos buscar un lugar seguro donde esconderla. —Tom miró
pensativamente a Darko golpeándose los gruesos labios con los dedos.
Desgraciadamente, pensar no era su fuerte—. No se me ocurre ningún lugar, jefe. Una maligna idea atravesó la mente de Darko, su boca se torció en una sonrisa cínica mientras observaba la modosa pose de lady Benedit.
Ahí, sentada sobre un montón de sacos viejos, tenía el porte de una reina en su trono. Pese a su desaliño, todo en ella mostraba una elegancia que despertaba en él un vivo interés, quizás porque siempre se había sentido atraído por todo aquello que no podía poseer. Alanis Benedit representaba todo aquello que Darko anhelaba por serle negado. Su curiosidad por aquel mundo ajeno al suyo era demasiado fuerte para ignorarla. Deseaba tener cerca a aquella muchacha, estudiarla hasta hallar una falla que le hiciera despreciar todo lo que ella significaba, todo lo que su mundo representaba para así poder sentirse más a gusto en el suyo. Aquella oportunidad de tener a su merced a una dama era demasiado jugosa para no aprovecharla.
—Yo cuidaré de ella.
La sorpresa se dibujó en el rostro de Tom.
—¿En su casa? ¿Está seguro, jefe? —preguntó sorprendido—. No sé…
no creo que eso esté bien —dijo rascándose la cabeza—. Ya sabe, ella es una dama —le murmuró en tono confidencial como si en realidad se tratase de una peligrosa espía.
—No hay otra opción. Nadie sabrá nada sobre el asunto y tú no tendrás que preocuparte por la reputación de la dama. Ya sabes que les tengo alergia. Poco convencido, Tom se encogió de hombros.
—Como quiera.
Darko se acercó a la joven. La observó desde su privilegiada altura.
—¿Lady Benedit? —Le tendió la mano con un artístico floreteo—. Si es tan
amable…
La joven miró la mano ofrecida arrugando su menuda nariz en un gesto de infantil desconfianza.
—¿Qué piensa hacer conmigo, señor Foster? A estas alturas mi tía debe de estar a punto del colapso, debería devolverme cuanto antes.
La boca masculina se torció en una sonrisa sardónica.
—Acompáñeme, milady —dijo sin aclarar sus intenciones.
Alanis buscó con la mirada a Tom. Durante un embarazoso momento pareció
negarse a aceptar la mano tendida. Finalmente, con un suspiro, extendió los brazos hacia delante mostrando sus manos atadas:
—Le agradecería mucho que me desatara. Si mi tía me ve así se preocupará aún más.
—No va a…
—Su tía no la verá así —interrumpió Darko ordenando silencio a Tom con una severa mirada por encima del hombro.
Con presteza extrajo un cuchillo de su bota alta y cortó las sogas.
—Parece que todos ustedes tienen una cosa de ésas —señaló ella mirando el brillo metálico del arma.
—Es muy útil según las ocasiones, señorita Benedit —repuso él dedicándole una siniestra sonrisa que le erizó el vello del cuerpo.
—¿Usted no nos acompaña, señor Tom? —preguntó preocupada.
—No, milady y mi apellido es Simmons, Thomas Simmons.
—En cualquier caso, ha sido un placer, señor Simmons —expresó extendiendo educadamente la mano. Tom la tomó sin saber muy bien qué hacer con ella. Finalmente, se la llevó a los labios y depositó un brusco beso en el dorso. Darko, impaciente ante aquella insólita despedida entre secuestrador y secuestrada, condujo a la joven al exterior con escasa galantería. La ayudó a subir a un carruaje donde hacía casi tanto frío como en la gélida calle y, mientras ella aguardaba encogida sobre los cojines, él se dedicó a dar órdenes a sus hombres. La joven estudió con curiosidad el interior del vehículo. La rica tela de la tapicería, a juego con las cortinas, llamó su atención por su ordinaria pomposidad. Las lámparas interiores estaban apagadas, pero aun así, era fácil ver el brillo dorado que las recubría. Pese a todo, no había ninguna manta con la que abrigarse y el hornillo que descansaba a sus pies (también dorado) estaba tan apagado como un grillo en pleno invierno.
La puerta se abrió para dar paso a Darko, cuyo cuerpo musculoso obstruyó por un segundo el paso de la luz que provenía del patio antes de acomodarse frente a la joven. El carruaje comenzó a moverse con sus dos ocupantes en silencio. Incómoda, Alanis rompió el hielo:
—¿A qué se dedica, señor Foster? —preguntó nerviosa. Carecía de la destreza necesaria para mantener conversaciones con hombres desconocidos. Darko clavó en ella sus ojos verdes mientras acomodaba la cabeza contra el respaldo. Sus párpados entrecerrados le dieron el relajado aspecto de un gran felino.
Cruzó los brazos sobre su ancho pecho y estiró las piernas hacia delante hasta ocupar por completo todo el espacio, obligando a Alanis a encogerse en un intento por no rozarle.
—Es usted muy preguntona, ¿verdad?
—Un defecto de familia, según dicen.
De nuevo el silencio se hizo presente. Darko estudió con descaro a la joven evaluándola como sólo un hombre puede hacer. No era hermosa, en todo caso él no se habría sentido atraído por ella si se la hubiera cruzado por la calle. Menuda y delgada, distaba mucho del tipo de mujer voluptuosa y generosa en curvas que Darko prefería en su cama. Pero Alanis Benedit poseía esa clase de belleza etérea que Darko siempre había adjudicado a las damas de la alta sociedad. Desde el fondo de su rostro ovalado, sus ojos azules examinaban el mundo con interés, como si todo pareciera nuevo y necesitado de descubrirse. Sobre sus preciosos ojos, sus cejas se dibujaban en un elegante arco que intensificaba su mirada; éstas eran de un tono más oscuro que su cabello ondulado, una gloriosa melena llena de matices dorados y castaños.
Alanis se incomodó al sentir la penetrante mirada del hombre fija en ella. Darko observó sorprendido el sonrojo de sus pómulos aristocráticos y casi sintió el deseo de estirar la mano para comprobar si eran tan suaves como parecían. Molesto, apretó la mano contra su muslo.
La joven lo miró con inquietud desde el otro extremo del carruaje. Se mordió los labios nerviosa y por unos segundos, Darko pudo ver su sonrosada y húmeda lengua entre ellos. Una fuerte contracción en su entrepierna lo obligó a cambiar de posición. Aquel gesto inocente e infantil le había excitado fuertemente. Preocupado, apartó la mirada del hermoso rostro y la dejó caer sobre el resto de su cuerpo. Contempló con interés la esbeltez de su cuello. El recatado escote dejaba ver una franja de piel blanca como la nata. Más abajo, sus pechos pequeños rellenaban en justa medida el corpiño verde oscuro de su mojigato vestido. ¿Cómo serían aquellas tiernas frutas a la cálida luz del fuego? ¿Responderían a la caricia de un hombre como él? Darko apartó la mirada de la joven y se removió incómodo sobre los cojines. Si el interior del carruaje hubiera estado más iluminado, la estirada señorita Benedit hubiese podido contemplar muy de cerca a un hombre fuertemente excitado. Aquel repentino brote de deseo lo tomó desprevenido. Tras su fallida aventura con Loreen necesitaba desfogarse.
Quizás fuera hora de visitar algún burdel o encontrar una nueva amante que saciara sus apetitos.
—¿Nos llevará mucho tiempo llegar a casa de mi tía? No desearía preocuparla más de lo debido.
—¿Lleva mucho tiempo en la ciudad? —interrogó con intención de desviar su atención.
—Apenas dos semanas.
—Reconozco a un pueblerino en cuanto lo huelo. ¿De dónde es?
Entre ofendida y sorprendida, Alanis sonrió ligeramente apartando de su rostro un rebelde mechón de pelo.
—De Blackwood. ¿Lo conoce? —preguntó esperanzada.
—No. Pero cuénteme, ¿qué impresión le ha causado nuestra gloriosa capital?
Alanis meditó la respuesta contrayendo levemente sus labios rosados.
—¿La verdad?
Darko sonrió divertido.
—Por supuesto, lady Benedit, siempre la verdad.
—Olvidaba que usted valora enormemente la verdad.
—La Biblia lo exige explícitamente.
Alanis rió sorprendiéndolo con su naturalidad.