Ambiciones y reflexiones

Belén Esteban Menéndez · Capítulo 1 de 28

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Ambiciones y reflexiones

Prólogo

LA VOZ DEL AVE FÉNIX

 

Belén Esteban lleva más de quince años atrapando la atención del espectador. Y España es uno de los países occidentales con mayor porcentaje de consumo televisivo. Se calcula que cada español ve cinco horas diarias de media de televisión. En los últimos años es muy probable que al menos tres cuartas partes de esas horas, la imagen de Belén Esteban ocupara toda la pantalla.

El rostro, los gestos, las expresiones, el ingenio, la picaresca y, desde luego, su voz, es como la del ave fénix, el ave mitológica que en ella se convierte en realidad. Una mujer no solo capaz de vencer cualquier tipo de obstáculo, sino de reinventarse a sí misma, llegar a buen recaudo cada tarde tras nadar en un océano infestado de tiburones, de superar no solo las críticas, sino las más violentas y asombrosas injusticias.

Este libro arrancó en el momento en que Belén Esteban me esclareció cómo fue su último día en Ambiciones, la finca propiedad de Jesulín de Ubrique, padre de Andrea, su única hija, de donde las echaron. Fue esa imagen: Belén, con Andrea en brazos, viendo cómo la puerta de Ambiciones se cerraba para siempre y ella se quedaba fuera, también para siempre, junto a un coche que las devolvería a Madrid, la que me reveló que Belén era símbolo de la mujer española, la de provincias o urbana, universitaria o desempleada. La mujer que tiene que enfrentarse sola a un mundo empeñado en ser adverso.

Mi asombro estaba justificado ante las dimensiones melodramáticas del relato, pero se incrementó al comprender que en ese momento, ante las puertas cerradas de Ambiciones, estaba naciendo una nueva Scarlett O’Hara, auténtica, española, completamente real.

Antes de eso, Belén Esteban era para muchos de los seguidores de la crónica rosa una muchacha entre ingenua y ambiciosa, atrapada en el huracán de testosterona de Jesulín de Ubrique. A partir del momento en que la echaban de la finca, para ella solo quedaba un camino, convertirse en un fenómeno de supervivencia.

La supervivencia se ha convertido en una palabra que está a punto de correr la misma suerte que glamour: nadie sabe bien qué significa, pero todos la usan de distintas formas. En medio de una crisis sin fin, la supervivencia parece una nueva hoja de ruta, la pauta que hay que seguir, la única posibilidad de reinvención.

Para Belén Esteban, la supervivencia es un poco instinto, pero también convicción, y por eso a veces se ha confundido con oficio, como si supiera hacer de su capacidad de recuperación, caída y ascenso una fuente de ingresos. Pero es mucho más que eso. Es una manera de ser, un perfecto mecanismo de defensa que la permite seguir de pie, criar a su hija, proteger a los suyos, pasar por la vida dejando una lección. La lección de supervivencia.

Creo que de eso va este libro. Belén Esteban decide compartir las contradicciones, obstáculos, peligros y éxitos que una mujer normal tiene que afrontar en el siglo XXI para ser la persona que realmente quiere y merece ser.

Es cierto que los instrumentos que en más de una ocasión ha empleado para la construcción de esa mujer le han estallado en la cara y en las manos. Y en el corazón. Pero ella no ha retrocedido, sino que ha decidido atravesar peligros más complicados y supermodernos, como la fama y la adicción, sin dejar de acudir a su lugar de trabajo, que es el sitio más público del mundo: la televisión.

Belén Esteban y yo decidimos hacer una serie de entrevistas para que ella pudiera organizar los contenidos de este libro. Las hicimos todas en el hotel Wellington de Madrid entre la primavera y el verano pasados, rebuscando horas entre su agenda y la mía. Siempre asumimos que estas conversaciones eran para animarla a publicarlas como libro. Aunque en más de una ocasión comprobé que también servirían para alimentar y mejorar su propio discurso televisivo. Siempre fue puntualísima, y siempre me hizo el mismo comentario cuando subíamos en el ascensor hacia la habitación reservada:

—Este es el hotel de los toreros —como indicando que, por encima de lo sucedido en su agitada vida, haber sido pareja de un torero marcaba para toda la vida.

En las entrevistas, Belén estuvo francamente relajada y sumamente divertida. Pedía con una habilidad arrolladora que le trajeran ceniceros cuando en ninguna parte se podía fumar. Encontraba siempre un pequeño trozo de terraza o la esquina de una ventana para hacerlo.

Comimos un par de veces. Siempre vigilando su alimentación; un día, medio exasperada, me exigió que no me devorara una hamburguesa delante de ella. Las dos últimas ocasiones compartimos un gin-tonic, yo, y un Havana Club con Coca-Cola, ella, con la sensación de que los dos habíamos terminado revelando más de lo que queríamos saber y lo mejor era dejar que los remordimientos nadaran en los combinados. En la primera de las ocasiones, Belén todavía mostraba signos de no poder superar su divorcio y su aprecio por Fran Álvarez. Era desolador verla luchar por no dejarse llevar por las lágrimas. Para ella, un fracaso sentimental es doblemente doloroso. Pero cuando volvimos a vernos después del verano para revisar este libro, los combinados y ella tenían otro sabor. Se manifestó liberada de lo que significaba Fran y el divorcio. Se rió confesando sus «rollos», que luego explicaría a su manera, en una entrevista televisada que arrasó en audiencia. Una vez más, Belén había sobrevivido a Belén.

Ante ninguna pregunta Belén demostró impaciencia o molestia, y algunas las respondió durante largos minutos sin abrir los ojos. Uno de sus gestos más característicos y polémicos ha dado pie a todo tipo de elucubraciones: que pueda hablar perfectamente con los ojos cerrados a lo largo de minutos y minutos es bastante desconcertante, porque lo que dice en ese estado es directo, pensado, brutal y feroz a veces; casi lírico, otras.

Como no se sabe en qué momento volverá a abrirlos, no puedes quitarle el ojo de encima, y entonces, de repente, cuando menos lo esperas, sus párpados se elevan y allí encuentras la mirada del ave fénix, que ha estado retando tu paciencia y atención. Al ver que no has apartado la mirada, te contempla con un profundo, desconocido respeto. Tengo la impresión de que para ella es un termómetro.

Y así sugerí que escribiera lo que a continuación vas a leer, con los ojos cerrados pero abiertos hacia ella misma. Estoy convencido de que estos encuentros establecieron entre nosotros una colaboración muy fructífera, que es este libro. Estas conversaciones le dieron a Belén la seguridad para sentarse a escribir.

Belén Esteban y la televisión estaban hechos el uno para el otro. Es algo que se puede decir de muchas personas, pero es potencialmente cierto en ella.

—Cuando terminé en el programa de Ana Rosa en Antena 3, me di cuenta de que me sentía como nunca. Como nunca. Pero por la gente, porque supe que me entendía, que me quería —me reveló.

Esa capacidad innata de comunicación ha sido esencial en su triunfo y también en su capacidad para crear y gestionar polémica, como si entendiera que el éxito es una mezcla de admiración y odio, de antídoto y veneno. Nadie como ella en los últimos años ha sabido administrar en directo esa dualidad. Es igual de fácil quererla como estar en su contra. Para muchos ese intenso coqueteo entre la línea que se debe traspasar y la que se debe respetar, es responsable de su peligrosa relación con los abismos. Probablemente, a través de este libro consiga demostrarnos que forma parte de su sentido de la reinvención el riesgo necesario para asumir la vida como un ejercicio de supervivencia.

—Lo que más me molesta de hablar de mis adicciones es que pareciera que fuese la única que ha tenido un problema, cuando muchas veces tengo delante personas con problemas más gordos que los míos —matizó en una de las entrevistas. Me di cuenta de que la palabra «adicción» es muy demoledora para ella, y vigila mucho cómo la emplea.

Este libro permitirá aclarar el instante en que decidió enfrentarse al problema y saber de inmediato cómo superarlo. Y, una vez más, por ella y por los suyos.

Durante nuestras charlas, Belén subrayó varias veces su afecto a sus raíces.

—¿Qué voy a hacer yo con una casa en la Moraleja? —refiriéndose a uno de los barrios más exclusivos de Madrid.

Porque ese apego a sus orígenes es clave para entender su alcance como fenómeno en España. El ser hija de un matrimonio humilde de un barrio madrileño a la que de pronto descubren afectada de diabetes, y que, apenas terminada la adolescencia, se enamora de un famoso torero con quien tendría una hija, es como una cenicienta moderna en un país con pocos cuentos de hadas.

Tras su separación de Jesulín, Belén da ese increíble salto al centro de la popularidad que la convertirá en una madre coraje hecha a medida para los gustos televisivos de los españoles, quienes, por primera vez en esos años, se asomaban a una riqueza extraordinaria. Aunque fuera producto de una burbuja, que estalló con abrumadoras consecuencias, Belén Esteban significó precisamente un punto de arraigo en medio del huracán colectivo de nuevos ricos por el que transitó este país en los últimos años. Era la chica de barrio que se convierte en rica y famosa. Pero sin perder su voz de barrio. Se movía y comportaba como una vecina que podría vivir dos puertas más abajo en la escalera. Era católica, creía en el matrimonio, pero la vida la había convertido en madre soltera y repudiada evidentemente por los más poderosos.

Era difícil lo que vivía, pero tenía una manera de hacernos reír cuando lo contaba, creando poderosísimas frases que ya pertenecen al público. «Ni que yo fuera Bin Laden», es realmente portentosa. ¿Quién más puede hacer una analogía semejante? Desde luego que la célebre «cómete el pollo…» también, aunque aquí podrás leer lo mucho que se arrepiente, porque incluye a Andrea, la razón, el motivo de toda su vida.

 

Entrevistar a Belén Esteban en plena adolescencia de su hija ha sido formidable. Ambas parecen atravesar un momento de absoluta unión. Aproximar a Andrea a entender las vicisitudes de ser una mujer apasiona a Belén, porque reactiva la supervivencia: la madre tiene que enseñarle a la hija a ser también ave fénix y leona. Y Andrea manifiesta tener un criterio para quedarse con lo mejor y desechar lo que pueda afectarle. Si en algo he puesto un poco de énfasis era en que Belén supiera explicar bien esta fascinante relación, que sobre todo se ha desarrollado delante del ojo público.

En particular me emociona mucho recordar cómo Belén me contó que Andrea se enfrentó a Fran. En un momento dado y pese al inmenso cariño que le profesa, le dijo que no hiciera daño a su mamá, sabiendo que el aludido se vendría abajo.

A mis ojos y oídos es claramente una reinterpretación contemporánea de La casa de Bernarda Alba.

Momentos como este, desde luego, lo han vivido innumerables espectadores en sus casas, pero verlo tan de cerca es asombroso. Quizá Belén Esteban tenga otro instinto infalible, que es saber siempre con quién está hablando. Conmigo había algo de empatía, hemos vivido experiencias televisivas más o menos similares, Belén me conoce como escritor, sabe qué material pulsar, mejorar, ensombrecer o realzar para tocar ese nervio que agita como nadie.

Por eso estoy muy agradecido de haber compartido estos encuentros. No quisiera terminar sin describirlos un poquito más. Una vez despachada la hamburguesa, el pescado o la milanesa, Belén empezaba a hablar de las noticias del día, con ese desparpajo levemente marcado por lo profesional. Estaba enterada de todo, desde lo que sucedía con sus compañeros de programa y de cadena como de lo que ese día pasaba en el Congreso o en la Audiencia Nacional. No dejaba de manifestar sus filias y sus fobias.

—¿Por qué la infanta no se divorcia de Urdangarin? —me preguntaba continuamente—. ¿Por qué le están haciendo ese daño al rey?

Seguía y agregaba que en su trabajo muchos compañeros la criticaban por ser monárquica.

—Pero lo soy. ¡Yo defiendo al rey! —sentenciaba.

Y así como tampoco es partidaria del aborto, no considera mal que existan parejas de padres o madres del mismo sexo.

—Lo importante es querer a tu hijo.

Acudió, como si tuviera la edad de su hija, a un concierto de Alejandro Sanz, aunque es fan del reguetón y le divierte muchísimo bailar sus complicadísimos bailes. Cuando ya creía que no había más disparate y verdad, cierra los ojos por esa eternidad de tiempo y me suelta:

—Yo no me creo a esas mujeres que dicen que están realizadas después de leer Cincuenta sombras de Grey. ¿Tú te lo crees? ¿Que haya placer porque te echen cera caliente en el cuerpo?

No pude evitar preguntarle si creía que los hombres españoles sabían hacer bien el amor.

—Totalmente, sí —me respondió, mirándome muy fijamente. Y para reafirmar y verme aún más estupefacto, remató—: Por mis cojones que lo hacen bien.

Debo reconocer que al final de cada una de estas sesiones volvía a casa con una sonrisa en la boca. Y, sinceramente, deseo que tú obtengas la misma sensación al leer este inesperado texto sobre una de las cosas más atávicas y modernas de la humanidad: el maravilloso instinto de supervivencia.

BORIS IZAGUIRRE