Años luz

Kass Morgan · Capítulo 1 de 1 · parte 1/9

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Años luz

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 9 partes.

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Para mi padre, Sam Henry Kass, el mejor dramaturgo en la galaxia.

Gracias por hacerme escritora

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Capítulo 1

CORMAK

 

La escotilla se abrió con un silbido y Cormak salió disparado en su motocicleta a través del aire abrasador teñido de rosa. A medida que avanzaba por el agrietado suelo rojo, respiraba moderadamente para asegurarse de que su máscara de gas funcionaba bien. Luego exhaló y aceleró, inclinándose hacia delante para que su cuerpo fuera lo más aerodinámico posible. Era un alivio estar al aire libre tras haber pasado toda la noche haciendo entregas de H O en las torres de lujo del Sector Vivienda 2 2. Aunque el aire de las torres se filtraba cuatro veces, por alguna razón era mucho más sofocante que la atmósfera tóxica del exterior.

En Deva, el agua era estrictamente racionada y la mayoría de los pobladores apenas tenía suficiente para beber, mucho menos para bañarse más de una vez a la semana. No obstante, por un precio elevado, cualquiera que estuviera dispuesto a arriesgar el pellejo podía comprarla en el mercado negro a gente como Sol, el jefe de Cormak. Durante dos años, Cormak había hecho entregas en las torres de lujo y, sin embargo, los ricos residentes aún lo miraban con recelo, como si fuera una partícula que el sistema de filtración no hubiera logrado capturar. Había aprendido, a la mala, a no mirar por mucho tiempo o con anhelo cualquier cosa dentro de sus departamentos: ni la fruta que crecía en sus terrarios, ni las películas que se reproducían en sus monitores, ni mucho menos los libros que almacenaban en cajas transparentes para protegerlos del aire corrosivo. Si había algo de lo que la gente rica desconfiaba más que de un polvoriento devano, era de uno que encima gustara de leer.

El día estaba bastante despejado y, a la distancia, las torres del Sector Vivienda 23 se alzaban por encima de una débil neblina rosa. Cormak vivía en el piso treinta y uno de la Torre B, una de las seis enormes estructuras de cemento que conformaban su pintoresco hogar-dulce-hogar. Con suerte podría dormir un par de horas antes de que Sol lo llamara para programar una nueva serie de entregas.

Cormak encendió el radio de su casco, golpeando el costado con su mano enguantada unas cuantas veces hasta que la estática desapareció.

“… los funcionarios dijeron que catorce mineros murieron en la explosión. Y ahora, vamos con el reporte del clima —trinó una alegre voz —. Son las 27:40 de la mañana. Las condiciones de tráfico aéreo son subóptimas debido a una tormenta en la mesósfera. La temperatura máxima del día será de 212 centis y la mínima de 199 centis. De acuerdo con las lecturas atmosféricas, respirar el aire sin filtrar te matará en dos minutos y cuarenta segundos. ¡Que tengas un bonito día!”

Cormak maldijo tras caer en un bache. Las entregas le ocasionaban serios daños a su moto, pero no tenía de otra. Hacer estos recorridos para Sol era mejor que pasar catorce horas al día en una de las pocas minas que quedaban, aunque eso significara trabajar para el mayor imbécil de Deva.

Enderezó las piernas y se estiró para ver mejor. El camino por delante parecía despejado, excepto por los restos de maquinaria minera que yacían abandonados en el lugar: quedaban algunos taladros oxidados, enormes barriles en pedazos y las únicas piezas de los tanques que no habían sido saqueadas por los carroñeros después de que la mina se secara.

Una alerta interrumpió el zumbido de la radio.

—Llamada entrante de… Cormak, más te vale que aceptes esto o ya verás lo que te espera… ¿Acepta?

Cormak suspiró y masculló:

—Aceptar.

—¿En qué demonios pensabas? —ladró una voz familiar—. Nunca se les habla mal a los clientes.

—¿De qué hablas, Sol? —Cormak preguntó con cansancio.

—La forma en que le hablaste a Rella Hewitt fue inaceptable. Ni qué decir de robarle parte del producto que ella pagó.

Cormak optó por no mostrar su descontento. De camino hacia el edificio de los Hewitt, se había topado con una chica exhausta que trapeaba el piso, una situación bastante común en Deva, donde los jóvenes muchas veces abandonaban la escuela cuando sus padres estaban demasiado enfermos para trabajar. Cormak le había ofrecido un trago de H O, lo suficiente como 2 para que no colapsara antes de que terminara su turno. Había olvidado que Rella Hewitt, una mujer metiche y aburrida, a menudo veía los videos de seguridad de su edificio, con los cuales monitoreaba a sus vecinos incluso a la mitad de la noche. Cuando llegó a su puerta, ella pasó aproximadamente unos cinco minutos gritándole antes de que Cormak pusiera fin a su diatriba con unas cuantas palabras cuidadosamente elegidas.

—La verdad, Sol, es difícil sentirse mal por la gente rica a la que le importan más sus plantas que los pobladores.

A diferencia de los pobladores, cuyos ancestros habían llegado a Deva desde hacía varias generaciones, la mayoría de la gente rica había arribado recientemente desde Tri, el planeta capital de la Federación Cuatra.

—Ahora no me vengas con que es un problema moral, cabrón. Tu trabajo consiste en entregar cosas y mantener la boca cerrada. ¿Está claro?

—Clarísimo —gruñó Cormak.

—Tienes suerte de que mi naturaleza sea amable y comprensiva. Te voy a dar otra oportunidad. Tengo un trabajo para ti esta noche. Debes recoger un pedido en 29° 22’ Norte, 99° 48’ Oeste… No escucho que te hayas detenido para anotar lo que te digo.

—29° 22’ Norte, 99° 48’ Oeste —repitió Cormak, aburrido—. Entendido, jefe.

Siempre recordaba las coordenadas. Le gustaban mucho los números: podía visualizarlos en su mente, los reacomodaba en todo tipo de combinaciones que le permitían resolver ecuaciones complejas en cuestión de segundos. No es que esto le haya ayudado mucho en la escuela; sus maestros siempre asumían que hacía trampa, pues le era imposible salir bien en los exámenes de matemáticas. Esto había hecho enojar a su hermano Rex, pero a Cormak no le había importado mucho. Las buenas calificaciones solo le importaban a la gente como Rex, esa rara especie de estudiantes que eran lo suficientemente inteligentes como para llamar la atención de los instructores, y lo suficientemente agradables como para justificar el interminable papeleo, los favores y los sobornos necesarios para conseguirle un lugar a un devano en una universidad o en un programa de entrenamiento fuera de su planeta. Aunque, a final de cuentas, ni siquiera Rex había logrado salir de Deva.

—Si lo echas a perder, te vas a arrepentir. Lo digo en serio, Cormak.

—Lo tengo bajo control. Ahí estaré en la noche.

29° 22’ Norte, 99° 48’ Oeste se encontraba en el Sector 22, donde Sol tenía un contacto que importaba nanotecnología robada de Tri. Mientras que el agua constituía gran parte del negocio de Sol, también incursionaba en el comercio de armas y era un apasionado del criptocomercio interestelar. Existía un rumor de que incluso había hackeado el Banco Tridiano.

—Mierda —gruñó Cormak cuando su moto cayó en otro bache y voló por los cielos. Se las arregló para mantener la moto firme, pero aterrizó con tanta fuerza que las vibraciones reverberaron por todo su cuerpo. Miró al piso para ver si sus pantalones seguían metidos en sus botas, pues el aire tóxico podía filtrarse por los poros de la piel expuesta y matar a cualquiera en cuestión de horas.

Deva era naturalmente tóxico para los humanos. El planeta estaba cubierto por una espesa nube de gas, una combinación de nitrógeno, dióxido de carbono y el oxígeno suficiente para ser filtrado y entubado dentro de edificios sellados al vacío. También era rico en terranio, el metal que alguna vez se utilizara para construir la mayoría de los edificios en Tri.

Hacía cien años, los dueños de las minas y los exportadores de Tri llegaron a Deva, deseosos de reclamar su parte del pastel. Construyeron enormes burbujas alrededor de sus cómodas casas para protegerse de la atmósfera tóxica y se transportaban al trabajo en aeronaves personalizadas con sistemas de respaldo de filtración de oxígeno. Después construyeron torres para los cientos de miles de trabajadores que atrajeron a Deva con la promesa de un salario alto y un nuevo comienzo. Las torres estaban bastante cerca de las minas, por lo que los trabajadores podían irse a pie y atravesar la tóxica neblina rosa con las máscaras de gas provistas por la compañía. Por supuesto, estas máscaras no tenían sistemas de respaldo.

Luego, hacía unos veinte años, los desarrolladores descubrieron un metal mucho más resistente en Chetire, el firón, y el mercado de terranio tocó fondo. Muchas de las minas fueron clausuradas, pero, por desgracia, el tiempo que los mineros pasaron bajo tierra bastó para corroer sus órganos. El padre de Cormak falleció a la madura edad de treinta y nueve años, había acumulado más tumores en los pulmones que monedas en el bolsillo.

Más adelante, algo brillaba cerca del horizonte. Era un poli en una aeronave. Cormak maldijo y viró bruscamente a la derecha, saliendo del camino hacia los eriales plagados de baches y zanjas. No había hecho nada ilegal, al menos nada que pudiera detectarse desde el aire, pero los polis detenían a quien les diera la gana. Si le pedían que se orillara y encontraban el agua robada, estaría frito. La mayoría de las personas que arrestaban en Deva no recibían multas ni eran sometidas a juicio. Simplemente, nunca se volvía a saber de ellas.

Cormak aceleró e inclinó la moto en dirección a la ruta más directa hacia el cañón, que estaba conformado por una serie de canales que los mineros crearon hacía mucho tiempo. Era un camino muy estrecho como para que la aeronave lo siguiera y demasiado oscuro como para que el mecanismo de reconocimiento facial lo identificara a la distancia.

Por encima del rugido de su motor se escuchó el distintivo zumbido de la aeronave del poli. Cormak tuvo que estabilizar su respiración, pues la máscara solo podía filtrar una cantidad definida de aire en un momento dado.

—Deténgase y descienda del vehículo —una voz fuerte y monótona se escuchó desde arriba—. Usted ha entrado en una zona restringida y debe mostrar una identificación.

Qué zona restringida ni qué nada, pensó Cormak. El cañón no había sido una zona restringida desde hacía más de dos décadas. Esta no era sino una excusa de mierda que los polis utilizaban para registrar a alguien cuando no tenían un motivo claro para hacerlo. Cormak empinó su moto todavía más, instándola a que acelerara más. Un polvo rojo se revolvió a sus costados y cada vez que pasaba por encima de una roca o algún hundimiento en el camino, la moto volaba por los aires.

La entrada al cañón se alzaba frente a él, una ranura angosta en la colina de polvo rojo. No había forma de que la aeronave cupiera a través de ella. Si Cormak lograba llegar ahí a tiempo, el poli tendría que darse por vencido y abandonar la persecución.

—Deténgase y descienda del vehículo —demandó la voz—. Esta es su última advertencia.

El cañón estaba a cien mitones de distancia. Ahora noventa. Cormak aceleró todavía más. Setenta. Miró por encima de su hombro y maldijo. ¿Por qué seguía ahí la aeronave? ¿Por qué no emprendía la retirada?

La entrada al cañón se hizo más grande. Ahora estaba a cuarenta mitones de distancia. Treinta. El cañón solo medía unos siete mitones de ancho, apenas la suficiente amplitud como para que dos motos condujeran lado a lado, mucho menos una aeronave. Muy pronto el poli tendría que detenerse. Tenía que hacerlo.

Una súbita corriente de aire caliente estuvo a punto de tirar a Cormak de su moto. La aeronave había descendido más cerca del suelo y ahora conducía a su lado.

—Oríllese —gritó el poli.

En respuesta, Cormak se encogió todavía más en su asiento y pisó el acelerador a fondo. Se dirigió hacia la entrada del cañón y contuvo la respiración, rezando para que el poli no intentara rebasarlo y bloquearle el paso, lo que resultaría en la muerte de ambos.

Se precipitó hacia las sombras mientras las paredes del cañón se elevaban a sus costados. Luego miró por encima de su hombro y alcanzó a ver cómo la aeronave viraba bruscamente a la izquierda. Unos segundos después, escuchó un crujido metálico seguido de un ruido sordo.

Cormak frenó tan fuerte que perdió el control de la moto y chocó contra la pared del cañón. Por un momento permaneció ahí, desplomado sobre el suelo, jadeando y con un dolor sutil en las costillas. Pero en cuanto vio emerger la sombra del poli de su golpeada aeronave, exhaló con alivio. Ya no había forma de que ese tipo lo alcanzara ahora. Se enderezó y encendió el motor, sonriendo al ver que este sonido ahogaba el eco de las maldiciones del poli.

***

Era casi mediodía cuando Cormak regresó a la Torre B, lo cual significaba que solo podría dormir un par de horas antes de salir otra vez. En cuanto la escotilla se cerró con un silbido tras él se quitó el casco, lanzando gotas de sudor por todas partes. Guardó su moto y, antes de siquiera preocuparse por revisar si ya habían reparado el elevador, comenzó a subir los treinta y un pisos lentamente.

Logró llegar a su departamento sin encontrarse con ninguno de sus vecinos, gracias a Antares. Había pasado demasiado tiempo desde la muerte de Rex como para que le dieran el pésame, pero Cormak percibía que tampoco se sentían cómodos haciéndole plática banal. Resultaba difícil pensar que en un lugar como el Sector 23, donde el dolor circulaba día a día junto con el aire filtrado, la gente no supiera cómo manejarlo. No se le ocurría una sola familia que no se hubiera visto afectada por la tragedia.

Como siempre, la pequeña sala de estar se veía vacía y desordenada al mismo tiempo. Las envolturas de los paquetes de nutrición estaban esparcidas por todo el piso y sobre el sillón raído, y la ropa sucia colgaba de los respaldos de las sillas. Es cierto que cuando Rex aún vivía el departamento estaba en mal estado, pero impecablemente limpio. Aunque solo era tres años mayor que Cormak, Rex había sido más como un padre que un hermano. Tras la muerte de su padre, Rex se encargaba de negociar la renta, lidiar con la delicada estufa de gas para cocinar alimentos calientes de vez en cuando y motivar a Cormak para que terminara su tarea incluso mucho después de que sus maestros perdieran el interés en él.

Cormak cerró los ojos y se dejó envolver por esa nube de dolor que le era tan familiar. Ni siquiera sabía que Rex trabajaba en la mina de los Eriales de Hobart hasta que le notificaron el accidente. Su hermano tenía un trabajo seguro como conserje en el puerto de lanzamiento de aeronaves y estudiaba por las noches para los exámenes de admisión de la escuela de pilotos. ¿Por qué habría sacrificado todo eso por un trabajo temporal en la región más insegura de Deva? Solo la gente más desesperada se iba a trabajar a los eriales, un enorme cráter propenso a sufrir terremotos que derrumbaban minas y con numerosas grietas que expulsaban un vapor caliente desde la tierra.

Durante los primeros días, Cormak no se preocupó mucho. Rex a menudo aceptaba turnos extra y no era raro que pasaran días sin que ambos coincidieran en casa. Pero después del cuarto día, Cormak comenzó a angustiarse. Y al séptimo día, recibió la noticia que le partió el corazón en mil pedazos: Rex había muerto. Cormak nunca volvería a escuchar su risa boba y escandalosa, el único sonido capaz de ahogar el incesante silbido del sistema de filtración de aire. Nunca más se exasperaría al escuchar las terribles imitaciones que Rex hacía de sus vecinos, cuyas voces sonaban exactamente igual. Nunca más se sentiría reconfortado por Rex cuando éste posaba su larga mano sobre su hombro y le decía: “Todo va a estar bien”. Pero aquellas palabras que siempre lo consolaron resultaron ser mentira.

Cormak presionó su mano contra la pared y se obligó a respirar hasta que el dolor amainara. Necesitaba dormir unas horas antes de realizar su siguiente entrega. Cansado, caminó unos pasos y sintió que el estómago le gruñía con rabia. Las entregas de hoy iban a ser brutales si no comía algo antes de salir, pero la cocina estaba completamente vacía. Para su enorme frustración, tuvo que remplazar una de las velocidades de su moto el día anterior: solía hurgar en la basura para encontrar las partes, pero tras días de buscar infructuosamente, acabó por desembolsar y ahora no tenía dinero para comprar comida. Necesitaba algo que vender y ya había empeñado todos sus objetos valiosos en el transcurso de los últimos meses: el reloj que le heredó su padre, la moto vintage de su abuelo y la única pieza de joyería que le perteneció a su madre, quien murió poco después de que Cormak naciera. El único cuarto que no había saqueado era el de Rex.

Miró fijamente la puerta que no había abierto desde la muerte de Rex. La idea de hurgar entre las cosas de su hermano hacía que se le encogiera el corazón, pero Rex se pondría furioso si supiera que Cormak pasaba hambre por evitar vender sus pertenencias.

Se forzó a caminar hacia la puerta y luego entró en la minúscula recámara. El aire se sentía pesado y estancado, como el de una tumba, y Cormak notó que contenía la respiración. Todo estaba en perfecto orden excepto por un par de botas que yacían en el suelo a unos pocos centimitones de la puerta. Lo golpeó una nueva ola de dolor mientras esquivaba los zapatos con cautela, procurando no rozarlos. Algo en su disposición se sentía vital, activo, como si la persona que se las quitó estuviera por regresar en cualquier momento.

Por supuesto, la cama estaba tendida. La última vez que se levantó, Rex ajustó las sábanas cuidadosamente bajo el colchón. ¿Acaso una pequeña parte de él sabía que se dirigía hacia su muerte y, por ello, había tenido más cuidado en dejar todo ordenado?

Cormak caminó hacia el vestidor y dejó que sus dedos flotaran por encima de la manija del primer cajón antes de abrirlo. Ahí se encontraba la colección de aviones miniatura de su hermano, con la que siempre lo dejaba jugar. También había un montón de camisetas viejas: pasó su dedo por encima de la que se encontraba hasta arriba y sintió un escalofrío.

Cerró el primer cajón con suavidad y abrió el segundo. Estaba vacío, al igual que el cajón de hasta abajo. Cormak sintió una extraña mezcla de frustración y alivio mientras miraba alrededor de la habitación, y estaba a punto de irse cuando algo en la almohada de Rex llamó su atención. Se acercó un poco y observó que eran dos cosas: una identificación y un maltratado enlace portátil.

Primero tomó la identificación y se estremeció al ver el rostro sonriente de su hermano, pues no tenía muchas fotos de Rex. Pero, ¿por qué habría dejado esto? La volvió a colocar sobre la almohada y tomó el enlace portátil. Rex se sintió tan orgulloso el día que compró el aparato usado… en un punto eran inseparables, y era difícil verlo sin el enlace atado a su cinturón. Pero la recepción en Deva era tan mala que con el tiempo dejó de llevarlo consigo. Para sorpresa de Cormak, la luz que indicaba que había mensajes sin leer aún parpadeaba.

Presionó la pantalla y ésta se encendió con gran esfuerzo. Algunos de los mensajes eran basura: descuentos para viajes en nave que Rex nunca pudo pagar y anuncios de “emocionantes oportunidades laborales” en compañías fuera del planeta que no habían contratado a nadie de Deva en cincuenta años. Había algunos mensajes de viejos amigos y conocidos que quizá no se enteraron de la muerte de Rex, y otros que sí se enteraron, pero que le escribieron a manera de despedida.

Cormak estaba a punto de cerrar el enlace cuando vio algo que le heló la sangre. Era un mensaje sin leer con el asunto: “Para Cormak”. Con las manos temblorosas, Cormak logró abrir el mensaje y comenzó a leer.

C:

Perdón por irme sin avisar, pero no quería que te preocuparas por mí. Este trabajo en los eriales

solo dura diez días y no vas a creer lo mucho que nos pagarán. Si todo sale de acuerdo con el

plan, nunca tendrás que leer esta carta. Estaré de vuelta antes de que empieces a hurgar en mi

cuarto. Pero se me ocurrió que debería dejar algo, por si acaso.

Probablemente te preguntes por qué me apunté para este trabajo. Bueno, pues hay otra cosa

que aún no te he dicho. Me aceptaron en la Academia de la Flota Cuatra. Qué loco, ¿no? No te

dije que solicitaría porque que me aceptaran era una posibilidad muy remota. Por eso estoy

aquí. Estoy juntando dinero para que tú también te vayas de Deva. Puedes ir a la universidad en

Tri o a la escuela de entrenamiento de pilotos en Chetire, lo que quieras. Sé que nunca me has

creído, pero eres un maldito genio, C. Eres mucho más inteligente que yo y puedes hacer lo que

se te antoje. Así, ambos nos iremos de este maldito planeta. No nos quedaremos aquí para

acabar como papá.

Este trabajo no es tan peligroso como todos dicen y realmente dudo que algo pueda salir

mal. Pero si estás leyendo esto, supongo que algo pasó…

Por el amor de Antares, espero que no estés leyendo esto.

Si no regreso a casa, hay algo que puedes hacer por mí: quiero que tomes mi lugar en la

academia. Dejé mi identificación sobre mi almohada. Eres mucho más inteligente que todos esos

tridianos juntos y tengo ganas de que un devano como tú los ponga en su lugar. Porque te estaré

observando, C, aunque no sepamos exactamente desde dónde.

Okey, tengo que detenerme, porque esto me está poniendo muy sensible y no quiero que

llegues a casa y me encuentres alterado. Nunca vas a leer esto. Sé que no lo harás. Regresaré a

casa en unos días. Pero, solo por si acaso, cuídate mucho, Cormak. Te quiero.

—Rex

El mundo desapareció en una explosión de dolor ardiente y Cormak se dejó caer al suelo. Rex fue a los eriales por él; prefirió arriesgar su vida por él que dejarlo solo. Cormak trató de respirar, pero sentía como si sus costillas se hubieran colapsado, como si huesos dentados atravesaran su corazón.

—No —susurró mientras abrazaba sus rodillas al pecho—. Rex, no.

Cerró los ojos y reprodujo en su cabeza las últimas horas que pasó con Rex: su última cena juntos, su última ronda de escalonbol —un juego que inventaron hacía mucho tiempo—, sus risas tan escandalosas como cuando eran niños. Este recuerdo había sido una fuente de consuelo durante los últimos meses, pero tras descubrir el secreto que Rex guardó por tanto tiempo, la memoria se corrompió.

Si tan solo hubiera encontrado el enlace antes. Si hubiera revisado las cosas de Rex antes, cuando recién desapareció, tal vez hubiera podido hacer algo al respecto. Podía haber pedido aventón o robado un vehículo para ir a los eriales y obligar a Rex a que regresara a casa. Podía haberle salvado la vida a su hermano.

Sus manos aún temblaban cuando Cormak leyó el mensaje por segunda vez. En esta ocasión, una sensación de orgullo emergió más allá del dolor. No podía creerlo: Rex había entrado a la Academia de la Flota Cuatra. Era la escuela más prestigiosa del sistema solar, famosa por entrenar a los oficiales más legendarios de la Flota Cuatra. Hasta hacía muy poco, solo podían asistir los habitantes de Tri. Cormak se enteró del cambio en esta política, pero no prestó mucha atención. La idea de que un devano asistiera a la academia era demasiado descabellada. Y sin embargo, Rex lo había conseguido.

Qué más daba convertirse en piloto, ¡Rex podía haber sido un maldito oficial!

Pero ahora eso nunca sucedería. Porque así es como funcionaban las cosas en Deva. Sin importar qué tan duro trabajaras o la buena suerte que tuvieras, algo siempre acababa por arruinar tus planes. Cormak sintió que la frustración le ardía en las venas. Rex, la persona más amable e inteligente que conocía, consiguió la oportunidad de su vida, pero esa vida fue interrumpida. Extendió su brazo hacia atrás y aventó el enlace por los aires; el aparato se estrelló contra la pared, emitiendo un satisfactorio crac.

Cormak exhaló poco a poco e inhaló otra vez, relajándose a medida que el oxígeno alcanzaba sus pulmones. Lentamente se puso de pie y, con las manos temblorosas, se estiró para tomar la identificación que estaba sobre la almohada. Cormak miró fijamente el rostro sonriente de su hermano y pensó en lo que Rex le dijo en su mensaje. Si no regreso a casa, hay algo que puedes hacer por mí: quiero que tomes mi lugar en la academia. Eso era una locura. Cormak no podía tomar el lugar de su hermano así como así. La ubicación de la academia era ultrasecreta… no había manera de que un impostor entrara como Pedro por su casa con una identificación falsa. Si lo atrapaban, lo enviarían a la prisión de la federación (o algo mucho peor) y, si por casualidad lograba entrar, se estaría codeando con los jóvenes más inteligentes del sistema solar en un mismo salón de clases. No pasaría mucho tiempo antes de que alguien se diera cuenta de que Cormak no encajaba.

Deslizó su dedo a lo largo de la foto de la identificación. Conocía tan bien esa sonrisa, que le costaba trabajo aceptar que nunca más la volvería a ver en la vida real. Era la sonrisa que debió dibujarse en la cara de Rex mientras escribía: Eres mucho más inteligente que todos esos tridianos juntos y tengo ganas de que un devano como tú los ponga en su lugar.

Era muy arriesgado, prácticamente una misión suicida. Miles de cosas podían salir mal y la idea de que el hermano de Cormak, la persona más responsable y apegada a las reglas, lo alentara a cometer fraude de identidad, era cómica, absurda. Sin embargo, de alguna manera eso le imprimía cierta urgencia al asunto. Tanto quería Rex darle esta oportunidad a su hermano, que estuvo dispuesto a ponerlo en peligro. Su probabilidad de éxito era mínima, pero si lograba tener éxito, esto le cambiaría la vida. Quizás incluso le salvaría la vida.

Esta era la oportunidad de Cormak para irse de Deva. Si se quedaba, sería solo cuestión de tiempo antes de que los tumores invadieran su cuerpo o lo agujerearan las balas de los polis. Por primera vez en ocho meses, Cormak sintió algo más que una mezcla de enojo, tristeza o desesperación, algo que nunca pensó que sentiría otra vez: esperanza. Quizá no podía devolverle la vida a Rex, pero sí podía, de alguna manera, cumplir el sueño de su hermano. Iba a ser un motivo de orgullo para Rex, sin importar el costo que esto pudiera tener.

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Capítulo 2

ARRAN

 

—¡Espera! ¡No te comas eso!

Arran levantó la mirada y vio que una chica de pelo chino con rayitos morados lo observaba con alarma. Él la miró, sorprendido tanto por su aparición repentina como por el tono de preocupación en su voz. Arran llegó casi una hora antes al puerto de lanzamiento de aeronaves, por lo que se sentó a esperar en una de las bancas acolchadas. Por cuestiones de seguridad, ese día se cancelaron todos los vuelos comerciales; las únicas personas que tenían permitida la entrada eran los cadetes de la Flota Cuatra y sus familias. El atrio circular estaba casi vacío y en silencio, excepto por el chirrido del robot de saneamiento que limpiaba los pisos y las animadas voces que salían de los monitores. Los anuncios se transmitían con tanta frecuencia que Arran podía repetirlos todos de memoria.

¡Lánzate al viaje de tu vida! ¡Las montañas de Urud te esperan a tan sólo un pársec de

distancia!

¡Siempre está soleado en Lus, el planeta más cercano al sol!

Cada tres o cuatro minutos, remplazaban las fotografías de viajes exóticos con una imagen pacífica del espacio, con música relajante que acompañaba el titilar de las estrellas. De pronto la música se tornaba estridente y urgente, al tiempo que una procesión de enormes naves espaciales aparecía en el fondo, una tras otra. En cuanto la primera nave ocupaba toda la pantalla, soltaba una tormenta de bombas explosivas.

Los espectros se acercan. ¿Dejarás que nos invadan sin pelear? ¡La Flota Cuatra te necesita!

Aunque habían pasado dos años desde el último ataque —aquel que tuvo a Chetire, el planeta de Arran, como blanco—, todos sabían que era cuestión de tiempo antes de que los espectros regresaran. Esta vez, Arran no se escondería en casa, sino que se prepararía para pelear.

Arran se dio cuenta de que la chica del pelo morado aún lo observaba y bajó la mirada para ver el panecillo que su madre le había guardado en su mochila esa mañana.

—¿Por qué no?

—Porque vas a vomitar en cuanto alcancemos la velocidad de escape.

—Ah, claro —dijo Arran, sonrojándose mientras envolvía el panecillo en su servilleta de tela favorita, la de las flores azules. Se preguntaba si su madre la habría escogido a propósito, para despedirlo con un pedacito de su hogar.

—No te preocupes —sonrió la chica con amabilidad—. Yo tampoco me he subido a un transbordador, solo he investigado mucho sobre viajes interplanetarios.

Arran se puso de pie y se pasó las manos por el cabello, un tic nervioso del que nunca había logrado desprenderse.

—Buena idea —dijo, aliviado por saber que no sería el único novato mareado a causa del viaje espacial. Ni siquiera había salido del territorio F —la provincia más remota de Chetire—, mucho menos del planeta. Él venía de una familia de mineros y, cuando recibió su carta de aceptación a la academia, estaba a pocos días de firmar un contrato por diez años con la compañía minera. Diez años de trabajar doce horas al día a más de cuatrocientos mitones bajo tierra congelada. Aún no podía creer su buena suerte. Acabar en las minas era su mayor miedo, pero, sin importar cuánto lo intentara, no se le ocurría ninguna alternativa. Nadie nacido en Chetire salía de ahí.

Hasta ahora.

Solo deseaba haber investigado más por su cuenta. Arran estaba acostumbrado a ser un sabelotodo: no podía contar el número de veces que lo golpearon a la salida de la escuela por hacer “preguntas estúpidas” que impedían que el hastiado profesor los dejara salir temprano. En una ocasión, mientras su madre le aplicaba un ungüento sobre su ojo morado, le sugirió con gentileza que tal vez sería una buena idea reservarse sus preguntas para la biblioteca, pero él sabía que eso nunca funcionaría. Cuando algo despertaba su curiosidad, de inmediato se apoderaba de él y consumía todos sus pensamientos… incluyendo la facilidad con que le aparecían los moretones.

Una chica pálida se acercó a Arran y a la chica del pelo morado.

—¿Ustedes también van a la academia? —preguntó un poco ansiosa.

—Sí. —Inclinó la cabeza, la forma correcta de saludarse entre iguales en Chetire—. Soy Arran.

Ella le devolvió el gesto.

—Mhairi.

Una vez que la chica de cabello morado se presentó como Sula, Mhairi miró preocupada por encima del hombro a un hombre y una mujer que merodeaban cerca de la pared, aún envueltos en sus harapos cubiertos de nieve.

—Creo que debo ir a despedirme de mis padres. No quiero que todo el mundo sepa que vinieron conmigo.

Sula sonrió.

—Los míos hubieran venido si pudieran costearlo. No todos los días sale el primer grupo de chetrianos hacia la Academia de la Flota Cuatra.

—Parece como si leyeras un fragmento de tus memorias —dijo Arran, procurando mantener su tono ligero para que no pensara que se burlaba de ella. Porque Sula tenía razón. Aunque sonara presumido decir algo así en voz alta, la realidad era que estaban haciendo historia. Él solo esperaba no defraudar a nadie.

Por milenios, Tri fue el único planeta habitado en el sistema solar. Sin embargo, a medida que la tecnología avanzó, los tridianos terraformaron los primeros asentamientos en el planeta tropical Lus y algunas colonias mineras en Deva, un lugar sumamente tóxico, y Chetire, cuyo territorio estaba cubierto de nieve. Los pobres tridianos que emigraron para trabajar en estos planetas recibieron el nombre de “pobladores”, así como sus hijos y nietos. Algunas generaciones después, el número de pobladores excedía por mucho al de los empresarios tridianos, y los primeros comenzaron a exigir su autonomía; lanzaron campañas por su independencia, que terminaron infructuosa pero pacíficamente en Lus, pero derivaron en guerras violentas en Chetire y Deva.

Como resultado, la Federación Cuatra estableció reglas estrictas para evitar futuros levantamientos. Los pobladores no tenían derecho a votar, ir a universidades tridianas, abrir negocios, ni a emprender acciones legales contra ningún tridiano. Y aunque podían enlistarse en la infantería, no podían ocupar ningún otro cargo en la Flota Cuatra, mucho menos solicitar el ingreso a la academia.

Sin embargo, el año pasado el comandante de la Flota Cuatra causó revuelo al implementar una nueva política que permitía a cualquier poblador de entre dieciséis y dieciocho años de edad solicitar el ingreso a la academia. La idea de que el comandante de pronto se volviera de mente abierta fue motivo de burla entre los cínicos en Chetire, ya que argumentaban que los ataques de los espectros simplemente crearon la necesidad de más oficiales. Pero Arran creía en lo que el comandante Stepney dijo en aquel famoso discurso: que los soldados confiarían más en sus líderes si sus oficiales al mando fueran de su país de origen, y que había reservas de talento sin aprovechar a lo largo del sistema solar.

Sin embargo, eso no bastaba para sumar el apoyo de todos. En Tri la oposición fue numerosa, especialmente cuando se anunció que, tras siglos de solo admitir tridianos cada año, ahora la academia aceptaría cadetes de cada uno de los cuatro planetas. El oponente que más había protestado era un almirante llamado Larz Muscatine, un conocido fanático quien afirmaba que abrir la academia a los pobladores debilitaría a la Flota Cuatra.

Arran quería demostrarle cuán equivocado estaba.

En el transcurso de la siguiente media hora, llegaron los demás cadetes chetrianos. Algunos vivían en Hánsgard, la ciudad capital, pero era claro que muchos de ellos habían viajado una distancia considerable para llegar al puerto de lanzamiento. Un chico temblaba de forma tan violenta que los demás pensaron que tenía congelación y lo cubrieron con sus abrigos, aunque al final resultó que solo estaba nervioso.

—¿Sabes cuándo nos asignarán nuestras funciones de escuadrón? — Mhairi preguntó desde la banca en que se desplomó, rodeada de sus maletas.

Arran sintió un cosquilleo de emoción. Mucho antes de que Arran soñara con asistir a la academia, escuchó historias acerca del torneo, una intensa competencia entre los cadetes. Los estudiantes eran divididos en escuadrones de cuatro personas, a quienes se les asignaban funciones a partir de un examen de aptitud notoriamente riguroso: capitán, piloto, oficial de tecnología u oficial de inteligencia. El escuadrón ganador siempre aparecía en comunicados de prensa alrededor del sistema solar, en donde se les vendía como la nueva generación de héroes que entrenaban para pelear contra los espectros.

—No estoy segura —dijo Sula.

Por primera vez desde su llegada, se escuchaba un poco nerviosa.

—Pero, definitivamente, quiero ser piloto.

—¿En serio? —dijo Mhairi impresionada—. ¿Y alguna vez has volado?

Sula negó con la cabeza.

—No, pero creo que después del examen de aptitud…

Un chico pálido de cabello castaño hasta los hombros la interrumpió resoplando.

—Considérate afortunada si terminas el examen de aptitud.

Era el único de los presentes que tenía un enlace portátil y no levantaba la mirada al hablar. Arran contempló pedirle al chico si podía enviarle un mensaje a su madre, solo para avisarle que había llegado a Hánsgard sano y salvo. Pero después de escucharlo hablar, Arran lo pensó dos veces.

—¿Perdón? —dijo Sula alzando las cejas.

—No es nada personal —le dijo, al fin levantando la vista—. Pero debemos aceptar los hechos: todo esto nos rebasa. Estos chicos tridianos se han preparado para este examen de aptitud desde que nacieron.

Algunos de los cadetes intercambiaron miradas nerviosas, pero Sula no se dejó intimidar y fulminó al chico con la mirada, lo que cimentó la opinión favorable que Arran tenía de ella.

—No puedes prepararte para el examen, mide aptitudes naturales.

—¿En serio? —dijo el chico en tono de burla—. Entonces, en ese caso, ¿cómo es que los tridianos más ricos contratan instructores de la academia para educar a sus hijos? Mi tío trabajó en Tri y vio esto de primera mano. No tienen ni idea de lo que estamos por enfrentar.

—Habla por ti —dijo Sula alzando el mentón—. Personalmente, estoy emocionada de poner a esos esnobs de Tri en su lugar.

Casi todos los demás murmuraron en señal de acuerdo y, a pesar del nudo de ansiedad que sentía en el estómago, Arran asintió. No podía dejarse intimidar. No después de lo mucho que trabajó para llegar ahí, estudiando hasta altas horas de la noche mientras su madre limpiaba pisos catorce horas al día para mantenerlo.

Con la diferencia horaria, ahora mismo sería de noche en el territorio F. Arran se imaginaba a su madre sola en su pequeño departamento, sosteniendo una taza de té para calentarse las manos mientras el molesto radiador esparcía más ruido por la habitación que calor. ¿Qué había cenado? El corazón de Arran se encogió al imaginarla poniendo la mesa para una sola persona: un plato, un tenedor, un cuchillo y una servilleta de tela perfectamente doblada. ¿Qué haría durante el resto de la noche sin nadie con quien hablar? Nunca intimó mucho con sus vecinos, pues trabajaba como personal de limpieza en la sede corporativa de la compañía minera Fyron, y sus largos turnos no le permitían socializar mucho. Arran no podía recordar un momento en el que su madre no se viera cansada. Sin embargo, cuando Arran sugirió rechazar la beca para quedarse en casa, los ojos de su madre se volvieron más feroces que nunca.

—No —dijo con un ligero temblor, posando su mano sobre el brazo de Arran—. Tienes que ir. Te mereces algo mucho mejor que esto.

Hizo un gesto con la mano para señalar cada rincón del pequeño departamento que, aunque era impecable, tenía muy pocos muebles.

—Pero, ¿qué hay de ti? ¿No te sentirás sola?

—Estaré bien —dijo forzando una sonrisa—. ¿Cómo puedo sentirme sola cuando tengo tantas cosas maravillosas a mi alrededor? Lo único que tengo que hacer es mirar al cielo e imaginarte en la academia, aprendiendo a ser un héroe.

Arran miró a la multitud de nuevos cadetes. Algunos se veían nerviosos; otros se mostraban indiferentes e incluso imperturbables ante la posibilidad de abordar un transbordador rumbo a la ubicación secreta de la academia; y otros se mantenían de pie, bien erguidos y con los hombros echados para atrás, como si aguardaran una inspección. Algunos de ellos probablemente se convertirían en héroes cuando pelearan contra los espectros, pero otros se sacrificarían

—Arran contuvo un escalofrío—, sumando un nombre más a la lista de víctimas.

—¿Ese quién es? —preguntó Sula muy quedito, señalando a un chico que hablaba con un hombre que vestía un uniforme de la Flota Cuatra al otro lado del puerto de lanzamiento, el cual se encontraba casi desierto. El chico asintió y luego se dirigió hacia donde estaban los demás.

—Ya somos doce aquí —aclaró Sula.

En las noticias se habló mucho sobre los doce chetrianos que iban camino a la academia, aunque no revelaron ninguno de sus nombres.

—Tal vez lo aceptaron de último minuto —dijo Arran.

Pero en cuanto el chico se acercó, se hizo evidente que no era chetriano. A diferencia del resto de los nuevos cadetes, quienes miraban el puerto de lanzamiento ya sea con asombro o falsa indiferencia, él parecía estar totalmente relajado. Y en lugar de usar capas de ropa de lana y piel, portaba una delgada chamarra negra de termapiel —un material cien veces más caliente que la piel y como mil veces más caro. La única vez que Arran vio a alguien usarla fue al dueño de la mina local durante su visita anual desde Tri.

Arran automáticamente se puso rígido, preparándose para recibir esa dosis de desdén que asociaba con la mayoría de los tridianos, pero, para su sorpresa, el chico sonrió cálidamente cuando se acercó al grupo. Tenía la piel blanca, el cabello suave y oscuro y los ojos de un color verde profundo, algo que Arran notó cuando el chico se detuvo junto a Sula.

—¿Todos van para la academia? —preguntó el chico.

—Sí —dijo Sula con una sonrisa, aunque se veía más desconfiada que antes.

—Ah, muy bien. Pensé que había llegado tarde. Soy Dash.

—Sula.

Sula empezaba a inclinar la cabeza cuando Dash le extendió la mano. Sula la miró fijamente, sorprendida por el gesto.

La amigable sonrisa de Dash se desdibujó un poco, pues la reacción de Sula lo confundió. Arran recordó que las costumbres eran distintas en Tri, donde la mayoría de la gente no pasaba días enteros hasta los codos en lodos tóxicos, un derivado del firón y el gas que permitía a los mineros extraerlo del suelo.

—Soy Arran —dijo, tomando la mano del chico.

—Mucho gusto —dijo Dash.

Volvió a sonreír y se le iluminaron los ojos verdes, lo que provocó que Arran sintiera un leve cosquilleo en el estómago. No estaba acostumbrado a que los chicos como Dash le sonrieran de esa manera.

—¿De dónde eres? —preguntó Sula.

Era claro que quería mostrar una curiosidad genuina, pero no pudo disfrazar la sospecha en su voz.

—Soy de Evoline, en Tri —dijo Dash con alegría—. Vine a entrenarme para ser piloto. Hay una escuela en los eriales chetrianos.

Miró al grupo y, cuando nadie respondió, continuó.

—Hay menos tráfico aéreo aquí.

Algunos de los chetrianos intercambiaron miradas nerviosas, mientras que el chico del enlace portátil sonrió con aire de suficiencia, satisfecho por haber tenido la razón.

—¿Pensaste que te adelantarías al resto de nosotros? —Sula preguntó.

Dash sonrió tímidamente, revelando hoyuelos en sus mejillas, y Arran sintió que el cosquilleo del estómago se le extendía al pecho.

—No estoy seguro de que cuente como un adelanto. Pasé tres semanas ahí y nunca logré aterrizar sin que mi instructor tomara los controles. No sabía que usaban tantas groserías en Chetire.

Sula trató de mirar a Arran con exasperación, pero él fingió no darse cuenta.

—¡Buenos días, cadetes! —resonó una voz profunda. Un hombre delgado y de pelo blanco que vestía un uniforme de la Flota Cuatra se acercó a ellos —era el oficial con quien Dash conversaba hacía algunos minutos.

—Soy el sargento Pond, uno de los rectores de la academia. Yo los acompañaré en el transbordador.

Arran se irguió un poco más y de reojo vio cómo casi todos los demás hicieron lo mismo. El momento había llegado. De ahora en adelante, todo lo que dijeran o hicieran sería evaluado. Solo algunos cadetes entrarían como oficiales a la Flota Cuatra cuando se graduaran dentro de dos años. Al final de su primer año, transferirían a un programa de entrenamiento menos competitivo cualquiera que tuviera calificaciones regulares o un mal desempeño en el torneo. Pero el futuro de Arran no era el único que estaba en juego: de esta primera clase de cadetes chetrianos dependía demostrar que se merecían un lugar en la academia y entre los rangos superiores de la Flota Cuatra.

El sargento Pond jugueteaba con una pulsera que tenía en la muñeca hasta que un cuadro de texto color naranja traslúcido apareció en el aire: se trataba de una lista de nombres e imágenes holográficas. El corazón de Arran comenzó a latir con fuerza. Esto en verdad estaba sucediendo. Realmente iba camino a la academia.

—Bien, veamos a quién tenemos por aquí… —dijo Pond, agitando su dedo en el aire para desplazarse por la lista de nombres—. Cadete Trembo.

Sula dio un paso al frente.

—Presente.

Pond la miró primero a ella y después el holograma de su rostro, luego deslizó el dedo por encima de su nombre y el texto se puso de color azul.

—Cadete Feng.

Un chico bajito de hombros anchos levantó su musculoso brazo.

—Presente.

De nuevo, la mirada de Pond pasó del holograma al cadete, confirmando su identidad.

—Cadete Korbet.

Arran se aclaró la garganta.

—Presente —dijo, su voz un poco más aguda que de costumbre.

En lugar de ver el holograma, Pond mantuvo su mirada fija en Arran. Arran comenzó a moverse en su lugar, inquieto y preocupado, sintiendo cada vez más nudos en el estómago. ¿Acaso había algún error? ¿Y si su carta de aceptación en realidad era para alguien más?

Pond lo evaluó con la mirada.

—Interesante… así que este es el chetriano que obtuvo la calificación más alta en el examen de admisión. Te vigilaré muy de cerca.

Pond sonrió y Arran sintió que el nudo de preocupación que tenía en el estómago se le aflojaba un poco, dando paso a una sensación a la cual no estaba acostumbrado: el orgullo. Pero luego se sonrojó al sentir las miradas curiosas del resto de los cadetes. No quería que los otros pensaran que era engreído. Convertirse en un cadete iba más allá de obtener un buen resultado en el examen.

Pond continuó con el resto de los cadetes, se saltó a Dash, quien se había presentado con él antes.

—Muy bien, cadetes, es momento de partir. Acompáñenme —dijo Pond.

Los cadetes se colgaron sus mochilas al hombro y siguieron al sargento Pond a través del atrio hacia una puerta flanqueada por dos mujeres uniformadas. Ellas lo saludaron y se hicieron a un lado, al tiempo que la puerta se abrió con un silbido.

—Entonces, ¿cuánto sacaste en el examen? —le preguntó Sula, siguiéndole el paso.

Arran miró a su alrededor antes de decir la cifra en voz baja.

—Dos veintitrés.

Los susurros cesaron y reinó un silencio tenso.

—Doscientos veintitrés —repitió Sula después de un rato—. Vaya.

La cabina del transbordador era circular, con unos veinte asientos distribuidos a lo largo del perímetro.

Arran eligió el primer asiento que encontró, ansioso por escapar de los murmullos de los otros cadetes, guardó su mochila en el compartimento ubicado debajo de su asiento y aseguró el arnés.

La hebilla rebotó fuera del cierre y Arran se abstuvo de emitir cualquier sonido que revelara su frustración. Lo intentó nuevamente, aún sin éxito, mientras se preguntaba cuál de los otros pasajeros sería el primero en darse cuenta de que el chico que sacó doscientos veintitrés en el examen no sabía cómo asegurar un arnés.

Algo suave rozó su brazo.

—La hebilla se mete aquí —dijo Dash, jalando los dos tirantes de los hombros y asegurando el cinturón en el cierre a la altura de la cintura de Arran.

—Gracias —dijo Arran.

A pesar de sentirse aliviado, el calor en sus mejillas se intensificó.

—No hay problema.

Dash regresó a su asiento y aseguró la hebilla de su cinturón en un movimiento fluido.

A través de los altavoces se escuchó un suave ding, seguido de una voz femenina pregrabada.

—Hola y bienvenidos a bordo del transbordador intersistema a… destino clasificado.

Algunos de los cadetes se miraron con emoción.

—Disfruten su viaje.

Arran sonrió y sintió que su nerviosismo se evaporaba poco a poco. Se obligó a mantener los ojos abiertos durante el despegue, incluso cuando fue tan brusco y ruidoso que lo hizo sentir como si le sacudieran cada hueso del cuerpo. Fue difícil no cerrar los ojos cuando el transbordador salió disparado de la atmósfera de Chetire, lanzando a Arran fuera del planeta por primera vez en su vida.

En la ventana frente a él vio encogerse el horizonte nevado de Hánsgard. La tundra estéril se extendía interminablemente en todas direcciones, escasamente punteada por alguna casa o instalación minera. Arran sintió un dolor en el pecho al pensar en su madre sentada en casa, en su pequeña cabaña, a tres días de distancia. Se la imaginaba bebiendo su té, mirando el cielo gris por la ventana, tratando de vislumbrar el transbordador.

De pronto, el transbordador dejó de sacudirse y todo permaneció extrañamente inmóvil y en silencio. Por las ventanas ya no se veían remolinos de nieve y nubes, sino miles de estrellas.

Arran comenzó a flotar en su asiento, sintiendo cómo los tirantes del arnés se le encajaban cada vez más en los hombros. La cabeza le daba vueltas a causa del violento despegue y la gravedad cero lo hacía sentir muy extraño. Pero había algo más... El nebuloso planeta gris se hizo cada vez más pequeño hasta que se convirtió en una figura más entre las estrellas y, de repente, Arran entendió lo que realmente significaba vivir en el planeta más remoto del sistema solar.

Por el rabillo de su ojo, Arran miró a Dash; tenía los ojos cerrados y una expresión pacífica en el rostro.

Arran sonrió al descubrir que, por primera vez en su vida, se sentía completamente ingrávido.

Y totalmente libre.

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Capítulo 3

ORELIA

 

—Dirígete al auditorio. La orientación de los estudiantes de primer año comienza en diez minutos. Con base en tu ubicación actual, el tiempo estimado de traslado es de ocho minutos.

Orelia se sobresaltó al escuchar esta voz cerca de su oído. Al llegar a la academia, todos los nuevos cadetes recibían un enlace portátil que, además de transmitir los datos comúnmente utilizados, también ofrecía instrucciones personalizadas.

Era el aparato más ridículo que Orelia hubiera visto en su vida. No cabía duda de que alguien con la suficiente inteligencia como para ingresar a la academia podía sobrevivir el día a día sin que una máquina le dijera qué hacer.

Orelia jaló su chamarra, una prenda extrañamente apretada que tenía dos hileras de botones, y luego miró la insignia ubicada del lado derecho de su pecho. O. Kerr. Escuadrón desconocido. Rango desconocido.

Seguir: parte 2 de 9