Anzuelos para la lubina
Prólogo a la segunda edición
Manuel Arce
Anzuelos para la lubina
ePub r1.0
Titivillus 30-08-2021
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Título original: Anzuelos para la lubina
Manuel Arce, 1962
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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A Ricardo Gullón
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PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
Escribí Anzuelos para la lubina en los dieciséis últimos días del mes de febrero de 1958. Una semana antes había puesto fin a mi anterior novela La tentación de vivir[1]. De no haber escrito primero La tentación de vivir es muy posible que jamás hubiera tenido necesidad de plantearme —de un modo concreto y público— ciertas preguntas que en Anzuelos para la lubina se adelgazan y retuercen, en el clima gris de una atardecida junto al mar cantábrico, entre dos mujeres y un niño anormal.
Herbert Read dice que cada flor nace con su propia arquitectura. Pero lo curioso para un escritor es comprobar cómo de la semilla de un libro propio
—de las preguntas que muchos personajes nos obligan a enfrentar—
pueden nacerle, más tarde, obras tan diferentes. Resulta esto tan chocante como si de la semilla de una rosa, que por nosotros mismos hubiere sido plantada, brotase un día algo tan inesperado como un almendro o una diminuta margarita.
La cosa es que el protagonista de La tentación de vivir no sólo me planteó los problemas propios a la naturaleza de su realidad dentro de ese relato, sino que, con una total falta de piedad, me encarceló en una sospecha
—como entre dos interrogantes— que, aunque sólo con débil tacto tembloroso, yo venía palpando desde tiempo atrás: ¿ Y si la esperanza no fuera otra cosa que una manera de sobornar nuestra actuación en la vida?
Intentaba responderme a esta pregunta escribiendo Anzuelos para la lubina. Y entre los dos modos de conciencia que Antonio Machado distingue en uno de sus poemas elegí la de la luz: una conciencia que estriba en alumbrar —como él dice— un poquito el hondo mar. O sea: la conciencia del visionario.
Debo confesar, no sólo para tranquilidad del lector que siente amparado su ser en la idealidad de los eternos esquemas míticos, sino también para quienes han sustituido éstos por otros que les dicta la realidad del mundo actual, que no hallé respuesta a esta pregunta ni tampoco a algunas otras que, casualmente, el carácter del libro motivaba. Pero fue apasionante —
eran apasionantes los silencios que sucedían a cada pregunta— y muy hermoso el simple hecho de preguntar.
Creo que Anzuelos para la lubina es el libro más autobiográfico que he escrito. No entendiendo esto en el sentido anecdótico que ciertas gentes estiman como autobiografía, sino en el esencial e íntimo. Quien lo lea sabrá mucho más de mí —aceptando este saber por cuanto encierre de aportación al conocimiento del ser humano— que si una tarde, entre whisky y whisky, le contase mi ir y venir por la vida, ya que el relato es, a mi juicio, la consecuencia de ese vivir mismo. Esto último puede parecer bastante pedante aunque sólo sea una manera de decir. Pero viene a cuento para señalar cuánto me inquietaba, mientras Anzuelos para la lubina iba naciendo, escribir sobre cosas que me concernían —que en mí hacían crisis
— tan íntimamente.
Recuerdo que, una vez acabado el libro, un impreciso temor pudoroso me sobrecogió. Temía que alguien llegara a leerlo. Consideraba lo escrito como algo tan sentido que me inquietaba pensar en ese asalto a la intimidad que supone siempre, para un escritor, ponerse en manos del público.
También pensaba si me asistiría algún derecho, como hombre que escribe, que me autorizase a dar la lata a los demás con mis preocupaciones metafísicas. Tampoco estaba nada seguro de que el relato tuviera algún interés.
En el fondo, tales dudas obedecían, más que a una postura de inaceptable egocentrismo, a simple ingenuidad. El lector juzgará, cuando acabe de leer estas líneas, la ejemplar experiencia que puede suponer para un escritor las previas gestiones que la publicación de un libro lleva implícitas… algunas veces. Sobre todo para un escritor que, violentando su intimidad, decide entregar la obra al editor.
Anzuelos para la lubina había sido escrita en dieciséis días. Luego tardé un mes en corregirla. Siempre trabajo directamente a la máquina. Después de las correcciones a mano, el original pasa a la mecanógrafa. El primer lector del libro una vez las copias a punto fue el crítico Ricardo Gullón, a quien me une una amistad de veinte años. Por aquella época, Ricardo Gullón estaba a punto de marcharse a Puerto Rico. El libro le gustó y se lo dediqué. Otro de los primeros lectores, con grato juicio para la novela, fue Alonso Zamora Vicente. Recuerdo que Ricardo Gullón me instaba a que lo publicase cuanto antes. Animado por ésta y otras opiniones que recibía, decidí entregar el libro a mis editores. Mis dos anteriores novelas[2] habían sido publicadas por Ediciones Destino y la tercera, La tentación de vivir, se hallaba en curso de publicación. Tanto al señor Vergés como al poeta Joan Teixidor el libro les gustó. Pero, ¡lástima!, era excesivamente corto para ser incluido en la «Colección Áncora y Delfín». El señor Vergés me propuso que escribiera otros dos relatos de una extensión semejante a fin de poder sacar en un volumen las tres narraciones. Mi criterio era que el libro, dado su extraño clima, se publicase de un modo independiente. La cosa quedó en el aire.
Alguien que asistió a una lectura privada que del libro di en Barcelona[3]
por aquellos días —lamento no recordar ahora de quién partió la idea—
sugirió, al final de la misma, como idónea para mi narración la «Colección Biblioteca Breve». El libro fue a parar a Joan Petit, quien lo leyó aquella misma noche y a la mañana siguiente me llamó al hotel entusiasmado. Pero la Editorial Seix y Barral desestimó su publicación por parecerse a «El Square», de Margarite Duras. Según Carlos Barral[4] tenía un grave inconveniente para su inclusión en «Biblioteca Breve», ya que contradecía la misión de «Antología de Experimentos Literarios» que la serie se proponía.
Leí «El Square» y pude comprobar que las intenciones de Margarite Duras y las mías eran substancialmente opuestas. Y así, con estos dos primeros pasos, comenzó la aventura editorial de Anzuelos para la lubina.
Un mes más tarde, Ricardo Gullón, ya en América, me pedía una copia del libro. Esto era en julio de 1958. Se la mandé. La copia pasó al novelista Manuel Lamana, de quien recibí una larga y elogiosa carta hablándome del libro. Manuel Lamana la presentó a la Editorial Losada, de Buenos Aires.
Mes y medio más tarde era rechazada su publicación. El peso argentino comenzaba a flaquear —tal era la opinión del editor— y resultaba arriesgado lanzar a un autor desconocido. Sé que en esta intentona sin éxito intervenía también, a favor del libro, Guillermo de Torre.
Mientras tanto, Ricardo Gullón, que había acudido a Buenos Aires a dar unas conferencias, habló de la novela con H. A. Murena, director literario de la Editorial Sur, de quien recibí una atenta carta en la que me pedía una copia del libro. Durante todo un año, y aun después de una primera negativa, H. A. Murena hizo todo cuanto pudo para que la Editorial Sur publicase el relato. Pero tampoco hubo suerte. Las copias no regresaron.
Decididamente, no se ponía muy bien la cosa. Podía seguir viviendo tranquilo: mi intimidad no sería fácilmente asaltada por el ávido lector.
Anzuelos para la lubina me había sido solicitada también desde Francia por Roger Noel-Mayer, traductor ya anteriormente para Pierre Seghers de mi libro de poemas Lettre de paix à un homme étranger[5]. El optimista Roger Noel-Mayer, movido sin duda por un rapto de entusiasmo, me aseguró que antes de un año el libro estaría traducido y en los escaparates de las librerías francesas. No cabía duda de que Noel-Mayer era un hincha digno de tener muy en cuenta. Anzuelos para la lubina tal vez no encontrase editor, pero sí contaba ya con unos cuantos admiradores. Esto era una alegría, claro.
Mi mecanógrafa, con esa pulcritud que tanta admiración me causan quienes escriben a máquina con todos los dedos de las dos manos (yo sólo empleo los índices), hizo cuatro nuevas copias.
Roger Noel-Mayer hacía gestiones. Y lo que ya no recuerdo exactamente es si Noel-Mayer buscó ayuda para el libro a través de Alain Bosquet. Lo que sí sé es que Alain Bosquet, quien me conocía personalmente y había publicado uno de mis poemas[6] en el diario Combat,
entró en contacto con el ensayista Roger Munier —traductor de algún libro de Heidegger al francés— que era depositario de otra copia de la novela.
Roger Munier y Alain Bosquet hablaron del relato y decidieron hacer lo posible porque se publicara en Francia. Munier —él mismo se había ofrecido a hacer la traducción— entregó el original en Gallimard, pero la publicación de Anzuelos para la lubina fue desestimada.
De todos modos la aventura editorial francesa de mi breve libro no había hecho sino empezar. Roger Munier, con un empeño digno de mejor causa y suerte, entregó el relato a Maurice Nadeau, pero era demasiado corto para su colección; lo intentó con Esprit, pero era demasiado largo para la revista…
Todo escritor conoce el significado verdadero de estas amables respuestas. No es aconsejable la irritación. En semejantes casos debe uno hacerse el loco y aceptar como ciertas las amables respuestas. Pues la amabilidad no es moneda de uso frecuente en la vida y sirve, a veces, para financiar el revoco de una vanidad visiblemente desconchada.
Por su parte, Alain Bosquet había hablado del libro a E. M. Cioran, amigo común, a quien debía hacerle llegar otra copia para que lo conociera.
A Cioran le gustó el libro. Iba a entregárselo personalmente a su editor —
Plon—, pero yo no debía confiar, en absoluto, en tal recomendación.
Dotado de una insobornable sabiduría, E. M. Cioran aceptaba como timbre de gloria —ya lo había experimentado en alguna otra ocasión— que bastaba su gusto y su consejo hacia un libro para que éste fuese mal visto. «Soy el autor menos vendido de la casa —me decía con irrefrenable delectación— y los libros que recomiendo resultan siempre un significativo fracaso editorial».
Plon no desmintió a E. M. Cioran: mi libro fue delicadamente rechazado y yo se lo comuniqué, casi con júbilo, a mi recomendador. Estoy seguro de que si Plon hubiera aceptado el libro, E. M. Cioran se habría visto obligado a dudar de sí mismo e incluso de su postura filosófica ante la vida.
Una nueva experiencia y otra copia que no regresaba a su base. Con el ejemplar que pasó por Esprit hubo, sin embargo, una gran suerte: consiguió, siempre bajo el brazo del incansable Roger Munier, cruzar primero el umbral de Éditions Du Seuil y medio año después el de Julliard. A unos
«comités de lectura» la novela les había parecido demasiado subjetiva y decadente —léase naturalismo idealista—; a otros, poco representativa de la situación española. Y a Michel Chodkiewicz, por ejemplo, de Éditions Du Seuil, le parecía encontrar en ella una cierta distorsión entre el tema y la técnica surrealista que yo había utilizado (!).
Para ser sincero debo confesar que en diversas ocasiones me encontré en París, fortuitamente, con personas que —¡quién lo podía sospechar!—
habían leído mi novela y me hablaron de ella más o menos elogiosamente.
Porque París es todo él como un gran comité de lectura y quien más y quien menos informa para alguna editorial. Claude Couffón, por ejemplo, había informado para una editorial; Manuel Tuñón de Lara, para otra… «Lástima que a la gente, sobre todo aquí en París —me decía Elena de la Souchère, quien había sido uno de los asesores favorables de mi libro para Gallimard
— y en relación con la novela española, lo que menos les preocupe sea la calidad literaria». En relación con mis metas no era un decir mucho —
aunque sí era un mucho decir en relación con otras cosas—, pero en la vida todo es relativo y nos vale en la medida que necesitemos de ello. Y al cabo de dos años de tener un libro en danza hasta el más pintado halla consuelo
—ese otro cruel apéndice de la esperanza— allí donde lo busca.
En el intervalo de este pulular del libro por París, alguien, ignoro qué angelical mensajero, había hablado de Anzuelos para la lubina a un editor holandés.
Con los holandeses tuve mejor suerte. El holandés, por lo que he podido apreciar cuando he viajado por allí y por otras muchas cosas, he llegado a la conclusión de que son gentes eficientes, amables y serios. Les admiraré siempre, aparte otras virtudes, por la rapidez de actuación con Anzuelos para la lubina. Una vez remitida la copia a la editorial, el traductor hizo un resumen del asunto. El editor le telefoneó a los pocos días para decirle que se había equivocado con el libro: él pensaba que la novela tenía un fondo político. Al parecer, el traductor insistía en la calidad literaria, cosa con la que el editor no estaba del todo en desacuerdo, pero ¡si al menos el seductor de la muchacha hubiera sido un militar! Fue una pena. Nunca sabrá uno dónde puede anidar la gloria.
Acaso algún lector un tanto impaciente sospeche que yo me enfadaba mucho con todas estas cosas. No, no… No me enfadaba lo más mínimo.
Asistía desde el primer momento, con igual despiste que un turista inglés en una corrida de toros, a tan aburrido espectáculo. Lo único que me tenía preocupado eran las copias. No por tacañería —la mecanógrafa ya había iniciado la tercera «edición» de la obra—, sino por temor a quedarme, finalmente, sin ninguna. Además, con tanto entretenimiento, había ido olvidando aquellas tontas preocupaciones del principio: cuando temía por mi intimidad asaltada.
Después de estos dos años de repetido viajar —Puerto Rico, Buenos Aires, París, Ámsterdam— el libro se tomó un merecido descanso de tres meses. Estaba contento con este merecido descanso para mi libro. Tenía cinco copias en mi poder y tan pronto se presentase la ocasión volverían al combate. Tampoco perdía el tiempo: viajaba, escribía otra nueva novela y trabajaba para ganar más y más dinero (pretensión también un tanto utópica, puesto que soy librero) y poder, llegado el momento, hacer tantas y tantas copias de Anzuelos para la lubina como me fueran pedidas.
De todo cuanto hacía lo que más me gustaba era viajar. Y en uno de estos viajes el doctor Umberto Silva, editor de mi novela en Italia, Amara e la speranza (Testamento en la montaña), me tropezó casualmente en Milán y comimos juntos.
Debo confesar que acudí aterrado a la cita. Era la primera vez que veía al doctor Silva desde la publicación del libro y dudaba un tanto, por no decir un mucho, de su éxito de venta. «Me reclamará las 200 000 liras del adelanto», me dije. Es de señores dar la cara. Además, el doctor Silva siempre comía en los mejores restaurantes. Cosa también de señores. Acudí valerosamente y pude comprobar que el editor estaba muy contento con la marcha del libro: en un año se habían vendido —o esfumado por los estantes de las librerías italianas— unos seiscientos ejemplares. Le dije, sinceramente, que lo sentía. Pero para él, aquella venta, suponía algo así como poner una pica en Flandes. Aseguró que de Canaima, de Rómulo Gallegos, no había colocado, en cambio, más que doscientos. No había
duda que el doctor Silva se estaba comportando muy sensitivamente.
Conocía el corazón de los escritores. He de advertir que, pese a todo y hasta que no me propuso ser él en Italia el editor de Anzuelos para la lubina, apenas probé bocado. (Es humillante estar a la mesa de alguien que ha hecho un mal negocio con un libro de uno).
El doctor Silva, que siempre se había portado muy bien conmigo, después de aquella inesperada propuesta empezaba a parecerme un mirlo blanco. Quedamos que el libro lo tradujera Elisa Aragone, que era quien había hecho tan magníficamente la versión del anterior, y nos dimos un gran abrazo. ¡Al fin! Aquella misma noche escribí a la traductora a Florencia comunicándoselo y tan pronto regresé a España la hice llegar la novelita.
La felicidad, sin embargo, sólo es un accidente en la vida del hombre.
Cosa sin importancia que jamás ha merecido la atención de ningún historiador de la humanidad. (¿Quién fue el que dijo, y creo que seriamente aunque la cosa parezca una broma, que la Historia era la narración de los hechos que nunca debieron haberle sucedido al hombre?)… Elisa Aragone, sincera amiga, se negó a hacer la traducción de un libro que, al parecer, iba en contra de su idea de la religiosidad.
El tropiezo, según el doctor Silva, no tenía mayor importancia. Se encargaría de la versión otro traductor. Era un contratiempo tener que prescindir de la señorita Aragone, pero no un mal irremediable… Pasaron algunos meses. Transcurrió un año. Silva Editore ya no respondía a mis cartas. Mis actividades en el mercado de cuadros (había organizado una exposición en la Galleria Del Millione a un pintor español) me llevaron a Milán una vez más. Y un pintor italiano que conocía al doctor Silva —el editor tiene en su residencia genovesa una magnífica colección de pintura: Scanavino, Sironi, Rosai, De Pisis…— me enteró del fracaso económico de la Editorial. Aquello resultaba duro, demasiado duro de admitir. ¿Qué había ocurrido? Mi editor era un conocido hombre de negocios, inteligente y dinámico trabajador —en cierta ocasión salimos de una boîte a las cinco de la mañana y me citó en su despacho para tres horas más tarde— y por muchas locuras editoriales que hubiera cometido era imposible… ¿En qué medida mi Amara e la speranza era culpable de aquel desastre económico?
¿Se había cansado de editar libros invendibles? Me hacía a mí mismo
preguntas semejantes. Así que a la mañana siguiente me presenté en la delegación milanesa de la editorial —instalada en uno de los lujosísimos edificios de Corso Europa— y me informaron que desde hacía meses ya no existía aquel despacho. Obtuve como pista, en cambio, un número de Via Pergolesi. Pero en Via Pergolesi la portera, luego de un hábil interrogatorio, me hizo saber que, dos veces a la semana, un muchacho pasaba a retirar la correspondencia.
Creo que fue en 1951 cuando el novelista italiano Carlo Coccioli, quien residía ya en París desde tiempo atrás, se cruzó, epistolarmente, en mi camino. El contacto fue motivado por la traducción que él hizo, del italiano al francés (para uso privado de una amiga común) de varios de mis poemas publicados en una revista italiana. Nos escribíamos de vez en cuando. Un buen día, Carlo Coccioli, reapareció en Méjico al tiempo que la edición en castellano de su famoso Fabrizio Lupo. Desde Méjico, Carlo Coccioli escribía sus cartas en un español ágil y encendido contándome de su recién descubierto paraíso. En una carta la hablé de Anzuelos para la lubina. Me pidió el libro y le gustó. Iba a entregárselo a su editor mejicano, el español Giménez Siles, de la Sociedad General de Publicaciones. Estaba seguro de que a su editor le gustaría también. Puse en contacto a Coccioli con un periodista asturiano, Francisco Ignacio Taibo, recién llegado a Méjico y nos cruzamos algunas cartas más. Si era necesario, Coccioli escribiría un prólogo. Pasaron algunos meses. De Giménez Siles no me llegaba la menor noticia… Y Carlo Coccioli, incansable viajero, había desaparecido, según investigaciones del periodista Taibo, tras uno de sus sueños hacia la costa del Pacífico. ¿Llegó a entregar Coccioli la copia mecanográfica de mi novela a su editor? Resultaba demasiado aburrido iniciar las gestiones.
«No hay mal que cien años dure…». He aquí otro slogan de la pérfida esperanza. En enero de 1962, un amigo de muchos años, J. Bedia Cano, que conocía los más o menos divertidos avatares de Anzuelos para la lubina, quiso que le dejara una copia de la novela. Tenía contactos profesionales con Méjico, y cuatro meses más tarde, a través de Samuel Rubinstein Williams, consiguió que la obra se editase bajo la firma de la «Compañía
Litográfica Panamericana». Se trataba de hacerme un favor. La tirada fue pequeña y la edición feísima. Como derechos de autor percibí trescientos ejemplares. Tampoco era cosa de pedir peras al olmo, digo yo.
Al fin el libro estaba en la calle. Veía la luz a los cuatro años y dos meses de haber sido escrito. Anzuelos para la lubina, cien holandesas justas a dos espacios, me había obligado a escribir cerca de cuatrocientas cartas.
No podía perder más tiempo. Tan pronto tuve ejemplares en mi poder comencé a hacer envíos a los críticos, a los amigos. Pasaron de cien ejemplares los regalados. Al año había conseguido reunir ocho críticas. En una de ellas, acaso la más inteligente, publicada por J. R. Masoliver en «La Vanguardia», de Barcelona[7], se estudiaba su paralelismo con la obra de Margarite Duras, Una tarde de M. Andesmas, publicada en París el mismo mes, me parece, que la mía en Méjico.
Tal vez el lector se pregunte, una vez concluida la lectura de Anzuelos para la lubina, si merecía la pena tomarse tanto trabajo por ver una cosa así publicada. Al margen de cualquier juicio —positivo o negativo— sobre el libro, yo le diría al lector que no. Pero su historia fue ésa: la historia de un reiterado soborno. De un soborno al cual el hombre parece estar condicionado. Una historia larga y trabajosa porque en el envés de cada gestión, de cada carta —como en el envés de cada pregunta— siempre cabía aguardar algo. Cada carta reclamaba —como cada día de la vida—
cortas esperas que se iban enlazando unas con otras. Son cosas que pasan.
Si me propusieran nacer otra vez, diría que no. Si me dijeran que iba a ocurrirme lo mismo con otro de mis libros (cosa que, sin duda alguna, ocurrirá), lo guardaría, sin más, en el cajón más bajo de mi mesa. Pero la esperanza posiblemente sea eso: un ir dejándonos sobornar por las pequeñas metas de cada día —con lo que se sufre y con lo que se goza, que todo hay que aguantarlo— hasta descubrir, al final, que nada vale la pena.
M. A.
Marzo, 1965
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