¿Arde París?

Dominique Lapierre y Larry Collins · Capítulo 1 de 97

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¿Arde París?

Primera parte

 

La amenaza

1

 

Nunca se retrasaba. Todas las tardes, cuando llegaba con su viejo Mauser, con los

gemelos enfundados dentro del raído estuche y su gamella, los habitantes de May-en-

Multien solían decirse: «¡Las seis! ¡Ya llega el alemán!» E, invariablemente, mientras

cruzaba la plaza del pueblo, desde el campanario románico de la pequeña iglesia de

Nuestra Señora de la Asunción, que databa del siglo XII y se hallaba encaramada en

la altura que remontaba el Ourcq, se difundían las primeras notas del Ángelus de la

tarde.

El alemán se dirigió a la iglesia, como cada tarde. Era un Feldwebel de la

Luftwaffe, de sienes ya grisáceas. Antes de entrar, se descubrió. Luego, con la gorra

en la mano, subió lentamente los peldaños de la escalera de caracol que llevaba al

campanario. Allí, en lo alto, había una mesa, una estufita de petróleo y una silla, cuyo

asiento de paja podía levantarse para transformarse en un reclinatorio. Sobre la mesa,

se veía un mapa de Estado Mayor, una guía de los correos franceses y un teléfono de

campaña. El campanario de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción era un

observatorio de la Luftwaffe.

Con sus gemelos, el alemán podía vigilar desde allí toda la región. Su mirada

abarcaba un gran recodo del Marne, desde las flechas de la catedral de Meaux, al Sur,

hasta las murallas medievales del castillo de La Festé-Milon, diecisiete kilómetros al

Norte, incluyendo la importante aldea de Lizy, con sus casas de color de yeso, y los

ribazos verdeantes del valle del Ourcq, bordeado de álamos.

Al cabo de pocas horas, caería la noche sobre aquel paisaje lleno de dulzura. El

Feldwebel del campanario, siempre atento a los ruidos del cielo y escrutando las

tinieblas que le rodeaban, comenzaría entonces una nueva noche de guardia, que sería

la número cincuenta y ocho, a partir de la invasión. A las primeras luces del alba,

descolgaría el teléfono de campaña y daría su informe al cuartel general regional de

la Luftwaffe, en Soissons. Hacía ya doce días, desde la última luna llena, que los

informes del Feldwebel eran invariables: «Sin novedad en mi sector».

Los alemanes sabían que los aliados esperaban siempre la luna llena para efectuar

sus envíos de paracaídas a la Resistencia francesa. El calendario que descansaba

sobre la mesa del campanario indicaba que faltaban aún dieciséis noches para la luna

llena, o sea, para el 18 de agosto.

El alemán estaba convencido de que nada iba a suceder en aquel pequeño sector

de la Francia ocupada que estaba bajo su vigilancia. Creía, pues, poder dormitar sin

temor alguno sobre el reclinatorio de las religiosas de May-en-Multien, en aquella

noche del 2 de agoste de 1944. Pero estaba equivocado.

Durante su sueño, a menos de tres kilómetros en línea recta del campanario, dos

hombres y una mujer[1] de la Resistencia abalizaban un área de aterrizaje para

paracaidistas en un campo de trigo, propiedad del granjero Rousseau. Poco después

de las once, se dejó oír por fin el ruido que esperaban, el sordo runrún de un

bombardero «Lancaster», que volaba a baja altura sobre el valle del Ourcq.

Encendieron entonces sus lamparillas.

Tan pronto como hubo visto desde arriba el pequeño triángulo luminoso que

buscaba en la oscuridad, el piloto del bombardero apretó un botón y en la carlinga del

avión se apagó una luz roja encendiéndose a continuación una verde. Ésta era la señal

que esperaba un hombre para lanzarse al vacío.

Mientras se balanceaba en el silencio de la noche tibia, el paracaidista —un joven

estudiante de Medicina, de nombre Alain Perpezat— se sentía más consciente del

cinturón que le ceñía el vientre. Este cinturón contenía cinco millones de francos. Sin

embargo, Alain no había saltado sólo para transportar esta pequeña fortuna.

Disimulado en la suela de su zapato izquierdo, llevaba un trozo de seda en el que iba

escrito un mensaje consistente en dieciocho grupos de letras en clave. Sus jefes

consideraban este mensaje tan importante y de tal urgencia que, contra su costumbre,

habían decidido que el lanzamiento en paracaídas se efectuara en una noche sin luna.

El propio Perpezat ignoraba el contenido del mensaje. Lo único que sabía era que

debía entregarlo, lo más pronto posible, al jefe del Servicio de Inteligencia en

Francia. El nombre de guerra de dicho jefe era Jade Amicol y su cuartel general

radicaba en París.

Eran ya las siete de la mañana siguiente, cuando Perpezat salió del pajar en donde

había sido ocultado por los elementos de la Resistencia después de su aterrizaje. El

equipo paracaidista quedaba cuidadosamente enterrado bajo un montón de abono.

Alain se dirigió, a campo traviesa, hacia la carretera nacional n° 3. No le quedaba

más que un recurso para llegar a París, distante ochenta kilómetros de allí: el auto-

stop.

Pasaron varios vehículos. Por fin, un camión se detuvo a sus requerimientos.

Aterrorizado, Alain se dio cuenta —demasiado tarde— de la placa de metal sobre la

cual campeaba la escarapela roja, amarilla y negra de la Luftwaffe. En la plataforma

del camión iban cuatro soldados alemanes, cubiertos con cascos. Llevaban una

ametralladora antiaérea. Se abrió la puerta de la cabina y el chófer preguntó: «Nach

Paris?» Dominando su terror, Alain sonrió y se acomodó al lado del alemán, un viejo

reservista. Al sentarse, el paracaidista sintió de nuevo la presión del cinturón lleno de

billetes. De repente, le pareció que adquiría un peso enorme y se preguntó si lo

abultado de su vientre no llamaría la atención del alemán. No obstante, el chófer

embragó sin decir palabra. Y el pesado Mercedes reemprendió su marcha hacia París.

Las nueve hermanas de la Orden de la Santa Agonía, arrodilladas en la penumbra

de su capilla, desgranaban el tercer rosario del día. De súbito tres timbrazos largos,

seguidos de uno corto, rompieron el silencio del convento. Dos de ellas se levantaron

de inmediato, se persignaron y salieron. Para la hermana Jean, la superiora, y la

hermana Jean-Marie Vianney, su ayudante, estos timbrazos suponían una señal. Su

significado era: «Visita importante».

Durante cuatro años, los alemanes habían buscado desesperadamente este

convento parisiense, sito en el número 127 de la calle de la Glacière. En el locutorio

de su viejo edificio que se levantaba en la esquina de un solar y de las murallas

siniestras del Hospital Psiquiátrico de Samte-Anne, se ocultaba el cuartel general de

Jade Amical, el jefe del Servicio de Inteligencia en la Francia ocupada.

Protegido por estas viejas piedras y por el valor tranquilo de un puñado de

religiosas, el cuartel general de Jade Amicol había resistido a todos los terribles

golpes asestados por la Gestapo a la Resistencia francesa, a todas las filtraciones, a

todas las denuncias, a todas las investigaciones[2].

A través de la mirilla de la estrecha puerta de roble del convento, la hermana Jean

pudo ver el rostro de un hombre joven.

—Mi nombre es Alain. Traigo un mensaje para el coronel.

La hermana Jean abrió la puerta y se asomó al dintel para asegurarse de que el

joven estaba solo y no había sido seguido. Luego, le hizo seña de que entrara.

Ya en el locutorio, bajo el severo retrato del lazarista desconocido fundador de la

Orden de la Santa Agonía, Alain Perpezat se sacó el zapato izquierdo. Ayudado por

un cuchillo, fue separando las varias capas de suela. Al fin sacó un pedazo de seda

que entregó a un hombre, una especie de gigante calvo, de ojos azules, que esperaba

tranquilamente sentado en un sillón. Aquel hombre era el coronel Claude Ollivier,

alias Jade Amicol.

El coronel echó una ojeada a las misteriosas letras, escritas sobre el trozo de seda,

e hizo una seña a la hermana Jean, que se alejó a pasitos rápidos. Algunos minutos

después, la hermana regresó con algo que parecía un pañuelo, la rejilla que utilizaba

Jade Amicol para leer los mensajes cifrados. La tela, fina como el acero de una hoja

de afeitar, era de un material soluble que podía ser tragado instantáneamente en caso

de peligro. La hermana Jean la guardaba en la capilla, bajo el tabernáculo del altar del

Buen Ladrón.

Ollivier ajustó la rejilla sobre el mensaje que el visitante acababa de entregarle. A

medida que descifraba las últimas líneas, su rostro se iba ensombreciendo. El mensaje

decía que el Alto Mando aliado «había tomado la decisión de contornear París y

retrasar su liberación todo el tiempo posible. Les advertimos de que bajo ningún

pretexto será modificado este plan». El mensaje iba firmado: «General»[3].

El coronel levantó la cabeza para mirar a Alain:

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Es una catástrofe!

En la habitación de al lado el tintineo de las primeras notas del carillón de un reloj

Luis XIII, al dar las doce del mediodía resonó en el silencio del convento.