!Bee! !Bee!

Louisa May Alcott · Capítulo 1 de 2

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!Bee! !Bee!

Bee Primero

Louisa May Alcott

¡Bee! ¡Bee!

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Titivillus 10.12.16

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Título original: ¡Bee! ¡Bee!

Louisa May Alcott, 1878

Traducción: Desconocido

Editor digital: Titivillus

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Bee Primero

Aquellas dos niñitas harapientas, que trotaban colina abajo dejando atrás una nube de polvo, no parecían heroínas ni mucho menos. Tenían los pies descalzos, arañados y sucios; las manos rojas por las manchas de fresas, y sus caras pecosas brillaban de calor bajo sus sombreros. Pero Patty y Tilda se disponían a cumplir una buena acción, y absortas en su misión se dirigían presurosas a la estación, donde venderían fresas.

Sus lenguas se movían con tanta rapidez como sus pies, pues aquélla era una gran expedición y las dos estaban muy excitadas al respecto.

—¿No te parecen hermosas? —preguntó Tilda, mientras observaba orgullosa la carga de su hermana al detenerse a cambiar una pesada cesta de un brazo al otro.

—¡Absolutamente deliciosas! Sé que la gente las comprará si no tememos ofrecerlas —asintió Patty, mientras ella también se detenía para acomodar las dos docenas de cestitas de abedul, llenas de grosellas rojas, que llevaba bien arregladas en una bandeja adornada con cornejos escarlatas, siemprevivas blancas y hojas verdes.

—Yo no temeré… Iré sin detenerme y gritaré bien fuerte, ya verás.

Tengo que conseguir nuestros libros y botas para el próximo invierno, así que no dejes de pensar qué lindos serán y sigue adelante —dijo la intrépida Tilda, que encabezaba la expedición.

—Date prisa… Quiero tener tiempo para regar los ramilletes, así estarán frescos cuando llegue el tren. Espero que en él vengan muchos niños, que siempre quieren comer, según dice mamá.

—¡Qué malvada fue Elviry Morris al ir a vender al hotel más barato que nosotras, y arruinar así nuestra venta! Sin duda deseará haber pensado en esto cuando le contemos lo que hicimos aquí.

Y ambas niñas rieron satisfechas mientras avanzaban trabajosamente, sin pensar ni por un momento en los dos kilómetros calurosos y polvorientos que debían recorrer.

La estación hallábase fuera de la aldea, y los largos trenes con su carga de veraneantes que iban a las montañas se detenían allí una vez al día para esperar las diligencias que iban hacia diversos puntos de la región. Era un lugar agradable, con una gran laguna a un costado, y exuberantes bosques al otro, mientras que a la distancia se vislumbraban los picos grises y verdes laderas que invitaban a los cansados viajeros de la ciudad a acercarse a ellos y reposar.

Todos parecían satisfechos al bajar durante los diez minutos de parada, aunque su viaje no hubiera concluido todavía; y mientras tanto gozaban del aire puro proveniente de la laguna, o presenciaban la carga de las diligencias, Tilda y Patty se proponían ofrecer sus tentadoras cestitas de frutas y flores frescas. Era un gran esfuerzo, y sus corazones latían de esperanza y temor infantiles al llegar a la vista de la estación, donde no se

veía a nadie, salvo a los joviales conductores de diligencias, que descansaban a la sombra.

—Hay tiempo de sobra. Vamos a lavarnos y beber un trago de agua en la laguna; la gente no nos verá detrás de esos vagones —propuso Tilda, deseando ocultarse hasta la llegada del tren, puesto que aún su valor parecía abandonarle al aproximarse el momento culminante.

En una vía lateral, un largo tren de ganado esperaba el paso del otro; y mientras las niñas hundían los pies en el agua fresca o bebían de sus manos, un sonido lastimoso llenó el aire. Cientos de ovejas, que apretujadas en los vagones sufrían agonías a causa del polvo, el calor y la sed, asomaban sus pobres hocicos entre los barrotes, balando frenéticas, pues el ver tanta agua, tan cercana y al mismo tiempo tan imposible de alcanzar, las enloquecía.

Las que estaban más alejadas y no alcanzaban a ver el lago azul, podían olerlo, y repetían el grito hasta despertar ecos en el bosque, al punto que los mismos conductores indiferentes comentaron compadecidos:

—Este día caluroso resulta duro para los pobres animales, ¿no?

—¡Oh, Tilda, óyelas balar y mira cómo se agrupan de este lado para llegar al agua! Llevémosles un poco en nuestros jarros. Tener sed es espantoso —exclamó la bondadosa Patty, mientras llenaba su jarro y corría a ofrecerlo al más cercano de aquellos hocicos estirados.

Una docena de lenguas sedientas intentaron lamer el agua de modo que en el forcejeo el jarrito no tardó en quedar vacío pero Patty corrió en busca de más y Tilda hizo lo mismo, tan excitadas ambas por la situación de los animales, que no oyeron el silbato lejano del tren y siguieron corriendo de un lado a otro, en su piadosa labor, sin preocuparse por sus pies fatigados, sus caras calenturientas y las preciosas flores que se marchitaban al sol.

Tampoco vieron a un grupo de personas que, sentadas allí cerca, bajo los árboles, las observaban y escuchaban su ansiosa conversación con sonriente interés.

—¡Corre, Patty, esta pobrecita está media muerta! Echale un poco en la cara mientras yo impido a esta grandota que siga pisándola. ¡Dios mío, cuántas son! ¡No podemos ayudar ni a la mitad, y nuestros jarros son tan pequeños!

—Ya sé lo que haré, Tilda; volcaré las fresas en mi delantal y traeré bastante de una sola vez —gritó Patty, medio trastornada por la compasión.

—Arruinarás tu delantal y aplastarás las fresas, pero no importa. Lo mismo me da que no vendamos ni una, si podemos ayudar a estos pobre animalitos —repuso la enérgica Tilda, mientras se internaba en la laguna hasta los tobillos para llenar el balde, mientras Patty amontonaba la fruta en su delantal a cuadros.

—¡Oh, qué lástima! ¡Viene el tren! —exclamó esta última, cuando una penetrante pitada despertó ecos y se oyó un retumbar cada vez más cercano.

—Pues que venga… No abandonaré a esta ovejita hasta que mejore. Ve y vende la primera parte; yo iré en cuanto pueda —ordenó Tilda, tan atareada reviviendo al animal exhausto, que no podía detenerse ni siquiera para dar comienzo al plan acariciado.

—No me atrevo a ir sola; ven a ofrecer, que yo sostendré la bandeja —

tembló la pobre Patty, muy atemorizada al llegar el tren con una cabeza en cada ventanilla.

—No seas chiquilla… Entonces quédate a trabajar aquí, que yo iré a vender todas las cestas. Tan enojada estoy por estas pobrecitas, que no temo a nadie —proclamó Tilda, arrojando agua por última vez entre las pocas ovejas favorecidas, antes de recoger la bandeja y dirigirse al andén. Estaba acalorada, mojada y harapienta, pero tenía el corazón colmado de la justa ira y tierna compasión que pretenden remediar la mitad de los males de este mundo enorme.

—¡Oh, mamá, fíjate en esas lindas cestitas! Cómprame algunas, que estoy muy sediento y cansado —exclamaron, ansiosos, más de un pequeño viajero, al oír que Tilda, bandeja en alto, gritaba con valor:

—¡Fresas frescas! ¡Fresas frescas! ¡Diez centavos! ¡Solamente diez centavos!

Las vendió a todas en diez minutos, y de haber estado Patty con ella, podría haber vaciado su balde antes de la partida del tren. Pero la otra pequeña samaritana estaba en plena labor, y cuando su hermana se reunió con ella mostrándole orgullosa un puñado de plata, ella a su vez, más orgullosa aún, le mostró a su lanudo inválido que mordisqueaba débilmente el pasto de su mano.

—Podríamos haber vendido hasta la última… A la gente les gustaron muchísimo, y la próxima vez traeremos cada una dos docenas de cestas.

Pero tendremos que andar despiertas, porque algunos niños pretenden elegir la que más les gusta. ¡Es divertido, Patty! —aseguró Tilda, mientras sujetaba las preciosas monedas en una punta de su pañuelito deshilachado.

—Y esto también —repuso la otra, con una última palmada cariñosa en el hocico de su paciente, al tiempo que el tren se ponía en movimiento, y pasaba ante ellas un vagón tras otro de sufrientes ovejas, entre lamentos lastimeros y vanos esfuerzos por alcanzar el agua que tanta falta les hacía.

La pobre Patty no pudo soportarlo. Estaba acalorada, fatigada y descontenta por poder hacer tan poco, y cuando sus ojos compasivos perdieron de vista aquella carga de desdicha, no pudo hacer otra cosa que sentarse a llorar.

Pero Tilda protestaba mientras volvía a guardar cuidadosamente en el balde las fresas no vendidas, sin haber notado todavía la presencia de aquellas personas junto a la laguna, tras los arbustos.

—Es la cosa más perversa que he visto en mi vida, y ojalá fuera un hombre, así podría ponerle remedio. Encerraría en esos vagones a todos los del ferrocarril durante horas y horas y horas, sin dejar de pasar frente a lagunas, y además pondría helados donde no pudieran alcanzarlos, y muchos abanicos, y otras personas bien frescas y cómodas, sin importarles nada de su calor, su cansancio y su sed. ¡Sí que lo haría! Y entonces veríamos si les agrada.

Aquí la indignada Tilda tuvo que detenerse para tomar aliento, y sé reanimó chupándose el jugo de fresas de los dedos.

—Tenemos que hacer algo al respecto… Nunca seré feliz pensando en esas pobres ovejitas que van tan lejos sin agua alguna. Tener sed es terrible

—sollozó Patty, mientras se bebía sus propias lágrimas.

—Si tuviera una manguera, vendría todos los días a regar esos vagones; así remediaría algo. De cualquier manera, traeremos el otro balde grande y echaremos toda el agua que podamos —propuso Tilda, cuyo activo cerebro siempre estaba dispuesto a ofrecer planes.

—Entonces, no venderemos nuestras fresas —comenzó Patty, abatida, pues todo el mundo se le presentaba entristecido por lo que acababa de ver.

—Vendremos temprano y trabajaremos duro hasta que llegue el tren.

Entonces yo venderé mientras tú sigues regando con los dos baldes. Es un trabajo duro, pero podremos turnarnos. ¿Qué podemos hacer con todas estas fresas?

Las de abajo están aplastadas, así que las comeremos nosotras, pero éstas están bien… Solamente que, ¿quién va a comprarlas? —se preguntó Tilda, mientras observaba el delantal estropeado y las frutas recogidas con tanto cuidado bajo el sol.

—Yo —dijo una voz agradable, al tiempo que una mujer joven salía de entre los arbustos, tal como el hada buena se aparece a las doncellas en los antiguos cuentos.

Ambas niñas, sobresaltadas y extrañadas, se sintieron llenas de confusión cuando asomaron otras cabezas, y un robusto caballero se les acercó, sonriéndoles con tanta cordialidad que no temieron.

—Estamos merendando en el bosque y nos gustaría tener esas lindas fresas para el almuerzo, si quieren venderlas —declaró la dama, mientras tendía una bonita cesta.

—Claro que sí, señora. Puede llevárselas toda. Como están un poco aplastadas, no pediremos más que diez centavos el kilo, aunque pensábamos obtener doce —declaró Tilda, que era una verdadera yanqui y tenía aptitudes comerciales.

—¿Qué cobran por dar agua a las ovejas? —preguntó el caballero robusto, mirando bondadosamente a Patty, quien se retiró enseguida a las profundidades de su sombrero, como un caracol en su caparazón.

—Nada, señor… ¿No fue horrible ver a esos pobres animales? Eso es lo que la hizo llorar. Tiene un corazón tierno de veras, y no pudo soportarlo; por eso abandonamos las fresas e hicimos cuanto pudimos —repuso Tilda, tan seria que parecía bonita pese al tostado, las pecas y el polvo.

—Sí, fue muy triste, y debemos ocuparnos de eso. Aquí tienen algo a cambio de las fresas y también por el agua —anunció el caballero, mientras arrojaba un brillante medio dólar en el regazo de Tilda y otro en el de Patty, como si estuviera habituado a distribuir dinero de manera tan placentera.

Las niñas no supieron qué decirle, pero sonrieron encantadas a todos, y contemplaron las monedas de plata como si fueran muy preciadas para

ellas.

—¿Qué harán con esas monedas? —preguntó la mujer, en ese tono amistoso que siempre obtiene pronta respuesta.

—Pues, estamos ahorrando para comprar libros y botas de goma y así poder asistir a clase el invierno que viene. Vivimos a dos kilómetros de la escuela, de manera que gastamos muchos zapatos y nos resfriamos cuando llueve. La primavera pasada tuvimos «plumonía» y mamá dijo que necesitábamos botas de goma y que podríamos ganárnoslas en la época de las fresas —se apresuró a responder Tilda.

—Sí, y ella es muy lista, pasará de grado y le hacen falta libros nuevos, que cuestan tanto, y como mamá no es rica, los compramos nosotras mismas —agregó Patty, olvidada de su timidez eh su orgullo por su hermana.

—¡Qué valerosas!… ¿Cuánto hará falta para las botas y los libros? —

inquirió la dama, con una mirada al anciano caballero, que comía fresas de su cesta.

—Creo que tanto como cinco dólares… Queremos comprar un chal a mamá para que pueda ir a las reuniones. Es un secreto, y todos los días recogemos fresas con mucho ahínco, porque no duran mucho —explicó Tilda con sabiduría.

—A ella se le ocurrió venir aquí… Estábamos tan apenadas por haber perdido nuestro puesto eh el hotel, que no sabíamos qué hacer, hasta que Tilda imaginó este plan. Yo lo considero espléndido —y Patty contempló su medio dólar con inmensa satisfacción.

—No arruines el plan, Alice. Pasaré todas las semanas mientras tú estés aquí, y me aseguraré de su éxito —asintió el caballero, para agregar en voz más alta—: Estas fresas son muy buenas; quiero que día por medio lleven cuatro kilos a la granja de Miller, que está allá. ¿La conocen?

—¡Sí, señor! ¡Sí, señor! —respondieron dos voces anhelantes, pues las niñas imaginaron que estaba a punto de descargarse una lluvia de medios dólares.

—Yo vengo todos los sábados y parto los lunes, y las buscaré aquí.

Pueden dar tanta agua como gusten a las ovejas. Les hace falta, pobres bestias —agregó el anciano.

—¡Lo haremos, señor, lo haremos! —exclamaron las pequeñas, con tales expresiones de gratitud inocente y buena voluntad, que la joven señora se inclinó y las besó a las dos.

—Ahora debemos partir, querida, para no hacer esperar más a nuestros amigos —anunció el caballero, volviéndose hacia las cabezas que aún se movían entre los arbustos.

—¡Adiós, adiós!… ¡No olvidaremos las fresas ni las ovejas! —gritaron las niñas, mientras agitaban el delantal manchado como un estandarte y mostraban todos sus blancos dientes en las sonrisas de placer que dedicaban a sus nuevos amigos.

«Ni yo a mis corderitos» —se dijo Alice, al tiempo que seguía a su padre en dirección al barco.

—¡Qué dirá mamá cuando se lo contemos y le mostremos tanto dinero!

—exclamó Tilda, mientras echaba los centavos en su regazo y, arrobada, hacía tintinear los medios dólares antes de guardarlos de nuevo.

—Ojalá no nos roben durante el regreso a casa… Será mejor que los guardes en tu pecho; si no, alguien podría verlos —sugirió la prudente Patty, oprimida por la responsabilidad de tanta riqueza.

—¡Allá va el barco! —exclamó Tilda—. ¿No te parece hermoso? Y esas son las personas más simpáticas que he visto en mi vida.

—Ella es de lo más elegante… Ojalá tuviera yo un vestido blanco y un sombrero como ese. Cuando me besó, sentí en la mejilla esa pluma larga, tan suave como el ala de un ave, y su cabello era rizado como el retrato que recortamos del diario —agregó Patty, mientras seguía el barco con la vista, como si le resultara delicioso aquel toque de misterio en su vida de trabajo.

—Deben ser muy ricos para querer tantas fresas… Tendremos que darnos prisa para recoger bastantes para ellos y los pasajeros del tren.

Vamos ahora mismo a ese sitio denso que dejamos esta mañana; si no, Elviry es capaz de adelantársenos —propuso la práctica Tilda, mientras se incorporaba dispuesta a aprovechar la ocasión.

Pero ni una ni otra soñaban siquiera en la cosecha que obtendrían ese verano, debida toda a su prontitud en responder a aquellos lastimosos balidos.

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