Brujas del viento
Capítulo I
El mar gris se reflejaba en los ojos azules de la niña. Su pelo rubio, casi blanco, volaba empapado detrás de ella, soplado por el viento frío del norte.
La mirada, perdida en un horizonte tan incierto como su futuro, reflejaba aún el fuego que había devorado la fortaleza que fuese su hogar. Seguían resonando en sus oídos las risas de sus hermanos y el gorgojeo y carcajadas del más pequeño, Colum, el más despierto y más rubio de todos... y por el que tenía un cariño especial. Sentía aún, el abrazo de su madre después de cepillarle la melena antes de acostarla; las largas charlas en las que le enseñaba cómo comportarse entre la gente de la corte; y el beso de su padre al arroparla; el inmenso cariño con el que la trataba aquel hombre rudo y enorme... Las imágenes se entremezclaron con las acontecidas unos días antes... Recordó a sus hermanos al ser arrancados de los brazos de su madre y pasados a cuchillo en presencia de sus padres antes de ser atrozmente mutilado él, brutalmente violada ella, y cruelmente asesinados ambos.
Tuvo que agarrarse con fuerza a uno de los cabos para evitar caer al cabecear el barco.
Miró hacia arriba. Sobre su cabeza se recortaba, contra el cielo cubierto de nubes, la efigie de un dragón tallada en la madera de la proa. El símbolo de su estirpe era su orgullo y, en aquel momento, el causante de su desgracia y su salvación también. Una lágrima silenciosa, rodó furtiva hasta su mentón.
Hacía varios días que dejasen atrás las costas escocesas y ante ellos no se veía más que una extensión de olas grises coronadas por espuma de mar.
Tras las cuatro primeras jornadas navegando en dirección al continente, el
capitán Wadskier había ordenado dirigir la pequeña flotilla, compuesta por tres drakkars, hacia el sur, paralelamente a la línea de la costa. El tiempo era muy desapacible y frío, lo que no contribuía mucho a mejorar el estado de ánimo de la niña. Aún estaban vivos en su recuerdo los días previos a la última revuelta. Lo cierto era, que nunca había vivido tiempos de paz en los diez años que contaba. Las guerras intestinas promulgadas por el hermanastro de su padre y los continuos levantamientos para usurparle el reino, del que su familia era legítima heredera, habían sido el estado normal de las cosas. Pero hasta entonces jamás pensó que el rey pudiese ser vencido y su hogar destruido. La seguridad de los muros de piedra de su casa —una fortaleza en lo alto de una colina, rodeada parcialmente por un lago— así como la lejanía en la que suponía las guerras de las que oía hablar a los mayores, la habían mantenido ajena al miedo que ahora sentía.
Su padre era un rey escocés, y eso debería haber bastado... pero no. Su padre no era más que un hombre y había muerto como tal. Su ejército no eran más que hombres que fueron masacrados... por otros hombres, al mando de otro hombre que ahora era el nuevo rey. Cuando hubo comprendido esto, desapareció la sensación de intocabilidad y el miedo la sustituyó.
Cuatro días antes del desastre final había llegado un correo a caballo hasta el castillo. Cruzó el patio a galope y entró hasta la sala donde el monarca solía despachar los asuntos de gobierno. Desmontó, exhausto, a sus puertas, y con voz entrecortada por el esfuerzo y los ojos desencajados por el miedo, dio la noticia de que el ejercito del pretendiente había desbordado todas las defensas y se dirigía hacia allí con la intención de dar el golpe de gracia.
Nunca hasta entonces había visto reflejado el miedo en la mirada del rey, y lo que vio en aquellos ojos azules, le heló la sangre. En ese mismo instante supo que su padre, su rey curtido en mil batallas, su héroe... no era invencible. Se ordenó que los niños fuesen escondidos y mientras él armaba un ejército para intentar atajar el avance, hacer frente y detener a su propio hermano. Su esposa tomaría el mando en el castillo.
Hannah fue escondida, en uno de los torreones de la fortaleza. El acceso, era a través de una pequeña grieta de la roca natural —sobre la que
estaba cimentada la torre del homenaje— y que quedaba dentro de la sala capitular, detrás de la silla del rey. La parte inferior de la fortaleza —sobre la gruta— era de piedra y la estructura superior estaba construida en madera, elevándose varios pies por encima de las defensas exteriores.
Desde aquella posición, podía ver a su madre despanchado, con gran diligencia, los asuntos de estado en ausencia del rey. Sus tres hermanos, más pequeños que ella, fueron llevados a distintas dependencias, cada uno con una sirvienta que se hiciese cargo de él. Hannah se quedó sola.
No se enteró de que el ejército leal había sido derrotado en un campo cercano a la ciudad y su padre hecho prisionero, hasta que un gran alboroto rompió el silencio de la sala del trono haciendo que su madre se levantase de golpe, con la cara desencajada. Unos hombres armados irrumpieron dando voces y ni siquiera hicieron amago de detenerse cuando aniquilaron la guardia personal de la monarca sin el menor esfuerzo. La reina se mantuvo erguida, haciendo frente a los asaltantes con la mirada desafiante mientras abrieron un pasillo entre la turba, para que el cuerpo ensangrentado y magullado de su esposo cayese a sus pies. Un soldado propinó al rey una patada en las costillas, indicándole que se levantase. Ella se agachó para ayudarle.
Ambos fueron despojados de sus ricos vestidos, cargados de cadenas y encerrados en las mazmorras de los sótanos, por separado, hasta la celebración de un juicio, que presuponían sumarísimo. Las hordas del ejército sublevado registraron estancia por estancia en busca de los herederos del trono. No se produjo saqueo alguno por orden directa del usurpador, tan sólo se eliminó a todos aquellos que pudieran representar una amenaza para el nuevo régimen. Se obligó a confesar, bajo tortura, a varias de las mujeres del servicio hasta que delataron el lugar donde se escondían los niños. Hannah, bien porque ninguno de los torturados conociese su paradero o bien por suerte, no fue delatada y continuó apostada junto a la grieta, detrás del trono. Desde allí podía ver y oír todo lo que sucedía.
Aquella tarde se reunieron en la sala capitular una gran multitud de personas a la luz bamboleante de las teas. El ambiente estaba muy cargado a pesar de que por el pequeño vano de la pared, junto al techo, se renovaba el aire que entraba cargado de lluvia helada.
Desde donde estaba pudo distinguir los rostros conocidos, de antiguos
—y no tan antiguos— amigos y colaboradores de su padre. Algunos con cara de circunstancia y otros riendo abiertamente con gente que le era totalmente extraña. Vestían aún sus ropajes y armaduras de guerra y portaban sus armas. Aquellas personas le daban seguridad y el verlas la tranquilizó. Todo se arreglaría en unos días y las cosas volverían a ser como antes. Allí estaban sus amigos —a los que conocía desde siempre— y parte de su familia. ¿Qué podía pasarle?
Estaba tan cerca que podría haber tocado el hombro de su tío —el hermanastro del rey que ocupaba hoy el trono— con sólo alargar la mano.
Éste se había vestido con los atuendos de su padre y dictaba órdenes sin cesar. Los sirvientes y soldados entraban y salían con despachos y misivas de forma constante. La actividad era frenética, ya que había que controlar y cuidar de que todos los frentes de batalla abiertos supieran que el rey había caído y que un nuevo soberano gobernaba ahora. No se podía permitir ninguna duda, ni ningún conato de reconquista y, según dijo, habría que hacerlo con contundencia.
Mandó llamar a la familia real, que fue arrastrada hasta su presencia.
Hannah vio, horrorizada, como su padre era empujado hasta caer pesadamente a los pies del nuevo monarca. El hombre necesitó de un esfuerzo, que le arrancó un gruñido, para ponerse en pie frente a él. Tenía la cara amoratada y el pelo y la barba pegajosos y cubiertos de sangre. No podía abrir el ojo izquierdo y le faltaba algún diente. Vestía solamente con una basta túnica de tela de saco.
Hicieron entrar también a su madre que llevando a sus hermanos de la mano, y al pequeño en brazos, caminó hasta el centro de la sala. A Hannah le pareció que no le quedaba nada del porte regio del que siempre había hecho gala. Se la veía sucia y con el pelo suelto y enmarañado. Le costaba caminar, y no lo hacía erguida sino que se inclinaba hacia delante, con la cabeza baja.
Se colocó junto a su esposo, agarrando con fuerza la mano de uno de sus hijos.
—¿Dónde está Hannah? —la voz del nuevo rey tronó.
Nadie respondió.
—Es la última vez que os lo pregunto... —no pudiendo contener la ira
—. ¿Dónde está mi sobrina?
La niña sintió la necesidad de salir de su escondite, pero se encontró por casualidad, con la mirada de uno de los guerreros —un viejo conocido, señor de extensas tierras en las Highlands— que estaba junto al trono. Le indicaba, sin hablar, que se quedase quieta.
La pregunta resonaba de nuevo en sus oídos cuando su tío se levantó, se dirigió hacia el niño que se agarraba a la mano de su madre, y desenvainando una daga, le abrió la garganta de lado a lado. No pudo ni siquiera llorar, cayendo desmadejado al suelo, mientras el grito de la mujer desencadenaba el llanto de los otros dos niños.
—¡Cállate, zorra! —el usurpador se dirigía a la madre—. ¡Dime dónde está Hannah si no quieres que continúe matando al resto de tus hijos!
La mujer se repuso, levantó la cabeza y le enfrentó la mirada sin responder. Apretó con fuerza la mano del niño que sollozaba agarrado a su pierna y comprendió... Entendió que sólo podría salvarse su hija mayor, si se mantenía oculta. Ellos estaban ya condenados a muerte, hiciesen lo que hiciesen y dijesen lo que dijesen. Si la delataba correría su misma suerte.
Pensaba en esto, cuando notó como se aflojaba hasta soltarse la manita que se agarraba a ella. Su otro hijo yacía inerte en el suelo junto a su hermano...
Y de nuevo la pregunta... La mirada como respuesta, y su tercer hijo arrancado de sus brazos y degollado... a sus pies. A su lado, las lágrimas de impotencia, de rabia y de inmensa pena, de quien fuese más que su rey.
...y en el aire la ira de la sentencia contra su esposo:
—¡Que sea despedazado vivo y sus despojos echados a los perros!
...y contra ella misma:
—¡Usadla cuantas veces queráis... como la ramera que es! —ordenó entregándola a sus soldados—. Cuando hayáis acabado... degolladla y arrojadla también a los perros.
—¡Será Dios y todos sus ángeles quienes te pidan cuentas por lo que estás haciendo! —atacó ella como única defensa.
—¿Desde cuándo Dios atiende a quien no defiende a sus propios hijos?
—la increpó él—. ¿No seréis una bruja?
—¡Tal vez así sea! Y si lo soy... ¡yo te maldigo! A ti, a toda tu estirpe...
—se giró-...y a todos vosotros también —alto y firme.
Un murmullo recorrió la sala mientras ambos monarcas depuestos eran arrastrados fuera para cumplirse las sentencias. En el suelo quedaron los cuerpos de los niños.
Hannah no pudo contenerse más. Se deslizó procurando no hacer ruido e iluminándose con una lámpara de sebo, corrió hacia el interior del torreón.
No subió por la escalera de mano, sino que se internó en las entrañas de la roca, buscando la profundidad de la gruta, hasta que consideró que no podrían oírle. Se detuvo y gritó con todas sus fuerzas. Gritó hasta que le dolió la garganta. Aquel alarido resonó en la caverna, ampliándose y deformándose hasta parecer proferido por las propias concubinas de Lucifer desde las mismísimas entrañas del infierno. Así lo interpretaron al menos, quienes abarrotaban aún la sala capitular. A ello contribuyó, sin duda, las últimas palabras de la reina, la luz quejumbrosa, y las imágenes del infanticidio... Aquel castillo maldito lloraba y gritaba por la suerte de sus moradores... que, a buen seguro, tendrían algún trato con el diablo. Los allí presentes habían condenado a una bruja y a su amante, y habían sido testigos de la muerte de sus hijos... además ella les había maldecido... Con total seguridad, sus espíritus no descansarían hasta vengarse.
El desgarrador quejido, pronto fue coreado por decenas de voces broncas que salían, a toda prisa de allí. Incluso el nuevo monarca corrió buscando la salvación y huyendo de la maldición. La fortaleza fue completamente desalojada. Todos los sirvientes, caballeros y vasallos fieles al rey depuesto, y que estaban confinados en las mazmorras, fueron ejecutados en el momento. Las penas que pendían sobre los padres de Hannah fueron cumplidas, y el castillo completamente expoliado y posteriormente incendiado.
La niña estuvo oculta en aquella oscuridad completa durante mucho, mucho rato, hasta que perdió la noción del tiempo. Se quedó en un estado de semiinconsciencia del que retornó muy despacio, conforme su cerebro y su corazón fueron digiriendo lo visto, oído y sentido la tarde anterior. Una inmensa soledad, inseguridad y fragilidad la inundó en oleadas desde el
estómago. Sintió un frío interior intenso y que nada tenía que ver con la temperatura externa ya que, curiosamente, hacía calor.
Finalmente fue el hambre y, sobre todo, la sed lo que le hizo salir de su escondite. No sabía calcular cuántos días habían pasado, pero fue recibida por una extraña claridad y por la lluvia. En lo que fuese la sala del trono, no quedaba nada que la recordase. No había techo y las paredes estaban semiderruidas y ennegrecidas. Avanzó a trompicones hasta el patio exterior y lo que vio, en nada semejaba a su hogar. No quedaba en pie nada de la torre del homenaje, las murallas de piedra y las empalizadas estaban destruidas y sustituidas por montones de escombros aún humeantes en algunas zonas, a pesar de que no había cesado de llover en todo el día. Toda su familia, todo su mundo, todo cuanto había conocido como propio y seguro, estaba aniquilado... ¿Qué haría ahora? ¿A dónde ir? Comenzaba a caminar, vagando entre las ruinas, cuando unas voces le alertaron. Alguien se acercaba por el camino hacia la fortaleza. No se dejó sorprender, y se ocultó entre unos restos de vigas quemados. Desde allí podía ver quién llegaba por lo que fuese la puerta principal de acceso y que ahora no era más que un dintel rodeado de vacío. Observó cómo varios hombres —
vestidos con ropajes de guerra, cascos de hierro y cuero, y portando sus armas en la mano— comenzaron a escudriñar entre los escombros, rebuscando con ahínco. Anochecía ya. Uno de ellos era el guerrero que la retuvo con la mirada cuando su desesperación a punto estuvo de hacerla salir de la grieta hacia una muerte, que ahora sabía, hubiese sido segura.
Dudaba qué hacer, pero su instinto pudo con el miedo y con la prudencia.
—¡Eh! ¿Qué es lo que buscáis? —preguntó con autoridad saliendo de entre los escombros.
Los hombres se dieron la vuelta sobresaltados, y amenazantes.
—¡A ti! ¡Por todos los santos, princesa Hannah! ¡Estás viva! —dijo reconociéndola, el que parecía llevar el mando—. Soy el capitán Kirk Wadskier.
La niña recordaba que su padre había hablado de aquel hombre en algunas ocasiones, incluso creía haberle visto en su casa, hacía ya tiempo.
Se bajó del montón de leños en el que se había subido y se acercó. Era un
hombre enorme. La barba y el pelo, del que prendían mechones atados con trocitos de tela de forma aleatoria, tenían un color rojizo. Sobre el kilt de lana parda que le envolvía el cuerpo se había puesto una coraza confeccionada con cuero grueso, al igual que las polainas y las muñequeras.
A la espalda, en su funda también de cuero, un enorme espadón, y del cinturón pendía un hacha enorme con dos cabezas iguales. El conjunto le confería un aspecto fiero, que nada tenía que ver con lo que decían sus ojos azules como el cielo de verano.
—¡Pongámonos en marcha! —dijo sin miramientos y en un cerrado gaélico.
—¿A dónde vamos? —Hannah desconcertada.
—Si quieres sobrevivir, debemos seguir el plan que nos han trazado —
respondió el capitán.
No hubo más conversación ni explicaciones, y partieron caminando entre la lluvia, en dirección al mar... a escasas dos millas.
Llegaron a una pequeña aldea de pescadores, donde el grupo formado por cinco guerreros y una niña, seguramente, llamaría mucho la atención, por lo que decidieron que sería mejor que se quedasen tres de ellos con la pequeña en una cabaña de pastores a las afueras y los otros dos se acercasen hasta el pueblo. Encendieron un fuego en el hogar, para intentar secarse y calentarse un poco.
La noche había caído ya, y fuera seguía lloviendo pertinazmente, cuando alguien llamó a la puerta. Los hombres se apostaron a los lados de la misma, con las armas prestas en la mano para hacer frente a cualquiera que representase la más mínima amenaza. Kirk invitó a entrar. La puerta se abrió y las espadas y dagas bajaron la guardia. Eran tres mujeres, envueltas en gruesas ropas de lana, las que entraban. Se retiraron las capuchas para dejarse ver y sin pérdida de tiempo, dos de ellas, se acercaron a Hannah arropándola. Le quitaron su ropa empapada y la vistieron con una túnica de lana y una capa del mismo material, muy abrigadas, y que ella les agradeció con una sonrisa.
La tercera comenzó a preparar algo caliente con lo que reconfortar los estómagos.
Poco a poco fue llegando más gente: Hombres armados, mujeres que arrastraban bultos y algunos niños... todos fieles al rey asesinado. Al principio les recibían el capitán y sus hombres, pero después se estableció un sistema de guardia en el exterior de la borda de forma que la princesa estuviese protegida por varias líneas de defensa. El número de personas fue creciendo hasta formarse un pequeño ejército. Wadskier se reunió con el resto de jefes y mandos, y regresó al rato con cara circunspecta.
—El plan está en marcha... —dijo con gravedad.
Se decidió que tres hombres de confianza conformasen la guardia personal de Hannah. Estarían junto a ella en todo momento, como última defensa. Junto a ellos varias mujeres se encargarían del cuidado de la niña.
Entre ellas se encontraba Eyre, una de las amas de llaves de su casa y que en los últimos tiempos había estado muy cerca de la reina. Cuando la princesa la vio, un atisbo de esperanza asomó a sus ojos y se abalanzó a sus brazos para dejar que la meciese durante unos instantes.
Las órdenes del capitán fueron claras y concisas. Había que llegar hasta la playa para intentar embarcar en uno de los barcos que les estarían esperando. Tendrían que atravesar toda la aldea que estaba guarnecida con un destacamento de soldados fieles al nuevo régimen. Era importante que nadie supiese que Hannah seguía con vida, así que el embarque habrían de hacerlo sin ser vistos. Para ello contaban con la ayuda de cuatro drakkars, venidos desde el continente y que se dejarían ver cerca de la costa antes de realizar un ataque al pueblo. Esto sería interpretado como una de las muchas incursiones que hacían los bárbaros del norte para saquear las aldeas costeras. Aprovechando el desconcierto inicial, un pequeño contingente escoltaría a la pequeña y sus acompañantes, hasta una posición dentro de la aldea desde la que poder acercarse a la playa. Después las huestes fieles a la princesa atacarían la retaguardia, haciéndose pasar por las tripulaciones de saqueadores que en esta ocasión abrirían varios frentes, distrayendo así la defensa de la costa, dejando el camino libre para el embarque.
El plan se ejecutó tal y como estaba concebido. En el primer ataque desde la playa, los soldados se dieron cuenta de que el destacamento sería absolutamente insuficiente para defender aquella posición, viéndose
desbordados en los primeros embates. Desde ahí todo salió como estaba previsto y la princesa Hannah Mac-Alpin, heredera del trono del reino de Alba, embarcó con rumbo desconocido.
Corría el año de Nuestro Señor de setecientos noventa.
El barco zarpó de inmediato. Desplegó su única vela y los remeros comenzaron a bogar con fuerza. El propio Wadskier tomó la caña y puso proa a la estrecha bocana que daba entrada a la bahía. Tenían que alcanzar cuanto antes el mar abierto. Allí, encajonados como estaban entre las colinas que circundaban aquella cala, corrían peligro de ser atacados desde lo alto. Pronto dejaron atrás a los otros drakkars acompañantes, que comenzaron a seguir la estela de su popa, y enfilaron la salida sin más complicación. Una vez fuera del alcance de los proyectiles que les lanzaban desde la costa, disminuyeron la marcha y los remeros descansaron.
Extendieron la toldilla para que se guareciesen bajo ella las mujeres y la niña, y se aproaron, dejando que la vela flamease inerte mientras esperaban al resto de la flota. Dos de los barcos salieron por la misma bocana mientras que otros dos lo hicieron de una caleta en los aledaños.
Las cinco embarcaciones se abarloaron, amarrándose unas a otras, para poder hacer trasbordos y trasvases de guerreros, mujeres, víveres y otros materiales. Allí se despedirían, desperdigándose en diferentes rumbos. Unos navegarían hacia las islas de Skye, otros regresarían al continente, mientras que el navío principal con su preciosa carga, escoltado por otros dos, seguiría la línea de la costa este escocesa al principio, para después cruzar el canal hasta Normandía, donde tendrían que abastecerse de agua fresca y víveres, y posteriormente, navegar hacia el sur hasta alcanzar su destino.
Soltaron las amarras y partieron.
El capitán Wadskier ordenó aparejar de nuevo la vela y sus hombres se pusieron a los remos. Comenzaba a amanecer y se estaba levantando una fuerte brisa del norte que les hacía romper las olas.
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