Carta florentina

Guillermo Carnero · Capítulo 1 de 3

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Carta florentina

Nota preliminar

 

Algunas situaciones y experiencias dejan en nosotros un sello indeleble y se arrogan una interpelación cuya pertinacia nos convence de que quieren revelarnos qué hemos sido y somos. Son caprichosas y altivas como todos los oráculos; quedan en pie pero de espaldas y sin rostro, como el Ulises pintado junto a Calipso por Arnold Böcklin.

Abarcan y configuran la personalidad, invaden y vertebran el pensamiento

y las emociones. Esa invasión se convierte entonces en ingrediente consustancial a la espiritualidad de quien queda poseído por ella, y cuanto desde entonces haga o deje de hacer llevará, aunque no lo sepa, su sello. No podrá deshacerse de ella, ni anularla. Si cree haberla ahuyentado retornará tan mansa como ineludible. Podrá ignorarla, pero ella seguirá actuando en estado de muerte aparente, sin que se desvelen las razones o el momento de su resurrección. La poesía es efectivamente, como afirmó Wordsworth, emoción recordada en tranquilidad, pero no podemos saber cuánta, es decir, cuánta destilación y atemperación temporal requiere, aunque sí sabemos que si ha de ser auténtica se nos impondrá inevitablemente, en su momento y no en otro.

Más de una vez he tenido en Florencia la sensación de estar siendo

observado por el oráculo, que no me concedió su epifanía hasta 2014. Ese año el ámbito florentino se me reveló con un alcance emocional retrospectivo que exigía ser formulado y verbalizado. De Florencia fui transportado más de una vez a Roma y a Lisboa. «Ama y haz lo que quieras», dijo San Agustín en una de sus homilías. En otras palabras, no hagas nada, porque el amor y el desamor trazarán tu itinerario. El mío fue una pulsión de ascenso y descenso en el espacio y de pérdida y recuperación en el tiempo, unida al simbolismo, intuido pero no descifrado, de la luz y la sombra, la vegetación y las variedades y los comportamientos del agua.

Ascenso y descenso placentero hasta la cima de los jardines del palacio

Pitti, hasta la de la escalera de Piazza di Spagna; dificultoso, peligroso y penitencial hasta San Miniato, hasta Santa Maria in Aracœli. En el vértice de pensamiento aún indefinido y emocionalmente denso donde se encontraron Bóboli y San Miniato, apareció la bucólica primera de Virgilio. Ese día supe que el oráculo empezaba a dirigirme la palabra, y hubo ya y desde entonces un hormigueo y un zumbido de imágenes, reconocimientos, hallazgos, desazones, falsas presencias; versos que no dejaron de perseguirme y acosarme de día y de noche hasta constituirse finalmente en un poema continuo entre Enero y Marzo de 2018, dejándome una gran fatiga y un gran alivio.

Abril de 2018