Cartas desde la isla de Skye

Jessica Brockmole · Capítulo 1 de 29

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Cartas desde la isla de Skye

1. Elspeth

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Elspeth

 

Urbana, Illinois, EE. UU.

5 de marzo de 1912

Estimada señora:

Espero que no me considere demasiado atrevido, pero quería escribirle para manifestarle mi admiración por su libro Desde el nido del águila. Reconozco que no soy muy aficionado a la poesía: es más fácil sorprenderme con un sobado ejemplar de Huckleberry Finn o con cualquier historia trufada de fugas y peligros mortales. Pero hay algo en sus poemas que me ha tocado la fibra más que cualquier otra cosa en mucho tiempo.

He estado ingresado en un hospital y su librito ha conseguido levantarme más el ánimo que las enfermeras. Sobre todo, que la enfermera con un bigote como el de mi tío Phil. Ella también me ha toqueteado la fibra como nadie lo había hecho en mucho tiempo, aunque de un modo menos excitante. Por lo demás, estoy dando la lata a los médicos para que me dejen salir y poder volver a mis trapicheos. Justamente la semana pasada pinté de azul el caballo del decano, y abrigaba la intención de concederle el mismo honor a su terrier. No obstante, con este libro en mis manos me quedaré aquí de buena gana, siempre y cuando sigan sirviéndome gelatina de naranja, claro está.

La mayoría de sus poemas hablan de saltar por encima de los temores de la vida y de escalar la siguiente cumbre. Como seguramente adivinará, hay pocas cosas que a mí me pongan nervioso (aparte de mi hirsuta enfermera y de su insistente termómetro). Pero escribir, así por las buenas, a una autora publicada como usted me parece con diferencia el acto más osado de mi carrera.

Le remito la carta a su editor de Londres, y mantendré los dedos cruzados para que acabe llegando a sus manos. Si alguna vez puedo compensarla por su inspiradora poesía —pintando un caballo, por ejemplo—, no tiene más que decirlo.

Con toda mi admiración,

DAVID GRAHAM

 

Isla de Skye

25 de marzo de 1912

Apreciado señor Graham:

Debería haber visto usted el alboroto que se formó en nuestra diminuta oficina de correos: todo el mundo allí reunido para verme leer la primera carta de un «fan», como dirían ustedes, los americanos. Creo que esa pobre gente pensaba que, fuera de nuestra isla, nadie había echado jamás un vistazo a mi poesía. No sé si les emocionaba más que alguien hubiera leído uno de mis libros o que ese alguien fuese un americano. Ustedes son todos forajidos y cowboys, ¿no es así?

Yo misma admito sentir cierta sorpresa al ver que mis humildes obras han llegado nada menos que a Estados Unidos. Desde el nido del águila es uno de mis libros más recientes, y no se me había ocurrido que hubiera tenido tiempo de cruzar el océano. Sea como sea que haya llegado a sus manos, me alegra saber que no soy la única que ha leído el dichoso librito.

Con gratitud,

ELSPETH DUNN

 

Urbana, Illinois, EE. UU.

10 de abril de 1912

Estimada señorita Dunn:

No sé qué fue lo que me dejó más aturdido: si enterarme de que Desde el nido del águila era uno de sus «libros más recientes» o simplemente recibir respuesta de una poeta tan reputada. Sin duda debe de estar usted muy ocupada contando sílabas o confeccionando una lista de relucientes sinónimos (brillantes, centelleantes, deslumbrantes sinónimos). Yo paso mis días robando bancos con James Gang y otros forajidos y cowboys.

Su libro me lo envió un amigo mío que vive en Oxford. Para mi gran consternación, no he encontrado sus obras impresas aquí, en Estados Unidos. Incluso una búsqueda exhaustiva en la biblioteca de mi universidad resultó infructuosa. Ahora que sé que tiene otras obras agazapadas en los anaqueles de las librerías, habré de solicitarle a mi amigo que me envíe más.

Me dejó pasmado leer que la mía era la primera carta que usted recibía de un «fan». Estaba convencido de que sería sólo uno de tantos, razón por la cual me esforcé hasta tal punto en que resultara ingeniosa y fascinante. Quizá otros lectores no hayan sido tan osados (¿o acaso tan impulsivos?) como yo.

Saludos,

DAVID GRAHAM

P. D. ¿Dónde queda exactamente la isla de Skye?

Isla de Skye

1 de mayo de 1912

Señor Graham:

¿Dice que no sabe dónde está mi preciosa isla? ¡Qué absurdo! Es como si yo le dijera que nunca he oído hablar de Urbana, Illinois.

Mi isla se encuentra frente a la costa noroeste de Escocia. Es un lugar salvaje, verde y pagano de tal belleza que no podría imaginarme la vida en otro lugar. Le adjunto un dibujo de Peinchorran, donde yo resido, con mi casita de campo acurrucada entre las montañas que rodean el estrecho. Me permito decirle que, para hacer este dibujo, tuve que bordear el estrecho a pie, ascender penosamente por el camino de cabras de la montaña opuesta y buscar un tramo de hierba que no estuviera cubierto de brezo o excrementos de oveja. Espero que haga usted otro tanto cuando me envíe un dibujo de Urbana, Illinois.

¿Da usted clases en Urbana? ¿O estudia? Me temo que no sé muy bien qué hacen los americanos en la universidad.

ELSPETH DUNN

P. D. Por cierto, es «señora Dunn».

 

Urbana, Illinois, EE. UU.

17 de junio de 1912

Estimada señora Dunn (¡disculpe mi atrevimiento, por favor!):

¿Así que dibuja usted, además de escribir una poesía tan excelsa? El dibujo que me mandó es sublime. Dígame, ¿hay algo que no sepa hacer?

Como yo dibujo pésimamente, le envío unas postales. Una del auditorio de la universidad; la segunda, de la torre de la biblioteca. No está mal, ¿eh? Illinois es seguramente lo más distinto que quepa imaginar de la isla de Skye. No hay ni una sola montaña a la vista. Una vez fuera del campus, no veo más que trigales hasta donde acaba el horizonte.

Supongo que yo hago lo mismo que cualquier universitario americano: estudiar, comer más pastel de la cuenta, mortificar al decano y a su caballo… Estoy terminando mis estudios de ciencias naturales. Mi padre espera que entre en la Facultad de Medicina y que algún día trabaje con él en su consultorio. Yo no veo mi futuro tan claro como él. Por ahora, ¡estoy procurando superar el último curso con mi salud mental intacta!

DAVID GRAHAM

Isla de Skye

11 de julio de 1912

Señor Graham:

«¿Hay algo que no sepa hacer?», me pregunta usted. Bueno, pues no sé bailar. Ni tampoco curtir cuero. Ni fabricar toneles o lanzar un arpón. Y tampoco se me da muy bien cocinar. ¿Me creerá si le digo que el otro día quemé la… sopa? En cambio, sé cantar bastante bien, disparar un rifle sin errar el tiro, tocar la corneta (¿acaso no sabemos todos?), y también tengo algo de geóloga amateur. Y a pesar de que no sabría preparar un cordero asado mínimamente pasable aunque me fuera la vida en ello, sé hacer un maravilloso pudin navideño.

Disculpe mi franqueza, pero ¿por qué dedicar todo su tiempo (y su salud mental) a una área de conocimientos que no le fascina hasta lo más profundo del alma? Si yo hubiera podido ir a la universidad, no habría perdido ni un minuto en una materia que no me interesara.

Me gustaría pensar que habría pasado mis días en la universidad leyendo poesía, pues no hay mejor manera de ocupar el tiempo, pero después de tantos años haciéndome pasar por una «poeta de verdad», no creo que haya mucho que pudiera enseñarme un profesor ahora.

No: aunque suene poco propio de una dama, si hubiera podido habría estudiado geología. Mi hermano mayor, Finlay, anda siempre navegando y me trae piedras que ha pulido el mar. Yo no puedo por menos que preguntarme de dónde proceden y cómo han acabado llegando a las Hébridas Occidentales.

Bueno, ¡ya conoce mis deseos secretos! A cambio, habré de quedarme con su primogénito, como en el cuento. Aunque supongo que podría conformarme con que me contara un secreto suyo. Si no estuviera estudiando ciencias naturales, ¿qué estudiaría? ¿Qué desearía hacer en la vida por encima de todo?

ELSPETH

 

Urbana, Illinois, EE. UU.

12 de agosto de 1912

Querida Rumpelstiltskin[1]:

Si usted me enseña a tocar la corneta, ¡yo le enseñaré a bailar!

No veo en la geología nada impropio de una dama. ¿Cómo es que nunca escapó de la isla para ir a la universidad? Si yo hubiese vivido en un lugar más interesante geológicamente hablando que la parte central de Illinois, tal vez habría considerado unos estudios de ese orden. Siempre había deseado estudiar literatura americana — Twain, Irving y demás—, pero mi padre se negó a pagarme la matrícula para que me pasara cuatro años «leyendo historias».

¿Qué desearía hacer por encima de todo? Es una pregunta muy sencilla, pero la respuesta no figura entre las que estoy dispuesto a confesar. Me temo que tendrá que aceptar mi primogénito, a fin de cuentas.

DAVID

 

Isla de Skye

1 de septiembre de 1912

Señor Graham:

Bueno, ¡ahora sí que me ha picado la curiosidad! ¿Qué es lo que ha ansiado ser desde niño? ¿Capitán de barco? ¿Acróbata circense? ¿Viajante de perfumes? Tiene que decírmelo o empezaré a especular por mi propia cuenta. Soy poeta, al fin y al cabo, y vivo rodeada de gente que cree en las hadas y los fantasmas. Poseo una imaginación muy exuberante.

Me preguntaba usted por qué no fui a alguna universidad fuera de la isla, y debo hacerle una confesión. En fin, es bastante embarazoso, se lo advierto.

Primero, déjeme inspirar profundamente.

Nunca he salido de Skye. En toda mi vida. ¡De veras! El motivo es…, bueno, que me dan miedo los barcos. No sé nadar y me asusta meterme en el agua aunque sea para aprender. Ya me imagino que se habrá caído de la silla, de las carcajadas. ¿Una persona que vive en una isla, completamente aterrorizada por el agua? Pues ya ve. Ni siquiera el aliciente de la universidad bastó para convencerme de que pisara un barco. Ah, lo intenté. ¡De veras que sí! De hecho, había planeado presentarme a un examen para obtener una beca. Ya tenía la maleta preparada y todo. Finlay y yo íbamos a hacer juntos el intento. Pero cuando le eché un vistazo al ferry…, ay, ya no me pareció que la travesía mereciese la pena. Es que no encuentro lógico que los barcos floten en el agua. Y ninguna cantidad de whisky fue capaz de engatusarme.

Bueno, ahora ya posee dos secretos míos. Conoce mi absurda pasión por la geología y mi todavía más absurdo temor al agua y los barcos. Ahora ya puede decirme su secreto con toda tranquilidad. De veras puede confiar en mí, aunque sólo sea porque no tengo a quién contárselo (aparte de las ovejas).

ELSPETH

P. D. Por favor, deje de llamarme «señora Dunn».