¡Cásate contra mí!

Jenny Del · Capítulo 1 de 31

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¡Cásate contra mí!

Capítulo 1

—Venga, Ingrid, que tenemos que ir a la protectora—me tiró mi hermana Marta del brazo para que me levantase.

—Marta, por favor, que es muy temprano, si todavía no deben estar puestas ni las calles—le contesté y casi le da un ataque de nervios.

—¿Cómo no van a estar puestas las calles si hace un ratito que tú has vuelto del botellón? Que se lo he escuchado decir a mamá—se quejó con el ceño fruncido.

—¿Yo del botellón? ¿Te has creído acaso que soy una cría? De eso nada, yo me paso la noche en la disco—le aclaré porque a mí me gustaba que, en mi casa, si se me iba a criticar, se hiciese al menos con propiedad.

—Eso ya lo sé yo, hija, todo menos trabajar—puso mi madre las antenas, que eso se le daba fenomenal—. Pero que sepas una cosa: tanta fiesta se va a acabar.

—Que sí, mamá—le dije con retintín porque no soportaba que se pusiese así—. Ya sé que me tengo que poner las pilas, no hace falta que me lo recuerdes todos los días—resoplé y los pelillos de mi flequillo volaron.

—Te lo recuerdo porque parece que tienes horchata en las venas en vez de sangre. Yo no he visto una cara más dura en el mundo. Venga, ya te puedes levantar, que sabes la ilusión que le hace a tu hermana.

—Si los perrillos estarán todavía dormidos, mamá, ¿no te da lástima despertarlos? —le pregunté con carita de buena.

—Lástima me da del esfuerzo que llevo invertido en ti desde que naciste, y total, para que a la primera de cambio hayas decidido dejarlo todo. No me busques, Ingrid, no me busques que me encuentras.

—Vale, vale, mamá, que yo no he pretendido despertar a la bestia que llevas dentro. Yo solo estaba dormidita y mira, menuda me la estás liando.

Era muy pesadita, mi madre era muy pesadita, aunque en honor a la verdad he de reconocer que yo me había tirado un año a la bartola, o sea, uno de esos años sabáticos que dicen los pijos, solo que en versión chica de barrio, no recorriendo el mundo.

Nunca se me dieron bien los estudios. Y, falsa modestia aparte, no ya por falta de inteligencia, sino porque a mí lo de hincar codos me daba alergia.

Mis padres, Manuel y Lola, como que la pachorra con la que yo me tomaba la vida, la llevaban regular.

Mi madre cosía de toda la vida. Sí, ella era la típica persona con unas manos de oro que convertía cualquier retal en una preciosidad. De siempre, aparte de coser para la calle, nos confeccionó los modelos, primero a mí, y luego a la pequeñaja de Marta, que llegó al mundo cuando yo ya tenía once añitos.

Por tanto, yo contaba con veintitrés y ella solo con doce.

A duras penas, mis padres lograron que terminara el Bachillerato, a base de grandes dosis de paciencia e interminables charlas sobre lo mal que estaba el panorama, lo competitivo que se había vuelto el mundo y que nada quedaría para aquel que no se preocupara de labrarse un futuro.

Lo terminé, eso sí, en un programa ya para adultos, logrando mi título a los veinte. Para mí, en ese momento, que ya estaba preparada para irme de astronauta, si hacía falta, pues para eso me había yo “matado” estudiando.

No, por lo visto la vida no iba así: tocaba el siguiente asalto.

—Ingrid, hija, si no quieres hacer una carrera, al menos tendrías que cursar un módulo superior—me dijeron ese mismo día mis padres, cuando estábamos celebrando mi licenciatura.

—¿Un módulo superior de qué? Si yo ya no me puedo meter nada más en la cabeza—reí mirando a Marta, quien siempre esperaba que yo dijese una de las mías para desternillarse.

—Eso es porque tienes muchos rizos—me soltó la pequeña, entre risas.

Sí que los tenía, una cascada interminable de ellos, de esos que parecían muelles. Mi amiga Raquel siempre decía que yo era como africana, pero en versión rubia, porque mis rizos resultaban muy llamativos. Eso sí, de pronto un día me daba por alisarme la melena y parecía otra.

Bueno, que no quiero irme por las ramas, que se me da mejor que a Tarzán.

Os estaba hablando de las razones que me llevaron a cursar un módulo de secretariado que, a la postre, dejé a medias, tras dos cursos en los que vi que aquello no iba hacia delante, sino más bien hacia atrás, como los cangrejos.

Total, que, entre unas cosas y otras, llevaba una temporadita en la que no hacía ni el huevo. La mía era una ciudad media, ni grande ni pequeña, en la que el trabajo ni abundaba ni dejaba de abundar, todo tenía que ver con el interés que una pusiera en buscarlo. Y yo, en ese momento de mi vida, como que no os voy a engañar, interés no tenía demasiado.

De resultas de todo aquello, mis padres andaban un pelín mosqueados conmigo, eso era innegable, así que más me valía mover el culo e irme con Marta.

Mi madre rajaba y rajaba, porque Lola era mucha Lola. La mujer más buena del mundo sí, pero a las malas, como cualquiera, le salía ahí a ella una bestia de su interior que yo tenía habilidad para sacar.

Me vestí a toda pastilla por no escucharla. Cuando se ponía así, ya aludía a mi falta de ganas de trabajar y a que yo era más floja que un muelle guita, algo que no me quedaba a mí muy claro lo que era, aunque suponía que no se trataba de un halago.

Marta ya me esperaba en el quicio de la puerta y la cosa tenía miga, porque ni el café me dejaría que me tomase, de buena mañana como era, a las doce y media, tempranito.

—¿De verdad que no me dejas ni un cafelito? —le pregunté a mi hermanita negando con la cabeza, me parecía muy egoísta.

—No es ella quien no te deja, Ingrid, soy yo. La cocina está cerrada a según qué horas. Esto no es una cafetería ni un restaurante, a ver si te vas enterando ya, que me tienes muy harta. Y enjuágate bien la boca, que hueles a alcohol desde tres kilómetros—me soltó mi madre.

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