Celama (Un recuento)
Viaje a Celama
OceanofPDF.com
A Milagros y Florentino, in memoriam
OceanofPDF.com
Viaje a Celama
OceanofPDF.com
1
Había una niebla que emboscaba lo que parecía el paisaje de un sueño, en la indeterminación de lo que podía pertenecer a otra geografía si esa niebla se despejase y el paisaje emergiera en su plenitud.
Lo que el viajero podría corroborar era una idea que tuvo muy tempranamente, la que consideraba que la irrealidad era la condición del arte, y que entre los auspicios de su viaje a Celama, en la percepción primera que alentaba un presagio en la frontera de dos ríos, más allá de la niebla y la envoltura del emboscamiento, lo irreal daría sentido a lo que viera y descubriese.
Todo lo cual formaba parte de las sensaciones con que el viajero había ideado su viaje a Celama y cuando ya, entre el acopio de las previsiones, la niebla y la indeterminación resultaban casi sustancias de la imaginación anotada en sus cuadernos sin especiales atisbos de fidelidad, como mera constatación de lo que en sus más íntimas expectativas significaba ya el Territorio que, al tiempo en los esquemas de la ficción, era conocido además como el Páramo o la Llanura, y también como el Reino de Celama en la perspectiva histórica que dotaba la compilación de su totalidad, en la geografía y el tiempo.
2
El viajero nunca tuvo claro el sentido de lo que llegaría a significar, en esa dimensión de geografía y tiempo, la denominación de Reino de Celama.
Ni siquiera aunque la ajustase en la indagación, si como tal metáfora sugiriera el dominio de una suerte de impropia monarquía que hubiese ejercido algún poder innominado en el decurso de los siglos y los acontecimientos, necesitado el Territorio de una vacua autoridad en el devenir de tales siglos y transformaciones, lo que podría llegar a considerar tan innecesario como inapropiado.
Sería, sin embargo, algo parecido a la denominación de un destino y, a la vez, el emblema que enalteciera su materia: la gleba solidificada en la totalidad de su demarcación, las cantidades de superficie medidas con las heminas, los pagos, las lindes y las heredades, con títulos de propiedad o antiguas posesiones, como un trasunto de lo que se adquiere y lega, o como la constatación de lo que comparativamente se asemeja a la idea del reinado en el predominio en que puede sucederse el tiempo con la misma virtualidad que las cosechas.
3
Lo que el viajero recabó finalmente, al acercarse a Celama tras revisar sus apuntes y notas para orientar su viaje, le produjo no sólo una suerte de confusión y desánimo, también la sensación de que entre lo imaginario y lo real, el trasunto de la niebla y la indeterminación del paisaje, no había un rastro que le ayudara a superar la incertidumbre de aquella pretensión que se había convertido en un proyecto reiteradamente aplazado y, a la vez, en una divagación llena de inciertos atisbos sobre lo que Celama podría ser sin haberla conocido.
De esa indecisión llegó a sacarle, después de que las dudas fuesen reconvirtiendo la propia incertidumbre en pesadumbre, y el ánimo decayera en una última desolación que dañó su espíritu hasta confundirle en la duermevela sin reposo y holgura, lo que comenzó a vislumbrar como el
auténtico recurso que merecía la pena del viaje, el que correspondía a las ficciones que el viajero había leído o escuchado.
Celama era versátil en sus cuentos, en sus historias, y no tenía mucha importancia quién las hubiera escrito o sencillamente las hubiera contado, con la referencia de lo sucedido en las historias y de lo rememorado en los cuentos.
Habría una sutil línea de identidad narrativa que en los cuentos mostraba su legitimidad en la oralidad y en las historias ni siquiera resultaba necesaria, sabiendo que los cuentos pertenecían a una sabiduría ancestral y simbólica, y las historias podían desaparecer en su diversidad o incluso no haber sucedido, si constataban hechos mentirosos sin más razón y certeza que las avaladas por su verosimilitud.
El viajero vislumbró Celama, atisbó el Reino en su imaginación, sin que la niebla y la incertidumbre desdibujaran por completo la vista y la visión que el Territorio atesoraba, de eso no cabía duda.
Y estuvo al pie de Celama menos comprometido en el recorrido, que hubiera sido lo propio de un viajero al uso, de alguien que vive y relata el viaje en el decurso de sus jornadas, y cuando regresa y se dispone a dar forma a cuanto ha anotado, valiéndose también del acopio de las sensaciones que persisten en el recuento, tiene la desolada impresión de un vacío que todavía no es capaz de relacionar con el olvido que se respira en las Hectáreas del Territorio como una secreción del abandono.
Ese vacío, muy al contrario, reducía los recuerdos del viajero a una evocación imperceptible, nada ajena a la que las hectáreas hubieran deparado en su soledad e inexistencia, como si fuese verdad aquella repetida referencia de Celama como reino de la nada, una idea que había escuchado hacía mucho y que al recordarla justificaba la impresión de desaliento y desánimo que persistió en el viajero durante el tiempo en que la ensoñación hizo fructificar la confusión reduciendo el viaje a la inocuidad de una ocurrencia.
4
Persistieron las historias y los cuentos, y fueron finalmente esas razones de la ficción, legitimadas en la simbología y la verosimilitud, las que no sólo avalaron la renovada confianza del viaje, que acabó desterrando el desaliento del viajero, también la convicción de que la inocua aventura que supuso no era, a la postre, inútil ni descabellada.
Y no lo sería si el viajero iba a ser capaz de rehacer lo que en su mirada y sus visiones quedase de la experiencia de las jornadas del viaje, ya convencido de que Celama pertenecía al patrimonio de lo imaginario, a la irrealidad que es la condición del arte.
Y fuese o no fuese un reino de la nada, tuviera o no la demarcación de lo que sólo existe entre los cauces de los ríos Sela y Urgo, sabiendo que ambas fronteras fluviales no constan en los censos hidrográficos pertinentes y que los numerosos ahogados en sus aguas, mayoritariamente nacidos en el Territorio, desaparecieron en lo más ajeno de sus riberas, cuando los citados ríos desembocaban como afluentes de otros caudales mayores.
5
El viajero estuvo indeciso de cruzar el Urgo por el puente de la carretera comarcal que mejor lo encaminaba a Santa Ula, capital de Celama, o hacerlo posibilitando el recorrido de Norte a Sur por alguno de los más precarios pasos en la cabecera de la propia comarca hasta llegar a Los Confines, en los alrededores del Oasis de Broza y por las alquerías de Lepro, Murada y Las Gardas.
Eso lo llevaría a ese Norte de lo que tradicionalmente asumió la aciaga pobreza del Territorio y desde donde mejor idea podría hacerse de un pasado tan irremisible como irredento, de la pervivencia de los siglos solidificados en los estertores del secano y la propia ruina de un cielo que apenas amparaba el desconcierto de las hectáreas yermas, la misma ruina
del alma que latía en comparable proporción en quienes las trabajaban con mayor ahínco que resultado.
La decisión de ir lo más directo a Santa Ula no la tomó de inmediato, tampoco acabó de ser la que más le satisficiera, ya que tampoco había desechado encaminarse del Sur al Norte, subir del Yuso al Suso, cruzando con menos penalidad el Urgo hacia el Pago del Cindio, bajar al límite de Ogmo y hacer un quiebro entre El Poruelo, Odiermo, Las Ánimas y La Santa Quilla, por donde curiosamente el Páramo guardaba una perceptible equivalencia con el Norte de Los Confines.
Y eso sucedía aunque el cielo no avalase tan pertinaz la ruina de aquellas extremidades que el barbecho hermanaba, sin que las almas estuviesen menos desecadas y apenas con alguna alteración que los límites del Sur hacían más bonancible, si era verdad que por ese conducto podía adivinarse un más allá que alentaba la expectativa de los emigrantes que querían irse de Celama y desde donde el mar de las Hectáreas presumía de una costa de arena y firmamento raso.
Todo parecían suposiciones o veleidades muy propias de un viajero que de indeciso se había reconvertido en caprichoso, como si la imaginación de su proyecto no acarreara otra cosa que la libertad de la misma, lo que facilita bastante el uso de los recursos de la ficción cuando, como en su caso, le son habituales al sentirse deudor de una imaginación narrativa, y ya con esa libertad ganada iba a concederse todo tipo de invenciones y hasta alguna irresolución que le permitiera un uso inmoderado que acarrease el riesgo de poner en entredicho la propia verosimilitud.
La irrealidad como condición y convicción tenía la firmeza de un designio y en la sensibilidad del viajero había al respecto razones casi ontológicas y, por encima de todo, más allá de los desánimos que pudieran reverberar con incrustaciones adolescentes o decaimientos creativos conectados con el cansancio, la flojera o la fatiga mental, estaba la conciencia de una realidad paralela, no sólo alternativa, de otro cauce de la vida que ni siquiera necesitaba la condición de espejo, una suerte de
trasmundo por el que se podía no solamente viajar, también trastocar la identidad y el destino.
6
Iba a tomar un coche de punto que, al fin, lo llevase a Santa Ula y, en el último momento, cuando se disponía a hacerlo, recordó que se había dejado una libreta en la Pensión Ribera, donde se había hospedado los tres últimos días y que estaba en una de las casas colgadas de la vertiente donde el Urgo hacía uno de los acostumbrados meandros que tanta fama le daban de río esquivo.
El viajero venía de Ordial y en sucesivos coches de línea había ido haciendo un recorrido caprichoso que evitaba entrar en el Páramo, guiado por la vana intención de bordear la planicie delimitada en la mitad meridional de su enclave en la Provincia por los dos ríos que a la vez la escoltan en toda su vertical longitud, en el Oeste el Urgo y en el Este el Sela.
Esa planicie, que acaso era la que mejor auspiciaba la denominación de Llanura, compatible con la de Páramo y Territorio en el uso de los indistintos nombres que a Celama dan sus habitantes, ofrece un desnivel notable en la altitud de los dos extremos de Norte a Sur sin que se pierda su condición de plataforma y sin que en ningún momento, de un lado a otro, se difumine la perfecta impresión en la igualdad de la superficie, también entre el Este y el Oeste.
La idea de bordear la línea perimetral de Celama, siguiéndola con las lógicas dificultades de una demarcación no tan estricta como el viajero intentase constatar, no iba a tener otra razón, como el propio viajero anotó en alguno de sus apuntes poco relevantes, que la de una reserva menos táctica que moral, al parecer relacionada con otras infundadas previsiones que anticiparon alguna ensoñación, un retraimiento más temeroso que estratégico que quiso corroborar a posteriori, en el sustrato de algunos cuentos que había escuchado o de las historias que leyó.
De esa ruta bordeadora, que, al parecer, discurrió con mayor longitud por las demarcaciones del Suso que del Yuso, no iba a dejar constancia concreta el viajero.
Apenas algunas consideraciones parciales que ya, desde la perspectiva con que en su domicilio de Ordial planeó y delimitó el viaje, tuvieron indiscretas referencias, como si en la conciencia de la ficción y en la previsión de los hechos imaginarios existiera un atisbo de inquietud que acaso en algunas ensoñaciones anticipara el clima de la fantasmagoría y un temor que no aliviaba la reserva de quien desde las ventanillas de los sucesivos coches de línea que casi ni rozaban las fronteras del Reino podía adivinar un temblor de hectáreas bajo las cadenas que amordazaban su antigüedad.
7
La indecisión del viajero para acabar siendo fiel a las rutas delineadas que iba a emprender en cualquier caso desde Santa Ula, que, como capital de Celama, estaba situada en el centro del Territorio, lo que le permitiría ir hacia el Norte de Los Confines en un recorrido suficiente para luego volver desde el otro lado, por los Pagos de Onda y Morgal hacia arriba, y por Los Llanares, Hontasul y Sormigo hacia abajo, se reavivó de nuevo cuando se percató de haber olvidado la libreta en la Pensión Ribera.
El chófer del coche de punto que al pie del puente le indicaba la dirección de Santa Ula, una vez que tomasen la carretera comarcal de Olencia, no pareció extrañarse cuando al viajero, cuyo escueto equipaje podía hacerlo sospechoso o, al menos, dudoso de su condición y cometido, le dijo que tenía otro servicio y que en el tiempo en que recobrara lo olvidado podía, si le avisaba, volver a recogerlo.
Esa mínima circunstancia de un descuido, la certeza de que la libreta había quedado en la Pensión Ribera, fue suficiente para que durante otros tres días el viajero abandonase la idea de ir a Santa Ula e iniciar desde allí
su recorrido sin que cualquiera de las direcciones limitara su intención, sabedor también de que por el núcleo central de Celama, entre el Pago de Grajal hacia arriba y el Pago del Cejo hacia abajo, tenía Santa Ula la concomitancia de una suerte de pueblos irradiados por su capitalidad comarcal y que, en el conjunto del Territorio, con pocas salvedades, mostraban mejor aspecto y modernidad en sus edificaciones, como retales del propio tejido urbano que expandía Santa Ula con el crecimiento de una manta menos extendida que desperdigada.
En la libreta del viajero, donde las notas sugerían los síntomas de sus posibles averiguaciones cuando el recorrido se llevase a cabo, y siempre más como indicios que como certezas, ese centro geográfico daba equivalencias, de uno a otro lado, a Fulvio y Mambia, Arvera y Dalga, Orión y las alquerías de Vericia, Ozoniego y Ningra, con una referencia muy señalada a Barmatal, donde estaban las ruinas del castillo, en el que antiguos señores de linajes menores y trastocados habían depuesto su memoria feudal en la resquebrajadura de lienzos y almenas derruidas a las que asomaban inquietas las lagartijas del Páramo.
Otros predios y heredades animaban la intención del viajero, que los sumaba a los que en los alrededores de Santa Ula se devanaban con menos desgaste, con Anterna a la cabeza y Leroza, Carmil y Predio en sus variantes y Rito, Nolda, Orillo y Pobladura no muy lejos, y hacia el Este, sin diluirse en lo que la mirada del viajero lograse adivinar como otra extensión paralela, la franja de los Pagos de Almudia con el Cordal en su punto de mira.
8
El hecho de que el viajero volviese a perder la libreta sin ninguna posibilidad de recuperarla fue el acicate que le llevaría a un limbo de despreocupación, pensando que el extravío se compaginaba con la incipiente pérdida de una voluntad que orientaba la deriva en que comenzaba a sentirse y que le ofrecía la indecisión de no reincidir en la
planificación del viaje, ahora que Celama estaba más cerca que nunca y que alcanzar sus hectáreas supondría desvelar el recato de su ocultación.
De ese sentimiento comenzó a llenarse la conciencia del viajero, de la administración que podía provenir del vacío que trastocaba el propio sentimiento imaginario que reducía a la irrealidad lo que Celama concentrase en su existencia, dejando de ser su condición imaginaria el mayor aliciente para su viaje y posible desvelamiento, al otro lado de las nieblas que emboscaban lo que parecía el paisaje de un sueño.
Fue ese sentimiento, en aquellos días en que siguió en la Pensión Ribera, el que avivó lo que la indecisión tenía de duda, lo que el apremio de la llegada al Territorio ofrecía de incertidumbre y también de temor, en una geografía de la que ninguna topografía daba cuenta y en un espacio que se difuminaba, inconcluso y espectral, cuando la curiosidad del viajero quiso avistarlo tras las demarcaciones que iba adivinando en su perímetro desde la ventanilla de los coches de línea.
Lo cierto es que Celama tenía un contraste previsible en sus adivinaciones y lo que llevaba anotado, no sólo en la libreta definitivamente perdida, también en algunos cuadernos y en los márgenes de los contados libros que auspiciaban las ficciones de sus historias y cuentos, era suficiente para respaldar el contenido de esa geografía comprimida entre el Este y el Oeste de los ríos y señalada en los límites del Norte y el Sur por los extremos de Los Confines y Ogmo, donde el perfil de las hectáreas resultaba, en ambos casos, caracterizado por los mismos rasgos de su desgaste: la erosión, los depósitos geológicos que afloraban en las rañas, las escorrentías lentas y los costosos drenajes internos.
En cualquier caso, las sensaciones del viajero no sólo avalaban las contradicciones de sus sentimientos, también una suerte de apuro que lo retenía sin mayor convicción que la de verse desasistido.
Y era como si el resultado de aquella indecisión que provenía de su voluntad enferma, sin que fuera la primera vez que la padecía, fuese el sustrato de ese desamparo en el que, sin todavía lograr reconocerlo, dada la
inquietud y extrañeza que le reportaría, existiese una correspondencia casi tan imprevista como inadmisible, con el desvalimiento que en lo imaginario irradiaba aquel Reino que no había logrado la aureola de lo legendario, pero sí una épica del trabajo y la supervivencia que podía contarse y escucharse, como si la propia pobreza de su ficción rezumara en las Hectáreas y en la vida que prolongaba la caducidad del tiempo y las cosechas como una prolongación de su agonía.
9
Fue el abatimiento lo que determinó finalmente la renuncia del viajero a su viaje.
Nada pudo remover su voluntad enferma, ni siquiera las previsiones que podían predecir lo que algunos avistamientos procuraban, un orden mental que sostenía el recuelo de aquella obsesión por el Territorio, como si en la incitación de conocerlo se despejara el anhelo de llegar a él, fuese cual fuese la vía para alcanzarlo, sin orillar siquiera la inmersión onírica por donde lo imaginario suele denotar cualidades fantasmagóricas que auspician algunas visiones perturbadoras.
Regresar a Ordial, reconocer la derrota que suponía prescindir de tantas incitaciones y preparativos, tuvo en los primeros días ese desaliento que se contrapone a los afanes incumplidos y también una inmerecida frustración, ya que en el pensamiento de Celama existían frutos de una cosecha personal que el viajero creía haber recolectado en los términos en que en la ficción de ese pensamiento procuraban las anotaciones de lo que sobre el Territorio había leído y la transmisión de lo que le hubiera llegado en algunos testimonios, los escasos pero reveladores ingredientes narrativos de la no menos escasa bibliografía, la recopilación que de los cuentos y las historias había efectuado.
Fue curioso comprobar al cabo del tiempo, cuando ya quienes acompañábamos al viajero desde la amistad que marcaba distintas distancias y connivencias, cómo resultaba factible aquella reconciliación de sus expectativas y descubrimientos, aunque el viaje hubiera sido imposible
y en el reposo de las Hectáreas radicaran las emociones que mejor pacificarían su espíritu.
Era como si en las derivas que correspondieron a su obsesión, una vez apaciguada la tensión de su renuncia, y aquilatado el conocimiento de un Reino que en su misma inexistencia obtenía la cualidad más verdadera de su presencia, entre la dimensión imaginativa que la obsesión incrementaba, se sustanciase de veras aquella irrealidad tan propia de lo que el Reino mereciese como condición del arte y, en tal sentido, como verdad narrativa.
No eran muy reiterativas las referencias a los topónimos de aquella incierta geografía que, en su momento, marcó algunas de las indicaciones que podían orientar la dirección del viaje, y con frecuencia había una mezcla que detallaba la confusión de los términos, los lugares, las lindes y las heredades que en las historias y los cuentos tenían el orden parecido a los nombres propios de sus habitantes y personajes y, sin embargo, las palabras que pronunciaba el viajero tenían la convicción y resonancia que más podían parecerse al sonido originario de esos habitantes y personajes, lo que en las invenciones del Territorio acumulaba un eco que el viento de Los Confines llevaba al extremo Sur de Ogmo, las llamadas y los avisos que circundaban los baldíos y las encrucijadas, el Este y el Oeste de los ríos y la Llanura.
Si se pudiera decir que el viajero no tuvo el desaliento ni el temor que le impidieron consumar su viaje, evitar la renuncia de llegar a Celama sin necesidad de vislumbrarla, podríamos asegurar que le habíamos acompañado por las rutas que su propio destino nos fue marcando, y así evitar la duda de su inexistencia y abandono o el recurso de tener que justificar su conocimiento exclusivamente en la experiencia imaginaria que da sentido a su invención, una precaria contrariedad que el viajero no admite.
—Nunca supe si contaba con el permiso para entrar en el Reino o no fui capaz de solicitarlo —dijo en una ocasión el viajero justificando su actitud
—. Tampoco sé si merecía o no la pena. Ni me arrepiento de no haber entrado, ni estoy contento de no haberlo hecho. Hay quien fue y jamás
volvió. En cualquier caso, los cuentos y las historias dan fe y corroboran mi frustrado empeño.
OceanofPDF.com