Celestino antes del alba
R.a., 1982
imaginación en un mundo conminado por la barbarie, la persecución y la ignorancia.
Celestino antes del alba inicia el ciclo de una pentagonía que comienza con la infancia del poeta narrador en un medio primitivo y ahistórico; continúa con la adolescencia del personaje durante la dictadura batistiana y precastrista -
El palacio de las blanquísimas mofetas-; sigue con su obra central, Otra vez el mar, que abarca todo el proceso revolucionario cubano desde 1958 hasta 1970, la estalinización del mismo y el fin de una esperanza creadora; prosigue con El color del verano, novela que termina en 1999, en medio de un carnaval alucinante y multitudinario en que la juventud toma numerosas embajadas y
*Se refiere a la edición de la Editorial Argos Vergara, Barcelona, 1982, publicada con el título de Cantando en el pozo.
la misma Isla, desasida de su plataforma, parte hacia lo desconocido. La novela revela las peripecias de un dictador enloquecido y la vida subterránea de la juventud cubana; una juventud desgarrada, erotizada y rebelde. La pentagonía culmina con El asalto, suerte de árida fábula sobre el futuro de la humanidad, tal vez el libro más cruel escrito en este siglo. En todo este ciclo furioso, monumental y único, narrado por un autor-testigo, aunque el protagonista perece en cada obra, vuelve a renacer en la siguiente con distinto nombre pero con igual objetivo y rebeldía: cantar el horror y la vida de la gente. Permanece así en medio de una época convulsionada y terrible, como tabla de salvación y esperanza, la intransigencia del hombre
-creador, poeta, rebelde- contra todos los postulados represivos que intentan fulminarlo. Aunque el poeta perezca, el testimonio de la escritura que deja es testimonio de su triunfo ante la represión y el crimen. Triunfo que ennoblece y a la vez es patrimonio del género humano.
R.A., 1982
Celestino antes del alba Mi madre acaba de salir corriendo de la casa. Y como una loca iba gritando que se tiraría al pozo. Veo a mi madre en el fondo del pozo. La veo flotar sobre las aguas verdosas y llenas de hojarasca. Y salgo corriendo hacia el patio, donde se encuentra el pozo, con su brocal casi cayéndose, hecho de palos de almácigo.
Corriendo llego y me asomo. Pero, como siempre: solamente estoy yo allá abajo. Yo desde abajo, reflejándome arriba. Yo, que desaparezco con sólo tirarle un escupitajo a las aguas verduscas.
Madre mía, ésta no es la primera vez que me engañas: todos los días dices que te vas a tirar de cabeza al pozo, y nada. Nunca lo haces. Crees que me vas a tener como un loco, dando carreras de la casa al pozo y del pozo a la casa.
No. Ya estoy cansado. No te tires si no quieres. Pero tampoco digas que lo vas a hacer si no lo harás.
Lloramos detrás del mayal viejo. Mi madre y yo, lloramos.
Las lagartijas son muy grandes en este mayal. ¡Si tú las vieras! Las lagartijas tienen aquí distintas formas. Yo acabo de ver una con dos cabezas. Dos cabezas tiene esa lagartija que se arrastra.
La mayoría de estas lagartijas me conocen y me odian.
Yo sé que me odian, y que esperan el día… «¡Cabronas!», les digo, y me seco los ojos. Entonces cojo un palo y las caigo atrás. Pero ellas saben más de la cuenta, y enseguida que me ven dejan de llorar, se meten entre las mayas, y desaparecen. La rabia que a mí me da es que yo sé que ellas me están mirando mientras yo no las puedo ver y las busco sin encontrarlas. A lo mejor se están riendo de mí.
Al fin doy con una. Le descargo el palo, y la trozo en dos.
Pero se queda viva, y una mitad sale corriendo y la otra empieza a dar brincos delante de mí, como diciéndome: no creas, verraco, que a mí se me mata tan fácil.
«¡Animal!», me dice mi madre, y me tira una piedra en la cabeza. «¡Deja a las pobres lagartijas que vivan en paz!» Mi
cabeza se ha abierto en dos mitades, y una ha salido corriendo. La otra se queda frente a mi madre. Bailando.
Bailando. Bailando.
Bailando estamos todos ahora sobre el techo de la casa.
¡Qué de gente sobre el techo! A mí me encanta encaramarme en las pencas de guano, y siempre encuentro algún que otro nido de totises acá arriba. Yo no me como los huevos de los totises, porque dicen que siempre están podridos, y entonces lo que hago es que se los tiro a la cabeza a mi abuelo, que siempre que me ve arriba de la casa, coge la vara larga de desmochar palmas y empieza a juzgarme como si yo fuera un racimo de palmiches. Uno de los huevos se le ha reventado a mi abuelo en un ojo, y yo no sé por qué, pero a mí me parece que se ha quedado tuerto.
Pero no: a ese viejo hay que sacarle los ojos con una garrocha, porque lo que tiene ahí es más duro que el fondo de una caneca.
Bailando yo solo sobre el techo. A mis primos ya los he hecho bajar y están durmiendo entre los pinos. Dentro del cercado de ladrillos blancos. Y cruces. Y cruces. Y cruces.
«Para qué tantas cruces», le pregunté a mamá el día que fuimos a ver a mis primos.
«Es para que descansen en paz y vayan al cielo», me dijo mi madre, mientras lloraba a lágrima viva y se robaba una corona fresca de una cruz más lejana. Yo arranqué entonces siete cruces y cargué con ellas bajo el brazo. Y las guardé en mi cama, para así poder descansar cuando me acostara y no sentir siquiera a los mosquitos, que aquí tienen unas digas peores que las de los alacranes.
«Estas cruces son para poder descansar», le dije a mi abuela, cuando entró en el cuarto. Mi abuela es una mujer muy vieja, pensé, mientras me agachaba bajo la cama.
«Toma estas dos cruces para ti», le dije a abuela, dándole las cruces. Y ella cargó con todas. «Hoy hay escasez de leña», dijo. Y cuando llegó al fogón las hizo astillas y las echó en la candela.
«¡Qué has hecho con mis cruces, desgraciada!», le dije yo, y, cogiendo un pedazo de cruz encendida, le fui arriba para sacarle los ojos. Pero con esta vieja no se puede jugar, y cuando yo tomé el palo encendido, ella cogió la olla de agua hirviendo que estaba en el fogón y me la tiró arriba.
Que si no me aparto ahora estuviera en carne viva.
«Conmigo no juegues», dijo abuela, y luego me dio un boniato asado para que me lo comiera. Yo salí para el guaninas, con el boniato a medio comer, y allí hice un hoyo y lo enterré. Luego inventé una cruz con una mata de guanina seca, y también la enterré junto al boniato muerto.
Pero ahora debo dejar de pensar en esas cosas y ver cómo me bajo del techo sin que abuelo me ensarte con el palo. Ya sé: iré por entre las canales de zinc como si fuera un gato, y cuando él menos se lo piense, me tiro de una canal y salgo corriendo. ¡Ah, si pudiera caerle encima a mi abuelo y aplastarlo! Él es el único culpable. Él. Por eso nos reunimos aquí yo y todos mis primos. Aquí, en el techo de la casa, como lo hemos hecho ya tantas veces: tenemos que planear la forma de que abuelo se muera antes de que le llegue la hora.
Esta casa siempre ha sido un infierno. Antes de que todo el mundo se muriera ya aquí solamente se hablaba de muertos y más muertos. Y abuela era la primera en estar haciendo cruces en todos los rincones. Pero cuando las cosas se pusieron malas de verdad fue cuando a Celestino le dio por hacer poesías. ¡Pobre Celestino! Yo lo veo ahora, sentado sobre el quicio de la sala y arrancándose los brazos.
¡Pobre Celestino! Escribiendo. Escribiendo sin cesar, hasta en los respaldos de las libretas donde el abuelo anota las fechas en que salieron preñadas las vacas. En las hojas de maguey y hasta en los lomos de las yaguas, que los caballos no llegaron a tiempo para comérselas.
Escribiendo. Escribiendo. Y cuando no queda ni una hoja de maguey por enmarañar. Ni el lomo de una yagua. Ni las
libretas de anotaciones del abuelo: Celestino comienza a escribir entonces en los troncos de las matas.
«Eso es mariconería», dijo mi madre cuando se enteró de la escribidera de Celestino. Y ésa fue la primera vez que se tiró al pozo.
«Antes de tener un hijo así, prefiero la muerte.» Y el agua del pozo subió de nivel.
¡Qué gorda era entonces mamá! Sí que era gorda. Y el agua, al ella zambullirse, subía y subía. ¡Si tú hubieras visto!: yo fui corriendo al pozo y pude lavarme las manos en el agua, y, sin inclinarme casi, bebí, estirando un poco el cuello. Y luego empecé a beber utilizando las manos como si fueran jarros. ¡Qué fresca y qué clara estaba el agua! A mí me encanta mojarme las manos y beber en ellas. Igual que hacen los pájaros. Aunque claro, como los pájaros no tienen manos, se la toman con el pico… ¿Y si tuvieran manos y fuéramos nosotros los equivocados?… Yo no sé ni qué decir.
Como las cosas en esta casa andan tan mal: yo no sé, a la verdad, ni en qué pensar. Pero, de todos modos, pienso.
Pienso. Pienso… Y ya Celestino se me acerca de nuevo, con todas las yaguas escritas bajo el brazo, y los lápices de carpintería clavados en mitad del estómago.
–¡Celestino! ¡Celestino!
–¡El hijo de Carmelina se ha vuelto loco!
–¡Se ha vuelto loco! ¡Se ha vuelto loco!
–Está haciendo garabatos en los troncos de las matas.
–¡Está loco de remate!
–¡Qué vergüenza! ¡Dios mío! ¡A mí nada más me pasan estas cosas!
–¡Qué vergüenza!
Fuimos al río. Las voces de los muchachos se fueron haciendo cada vez más gritonas. A él lo sacaron del agua y le dijeron que se fuera a bañar con las mujeres. Yo salí también detrás de Celestino y entonces los muchachos me cogieron y me dieron ocho patadas contadas: cuatro en
cada nalga. Yo tenía deseos de llorar. Pero él lloró también por mí.
Y nos cogió la noche en mitad del potrero. Así, de pronto, llega la noche en estos lugares. Cuando menos uno se lo imagina, nos sorprende. Nos envuelve, y luego no se va.
Casi nunca aquí amanece. Aunque, desde luego, mucha gente dice que sale el sol. Yo también lo digo de vez en cuando. De vez en cuando. De vez en cuando. De…
«Que en la casa no se enteren de lo que han hecho los muchachos», me dijo Celestino, y se secó los ojos con una hoja de guayaba. Pero al llegar a la casa, ya ellos nos estaban esperando en la puerta. Nadie dijo nada. Ni media palabra. Llegamos. Entramos en el comedor y ella salió por la puerta de la cocina. Dio un grito detrás del fogón y echó a correr por todo el patio, lanzándose de nuevo al pozo…
Cuando yo era más chiquito, abuela me dio una gallina y me dijo: «Síguela hasta que encuentres su nido, y no vuelvas a la casa si no traes los bolsillos llenos de huevos». Yo solté la gallina en mitad del patio. Salió corriendo. Dio tres revoloteos en el aire. Y desapareció, cacareando por entre las mayas y las espinas.
–Se me ha perdido la gallina, abuela.
–¡Desgraciado! ¡Mejor sería que te murieras!
Celestino se me acercó y me puso la mano en la cabeza.
Yo estaba triste. Era la primera vez que me habían echado una maldición. Yo estaba triste y empecé a llorar. Celestino me levantó en alto, y me dijo: «Qué tontería…, debes ir acostumbrándote». Yo miré entonces a Celestino y me di cuenta que él también estaba llorando, aunque trataba de disimularlo. Y entonces comprendí que él todavía no se había acostumbrado. Por un momento yo dejé de llorar. Y
los dos salimos al patio. Todavía era de día.
Todavía era de día.
Había caído un aguacero. Y los relámpagos, que no se habían satisfecho con el agua, pestañeaban y volvían a pestañear detrás de las nubes y entre las hojas altas de las
matas de cañafístulas. Qué olor tan agradable queda después de un aguacero… Yo nunca antes me había dado cuenta de esas cosas. Me di entonces. Y tragué aire con la nariz y con la boca. Y volví a llenarme la barriga de olor y de aire. Ya el sol no saldría, porque había demasiadas nubes.
Pero aún todo estaba claro. Caminamos por debajo de las matas de anones y yo sentía el fango mezclado con las hojas, traspasando los huecos de mis zapatos. El fango estaba frío, y a mí se me ocurrió pensar que estaba caminando por entre la nieve y que las matas de anones eran pinos de Navidad, y que toda la familia estaba en la casa, entre un no sé qué tipo de abejeo y bulla, que hasta entonces no había yo oído. «Qué lástima que en este lugar no haya nieve», le dije a Celestino. Pero ya él no estaba conmigo. «¡Celestino! ¡Celestino!», grité yo, muy bajo, como si no quisiera despertarme y encontrarme en mitad de un fanguero.
¡Celestino! ¡Celestino!…
De nuevo volvieron los relámpagos. Mi madre cruzó corriendo la nieve y me abrazó muy fuerte. Y me dijo «hijo».
Y me dijo «hijo». Yo le sonreí a mi madre, y luego, de un salto, le abracé el cuello. Y los dos comenzamos a bailar sobre la tierra vestida toda de blanco. En eso los ruidos de las gentes que cantaban y alborotaban en la casa se nos fueron haciendo más cercanos: venían hasta nosotros con un lechón asado en púa y sin dejar de cantar. Todos los primos nos hicieron un coro y comenzaron a darnos vueltas.
Mamá me levantó muy alto. Lo más alto que pudieron sus brazos. Y yo vi desde arriba cómo el cielo se iba poniendo más morado, y un aguacero más grande y más blanco que el que había caído comenzaba a zafarse de las nubes.
Entonces yo me solté de los brazos de mi madre y corrí hacia donde estaban mis primos, y allí, todos comenzaron a dar unos saltos altísimos sobre la nieve y a cantar y a cantar y a cantar, mientras nos íbamos poniendo transparentes, tan transparentes como el suelo donde no quedaban
garabateados nuestros brincos. Por un momento se escuchó un relampaguear muy fuerte. Vi al rayo derritiendo toda la nieve en menos de un segundo. Y antes de dar un grito y cerrar los ojos me vi a mí: caminando por sobre un fanguero y vi a Celestino escribiendo poesías sobre las durísimas cáscaras de los troncos de anones. Mi abuelo salió, con un hacha, de la cocina y empezó a tumbar todos los árboles donde Celestino había escrito aunque fuera solamente una palabra.
Yo lo vi así: con el hacha, dándole golpes y más golpes a los troncos de los árboles y me dije: «Ésta es la hora: voy a darle una pedrada en la espalda». Pero no lo hice. ¿Y si fallo y no lo mato? Si no le doy bien con la piedra entonces me desgracio, porque abuelo, hecho una furia, me caería encima y me haría picadillo con el hacha.
Yo solo no puedo hacer nada. Aunque algunas veces quisiera hacer tantas cosas. Pero en definitiva nada hago.
Un día me dije que le iba a pegar fuego a la casa: me trepé por un horcón hasta el techo y ya cuando había rallado el fósforo y solamente tenía que coger y pegárselo al guano para que todo ardiera como pólvora y no quedara ni un cisco prieto de lo que había sido la casa, me acordé de los pichones de totises, recién salidos del cascarón, que dormían muy tranquilos en el nido, cerca de Fuimos a recoger caimitos y lo único que encontramos fue unas guayabas verdes.
Mi abuela
las canales. Me acordé de ellos y me dio mucha pena.
Y no hice nada. Y me bajé del techo diciéndome: «Bueno, cuando crezcan los pichones y salgan volando por ahí, entonces le pegaré fuego a la casa sin tener problemas de ninguna clase». Y cuando estaba en el suelo sentí un cujazo enorme que me hacía pedazos la espalda y que casi me traqueteaba las costillas.
–¡Desgraciado! ¡Te he dicho que no te encarames en el techo de la casa, que ya escampa más rápido afuera que
adentro, por los juracos que tú le has abierto, de andar caminando siempre por sobre las pencas de guano y las canales! ¡So faino! ¡Ponte a trabajar!
Y otro cujazo. Y otro. Y otro, del abuelo, que me estaba esperando, muy tranquilo, debajo de las canales y que había cogido tanta puntería mientras yo bajaba que ahora me enredaba y me volvía a enredar entre el cuje, que hacía
«fuzzz» en el aire, de la furia con que abuelo lo impulsaba para estrellármelo en el lomo. ¡El muy maldito! Me cogió de sorpresa y no supe ni qué hacer al verme con los cujazos encima. Inclusive me dio mucho sentimiento y hasta tuve ganas de llorar. Pero luego me fue entrando una rabia tan grande por dentro que creo que hasta cambié de color y todo. Y luego di un grito grandísimo y salí rumbo al sao a todo correr, con el viejo detrás, echándonos maldiciones y tropezando con los troncones de las matas que él había tumbado. ¡Qué bonito es el sao! A mí me encanta.
Llegué a él y me tiré sobre el primer yerbazal que encontré, y no sentí siquiera ni los pinchazos de los abujes, ni los de las chinches de monte. Yo me acomodé lo mejor que pude, de espaldas a la yerba y mirando las nubes.
Y comencé a comer papitas cimarronas de una mata que estaba al alcance de mi mano. Dos nubes muy grandes chocaron una con la otra y se hicieron añicos.
Los pedazos cayeron sobre mi casa y la tiraron al suelo.
Nunca pensé que los pedazos de nubes fueran tan pesados y grandes. Cortan como si tuvieran filos y uno de ellos se llevó en claro la cabeza de mi abuelo. Mis primos andaban por el río y se pudieron salvar. A mi abuela no hay dios que la encuentre, y al parecer las nubes la hicieron añicos y las hormigas se llevaron los pedazos. Yo echo a correr desde el sao hasta la casa, sepultada por el nuberío, y al llegar sólo puedo ver un brazo de mi madre y un brazo de Celestino. El brazo de mi madre se mueve algo entre los escombros y los tiznes. (Porque en esta casa el humo del fogón no tiene por donde salir, pues solamente hay una ventana en el comedor
y por eso toda la casa estaba siempre tan negra como el fondo de un caldero.)
–¡Sácame, que ya me ahogo! – me dice la voz de mi madre, y su brazo se agita y da saltos y más saltos.
A Celestino no lo oigo decir ni media palabra. Su brazo, que casi no sobresale entre el tiznero y los palos, está muy quieto y su mano casi parece acariciar las vigas y las pencas de yarey negro que lo van asfixiando.
–¡Sácame! ¡Coño!, ¡que soy tu madre!
–Voy ahora mismo. ¡Voy ahora mismo!
Y, sonriente, me acerco hasta donde se encuentra la mano tranquila y fría de Celestino, y empiezo a levantarle los escombros de encima. Hasta que ya, casi oscureciendo, logro rescatarlo.
La tormenta de nubes se ha calmado un poco, y un aguacero muy fino lo va poniendo todo de un color casi transparente y blanquísimo. De entre esa neblina de agua que casi no llega a caer, veo a mi madre que se me acerca con una garrocha entre las manos.
Los abujes me han picado en toda la espalda, pero yo no sentí cuando me picaron. Estaba tan embelesado. Mi madre pasa por encima del mayal sin cuidarse de las espinas, y luego alza el vuelo.
Ya está frente a mí. En mitad del sao y apuntándome con la garrocha a la garganta.
–¿Por qué no me salvaste? ¡Desgraciado! – Mamá aprieta más la garrocha y yo siento un cosquilleo frío, que ya me va traspasando el pellejo del cuello-. Yo soy tu madre.
En este sao se perdió una vez mi prima Eulogia. ¡La pobre Eulogia!, salió a buscar leña y no volvió más nunca a la casa. Ni con la leña ni sin ella.
–Contesta: ¿por qué no me salvaste si yo soy la mujer que te ha parido?
Algo debe de haberle pasado a la prima Eulogia que no ha regresado todavía. Todos la esperamos en el comedor,
sin decirnos ni media palabra: mirando para el suelo o para la única ventana. Pero sin decirnos nada.
–¡Eulogia!
–¡Eulogia!
Abuela llora porque ella sabe que si Eulogia se pierde abuelo se ahorca. Yo lo siento por Eulogia. Pero por abuelo me alegraría que se perdiera.
–¡Yo no tengo hijo! ¡Y lo que tengo es una bestia!
Dios te salve María, llena eres de gracia. Bendito sea el fruto de tu vientre, Virgen María, que aparezca Eulogia, porque si no te echo a la candela…
Padre Nuestro que estás en los cielos…
–¡Bestia! ¡Bestia! En vez de salvar a tu madre, dejas que se asfixie en el tiznero.
Pobre Eulogia… Cuando salió para el monte yo vi que iba llorando. Había acabado de salir del cuarto de abuelo y yo vi que iba llorando. ¡Pobre Eulogia! Si ella no fuera tan boba como es no hubiera dejado que abuelo se le encaramase encima como lo hizo. Pero ella es la esclava de esta casa y todo el mundo se le encarama encima. Y hacen de ella lo que les da la gana. Hasta yo una tarde tumbé a Eulogia detrás del guaninas y me le encaramé arriba. Ella no dijo ni pizca de palabra: rebuznó como una mula cuando le dan cuatro estacazos, y comenzó a sudar gordo.
¡Pobre Eulogia! Se fue llorando de la casa, mientras abuela le peleaba a más no poder y mamá le tiraba el agua sucia del fregadero en la cabeza.
–¡Condenado! El único hijo que tengo y que me haya salido un caballo. ¡Qué destino tan triste el mío! ¡Si debí haberme muerto antes de venir al mundo!
Yo sé bien que Eulogia no se perdió en el monte, como quiere hacérmelo creer toda mi familia. Y si no ya verán como cualquier día la encontramos, amarrada del cuello por un bejuco: guindando tan alto casi como las mismas cencerenicas, que no bajan a la tierra nada más que a beber agua, y eso cuando no encuentran alguna gota entre las
hojas de las matas, y tienen tanta sed que no pueden ni alzar el vuelo. ¡Que si no fuera por eso no bajaran nunca!
¡Quién fuera una cencerenica!… Yo no tomaría agua ni aunque la garganta se me secara como una piedra.
El filo de la garrocha penetra muy fresco por entre mi cuello. Yo me arreguindo con las manos a las piedras y las yerbas, y siento ese frescor que ya me va llegando hasta la campanilla.
Quisiera poder escaparme.
Aunque a la verdad no sé si lo quisiera. Y creo que si me dejaran libre le diría a mamá que me volviera a pinchar con la garrocha. Se lo diría y hasta me arrodillaría delante de ella para que lo hiciera; y también le diría que le sacara más filo a la garrocha.
–¡Maldito! ¡Maldito!
A medida que el frescor va cogiendo toda mi garganta me voy dando cuenta de que mi madre no es mala. La veo así, enorme sobre mí, y se me parece a un tronco de úpito, de esos que la gente coge para amarrar las bestias. Sin darse cuenta nunca que el úpito se ha ido secando de tantas amarras y sogazos que lo han cruzado.
Mi madre se va volviendo hermosa. ¡Qué hermosa! Qué linda con su falda de saco y la blusa grande que le robó a Eulogia. Yo quiero a mi madre y yo sé que ella es buena y me quiere. Yo nunca he visto a mi madre. Pero siempre me la imagino así como ahora: llorando y acariciándome el cuello en un no sé qué tipo de cosquilleo fresco y agradable.
Debo imaginarla de esa forma y no de la otra.
–¡Desgraciado muchacho! ¡Si yo lo que debía hacer era ahorcarme ahora mismo!
Tengo deseos de levantarme y abrazarla. De pedirle perdón y llevármela lejos donde ni abuela ni abuelo nos mortifiquen. Tengo deseos de decirle: «Madre mía, madre mía, ¡qué bonita estás hoy con tantas campanillas en el pelo! Te pareces a una de esas mujeres que solamente salen en las postales de Navidad. Vámonos de aquí ahora
mismo. Recojamos las cosas y larguémonos ya. No estemos ni un segundo más en esta casa horrible, que se parece al fondo de un caldero. Vámonos ahora, antes de que el condenado de abuelo se despierte y nos haga levantar para que ordeñemos las vacas.
«Vámonos ahora mismo porque de día no podremos salir».
–¡Madre mía! ¡Madre mía!…
Y no dije más nada. Lo que tenía pensado se me hizo un rollo en la garganta. Chocó con la punta de la garrocha que ya me traspasaba. Y no salió por la boca. Por un momento mi madre se quedó paralizada: escuchándome. Todo el sao sabe que yo le he dicho madre mía. Todo el cerro también lo sabe y ahora lo repite lo repite lo repite en un no sé qué tipo de eco casi tan cercano como mi propia voz.
Mamá se queda lela. Me saca la garrocha del cuello. La tira sobre la yerba. Se lleva las manos a la cara y da un grito enorme.
Enorme.
Enorme.
Enorme.
Y echa a volar, cruzando ya el mayal viejo y entrando en la casa por los huecos tan grandes que yo he abierto en el techo con mis subidas y bajadas, buscando los pichones de totises o reuniéndome con mis primos muertos.
Yo no sé qué hacer. El cuello me arde mucho. Me paso la mano por él y resulta que no tengo nada. Ni un rasguño siquiera. Las hormigas bravas me han comido toda la espalda y los abujes ya empiezan a treparme por la cara. Mi madre ha desaparecido y es casi ya de noche. Si pudiera llegar a la casa sin que nadie me viera y sin que ella me empezara de nuevo a jurgar con la garrocha, o abuela me echase un poco de agua caliente en el lomo.
–Sí, puedes. Esta noche sí puedes -me dice una bandada de totises, que pasan volando muy alto y todos en filas, uno tras el otro. Pero, ¡cómo es posible que esos totises me
hayan hablado! No lo creo. Vuelvo a mirar al cielo y la línea negra de sus alas es recta y perfecta: el viaje de los pájaros ha continuado y ya yo nunca podré saber la verdad.
Entonces empiezo a llorar.
Me gusta pasear de noche, cuando nadie me ve. Sí. Me gusta porque ahora puedo caminar en un solo pie.
Desparramarme en la punta de un tronco y bailar sobre él, haciendo equilibrios. Hacer veinte murumacas, todas distintas. Revolcarme en el suelo y echar a correr de nuevo, hasta perderme entre la neblina y entre los gajos de la mata de higuillos, que aún se mantiene en pie. Me gusta estar solo y empezar a cantar. Celestino se me ha acercado y me ha pedido un trago de agua. «De dónde.» «De dónde», le digo yo y le enseño mis manos vacías. Aunque a la verdad es que yo tengo muy mala memoria y nunca puedo aprenderme bien una canción. Pero no importa: yo las invento. Casi me gusta más inventarlas que aprendérmelas de memoria.
Ya estoy inventándola.
Que nadie me oiga, porque no sé si esta canción servirá para algo. Que nadie me oiga, porque me daría mucha pena que me oyeran. ¡Qué pena si mis primos me sorprenden cantando cosas inventadas y caminando en un solo pie por entre los troncones de las matas! ¡Qué vergüenza si me oye alguien! ¡Qué vergüenza!
Luego fue mi madre la que vino a pedirme agua. Me dijo:
«El pozo se ha secado. Qué voy a hacer ahora: me estoy muriendo de sed». Yo no le respondí. Le enseñé mis manos húmedas y me las metí en los bolsillos del pantalón. Ahora todo se ha puesto transparente. Esta noche veo las cosas muy bonitas. ¿Será que son así? O es que yo las veo diferente a todos los demás. No sé. Pero de todos modos, y aunque, según mi madre, éste es el lugar más feo del mundo, yo no lo creo así y hay muchas cosas que son muy lindas. La misma casa -que algunas veces quisiera pegarle candela- yo sé que no es fea, y aunque se está cayendo y
las gallinas la cagan todas las noches (porque la mayoría de las condenadas gallinas duermen en el techo de la casa), hay lugares donde no cae ni una pizca de mierda, y todo luce bien. Aunque la gente dice que es mentira y que en esta casa no hay ni un rincón donde se pueda respirar. Pero sí lo hay: yo me voy algunas veces, cuando estoy muy furioso, para la esquina del corredor, donde en un tiempo hubo una ventana grande con rejas de hierro y ahora solamente quedan las rejas pegadas a la pared. Me voy para esa esquina, debajo del panal de avispas bravas. Y me siento en el quicio del corredor. Yo me quedo allí sin hacer bulla y sin moverme casi para no enfurecer a las avispas. Y
empiezo a sentirme muy tranquilo. Yo no sé por qué será.
Quizá sea porque es un lugar lleno de hojas verdes. Pues la enredadera de yucayedra, que está en ese rincón, ha crecido bastante y la mata de pensamiento chino ya está más grande que yo. Sí: debe de ser porque hay muchas matas y uno casi se confunde entre tantas hojas y tallos y se va sintiendo mejor. Y cuando llueve, ese rincón del corredor es más bonito todavía porque los capullos de los tulipanes se llenan de agua y cuando se les sacude el agua le cae a uno arriba, tan fría y fresca que cualquiera diría que son pedazos de granizo. Una vez, abuela se metió debajo de los capullos de tulipanes y yo los sacudí. Y le cayó un chaparrón congelado en la cabeza. Menos mal que yo eché a correr, porque si no, la muy desgraciada y mal agradecida me hubiera sembrado junto con los tulipanes… Se puso tan brava que quería cortar las matas arrente al suelo. Pero en ese momento llegaba abuelo del monte. Y, por llevarle la contraria a abuela (ya que a él no le importan las matas y le da lo mismo que en el corredor haya una de tulipán o una de guao), le dijo: «Cuidado con tocar una de esas matas». Y
por ahí empezó la bronca. Y desde entonces abuela le ha cogido un odio a las matas del corredor que no las puede ver. Y un día yo vi cómo ella le echaba agua hirviendo al tronco de los tulipanes para que se secaran. Entonces yo fui
corriendo y se lo dije a abuelo; y él la cogió por el moño y la llevó hasta el fogón, y agarrándole las dos manos, se las zambulló entre el agua que borbotoneaba en la olla. Abuela se quejó con un resoplido fuerte, como una vaca cuando le dan una pedrada en el pecho. Pero no volvió a echarle agua hirviendo a las matas del corredor. Y ahora yo me revuelco tranquilo entre las hojas, y algunas veces me siento tan bien allí que empiezo a escarbar y a comerme las raíces de los tulipanes. ¡Qué sabrosas son las raíces de los tulipanes!
Siempre están frías y tienen un sabor a mermelada amarga, que a mí me emborracha y me deja tan alegre que al poco rato ya estoy durmiendo entre la hojarasca. Aunque algunas veces las avispas se enfurecen allá arriba, en el panal, y me caen, enrolladas, en la cara y hasta me dan dos o tres picotazos y todo. Pero eso es algunas veces. Las más no me pasa nada y yo puedo dormir muy tranquilo durante una o dos horas… ¡Sí que este lugar tiene cosas muy lindas! Y la misma gente no es tan fea como dicen. Mi propia madre, que algunas veces se porta tan furiosa, hay algunos momentos en que parece distinta… Y todavía me acuerdo que un día, cuando yo venía del pozo con las dos latas de agua al hombro, ya casi llegando a la casa, di un resbalón y me caí. Entonces me entró una tristeza tan grande que lo único que pude hacer fue revolcarme contra el charco de fango que se había hecho en el suelo, y empezar a llorar. Y
mi madre, que me estaba mirando desde la puerta de la cocina, vino caminando hasta mí y yo me dije: «Ahora seguro que me cae a trompadas». Pero no lo hizo. Sino que se agachó sobre el fanguero y me pasó la mano por sobre la cabeza muy despacio como si quisiera alisarme el pelo -que siempre lo tengo tan revuelto, que abuelo dice que parezco una escoba al revés-. Yo me quedé muy sorprendido. Miré a mi madre, y, no sé, porque todavía era muy temprano y había mucha neblina, pero me pareció como si estuviera llorando… Desde entonces, cuando me caigo con las latas de agua en mitad del patio, me quedo muy tranquilo,
esperándola. Aunque algunas veces me equivoco y en vez de pasarme la mano por la cabeza lo que me pasa es un garrote. Pero de todos modos ya yo no podré sacármela de la memoria así corrió así. Y siempre me la imagino agachada junto a mí en el fanguero y pasándome la mano por la cabeza, mientras sus ojos comienzan a brillar y a brillar a través de la neblina enorme que cubre todos estos lugares por las mañanas… Eso es otra de las cosas que me gusta de este barrio: la neblina. Tan blanca… Estirar las manos y no vérselas casi… Y si me las veo, me las veo tan blancas que no parece que fuesen mis manos… El mismo abuelo, que está tan negro de tanto sol que aguanta, cuando es de mañana yo lo veo caminar por el potrero y parece un poco gigante, de lo blanco que se ve detrás de la neblina. Por eso yo todas las mañanas me levanto bien temprano y me vengo para acá y me subo hasta lo más alto del potrero, donde están las matas de mango, y me quedo horas y horas embelesado, mirando qué linda se ve la casa llena de neblinas, pues es casi como una casa de esas de cuentos. De esas que solamente salen en los libros como el que traía Celestino el día en que apareció por primera vez en la casa, asustado, y del brazo de su madre muerta… Y
hasta que el sol no está así de grande y empieza entonces a achicharrarlo a uno, las cosas no dejan de verse bonitas. Es una lástima, a la verdad, que no se pueda vivir siempre entre este neblinal, porque así las cosas serían diferentes siempre y mi abuelo fuera siempre un viejito muy blanco.
Alegre y húmedo. Caminando por sobre la yerba también blanca. Y la casa -si nunca saliera el sol- fuera también una casa de cuentos como la de la portada del libro de Celestino, y quién sabe si hasta mi madre, en vez de darme un janazo de vez en cuando, lo que hiciera siempre fuera pasarme la mano por la cabeza, pues hay que tener en cuenta que el día en que lo hizo de verdad había mucha neblina… Sí. Yo creo que es el sol, con este resplandor tan enorme, quien siempre tiene la culpa de que las cosas se
pongan tan feas y de que la gente se enfurezca por cualquier bobería. Por eso es que tengo muchos deseos de que llegue ya el invierno. Aunque aquí es tan corto que pasa y casi ni nos damos cuenta. Pero que llegue, aunque sea por un día; para dejar caer de nuevo las latas de agua…
Es ya de medianoche. Posiblemente mañana sea un día de mucha neblina.
–¡No tumbes la mata de higuillos que en ella tengo preparado un resguardo! – le grita mi abuela a abuelo, que ya ha tumbado casi todas las matas donde Celestino ha hecho algún que otro garabato.
–¡Cómo que no la tumbe! ¡Si el muy condenado la ha llenado de palabras raras!
–¡Deja! ¡Deja esa mata, que ella es la que impide que le caiga un rayo a la casa!
–¡Si supieras leer, no dirías que no la tumbara!
–¡Que no la tumbes te digo! ¡Suelta esa hacha!
–¡Estáte tranquila si no quieres que te abra la cabeza de un hachazo!
Abuela y abuelo han empezado otra vez a fajarse. Los dos se agarran del hacha y ninguno quiere darse por vencido. ¡Condenados viejos! ¡Ojalá que el hacha se le entierre a alguno en la barriga! Pero, ¡qué va!: estos viejos son más duros que una piedra de esmeril. «Cien años pienso vivir», dice abuelo todas las noches para quitarnos la esperanza a los demás. «Y yo te he de enterrar», le contesta abuela entonces. Y mamá y yo quedamos desilusionados. Y
lo más triste es que es verdad: lo mismo abuela que abuelo tienen más salud que un burro cerrero y yo creo que no se mueren ni aunque les caiga un rayo encima. ¡Viejos condenados! Se arreguindan hasta de un clavo ardiendo.
Pero no se dan por vencidos.
–Comiendo boniato crudo estuve más de dos meses.
–A mi segunda hija la parí en el río. A ella se la llevó la creciente, pero a mí sí que no hay baliza que me enrolle.
–De los doce que bajamos a la mina el único que salió fui yo. Los demás me ayudaron a salir. Pero en cuanto estuve fuera eché a correr. ÍTú no sabes lo peligroso que es ayudar a alguien que está perdido! Casi siempre termina uno perdiéndose también. Pero yo pensé las cosas y eché a correr. ¡Y aquí me ves!
Un caballo ha salido corriendo de atrás de la casa y corriendo se ha perdido entre la neblina. Yo lo veo confundirse entre el blanquizal y una alegría muy grande me va entrando poco a poco. Aunque no puedo decir por qué.
Cómo ha hecho garabatos en los trozos. Si yo supiera leer, sabría qué es lo que ha puesto en todas esas matas.
Debe de ser algo muy importante. Debe de ser algo muy importante porque mientras escribe no le hace caso ni a los truenos, que le revientan en su cabeza.
–¿Adónde vas con ese muchacho?
–A la escuela. Él no será salvaje como ustedes ni pasará el hambre que yo he pasado.
–¡A la escuela con el burro, a ver si toca la flauta!
–Mira que la gente es mala: no quieren que uno prospere.
Pero tú vas a estudiar. ¡Me oíste!, a estudiar o te abro la cabeza y te meto las letras adentro.
Qué de muchachos hay en esta escuela. Y el único que viene con la madre a cuestas soy yo. ¡Qué vergüenza!…
–Miren. Ése trajo a la madre de banderola. – ¡Parece un sijú platanero! – ¡Y la madre tiene cara de lagartija! – El hijo de la lagartija. ¡El hijo de la lagartija! – Aquí te dejo con la maestra. Ya sabes: haz lo que ella te indique.
–¡Pégale ahora que lo tienes bajo! ¡Pégale ahora! –
¡Maten al sijú platanero!… -¡Maten al sijú platanero!… -
¡Llora como una mujer!
–¡El hijo de la lagartija está llorando como una mujer! –
Es de la misma calaña que Celestino: ¡pantalones por fuera, pero sayas por dentro!