Ciclo de Tschai 1 - Los chasch
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Jack Vance
Los Chasch
Título original: City of the Chasch (Planet of Adventure, I).
Traducción: Domingo Santos.
Portada: Antoni Garcés.
© Ultramar Editores, S.A.
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Prólogo
A un lado del Explorador IV llameaba una débil estrella vieja, Carina 4269; al otro flotaba un solo planeta, gris marrón bajo el denso manto de una atmósfera. La estrella se distinguía solamente por una curiosa tonalidad ambarina en su luz. El planeta era algo mayor que la Tierra, rodeado por un par de pequeñas lunas de rápidas órbitas. Una estrella K2 casi típica, un planeta sin nada digno de mencionar, pero para los hombres a bordo de la Explorador IV el sistema era una fuente de maravilla y fascinación.
En el puesto delantero de control estaban el comandante Marin, el oficial en jefe Deale y el segundo oficial Walgrave: tres hombres de apariencia similar, alertas, rápidos de movimientos, llevando el mismo tipo de pulcro uniforme blanco, y tan habituados a la compañía los unos de los otros que su despreocupada forma de hablar, la forma entre sarcástica y jocosa con que expresaban sus pensamientos, era casi idéntica. Escrutaban el planeta con sus sondascopios, binoculares de alta resolución capaces de ofrecer una ampliación enorme.
—A primera vista, un planeta habitable —comentó Walgrave—. Esas nubes son a buen seguro vapor de agua.
—Si un mundo emite señales —dijo el oficial jefe Deale—, suponemos casi automáticamente que está habitado. La habitabilidad es una consecuencia natural de la habitación.
El comandante Marin rió secamente.
—Tu lógica, normalmente irrefutable, tiene un fallo. En la actualidad nos hallamos a doscientos doce años luz de la Tierra. Recibimos las señales a doce años luz de distancia; en consecuencia, fueron radiadas hace doscientos años. Si lo recuerdas, se interrumpieron bruscamente. Puede que este mundo sea habitable; puede que esté habitado; puede que concurran las dos circunstancias. Pero no necesariamente.
Deale agitó lúgubremente la cabeza.
—Sobre esta base no podemos estar seguros ni siquiera de que la Tierra esté habitada. Las tenues evidencias de que disponemos...
Bip bip, hizo el comunicador.
—¡Hable! —indicó el comandante Marín. La voz de Dant, el ingeniero de comunicaciones, llenó la cabina.
—Estoy captando un campo fluctuante; creo que es artificial, pero no puedo sintonizarlo. Tal vez sea alguna especie de radar.
Marin frunció el ceño, se frotó la nariz con un nudillo.
—Enviaré los exploradores, luego retrocederemos fuera de alcance.
Marin pronunció una palabra código, dio órdenes a los exploradores Adam Reith y Paul Waunder.
—Tan rápido como sea posible; parece que hemos sido detectados. Cita en el eje del sistema, arriba, punto D como en Deneb.
—Correcto, señor. Eje del sistema, arriba, punto D como en Deneb.
Denos tres minutos.
El comandante Marin se dirigió al macroscopio y empezó una ansiosa búsqueda por la superficie del planeta, cambiando a una docena de longitudes de onda.
—Hay una franja de perturbación a unos 3.000 angstroms, nada importante. Los exploradores tendrán que hacer todo el trabajo por sí mismos.
—Me alegra no haber recibido nunca entrenamiento de explorador —
observó el segundo oficial Walgrave—. De otro modo también hubiera podido ser enviado a la superficie de extraños y con toda posibilidad horribles planetas.
—Un explorador no es entrenado —dijo Deale—. Existe: medio acróbata, medio científico loco, medio escalador nocturno, medio...
—Hay varios medios de más.
—Apenas bastan. Un explorador es un hombre al que le gusta el cambio.
Los exploradores a bordo de la Explorador IV eran Adam Reith y Paul Waunder. Ambos eran hombres de valor y de recursos. Cada uno dominaba varias habilidades; aquí terminaba su parecido. Reith era tres o cuatro centímetros más alto que la media, con pelo oscuro, una amplia frente, pómulos prominentes y mejillas más bien hundidas, donde se marcaba de tanto en tanto la tensión de un músculo. Waunder era compacto, avanzando a buen paso hacia la calvicie, rubio, con rasgos demasiado vulgares como para ser descritos. Waunder tenía uno o dos años más que su compañero; Reith, sin embargo, era superior en grado, y estaba al mando nominal de la
lanzadera de exploración: una nave en miniatura de diez metros de largo que viajaba sujeta bajo la popa de la Explorador.
En menos de dos minutos estaban a bordo de la lanzadera. Waunder se dirigió a los controles; Reith selló la escotilla, pulsó el botón de desamarraje. La lanzadera se apartó del enorme casco negro. Reith ocupó su asiento, y mientras efectuaba esa acción captó un destello de movimiento en el límite de su ángulo visual. Divisó un proyectil gris surgiendo del planeta, luego sus ojos fueron cegados por un enorme resplandor blanco-púrpura.
Hubo una tremenda sacudida y un crujido, y una violenta aceleración cuando Waunder accionó convulsivamente la palanca de aceleración, y la lanzadera partió en una curva descendente hacia el planeta.
Allá donde había estado la Explorador derivaba ahora un curioso objeto: el morro y la popa de una nave espacial, unidos por algunos restos metálicos, con un enorme vacío en medio a través del cual brillaba el viejo sol amarillo de Carina 4269. Junto con la tripulación y los técnicos, el comandante Marin, el oficial jefe Deale y el segundo oficial Walgrave no eran más que flotantes átomos de carbono, oxígeno e hidrógeno, con sus personalidades, tics de comportamiento y socarrona jovialdad convertidos en meros recuerdos.
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1
La lanzadera, golpeada antes que propulsada por la onda de choque, cayó con la popa por delante hacia el planeta gris y marrón, con Adan Reith y Paul Waunder golpeando de mampara en mampara dentro de la cabina de control.
Reith, consciente a medias, consiguió agarrarse a una de ellas. Izándose hasta el panel, pulsó el mando de estabilización. En vez de un suave zumbido sonó un silbido y un golpeteo; de todos modos, el alocado movimiento rotatorio fue cesando poco a poco.
Reith y Waunder consiguieron encajarse en sus asientos y atarse.
—¿Has visto lo que yo he visto? —preguntó Reith.
—Un torpedo. Reith asintió.
—El planeta está habitado.
—Los habitantes distan mucho de ser cordiales. Esa fue una recepción más bien brusca,
—Estamos a mucha distancia de casa. —Reith contempló la hilera de diales que no señalaban nada y luces indicadoras apagadas—. Parece que no funciona nada. Vamos a estrellarnos, a menos que hagamos algunas reparaciones de emergencia. —Cojeó hacia popa, al compartimiento del motor, para descubrir que una célula de energía de reserva, mal almacenada, se había estrellado contra una caja de conexiones, creando un caótico amasijo de conductores fundidos, cristales rotos y compuestos carbonizados.
—Puedo arreglarlo —le dijo Reith a Waunder, que había acudido tras él a inspeccionar el desastre—. En un par de meses, con suerte. Contando con que los repuestos estén intactos.
—Dos meses me parece un poco largo —murmuró Waunder—. Diría que tenemos dos horas antes de que alcancemos la atmósfera.
—Al trabajo, pues.
Una hora y media más tarde retrocedían unos pasos y contemplaban con duda e insatisfacción el resultado de sus esfuerzos.
—Con suerte podremos aterrizar de una sola pieza —dijo Reith lúgubremente—. Ve delante y dale un poco de energía a los elevadores; veré qué ocurre.
Pasó un minuto. Los propulsores zumbaron; Reith sintió la presión de la deceleración. Esperando que las improvisaciones resistieran al menos un tiempo, fue a la parte delantera de la nave y ocupó de nuevo su sitio.
—¿Cómo se ven las cosas?
—A corto plazo, no demasiado malas. Alcanzaremos la atmósfera en una media hora, un poco por debajo de la velocidad crítica. Podemos efectuar un aterrizaje suave... espero. Los pronósticos a largo plazo... no tan buenos. Quienquiera que sea el que golpeó la nave con un torpedo puede estar siguiendo nuestro descenso por radar. ¿Entonces qué?
—Nada bueno —dijo Reith.
El planeta bajo ellos crecía a ojos vista; un mundo más oscuro y nuboso que la Tierra, bañado por una luz entre dorada y tostada. Ahora podían ver continentes y océanos, nubes, tormentas: el paisaje de un mundo maduro.
La atmósfera gemía en torno al vehículo; el indicador de la temperatura subía rápidamente hacia la señal roja.
Reith aumentó cuidadosamente el nivel de energía a través de los precariamente reparados circuitos. La nave disminuyó su velocidad, la aguja indicadora osciló, empezó a descender hacia un nivel más tranquilizador. Hubo una suave detonación en la sala de motores, y la nave empezó a descender de nuevo en caída libre.
—Ahí vamos otra vez —dijo Reith—. Bien, ahora todo es cuestión de los frenos aerodinámicos. Será mejor que nos sujetemos a los arneses de eyección. —Extendió los alerones laterales, los elevadores y el timón, y la lanzadera silbó al adoptar una trayectoria oblicua—. ¿Qué señala el analizador de atmósferas? —preguntó.
Waunder leyó los distintos índices del analizador.
—Respirable. Cercana a la normal de la Tierra.
—Eso es un pequeño alivio.
Ahora, mirando a través de los sondascopios, podían observar más detalles. Bajo ellos se abría una extensa llanura o una estepa, señalada aquí y allá por un relieve bajo y algo de vegetación.
—Ninguna señal de civilización —dijo Waunder—. No debajo de nosotros, al menos. Quizá más adelante, en el horizonte... esos puntos grises...
—Si podemos conseguir que la nave aterrice, si nadie nos molesta mientras reconstruimos el sistema de control, todo irá bien... Pero esos alerones no están diseñados para un aterrizaje a gran velocidad en terreno abrupto. Será mejor que intentemos descender lo máximo posible y eyectarnos en el último minuto.
—De acuerdo —dijo Waunder. Señaló hacia un punto determinado—.
Eso parece como un bosque... al menos vegetación de algún tipo. El punto ideal para estrellarse.
—Adelante.
La lanzadera picó de morro; el paisaje se amplió. Las frondas de un bosque negro y húmedo se alzaron en el aire ante ellos.
—A la cuenta de tres, eyección —dijo Reith. Aplicó deceleración máxima—. Uno... dos... tres. ¡Eyección!
Las portillas eyectoras se abrieron; los asientos salieron disparados; el aire abofeteó a Reith. ¿Pero dónde estaba Waunder? Su arnés se había enredado, o su asiento no había sido eyectado correctamente, y ahora su compañero se balanceaba violenta e impotentemente colgado fuera de la nave. El paracaídas de Reith se abrió, frenando su velocidad con un fuerte tirón y haciéndole balancearse en el aire como un péndulo. En su descenso golpeó contra la negra y reluciente rama de un árbol. El golpe lo aturdió; colgó al extremo de las cuerdas de su paracaídas. La lanzadera siguió abriéndose camino entre los árboles, y se detuvo finalmente clavando el morro en un pantano. En ella, Paul Waunder colgaba inmóvil de su arnés.
Hubo un silencio roto tan sólo por el crujir del caliente metal y un débil silbido procedente de algún lado debajo de la nave.
Reith se agitó, pateó débilmente. El movimiento creó un lancinante dolor en sus hombros y pecho; desistió y colgó fláccido.
El suelo estaba unos quince metros más abajo. La luz del sol, como había observado antes, parecía más apagada y amarilla que la del sol de la Tierra, y las sombras tenían tonalidades ambarinas. El aire estaba cargado
con el aroma de resinas y aceites no familiares; estaba atrapado por un árbol de lustrosas ramas negras y quebradizo follaje negro que producía un sonido estrepitoso cuando se movía. Podía ver a lo largo del camino abierto por la lanzadera hasta el pantano, donde se había inmovilizado en una posición casi horizontal, con Waunder colgando cabeza abajo de la escotilla de eyección, el rostro apenas a unos centímetros del lodo. Si el aparato se hundía un poco se ahogaría... en caso de que aún estuviera vivo. Reith luchó frenéticamente para librarse de su propio arnés. El dolor le hizo sentirse enfermo y mareado; no tenía fuerza en las manos, y cuando alzó los brazos sonaron ominosos crujidos en sus hombros. Se veía impotente para soltarse, y mucho menos para acudir en ayuda de Waunder. ¿Estaba muerto? Reith no podía asegurarlo. Creyó ver que se agitaba ligeramente.
Reith observó con intensidad. Waunder se hundía lentamente en el pantano. En el asiento eyector había una unidad de supervivencia con armas y herramientas. Con sus huesos rotos no podía alzar los brazos para alcanzar las hebillas. Si se soltaba simplemente de las cuerdas caería y se mataría sin remedio. Con el omoplato roto, con la clavícula rota o no, tenía que abrir el asiento eyector, sacar el cuchillo y el rollo de cuerda.
Hubo un sonido, no demasiado distante, de madera golpeando contra madera. Reith desistió de sus esfuerzos y se dejó colgar, inmóvil. Un grupo de hombres armados con espadines fantásticamente largos y flexibles y pesadas catapultas de mano avanzaban suavemente, casi furtivamente, a sus pies.
Reith los contempló estupefacto, sospechando una alucinación. El cosmos parecía sentir predilección hacia las razas bípedas, más o menos antropoides; pero ésos eran auténticos hombres: gente de rasgos bruscos y recios, piel color miel, pelo rubio, castaño o grisáceo, y poblados bigotes colgantes. Llevaban complicados atuendos: pantalones sueltos de tela a franjas marrones y negras, camisas rojo oscuro o azul oscuro, chalecos de tiras de metal entrelazadas, cortas capas negras. Sus sombreros eran de piel negra, con las alas dobladas hacia abajo en las orejas y hacia arriba en la frente, con un emblema de plata de diez centímetros de ancho en la parte frontal de la alta corona que formaban sobre sus cabezas. Reith los observó desconcertado. Guerreros bárbaros, una partida vagabunda de degolladores:
¡pero auténticos hombres pese a todo, allí en aquel mundo desconocido a más de doscientos años luz de la Tierra!
Los guerreros pasaron cautelosamente bajo él, silenciosos y furtivos. Se detuvieron en las sombras para escrutar la lanzadera; luego el jefe, un guerrero más joven que el resto, apenas un muchacho y sin bigote, salió al abierto y examinó el cielo. Tres hombres más viejos, con los sombreros rematados por globos de cristal rosa y azul, se le unieron, y examinaron también el cielo con gran cuidado. Luego el más joven hizo una seña a los demás, y todos se acercaron a la nave.
Paul Waunder alzó una mano en el más débil de los saludos. Uno de los hombres con los globos de cristal levantó rápidamente su catapulta, pero el joven aulló una furiosa orden y el hombre se apartó hoscamente a un lado.
Uno de los guerreros cortó las cuerdas del paracaídas, dejando que Waunder cayera al suelo.
El joven ladró otras órdenes; Waunder fue alzado y transportado a una zona seca.
Entonces el joven se volvió para investigar la nave espacial. Trepó osadamente a su casco y miró dentro a través de las portillas de eyección.
Los hombres más viejos con los globos azules y rosas retrocedieron a las sombras, murmurando malhumoradamente tras sus caídos bigotes y contemplando a Waunder con miradas intensas. Uno de ellos llevó bruscamente su mano hacia el emblema de su sombrero como si el objeto se hubiera movido o producido algún ruido. Entonces, inmediatamente, como estimulado por el contacto, saltó sobre Waunder, extrajo su espadín, lo dejó caer con un movimiento centelleante. Ante la horrorizada mirada de Reith, la cabeza de Paul Waunder rodó libre de su torso, y su sangre chorreó sobre el negro suelo.
El joven pareció haber captado la acción y se volvió. Lanzó un furioso grito, saltó al suelo, avanzó sobre el asesino. Extrajo su propio espadín, lo agitó, y el flexible extremo zumbó y cortó el emblema del sombrero del hombre, arrancándoselo. El joven lo recogió y, extrayendo un corto cuchillo de su bota, melló salvajemente la blanda plata, luego lo arrojó a los pies del asesino con un barbotar de amargas palabras. El asesino, acobardado, recogió el emblema y se retiró hoscamente a un lado.
Se oyó un retumbante sonido procedente de una gran distancia. Los guerreros emitieron un suave ulular, ya fuera como respuesta ceremonial o como temor o advertencia mutua, y se retiraron rápidamente al bosque.
Apareció una aeronave volando a poca altura, que primero flotó, luego se posó: una plataforma, una especie de almadía flotante de veinte metros de largo por ocho de ancho, controlada desde algo parecido a un adornado belvedere en la popa. Delante y detrás, grandes linternas se balanceaban colgadas de retorcidas columnas; las defensas estaban protegidas por recias balaustradas. Inclinados sobre esas balaustradas, empujándose y dándose codazos, había dos docenas de pasajeros, en inminente peligro, o así parecía, de caer al suelo.
Reith contempló con aturdida fascinación cómo el aparato aterrizaba al lado de la lanzadera. Los pasajeros saltaron rápidamente al suelo: individuos de dos tipos, humanos y no humanos, aunque esta distinción no era instantáneamente obvia. Las criaturas no humanas —Chasch Azules, como sabría más tarde Reith— caminaban sobre cortas y recias piernas, avanzando con un rígido balanceo. El individuo típico era recio y fuerte, escamoso como un pangolín con escamas azules y puntiagudas. Su torso tenía forma de cuña, con hombreras exoesqueletales de quitina que se curvaban sobre un caparazón dorsal. El cráneo terminaba en una punta ósea; su recia frente formaba como una visera sobre sus cuencas orbitales, sus brillantes ojos metálicos y sus complicados orificios nasales. Los hombres eran tan similares a los Chasch Azules como lo permitían la reproducción, los artificios y el manierismo. Eran bajos, musculosos, con macizas piernas; sus rostros eran toscos y casi sin mandíbula, con los rasgos comprimidos. Llevaban lo que parecían ser falsos cráneos terminados en punta y formando como una cresta sobre sus frentes; y sus chaquetillas y pantalones estaban adornados con escamas.
Los Chasch y los Hombres-Chasch corrieron hacia la lanzadera, comunicándose entre sí con aflautados gritos glóticos. Algunos treparon al casco y miraron al interior, mientras otros investigaban la cabeza y el torso de Paul Waunder, que recogieron y llevaron a bordo de la plataforma.
Desde el belvedere de control llegó un grito de alarma. Chasch Azules y Hombres-Chasch alzaron la vista al cielo, luego se apresuraron a empujar la plataforma bajo los árboles, ocultándola de la vista. Una vez más, el pequeño claro quedó desierto.
Pasaron unos minutos. Reith cerró los ojos y pensó en la espantosa pesadilla de la que esperaba despertar de un momento a otro, seguro, a bordo de la Explorador.
Un resonar de motores le sacó de su ensoñación. Otro vehículo descendía del cielo: una aeronave que, como la almadía, había sido construida con muy poca consideración hacia la eficiencia aerodinámica.
Tenía tres cubiertas, una rotonda central, balcones de cobre y madera negra, una proa formando voluta, cúpulas de observación, portillas para armas, un alerón vertical que exhibía una insignia dorada y negra. La nave flotó en el aire mientras los ocupantes de sus cubiertas dedicaban a la nave espacial una minuciosa inspección. Algunos de ellos no eran humanos, sino criaturas altas y de largos miembros, sin pelo, pálidas como el pergamino, con semblantes austeros y actitudes lánguidas y elegantes. Otros, aparentemente subordinados, eran hombres, aunque mostraban los mismos alargados brazos, piernas y torso, el mismo rostro ovinamente alargado, el cráneo sin pelo, las actitudes cuidadosamente controladas. Ambas razas llevaban elaborados atuendos de cintas, volantes, fajas. Más tarde Reith sabría que los no humanos eran llamados Dirdir, y sus subordinados Hombres-Dirdir.
En aquel momento, aturdido aún por la inmensidad de su desastre, observó la espléndida aeronave Dirdir tan sólo con desinteresada admiración. Sin embargo, en su mente se infiltró el pensamiento de que aquella gente pálida o bien sus predecesores habían sido quienes habían destruido la Explorador IV, y evidentemente ambas habían rastreado la llegada de la lanzadera.
Dirdir y Hombres-Dirdir escrutaban la nave espacial con concentrado interés. Uno de ellos llamó la atención de los demás hacia la huella dejada por la plataforma Chasch, y el descubrimiento causó una atmósfera instantánea de emergencia. Casi al mismo tiempo, del bosque empezaron a brotar lanzas de energía blanco-púrpura; Dirdir y Hombres-Dirdir cayeron retorciéndose. Chasch y Hombres-Chasch salieron a la carga, los Chasch disparando armas de mano, los Hombres-Chasch corriendo para arrojar garfios contra la nave.
Los Dirdir descargaron sus propias armas de mano, que exudaban una descarga violeta y arabescos de plasma naranja; Chasch y Hombres-Chasch fueron consumidos en un resplandor púrpura y naranja. La nave Dirdir se alzó, y se vio retenida por los garfios. Los Hombres-Dirdir cortaron las cuerdas con cuchillos, las quemaron con pistolas de energía; la nave quedó libre, alzando un coro de gritos decepcionados de los Chasch.
A unos treinta metros encima del pantano, los Dirdir giraron una serie de quemadores pesados a plasma hacia el bosque y abrieron, quemándolos,
una serie de irregulares senderos; pero no consiguieron destruir la almadía desde la cual los Chasch estaban apuntando ahora sus propios grandes morteros. El primer proyectil Chasch falló. El segundo golpeó la nave bajo el casco; giró sobre sí misma a causa del impacto, luego ascendió como un dardo cielo arriba, oscilando, zigzagueando como un insecto herido, por unos momentos boca abajo, luego de nuevo boca arriba, luego de lado, escupiendo a los Dirdir y Hombres-Dirdir de sus cubiertas, puntos negros cayendo en el cielo color pizarra. La nave escoró hacia el sur, luego hacia el este, y finalmente se perdió de vista.
Chasch y Hombres-Chasch salieron del bosque para contemplar la desaparición de la nave Dirdir. La almadía se deslizó de nuevo hacia el claro, flotó encima de la lanzadera. Fueron arrojados garfios; la nave espacial fue alzada del pantano. Chasch y Hombres-Chasch subieron a bordo de la plataforma; se elevó en el aire, ligeramente escorada, con la lanzadera espacial colgando debajo.
Pasó el tiempo. Reith pendía de su arnés, apenas consciente. El sol se ocultó detrás de los árboles; las sombras empezaron a enseñorearse del paisaje.
Reaparecieron los bárbaros. Se dirigieron al claro, efectuaron una inspección rápida, miraron al cielo, luego se fueron. Reith lanzó un ronco grito para llamar su atención. Los guerreros aferraron sus catapultas, pero el joven hizo un furioso gesto para contenerlos. Dió órdenes; dos hombres treparon al árbol, cortaron las cuerdas del paracaídas, dejando el asiento eyector y el equipo de supervivencia de Reith balanceándose entre las ramas.
Reith fue bajado hasta el suelo, no demasiado gentilmente, y estuvo a punto de perder el sentido ante el roce de los huesos en su hombro. Unas formas se inclinaron sobre él, hablando con secas consonantes y amplias vocales. Fue alzado, colocado en unas parihuelas; sintió la oscilación y el golpeteo de unos pasos; luego se desvaneció o se quedó dormido.
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2
Reith despertó al resplandor de una fogata y al murmullo de voces.
Sobre su cabeza se extendía un dosel de oscuridad a ambos lados de un cielo lleno de extrañas estrellas. La pesadilla era real. Aspecto a aspecto, sensación a sensación, Reith fue recuperando la consciencia de sí mismo y de su condición. Estaba tendido sobre un camastro de cañas entretejidas que exudaban un olor agrio, medio vegetal, medio humano. Le habían quitado la camisa; una especie de arnés blanco comprimía sus hombros y proporcionaba sostén a sus huesos rotos. Alzó dolorosamente la cabeza y miró a su alrededor. Estaba tendido en una especie de cobertizo abierto por los lados formado por cuatro postes metálicos sosteniendo un techo de tela.
Otra paradoja, pensó Reith. Los postes de metal indicaban un alto nivel de tecnología; las armas y modales de la gente eran puramente bárbaros. Reith intentó mirar hacia el fuego, pero el esfuerzo fue demasiado y se dejó caer hacia atrás.
El campamento estaba en terreno abierto; el bosque había sido dejado atrás: eso era evidente por las estrellas. Se preguntó acerca de su asiento eyector y su unidad de supervivencia. Asiento y unidad habían sido dejados allá colgando, se recordó tristemente. Sólo quedaban él y sus recursos innatos en los que confiar... una cualidad ligeramente aumentada por su entrenamiento forzado como explorador, algunos de cuyos aspectos había considerado en otro tiempo excesivamente pedantes. Había asimilado enormes cantidades de ciencias básicas, lingüística y teoría de la comunicación, astronáutica, tecnología del espacio y de la energía, biométrica, meteorología, geología, toxicología. Mucho de aquello era teórico; además, había sido entrenado en técnicas prácticas de supervivencia de todo tipo: armamento, ataque y defensa, nutrición de
emergencia, ropas y albergue, mecánica de propulsión espacial, reparación electrónica e improvisación. Si no resultaba muerto de improviso, como lo había sido Paul Waunder, sobreviviría... ¿pero para qué? Sus posibilidades de regresar a la Tierra podían considerarse como infinitesimales... lo cual hacía que el interés intrínseco de aquel planeta fuera de lo menos estimulante.
Una sombra cruzó su rostro; Reith vio al joven que había salvado su vida. Tras mirar a su alrededor en la oscuridad, el joven se arrodilló y le tendió un cuenco de una especie de gachas.
—Muchas gracias —dijo Reith—. Pero no creo que pueda comer; el entablillado me oprime demasiado.
El joven se inclinó hacia delante, hablando con una voz más bien seca.
Reith pensó que su rostro era demasiado grave e intenso para un muchacho que no podía tener más de dieciséis años.
Con gran esfuerzo, se alzó sobre un codo y tomó las gachas. El joven se levantó, retrocedió algunos pasos, y se quedó observando mientras Reith intentaba comer sin ayuda. Luego se volvió y llamó con voz ronca. Una niña apareció corriendo. Se inclinó, tomó el bol, y empezó a dar de comer a Reith con ansioso cuidado.
El joven observó unos momentos, evidentemente intrigado por Reith, y Reith no estaba menos perplejo que él. ¡Hombres y mujeres, en un mundo a doscientos doce años luz de la Tierra! ¿Evolución paralela? ¡Increíble!
Cucharada a cucharada, las gachas pasaron a su boca. La niña, de unos ocho años, llevaba una especie de pijama casi en harapos, no demasiado limpio.
Media docena de hombres de la tribu aparecieron y miraron; hubo gruñidos de conversación, que el joven ignoró.
El bol estaba vacío; la niña llevó una jarra de cerveza ácida a la boca de Reith. Éste bebió porque esto era lo que se esperaba que hiciera, aunque el brebaje le hizo fruncir los labios.
—Gracias —dijo a la niña, que le devolvió una sonrisa de desconfianza y se marchó a toda prisa.
Reith se dejó caer de nuevo en el camastro. El joven le dijo algo con una voz brusca: evidentemente una pregunta.
—Lo siento —dijo Reith—. No comprendo. Pero no te irrites conmigo; necesito todos los amigos que pueda conseguir.
El joven no dijo nada más, y finalmente se fue. Reith se acomodó de espaldas en su camastro e intentó dormir. La fogata menguó; la actividad en el campamento se fue reduciendo.
Desde muy lejos llegó una débil llamada, algo entre un aullar y un tembloroso ulular, que al cabo de unos momentos fue respondida por otra, y por otra, hasta convertirse en un canto casi musical de centenares de voces.
Alzándose una vez más sobre un codo, Reith vio que las dos lunas, de idéntico diámetro aparente, la una rosa, la otra azul pálido, habían aparecido por el este.
Un momento más tarde una nueva voz, ésta más cercana, se unió al lejano ulular. Reith escuchó maravillado: era sin la menor duda una voz de mujer. Otras voces se unieron a la primera, canturreando una endecha sin palabras que, unida al lejano sonido, producía un impresionante coloquio.
Finalmente, el canto se detuvo; el campamento quedó en silencio. Reith se fue amodorrando, y finalmente se quedó dormido.
Por la mañana, Reith pudo observar mejor el campamento. Se hallaba en una oquedad del terreno entre un par de las bajas y anchas colinas que se extendían una tras otra hacia el este. Allá habían decidido instalarse los miembros de la tribu, por razones que a Reith no se le hicieron evidentes de momento. Cada mañana cuatro jóvenes guerreros llevando largas capas marrones montaban en pequeñas motocicletas eléctricas y partían en direcciones opuestas a través de la estepa. Cada mañana volvían para dar su informe detallado a Traz Onmale, el joven jefe. Cada mañana era elevada una gran cometa, llevando a un niño de ocho o nueve años, cuya función era evidentemente la de vigía. A última hora de la tarde el viento solía cesar, haciendo caer la cometa con mayor o menor suavidad. Normalmente el niño se salía de aquello sin nada más grave que un chichón, aunque los hombres que manejaban los hilos parecían preocupados principalmente por la seguridad de la cometa: un dispositivo hecho con cuatro alas de membrana negra tensadas sobre un armazón de palos de madera.
Cada mañana, desde detrás de la colina del este, sonaba un terrible clamor, que persistía durante al menos media hora. El tumulto, supo finalmente Reith, procedía de la horda de animales, de muchas patas de los que la tribu se proveía de carne. Cada mañana la matarife de la tribu, una mujer de metro ochenta de altura y músculos en consonancia, acudía a la horda con un cuchillo y un hacha de carnicero, para agenciarse tres o cuatro
patas para las necesidades del día. Ocasionalmente cortaba un poco de carne del lomo de un animal, o abría sus barrigas para extraer algún órgano interno. Los animales protestaban poco ante la amputación de sus patas, que se regeneraban espontáneamente con gran rapidez, pero se quejaban prodigiosamente cuando eran tocadas otras partes de sus cuerpos.
Mientras los huesos de Reith se soldaban de nuevo, sus únicos contactos fueron con las mujeres, un grupo más bien mustio, y con Traz Onmale, que pasaba gran parte de las mañanas con Reith, hablando, inspeccionando sus ropas, enseñándole el idioma Kruthe. Este era muy regular sintácticamente, pero resultaba difícil por su gran cantidad de tiempos, modos y aspectos.
Mucho después de que Reith fuera capaz de expresarse, Traz Onmale, a la típica manera de su edad, seguía aún corrigiéndole e indicándole nuevas sofisticaciones del uso del lenguaje. El planeta, supo Reith, se llamaba Tschai; las lunas eran Az y Braz. Los miembros de la tribu se llamaban a sí mismo Kruthe u «Hombres Emblema», por las insignias de plata, cobre, piedra y madera que llevaban en sus sombreros. El status de un hombre era establecido por su emblema, que era reconocido en sí mismo como una entidad semidivina con un nombre, una historia detallada, una idiosincrasia y un rango. No era exagerado decir que, en vez de ser el hombre que lo llevaba el que controlaba el emblema, era este último el que controlaba al hombre, puesto que le daba su nombre y su reputación, y definía su papel tribal. El emblema más dignificado era el Onmale, llevado por Traz, que antes de adoptar el emblema había sido un muchacho normal en la tribu. El Onmale era la encarnación de la sabiduría, la habilidad, la resolución y la indefinible virtu Kruthe. Un hombre podía heredar un emblema, tomar posesión de él tras matar a su anterior poseedor, o fabricarse un nuevo emblema. En este último caso, el nuevo emblema no contenía ninguna personalidad o virtu hasta que había participado en hazañas notables y adquirido así un status. Cuando un emblema cambiaba de manos, el nuevo propietario asumía, lo quisiera o no, la personalidad del emblema. Algunos emblemas eran mutuamente antagonistas, y un hombre que entraba en posesión de uno de ésos se convertía inmediatamente en el enemigo del poseedor del otro. Algunos emblemas tenían miles de años de antigüedad, con complejas historias; algunos eran aciagos y llevaban consigo la predestinación de su destino; otros impulsaban a su portador a la valentía o a alguna especie de frenesí destructor. Reith estaba seguro de que su
percepción de las personalidades simbólicas era pálida y gris comparada con la intensidad de la comprensión de los propios Kruthe. Sin su emblema, el hombre de la tribu era un hombre sin rostro, sin prestigio ni función. Eso era lo que Reith no tardó en comprender acerca de sí mismo: no era más que un siervo o una mujer, dos palabras que en el idioma kruthe eran una sola.
Curiosamente, o así se lo parecía a Reith, los Hombres Emblema creían que él procedía de una región remota de Tschai. En vez de respetarle por su presencia a bordo de la nave espacial, lo consideraban un subordinado de alguna raza no humana desconocida para ellos, del mismo modo que los Hombres-Chasch eran subordinados de los Chasch Azules, o los Hombres-Dirdir de los Dirdir.
Cuando Reith oyó por primera vez a Traz Onmale expresar este punto de vista, rechazó indignado la idea.
—Procedo de la Tierra, un planeta lejano; y no somos gobernados por nadie.
—¿Quién construyó la nave espacial, entonces? —preguntó Traz Onmale con voz escéptica.
—Los hombres, naturalmente. Los hombres de la Tierra.
Traz Onmale agitó dubitativo la cabeza.
—¿Cómo puede haber hombres tan lejos de Tschai? Reith lanzó una risotada de amarga diversión.
—Yo mismo me he estado haciendo la misma pregunta: ¿cómo pudieron llegar los hombres a Tschai?
—El origen de los hombres es bien conocido —dijo Traz Onmale con voz fría—. Se nos enseña tan pronto como aprendemos a hablar. ¿Tú no has recibido la misma instrucción?
—En la Tierra creemos que los hombres evolucionaron de un proto-homínido, que a su vez derivaba de un mamífero más antiguo; y así hacia atrás, hasta las primeras células.
Traz Onmale miró furtivamente a las mujeres que trabajaban cerca de allí. Les hizo una brusca seña.
—Marchaos, estarnos hablando de asuntos de hombres. Las mujeres se alejaron haciendo chasquear sus lenguas, y Traz Onmale contempló disgustado su marcha.
—La locura va a extenderse por todo el campamento. Los magos se sentirán irritados. Tengo que explicarte el auténtico origen de los hombres.
Has visto las lunas. La luna rosa es Az, morada de los bendecidos. La luna azul es Braz, un lugar de tormento, donde es enviada la gente malvada y kruthsh'geir* después de su muerte. Hace mucho tiempo las lunas chocaron; miles de personas fueron arrojadas de ellas y cayeron sobre Tschai. Ahora todos deseamos regresar a Az, buenos y malos a la vez. Pero los Juzgadores, que derivan su sabiduría de los globos que llevan, separan a los hombres buenos de los malos y los envían a sus destinos apropiados.
—Interesante —dijo Reith—. ¿Qué hay de los Chasch y los Dirdir?
—No son hombres. Llegaron a Tschai desde más allá de las estrellas, del mismo modo que los Wankh; los Hombres-Chasch y los Hombres-Dirdir son híbridos impuros. Los Pnume y los Phung fueron vomitados por las grutas septentrionales. Los matamos a todos con celo. —Miró a Reith de soslayo, las cejas severamente fruncidas—. Si tú procedes de un mundo distinto a Tschai, entonces no puedes ser un hombre, y debo ordenar que te maten.
—Eso parece más bien un poco fuerte —dijo Reith—. Después de todo, yo no os he hecho ningún daño.
Traz Onmale hizo un gesto para indicar que el argumento carecía de importancia.
—Me reservo mi juicio hasta más tarde. Reith se dedicó a ejercitar sus envarados miembros y a estudiar diligentemente el idioma. Los Kruthe, supo, no tenían un habitat fijo, sino que vagaban por la enorme estepa de Aman, que se extendía por todo el sur del continente conocido como Kotan.
No sabían mucho de las condiciones existentes en otros lugares de Tschai.
Había otros continentes: Kislovan al sur; Charchan, Kachan y Rakh al otro lado del mundo. Otras tribus nómadas merodeaban por la estepa; en los pantanos y bosques al sur vivían ogros y caníbales, con una enorme variedad de poderes sobrenaturales. Los Chasch Azules estaban establecidos en el extremo oeste de Kotan; los Dirdir, que preferían un clima frío, vivían en Haulk, una península que se extendía al sur y al oeste de Kislovan, y en la costa nordeste de Charchan.
Otra raza alienígena, los Wankh, se había establecido también en Tschai, pero los Hombres Emblema sabían muy poco de ella. Nativa de Tschai
había una extraña raza conocida como los Pnume, así como sus locos parientes, los Phung, respecto a los cuales los Kruthe se mostraban reacios a hablar, bajando sus voces y mirando por encima de sus hombros cuando lo hacían.
Pasó el tiempo; días de extraños acontecimientos, noches de desesperación y añoranza de la Tierra. Los huesos de Reith empezaron a soldarse de nuevo, y nadie le impidió que explorara el campamento.
Se habían erigido como unas cincuenta chozas en la ladera de la colina al abrigo del viento, con los techos tocándose unos a otros de modo que desde el aire el conjunto pareciera un accidente más del terreno. Más allá de las chozas había un conjunto de enormes carretas a motor, camufladas bajo lonas enceradas. Reith se sintió sorprendido por el tamaño de los vehículos, y los hubiera examinado más de cerca de no ser por el grupo de cetrinos chiquillos que le seguían a todas partes, atentos a sus menores movimientos.
Captaban intuitivamente su cualidad de extranjero y se sentían fascinados por ella. Los guerreros, en cambio, lo ignoraban; un hombre sin emblema era poco más que un fantasma.
En el extremo más alejado del campamento Reith descubrió una enorme máquina montada sobre una carreta: una catapulta gigante con un brazo de casi veinte metros de largo. ¿Una máquina de asedio? En un lado había pintado un disco rosa, en el otro un disco azul: referencia, supuso, a las lunas Az y Braz.
Pasaron los días, las semanas, un mes. Reith no podía comprender la inactividad de la tribu. Eran nómadas; ¿por qué permanecían tanto tiempo en este campamento en particular? Cada día partían los cuatro exploradores, mientras sobre sus cabezas derivaba la cometa negra, alzándose y descendiendo en el aire mientras las piernas de su pequeño jinete colgaban y se agitaban como las de un muñeco. Los guerreros estaban claramente nerviosos, y ocupaban su tiempo practicando el uso de las armas. Ésas eran de tres tipos: un largo y flexible espadín con un filo cortante y un extremo punzante, como la cola de una raya; una catapulta de mano, que utilizaba la energía de cables elásticos para lanzar cortas flechas empenachadas; un escudo triangular, de unos treinta centímetros de largo y veinte de ancho en la base, con agudos ángulos y bordes afilados como una navaja, que servía adicionalmente como arma para golpear y cortar.
Reith fue atendido primero por la niña de ocho años, luego por una pequeña y encorvada vieja con un rostro como una pasa, luego por una muchacha que, de no ser por su eterno aire triste, hubiera parecido atractiva.
Tendría quizá dieciocho años, sus rasgos eran regulares, y su pelo rubio estaba normalmente lleno de paja y briznas de hierba. Iba siempre descalza, y llevaba tan sólo una especie de túnica de burda tela tejida a mano.
Un día, mientras Reith estaba sentado en un banco, la muchacha pasó junto a él. Reith la sujetó por la cintura y la hizo sentarse sobre sus rodillas.
Olía a retama y a helecho y a musgo de las estepas, y había también un ligero olor ácido a lana. La muchacha preguntó, con una voz ronca y alarmada:
—¿Qué es lo que quieres de mí? —E intentó levantarse, aunque sin demasiado entusiasmo.
Reith encontró reconfortante su cálido peso.
—Para empezar, quitarte todo esto que llevas en el pelo... no te muevas.
—Ella se relajó, mirando a Reith un poco de soslayo: desconcertada, inquieta, sumisa. Reith peinó sus cabellos, primero con sus dedos, luego con un trozo de madera. La muchacha permanecía sentada, quieta.
—Ya está —dijo finalmente Reith—. Ahora tienes mejor aspecto.
La muchacha seguía sentada, como sumida en un sueño. Finalmente se agitó, se puso en pie.
—Tengo que irme —dijo con voz apresurada—. Alguien puede ver. —
Pero dudó. Reith fue a atraerla de nuevo hacia sus rodillas, pero dominó su impulso y dejó que se marchara.
Al día siguiente la muchacha pasó de nuevo ante él, y esta vez su pelo estaba peinado y limpio. Se detuvo para mirar por encima de su hombro, y Reith pudo recordar la misma mirada, la misma actitud, en un centenar de ocasiones en la Tierra, y el pensamiento le hizo sentirse enfermo de melancolía. En su hogar, la muchacha hubiera sido calificada como hermosa; aquí en la estepa de Aman, apenas se era consciente de tales asuntos... Tendió su mano; la muchacha se le acercó, como atraída contra su voluntad, lo cual era indudablemente el caso, puesto que sabía las costumbres de su tribu. Reith puso las manos sobre sus hombros, luego en torno a su cintura, y la besó. Ella pareció desconcertada. Sonriendo, Reith preguntó:
—¿Nadie te había hecho esto antes?
—No. Pero es agradable. Hazlo de nuevo.
Reith lanzó un profundo suspiro. Bien... ¿por qué no? Oyó un ruido de pasos a sus espaldas: un golpe lo lanzó de bruces contra el suelo, seguido por una retahila de palabras demasiado rápidas como para que pudiera entenderlas. Un pie calzado con una bota se clavó en sus costillas, enviando oleadas de dolor a través de su semicurado hombro.
El hombre avanzó hacia la atemorizada muchacha, que permanecía de pie con los puños apretados contra su boca. La golpeó, la pateó, la empujó por todo el campamento, maldiciendo y barbotando insultos:
—...obscenas intimidades con un esclavo extranjero; ¿es ésa la forma en que velas por la pureza de la raza?
—¿Esclavo? —Reith se levantó del suelo del cobertizo. La palabra resonó en su mente. ¿Esclavo?