Conjura en Toledo
Capítulo I
El rey se hallaba en la sala del trono sentado frente a la chimenea, con la mirada perdida en el fuego, observando como los leños eran lentamente devorados por las llamas. La sala se encontraba casi en penumbra, siendo apenas iluminada por la sinuosa luz que proyectaban caprichosas llamas.
Mesaba pensativo su blanca melena de la que sobresalían dispersas hebras de color cobre, lejana reminiscencia de la dorada cabellera que lució en sus años de juventud. Sus ojos estaban hundidos tras unas macilentas bolsas que colgaban lacias sobre una mejilla oculta tras una frondosa y blanca barba. Wamba se hallaba cansado, abrumado por el enorme peso que cargaba sobre su extenuada espalda. Necesitaba reflexionar y, sobre todo, alejarse, aunque fueran por unos breves instantes, de las inconmensurables obligaciones que implicaba ser portador de la tiara real. Y estimaba sobremanera aquellos momentos en los que se encontraba acompañado solo de sus pensamientos, alejado de los nobles y de los clérigos que infestaban la corte de Toledo al igual que una devastadora plaga de langostas. Wamba sabía que había perdido gran parte del favor de los notables del reino. Sus decisiones, aunque las consideraba acertadas, no habían sido de su agrado.
Incluso a sus oídos llegaron rumores procedentes de las más altas instancias eclesiásticas y nobiliarias que aseguraban que la senectud propia de su edad había mermado su capacidad de entendimiento, convirtiéndose en un peligro para el país. Pero Wamba era el rey de Hispania, el legítimo monarca proclamado mediante elección por los ilustres y obispos, como dicta la ley germana, y no se dejaría amilanar por un puñado de jóvenes e impulsivos nobles o por una jauría de codiciosos obispos, ávidos de poder y fortuna. Wamba arrugó el gesto en señal de desagrado cuando a su mente afloró la imagen de alguno de dichos clérigos. Como aquellos obispos
galos, que no tardaron en apoyar el levantamiento secesionista del dux Paulo. Incluso el traidor se atrevió a cometer la intolerable insolencia de ser ungido rey de la Narbonense por Ranimiro, el clérigo que usurpó el obispado de Nimes a Aregius, al negarse este a secundar la revuelta. Una amarga sonrisa asomó a sus labios cuando recordó como, una vez sofocada la rebelión, su traicionera eminencia se arrastró cobardemente a sus pies y abrazándole las rodillas le suplicaba por su vida, alegando que el felón de Paulo le había amenazado con la muerte si no accedía a su pretensión de coronarse rey.
—Clérigos cobardes —musitó—, siempre invadidos por una insaciable sed de poder. Más preocupados en rodearse de esclavos y concubinas que en extender los Evangelios. Se arrastran como serpientes y te susurran al oído como viejas alcahuetas con el propósito de que te pliegues a sus deseos bajo la inclemente amenaza de la excomunión.
Se arrebujó en la manta pues, aunque el fuego era vigoroso, un inquietante escalofrío recorrió su cuerpo. Instintivamente miró a su espalda, esperando ver la siniestra figura de la Muerte reclamando su alma, pero se encontró con la silente imagen del comes Ervigio.
—¡Ah, sois vos, mi fiel amigo! No os había oído entrar. Venid y sentaos a mi lado. Compartid conmigo este momento de quietud y de paz, y distraedme con los rumores malintencionados que fluyen como ríos desbocados por la corte —dijo el rey, haciéndole con un gesto con la mano.
—Espero no haberos asustado, mi señor —dijo Ervigio, inclinando la cabeza.
—A mi edad hay pocas cosas que puedan asustarme y, por desgracia, aún menos que puedan satisfacerme. Me he vuelto un anciano suspicaz y cauteloso, reacio a las asambleas y celebraciones. Me siento cómodo y afortunado cuando me hayo a solas, o en compañía de buenos amigos como vos o Quirico, uno de los pocos clérigos que gozan de mi simpatía y admiración. A decir verdad, creo que siempre he exhibido un pésimo carácter.
Ervigio cogió un escabel y tomó asiento al lado del rey. El comes era un hombre de unos treinta años de edad de cabellos rubios y barba rasurada. Su rostro dibujaba rasgos bien parecidos que delataban sus orígenes griegos.
Era el hijo de Ardabasto, un magnate bizantino exiliado de Constantinopla tras la muerte del emperador Heraclio, y de Glaswintha, hermana del fallecido rey Recesvinto, quien le había favorecido con extensas posesiones y valiosos regalos, ofreciéndole incluso la mano de su hermana. Apoyado por tan insigne rey, no tardó en medrar en la corte de Toledo alcanzando la dignidad de conde palatino.
—La desconfianza y la prevención, cuando hablamos de un rey godo, no son defectos, sino estimables virtudes, pues la historia está empeñada en demostrarnos que los grandes hombres siempre aparecen acompañados de aduladores y zalameros, que prosperan bajo la sombra del monarca como las malas hierbas crecen en un huerto descuidado.
—Malas hierbas como la hiedra, que rodea el árbol en el que habita hasta que lo estrangula provocando su muerte —rezongó el rey con gesto adusto, sin apartar la mirada del fuego.
Ervigio se lamió los labios, inquieto. Aunque disfrutaba del favor del rey, es bien sabido que la voluntad de los monarcas es tan voluble como la dirección del viento durante la tempestad, y que basta el más mínimo rumor o sospecha para que la más sincera amistad se torne en el más enardecido odio y hostilidad. El conde oprimió sus sudorosas manos agradeciendo que el rey permaneciera con la mirada fija en la hoguera. Se disponía a intervenir, desviando la conversación hacia otros asuntos más cercanos a sus propios intereses, cuando el rey se le adelantó.
—Vuestro padre, Ardabasto, era un gran hombre. Sí que lo era —el rey giró su rostro y le miró—. Os concedió una esmerada formación, pues es por todos conocido que los ilustres griegos consideran que el resto de pueblos y naciones están habitados únicamente por rebaños de brutos e incapaces iletrados. No, no digáis nada. —Ervigio se disponía a protestar, pero el rey se lo impidió levantando la mano—. No le faltaba razón a vuestro padre. Este país necesita de hombres sabios y cultos, como los griegos. Es cierto que disfrutamos de la sabiduría de ciertos eruditos, como el propio arzobispo Quirico, o su prometedor asistente el presbítero Julián, o si nos alejamos un poco más en el tiempo, el arzobispo Isidoro de Sevilla o Ildefonso de Toledo. Grandes eminencias en el mundo de las letras, pero
clérigos al fin y al cabo y sus ideas no dejan de estar enmarcadas y condicionadas por el cristianismo.
A Ervigio le sorprendió que el rey pronunciara una afirmación que rondaba la blasfemia y, astuto como era, adivinó que sentía cierto resquemor hacia la Iglesia católica. Intentó aprovechar la senda abierta por Wamba, para ahondar más en la brecha que separaba a la Corona de la Iglesia.
—Mis orígenes son griegos, es cierto —comenzó a decir—, pero la sangre de los reyes godos transita vigorosa por mis venas, pues mi madre Glaswintha era hermana del rey Recesvinto e hija del rey Chindasvinto, Dios le perdone por sus infinitos pecados y terribles crímenes —añadió, contemplando con agrado como el rey sonreía, pues fue Chindasvinto, quien derrocó y decalvó al rey Tulga, el padre de Wamba—. Y me siento más godo que griego, pues aquí he nacido y entre godos me he criado. Si mi señor me permite hablar con franqueza —hizo una pausa hasta que el rey le concedió permiso con un leve asentimiento—, el poder de la Iglesia católica no ha dejado de crecer desde que el rey Recadero abrazara la fe trinitaria hace casi cien años. Con el arrianismo —prosiguió Ervigio, incorporándose del escabel y comenzando a pasear por la sala del trono, sin dejar de lanzar discretas miradas de soslayo hacia el rey, con el propósito de escrutar hasta qué punto podía desarrollar su discurso sin ofender su fe católica—, los clérigos propugnaban la Palabra de Jesucristo, pero era la palabra de un hombre, excelso y sublime bien es cierto, pero no era más que el representante de Dios Padre en la tierra. Los clérigos arrianos administraban los sacramentos y dirigían las oraciones de los fieles, pero no se inmiscuían en sus conciencias, ni criticaban sus comportamientos. No tenían autoridad para condenarles a los infiernos o salvarles de ellos. Pero ahora… —hizo una pausa y negó con la cabeza como si un profundo pesar invadiera su espíritu— los clérigos católicos se erigen como representantes de Dios, como bien se encargan de recordarnos en sus homilías y, por lo tanto, se consideran superiores al resto de los hombres. No les basta con administrar los sacramentos, sino que perseveran en dirigir nuestras conciencias, incluso en aquellos aspectos que en nada tienen que ver con la fe, amenazando con excomulgar a los que no se plieguen a sus imposiciones.
Es bien distinto sentirse poseedor de la Palabra de un hombre, como antes sucedía con los clérigos arrianos, a disfrutar de la prerrogativa de considerarse portavoz de la Palabra de Dios, como sucede ahora con los católicos. Este hecho, ha corrompido a los obispos de la Iglesia hasta el punto de considerarse por encima del monarca, como si ellos solo fueran responsables de sus excesos y atropellos ante Dios, y no ante las leyes de los hombres. El poder desmesurado corrompe la voluntad de los hombres más compasivos y piadosos, al igual que un cesto de manzanas se pudre bajo los ardientes rayos de sol.
El comes hizo una pausa escrutando hasta qué punto se habría extralimitado en su discurso, pero se relajó cuando contempló que el rey asentía levemente y arrugaba los labios meditabundo, como si estuviera rumiando sus palabras. Envalentonado al considerar que disfrutaba de la aprobación del monarca, prosiguió su arremetida contra la Iglesia católica.
—La Iglesia tiene un papel nada desdeñable en el Estado, pero no es el Estado —prosiguió—, solo el rey lo es. Aunque no sean pocos los seniores gothorum y altas dignidades del clero que opinan lo contrario —soltó un largo y sentido suspiro, y en un susurro, como si hablara para sí mismo, añadió—: Quizá nuestra Iglesia debería ser depurada desde sus cimientos, arrojando de su seno a aquellos clérigos y obispos que, amparados bajo su divina protección, cometen infames pecados y horrendos crímenes.
Lanzó al rey una mirada de soslayo y apretó los labios en un intento de ocultar la sonrisa que luchaba por asomar. Había sembrado en el monarca la semilla de la duda y de la confusión, y ahora solo debía esperar a que germinara, floreciera y le concediera el fruto que tanto ambicionaba.
—Oh, mi rey —dijo apesadumbrado, arrojándose con gesto teatral a los pies de Wamba y besando sus manos—. Os he abrumado con mis palabras.
Olvidadlas, os lo ruego.
El rey posó su mano sobre la cabeza del comes y dijo:
—En Hispania se está librando una dura y despiadada guerra entre el bien y el mal. Es una guerra muda, silenciosa, carece del estallido metálico de las espadas, los desgarradores gritos de dolor y de los salvajes aullidos de furia, que de común inundan los campos de batalla. Pero no por ello es menos cruenta. Es una guerra en la que todos, queramos o no, tomamos
parte, luchando en un bando o en otro, en virtud de nuestras decisiones y comportamientos.
El rey desvió la mirada hacia Ervigio, que continuaba postrado a sus pies, con la cabeza hundida en su brazo izquierdo mientras Wamba le acariciaba el cabello con su mano derecha como si se tratara del más fiel de sus perros de caza.
—¿Y vos, Ervigio? ¿En qué bando lucharéis?
El comes levantó el rostro y mirándole a los ojos con fría determinación, respondió:
—Siempre permaneceré junto a mi rey, pues mi señor representa la justicia y la sabiduría.
Wamba intentó escrutar en sus ojos la verdad de sus palabras, pues se trataba de un rey prudente que no regalaba sus favores a quién no considerara merecedores de ellos. Mas los ojos del conde revelaban una fidelidad inquebrantable rayando en la más profunda admiración y devoción, pues tales eran los sentimientos que Ervigio intentaba trasmitir y que el anciano rey, debido a la oscuridad que anegaba la sala del trono o a sus propios deseos, así interpretó. En el ocaso de un rey, cuando los nobles revolotean ansiosos por la corte como los buitres vuelan sobre los despojos de un animal muerto, una muestra de férrea fidelidad y de desinteresada amistad, es como un poderoso rayo de luz que espanta a tan ácigas aves, llenando de gozo y esperanza su solitario corazón.
El conde palatino apartó la vista incapaz de aguantar la mirada de Wamba y volvió a ocultar su rostro en su regazo. Pero tal gesto le pasó desapercibido al anciano rey, que continuó acariciando sus cabellos al tiempo que asentía con los ojos entornados. Su mente se hallaba más despierta que nunca y su voluntad presta a tomar determinantes decisiones que afectarían, sin lugar a duda, al devenir del reino.
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