Crónicas del ángel gris

Alejandro Dolina · Capítulo 1 de 13

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Crónicas del ángel gris

Crónicas del ángel gris

Alejandro Dolina

Crónicas del ángel gris

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Literaturas del Angel Gris

Las creencia en lo sobrenatural termina siempre siendo abolida por lasgestas racionalistas. Sin embargo, como observa Rafael Llopis, los mitos regresan del brazo del arte romántico. Pero ya no como las puras creencias que eran antes, sino como estética. Aun negados por la razón, los fantasmas se resisten a morir.

Pero deben abandonar sus pretensiones de verdad y se ven obligadas a expresarse en un plano artístico donde reconocen de antemano su condición de fantástica. Así el sentimiento, negado como creencia por la razón, niega a su vez la razón. Pero ya siendo arte, convertido en el eco de algo que ya no es, el mito pierde fuerza y se va agotando. Hasta aquí Llopis. Tal vez falta apenas un modesto condimento: el arte romántico establece un vinculo inexorable entre el creador y su obra. De este modo el artista cree redondamente en sus engendros o al menos – como pedía Coleridge –

suspende su incredulidad. Los analistas de los mitos de Flores aplican estos criterios para explicar la leyenda del Angel Gris. Es posible que los vecinos hayan creído alguna vez en la existencia cierta de este mistongo agente celestial. Los Refutadores de Leyendas se encargaron de desalojar la superstición. Y nosotros recibimos – sombra de un suspiro – los restos incompletos de una literatura de barrio que insistió en el Angel a pesar de todo. ¿Dónde ubicar a los Hombres Sensibles en estos vaivenes del pensamiento y la pasión? No es fácil decidirlo. Manuel Mandeb y sus amigos no eran ingenuos en absoluto. Sus ilusiones no terminaban en el desengaño, sino mas bien empezaban por allí. Por lo que sabemos casi nunca hablaban del Angel Gris.

Tampoco ha llegado hasta nosotros la constancia de ninguna polémica acerca del asunto. En cierto modo, esto hace sospechar una certeza. Quien no hace cuestiones sobre la existencia de algo es porque esta seguro al respecto.

Por supuesto ignoramos si tal certidumbre afirmaba o negaba al Angel de Flores.

Curiosamente, muy cerca del silencio de los Hombres Sensibles, cundieron infinidad de textos, obra de artistas del vecindario, en los que se contaban toda clase de historias en las que aparecía el ángel. De ella se ha extraído toda la información que poseemos ahora sobre esta figura desteñida, la mas importante, pero también la más lejana en los relatos de Flores.

Repasemos algunos rasgos del Angel Gris en los que coinciden la mayoría de los autores consultados. El ángel era invisible. Se sabe sin embargo, que llevaba una túnica gris y que sus alas estaban un poco sucias. Sus poderes eran escasos, como lo expresa una antigua copla: "Que puede ofrecer un ángel que no sea fantasía o algún humilde milagro de cuarta categoría." Se creía que había sido castigado por alguna transgresión. Su pecado debió haber sido también humilde, pues no había nada de satánico en sus procedimientos. Era servicial, pero todos procuraban evitar su ayuda. Por alguna razón, el Angel creía que la melancolía y el desencuentro eran cosas deseables y entonces recompensaba a sus entenados con tristezas permanentes. Se ha dicho que odiaba a los automovilistas y por eso interfería el funcionamiento de los semáforos. Siempre le gustaron las canciones tristes. A veces dictaba composiciones al músico Ives Castagnino. Las rubias de la calle Caracas han oído serenatas angelicales que parecían surgir de la sombra o de la nada. Participaba en todos los juegos del barrio. El ruso Salzman afirmaba que la probabilidad de hacer un siete en el pase ingles era dos veces mayor en Flores que en cualquier otro lugar. Carlos Menéndez, un renombrado ventajero de la calle Bolivia, juro que en diez años de actividad en todas las timbas de la barriada jamas le había tocado el siete de oros, carta que recibía con razonable frecuencia en Caseros o en Palermo. Repartía sueños desde el anochecer hasta el alba, llevando una canasta de panadero. No le estaba permitido salir de Flores.

Los duendes, los fantasmas y los demonios de otros rumbos se burlaban de el.

Sin pretensión de antología, damos a conocer seguidamente algunos textos y datos biográficos de los escritores oscuros que se ocuparon del Angel

Gris.

RICARDO PEREZ BRUNETTO:

Manuel Mandeb solía jactarse de haber olvidado la teoría de la relatividad, cuando en verdad jamas la había conocido. En el mismo sentido, Pérez Brunetto, con fingida amargura, decía que era un escritor olvidado: jamas alcanzo semejante rango. Pese a todo, algunos de sus cuentos impresionaban a sus primas hasta limites que el propio artista trato de ocultar:

CARLOS Y AMELIA:

El primer corazón lo encontró pintado en la pared del frente de su casa. En su interior, entre firuletes, se leía "Carlos y Amelia". Aunque se llamaba Carlos no se dio por aludido, pues no conocía ninguna Amelia. El segundo lo impresiono un poco mas. Estaba dibujado a dedo limpio en la vidriera del bar "Tío Fritz." Al tercer corazón comprendió que el asunto lo concernía. Se le apareció de repente al despegar del ropero una foto de Laura Hidalgo.

Después empezó a encontrar corazones por todas partes: en el baño de la cancha de Velez, detrás del almanaque de una tintorería, en un cuaderno viejo y en un árbol de la plaza a una altura impracticable para cualquier enamorado.

No le costo nada sospechar algo prodigioso. Ninguno de sus amigos tenia ingenio ni tesón para una broma semejante. El ultimo corazón se presento en un barrilete que acababa de arriar y que carecía de toda inscripción al ser remontado.

Lo habían dibujado en el cielo.

Días mas tarde, Carlos conoció a Amelia. Era hermosa pero triste y fría.

Ahorraremos tramites literarios si decimos que se enamoro de ella.

Averiguo donde vivía, fingió encuentros casuales, trato de interesarla de cien diferentes maneras. Finalmente le confeso su amor, suplico, se humillo,

pero la mujer no le presto atención. No debe haber existido jamas un rechazo tan inapelable como aquel.

Después ya no aparecieron nuevos corazones. Carlos no vio a Amelia nunca mas, pero por su culpa envejeció sin amores. Un día supo por una bruja que el Angel Gris prepara estos sucesos para que algunos privilegiados vivan la rara experiencia del amor imposible. Y una tarde, paseando frente a la casa abandonada de la mujer terca, descubrió la borrosa sombra de un corazón pintado bajo la ventana. Entre firuletes se leía "Amelia y Ernesto."

RUBEN DI LEO:

Centro delantero del club Empalme San Vicente. No era literato, pero escribió un extenso volumen titulado Mis mejores Jugadas, en el que relata con estilo insufrible mas de mil quinientas acciones futbolísticas en las que aparece como protagonista.

Una de ellas tiene cierto interés para nosotros: JUGADA 304 Perrone pateo el corner desde la izquierda. Perdíamos uno a cero y faltaban dos minutos.

El tiro le salió demasiado alto. Yo estaba en el área, pero ni pense en saltar.

De pronto sentí que unas manos ardientes me tomaban de la cintura y me elevaban por el aire. Así alcance una altura fenomenal, casi un metro por encima de los defensores. Misteriosamente mi cabeza choco con la pelota.

Las manos me soltaron y caí despatarrado. Me aprecio escuchar el rumor de unas alas, pero fue mucho mas fuerte el grito de gol de la tribuna.

Desde ese día, cuando hay un corner trato de patearlo yo.

IVES CASTAGNINO:

El mas famoso de los músicos de Flores y de Palermo. El vals que transcribiremos fue dictado, según dicen, por el propio Angel que además solía cantarlo al hacer cada noche la entrega domiciliaria de sueños: El reparto de sueños (Fragmento) Sueños rojos, azules y verdes, Tengo sueños de todos los colores. Sueños blancos y sueños rosados Para todas las

pibas de Flores.

Hay un sueño, tan largo Que al soñarlo se escapa la vida. Y uno corto que es como un suspiro Quien lo sueña, sueña que suspira.

En esta canasta yo traigo, señores los sueños famosos del barrio de Flores.

Tengo un sueño, dorado, imposible, Tan hermoso que todos lo quieren Y

otro negro, perverso y terrible: El que no se despierta se muere.

Tengo aquí, para dar a los pobres Lujosísimos sueños reales. Son los mismos que sueñan los reyes, al soñar somos todos iguales.

En esta canasta yo traigo, señores, los sueños famosos del barrio de Flores.

LUNCHEON TICKET:

Seudónimo anglófilo que utilizaba el Dr. Pelagio Faggiolo para escribir novelas policiales. En sus relatos es elementalmente sencillo descubrir al asesino en virtud de los tempranos adjetivos que se le propinan. (Por ejemplo: el infame señor Galveston.) LOS SEIS QUE SE SIGUEN: Harry, el ladrón simpático, estaba cercado. Los seis detectives mas ilustres del mundo estaban en la ciudad, convocados para darle caza. Philo Vance, J.G.

Reeder, Ellery Queen, Philip Marlowe, Sherlock Holmes y el padre Brown pronto empezaron su trabajo. Sin embargo, el Angel Gris de Brooklyn acudió en su ayuda.

Vance recibió una orden misteriosa e inapelable para que siguiera a Reeder.

A Reeder se le ordeno seguir a Queen. Queen recibió ordenes de seguir a Marlowe. A Marlowe le ordenaron seguir a Holmes. A Holmes le dijeron que siguiera al padre Brown. Finalmente el padre Brown fue comisionado para seguir a Vance. A las pocas horas los seis estaban inmóviles en una plaza acechándose mutuamente y esperando un primer paso que nadie iba a

dar. Harry, el ladrón simpático, cometió algunos delitos y después comenzó una nueva vida en un país lejano. Los seis detectives siguen en Brooklyn, atascados como universo inmóvil que espera una Voluntad.

NITO D'ALESIO:

Literato aficionado de Monte Castro. Fue empleado municipal, como lo permiten colegir sus manuscritos, siempre estampados en el revés de formularios de la intendencia.

LA CALLE DEL BIEN Y DEL MAL:

Como bien lo sabemos, la cuadra del Angel Gris esta en la calle Artigas entre Bogota y Bacacay. Sucede allí algo muy particular: en una de las veredas no es posible ser bueno. En la otra es imposible ser malo. Una noche pase con una muchacha rubia por la vereda oeste. La arrincone en un umbral oscuro, la bese con pasión y logre poseerla allí mismo. Después cruzamos la calle. Y mientras caminábamos por la vereda oriental, le pedí que me olvidara y la abandone para siempre. En la cuadra del Angel Gris hay dos veredas. En una no es posible ser bueno, en la otra no se puede ser malo. Aun no tengo decidido cual es cual. Hay en nuestro poder muchísimos otros escritos, todos con el mismo escaso interés.

En estos días nadie se preocupa del tema. Los Hombres Sensibles se han desparramado y las gentes razonables prevalecen en Flores y en el mundo entero.

Tal vez el propio Angel Gris, allá en los desolados campanarios, cantara esta vieja copla que convida a durar.

Los que no saben soñar dicen que nunca me han visto y hasta yo mismo sospecho que en una de esas, no existo.

Balada de la Primera Novia El poeta Jorge Allen tuvo su primera novia a la edad de doce años.

Guarden las personas mayores sus sonrisas condescendientes. Porque en la vida de un hombre hay pocas cosas mas serias que su amor inaugural.

Por cierto, los mercaderes, los Refutadores de Leyendas y los aplicadores de inyecciones parecen opinar en forma diferente y resaltan en sus discursos la importancia del automóvil, la higiene, las tarjetas de crédito y las comunicaciones instantáneas. El pensamiento de estas gentes no debe preocuparnos. Después de todo han venido al mundo con propósitos tan diferentes de los nuestros, que casi es imposible que nos molesten.

Ocupémonos de la novia de Allen. Su nombre se ha perdido para nosotros, no lejos de Patricia o Pamela. Fue tal vez morocha y linda.

El poeta niño la quiso con gravedad y temor. No tenía entonces el cínico aplomo que da el demasiado trato con las mujeres. Tampoco tenía -ni tuvo nuncala audacia guaranga de los papanatas.

Las manifestaciones visibles de aquel romance fueron modestas. Allen creía recordar una mano tierna sobre su mentón, una blanca vecindad frente a un libro de lectura y una frase, tan solo una: "Me gustás vos." En algun recreo perdió su amor y más tarde su rastro.

Despues de una triste fiestita de fin de curso, ya no volvió a verla ni a tener noticias de ella.

Sin embargo siguió queriéndola a lo largo de sus años. Jorge Allen se hizo hombre y vivió formidables gestas amorosas. Pero jamás dejó de llorar por la morocha ausente.

La noche en que cumplía treinta y tres años, el poeta supo que había llegado el momento de ir a buscarla.

Aquí conviene decir que la aventura de la Primera Novia es un mito que aparece en muchísimos relatos del barrio de Flores. Los racionalistas y los psicólogos tejen previsibles metáforas y alegorías resobadas. De ellas surge un estado de incredulidad que no es el más recomendable para emocionarse

por un amor perdido.

A falta de mejor ocurrencia, Allen merodeó la antigua casa de la muchacha, en un barrio donde nadie la recordaba. Después consultó la guía telefónica y los padrones electorales. Miró fijamente a las mujeres de su edad y también a las niñas de doce años. Pero no sucedió nada.

Entonces pidió socorro a sus amigos, los Hombres Sensibles de Flores. Por suerte, estos espíritus tan proclives al macaneo metafísico tenían una noción sonante y contante de la ayuda.

Jamás alcanzaron a comprender a quienes sostienen que escuchar las ajenas lamentaciones es ya un servicio abnegado. Nada de apoyos morales ni palabras de aliento. Llegado el caso, los muchachos del Angel Gris actuaban directamente sobre la circunstancia adversa: convencían a mujeres tercas, amenazaban a los tramposos, revocaban injusticias, luchaban contra el mal, detenían el tiempo, abolían la muerte.

Así, ahorrándose inútiles consejos, con el mayor entusiasmo buscaron junto al poeta a la Primera Novia.

El caso no era fácil. Allen no poseía ningun dato prometedor. Y para colmo anunció un hecho inquietante:

–Ella fue mi primera novia, pero no estoy seguro de haber sido su primer novio.

–Esto complica las cosas -dijo Manuel Mandeb, el polígrafo-. Las mujeres recuerdan al primer novio, pero difícilmente al tercero o al quinto.

El músico Ives Castagnino declaró que para una mujer de verdad, todos los novios son el primero, especialmente cuando tienen carácter fuerte.

Resueltas las objeciones leguleyas, los amigos resolvieron visitar a Celia, la vieja bruja de la calle Gavilán. En realidad, Allen debió ser llevado a la rastra, pues era hombre temeroso de los hechizos.

–Usted tiene una gran pena -gritó la adivina apenas lo vió.

–Ya lo sé señora… dígame algo que yo no sepa…

–Tendrá grandes dificultades en el futuro…

–También lo sé…

–Le espera una gran desgracia…

–Como a todos, señora…

–Tal vez viaje…

–O tal vez no…

–Una mujer lo espera…

–Ahi me va gustando… ¿Dónde está esa mujer?

–Lejos, muy lejos… En el patio de un colegio. Un patio de baldosas grises.

–Siga… con eso no me alcanza.

–Veo un hombre que canta lo que otros le mandan cantar. Ese hombre sabe algo… Veo también una casa humilde con pilares rosados. – ¿Qué más?

–Nada más… Cuanto más yo le diga, menos podrá usted encontrarla.

Váyase.

Pero antes pague.

Los meses que siguieron fueron infructuosos. Algunas mujeres de la barriada se enteraron de la búsqueda y fingieron ser la Primera Novia para seducir al poeta. En ocasiones Mandeb, Castagnino y el ruso Salzman simularon ser Allen para abusar de las novias falsas.

Los viejos compañeros del colegio no tardaron en presentarse a reclamar evocaciones. Uno de ellos hizo una revelación brutal.

–La chica se llamaba Gomez. Fue mi Primera Novia – ¡Mentira! – gritó Allen. – ¿Por qué no? Pudo haber sido la Primera Novia de muchos.

Entre todos lo echaron a patadas. Una tarde se presentó una rubia estupenda de ojos enormes y esforzados breteles. Resultó ser el segundo amor del poeta. Algunas semanas después apareció la sexta novia y luego la cuarta.

Se supo entonces que Jorge Allen solía ocultar su pasado amoroso a todas las mujeres, de modo que cada una de ellas creía iniciar la serie.

A fines de ese año, Manuel Mandeb concibió con astucia la idea de organizar una fiesta de ex-alumnos de la escuela del poeta.

Hablaron con las autoridades, cursaron invitaciones, publicaron gacetillas en las revistas y en los diarios, pegaron carteles y compraron masas y canapés.

La reunión no estuvo mal. Hubo discursos, lágrimas, brindis y algún reencuentro emocionante. Pero la chica de apellido Gómez no concurrió.

Sin embargo, los Hombres Sensibles -que estaban allí en calidad de colados- no perdieron el tiempo y trataron de obtener datos entre los presentes.

El poeta conversó con Ines, compañera de banco de la morocha ausente.

–Gómez, claro -dijo la chica-. Estaba loca por Ferrari.

Allen no pudo soportarlo.

–Estaba loca por mí.

–No, no… Bueno, eran cosas de chicos.

Cosas de chicos. Nada menos. Amores sin cálculo, rencores sin piedad, traiciones sin remordimiento.

El petiso Cáceres declaró haberla visto una vez en Paso del Rey. Y alguien se la había cruzado en el tren que iba a Moreno.

Nada más.

Los muchachos del Angel Gris fueron olvidando el asunto. Pero Allen no se resignaba. Inútilmente buscó en sus cajones algún papel subrepticio, alguna anotación reveladora. Encontró la foto oficial de sexto grado. Se descubrió a sí mismo con una sonrisa de zonzo. La morochita estaba lejos, en los arrabales de la imagen, ajena a cualquier drama. – ¡Ay, si supieras que te he llorado…! Si supieras que me gustaría mostrarte mi hombría… Si supieras todo lo que aprendí desde aquel tiempo…

Una noche de verano, el poeta se aburría con Manuel Mandeb en una churrasquería de Caseros. Un payador mediocre complacía los pedidos de la gente.

–Al de la mesa del fondo le canto sinceramente…

De pronto Allen tuvo una inspiración.

–Ese hombre canta lo que otros le mandan cantar.

–Es el destino de los payadores de churrasquería.

–Celia, la adivina, dijo que un hombre así conocia a mi novia…

Mandeb copó la banca.

–Acérquese, amigo.

El payador se sento en la mesa y aceptó una cerveza. Después de algunos

vagos comentarios artísticos, el polígrafo fue al asunto.

–Se me hace que usted conoce a una amiga nuestra. Se apellida Gómez, y creo que vivía por Paso del Rey.

–Yo soy Gómez -dijo el cantor-. Y por esos barrios tengo una prima.

Despues pulsó la guitarra, se levantó y abandonando la mesa se largó con una décima.

–Aca este amable señor conoce una prima mía que según creo vivía en la calle Tronador.

Vaya mi canto mejor con toda mi alma de artista tal vez mi verso resista pa'

saludar a esta gente y a mi prima, la del puente sobre el Río Reconquista.

Durante los siguientes días los Hombres Sensibles de Flores recorrieron Paso del Rey en las vecindades del río Reconquista, buscando la calle Tronador y una casa humilde con pilares rosados. Una tarde fueron atacados por unos lugareños levantiscos y dos noches después cayeron presos por sospechosos.

Para facilitarse la investigación decían vender sábanas. Salzman y Mandeb levantaron docenas de pedidos.

Finalmente, la tarde que Jorge Allen cumplía treinta y cuatro años, el poeta y Mandeb descubrieron la casa.

–Es aquí. Aquí están los pilares rosados.

Mandeb era un hombre demasiado agudo como para tener esperanzas.

–No me parece. Vámonos.

Pero Allen tocó el timbre. Su amigo permaneció cerca del cordón de la vereda.

–Aquí no es, rajemos.

Nuevo timbrazo. Al rato salió una mujer gorda, morochita, vencida, avejentada. Un gesto forastero le habitaba el entrecejo. La boca se le estaba haciendo cruel. Los años son pesados para algunas personas.

–Buenas tades -dijo la voz que alguna vez había alegrado un patio de baldosas grises.

Pero no era suficiente. Ya la mujer estaba más cerca del desengaño que de la promesa.

Y allí, a su frente, Jorge Allen, más niño que nunca, mirando por encima del hombro de la Primera Novia, esperaba un milagro que no se producía.

–Busco a una compañera de colegio -dijo-. Soy Allen, sexto grado B, turno mañana. La chica se llamaba Gómez.

La mujer abrió los ojos y una niña de doce años sonrió dentro suyo. Se adelantó un paso y comenzó una risa amistosa con interjecciones evocativas. Rápido como el refucilo, en uno de los procedimientos más felices de su vida, Mandeb se adelantó.

–Nos han dicho que vive por aquí… Yo soy Manuel Mandeb, mucho gusto.

Y apretó la mano de la mujer con toda la fuerza de su alma, mientras le clavaba una mirada de súplica, de inteligencia o quizás de amenaza.

Tal vez inspirada por los ángeles que siempre cuidan a los chicos, ella comprendió.

–Encantada -murmuró-. Pero lamento no conocer a esa persona. Le habrán informado mal.

–Por un momento pensé que era usted -respiró Allen-. Le ruego que nos

disculpe.

–Vamos -sonrió Mandeb-. La señora bien pudo haber sido tu alumna, viejo sinvergüenza…

Los dos amigos se fueron en silencio.

Esa noche Mandeb volvió solo a la casa de los pilares rosados. Ya frente a la mujer morocha le dijo:

–Quiero agradecerle lo que ha hecho…

–Lo siento mucho… No he tenido suerte, estoy avergonzada, míreme…

–No se aflija. El la seguira buscando eternamente.

Y ella contestó, tal vez llorando:

–Yo también.

–Algun día todos nos encontraremos. Buenas noches, señora.

Las aventuras verdaderamente grandes son aquellas que mejoran el alma de quien las vive. En ese único sentido es indispensable buscar a la Primera Novia. El hombre sabio debera cuidar -eso sí- el detenerse a tiempo, antes de encontrarla.

El camino está lleno de hondas y entrañables tristezas. Jorge Allen siguió recorriéndolo hasta que él mismo se perdió en los barrios hostiles junto con todos los Hombres Sensibles.

Niños, libros y lecturas Las novelas decimonónicas sobre el Imperio Romano se esfuerzan en reconstruir la época de los Césares y apenas consiguen revelar las preferencias y gustos del siglo XIX. Sucede que los cónsules, los senadores y los emperadores no pueden disimular el acento de las tertulias parisinas, por mucho que se esfuerce el escritor. Esto no debe

apuntarse como un reproche sino más bien como una fatalidad que conviene saber antes de la lectura.

Algo parecido sucede con los libros para chicos. Escritos desde un mundo diferente, suelen referir historias que suenan falsas, protagonizadas por seres lejanos e incomprensibles. Ante su propia creación, los autores suelen afectar una especiie de perpleja benevolencia, la misma que se usa en la descripción de las costumbres de los salvajes.

Alguien podrá decir que lo más conveniente es que los romanos escriban sobre el imperio, y los niños sobre la infancia. Objeción: los romanos no escriben ya y los niños no lo hacen todavía. De unos y otros nos separa el tiempo.

Puede aducirse que mientras ningún escritor actual ha sido ciudadano del Imperio, casi todos han sido niños. Sin embargo, un complicado abismo de olvidos y falsos recuerdos parece alejarnos de nuestras emociones infantiles. Los literatos que se fingen chicos no consiguen engañar a nadie.

A decir verdad, no es posible ni siquiera saber con certeza si los niños disfrutan de los libros que se les preparan.

Con mucha cautela, me atrevería a apostar que no. Evocaciones que acaso invento ahora me remiten a las historias de terror, las investigaciones de Mister Reeder, el Padre Brown y el poema A Margarita Debayle, creaciones todas que poco tienen de infantiles.

Me parece también recordar que a mis cuatro o cinco años escuchaba con mas placer La Copa del Olvido o Mi Noche Triste, que las cargosas pamplinas sobre faroleras tropezadas.

Así, menos en forma de teoría que de sospecha, postulo que un libro que entretiene a un chico debe ser capaz de hacerlo con un adulto. Desde luego, la admiración no sirve en el orden inverso: toda obra necesita una información previa por parte del lector para ser comprendida. El cuento El inmortal, de Jorge Luis Borges, resultaría incomprensible -o insulso- para

quien desconociera la existencia de Homero.

La medición de un hexámetro exige saber latín. Presiento, sin embargo, que miles de cuentos y novelas pueden ser leídos sin penuria por los chicos y sin aburrimiento por los mayores. Los ejemplos son tan contundentes que me averguenzan: La Isla del Tesoro, los cuentos de Oscar Wilde, Las Mil y una Noches, las maravillas y horrores de la mitología clásica.

Frente a estas obras, los coloridos volúmenes de las colecciones infantiles resultan bastante insípidos.

A veces me palpito que muchos de estos textos son estropeados por la intención edificante. Alguien me dijo una vez que en verdad ocurre lo contrario: la torpeza literaria desacredita la moraleja.

Manuel Mandeb, el polígrafo de Flores, sentía horror por las novelas protagonizadas por niños. Sostenía que sus comportamientos eran poco racionales, o lo que es peor, poco artísticos. Recomendaba insuflar a los pequeños personajes la mayor gravedad, pues entendía que los chicos son generalmente serios y aborrecían la socarronería.

Mandeb creía que el amor a los niños era una virtud literaria capaz de redimir cualquier defecto.

–El cariñoso esfuerzo conmueve a los pibes aunque no lo confiesen -decía.

Me parece que el hombre de Flores adivinó una gran verdad.

Cuando era chico yo sentía una emoción deliciosamente triste ante las calesitas, los circos y los caleidoscopios. No me gustaban, no me divertían.

Pero me hacían sentir una inmensa piedad por aquellas gentes, más inocentes que yo, que trataban de agradarme con ingenio modesto. De entre mis juguetes infantiles recuerdo una cimitarra de madera que me trajo mi padre. Mis juegos no incluían las gestas sarracenas, de modo que no pude sacarle mayor provecho. Pero allí estaba el amor del hombre aquel que tal vez no me comprendía.