Degenerado

Ariana Harwicz · Capítulo 1 de 2 · parte 1/4

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Degenerado

Ariana Harwicz

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Degenerado

 

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Un_Tal_Lucas 07-09-2023

Ariana Harwicz, 2019

Editor digital: Un_Tal_Lucas

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La mente es como un trineo inmundo que nos arrastra por malos caminos dejando huellas para que nos atrapen, callate y decí por qué la manoseaste, por qué la infiltraste en tu casa para enseñarle sobre las aves y las abejas. Cuando está así frente a un trofeo y más si tiene posibilidades se lo ve salido y asqueroso, como un infectado y da vueltas, vueltas, agarra las latitas de cerveza que dejaron los otros, se arrastra, se pierde, parece un chico malcriado, pero si no, le juro que suele ser un vecino ejemplar, doy fe, gendarme, un vecino sin historias, un hombre normal, si hasta fue él el que nos ayudó con toda la instalación eléctrica acá, antes esto era un chaperío. Se le cambia la cara, los ojos así todos abiertos con ronchas, parece que está viendo un expositor de pollos asados cuando le agarra, gendarme, no crea nada a su defensa, y pensar que era nuestro vecino más bueno, tengo tantas anécdotas con él, tengo fotos, videos, se los puedo mostrar, veranos juntos, no puedo creerlo, una vez nos metimos al mar y juntábamos caracolas marinas, otra vez navegamos hasta el anochecer en un velero, hicimos tantas rutas juntos en los jeeps y en camello, se la pasaba en mi jardín, comía en mis platos, bebía en mis copas, no puede ser que sea él. Yo lo veía encorvado ir y volver por la acera fijando los ojos en la luna, siempre me pareció un sospechoso. Me sacaban a mí también de la cuna en plena noche, siempre disfrazados, me sacudían como a una palmera en un tifón, me llevaban al campo vacío, oscuro, ventoso, la nieve horizontal no dejaba ver los alambrados y yo daba un grito espeluznante.

 

¿Por qué te descargaste con una que apenas empezaba a caminar? ¿Qué necesidad? Por suerte se retiró ese verano repugnante, gelatinoso, como todo este caserío, como todo este gentío oliendo a campesinos disciplinados, a pueblerinos hechos en serie, alineados, marchando débiles, asustadizos, achanchados, qué diferencia entre uno de ellos y un roedor atrapado en la despensa, el queso en el hocico, o un caballo tomando con la lengua de la pileta de plástico, nada excepto que unos tienen carnet de conducir. Por suerte los gatos empiezan a morir con la canícula y cuando llegan las heladas ya tienen los órganos severamente dañados, se tiran con un ojo en compota, rasguñan las ventanas, se dejan pisar por furgones y remolcadores. Él los dejaba del otro lado de la ventana sucumbir contra la sombra y la nieve, nosotros eso lo advertíamos pero nos parecía tolerable, señor, hay gente que siendo normal tiene sus vicios. Te vimos llegar al pueblo como un hombre cargando antorchas y palas, te vimos sembrar tus madrigales, tu huerta, construir tu aguantadero, dejarte cortejar por alguna vecina, y mirá. Por qué nos hiciste esto, todavía hay gente que te quiere, no puede ser verdad, es todo un pueblo que sufre y fue engañado. ¿Tenés avidez de todas las chicas que juegan a las escondidas en los matorrales? ¿Querés ponerles trampas para conejitos? ¿Querés ofrecerles caramelos de anís? Él las vio crecer a todas. Él vio crecer a nuestros hijos. Él estaba en los bautismos y en las salas de las parturientas, en las celebraciones en los galpones con guirnaldas y bafles. Él vio caerse a nuestros hijos en sus primeros pasos, si hasta una vez rescató a uno de lo más alto de un tobogán mientras la madre trabajaba en el centro. Las vecinas no paran de llorar desde que se supo. Afuera esperan que sea mentira, en shock, dicen que sus hijos lo adoran, le piden que les haga upa, que los haga dormir la siesta y cómo se le explica a un chico que no hay que querer, cómo se le dice, gendarme, a un chico que su vecino al que quiere es un criminal. Qué fastidio que se crean astutos al cazarme, debería haber comprado esos cristales para huracanes, conseguir buena madera en el monte que da a la salida pavimentada y tapiar para siempre todas las entradas.

 

Se instalaron afuera y me colgaron desnudo junto a un asno, te gustan los bicharracos eh, te gustan los dientitos de los cobayos y la lana de las ovejas, cuanto más peludo mejor hein, te vieron por ahí bicheando. Esperarán todo el paso de la negrura, armarán campamento y estarán cuando vuelvan mis ojos. Vamos a carbonizar tu casa, con vos adentro, con esa pianola, todo arderá. Otros en cambio me avivan al crimen, defienden mi bondad, me traen bizcochos de avena las mujeres y algunos signos de amor fanático. Ropa interior en la ligustrina, besos de rouge pegajoso en sobres de papel. Voy a decirles exactamente lo que hay en mi corazón pero antes si me dejan pasar a cerrar el corral que tengo que encender la garrafa antes del toque de queda. Estoy rodeado de pequeños mosquitos como dientes, cuando no hay viento ni llueve, todo se inunda con moscardones. Ahí husmean mi despensa y se llevan todos mis huevos calientes, mis hortalizas, los tiran contra la medianera y las rosas, pero para qué perder saliva, qué puede importar eso con los faros policíacos en el cogote. Por ahora estoy a salvo en mi cabaña, no existe música alegre como no existe una vida alegre. Miro la niebla fosca, el amor es otra cosa, no se puede controlar, miro la niebla calina, es lo que intento decirles con el cinturón de explosivos.

Una pila de gente se amontona frente a mi portón, nunca pensé que eran tantos por acá, hay más que en el último festival de música y comparsa en el día del vinicultor, más que en el mercado cuando quedan restos de pescados y se abalanzan, se les suspendieron todas las tareas domésticas o les parezco el mejor plan dominguero. Una pintada en mi pared con eso de abuso y un dibujo escabroso de burro. Otros una pancarta con un viejo fornicando una cabra tomándola de los cuernos. Esta gente tiene mucha clase. Nadie me preguntó pero yo soy filosóficamente de derecha, políticamente anarquista, a los soldados los quiero avanzando con las piernas dentro del pantano y los disparos al aire. RRRRRRRRRRR a darle a todo. La elite biempensante lee a Genet porque está bien fallecido, recuerdan a Céline y visitan su casa de campo como mausoleo porque terminó pobre, y a Kerouac pero a ese no lo aguantarían ni un solo segundo, Malcolm Lowry, lo echarían a patadas al tan adulado, desde la mirilla lo olerían y no le abrirían la puerta en una cena de navidad ni bajo orden policial. El Wild Turkey doble mientras no haga estragos, ven documentales sobre nazis y visitan el Mémorial de la Shoah en honor a los seis millones porque están sucumbidos, la historia pasada de otro siglo, la historia mentira de los bebés y los cráneos de las madres en primera línea de la fosa para ahorrar balas. Desdeñan el antisemitismo de hoy con los Juden en los negocios de St. Honoré y los tributos a los esclavos y qué mierda la esclavitud, los negros limpiando sus reposeras con la otra mano disponible. No existe la compasión como no existe la clandestinidad. Se lincha a un inmigrante de diez porque robó, lo linchan entre todos, causa común, justicia del patrón. Se apedrea, se lapida, se soba, se sodomiza. Pero eso no es lo que quiero decir. Los europeos de este nuevo siglo cómo agradecen, cómo usan de bien la fórmula, doblan lento en las curvas, se respeta la velocidad máxima y se susurra en los camarotes estos ecológicos y austeros son más basuras que los otros inadaptados sin papeles. Son más avaros que las otras razas dejando cáscaras de bananas en los pisos de las Aires d’autoroute. Y los israelitas aburguesados que callan cuando hay que callar. Pero eso no es lo que quiero decir en absoluto, perdón, hablar es una cuestión de rigor, hay que reprimir, hay que guardarse, hay que ajustar el cinto de las palabras, gobernar el timón, seleccionar lo que se piensa y tener el coraje de descartar cada palabra que no sea justa.

 

Dentro de poco vendrá el despido, el camión del correo estaciona con el motor encendido en mi puerta y no habrá más que ir a buscar el sobre con las palabras obscenas; Estimado señor, dos puntos. Me leerán el pedido formal de quitar mi puesto y me quedaré otros diez días más empollando en la mecedora hasta ser un anciano. Me resisto a terminar en ronda en un geriátrico de la periferia moviendo las manos. A la derecha, a la izquierda. A la izquierda el pasito, a la derecha. Levanto las cajas con botellas de alcohol, las dejan en mi puerta, camino hasta los basureros y a medida que avanzo a paso lento un perro detrás de una reja me ladra como si fuera un raptor, otro viene a averiguar mis olores, la caja gotea coñac sobre mi calzado y mi pantalón de corderoy. Vecinos adictos, si quieren ingerir desinfectante de la mañana hasta la noche, si quieren despertarse con la mano embutida en la ampolla que después se meten en el ano, que no las dejen en la puerta de mi casa. Tiro por las mañanas una a una las botellas por el agujero de plástico, las manos sucias y la vuelta con un dedo cortado y pestilente. Ida y vuelta tres viajes y mañana volverán a dejarme las cajas en la tranquera. De la garganta para afuera es todo tan vicioso pasados los setenta cuando el balde con tu excreción te cae, te dicen aquí estamos, abuelito, aquí está la sociedad ilustrada para ayudarte porque te amamos, con esa voz suave caes en el ahogo de que alguien más te pueda escuchar, el otro ofreciendo al veterano un buen plan financiero para el asilo, un préstamo, porque te aman, eso sí, porque te respetan, abuelo. Me lavo las manos en mi memoria y enciendo la luz por primera vez en todo el día. Me importan un comino los rezagados, mejor pasarse de la raya que quedarse corto, mejor ser colgado de las bolas y si resisto paran, y si no, al río. La delegación de Francia regida por Louis Aragon prefería a Stalin antes que a Proust, la delegación aprueba y elogia el gulag públicamente. Estoy dispuesto a morir por Stalin, si tuviéramos que darle nuestros pulmones, le daríamos nuestros pulmones. La hija diciendo si mi papá me quiere, no me importa que me odie el resto del mundo. Elegir la víctima, preparar el golpe, satisfacer una venganza e irse a dormir. Stalin formula el odio mejor que nadie, el Camarada lo inventa para su siglo, ¡gracias, camarada! Ya estoy en mi escritorio de pupilo. Afuera los vecinos hacen uso de su creatividad a favor y en contra. Los que me odian a un lado de la zanja, los que creen en mi inocencia, al otro y entre ellos la lucha campal.

 

Todo amor es un crimen pero cómo podría vivir sin eso. La niebla volvió. Era lo único que quería, una vida envejeciendo a la par y ella admirándome. A veces pienso que cuando estaba adentro en el medio de una noche ella querría abrirse rápido, abrirse la vagina de un tiro para conocerme, para ceñirme, para abortarme. ¿Alguno fue molido con una roca filosa y seca una tarde cerca del claustro?, ¿alguien ahí afuera levitó como un monje sobre un colchón de resortes en un castillo del siglo XV?, ¿quién se animó a ponerse en cuatro las rodillas grabadas en la piedra caliza esperando a que lo monte un perro? Entonces no vivieron nada, lo que es peor que ser acusado por tu village, lo que es peor que ser incriminado y salir en los noticieros del municipio. Lo que es peor que ser un extranjero hasta en la lápida. Nos tirábamos en la nevisca y entrábamos a las capillas a pedir clemencia, la felicidad existía entonces como forma pura por una única vez.

 

Voy a decirles ahora lo que hay en mi corazón, no digan que estoy achispado. No soy Julio César, no soy el Maréchal Foch, no soy ni siquiera De Gaulle, estamos de acuerdo, pero tengo coraje. Ahora que bajó, como mengua una bandera el día de luto, la tarde sobre el cielo, ahora que me tropiezo voy a salir a dar de comer en la boca a mis cobayos, a mis cuatro zorros escondidos del otro lado de la reja. Se mantienen vigilantes, son zorros mejorados de su especie, ustedes siguen atrincherados. Voy a salir con mi cinturón de explosivos. Túrnense para gritar porque no se entiende nada, vayan de a poco en el odio, prueben a increparme de a uno, un mínimo de orden pido, primero los que me quieren ver colgado, después los que proclaman el principio de inocencia, que la Ley sentencie, ja. La vejez puede ser el más rutilante y precioso resarcimiento, mírenme si no. No estoy borracho, no estoy ni meado ni cagado, no se me sale el escroto, no tengo nada postizo y el pantalón tiene el cierre en su lugar. La masa humana conjugada a su lucha por causas y reclamos sociales da una imagen exacta de la idiotez de la gente. Dejan sus papelitos en la carretera, acampan a la sombra de mis árboles, exigen justicia social con letreros y palabras floridas pero adentro del hogar son la peor lacra.

 

Salir en medio de la llovizna bol en mano con pan y otras sobras, leche perimida, restos de una masa, dando saltos sobre las baldosas para no patinar. Se ríen y aplauden cuando resbalo y caigo salvando el bol. Logro llegar a la tranquera enganchada con un alambre, dejo el bol en el pasto bilioso, los otros detrás con la boca tapada cortando la única calle del village. Esos de la rama dura no me vieron salir, si no saltarían la empalizada. Les tiro el menjunje en la boca a los cobayos en sus jaulas, no puedo vaciarles el humus insalubre, no puedo dejarlos corretear aunque se atrofien, a ver si algún policía de civil me los roba. A las gallinas les lanzo el grano desde lo alto, se vuelven locas tirándose arriba, se chocan entre ellas, pierden las alas, quedan tuertas con los parásitos a la vista. No me quedan más que tres salchichones para tirarles a mis zorritos, salten alto, así me gusta, qué guachos son, una salchicha cada uno, dije, una cada osobuco, y siempre está Glenn que se las arranca a los otros del hocico con una mordedura y los deja famélicos. No sé cómo hace para sacárselas mientras salivan, tendría que aprender de él. Si no electrificaba la verja las descogotaban a todas.

 

Los gritos siguen su curso como el ruido de una nave que se aplana, por menos un hombre despellejó la cabeza y el cuello de un cachorro de tres meses y lo tiró a la calle. Ya no podemos esperar, salí delincuente, para vos no hay mejor solución que el rifle sanitario. Llamamos a la policía. Pregúntenme bajito si puedo dormir, ¿podés dormir?, vengan a mi retiro a echar un vistazo a lo que soy, verán como no, ni después del somnífero del sexo. Darle duro al ganso y torrarse inconsciente, ni eso se puede. Delincuente, ya me voy acostumbrando a esa palabra. Deficiente, no, era delincuente. Recuerdo en la nieve una noche ponerme desnudo boca abajo para que un carro tirado por siberianos me alcance y esperar rogando, rezando en el tembleque. Pero enseguida despertar y copas emblanquecidas como molinos de hielo. Pero enseguida despertar y ser viejo. Ahora mojado y con hambre no puedo salir de mi ratonera ni a ver las banderas de los triunfantes, ni a escuchar campanadas de algún entierro al que asiste toda la región. Morirse a los noventa, morirse después de una vida ordenada, sacar la basura, meter la basura, sacar la basura, pagar impuestos y dar de comer al gato. Se saludan amables y cruzan los brazos por detrás de la espalda en los entierros de provincia, en los de ciudad se usan anteojos negros. Nada es puro, es mi única conclusión hoy. Todo lo que corrí a ver qué había, todo lo que busqué afuera, lo que haché, lo que intenté abrir la puerta de los trenes aunque me rompieran la nariz y me dejaran inconsciente en el pasillo, todo lo que me saqué la ropa con los polizontes corriéndome en los pies de las localidades, todas las veces que simulé dormir, hallazgos en campo abierto entre faisanes, los sainetes, los escupitajos, tirarme de la cama, trozar las cuerdas vocales, arrodillarme frente a los altares de otros, mi Coronel, plegarme a los valores de otros, todos los proverbios, todas las proezas en ambulancia, los miles de kilómetros de las forzadas cogidas escabrosas, las balas entre las patas y en el abdomen, la arena con los desatados, toda esa infidelidad que se acumula como grasa debajo del pavo en el Día de Acción de Gracias, todas las aventuras soñadas, todo en lo que me di, la corona rodando tan alto, toda esa promesa que el mundo me hizo era farsa.

 

Sentados en la mesa papá levantó la copa después del rezo y preguntó a mamá si sabía dónde estaba el clítoris. Bajamos la cabeza pensando que era algo malo, indecente o una enfermedad como la difteria, el tifus o pie de trinchera. Nos acordamos de ese vecino cuyo sueño era ser aviador y terminó con los dos pies amputados. Algo que tenía que ser de ellos los adultos. Después trajo un papel y un lápiz y le hizo dibujar a mamá dónde estaba el clítoris. Mamá no sabía, titubeaba, dijo, escrupulosa, por acá, por acá, por dónde, decía papá, dónde crees que está, y mamá mostró toda la zona del pubis. Papá la besó en la frente y en el pelo, risueño, sos tan tonta, tan judía, tan bobalicona. Nosotros no entendíamos nada y eso a los padres les gusta, los hijos a merced de ellos, los hijos donaciones, los hijos subvenciones, los hijos un acto de caridad. Los hijos repitiendo que la Torre Eiffel queda en China o que vivimos trescientos años, los hijos ventrílocuos de papá y mamá.

 

No puedo ver el aire pesando, allá lejos se divisan los tuertos. Voy a regalarles algo más desde el colchón. Ustedes los europeos son avaros por eso siempre fueron a la guerra porque no transan, no te ponen en el campo más profundo un mosquetero ni que las moscas te liquiden, son negadores, las Kaláshnikovs y granadas en las playas de Niza y Cannes y los críos debajo de los camiones y velitas. Estoy seguro de que esta tierra, ardor sin duración con tan pocos latidos me trajo hasta acá, aunque uno nunca termina de saber qué lo condujo. El rezagado del pueblo, el vendedor de crack del village, te lleva de la mano, te lleva para un lado y otro en zigzag, te mete adentro, te hace bailar en un bistrot y uno lo sigue tirado por un piolín. Mi vecino quería vivir sus últimos años en una cabaña instalada en su terreno privado frente al estanque y los panales de abejas, midió matemáticamente la tierra, los niveles, la presión atmosférica, calculó las inundaciones, hizo llamar a cartógrafos, buscó la mejor madera ecológica, pidió un crédito al banco, calculó los intereses, esperó con paciencia un invierno, y dos, hasta que fuera lo suficientemente cálido y la madera estuviera óptima para emprender la obra, y días después se colgó frente a su cabaña inaugurada. La prefectura informa a la familia, la mujer llega desaforada, habían puesto cintas sobre las hojas y el barranco, estaba colgado ahí, pero cubierto. Una de las hijas se desmaya pero nadie la ve, el único hijo varón con las botas de caucho mira los pies ejecutados del padre balancearse con la racha helada como en un pequeño e íntimo vals. Los copos sobre el aire. ¡No es él, no es él!, grita la viuda. ¡No es ese el cadáver! Es un error, ¿cómo saben que es él? Destápenle la cara. Encuentran en la cabaña una nota: «Lo hice porque quise».

 

Llevo diez días amurallado, al principio aseándome las axilas y rasurando la barba, al principio tirando mis desechos en bolsas y barriendo. Pero después la cera de las velas, las plumas grises de los gansos en los platos, la escarcha en los rincones y los tazones marcados de sebo de té. Ya no quiero ni un rumor dentro de mi casa, no quiero indicarles que fumo, que doy varios pasos hasta el fregadero, en qué pieza me muevo, si todavía hay latidos y presión sanguínea. Cada tanto un indigente alienta al resto y tiran piedras, atrás se acumulan como regalos de navidad las piedras que quisieron derribarme.

 

Ni un solo rastro de judíos excepto donde hay una placa conmemorativa indicando una fosa común o un muro. Un restaurante askenazí ofreciendo arenques marinados es todo lo que se me ofrece en la región. En resumen, caricatura. Esta choza, la única sinagoga en pie entre campiñas. Escribir como desde una ciudad provincial, Vilna, la Jerusalén de Lituania. Por la noche los pavimentos resbaladizos, la nevisca sucia empujada a los lados, las fachadas resplandecidas, realmente amargo este cementerio judío, ciudad avergonzada de Europa. En mi infancia la alarma cesa pero no se mueve nadie, nadie quiere salir agotado de tener que volver a entrar en fila a la sirena siguiente. Mamá ya dormía con mis hermanos en las tetas y las aureolas, yo aspiraba el vino fermentado. Papá siempre aprovechaba los bombardeos para coquetear. Yo los miraba y trataba de succionar algo. La noche era clara a pesar de todo, prometedora, yo me juraba salir a abatirlos ni bien fuera un hombre. ¿Ya soy un hombre, papá?, preguntaba. Ahora la noche es puro respirar agitado siempre dentro de una bufanda o una seda en la boca. Pero no estoy en Lituania sino en esta pocilga, los judíos gobiernan los medios, hagan reír, los gobiernan desde las cloacas. Espero una luz en el medio de la carretera como un ovni. La tierra estará regada cuando asome el crepúsculo, ya huelo la granizada que viene del soto, la impresión de caminar sobre islas flotantes como una angustia que no se va nunca. Debemos deshacernos de todo. Ya está hecho, me digo. Dejar de zumbar, tapar los huecos, mirar arriba con las manos mauritanas ahora qué mi dios, sufrir como ellos. Comienza con palabras el envejecimiento, diminutivos, sobrenombres, lástima, termina en escupidos, roturas de cadera, caídas. Estoy dispuesto a cometer un ataque, a explotar el domo, eso decía papá toqueteando muslos y caderas de sobrevivientes con algo de piel, lo que era muy infrecuente, ninguna de ellas tenía sus reglas ni usaba ropa interior, pero igual las buscaba para acariciar algo, un resto de teta, algo que quedara de alguna curva, un esternón con forma de mujer. Estoy listo, hijo, decía, pero después ni una granada, ni una toma de asalto, el que no tiene la visión de su sangre hasta las rodillas, pobre de él.

 

Mamá manejaba el Fiat 500 Topolino cuando empezamos a ir, muy tarde, a la escuela. Yo ya no me llamaba con mi nombre sino con uno más corto y neutro. Nos llevaba a los cuatro en el asiento de atrás y el más chico no bajaba. Yo casi siempre tenía los zapatos al revés, mientras subía la escalera me iba cambiando el izquierdo por el derecho pero a veces mi otro zapato lo tenía puesto mi hermano y tenía que hacerle señas por la ventana del aula o tirarle con algo para que viniera a cambiarlo. A la salida, después del pan con leche azucarada no estaba y teníamos que esperar en la esquina dentro de una quesería, el dueño al principio nos quería y yo creo que llegó a odiarnos, nos decía que fuéramos a la vereda, que le espantábamos los clientes o le manoseábamos la mercadería. Cuando mamá llegaba nos subíamos al auto sin hablar y el viaje de regreso solo mirábamos encogidos hacia afuera. El más chiquito con flema. Había pasado el día dentro del auto mientras ella espiaba a papá en una galería con negocios de sastres y modistas. Desde afuera se veía el dorado de los vitrales. Ella estacionaba el auto justo a la entrada y sin bajar la ventanilla comía con la mirada el interior, mi hermano embotado jugaba con el cordón de su zapato, lloraba y después balbuceaba y se dormía otra vez.

 

Adentro te van a coger, ¿sabés?, preparalo mojadito. Va con megáfono. Afuera somos civilizados y respetamos tu propiedad privada pero adentro te van a, ni te decimos, vas a ver. A los de tu raza hay que castrarlos no con químicos, con una sierra, es la única solución. Seguro intentás quedar libre por falta de pruebas. Te escondés y te hacés pasar por mórbido para que te bajen años, te dejás la barba blanca, acá nadie cree lo que ve. Hombres así no se curan ni siquiera si les cortan la punta, siguen hasta con las garzas, van y les dan a los bambis recién nacidos, a las avestruces en los nidos, a los dementes que andan sueltos del otro lado del río y los médanos, lo que hay que hacer es ponerlos contra un tabique y echarles picante. Los intelectuales insaciables deberían vivir entre ustedes. Pobres madres, lo que les hicieron a sus hijos, ¿imaginás a veces el sufrimiento de esos bebés? Otros me dan aliento, me reconfortan creyendo en mi normalidad y mi simpatía, me traen comida casera y me la dejan en platitos de futuro convicto al otro lado de mi puerta, se largan las apuestas a ver cuánto aguanto. Sacan fotos, me graban, me visto con sombreros y polleras acampanadas para marearlos. Olé olé, salto la ligustrina olé. Se va a pudrir, dicen unos, va a saltar por el techo como los niños en los establos quemados por los agentes, dicen otros.

 

Señor, señor, los nudillos contra el vidrio, señor, somos de la Cámara del Crimen, venimos a informarle su situación. Quiero llegar vivo al juicio para defenderme. Tengo miedo de morirme en este momento por todos los problemas de salud que tengo. No tengo atención inmediata, acá en el país de la igualdad. Abra ahora mismo. Estaba durmiendo por fin, dormir es el alivio mayor, todo es borroso y nuevo, sueño con hierba crecida entre las costillas de los judíos, a veces de tan alta tapa sus huesos, las aldeas sobrenaturales durante los bombardeos y los pabellones cayendo uno a uno en oleajes fluorescentes, las madres tiradas buscando a sus bebés mientras pierden los sentidos. Salgan de acá. No pueden meterse por la ventana ni forzar los picaportes, qué hora es. Estoy enfermo, duermo en mi propiedad, yo pagué este pedazo de granja, es mío, me interno, mejoro, regreso, estoy atacado en el sistema inmunológico, qué hora es. Tenemos que informarle su situación. Ustedes a los pacientes oncológicos no los tratan así, más bien les decoran la pieza y les ponen música, vienen los actores célebres de Hollywood disfrazados de piratas, el cáncer la enfermedad elegida por el mercado. Señor, si no colabora vamos a dar la orden de romper los vidrios. ¿La hora? Porque hasta para esto hay horas que respetar. Son casi las cinco de la madrugada y tenemos que leerle sus derechos, no queremos forzar la entrada. Léanlos desde afuera. Por favor, señor, colabore. No me hagan llamar a la policía, es muy temprano. Somos nosotros la policía. Estoy teniendo pesadillas recurrentes sentado en la cama con sudor como los vacunos cuando intuyen todo, no quiero montar un panegírico. Uno de nuestros oficiales está sobre la azotea apuntándolo, vístase y salga, no lleguemos a la violencia. No pueden irrumpir en una finca privada en medio de la noche. A ver si entiende y se viste que se acumula gente. Estoy en mi claustro. Todo el municipio está de pie un domingo con las criaturas, ¿oye los llantos?, ¿ve la cólera de la gente? Hace cero grados. Vamos a tener que entrar. La Ley es idiota en todos lados, por eso yo siempre fui un discriminador. Freud también era así, el que marca el siglo XX no es ni Marx ni Nietzsche, saben eso, ¿no? ¿Piensan en eso a menudo acá? Hay que reprimirse, si ustedes ahora mismo reprimieran su fiereza, esa gente necesitada estaría hirviendo la leche de ovino. Vamos a tener que romper las ventanas, señor, dejo constancia de que no queríamos. Ustedes también podrían haber tenido otra vida, no solo yo en calzón y con este aliento, ustedes podrían haber sido Eric Hobsbawm, Louis Pasteur y salvarles la vida a millones de millones, a los científicos que nacerán más adelante, en vez de estar en posición de inodoro detrás de esta puerta en lo profundo de la Nación. Salga ahora o la derribamos, tenemos que leerle sus derechos, por última vez. Son ustedes los criminales, que conste, se los digo, porque si no, no habría guerras, no dirán que soy el que inició las ofensivas en este continente. Todos están libres y yo con orden de captura, hay que ser un idiota para hacer eso de lo que me acusan, hay que ser idiota, no pueden sacarme con carabineros semidormidos, qué van a hacer, ¿a cada llamado los van a meter presos a todos? Vayan a los corrales, está lleno de esos que buscan. Si es tan inteligente colabore, solo le pedimos que salga. ¡Abajo, abajo! ¡Entren, mierdas! Destrozos masivos, patadas, loas y alaridos, armas reglamentarias, las dos manos detrás de la nuca. Empieza la función. La culpa es colectiva. O la asumimos todos al unísono en un coro de escuela o la negamos en bloque. Yo soy el principal responsable, si tienen deseos de acusarme, pero ustedes y esos que me incriminan no asumen su responsabilidad porque si aceptan eso, si aceptan que sus hijos ahora con pañales sobre sus regazos y los otros en la escuela ya son criminales, no podrían dormir, no hoy, nunca. Yo se lo confirmo mientras derriban mi antena parabólica, se lo confirmo a sus agentes de seguridad, se lo confirmo a esta aldea y a la otra, sus hijos son criminales.

 

No me corran, dejen todos esos papeles, por qué desarman mi colchón, qué cosa investigan adentro de la gomaespuma, si fuera mujer encontrarían excusas, con eso de las mujeres y los niños primero nos aplastan. Y largo una piña al aire pero tan débil, tan tosca que no llega a romperle la mandíbula al chico que hace de gendarme. Me duelen los nudillos, tengo los anteojos rasgados, gateo, no hurguen en mis documentos, en los libros que no publicaron. Ellos son los que tienen que probar que yo me equivoqué y no yo que tengo razón. Ya estuve recluido, nos habían robado todo, cuando volvimos en carreta a mi casa desde lejos mis hermanos señalaban el humo, ni siquiera estaba la cuna en la que habíamos empezado a vivir, ni un solo animal con tronco. Revolver escombros me parecía lo más natural, el que encontraba algo ganaba el aprecio del resto y dormía entre las tropicales y velludas piernas de mamá, tan altiva en su belleza nerviosa, el que encontraba algo tomaba los últimos restos de su nata aguada. Después tuvimos que irnos a echar sobre el forraje. El mundo es materialista y explica mal las cosas, yo me sacrifico como cuando me tiré arriba de ese coyote y evité amputaciones, pero todo el mundo opina ahora por lo bajo uy, se volvió alcohólico, uy, se volvió un viejo anómalo, no importa, un poco de arena borra todo, Francia con Luis XIV era el centro del universo, Luis se enfermaba y temblaba el mundo, eran veinticinco millones de franceses, ahora no pasa nada si calcinan toda Francia en una noche de terrorismo exaltado. No me empujen, las manos detrás del cogote, no me palpen, no van a encontrar estupefacientes ni impudicia. No van a poder plantar una bolsa con cuchillos, no van a encontrar ni un ápice de sexo.

 

Me sacan con los pies en la espuma helada, afuera los detractores victoriosos con el puño en alto y dos o tres gordas con los chicos en los hombros. Me meten en un blindado, me escoltan con la policía provinciana. Arranca, mi casa expoliada con una cinta perimetral, aquí vivió. En la vejez no queda nadie. Soy hijo de una colisión, si al menos mamá o papá pudieran venir a ver mi futuro enrejado. Chasqueás los dedos y nadie. Ni terrenos escritos y asignados por notarios en herencias, ni cartas para romper, ni casonas desertadas que visitar, ni largos pasillos, ni bicicletas oxidadas al lado de un tractor. No queda nadie que haya vivido acá. Nada por ver, no más fotos, nadie a quien dar visita en cuidados paliativos, nadie ni siquiera para descubrir algún secreto detrás de las paredes de piedra blanca, con quién se acostaba papá mientras mamá tiraba ceniza sobre la cuna, con quién deliraba mamá mientras me paría una mañana seca en la rotonda, nadie ni para escupir en las losas saqueadas del pueblo vecino. Me veo en una caminata por la noche a un pozo de agua, me veo llorar a cada paso, me veo un águila calva bajo el aguacero.

 

Agradecé que estás vivo.

No, yo no estoy vivo.

Te estamos viendo acá.

Eso es un preconcepto de ustedes.

Te estamos viendo acá delante en tus calzones.

Lo que ustedes ven es un fantasma.

Callate, fantasma.

No escucho música, no leo diarios, vivo en una especie de caverna. Si ahora entra un pitbull y les desfigura la cara ¿tengo también la culpa yo? El pitbull salió de esa puerta y simplemente los desfiguró a mordiscazos, yo no tengo nada que ver, no fui yo el que le abrió la mandíbula, el que lo incitó, ni el que parió al perro. Estoy acá en esta prisión preventiva en el fondo del agujero tan lejos de la ciudad buscando un destello que nunca puedo alcanzar. Me cargan el mote de pederasta, de islamofóbico, de evasor fiscal. Ellos mismos son los que veneran a los que provocan derrumbes para ver las ejecuciones, ellos son los que van a las corridas de toros y agarran a jovencitas por el coño.

No voy a entender nunca por qué la gente no usa la guillotina. Yo podría haber matado sin problema, matado un hombre de treinta años que se asomara a mi ventana, que chistara desde la casa vecina o se hiciera el tonto haciendo equilibrio en mi tranquera. Los niños todavía son armónicos y los viejos no existen, basta soplarles la nuca y están bajo tierra, pero uno desde los quince hasta los cincuenta podría terminar delante de mis ojos sin que se me mueva un pelo, pero son hipótesis y no actos, es toda la diferencia, no puedo ser acusado por una hipótesis. Los burgueses agonizando no me dan lástima, estaban ahí un viernes tomando cerveza y bailando death metal delante de las Kaláshnikovs en el lugar y en el momento justo. Yo trabajo para el campo del mal, para dividir mi cabeza contra la pared. ¿Quién sos para sentirte bien? Para sonreír por la mañana. La vejez se acerca y me amenaza. ¿Viví? Ahora mismo soy como una embarazada con la placenta en riesgo. Hoy las vi por las rejas, no hice otra cosa que verlas, las salamandras tienen como destino ser aplastadas al cruzar la carretera en busca de sus pequeños. Los engendran, los paren, mientras consiguen comida a la vera del camino los hijos se les van del ratio y al cruzar la carretera para encontrarlos son aplastadas dejando los bebés solos al otro lado. Siempre la carroña poscrimen hace el resto. El que levanta la cerveza y brinda la copa en sangre. No tengo nada que decirles a ellos, señora jueza. No tengo nada que decirles, señora madame, no hace falta defenderme ni desperdiciar oratoria sin haber hecho nada en lo fáctico, soy peor extranjero que los harapientos de la Little Africa, y peor padre que Josef Fritzl poniendo en el horno el bebé y simplemente quemándolo, ya me conozco todo de memoria, pero no hice nada, así que ni esperen que me largue a llorar.

 

Primer día de aislamiento penitenciario. Buscan que haya secuelas y las habrá. Fui demolido desde el inicio, desde siempre un leve soplo me empuja hacia abajo. Los hombres fornican, cometen pecado, roban trigo y salivan cuando aprenden a usar sus escopetas. Las suelas de los zapatos de las gordas con sus caninos atados al culo y al dulce. Las mejores obras fueron imaginadas en siglos sin infancia ni sexo, ahí nadie sabía quién era el padre ni si había tenido un hijo, se paría en la inmundicia, las piernas arqueadas como jinetes. Se comía y se moría en la más estricta roña, no había edad ni bien mayor que errar. Sin destinos altos ni haberes. Mear, dormir, eyacular. Darle a alguna gallina sobre la tabla de madera. Y mirar la luna. Al hombre de hoy no lo pueden despertar ni a leñazos, el hombre de hoy con armas sofisticadas y sin saber apuntar, qué broma densa, los chicos americanos al mando embadurnando las aulas con regueros de sangre. Las palabras que me oyen decir vienen de otro, hablamos y sucumbimos sin haber dicho si sigo así no llego a la edad de mis padres.

 

Abran, tengo el corazón fuera de control, te suplico después de tanto tiempo. Espero ser dado de baja con el arma de tu gusto. Puede ser falsa, apoyela sobre la mesa, sin balas, y gatillá, voy a caer igual. Desayuno frente al puerto de Dunkerque, bacon, huevos, el té, el paisaje, ya sabés, la gente busca paisaje, la gente busca músicas, torres a las que subir. Torres desde las que lanzarse directo a los cementerios. Los cuervos al alba cantan el humor de mi alma pútrida. Lloro, lloro, duermo con los zapatos en la mano como cuando tenía que bailar dando brincos en el salón para que papá y mamá dejaran de pelear. Para que dejaran de lanzarse injurias que no entendía. Estoy alistado para llorar una guerra y dos. Sigo estando vivo porque no tengo el coraje de impedirlo, después de que te requisen, sacar el bisturí y liquidarme. O dejarme acá, como las noches en las que finalmente papá te convencía a bastonazos en el cobertizo y había que escuchar los gemidos de mis progenitores. El espanto infantil. Acabo de enterarme por la radio del penitenciario de una carnicería en un hospital, llueven cuerpos en forma de diablo, cadáveres chiquillos, águilas cayendo del nido en tono elegíaco. Entraron y masacraron a cortes de machete arrasando los seis pisos con bebés enrollados a punto de asomar. El hombre pasmoso, inconcebible, antro, tártaro, réquiem. Enternecedor el mundo en la guerra del catorce, como consuelo les abrían las cabezas y cortaban los miembros. El único resguardo es un alud colgado de una arada reseca. Mil botellas cubos cisternas de tu líquido.

 

Apareció papá con bigote, hacía semanas o eran meses que no lo veía cuando asomó en la puerta de la pieza de Belleville donde vivíamos desde que llegamos a la ciudad. Al principio creo que ninguno lo reconoció, los menores se escondieron y yo me quedé mirándolo como se mira a un hombre que viene a afilar cuchillos o vender repasadores. Papá nos saludó y fue a buscarla. Ahí empezaron los chillidos, todos los otros se esfumaron pero yo me quedé. Mamá no quería que él la tocara, recuerdo que lo esquivaba, recuerdo aunque no entendía qué era huir de unas manos, por qué se zafaba de sus brazos, el cuerpo del padre morrudo abalanzado. ¿Qué alternativa tengo?, decía mamá, ¿qué alternativa me das?, y cruzaba los brazos pero después él quería irse y ella se sujetaba. No solo ellos se estaban apuntando, los menores debajo de la única cama, los menores en fila, las caras de los ahora caídos por orden.

Persiste el aislamiento, imposible saber cuántos días llevo. La tortura es el método más eficaz y universalmente aceptado, eso no lo discute nadie. En esta vida se paga y en la próxima también, te van a violar, decapitar y descuartizar a la espera de tu captura. No es nada más que el código de ética de los reos, nosotros impartimos correctivos, la venganza es la única forma de castigo que tenemos, ¿sabés? Abrirte los puntos de sutura y violarte de nuevo, tu ano manchado, los reclusos aplicamos nuestra ley, nuestra condena no como venganza, como justicia. Vas a ir al hospital, te van a cerrar los puntos y vamos a entrar a la enfermería, sacarte y volver a abrírtelos una y otra vez. Qué te pasa en la cabeza, la tocaste, le diste tu cariño morboso, te gustó más porque era negra, te ensañaste porque era negra, el europeo educado y selecto al que le brota de pronto toda la violencia aria, para eso existe la masturbación. Entrás en tu cueva y te la das. ¿Tenés todavía su gustito? Pero no le hablen así al nuevo recluso. ¿Cómo carajos quieren que le hablemos al bastardo? Y la policía tocándose los huevos. Al viejo este lo debieron haber molido allí mismo en su casa y meterle un palo hasta que goteara a ver si le gusta. Este viejo piensa que las niñas de color son una donación. Qué desgraciado no es padre no es hombre, es verdugo sin valores, no tiene temor, es parásito. Castigo con castigo se paga. Vamos a hacer como en esos parajes donde la fiesta local consiste en colgar con una soga perritos entre dos palos y después de hacerlos girar a toda velocidad cortar la soga dejándolos caer al agua.

 

Este niño parece que va a salir de un huevo de un momento a otro, como un tiburón este niño es un niño ovíparo. Así nací, del huevo de mi mamá, sacado por las garras de él. Recuerdo cuando nos desvestíamos juntos con papá en los gimnasios, su cuerpo tan grande, el mío tan nulo, él siempre limpiándome, enseñándome a vestirme, tirando de la ropa, subiendo las medias, él siempre enseñándome a esquiar sin nieve. Una sola vez nos fuimos a las manos, él trataba de hocicar a mamá y ella le corría la cara y yo me le lancé y él casi me clava.

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