Deseos Ocultos

Anne Stuart · Capítulo 1 de 5 · parte 1/3

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Deseos Ocultos

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

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Anne Stuart

Deseos Ocultos

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Capítulo 1

Elizabeth de Bredon avanzó por el gran salón del castillo de su padre con paso firme y la barbilla alzada. La pesada falda que llevaba se movía contra sus largas piernas, su pelo rojo empezaba a escapar de la fina diadema de oro que lo sujetaba, y su estado de ánimo distaba mucho de ser hospitalario.

Los hombres del príncipe William eran incluso peores que el resto de miembros de su deplorable sexo, y ya había tenido que rescatar a dos criadas y a una ayudante de cocina de sus libidinosas atenciones. Y eso teniendo en cuenta que ni siquiera había conocido aún al perverso príncipe en persona, aunque lo más probable era que estuviera ultrajando a las lecheras de su padre… o quizás a las mismas vacas.

Se recordó para sus adentros que sólo faltaba una noche más para que la seguridad del castillo dejara de ser responsabilidad suya. Afortunadamente, el convento de Santa Ana estaba sólo a unas dos noches de camino, y allí estaría a salvo durante el resto de su vida de los hombres y de sus ignominiosos deseos… o quizá no, porque los monjes que permanecían agrupados en una de las esquinas no parecían ser mucho mejores que los caballeros del príncipe William. Aunque al menos de momento no habían intentado acercarse ni a las sirvientas ni a los animales.

Se trataba de seis monjes de edades muy variadas. Uno de ellos era demasiado joven para afeitarse, y había otro tan mayor que apenas podía moverse y al que quizá le iría bien uno de sus remedios a base de hierbas; al fin y al cabo, había ayudado a calmar los dolores de Gertrude, la vieja lavandera del castillo. Aunque lo más probable fuera que el anciano se negara a aceptar nada de ella, porque sabía por experiencia que los hombres raramente la escuchaban.

Los demás monjes no tenían nada remarcable. Dos de ellos eran pálidos, blandengues y de lo más normales. Otro parecía joven y fuerte, y estaba

claro que hacía poco que había ingresado en la orden y acatado los límites que se le habían impuesto. Sólo el sexto, un hombre de ojos azules, lustrosos rizos rubios y boca casi femenina, parecía la personificación de un monje casto y callado. Poco antes la había mirado con una sonrisa de lo más dulce, y si hubiera habido algún hombre parecido por allí cerca, pero que no hubiera estado prometido a otra mujer ni a Dios, a lo mejor habría reconsiderado los planes que había trazado desde hacía mucho tiempo.

Pero sabía que eso habría sido un grave error, porque por muy gentiles que fueran los hombres y por muy dulces que fueran sus miradas y sus sonrisas, en cuanto se convertían en maridos, las mujeres pasaban a ser sus posesiones. Las cosas siempre habían sido así, y como era demasiado sensata para malgastar su energía despotricando en contra de algo que no podía cambiar, iba a limitarse a evitar que le sucediera a ella. No estaba dispuesta a encadenarse a una breve vida produciendo un hijo tras otro hasta morir por el esfuerzo, tal y como le había pasado a su madre. Quería tener soledad, fuerza y poder, y un convento podía proporcionarle todas esas cosas a una mujer que no era apta para el matrimonio.

Aun así, el hermano Matthew tenía una sonrisa preciosa que había estado a punto de lograr que reconsiderara su elección. No soportaba a los hombres, pero los niños le encantaban… y sería maravilloso tener varios hijos con la dulce expresión de aquel monje.

–¡Hija!

Elizabeth aminoró el paso al oír que su padre la llamaba desde el otro extremo del salón. Aunque la infusión que le había metido en el vino a hurtadillas servía para atenuar sus apetitos carnales, no suavizaba su temperamento colérico, así que su única defensa consistía en tomarse su tiempo; de ese modo, su padre se convencía aún más de la imbecilidad de las féminas en general, y de su única hija en particular.

Pasó por encima de un tipo dormido que no dejaba de roncar, esquivó a un perro lleno de pulgas, y siguió avanzando por el salón arrastrando los pies.

Todo el mundo decía que los tenía demasiado grandes, pero iban a juego

con su altura; además, tal y como sus cinco hermanos menores y sus amigotes habían descubierto muy pronto, eran muy útiles a la hora de pegar patadas.

Su padre estaba sentado a un lado de su puesto acostumbrado en la cabecera de la mesa, y no parecía demasiado complacido por la situación.

–¿Dónde has estado, tontorrona larguirucha? – le dijo, con orgullo paternal.

–Estaba asegurándome de que vuestros invitados estuvieran cómodos, padre

-le contestó con el paciente tono de voz que reservaba para él.

A esas alturas, su padre era el único que se atrevía a pegarle, y no tenía ningún recuerdo agradable de sus manazas. Procuraba mantenerse tan alejada de él como le era posible, y cuando no tenía más remedio que hablarle, se comportaba como una simplona. Era lo que él esperaba, y todo resultaba más fácil de esa forma.

A veces, sus propias estratagemas la divertían. Su padre estaba convencido de que todas las mujeres eran tontas, mientras que ella pensaba lo mismo del sexo masculino. A juzgar por los miembros de su propia familia, los hombres eran bobalicones, engreídos y estúpidos.

–Así que estabas asegurándote de que estuvieran cómodos, ¿no? Un saco de huesos como tú no les daría ningún bienestar -le dijo su padre con tono burlón.

–¿Acaso deseabais que les ofreciera un placer más personal, padre? – le preguntó ella con fingida inocencia.

–Nadie te querría. Además, estás prometida al convento. Es el sitio perfecto para ti, aunque me vaya a costar una fortuna. Casarme con tu madre fue el mayor error de mi vida, era una moza delgaducha y demasiado lista. No está bien que una mujer tenga sesera, al menos tú no tienes esa carga.

–Afortunadamente, en algunos aspectos me parezco a vos -le dijo Elizabeth,

con una sonrisa de lo más dulce.

Aunque el barón Osbert no se dio cuenta de que acababa de insultarlo, el hombre a su derecha, el que ocupaba el puesto de honor que por regla general estaba reservado al señor del castillo, sofocó una carcajada.

Elizabeth se había esforzado por no prestarle atención, pero como no podía seguir ignorando su presencia, se volvió ligeramente para poder ver por primera vez al tristemente famoso príncipe William.

Había oído las historias que se contaban sobre él, por supuesto. Su título era una mera cortesía, porque a pesar de que William Fitzroy era el hijo mayor del rey, era fruto de una relación extramatrimonial. Juan sin Tierra no había tenido hijos de su primer matrimonio, así que se había divorciado y se había casado con una muchacha de doce años; sin embargo, de eso ya hacía tres años, y como aún no había tenido descendencia legítima, la gente empezaba a preguntarse si William acabaría siendo nombrado heredero de la corona.

Sería una desgracia para Inglaterra que eso sucediera, porque las historias sobre William Fitzroy eran legendarias y terribles. Era un depravado, y en ese momento tenía que hacer penitencia por haber ocasionado la muerte de una joven que, para empezar, no tendría que haber estado en su cama. Si ella hubiera presenciado lo sucedido, le habría dicho lo reprobables que le parecían sus acciones… jamás se acercaría al dormitorio de un príncipe, claro, pero imaginaba lo que le habría dicho en aquellas circunstancias.

No se trataba del primer incidente relacionado con los desagradables hábitos del príncipe, pero en esa ocasión la joven pertenecía a la aristocracia y no había sido fácil aplacar a su padre, que era uno de los seguidores del rey Juan. De modo que William se dirigía al convento de Santa Ana para cumplir con su penitencia, acompañado de una guardia armada que lo protegía y de un grupo de monjes que debían asegurarse de que quedara limpio de todo pecado. Y ella tenía el dudoso privilegio de unirse al grupo, hasta llegar sana y salva junto a la reverenda madre.

En cuanto lo vio, se dio cuenta de que había hecho bien al evitar acercarse a él. No era de extrañar que hubiera dejado un rastro de lujuria y depravación

por todo el reino, ¿qué mujer podría negarle sus atenciones? Aunque al parecer el problema consistía en que varias lo habían hecho, y habían sufrido las consecuencias.

El príncipe estaba sentado con desidia en la silla de su padre, y era el ejemplo perfecto de un miembro de la realeza. Saltaba a la vista que era alto, y aunque tenía el pelo más corto de lo que se estilaba, se le ondulaba alrededor del fuerte rostro como la caricia de una amante. Tenía los ojos opacos, oscuros, casi negros, y la piel del tono dorado de un hombre que pasaba mucho tiempo al sol. A lo mejor desfloraba a las pobres vírgenes a plena luz del día.

Vestía ropa de calidad, pero extremadamente ostentosa. Tanto su túnica como sus botas de cuero estaban ribeteadas de oro, lucía un enorme anillo de rubí en la mano izquierda, y llevaba tantas cadenas de oro al cuello, que un hombre de menor tamaño habría quedado encorvado bajo su peso.

No tenía la boca de un libertino… sus labios no eran gruesos y rosados, su sonrisa no era lasciva. Era una boca fuerte en un rostro perfectamente afeitado y casi severo, y cabía preguntarse si aquel hombre sonreía alguna vez. Parecía mayor para la edad que tenía, quizá se debía al peso de sus muchos pecados. Seguramente, sólo sonreía cuando estaba atacando a jóvenes inocentes.

–Ésta es mi hija -comentó su padre sin miramientos-. No es gran cosa, pero es callada y obediente, y no os molestará durante el viaje. Dile al príncipe el gran honor que supone para ti tener su protección en el camino hacia el convento.

–Es un gran honor, mi señor.

–De modo que es callada y obediente, ¿no? Así me gustan las mujeres -

murmuró el príncipe.

Elizabeth se dio cuenta de que aquel hombre estaba mirándola con demasiado interés, y sintió que un escalofrío le recorría la espalda al oír su

voz profunda.

El barón Osbert soltó una carcajada, y comentó:

–Esta mujer no os gustará, mi señor. No merece ni vuestro tiempo ni vuestra atención.

–Todas las mujeres merecen mi tiempo y mi atención -dijo el príncipe, con sorna-. ¿Cómo os llamáis, mi señora?

¡Por todos los santos de la cristiandad! No quería que aquellos ojos oscuros y perturbadores la miraran, ni que aquel príncipe autocomplaciente se fijara en ella.

–Elizabeth -respondió su padre en su lugar-. Acércate al príncipe, tontorrona, y salúdalo con una reverencia.

No tuvo más opción que obedecer, pero tuvo cuidado de mantener la cabeza gacha; por un lado, así disimulaba un poco su altura, y por el otro, el gesto le servía para evitar que los demás pudieran leer la expresión de sus ojos.

Hasta el más lerdo de sus hermanos se habría inquietado si se hubiera dado cuenta de lo que estaba pensando.

–¿Vais a tomar el velo, lady Elizabeth? ¿Estáis convencida de que ése es vuestro destino?

Alzó la cabeza con sobresalto, y se encontró de lleno con su mirada. Por Dios, tenía los ojos más seductores que había visto en su vida, una mujer podría hundirse en ellos… si fuera una necia susceptible, y ella no lo era. Se quedó mirándolo sin poder reaccionar y se dio cuenta de que en aquellos ojos no había alegría ni maldad, aunque le pareció ver algunos fantasmas.

–No tiene elección -apostilló su padre-. Es demasiado alta y tontorrona para ser útil como esposa.

–No sabía que la inteligencia fuera un rasgo deseable en una mujer -

murmuró el príncipe, sin apartar la mirada de ella.

Su padre se echó a reír, y comentó:

–Eso es cierto, pero ¿quién querría calentarse con una huesuda como ella?

Es mucho mejor disponer de una mujer con carnes y curvas a las que agarrarse.

–Yo tengo gustos menos limitados. Si un hombre es lo bastante inteligente para observar con atención, puede encontrar un placer inimaginable en los lugares más insospechados.

Elizabeth decidió que ya había tenido más que suficiente, y alzó la barbilla en un gesto decidido.

–¿Permitís que me retire, padre? Aún tengo trabajo pendiente, y quiero despedirme de mis hermanos. Sólo Dios sabe cuándo volveremos a vernos, ya que no creo que vengan a visitarme al convento.

–No a menos que se vean obligados, y son demasiado listos para que los pillen -dijo Osbert, sin pensar en que el hombre que tenía a su lado estaba pagando el precio por haber sido pillado in fraganti-. Dudo que puedas encontrarlos. Son unos animales jóvenes y vigorosos, y esta noche estamos de celebración; sin duda están pasando un buen rato, y no querrán que su hermana mayor los moleste. Yo les diré adiós de tu parte.

–¿Estamos de celebración? – murmuró el príncipe William.

–Por el honor que nos hacéis al estar en nuestro hogar, y por la marcha de mi hija -le dijo Osbert.

–¿Tan mala es?

Elizabeth no pudo permanecer en silencio al oír el ligero tono jocoso de su voz. Siempre había tenido debilidad por los hombres capaces de reír, pero no a sus expensas.

–Entregarle un hijo a la Iglesia siempre es causa de regocijo -le dijo con sequedad.

–Sobre todo cuando no sirve para nada más -apostilló su devoto padre.

–No estoy tan seguro de eso -comentó el príncipe.

Elizabeth volvió a sentir un escalofrío de inquietud, porque su voz era casi peor que su intensa mirada. Aquel hombre hacía que tuviera ganas de echar a correr… y de derretirse.

Aunque lo de correr era lo más sensato, por supuesto.

–Me ocuparé de los hermanos, y me retiraré…

–¿A qué hermanos te refieres?, ¿a los tuyos, o a los monjes?

–Ya me habéis dicho que los míos están ocupados, y no hay duda de que tenéis razón como siempre, padre. Debo asegurarme de que los monjes estén bien servidos.

–Manteneos alejada de ellos -la voz profunda del príncipe había perdido toda suavidad. Su tono era el de un miembro de la realeza que exigía obediencia.

Elizabeth no se atrevió a contradecirlo. Hizo otra reverencia, y le dijo con recato:

–Como deseéis -lanzó una mirada por encima del hombro hacia el pequeño grupo de monjes. Algunos de ellos ya estaban dormidos en el suelo, pero el hermano Matthew, el de la sonrisa dulce y los ojos azules, estaba observándola:

–A lo mejor no sois tan adecuada para entrar en un convento, mi señora -le dijo William con voz suave-. Parece ser que ciertos hombres os llaman

demasiado la atención.

Elizabeth se volvió de golpe hacia él, y lo miró sorprendida. Había notado cierto matiz de desaprobación en su voz, como si no le hubiera hecho ninguna gracia que observara al monje. No alcanzó a entender su reacción, porque sin duda un hombre como él no tenía necesidad de acaparar la adoración de todas las mujeres.

–Acompañadme a mi habitación, lady Elizabeth -le dijo él de repente-.

Estoy cansado, y dudo que sea capaz de llegar yo solo después de tomar el excelente vino de vuestro padre.

–Estaré encantada de poner a vuestra disposición a alguna sirvienta, mi señor -Elizabeth se detuvo de inmediato. Sabía que meterse en la cama del príncipe podía resultar peligroso, y no tenía intención alguna de sacrificar a otra mujer para salvar el pellejo.

En todo caso, era dudoso que estuviera corriendo peligro. El príncipe William era un libertino experimentado y acostumbrado a mujeres hermosas, y no se sentiría atraído por alguien como ella. Como no tenía tiempo de administrarle la infusión a base de hierbas que preparaba para su padre, era una suerte que estuviera a salvo de cualquier pensamiento libidinoso que pudiera tener el hijo del rey.

–Un príncipe merece la compañía de la hija del señor del castillo -le dijo él, mientras se ponía en pie. Era un hombre alto, y aunque no era tan corpulento como algunos de los soldados de su padre, era esbelto y elegante.

Después de rodear la mesa, la tomó de la mano y le dijo con voz firme:

–Venid, mi señora. Mientras soportáis mi compañía, podéis hablarme de los pasatiempos que hay en este lugar incivilizado.

El padre de Elizabeth estaba mirándolos atónito. Ni siquiera había atinado a levantarse cuando su invitado de honor lo había hecho, y permanecía

inmóvil y con la boca abierta.

Elizabeth se sorprendió al notar lo tosca que era la mano del príncipe, porque había dado por hecho que tendría la piel suave como la de un bebé.

Aunque había oído que además de estar versado en las artes amatorias también era un soldado experimentado, y sin duda las largas horas de entrenamiento con las armas lo habían curtido.

Desde luego, no le faltaba fuerza. Antes de que su padre pudiera protestar…

o decirle que debía satisfacer a su invitado de honor, el príncipe la alejó del humo y del calor del gran salón al conducirla hacia un pasillo desierto y apenas iluminado.

–¿Por dónde tenemos que ir? – le preguntó él con calma.

–¿Adónde debo llevaros?

A Elizabeth le pareció un milagro que su voz no temblara, porque estaba a punto de dejarse arrastrar por el pánico. Aquel hombre era más corpulento y fuerte que ella, y su brutalidad era de dominio público. No estaba interesada en acostarse con un hombre tierno, pero mucho menos con un monstruo.

–A mis aposentos. Cuando lleguemos, podréis regresar a los vuestros, donde pasaréis una casta noche más bajo el techo de vuestro padre antes de desperdiciar vuestra vida en el convento. No voy a haceros ningún daño, lady Elizabeth.

A lo mejor hasta le habría creído, de no ser por la ironía que notó en su voz.

Lo observó bajo la luz tenue de las antorchas, e intentó leer su expresión.

Las sombras que bañaban su rostro hacían que pareciera tan peligroso como se rumoreaba que era, y no pudo evitar sentirse aún más inquieta.

En ese momento no podía hacer nada. Él seguía tomándola de la mano con firmeza, así que no tenía más remedio que llevarlo hacia sus aposentos y rezar para que algo lo distrajera por el cairino.

–Por supuesto, mi señor -le dijo con fingida sumisión. Echó a andar de inmediato, pero por culpa del nerviosismo se olvidó de avanzar con los pasos cortos que se consideraban adecuados para una mujer. El la siguió sin dificultad, con una gracia casi indolente.

Elizabeth sabía que sin duda lo habían alojado en las mejores habitaciones del castillo, que estaban situadas en el cálido recinto de la torre sur, y en poco tiempo recorrieron los largos pasillos. No se cruzaron con nadie… no vieron ni a criadas, ni a uno de sus hermanos, ni a algún monje que los mirara con desaprobación. Mientras avanzaban por los pasillos desiertos, se dio cuenta de que sólo contaba con su ingenio, porque nadie iba a rescatarla. Aunque parecía bastante improbable que realmente estuviera corriendo peligro.

La puerta del recinto estaba cerrada para mantenerlo caldeado, y cuando llegaron se detuvo en seco mientras pensaba a toda velocidad. Si fingía un desmayo, a William le costaría bastante levantarla del suelo a pesar de lo alto que era. Aunque como era un príncipe, sin duda no tardaría en encontrar a alguien que le ayudara, a pesar de que el título se le otorgaba por pura cortesía.

También podía darle una buena patada en la espinilla. Él le soltaría la mano por la sorpresa, y podría aprovechar la oportunidad para salir corriendo; a pesar de que él debía de ser más veloz, ella contaba con la ventaja de conocer bien el terreno y de saber dónde había escondrijos en los que podría pasarse el resto de su vida.

Aunque también podía aceptar su sino sin más. Muchas mujeres habían soportado cosas así durante siglos, y había incontables mártires que habían sido deshonradas y asesinadas. Quizás iba a convertirse en una más de las víctimas de aquel príncipe depravado, de modo que alcanzaría la santidad directamente y sin tener que pasar antes por el convento.

Por alguna razón, la idea no la reconfortó en lo más mínimo; sin embargo, mientras aún estaba intentando encontrar una vía de escape, él se limitó a soltarle la mano y le dijo:

–Ya os he dicho que no tenéis nada que temer de mí, lady Elizabeth. No tengo ninguna intención de violaros.

Ella se sonrojó, pero no sintió la gratitud que cabía esperar; de hecho, se sintió mortificada por haber sido tan tonta como para pensar que alguien como el príncipe William supondría un peligro para una pelirroja larguirucha de lengua mordaz. Ni siquiera era lo bastante mujer para tentar a los hombres más desesperados del castillo de su padre… ¿por qué iba a desearla un experto libertino, cuando había cerca otras mucho más atractivas? ¿Y por qué no sentía el alivio lógico por haberse salvado, sino cierta irritación?

A lo mejor no había corrido el más mínimo peligro. Ni siquiera consiguió adoptar la expresión vacía y ausente que solía reservar para hombres irritantes, pero asintió y comentó:

–Si deseáis algo, sólo tenéis que pedírselo a alguno de los criados.

Empezó a dar media vuelta para alejarse antes de que él pudiera cambiar de opinión, por muy improbable que fuera, pero la detuvo en seco al posar una mano sobre su hombro. Por extraño que pareciera, se sintió más perturbada al notar su contacto a través de la ropa que cuando la había tomado de la mano y habían estado piel contra piel; al fin y al cabo, no era inusual que sus manos se tocaran con las de otras personas a lo largo del día, pero era muy raro que alguien la tocara en otro sitio… y mucho más raro si se trataba de un hombre alto y apuesto como el príncipe.

–No necesitaré nada. Sin duda sabéis que en este viaje estoy de penitencia

-él esbozó una sonrisa que revelaba cierto desagrado, aunque era imposible saber si estaba dirigido hacia sí mismo o hacia la autoridad que había decretado que debía pagar por sus pecados-. Será mejor que vayáis a vuestras habitaciones, mi señora. Partiremos muy temprano, y mi escolta tiende a impacientarse.

–Sí, mi señor.

–Los monjes pueden cuidarse solos. Recordad que han hecho voto de pobreza, no necesitan que revoloteéis a su alrededor.

–Yo no revoloteo.

–Pues parecía que queríais hacerlo.

El seguía con la mano sobre su hombro, y Elizabeth sintió que la calidez de su contacto iba extendiéndose por su cuerpo de una forma desconcertante.

–Soy la señora del castillo, y hasta ahora mi propósito en la vida ha sido ocuparme de que los invitados de mi padre estén cómodos.

–Entonces, es una suerte que estéis a punto de emplear vuestros talentos en cosas más útiles. ¿Cuento con vuestra promesa?

Elizabeth lo miró sorprendida, y le preguntó:

–¿Qué queréis que os prometa?

–Que os mantendréis alejada del gran salón, que iréis a vuestros aposentos y permaneceréis allí hasta mañana. Los hombres que me acompañan no son de fiar en lo que respecta a las mujeres.

Elizabeth estuvo a punto de preguntarle si lo mismo podía decirse de él, pero decidió que ya había tentado bastante a la suerte. Además, sabía que tendría que sentirse agradecida al ver que estaba dispuesto a dejar que se fuera sin molestarla.

–Os lo prometo, mi señor. Aunque debo deciros que sobrestimáis el efecto que pueda tener en los hombres, he descubierto que estoy completamente a salvo de tales cosas.

El esbozó una sonrisa lenta y pícara completamente diferente a la beatífica del hermano Matthew y mucho más peligrosa.

–Creo que subestimáis a los hombres, mi señora. Y si no estuviera haciendo penitencia por mis pecados, estaría más que tentado de arrastraros a mis aposentos y cometer muchos más.

Cuando él posó la otra mano en su hombro y empezó a atraerla hacia sí, Elizabeth se limitó a mirarlo a los ojos y se preguntó si estaba a punto de besarla. Le habría gustado disfrutar de un beso antes de pronunciar sus votos, aunque quizás habría sido preferible que se lo diera el hermano Matthew en vez del libertino más peligroso de todo el reino.

Pero como nadie iba a desearla jamás, aquello carecía de importancia.

Permaneció inmóvil y cerró los ojos mientras él la acercaba más y más, y entonces la besó… en la frente, y sólo por un momento.

De modo que ni siquiera era bastante buena para un disoluto desesperado…

bueno, menos mal. El la soltó y se apartó casi de inmediato, pero le pareció que lo hacía con cierta renuencia.

–Buenas noches, mi señor -le dijo, mientras daba media vuelta para ocultar la irracional e intensa irritación que sentía-. Estaré lista para partir cuando lo ordenéis, espero que durmáis bien.

–Lo dudo -murmuró él, antes de entrar en sus aposentos y cerrar la puerta.

Mientras permanecía allí sola en el pasillo, Elizabeth fue incapaz de borrar la sensación de sus labios en la frente.

Una hora después, mientras estaba sentado en una silla frente al fuego, oyó el ligero ruido de la puerta al abrirse; por un instante, tuvo la esperanza de que se tratara de cierta pelirroja alta y delgada que no era tan dócil y bobalicona como quería hacer creer, pero se relajó al ver que uno de los monjes entraba y cerraba la puerta tras de sí.

–¿Te ha visto alguien?

El hermano Adrian negó con la cabeza, y contestó:

–Ni un alma. Ya tenía una excusa preparada… pensaba decir que necesitabas ayuda espiritual, y que era mi deber cristiano ayudarte.

–¿Y crees que habría recurrido al monje más joven de mi escolta para eso?, parece bastante improbable.

–No se me había ocurrido…

–No pasa nada, hermano Adrian. Simplemente, creerían que mi depravación se extiende a los de mi propio sexo, no sería la primera vez.

–Pero serías incapaz, tú no haces esas…

–No, yo no, pero el príncipe William sí. ¿Está bien acomodado para pasar la noche?

–Sí.

–¿No tiene cerca a ninguna mujer?

–No.

–Esto es más duro de lo que esperaba. Mantenlo vigilado, Adrián. No es un hombre penitente.

–Y tú lo eres demasiado -le dijo el monje.

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Capítulo 2

Elizabeth se levantó temprano. Nunca le había gustado dormir demasiado, y apenas podía esperar en el día en que iba a empezar su nueva vida. La excitación le corría por las venas, y a pesar de que ya había empaquetado sus escasas pertenencias y se había despedido de todo el mundo, se levantó antes del amanecer, se puso un vestido de un apagado tono marrón que le quedaba un poco grande, y se sentó junto a la ventana mientras el sol se alzaba sobre las colinas del este. Era el último amanecer que iba a ver desde aquella habitación, pero no sentía ni el más mínimo pesar. Habría muchos más amaneceres en otros sitios, ya había visto demasiados desde allí.

Apoyó la cabeza contra la fría pared de piedra, y observó en silencio mientras el castillo cobraba vida. Las lecheras fueron las primeras en aparecer, y a pesar de la distancia, era obvio que unas cuantas habían estado entreteniendo a los invitados. Después aparecieron los trabajadores de las cuadras, seguidos de los sirvientes. Todos ellos comenzaron a ocuparse de sus tareas, pero a pesar de que la luz del sol empezó a bañar de lleno los terrenos del castillo, ni los monjes ni los caballeros y soldados que escoltaban al príncipe hicieron acto de presencia.

Se trataba de un castillo bien organizado a pesar del carácter negligente de su padre, porque ella siempre se había esforzado para que todo funcionara bien. Sólo Dios sabía cómo estaría cuando volviera a verlo… si era que volvía por allí, claro. Incluso en un castillo pequeño como Bredon tenía que haber alguien que organizara el trabajo de la servidumbre. Hacía unos años que su padre se había dado cuenta de que las hijas, incluso las feúchas, podían ser útiles, y desde entonces había estado muy ocupada supervisando hasta el mínimo detalle de un bogar en el que había un batallón de criados.

Casi nunca tenía tiempo para sus propios intereses, como el estudio de las estrellas y de los efectos curativos de las plantas, pero se había convertido en una experta a la hora de ocuparse de las más de cincuenta personas que

vivían en el hogar de su padre.

Se preguntó quién tomaría las riendas a partir de ese día. Sin una mujer que se ocupara de organizarlo todo, lo más probable era que el castillo acabara siendo un caos… aunque sin duda su padre volvería a casarse cuando estuviera libre del efecto de la pócima que le administraba en secreto para sofocar sus deseos carnales, y sus hermanos no tardarían en hacer lo propio; de hecho, seguramente acabaría habiendo demasiadas mujeres en el castillo.

Esa era otra razón por la que tenía que irse, ya que no habría renunciado sin más al poco poder que tenía.

Sin embargo, todo eso ya no era de su incumbencia. Era posible que no regresara nunca y que no volviera a ver a su familia, y a pesar de que echaría de menos a sus incorregibles hermanos menores, no le dolía marcharse. En el convento tendría una nueva familia, un nuevo nombre y otra función en la vida, y no se arrepentía de su decisión.

Se quedó sorprendida al ver que el primero de los invitados que aparecía en el patio era el príncipe William en persona, que se dirigía hacia la cuadra. El oro de su elegante vestimenta relucía bajo la luz del sol, pero no llevaba sombrero, y le hizo gracia darse cuenta de que tenía una calvicie incipiente.

Aunque se había peinado de modo que el pelo le cubriera la cabeza, era obvio que su coronilla estaba casi tan calva como la de un monje. Era una suerte que fuera tan alto, ya que la mayoría de la gente no podía verlo desde arriba como ella en ese momento.

Aunque seguramente daría igual que fuera gordo, feo, y calvo, porque como era el único hijo de un rey, se trataba de un hombre poderoso y privilegiado al que nadie se atrevía a negarle nada. Se rumoreaba que había asesinado a varias jóvenes, pero ella no alcanzaba a entender como era posible que una mujer se atreviera a resistirse a un hombre como él.

Desde su ventana podía observarlo a placer, y se permitió ese lujo porque no tenía nada mejor que hacer. Se movía con una gracia sorprendente para ser tan alto, y sus largas piernas recorrieron en poco tiempo el amplio patio.

Se preguntó si había pasado la noche dedicado a sus entretenimientos

libertinos y ni siquiera se había molestado en dormir, o si al contrario que sus acompañantes, había pasado una noche de casto descanso en sus aposentos. No parecía un hombre especialmente casto, pero como no había oído ningún grito en medio de la noche, era de suponer que todo el mundo había sobrevivido sano y salvo.

Se quedó atónita al ver que pasaba junto a la cuadra y entraba en la pequeña capilla. Sabía que lo habían obligado a hacer aquel peregrinaje para que expiara sus pecados, pero si la mitad de las historias eran ciertas, era un hombre cruel que no respetaba a nada ni a nadie, ni siquiera a Dios.

Aunque la verdad era que la noche anterior no se había mostrado especialmente cruel; además, los hombres perversos no besaban a las mujeres en la frente, ¿no?

No tenía sentido, pero a pesar de que prefería que las cosas fueran coherentes, aquél era el menor de sus problemas. El castillo había despertado del todo y los hombres que acompañaban al príncipe ya estaban en el patio, aunque parecían menos despejados que su señor. Era hora de partir.

No vio a ningún miembro de su familia por ninguna parte, y los únicos que fueron a despedirla fueron los criados. Gertrude, la vieja lavandera, estaba llorando abiertamente, e incluso el mozo de cuadra, Wat, estaba muy afectado. Después de abrazarlos a todos mientras luchaba por contener las lágrimas, se acercó a la vieja yegua que su padre le había dado a regañadientes para el viaje.

Los hombres ya habían montado. Se sorprendió al ver que los caballos de los monjes eran especialmente finos, porque por regla general los religiosos iban en burros. A su pobre Melange iba a resultarle difícil seguirles el paso, pero era lo mejor que cabía esperar de su padre. Wat le acercó una banqueta, pero antes de que pudiera montar, se sobresaltó al oír la voz del príncipe a su espalda, porque no se había dado cuenta de que lo tenía tan cerca.

–No vais a montar en ese jamelgo patético -le dijo él con firmeza.

A Elizabeth se le había olvidado su voz. Al mirarlo tuvo que recordarse que, a pesar de sus preciosos ojos oscuros, era un hombre terrible, depravado y medio calvo.

–Es la única montura que tengo.

–He visto la cuadra de vuestro padre. Cuida mejor a sus caballos que a sus mujeres.

–Es lo que hacen la mayoría de los hombres, ¿no? – Elizabeth se mordió el labio en cuanto pronunció aquellas palabras. Hablar demasiado no era prudente, y no quería soportar el peso de aquella mirada oscura más de lo necesario.

–¡Hermano Adrian! – exclamó él por encima del hombro, sin apartar la mirada de la suya.

El monje más joven desmontó de inmediato, y se les acercó corriendo.

–¿Sí, mi señor?

–Encuéntrale una montura mejor a la señora. Si nos acompaña con esa vieja yegua, no tardará en quedarse atrás.

–No sé si el barón Osbert querrá…

–El barón Osbert no tiene ni voz ni voto. No creo que quiera contrariar a su príncipe, ¿verdad? Aunque carece de inteligencia, dudo que cometa la necedad de ofender a sus superiores.

–Por supuesto -el hermano Adrian se acercó a Wat, que estaba temblando de pies a cabeza.

–No sé lo que puedo daros, el barón nunca ha permitido que mi señora

monte demasiado -les dijo el mozo de cuadra, con voz trémula-. Tenía miedo de que echara a perder alguno de sus caballos, porque es una amazona pésima.

–Realmente sois un desastre, ¿verdad, lady Elizabeth? – le preguntó el príncipe con voz suave, sin dejar de mirarla.

–Eso me dicen a menudo -Elizabeth se negó a intentar defenderse. Montaría en cualquier caballo que le dieran, mientras la llevara hacia la nueva vida que la esperaba.

–Traedle el caballo de Anthony, él no lo necesita.

–Estoy segura de que Melange me servirá -le dijo, mientras se preguntaba qué desgracia le habría ocurrido al tal Anthony.

–Y yo estoy seguro de lo contrario. ¿Pensáis discutir conmigo?

Elizabeth contuvo las ganas de hacerlo. No habría sido correcto enfrentarse al hijo del rey, sobre todo teniendo en cuenta que tenía un temperamento inestable.

–Como deseéis, mi señor.

–Sensata elección, sabía que erais más inteligente que vuestro padre.

A pesar de que su impresionante caballo negro estaba inquieto e impaciente, el príncipe lo mantuvo bajo control sin apenas esfuerzo mientras Adrian volvía con una yegua recién ensillada.

Elizabeth miró al animal con cautela. Era más grande y enérgica que Melange, pero no podía perder el tiempo creyendo que tenía más opción que obedecer. La vida no era cuestión de elecciones, sino de saber sacar el mayor partido posible de las imposiciones que había que aguantar.

Tener que montar en un caballo con el que no estaba familiarizada ya era

bastante malo, pero hacerlo bajo la atenta mirada del príncipe merecía una protesta… hasta que se volvió hacia él y supo que no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.

Al ver que la yegua permanecía quieta con una paciencia sorprendente mientras ella luchaba por montar, rezó una silenciosa plegaria de agradecimiento para sus adentros. Sabía que el príncipe la habría ayudado si no lo hubiera conseguido por sí misma, y no quería que volviera a tocarla.

Emprendieron la marcha sin más dilación, y mientras avanzaban por la niebla matinal, lanzó una última mirada hacia atrás y contempló tanto al grupo de criados como el castillo donde había pasado sus diecisiete años de vida. Entonces se volvió de nuevo hacia delante, y le dio la espalda a su antigua vida para mirar hacia la nueva.

Se enorgullecía de no llorar nunca, ni cuando su padre la abofeteaba, ni cuando sus hermanos la llamaban espingarda, ni cuando había oído a dos de las mujeres del castillo hablando de su falta de atributos femeninos. Ni siquiera lo había hecho cuando su única oportunidad de casarse se había desvanecido, cuando su prometido había elegido a otra. Cuando se miraba en el espejo, podía verse bastante bien a pesar de lo borroso que era el reflejo. Tenía el pelo rojo, lo que se consideraba una marca del demonio. Su piel pálida se quemaba y se llenaba de pecas si se exponía a la luz del sol, era demasiado alta y delgaducha. Como tenía las caderas estrechas, era dudoso que pudiera dar a luz, de modo que carecía de utilidad. Sí, tenía unos pechos bastante generosos, pero eran una molestia que sólo servían para estorbar y para despertar de vez en cuando el interés de algún idiota; al menos, en el convento nadie les prestaría atención.

No, nunca lloraba, y se enorgullecía de su fuerza y su resistencia, pero para cuando el sol ya estaba brillando de pleno, tenía ganas de llorar por el dolor y la frustración.

En sus diecisiete años de vida, jamás se había alejado a más de medio día de distancia del castillo, y eso sólo en una ocasión, el día de su boda frustrada.

No tenía familia materna a la que visitar y su padre nunca la llevaba en sus

viajes. Llevaba sentada en aquella silla más tiempo que en toda su vida, y tenía el cuerpo entero dolorido.

–¿Os encontráis mal, mi señora?

Aquella voz suave penetró en la neblina de su autocompasión, y al alzar la mirada se encontró con los ojos azul claro del hermano Matthew. Miró hacia delante con cierto nerviosismo, pero al ver que el príncipe estaba al frente del grupo y casi fuera de la vista, esbozó una pequeña sonrisa.

–Sólo un poco cansada por el viaje -le dijo, con al menos cierta honestidad.

Se sentía tan mal, que tenía ganas de echarse a gritar, pero sabía que sería un esfuerzo inútil-. Gracias por preocuparon por mí, pero me recuperaré en cuanto nos detengamos para descansar.

Cuando el monje le devolvió la sonrisa, Elizabeth pensó que era una lástima que un rostro tan apuesto se desperdiciara en un monasterio, porque si hubiera más hombres dulces como él en el mundo real, la vida mejoraría sin duda; sin embargo, la mayoría de los esposos eran unos brutos, mientras que los hombres sensibles hacían voto de castidad… tal y como iba a hacer ella.

–No sé si el príncipe tiene intención de detenerse antes del anochecer -

comentó él.

Elizabeth no pudo contener un gemido de desesperación.

–Puedo pedirle que lo haga -añadió el noble-. Estoy seguro de que accederá, sin duda entenderá que una frágil mujer no puede aguantar este paso.

–No soy frágil -masculló ella.

En otro tiempo habría dado lo que fuese por ser una mujer frágil y delicada, pero como Dios había decidido que no fuera así, no le quedaba irás remedio que enorgullecerse de su fuerza, aunque ésta parecía haberla abandonado cuando más la necesitaba.

–Estoy bien, lo que pasa es que no estoy acostumbrada a montar durante tanto rato.

–El viaje acaba de empezar, no hace falta que el príncipe imponga un ritmo tan duro.

–A lo mejor quiere acabar pronto con su penitencia -comentó ella, mientras intentaba encontrar una postura más cómoda. La yegua soportaba su nerviosismo con paciencia, Melange habría reaccionado mucho peor.

–Sí, supongo que sí -le dijo el hermano Matthew-. A un hombre como él debe de resultarle muy duro aguantar el celibato. Tened cuidado con él, mi señora. Me preocupa que vuestro padre no os haya asignado al menos a una criada para que os acompañe, estáis en una posición muy vulnerable al ser la única mujer del grupo.

–Creo que los hombres conseguirán contenerse -comentó con ironía velada, mientras se apartaba un mechón de pelo de la cara.

–Sois demasiado confiada. Prometedme que acudiréis a mí si os sentís en peligro, haré lo que pueda por protegeros.

Elizabeth se derritió al mirar sus ojos pálidos llenos de preocupación, y se preguntó por qué no había más hombres como él, hombres tranquilos, amables y atractivos de voz suave. ¿Por qué tenía que malgastarse un hombre sin parangón como aquél en un monasterio?

Sabía que estaba blasfemando, pero al menos no había comentado en voz alta lo que estaba pensando. Servir a Dios era un honor, y ella misma había optado por la única opción viable.

El hermano Matthew se inclinó hacia ella, y posó una mano sobre la suya.

Su piel era suave, y llevaba un anillo de oro en un dedo.

–Prometedme que acudiréis a mí -insistió con urgencia.

Elizabeth se sorprendió al notar que el monje tenía la mano fría, porque el sol brillaba con fuerza. Ella era de sangre caliente, pero a pesar de que constituía toda una ventaja si se vivía en un castillo lleno de corrientes de aire, sabía que era algo inusual. Era normal que un monje tuviera la piel fría, a lo mejor su propia sangre se enfriaría cuando ingresara en el convento.

Él no la soltó, por lo que sus caballos se acercaron más y empezaron a ir a la par; sin embargo, como la montura del monje era bastante más vigorosa, Elizabeth no tardó en notar que su yegua empezaba a ponerse nerviosa. De hecho, ella misma sentía cierta desazón, aunque no habría sabido decir por qué. No supo cómo zafarse de la mano de aquel hombre tan amable con delicadeza, y se movió inquieta en la silla.

–¡Hermano Matthew! – exclamó el monje más joven, que se les había acercado.

El hermano Matthew le soltó la mano poco a poco antes de volverse hacia el recién llegado con una parsimonia casi insolente.

–¿Qué sucede, hermano Adrian?

–El príncipe William desea hablar con vos.

–Tendremos tiempo de sobra para hablar cuando nos detengamos -contestó el monje, sin apartarse de Elizabeth-. Podremos hablar de penitencias y de pecados durante la cena.

–Quiere hablar con vos ahora mismo, hermano Matthew.

–El príncipe debe aceptar que no está en un viaje de placer, sino de penitencia, de modo que sus deseos ya no son prioritarios. Hablaré con él más tarde.

Cuando el otro monje se alejó, claramente enfadado, el hermano Matthew

soltó una suave carcajada.

–¿Creéis que eso ha sido sensato? – le preguntó Elizabeth. Por mucho que le gustara la dulce sonrisa de aquel hombre, no había perdido la cordura-.

No parece prudente enojar al príncipe, a pesar de que esté haciendo penitencia; de hecho, por eso se ha visto obligado a realizar este peregrinaje, ¿no?

–Sí, pero parte de su penitencia debería consistir en oír y aceptar negativas a diario.

–¿Estáis al cargo de su penitencia?

–¿Acaso os sorprende? Sí, a mí también, porque debería ser un arzobispo por lo menos el que se ocupara de dar consejo espiritual a un príncipe, y no un simple fraile de un pequeño monasterio -le contestó él, con cierto resentimiento.

–Debéis de sentiros muy halagado por el honor que se os ha concedido.

–Preferiría que no me lo hubieran concedido -comentó él con una sonrisa angelical, antes de volver a alargar la mano hacia ella.

Elizabeth era mejor amazona de lo que todos suponían, y no le costó hacer que la yegua se alejara un poco fingiendo que le costaba dominarla. Se sintió aliviada al verse fuera del alcance de las manos frías y suaves del monje y de su sonrisa encantadora, y entonces se dio cuenta de que los demás se habían detenido y estaban desmontando; al parecer, aquel príncipe inaguantable había decidido que era humano después de todo, y que necesitaba descansar.

No tenía ninguna banqueta para poder desmontar, y aunque en circunstancias normales habría podido hacerlo sola sin dificultad, su montura era más grande que Melange, su falda estaba extendida sobre la silla, y le dolían todos los músculos ante la mera idea de bajar. Quizá sería mejor que se quedara donde estaba, porque si desmontaba tendría que

volver a subir a aquel instrumento de tortura, y no estaba segura de poder lograrlo.

Se volvió hacia el hermano Matthew pensando que quizá podría ayudarla, pero se dio cuenta de que se había alejado. El que se acercaba era alguien muy diferente, un hombre alto y moreno que le resultaba amenazador…

aunque no era de extrañar, porque sólo hacía falta mirarlo a los ojos para darse cuenta de que el príncipe William era un peligro para todas las mujeres, y eso era algo que no podían cambiar ni todas las visitas matutinas a una capilla ni todos los viajes de penitencia del mundo.

Después de desmontar con una gracia innata, el príncipe le lanzó las riendas de su caballo al hermano Adrian y se acercó a ella. No pudo evitar ponerse nerviosa, y cuando su yegua notó su reacción y empezó a retroceder con inquietud, el príncipe tomó las riendas y posó una mano en el cuello del animal. La yegua se calmó de inmediato con aquel simple gesto, y el nerviosismo de Elizabeth se acrecentó ante aquella comunicación silenciosa. Aquel hombre debía de ser sin duda un instrumento del demonio. Estaba convencida de que los animales tenían mejores instintos que los humanos, pero la yegua había confiado en él de inmediato. Si podía engañar a los animales, sin duda le resultaba fácil hacer lo mismo con las personas.

–Es hora de desmontar, lady Elizabeth. Os agarrotaréis si permanecéis demasiado tiempo a caballo.

Su preocupación llegaba un poco tarde.

–Gracias, pero estoy bien, mi señor -su falda rozaba el abrigo de lana del príncipe, y notaba su calor a pesar de las capas de ropa. Tendría que haberse sentido más poderosa al mirarlo desde encuna de la yegua, pero no era así.

–Bajad, Elizabeth.

Esa vez, se trataba de una orden. El único que estaba cerca era el hermano Adrian, que se esforzaba por fingir que no podía oír la conversación.

Elizabeth sabía que caería a sus pies si intentaba obedecer, y no estaba dispuesta a sufrir semejante humillación por ningún hombre. Se preguntó si una simple negativa le serviría de algo, y se dio cuenta de que sería una pérdida de tiempo.

–No quiero.

–Bajad.

–¡No puedo! admitió al fin-. Me caeré de bruces si intento bajar de este animal horrible, y después seré incapaz de volver a montar. Será mejor que me quede aquí hasta que nos detengamos a pasar la noche… -se calló de golpe cuando él la tomó de la cintura y la bajó de la yegua sin irás.

Le flaquearon las piernas, pero él siguió sujetándola con sus fuertes manos, y poco a poco el temblor de sus rodillas fue remitiendo y se sintió capaz de sostenerse sola. El problema era que el resto de su cuerpo seguía temblando.

–No es un animal horrible, sino una muy buena yegua, y vos lo sabéis tan bien como yo -comentó él, con un tono de voz sereno que tendría que haberla tranquilizado.

–Ya podéis soltarme.

–No quiero hacerlo.

Elizabeth no supo si lo había oído bien, porque la soltó de inmediato y retrocedió un paso. Ella agarró las riendas de la yegua y le acarició el cuello en un gesto de disculpa, pero al darse cuenta de que estaba tocándola tal y como lo había hecho antes el príncipe, se apresuró a apartar la mano.

–No, no es un animal horrible, pero es que… no estoy acostumbrada a montar durante tanto tiempo.

–Os entiendo. Podéis ir allí -le dijo él, mientras le indicaba con la cabeza

una zona de la arboleda.

–¿Para qué?

–Para aliviaron. Supongo que necesitáis hacerlo, a menos que hayáis aprendido a controlar vuestras funciones corporales tan bien como dirigíais el castillo de vuestro padre. Y dudo que queráis sumaros a los hombres.

Elizabeth Se ruborizó, pero se dio cuenta de que el príncipe tenía razón.

–Podríais haberlo dicho con más delicadeza -le espetó con voz cortante, aunque se apresuró a añadir con fingida sumisión-: mi señor.

–No me parecéis demasiado delicada, lady Elizabeth. Venga, id ya -le dijo, mientras le quitaba las riendas de la mano.

Elizabeth se dio cuenta de que había sobrestimado sus fuerzas. No tenía problema mientras permanecía quieta, pero las piernas empezaron a flaquearle en cuanto intentó dar un paso. Él la agarró del brazo de inmediato para evitar que cayera, con lo que quedaron demasiado cerca.

–Disculpadme, sólo necesito un segundo para recobrar fuerzas -le dijo, sin aliento.

–¿Queréis que os lleve?

–¡No! – la mera idea de que el príncipe la llevara a una zona solitaria de la arboleda la aterró-. Estoy bien.

Seguir: parte 2 de 3