Diario de un ladrón de oxígeno
Diario de un ladrón de ox�geno
Traducción de Eduardo Iriarte
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Para Matty
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1
Me gustaba hacer daño a chicas.
Mental, no físicamente. No he golpeado a una chica en mi vida. Bueno, una vez. Pero fue un error. Ya os lo contaré luego. El caso es que me molaba. Lo disfrutaba de verdad.
Es como cuando oyes que los asesinos en serie dicen que no lo lamentan, no sienten remordimientos por todas las personas que asesinaron. Yo era así. Me encantaba. Además, no me importaba cuánto tiempo me llevase, porque no tenía prisa. Esperaba a que estuvieran enamoradas hasta las trancas de mí. A que me miraran con ojos grandes como platos. Me encantaba ver su cara de conmoción. Luego los ojos vidriosos cuando intentaban ocultar cuánto daño les estaba haciendo. Y era legal. Creo que acabé con varias. Me refiero a sus almas. Eran sus almas lo que me interesaba. Sé que anduve cerca un par de veces. Pero no os preocupéis, me llevé mi merecido. Por eso os lo estoy contando. Se hizo justicia. El equilibrio se ha restablecido. Me pasó lo mismo a mí, solo que peor. Peor porque me pasó a mí. El caso es que ahora me siento purgado. Purificado.
He recibido mi castigo, conque no pasa nada si hablo de ello. Al menos eso creo yo.
Arrastré la culpa por mis crímenes durante años después de haber dejado de beber. No podía ni mirar a una chica, y menos aún creía merecer charlar con ninguna. O quizá no tenía más que miedo a que me calaran. Sea como fuere, después de entrar en Alcohólicos Anónimos estuve cinco años sin
besar siquiera a una chica. De verdad. Ni siquiera tomé de la mano a ninguna.
Iba en serio.
Creo que en el fondo siempre supe que tenía un problema con la bebida.
Lo que pasa es que no llegaba a reconocerlo. Bebía simplemente por el efecto que me causaba. Pero, hasta donde yo sabía, ¿no hacía todo el mundo lo mismo? Empecé a darme cuenta de que algo iba mal cuando comencé a recibir palizas. La labia siempre me metía en líos, claro. Me acercaba al tipo más grande del local, le miraba los orificios de la nariz y le llamaba maricón. Y luego, cuando me metía un cabezazo, decía: «¿A eso lo llamas tú cabezazo?». Así que el tío me golpeaba otra vez, más fuerte. La segunda vez yo no tenía tanto que decir. Una de mis «víctimas» me aplastó la cabeza contra el quemador de una cocina eléctrica. En Limerick. Villa Navajazo.
Suerte tuve de salir vivo de aquella casa. Sin embargo, lo hizo porque había estado tocándole loz huevoz porque ceceaba. Igual por eso me pasé a las chicas. Era más sofisticado, ya sabéis. Y las chicas no me partían la cara.
Solo se me quedaban mirando con cara de incredulidad y espanto.
Sus ojos, ¿sabéis?
Todos los fingimientos y las normas se difuminaban. Solo estábamos nosotros dos y el dolor. Todos aquellos momentos íntimos, todos los suspiritos, las suaves caricias, las veces que habíamos hecho el amor, las confidencias, los orgasmos, los intentos de alcanzar el orgasmo… no eran más que mero combustible. Cuanto más metidas estaban en el asunto, más preciosas las veía al llegar el momento.
Y vivía para ese momento.
Durante todo aquel periodo en Londres, trabajaba como autónomo en publicidad. De director artístico, un término contradictorio donde los haya.
Es lo que sigo haciendo hoy en día. Curiosamente, siempre he sabido
conseguir pasta. Ya cuando estudiaba bellas artes me concedieron una beca porque mi padre se acababa de jubilar, así que yo de pronto cumplía los requisitos. Y después logré un trabajo tras otro sin muchos problemas.
Nunca tuve aspecto de borracho, solo lo era, y de todos modos en aquellos tiempos la publicidad era un mundillo donde la bebida corría mucho más que hoy en día. Puesto que era autónomo, podía buscarme yo mismo la vida, por así decirlo, y me mantenía ocupado asegurándome de tener citas concertadas. En teoría, ninguna de las chicas tenía que saberlo.
Se trataba de tener una lista impresionante, de modo que cuando una chica se acercaba al punto de madurez —por lo general después de tres o cuatro citas con algunas llamadas de teléfono intercaladas—, otra entraba en escena. Entonces, cuando una iba a parar al basurero, otra nueva ocupaba su lugar. Mi método no tenía nada de raro, todo el mundo lo hacía. Pero yo lo disfrutaba muchísimo. No el sexo ni la conquista siquiera, sino causar dolor.
Fue después de mi noche de locura con Pen (enseguida me extenderé sobre eso) cuando me di cuenta de que había encontrado el nicho que me correspondía en la vida. De alguna manera era capaz de atraer a esas criaturas a mi guarida. La mitad de las veces lo que intentaba era ahuyentarlas, pero causaba justo el efecto contrario. Y el que se vieran atraídas por un mierda como yo me llevaba a detestarlas aun más que si se me rieran a la cara y se largaran. Por lo que a mi aspecto respecta, no soy nada del otro mundo, pero me dicen que tengo unos ojos preciosos. Unos ojos de los que no podría brotar nada más que la verdad.
Dicen que en realidad el mar es negro y que simplemente se refleja en él el cielo azul. Lo mismo ocurría conmigo. Os permitía reflejaros en mis ojos.
Ofrecía un servicio. Escuchaba y escuchaba sin parar. Os depositabais en mí.
Nunca nada me había parecido tan ideal. Si he de ser sincero, incluso hoy en día echo de menos hacer daño. No estoy curado, pero no me propongo dedicarme al desmantelamiento sistemático como antes. La bebida no la echo en falta ni la mitad. Ay, cómo me gustaría volver a hacer daño.
Después de aquellos tiempos excitantes oí un refrán que parece venir al caso: «Hacer daño a la gente hace daño».
Ahora veo que estaba sufriendo y quería que otros también sufrieran. Era mi manera de comunicarme. Conocía a las mujeres la primera noche y obtenía el inevitable número de teléfono y luego, después de un par de días, para que sudaran un poquito, las llamaba y fingía estar muy nervioso. Les encantaba. Las invitaba a salir, fingía que rara vez hacía «algo así» y decía que no había salido mucho por Londres porque en realidad no conocía el ambiente. Aunque eso era verdad, porque lo único que solía hacer era ponerme ciego perdido en bares de la zona de Camberwell.
Quedábamos en alguna parte. Me gustaba Greenwich, con el río, los barcos y los pubs, claro. Y tenía una atmósfera estupenda en plan novio/novia. Bonito y respetable. Yo ya estaba medio cocido antes de encontrarnos siquiera, pero me mostraba ingenioso y encantador, juvenil y trémulo. Procurando que me sintiera cómodo, sonreían y hacían algún comentario sobre mis temblores, convencidas de que estaba nervioso porque quería causar buena impresión. Si no ingería suficiente priva, todo mi cuerpo temblaba. Tenía que pedir dos Jamesons dobles en la barra por cada media pinta. Me pimplaba los Jimmys sin que ella lo viera y luego seguía con el espectáculo.
Qué maravilla.
La verdad es que no me importaba si me las llevaba a la cama o no. Solo quería un poco de compañía mientras me ponía ciego, mientras aguardaba a que brotara en mi interior la valentía suficiente para herir. Y parecían
contentas de que no intentara magrearlas. A veces lo hacía. Pero casi siempre me comportaba bastante bien. Seguía así varias citas. Entretanto, las animaba a que me hablaran de ellas.
Eso es muy importante para alcanzar luego el momento culminante.
Cuanto más confiaban e invertían en ti, más profunda era la conmoción y más satisfactorio el instante al final. Así pues, me contaban las costumbres de sus perros, los nombres de sus ositos de peluche, los cambios de humor de su padre, los miedos de su madre. ¿Me gustaban los niños? ¿Cuántos hermanos y hermanas tenía? Era una comedia de situación que debía tragarme. Pero estaba bien, porque sabía que a ella iba a borrarla del guión de la serie.
Ella hablaba y hablaba sin cesar, y yo asentía. Yo arqueaba una estratégica ceja. Sonreía cuando era necesario. Me reía a carcajadas o fingía sorpresa, lo que hiciera falta. Observaba a otros conversando y registraba sus expresiones faciales. Interés: enarca una ceja y levanta o baja la otra dependiendo de la conversación.
Atracción: procura sonrojarte. No es fácil (me ayudaba acariciar pensamientos de lo que iba a hacer más tarde). Y un sonrojo por lo general provocaba otro sonrojo a cambio. Es decir, si yo lograba sonrojarme, era más que probable que ella también se sonrojara. Comprensión: fruncir la frente y asentir con suavidad. Hechizado: ladear la cabeza y ofrecer una sonrisa de disculpa. Adoptaba esas máscaras prefabricadas en el momento adecuado. Era fácil. Era divertido. Los tíos lo hacían constantemente para pillar cacho. Yo lo hacía para vengarme. Ser Cruel con las Mujeres. Esa era mi misión. Más o menos por entonces descubrí el significado de la palabra
«misógino». Recuerdo haberme tronchado al caer en la cuenta de que casi llevaba el prefijo «miss».
Lo único que sé es que me sentía mejor cuando veía a otra persona sufrir.
Pero, naturalmente, a menudo disimulaban cuánto daño les había hecho. Sí, era un reto en sí mismo ayudarles a exteriorizar sus sentimientos, pero también era frustrante de la leche haberse tomado tantas molestias y luego no poder disfrutar de una restitución dramática. Por eso empezó a ser necesario condensarlo todo en un momento efusivo.
Sophie era del sur de Londres. Se encargaba del vestuario de Angus Brady en la comedia ¿No te alegras de verme? La conocí en una fiesta de la Escuela de Bellas Artes de Camberwell en la que me había colado. Después de ella vino aquella diseñadora —cuyo nombre sinceramente no logro recordar— a la que sin duda hice mucho daño, porque no volvió a llamarme. Es curioso, porque aunque no volví a verla ni le oí decir una sola palabra más, supe que lo había pasado mal.
¿Cómo lo sé?
Lo sé.
Estuvo Jenny. Fue la que me tiró la cerveza a la cara. Me entusiasmó haber sido quien le provocara tanta ira.
Luego vino Emily. Pero en realidad ella no cuenta porque era tan buena como yo, si no mejor, en esto, sea lo que sea. Me enamoré de ella, más o menos. Laura apareció en torno a aquella época. Era una expublicista de un grupo musical con un culo soberbio que había sobrevivido a una hija de corta edad. Una mañana desperté y allí estaba su hija de ocho años viendo cómo intentaba desenredarme de los tentáculos pecosos de su comatosa madre. Y luego, después de que me hubiera hecho sentir tan culpable que la llevé al colegio, me quedé con la sensación de que madre e hija se aprovechaban todo lo posible de los hombres que pasaban por sus vidas.
Como los americanos nativos y el búfalo, los esquimales y la foca, la madre en paro y yo.
Y la que dio pie a todo el asunto.
Penelope Arlington. Había estado saliendo con ella cuatro años y medio.
Mucho tiempo. Se había portado bien conmigo. Mejor que cualquier otra chica con la que hubiera estado. Cuando le hablaba, volvía la cabeza hacia mí y parecía abandonarse al significado de mis palabras. Eso me gustaba.
Fue solo mucho después cuando averigüé que era horrible en la cama. Por entonces pensé que era una descocada. No lo era. Pero es a la que más lamento haber hecho daño. ¿Por qué? Porque no se lo merecía. Tampoco es que se lo merecieran las otras, pero ella no me habría dejado si no la hubiese destrozado. Y necesitaba que me dejara porque estaba empezando a molestarme para beber.
Y una noche, sencillamente estallé. La cosa llevaba mucho tiempo a punto de explotar. Hirviendo a fuego lento, burbujeando, cociéndose…, borboteando. Me pillé una cogorza de mucho cuidado y toda esta serie de acontecimientos empezó a tintinear como una cadena. ¿Por qué habría de proponerse alguien romperle el corazón a un ser querido? ¿Por qué alguien causaría intencionadamente tanto dolor?
¿Por qué se mataba la gente entre sí?
Porque disfrutaban. ¿De verdad era tan sencillo? Para lograr partirle el alma a alguien como es debido, lo mejor es que quien lo hace haya pasado por la misma experiencia. La gente herida es más hábil para herir a la gente.
Un rompecorazones experto conoce el efecto de cada incisión. El filo entra casi sin que se dé cuenta, el dolor y la disculpa infligidos al mismo tiempo.
Me había cansado de la chica con la que llevaba saliendo cuatro años y medio. La quería. Eso fue lo más horrible de lo que os voy a contar. Existe la posibilidad de que esté por ahí leyendo esto ahora mismo. El resto de vosotros mirad hacia otra parte; lo siguiente es solo para ella.
Pen, lo siento mucho. Necesitaba hacerte daño. Sabía que lo nuestro estaba acabando. Sabía que habías empezado a despreciarme. Intentabas ocultar cómo te sentías, pero se te notaba en la cara. Asco. Empecé a detestarte por no tener el valor de decirme lo que de verdad pensabas de mí.
Así que tuve que tomar una decisión por ti.
Ahora ya podéis volver a mirar los demás.
Era un viernes por la noche en un pub de Victoria Park. Acabé de trabajar temprano. Era la enésima agencia de publicidad donde el enésimo puñado de conceptos había sido machacado por el enésimo director creativo torpe.
De una cosa estaba seguro: tenía que pillarme una cogorza de campeonato, así que empecé a trasegar pintas de cerveza a un ritmo alarmante.
El camarero, lleno de arrugas, parecía preocupado. Luego whisky. Para las siete y media de la tarde estaba dando tumbos. Había quedado con Penelope a las ocho. Tuve que llevar la bicicleta andando hasta donde habíamos quedado. En otro pub, naturalmente.
Ira. Aburrimiento. Ebriedad. Una mala combinación. Empecé con algo parecido a:
—¿Cómo puedo echar por la borda cuatro años?
Su mirada burlona vino seguida por una evasiva en forma de:
—¿Te gusta mi blusa nueva?
—Parece. Un. Mantel.
Mirada dolida, seguida por:
—¿Otra?
Más priva. Eso solía dar resultado.
—¿Novia? Sí, por favor.
Ahora no tan dolida como aburrida. Paseó la mirada por el pub. Silencio.
Luego dijo:
—Vamos a otro sitio.
Eso también solía dar resultado. Pero decidí que esa noche no iba a darlo.
Esa noche no. Esa noche íbamos a ir hasta el final. Esto no era más que el perímetro, los primeros sacos de arena de la defensa. Mi grupo de gráciles terroristas emocionales sortearon con malicia semejantes insultos a su entrenamiento.
—Claro. Vamos a algún otro sitio.
Hice propósito de no decir nada entre ese pub y el siguiente. Tuve éxito.
Ahora ella estaba temblando. Insegura. Yo también temblaba. De emoción.
Pidió unas bebidas en la barra. Y una mierda iba a pagarlas yo, y además busqué sitio en una mesa circular, comiéndome con los ojos a otras chicas.
Se dio cuenta. Esa era mi intención. Aun así, no reaccionaba. Había en juego cuatro años y medio. Buenos, en su mayor parte. ¿Por qué no iba ella a permitirme tener una noche chunga? Pero eso era lo más excitante. Ya me había decidido. Y ella no podía saber lo que tenía en la cabeza. Una imagen mía dándome un revolcón con aquella zorra de piel blanca y venas azules y con un solo pecho. Sabía que podía dejar a Pen paralizada. Probablemente ella también podría dejarme paralizado a mí, pero no iba a hacer nada semejante porque yo se lo iba a hacer a ella antes.
Pero ¿por qué? Sabía que no tenía sentido. La quería a mi manera.
Mucho. Era preciosa, divertida y cariñosa, pero yo estaba aburrido, muy aburrido. Tenía que pensar en otras chicas para que se me pusiera dura. No quería emprender el largo y arduo camino hasta su orgasmo, por no hablar del mío. Temía tocarla por si lo interpretaba como una solicitud de sexo.
Así pues, para sentir algo entre tanto entumecimiento, decidí perpetrar en mi alma y en la suya el equivalente a apagar cigarrillos en mis entumecidas extremidades. Tenía la esperanza de que si experimentaba dolor, lo agradecería como un indicio de vida.
O igual sencillamente estaba borracho.
En cualquier caso, había tomado una decisión firme.
—Esta es la cara que pongo cuando finjo escuchar tu coñazo de conversación.
Adopté mi expresión más dulce, los inocentes ojos azules dilatados de pseudointerés, la misma expresión que había utilizado con mis profesores.
Pen me miró con recelo. Eso era nuevo. Volví la cara, como un imitador que se preparase para hacer su siguiente personaje.
—Esta es la cara que pongo cuando finjo estar enamorado de ti.
La miré tiernamente pero con respeto, como tantas veces había hecho, y además de corazón. Incluso ahora lo hacía de corazón, pero solo porque quería que resultara convincente.
—Espera. ¿Qué más? Ah, sí. Esta es la cara que pongo cuando finjo que eres aunque solo sea un poquito ingeniosa para poder pillar cacho luego.
Y eché la cabeza hacia atrás en una carcajada al tiempo que la ladeaba un poco y lanzaba una mirada furtiva por el rabillo del ojo. Lo siento, chicas.
Los tíos también sabemos todo esto. Ella empezaba a verse el percal. Sus ojos perdieron brillo. Podía echarle una mano con eso.
—Y este soy yo.
Esto lo disfruté especialmente. Había sido la muletilla de Ted Carwood, un imitador británico muy famoso que acababa todos sus espectáculos con esa revelación antes de darnos las buenas noches. Era el único momento en que se mostraba tal cual era. Yo añadí una variación. La expresión de acompañamiento en mi caso fue de pura provocación. Una mezcla de Pégame y Que Te Den que normalmente reservaba para las peleas en bares con hombres mucho más grandes que yo. Siempre daba resultado. Estaba diciendo que era una cobarde si no me pegaba. No me pegó, claro.
Simplemente se quedó mirándome. Con inocencia. Era más divertido de lo que había esperado. ¿No debería estar llorando, al menos? Estaba
impresionado, la verdad. Pero hasta entonces no estaba haciendo más que meros ejercicios de calentamiento.
—Crees que estoy de broma, ¿verdad?
No hubo respuesta.
—Esta noche voy a cargarme nuestra relación. Y no puedes hacer nada al respecto. Vas a tener que quedarte ahí sentada y escuchar mientras extirpo el «tú» del «nosotros». Pondrás en duda tu propio criterio. Quizá no vuelvas a confiar de verdad en ti misma. Eso espero. Porque si yo no te quiero, y te aseguro que no te quiero, tampoco quiero que seas feliz con ningún otro, cuando no cabe la menor duda de que yo puedo irme con otra chica.
Ya sabéis que todavía no era consciente de que me convertiría en el Horno para Almas que veis ante vosotros. Pero estaba perdiendo la rectitud que creía merecer, así que añadí:
—Tienes el coño flácido.
Ella lo oyó pero no supo muy bien cómo reaccionar. También con eso podía ayudarla.
—Voy a decírtelo de otra manera. Tienes la vagina muy dada de sí…, como demasiado usada.
Ahora sí que habíamos entrado en materia. Se le dilataron los ojos. Vi cómo intentaba contener la indignación. Pero era tarde, ya me había metido dentro. Casi era capaz de ver a través de sus ojos. No podía ocultarse. No de mí. Era el poli de la secreta. Conocía todos sus movimientos. Había contribuido a crearlos. Era facilísimo.
—Tienes las tetas caídas.
Se lo lancé igual que un puñetazo. Me recosté para ver mejor el efecto.
—Son demasiado grandes y cuelgan mucho.
Eso por si le quedaba alguna duda. La conmoción puede proteger y atenuar la fuerza del golpe. Más vale asegurarse de que se ha alcanzado el
objetivo. Un poco de confusión, eso sí, a veces tiene su gracia porque provoca expresiones maravillosas. A menudo ella te sonríe después de la entrega del despreciable paquete, sin ser consciente todavía de su contenido.
—Para que se me ponga dura, tengo que pensar en alguna chica que he visto en el autobús.
Esperé a que hiciera mella. Me llevé la mano a la barbilla como si estuviera pensando la siguiente frase. Adopté el semblante más dulce posible. Soy atractivo cuando me lo estoy pasando bien, o eso me han dicho.
—Por cierto, me acosté con otra chica aparte de la que te dije.
Ahora iba ganando, así que sonreí con aire compasivo.
Un vencedor no quiere regodearse. Solo ganar. Me miró como si fuera otro, una persona nueva. No tenía nada más que sacar. Ni siquiera estaba seguro de querer oír lo que saldría. Por muy bien escogidas que estuvieran las palabras, no siempre se podía confiar en que la voz las transmitiese a la perfección. Aclararse la garganta, ahí estaba el dilema. Carraspear sin hacerle saber cómo le afectaba. ¿Por qué lo estaba haciendo? El porqué daba igual, el caso es que estaba ocurriendo.
—¿Ya has tenido suficiente?
No vaciló. Solo un gesto de asentimiento. Abajo y arriba otra vez. Debía de haber percibido clemencia en el ambiente. Se equivocaba. Lo único que ella había hecho era hacerme saber que le estaba causando el efecto deseado. Que estaba sollozando por dentro.
—Sí, bueno, aun así… He hecho cosas mucho peores que acostarme con otra chica. Es muy malo, incluso para mí. Tan malo, en realidad, que voy a ahorrártelo. Quizá te lo cuente más adelante. Quizá no. Pero te
desmoronarías si te lo contara, y no estoy seguro de querer que te desmorones todavía.
Estaba tan conmocionada que no tenía sentido continuar. ¿Sentía yo remordimientos? En absoluto. Para seguir torturándola, me interesé por su trabajo, su blusa y su vida.
Para enfurecerla aún más, tuve buen cuidado de utilizar algunas expresiones faciales que ya había inmortalizado. Y me parece recordar que le sableé algo de dinero para pagar más copas.
Pero, un momento, hay otra cosa. Esto es lo raro. Porque ahora le había dado una buena razón para vengarse de mí, le había ofrecido opciones. Las claves, por así decirlo, para acceder a mí. Creo que fue ahí donde calculé mal.
Mi lógica era la siguiente: si alguien te hace daño, automáticamente quieres vengarte. No importa cuánto tiempo te lleve, quieres vengarte.
Pensaba que si le hacía suficiente daño, querría vengarse. Por lo tanto, no tendría que preocuparme por no volver a verla. Porque eso era lo que más miedo me daba: el hecho de que la estaba perdiendo. La cuestión era cómo no perderla para siempre. Le di algunas pistas acerca de cómo lograr hacerme daño a mí.
Amor encubierto.
Nunca hay que permitirle saber cuánto la quieres, o acabará contigo utilizando eso. Por desgracia y por lo que a mí respecta, sigue habiendo algo de cierto en ello incluso hoy en día. Pero eso da igual. Hablamos de hace…, Dios santo, ¿diez años?
Sí, creo que hace diez años.
—Llámame todas las noches a las ocho durante unas semanas, y cuando conteste no digas nada. Sobre todo que no haya música de fondo. Por cierto, siempre quise follarme a tu hermana; creo que ella se hubiera prestado,
además. Quiero que recuerdes estas cosas que te pido que hagas. Sé que hay un tipo que va detrás de ti en el trabajo. Quiero que te vayas a pasar un fin de semana con él. ¿Por qué no? Te lo mereces. Vete sin más. No me avises con antelación. Ni siquiera me acordaré de que te estoy diciendo esto. Lo más probable es que tenga una laguna… Luego voy a pasarme al brandy.
Eso siempre me deja lagunas. Bueno, ¿lo harás? Buena chica. Además, sígueme en tu coche. Igual hasta puedes cambiar de coche. Puedes usar a Paul como mensajero si te apetece. Quieres ser libre, ¿no? Sobre todo después de esta noche. Sí, claro que quieres. Pues bien, haz esas cosas o te daré la vara eternamente. Lo digo en serio. Tal vez solo hagas algunas. No pasa nada, y es posible que se te ocurra alguna idea propia, y eso también está bien, pero quiero que te vengues de mí. Quiero que me odies. Te estoy ayudando a odiarme. Te hago un favor, te dejo libre y te pido que hagas lo mismo por mí. ¿Por favor?
Había recitado este monólogo con toda la sinceridad posible. Iba en serio.
Quería que ella quisiera hacerme daño. Así sería el nuevo «nosotros». Me miró. Miró mi interior. Aquellos hermosos ojos vidriosos, brillantes cual pequeñas magulladuras azules. Y, sin embargo, ella parecía más fuerte que nunca. Sin ataduras. A su aire. Fuera de alcance.
De mi alcance.
Ya estaba hecho. Cuatro años y medio. Tenía que asegurarme de que siguiera conociéndome. Al mismo tiempo, me traía sin cuidado. Necesitaba algo, cualquier cosa que me empujara hacia delante. Más allá del borde del precipicio, si era necesario. Quería culparla por lo que podía ocurrir. Quería convertirla en un ser mitológico. La Que Se Vengaría De Aquel Que Osara Rebelarse.
El amor ha matado a más gente que el cáncer. Bueno, igual no ha matado a tantos, pero ha empañado más vidas; acabado con más esperanzas,
vendido más medicamentos, provocado más lágrimas.
Al mirar atrás, veo que en el fondo era eso: estaba haciendo un casting para el papel de Heathcliff en Hackney. Añadí unos cuantos insultos escogidos —tu padre es idiota, tu hermano es tonto del culo, tú no eres lo bastante lista para ser mi novia porque soy un genio y estoy cansado de fingir que soy menos inteligente de lo que soy en realidad para que puedas estar a mi altura— y me fui a la barra a por un brandy. Como podéis ver, acabé recordando la mayoría de los detalles, aunque bien pudo haber ocurrido algo más.
Por su bien, espero que no fuera así.
Esa noche, mientras intentaba zamparme un kebab, me caí de mi bicicleta grande y negra allá por Victoria Park. Me traía sin cuidado si llegaba o no a levantarme del asfalto. Estaba venga a reírme y cantar «Born Free» y de algún modo volví pedaleando hasta su casa esa misma noche. Como siempre, ella me había dejado la puerta abierta.
Recuerdo haber pensando: «Vaya zorra… no me ha tomado en serio».
Pero cuando aparté las sábanas a zarpazos y me acosté a su lado, noté las vibraciones que provocaba al dormirse llorando. La recuerdo vistiéndose a la mañana siguiente. Retorciéndose para ponerse ropa interior blanca a juego. Ante el espejo, estaba despampanante. La expresión de su rostro mientras decidía si le agradaba su propio aspecto contrastó bruscamente con la que adoptó cuando me pilló mirándola. Podría haber sido un indigente asomando la cabeza por debajo de la manta.
Se fue con aquel tipo de su oficina. No estaba preparado para el dolor que me causó. Me sentí como debió de sentirse ella cuando le hice daño.
Para el caso, es lo mismo discutir con el espejo que discutir con otros.
Después de todo, ¿no somos todos en realidad la misma persona?
Sea como sea, debo decir lo siguiente. Después de irse Pen, alguien estuvo llamándome todas las noches a las ocho durante unas dos semanas.
Aquello me dejó helado de veras. Yo contestaba y… nada. Quienquiera que fuese, se limitaba a colgar suavemente. El «suavemente» me asustaba más que cualquier otra cosa. Sin pasión. Esa intriga encajaba con mis delirios paranoicos, y lo de beber había pasado de ser una costumbre a una ocupación a jornada completa. Iba a matarme, y la perspectiva me alegraba.
Atribuí mi infortunio a la astucia y al ingenio de aquella ratonil chica de Stratford-upon-Avon llamada Penelope. Y aunque me halagaba que quisiera vengarse, no caí en la cuenta de que dejar que me cociera en mis propios jugos paranoicos era venganza suficiente. Yo mismo me haría más daño del que ella pudiera soñar causarme. Cuando estuve a punto de morir emparedado entre un coche y un motorista, llegué a imaginar que ella lo había orquestado todo. Salí con la bici aplastada y la muñeca rota. Cómo me encantó que se tomara tantas molestias en nombre de la venganza romántica contra mí.
Debía de quererme, después de todo.
No podía mear porque el brazo izquierdo se me había quedado inservible y el derecho estaba totalmente arañado por el asfalto. Tenía la vejiga en llamas, los dos brazos tendidos como si estuviera pidiendo limosna a los demás aspirantes a pacientes de urgencias, y estaba sonriendo. Porque Penelope me quería lo suficiente para idear aquel intento de acabar con lo que yo llamaba irónicamente mi vida. Fantaseaba con que en cualquier momento aparecería vestida de enfermera y me haría una larga, lenta y estupenda paja…, pero solo después de haberme ayudado a echar una larga, lenta y estupenda meada.
Más adelante, me convencí de que se había presentado en el apartamento de mierda que yo ocupaba en un sótano disfrazada como posible compañera
de piso. No fui capaz de tomarme en serio a esa «candidata». Cuando preguntó dónde estaba el cuarto de baño, por ejemplo, reprimí los deseos de aplaudir. Me pareció desternillante que, después de haber estado en el piso cientos de veces, me preguntara tan convincentemente cualquier cosa al respecto. Sabía del piso más que yo, teniendo en cuenta lo a menudo que yo perdía el conocimiento. Pero no quería fastidiarle el numerito. Recibí todas y cada una de las preguntas con una sonrisa de felicitación y las contesté en tono de burla. Sonriendo más de la cuenta y asintiendo en ademán de complicidad, acompañé a la puerta a la joven.
No se quedó con la habitación.
Pues bien, ese soy yo. Mi chica me había dejado por otro tipo, que tenía su propio piso, coche y un abrigo. Yo estaba adentrándome en un mundo de dolor, no todo mío.
Empieza a sonar música country.
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