Donde no haya niebla
El monstruito del lago Ness
Mistorne, 1982
i hermana Lucie murió en 1959, cuando yo no era más que un montón de moléculas desperdigadas por el universo, formando un caos que esperaba su momento de ordenarse. Me gusta pensar
que antes de nacer todos somos polvo de estrellas, por mucho que suene a cliché. Que todos somos iguales, que formamos parte de un todo. Pero quizás no somos nada. Quizás Lucie tampoco es nada ahora. Pero sigue siendo mi hermana mayor, aunque tome la forma de un montón de partículas perdidas en el mundo que decidieron quedarse cerquita de mí.
Ella es la culpable de mi nombre. El segundo, claro. Nessa Lucie Favre.
Nessa tiene una historia diferente y no, no tiene nada que ver con el lago Ness, aunque eso no impidió que monstruito acabara siendo mi apodo durante más años de los que me gustaría admitir.
Me llamaron Nessa porque Nessa significa «milagro» en hebreo. Y Lucie porque no podían olvidarte. Tengo tanto de milagro como tú, Lucie, pero a ti no te dio tiempo a enseñárselo al mundo.
No recuerdo un día en el que mi madre —nuestra madre— no me hablara de ti con el cariño con el que hablaría de los ángeles, si estos existieran. Por eso tampoco recuerdo un día en el que no te viera como mi ángel de la guarda particular (uno con mucho trabajo por delante, désolé). A veces pienso que maman me habló de ti desde que era niña para que no me sintiera tan sola. Aquí, en Mistorne; y en Toulouse, Camden, Dartford y todos esos lugares a los que nunca me dio tiempo a llamar hogar.
Funcionó.
Pero, Lucie, estés donde estés, tengo un mensaje para ti: si me estás viendo ahora, cierra los ojos.
—¡Eh, pelirroja! —Me esforcé por no resoplar otra vez. Mi expresión cambió en el momento en el que me di cuenta de que la voz provenía de la chica de la barra, a la que llevaba haciéndole ojitos toda la noche. Me aparté del montón de gente que bailaba desordenado en medio de la pista justo cuando ella se inclinaba hacia delante, con una sonrisa pilla en los labios—. El rubito de la barra te invita a esta. —Empujó una bebida con la punta de los dedos—. Lo mejorcito de la casa.
No sabía si se estaba refiriendo a la bebida o al «rubito» sentado en la barra que me saludó con los ojos cargados de lujuria, engominado de la cabeza a los náuticos.
«Permíteme dudarlo», pensé, y le devolví la sonrisa a la camarera antes de alejarme de la barra con un vaso que tenía intención de abandonar en cualquier esquina, si no me empujaban primero. Ya había bebido suficiente y prefería no arriesgarme. Tú ya sabes por qué, Lucie. A los Favre no nos sientan bien las emociones fuertes, ¿verdad? Maman se encargó de dejármelo claro.
Le di la espalda y busqué a Roy con la mirada, pero hacía tiempo que lo había perdido entre la enorme cantidad de gente que aquella noche estaba en Spectrum, celebrando la llegada del verano. Mistorne era una ciudad pequeña rodeada de otras ciudades mucho más pequeñas, con la universidad del condado como único nexo en común. Y entre todas las discotecas de todas esas pequeñas ciudades, parecía que Spectrum estaba a la cabeza.
Algo de lo que estar orgullosos en Mistorne, supongo, si cuando salíamos del recinto nos tapábamos los ojos para no ver a los yonquis tirados en las aceras.
La música me taladraba los oídos. Hacía ya rato que la euforia de la fiesta había dado paso al agotamiento y sentía las piernas reventadas, como si me tocara arrastrar las cadenas para salir de allí dentro. Y no había ni rastro de Roy.
También supe que estaba cansada porque la gente empezaba a ser demasiada. Porque hacían demasiado ruido.
Porque había empezado la niebla.
—Merde —murmuré, pero las voces estallaron en mi cabeza antes de que pudiera hacer nada por controlarlas. El vaso resbaló de entre mis dedos y me llevé las manos a las sienes, con la mandíbula apretada.
Los cristales que estallaron al chocar contra el suelo hicieron que la gente se separara de mí. Cogí aire.
—Eh, guapa, ¿estás…? —Un chico levantó la mano.
«No me toques, no…».
Pero lo pensé demasiado tarde, Lucie. A veces estaría bien eso de que estuviéramos nosotras dos solas.
Bastó con que sus dedos rozaran mi piel para que sus voces estallaran como bombas. La suya, la de la chica que estaba tan mareada que no sabía dónde pisaba, la del chico que solo podía pensar en lo mucho que le pesaba el corazón; y alguien echaba de menos su casa y alguien echaba de menos sus brazos y alguien quería gritar pero solo cantaba y alguien reía y alguien se ahogaba y alguien necesitaba salir de allí y todos estaban conmigo, todos al mismo tiempo, todos gritando, llorando, riendo, cantando, todos dentro de mí.
Y el chico seguía aferrándome la muñeca como si aquello ayudara.
Pero estaba rodeada de niebla.
Figuradamente, claro. Lo único que me faltaba ahora era empezar a tener alucinaciones. Tenía que preguntarle a maman si sabía de alguien de la familia a quien le pasara o si nosotras dos éramos los únicos bichos raros que tenían que guardar secretos.
Aparté al chico con un empujón que no debió de sentarle nada bien, pero me marché antes de escuchar su queja. Necesitaba aire.
La puerta del baño me pilló más cerca que la salida. Entrecerré los ojos al entrar, cegada por la luz blanca sobre los espejos. La música seguía vibrando desde el otro lado de la pared. No sé qué fue lo que asustó a las chicas que se arreglaban frente a los lavabos, pero echaron una mirada de reojo y se marcharon antes de que me diera tiempo a cerrar la puerta tras de mí.
Me bastó dar dos pasos hacia el espejo para entender por qué. Tal y como esperaba, un hilo de sangre descendía por la nariz y llegaba hasta los labios, mezclándose con el rojo del labial.
—Merde, merde, merde —maldije, otra vez. Me froté la nariz con la manga de la cazadora, haciendo tintinear mis pendientes.
Si no salía del Spectrum acabaría desmayándome. Y todo por culpa del ruido y las voces y la gente que era incapaz de mantenerse callada dentro de mí.
Di un paso atrás al mismo tiempo que la puerta del baño se abría de nuevo, con una oleada de música tras ella. Me tapé la nariz y la boca con las manos antes de darme cuenta de que la persona que había entrado era Roy.
—Dios, por fin te encuentro —dijo, lanzándome una mirada de soslayo.
Él también se tapaba parte de la cabeza, con los dedos enredados entre sus rizos.
Tenía la respiración entrecortada y se apoyó en la rodilla con la mano libre. Me acerqué a él y le cogí de los codos antes de que fuéramos dos los que nos desmayáramos. Menuda noche.
—¿Se puede saber qué te ha pasado? —espeté, sin importarme que me viera la sangre en la nariz. Yo también veía la suya, deslizándose por la línea del pelo. Le sostuve con cuidado, haciendo un esfuerzo titánico para que la niebla no se disparara otra vez.
Él aún tuvo la cara dura de dedicarme una media sonrisa.
—Podría preguntarte lo mismo, señorita.
—Cállate. —Volví a limpiarme la sangre con la manga y me acerqué más a él, cogiéndole la mano para verle la herida. Tenía toda la cara hinchada y un corte en medio del labio. No necesité que dijera nada para saber lo que había pasado.
«Vuelve a tu país, panchito de mierda».
Roy se estremeció.
—Vamos, salgamos de aquí —dije.
Fuera del Spectrum, las calles de Mistorne estaban tan vacías como de costumbre. El letrero de neón se reflejaba en los charcos de las aceras y las farolas parecían competir por ver quién alumbraba menos y quién se alejaba más de los rincones oscuros, donde algunas bandas punk se dedicaban a acabar la fiesta entre caladas.
A Roy le faltó poco para derrumbarse sobre el asfalto. Le temblaba todo el cuerpo y todavía no sabía si era rabia o miedo. Se ajustó con más fuerza la gabardina, escondiendo las heridas que tenía en los nudillos. Y lloraba.
Ojalá pudiera decir que no estaba acostumbrada a verle llorar, Lucie.
Pero Roy siempre fue una de esas personas que cargan con el dolor del mundo sobre sus propios hombros.
—Estoy harto de este sitio —murmuró. Tenía la mirada clavada en la carretera, con la esperanza de que algún taxi apareciera de la nada y nos sacara de allí—. De esta gente, de esta ciudad…
—Es también tuya —le interrumpí, cogiéndole la mano con fuerza—. Tu ciudad. Lo sabes, ¿verdad? Me da igual lo que dijeran un par de idiotas.
Roy sacudió la cabeza, con una de esas medias sonrisas que en mi cabeza eran un signo de alarma. A la luz de las farolas, sus ojos brillaban más que nunca. Ya no parecían tan oscuros. Tan suyos. Quizás fuera cosa de las lágrimas.
—Ya, un par. Como si no me pasara todos los días —replicó, irónico.
Chasqueé la lengua y le miré las manos. Por más que ahora las escondiera bajo la gabardina, no se me olvidaban sus heridas.
—Son gilipollas. Pero no tienes que meterte en peleas solo por…
—No, Ness, no lo entiendes. —Se apartó una lágrima con rabia—. Yo no estaba haciendo nada, ¿vale? Nada. Ha debido escucharme decir algo en español y entonces lo ha soltado, así, sin más. Como quien habla del tiempo. Como si tuviera algún derecho. —No hacía falta que lo repitiera. Con escuchar su Ruido una vez había sido más que suficiente—. Y en ese momento he perdido la cabeza. No podía soportarlo más. Hoy no…
«Después de Liv, ya no», le escuché, pero sus labios no se movieron.
Consciente de que la niebla se estaba desatando sin mi permiso, alejé con cuidado mi mano de su piel y respiré, en un pobre intento de que mi corazón volviera a latir a un ritmo normal. Si no me calmaba, Roy acabaría dándose cuenta de que le estaba leyendo la mente.
—Solo prométeme que no dejarás que vuelva a pasar —murmuré—. Todos esos pijos blancos niñitos de papá pueden meterse en las peleas que quieran, pero contigo es distinto, Roy. No puedes arriesgarte a que un día la pasma aparezca por aquí y…
—Es fácil decirlo cuando solo ves el día que exploto y no las otras cien veces que me he tragado todos estos estúpidos comentarios. —«Estúpidos comentarios» era una manera muy amable de llamarlo. No necesité entrar en su cabeza para ver lo mucho que se estaba conteniendo para no explotar otra vez. No aquí. No conmigo—. Hoy ya no podía más. Estoy… estoy muy cansado, Ness. De todo. ¿Podemos hablar de otra cosa?
Bajó la mirada a sus zapatos, y por un momento me pareció volver a ver al niño que conocí a los doce años, con el pelo cayéndole sobre la frente pidiendo a gritos un corte y el suéter que llevaba bajo la gabardina demasiado grande para él. Ocho años después, las cosas no parecían haber cambiado mucho.
—Quizás no era tan buena idea salir hoy —dije.
—No, no es eso. También merecíamos acabar bien el curso. —Se encogió de hombros y echó un vistazo a nuestro alrededor. La calle seguía desierta, de modo que no nos importaba seguir plantados en medio de la carretera, atentos a que nadie del Spectrum se acercara a nosotros. Las casas tenían las cortinas corridas y hacía horas que los establecimientos habían cerrado sus puertas—. Además, la noche no ha terminado aún —siguió Roy—. Sigo esperando nuestros gofres de camino a casa.
Abrió los labios en una sonrisa demasiado dulce en contraste con el hematoma que empezaba a nacerle junto al ojo. Me acerqué a él de nuevo y le aparté un mechón de la cara, pasando los dedos por la sangre seca que caía de la herida.
—Va a convertirse en nuestra tradición, ¿eh?
—Igual que esto, parece ser. —Me dio un suave toque en la nariz, por encima de donde la sangre no parecía haberse secado. Su expresión mudó en preocupación en medio segundo, volviéndose todavía más niño. Era yo quien le había estado protegiendo todos estos años, no al revés—. ¿Estás bien?
Una suerte que él no pudiera leer la mente, Lucie.
—Solo ha sido un brote, no te preocupes. —Intenté quitarle importancia. Alcé los ojos hacia los de Roy, que quedaban casi a mi altura, y le repasé con un dedo la curva de la mandíbula, donde el brillo del maquillaje todavía se le extendía por las mejillas. Llevaba la misma sombra de ojos que yo, pero su verde empezaba a fundirse con el color del hematoma—. Estás precioso, por cierto. A este paso vas a robarme todos mis ligues.
Él puso los ojos en blanco.
—No me cambies de tema…
—¡Pero si es verdad!
Me retiró la mano con una media sonrisa y dio un paso atrás.
—Liv se hubiera reído de mí —murmuró.
—Liv es idiota. Después de todo…
Roy me interrumpió antes de que pudiera sacar la lista de razones por las que estaba mejor sin ella.
—Ness…
Aunque doliera.
—Vale, vale, me callo.
El nombre de Liv le escocía como una herida abierta. Así es como la veía él, porque tenía un corazón demasiado bueno para darse cuenta de que la herida no podía ser la misma persona que empuñaba el arma. Porque hablar de cómo una persona te había roto el corazón era mucho más fácil cuando creías que aún podías sanarlo.
—Anda, vamos a casa y deja que te limpie esto, por favor —dije.
—Los gofres primero.
Detrás de esa sonrisa decaída se escondían muchas más palabras que Roy no quería que escuchara. Por eso hice un esfuerzo por no hacerlo, Lucie, porque lo que menos nos convenía a los dos era un nuevo brote que me dejara temblando en medio de la acera.
No sería la primera vez.
Además, le conocía demasiado bien para saber todo lo que no me decía.
Que no quería volver a su casa. Que incluso estas calles le parecían más seguras que las paredes de su propio salón. Que estaba cansado de curar heridas que seguían doliendo. Que Mistorne cada vez nos ahogaba un poquito más.
Y por mucho que me gustara picarle, ahí no podía llevarle la contraria.