E-PACK series septiembre 2017

Varias Autoras · Capítulo 1 de 34

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E-PACK series septiembre 2017

Una isla para soñar

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Capítulo 1

 

HACÍA una tarde fría y ventosa de febrero en Atlanta, pero el ambiente que había en el interior del despacho de abogados Laurent & Abraham era aún más frío.

El prominente abogado James Laurent tomó las gafas que se hallaban sobre la superficie de su impresionante escritorio y suspiró con impaciencia antes de hablar

–Usted firmó los contratos, señorita Nielsen, unos contratos totalmente vinculantes en cualquier país del mundo y…

–No tengo ningún problema con el contrato –interrumpió Georgia, más molesta que intimidada por la dura mirada del abogado, pues estaba completamente decidida a ser la madre de aquel bebé para luego entregarlo. Aquel era su trabajo como madre de alquiler y ella siempre se tomaba su trabajo muy en serio–. El bebé es del señor Panos, pero no hay ninguna cláusula en el contrato que estipule dónde tengo que dar a luz, y en ningún momento se me ha comunicado que se esperaba que lo hiciera en el extranjero. De haber sido así no me habría prestado a hacer de madre de alquiler para el señor Panos.

–Grecia no es un país del tercer mundo, señorita Nielsen. Puede estar segura de que recibirá una excelente atención médica en Atenas antes, durante y después del parto.

Georgia dedicó un larga mirada al abogado mientras se esforzaba por mantener su genio bajo control.

–Estudio Medicina en Emory. No me preocupa ese aspecto del embarazo. Pero sí me incomoda su condescendencia. Si se cometió algún error al redactar el contrato fue de su cliente…o suyo. No se menciona en ningún lugar que tuviera que meterme en un avión y volar seis mil kilómetros para dar a luz.

–Es un problema de ciudadanía, señorita Nielsen. El bebé debe nacer en Grecia.

Si Georgia hubiera estado de mejor humor, tal vez incluso habría sonreído, pero no estaba de buen humor. Estaba furiosa y frustrada. Se había cuidado minuciosamente desde el primer momento. Su responsabilidad como madre de alquiler era dar a luz un bebé saludable, y ella estaba cumpliendo con su parte. Se alimentaba bien, dormía todo lo posible, hacía ejercicio y procuraba mantener el estrés a raya, algo que no era especialmente fácil estando en la Facultad de Medicina. ¡Pero entre sus planes no figuraba marcharse a Grecia!

–Los arreglos para el viaje están siendo finalizados mientras hablamos – añadió el abogado–. El señor Panos va a enviarle su propio jet que, como imaginará, es realmente lujoso y cómodo. Antes de que se dé cuenta estará allí…

–Ni siquiera he llegado al tercer trimestre de embarazo. Me parece increíblemente prematuro estar haciendo planes de viaje.

–El señor Panos no quiere que ni el bebé ni usted se vean sometidos a un estrés innecesario. Y los especialistas recomiendan no realizar viajes internacionales en el tercer trimestre de embarazo.

–En caso de embarazos de alto riesgo, pero este no lo es.

–Pero si ha sido una fecundación in vitro.

–No ha habido ninguna complicación.

–Y mi cliente quiere que las cosas sigan así.

Georgia tuvo que morderse la lengua para no decir algo de lo que podría haberse arrepentido. Sabía que ella no era más que un recipiente, un útero de alquiler, y que su trabajo no habría terminado hasta que el bebé estuviera a salvo en los brazos de su padre.

Pero eso no significaba que quisiera irse de Atlanta y abandonar el mundo que conocía. Recorrer medio mundo supondría una gran tensión, especialmente acercándose el final del embarazo. Era muy consciente de que se trataba de un trabajo, de una manera de poder seguir ocupándose de su hermana, pero tampoco era ninguna ingenua. Resultaba muy difícil no experimentar sentimientos por la vida que palpitaba en su interior, y era consciente de que aquellos sentimientos se estaban volviendo más y más fuerte con el paso del tiempo. Las hormonas ya estaban haciendo su trabajo, y solo podía imaginar lo que sentiría cuando se acercara el momento del parto.

Pero también sabía que la maternidad no era su futuro. La medicina era su futuro, su meta y su camino en la vida.

El señor Laurent cruzó los dedos de sus manos sobre el escritorio mientras el silencio se prolongaba.

–¿Qué hace falta para que esté dispuesta a tomar ese avión el viernes?

–Tengo que ir a la universidad. Tengo que seguir con mis estudios.

–Acaba de terminar los estudios preclínicos. Ahora está preparando el examen de licenciatura, y en Grecia podrá estudiar tan bien como en Atlanta.

–No pienso dejar sola a mi hermana tres meses y medio.

–Su hermana tiene veintiún años y vive en Carolina del Norte.

–Está haciendo sus estudios superiores en la Universidad Duke, pero depende económica y emocionalmente de mí. Soy su única pariente viva – Georgia alzó la barbilla en un gesto retador mientras sostenía la mirada del imponente abogado–. Soy todo lo que le queda.

–¿Y el bebé que lleva dentro?

–No es mío. Si el señor Panos quiere estar presente en el nacimiento de su hijo tendrá que venir a Atlanta. De lo contrario, una enfermera se ocupará de llevárselo, como estaba acordado.

–El señor Panos no puede volar.

El desconcierto de Georgia al escuchar aquello apenas duró una fracción se segundo.

–Eso no es problema mío. El bebé dejará de ser mi responsabilidad en cuanto dé a luz. Me han pagado para no apegarme a él, y pienso cumplir mi parte del trato.

El abogado cerró un momento los ojos y alzó una mano para empujar las gafas con el dedo índice por el caballete de su poderosa nariz.

–¿Cuánto dinero va a hacer falta para que tome ese avión el viernes? Y antes de que me diga que no estoy escuchando, permítame que le aclare que hace tiempo que sé que todo el mundo tiene un precio. Incluida usted. Por eso aceptó convertirse en una madre de alquiler. La compensación le pareció satisfactoria, de manera que no nos andemos con rodeos y haga el favor de decirme cuánto quiere por subirse a ese avión.

Georgia trató de ocultar su ansiedad y frustración tras una máscara de serenidad. El dinero estaba bien, pero no quería más dinero. Solo quería que aquello acabara. Había sido un error comprometerse a hacerlo. Había creído que sería capaz de mantener sus emociones bajo control, pero últimamente sentía que se le estaban yendo de las manos. Sin embargo, ya era demasiado tarde para echarse atrás. Sabía que el contrato que había firmado era vinculante. El bebé no era suyo, sino de Nikos Panos, y no debía olvidar aquello ni por un momento.

Lo que significaba que seguir adelante era su única opción. Y en cuanto diera a luz y entregara al bebé borraría para siempre aquel año de sus recuerdos. Aquella sería la única manera de sobrevivir a una experiencia tan retadora. Afortunadamente ya tenía experiencia en lo referente a sobrevivir a experiencias duras en la vida. El dolor y la pena profunda eran buenos maestros.

–Diga la cantidad que quiere.

–No se trata del dinero…

–No, pero con el dinero podrá pagar sus facturas y ocuparse de su hermana. Tengo entendido que ella también quiere estudiar Medicina. Aproveche la oferta de manera que no tenga que volver a hacer nunca nada parecido.

Aquella última frase alcanzó la diana. El señor Laurent tenía razón. Georgia sabía que nunca podría volver a hacer nada parecido. Aquello le estaba rompiendo el corazón. Pero había sobrevivido a cosas peores. Y tampoco iba a abandonar al bebé en manos de un monstruo. Nikos Panos quería aquel bebé desesperadamente.

Inspiró rápidamente y mencionó una cantidad de dinero escandalosa, una suma que bastaría para pagar los estudios de medicina de Savannah, su manutención y algo más.

Esperaba haber escandalizado al viejo abogado, pero este ni siquiera parpadeó. Se limitó a empujar hacia ella un papel impreso que tenía sobre la mesa.

–El anexo al contrato. Firme abajo y ponga la fecha, por favor.

Georgia tragó con esfuerzo, conmocionada por la prontitud con que el abogado había aceptado la cantidad que había pedido. Probablemente esperaba que pidiera más. Seguro que también habría aceptado si le hubiera pedido millones. Estúpido orgullo. ¿Por qué no podía comportarse nunca como una auténtica materialista?

–Firmando el anexo está aceptando irse el viernes –explicó el señor Laurent–. Pasará el último trimestre de su embarazo en Grecia, en la villa que tiene el señor Nikos Panos en Kamari, que se encuentra a poca distancia de Atenas. Después de dar a luz, cuando se encuentre en condiciones, mi cliente la enviará de vuelta a Atlanta en su jet privado o en un vuelo en primera clase en la línea aérea que usted elija. ¿Alguna pregunta?

–¿Estará el dinero en mi cuenta mañana?

–A primera hora –asintió el abogado a la vez que le alcanzaba una pluma.

Georgia firmó y le devolvió la pluma.

–Me alegra que hayamos llegado a un acuerdo –dijo el señor Laurent con una sonrisa.

Georgia asintió, abatida, pero incapaz de ver otra salida a su situación.

–Como usted mismo ha dicho, todo el mundo tiene un precio, señor Laurent.

–Que disfrute del tiempo que pase en Grecia, señorita Nielsen.

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