El botones de Kabul

David Jimenez Garcia · Capítulo 1 de 16

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El botones de Kabul

Capítulo 1

David Jiménez García

El botones de Kabul

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Titivillus 17-02-2022

Título original: El botones de Kabul

David Jiménez García, 2010

Editor digital: Titivillus

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A mi madre.

La orquesta que solía amenizar los bailes de salón había regresado a Herat, llevándose los solos de trompeta de Kabir Khan y las coartadas de las noches de los viernes. Ya no se encargaban flores para el vestíbulo, una bruma de polvo envolvía a los huéspedes al caminar por los pasillos y la piscina permanecía vacía, su fondo de azulejos turquesa cubierto de casquillos de bala. Sobre la barra del bar de verano, donde no se había servido alcohol desde la fiesta de despedida del embajador Pierre Grudé, once años antes, una pizarra seguía anunciando con letras desgastadas una happy hour de cerveza turca. Los relojes de pared de la recepción habían dejado de dar la hora. El Intercontinental había caído en la vejez prematura de los hoteles que han dejado de ser visitados y solo permanecía abierto por empeño de sus empleados. Se presentaban a trabajar sin faltas ni retrasos, en los días de golpe de Estado y luto por magnicidio, bajo las tormentas de morteros y durante las ofensivas de primavera, convencidos de que todo volvería a ser como antes tan pronto terminara la guerra. La llegada de un huésped se había convertido en un acontecimiento tan inusual, alimentaba de tal manera la nostalgia de tiempos mejores, que nadie se esforzó por disimular su sorpresa cuando entró en el hotel un extranjero delgado, de cabellos castaños y ondulados, rostro de rasgos suaves, tez dorada y la mirada despreocupada de quien no se ha extraviado. Los mozos se atropellaron para formar un pasillo de bienvenida, se barrió el suelo a su paso y hubo turnos para hacer reverencias al recién llegado, ofreciéndole el tipo de recibimiento antaño reservado a príncipes, estrellas de Bollywood y gánsteres que pudieran permitirse la suite presidencial.

Le dieron la 303, con vistas al Hindu Kush.

 

Frank Goldkamp se dejó custodiar hasta su habitación por la comitiva de recepción, se deshizo de ella con propinas y colgó de la puerta un cartel con la inscripción Overseas Risk Management Ltd. La habitación le recordó al motel de carretera al que solía llevar a un viejo amor del instituto. La cama estaba flanqueada por dos mesillas sobre las que había idénticas lámparas jarrón con mamparas estampadas en flores y bombillas que al encenderse reproducían los dibujos floreados en el techo. Sobre una mesa de madera astillada había una copia del Corán —en árabe y con traducción al inglés—, un bloc de notas junto a un lápiz sin punta y un folleto turístico con fotos descoloridas del valle del Panshir y los Budas de Bamiyán.

Los días que siguieron a su llegada, Goldkamp se despertó creyendo que lo hacía en su apartamento de Austin, listo para saltar de la cama, correr veinte minutos por el parque Duncan, darse una ducha rápida y caminar con su café en la mano hasta la central de Overseas, en el cruce de la Sexta Avenida con Colorado Street. Lo primero que le decía que había vuelto a amanecer en Kabul era el cuadro que colgaba de la pared frente a su cama, colocado para disimular impactos de metralla que sobresalían de todas formas por los laterales del marco. Un sol demasiado amarillo, un cielo demasiado azul y gaviotas de ojos desproporcionadamente grandes. «¡Mierda!», era la primera palabra que salía de su boca al abrir los ojos y encontrarse con la pintura barata y sin firma de la 303. Dejaba que el teléfono sonara un buen rato, descolgaba el auricular sin levantarse de la cama y lo dejaba caer sobre su pecho sin decir nada. Sabía que era Brian. Siempre era él. A la misma hora. Todos los días.

—Frank, ¿eres tú…?

—…

—Vamos, sé que estás ahí. Oye, estás molesto y no te falta razón. Solo quiero que sepas que todo se va a arreglar muy pronto.

—…

—¿Te he fallado alguna vez? ¡dime! ¿Lo he hecho? Hago lo que puedo, ¿sabes? Estas cosas las tienen que aprobar los de arriba.

—No me vengas más con los de arriba —dijo Goldkamp finalmente—. ¿Tienes la menor idea de lo que va a costar comprar a estos mulás? Los muy cabrones, todo el día en la mezquita de rodillas, venga a rezar. Y como no les gustan los bancos, lo querrán todo en cash. Dos semanas y no tengo teléfono ni dinero para empezar a moverme. El ordenador que me diste…, ¿qué esperas que haga con ese trasto? Aún no he logrado arrancarlo.

—No te pongas nervioso —dijo el director de operaciones de Overseas—. En cuanto te llegue el dinero te compras el ordenador y…

—Te compras el ordenador, te compras el ordenador… ¿Aquí? ¿Dónde voy a encontrar un ordenador? ¿Cojo un taxi y me voy a Walmart? No hay ordenadores, no hay televisores, no hay teléfonos móviles, no hay Internet, ¿entiendes? Nada. Esto es la Edad Media. Los Picapiedra se sentirían en su casa. ¿Dónde está el teléfono satélite que me ibas a mandar? ¿Y el dinero? Espera…, llaman… ¡No te muevas de ahí, aún no he acabado contigo!

Frank Goldkamp abrió la puerta y se encontró tras ella a un viejo de espesa barba blanca, grandes mofletes y un cuerpo grueso que apenas cabía en su uniforme. Una gorra de plato con visera ocultaba sus ojos.

—¿Ha llamado, mister Goldkamp?

—El agua caliente no funciona.

—El calentador está roto —dijo el hombre.

—EL CA-LEN-TA-DOR —dijo Goldkamp parándose en cada sílaba y subiendo la voz para que Brian pudiera escucharle a través del auricular que había dejado sobre la cama—. ¿Lo oyes? Roto, estropeado, jodido, kaput.

Volvió al teléfono dejando al botones plantado en la entrada.

—¿Oíste lo que dijo el botones? El calentador no funciona y en este lugar no conocen la primavera. Abril y por la noche a bajo cero y nevando. ¿Qué te parece? ¿A qué mierda de país he venido? Si no está todo aquí en dos semanas me largo. —Goldkamp colgó sin esperar respuesta, volviéndose de nuevo hacia el viejo—. ¿Y se puede saber cuándo demonios lo van a arreglar?

—¿El agua?

—¡Sí, sí! ¿Es que a los afganos no se les enfría el culo, todo el día sentados sin hacer nada?

—Si quiere puedo traerle un cubo de agua caliente. La calentamos en la cocina del sótano.

—Bien. Un dólar por cada cubo de agua caliente que me traiga. Uno por la mañana, a las siete y media, y otro a las seis de la tarde. ¿A qué espera? ¿Una propina sin haber traído un solo cubo? Ah, otra cosa. —Goldkamp cambió el tono de voz, pasando a hablar en voz baja y alargando el cuello a través del marco de la puerta para comprobar que no había nadie en el pasillo —. No sabrá usted dónde puede uno tomar un trago por aquí, ¿eh?

—El alcohol está prohibido en Afganistán —dijo el hombre, imitando la voz casi inaudible del huésped americano—. Espero que comprenda que el hotel no puede…

—Sí, claro, lo entiendo, pero quizá podría hacerme un favor personal. Por supuesto, se lo pagaría con una buena propina, si usted me entiende. Siempre hay una botella escondida en algún lugar. ¿No guardarán ustedes alguna para los extranjeros?

—Lo siento, señor Goldkamp. Cualquier otra cosa, estoy a su disposición. ¿Hay algo más que pueda hacer por usted?

—El agua, no lo olvide.

Chaqueta color escarlata con una hilera de botones dorados, pantalones con tiras de seda blanca en los laterales de ambas perneras, cinturón con una pesada hebilla en metal dorado, guantes de lana blancos —opcionales en los meses de verano—, zapatos negros de charol y gorra de plato en paño rojo a juego con la chaqueta y los pantalones, con una visera bordeada por un cordoncillo entrelazado en oro. El uniforme de botones del Intercontinental no había cambiado desde 1969, cuando el rey Mohammed Zahir Shah inauguró el hotel y los empleados le hicieron un pasillo de bienvenida luciendo sus trajes nuevos. El director Fahim los había alineado en dos filas idénticas, cuidándose de no dejar huecos libres entre sus empleados, con la esperanza de que el rey, al caminar del coche a la entrada, no advirtiera que el hotel no estaba acabado del todo y que el lado oeste de la fachada se encontraba por alicatar.

Habid se sentía exultante. Tan solo unos días antes había partido de su aldea natal, cruzado el paso Unai a lomos de un asno, dejando atrás los Cien Valles, recuperando fuerzas en Jalez y siguiendo desde allí el curso del río Kabul hasta entrar en la capital por la Ciudad Vieja, donde las gentes eran tantas y de lugares tan diferentes, que nadie reparó en él, preguntó de dónde venía o qué le traía a la ciudad. Vendió el asno en el mercado de animales y pagó por adelantado una semana de pensión a la espera de encontrar trabajo. Lo primero que le llamó la atención de la ciudad fueron los uniformes de los agentes de tráfico. Pensó que un campesino pobre y sin educación como él solo encontraría esposa si daba con un empleo donde le vistieran con uniforme, a poder ser con sombrero. El dueño de la pensión le contó que pronto se inauguraría el primer hotel de cinco estrellas de la ciudad y que el Ministerio de Turismo buscaba empleados.

Habid se presentó al día siguiente ante el director Fahim para pedir un puesto. Dijo que no hablaba inglés pero que aprendería, que no tenía maneras pero las adoptaría y que no faltaría jamás a su puesto, pasara lo que pasara, hasta el día de su jubilación. Se esforzaría por ser el mejor botones de Kabul.

—El trabajo es suyo —dijo el director, impresionado por la disposición del candidato—. Preséntese mañana poco antes del amanecer y todos los días a partir de entonces menos los viernes de rezo; ocho días de vacaciones al año que tendrá que comunicarme el primero de cada año; los días de ausencia forzosa por la muerte de familiar directo, esto es, padre, hermanos, madre o hijos; y durante alistamientos, voluntarios o forzosos, para la defensa de la patria. ¿Tiene usted hijos?

Y sin darle tiempo a contestar, el director Fahim añadió:

—No, por supuesto, es usted muy joven aún. Mañana, pues, a la hora convenida. Buenos días. Tendrá usted cosas que hacer, supongo.

El rey Zahir llegó en un Rolls-Royce Silver Cloud color crema con los asientos de cuero blanco. Se bajó del coche, levantó la vista para otear el cielo y quedó cegado por la luz del sol. El mediodía había traído la falsa primavera de finales de marzo, antes de que las primeras sombras de la tarde volvieran a helar el aire. Tras recuperar la vista, empezó a caminar muy despacio sobre una alfombra roja a estrenar, observando a los empleados que le flanqueaban y deteniéndose a medio camino, justo a la altura donde se encontraban, uno frente a otro, Habid el botones y Najam el cocinero. El rey continuó caminando hacia la entrada, se detuvo un momento, volvió sobre sus pasos y se acercó a Habid, que destacaba del resto de la fila por tener la barba mejor cuidada, recortada de forma que ningún pelo sobresalía más que otro y cuyo espesor se distribuía de forma idéntica alrededor de sus facciones, redondeando su rostro.

—Y usted, joven, ¿de dónde viene? —preguntó el rey con las manos entrelazadas tras la espalda, haciendo ademán de tener todo el tiempo del mundo para escuchar la respuesta.

Habid tardó en reaccionar, impresionado por el que sería su primer encuentro de muchos con personajes importantes y por el traje que el rey se había hecho traer de Milán, cortado en seda azul y tocado por una corbata gris estampada con pequeños leones dorados.

—Su… su majestad. Soy de una pequeña aldea que descansa en una de las laderas del monte Unai.

—Hmm, gente dura sin duda. ¿Hazara? No parece un hazara.

—Mi padre es pastún y mi madre hazara —dijo Habid ruborizándose de la mezcla.

—Todos afganos, todos afganos —dijo el rey mientras reanudaba el paso hacia la entrada, donde le esperaban haciendo genuflexiones el director Fahim y los miembros de una delegación oficial liderada por el ministro de Turismo.

Habid abrió desde ese día la puerta del Intercontinental a fulanas llegadas de Karachi en los tiempos mejores y a muyahidines armados con Kalashnikov en los peores, sujetándose la visera de la gorra de plato con los dedos índice y pulgar, inclinándose ligeramente hacia delante y anunciándose como «el botones de Kabul, para servirle». Permaneció en su puesto cuando el rey se ausentó para consultar al oftalmólogo en Italia, y su primo lo destronó en un golpe de Estado; durante la revolución comunista, y cuando los soviéticos invadieron el país para defenderla; cuando el pueblo se levantó contra los invasores y el día que se celebró su derrota; cuando los vencedores empezaron a pelearse por las ruinas del país y durante los largos años de guerra civil que siguieron, en los que podían pasar semanas sin que llegara un solo huésped al Intercontinental.

Una noche de septiembre de 1996, Habid caminaba por la avenida del Cine Zainab en su día libre cuando vio pasar furgonetas llenas de guerrilleros barbudos. Disparaban sus rifles en dirección a la luna e ignoraban a la muchedumbre que los vitoreaba. El botones de Kabul corrió al hotel para contar a los demás que los talibanes habían tomado la ciudad y porque habría que hacer preparativos: no había golpista, magnicida, revolucionario o invasor, afgano o extranjero, que no celebrara su victoria en el Intercontinental.

Los talibanes se presentaron en el hotel tres días después. A Habid le extrañó que no quisieran darse un festín o llevarse el dinero de la caja, como era costumbre. Se limitaron a preguntar si el hotel cumplía con el decreto que prohibía la venta de alcohol en Afganistán. El director Fahim los recibió tras el mostrador del lobby, tratando de aparentar normalidad, repitiendo a los empleados en susurros apenas inaudibles que todo saldría bien. Un joven comandante talibán de grandes ojos negros y gesto embrutecido entregó su arma a uno de sus soldados, entró en el hotel y caminó hacia el mostrador de recepción como si fuera a registrarse como un huésped más.

—¿Se sirve alcohol en este hotel? —preguntó.

—No —dijo el director, titubeante. Era un hombre elegante y de conversación educada, pero ante la presencia del guerrillero perdió la compostura y empezó a tartamudear—. Somos mu… mu… musulmanes… Fieles seguidores de las en… en… enseñanzas.

Los talibanes encontraron los vinos ocultos en la sala de calefacciones, donde las altas temperaturas no solían estropearlos lo suficiente para los funcionarios del Gobierno, que creían que aquella acritud de los caldos debía de ser una cualidad de las grandes cosechas importadas de Europa. El vodka fue hallado en una nevera con doble fondo en la cocina, debajo de la carne de cordero congelada. La sala del aire acondicionado, en la azotea, estaba llena de cervezas. La última botella, un coñac Louis XIII, apareció en la caja fuerte del despacho del director. Los guerrilleros apilaron todas las botellas en la entrada del hotel y las aplastaron con un viejo tanque ruso, provocando un riachuelo que bajó por la avenida Baghe Bala y siguió su curso hasta el centro de Kabul, impregnando las calles de un fuerte olor a licores, brandis y vinos. Hubo hombres que recogieron lo que pudieron con embudos, conscientes de que aquella sería la última noche en mucho tiempo en la que podrían emborracharse, y mujeres que trataron de recuperar los caldos para cocinar con ellos.

El comandante talibán sacó al director Fahim a la calle a empujones, hizo ademán de preguntarle algo y con un gesto de desdén, como si hubiera cambiado de opinión y tuviera algo mejor que hacer que ponerse a dar explicaciones, extendió la mano, recibió de vuelta su Kalashnikov y lo descargó en su pecho.

Nadie volvió a pedir un trago en el Intercontinental hasta la llegada cinco años después, en la primavera de 2001, del huésped americano de la 303.

 

«Un negocio. Cierras un negocio y te largas», se dijo Frank Goldkamp tratando de desperezarse del todo. Había detestado muchos de los países en los que había trabajado, siempre lo suficientemente rotos como para ofrecer buenas oportunidades de negocio. Empezaban pareciéndole una novedad tolerable, después le aburrían y finalmente los aborrecía, contando las horas que le quedaban para marcharse y apresurándose a cerrar algún trato para justificar su huida. Pero en todos aquellos lugares se las había arreglado para pasar las horas muertas emborrachándose de vez en cuando y alquilando ratos de amor fingido en burdeles de mala muerte. Kabul era diferente. No había podido tomarse una copa desde su llegada al país y había caminado por todos los barrios de la ciudad, recorriendo con especial atención los más pobres, sin encontrar un mísero burdel de barrio.

El único rostro descubierto de mujer que había visto desde su llegada había sido el de una funcionaria británica de la ONU con la que se cruzó en el lobby del Intercon dos días después de su llegada. «¿Americano?», había preguntado ella amable, tal vez solo aburrida. «Solo un poco», había respondido él, dándose la vuelta y alejándose sin más. No había vuelto a verla, pero días después, cuando el hastío empezaba a hacérsele insoportable, se arrepintió de no haber dejado pasar por una vez su desdén por los burócratas de la ONU. Bajó a recepción y preguntó por la diplomática británica con la esperanza de arreglar su error. «¿Su amiga la señorita Mary Stuart?», dijo el director Ahmed. «Nos dejó hace un par de días. Dijo que volvería en septiembre».

Frank Goldkamp se dio la que esperaba que fuera su última ducha fría en Kabul, desayunó en el restaurante del hotel y salió a la calle. El viejo botones se encontraba en la puerta, le cedió el paso y después lo adelantó apresuradamente para abrir la puerta del viejo Lada del 78 que se encontraba aparcado en la entrada.

—Salam aleikum —saludó el conductor dejando el volante para llevarse las manos al pecho. Era un tayiko de unos cincuenta años, menudo pero corpulento, con una única ceja alargada sobre los ojos, barba rojiza y ojos hundidos. Le había abordado a la salida del aeropuerto, ofreciéndose a llevarle al hotel. A Goldkamp le cayó bien: decidió ofrecerle un puesto como chófer durante su estancia en Kabul.

—Waleikum Salam, Aimal —dijo el americano subiéndose en el coche.

—Tiene buen aspecto esta mañana, mister Goldkamp. Todavía está a tiempo de arrepentirse y retomar el camino de los virtuosos. No tenemos que ir a ese lugar si no quiere.

—¿Y se puede saber qué me ofreces a cambio? ¿Una terraza donde sirven cerveza fría, el aire sabe a perfume adolescente y las mujeres no se lo ponen demasiado difícil a los desesperados?

—Le puedo llevar al valle del Panshir —dijo Aimal bajando la cuesta del Intercontinental para tomar la avenida Baghe Bala—. Entonces quizá cambie de opinión sobre Afganistán. Le prometo que…

—¡Ya sé, ya sé! Las mujeres más bellas de Afganistán.

—¿No me cree? Le aseguro que los ríos son allí plateados y las montañas de piedra blanca incluso cuando no las cubre la nieve. Los lugareños reciben al extraño como a un hermano y todavía se puede ver a mujeres descubiertas si se llega a los dominios del León del Panshir. ¡Y vaya si son bellas! Por eso me traje una a Kabul. Y si tuviera dinero, iría a por otra.

—¿Y qué harías con dos mujeres, Aimal?

—¡Imposible, imposible! Ah, se necesita mucho dinero para tenerlas a todas contentas y que no haya peleas en casa. Mi mujer me dice: «Marido, consigue una segunda esposa: estoy cansada de trabajar y necesitamos a una mujer joven que haga las tareas». La culpa es de su madre: esa vieja rata ha debido de enseñarle que el dinero llueve del cielo. ¿A cuántas mujeres caprichosas puede mantener un hombre honrado?

Frank Goldkamp no respondió. Había dejado de atender al conductor y observaba, con la nariz pegada a la ventanilla, los personajes que deambulaban por la Ciudad sin Rostro. No tenían rostro los hombres, ocultos bajo espesas y largas barbas que hacían imposible distinguir su estado de ánimo, si caminaban sonrientes o lamentándose; no tenían rostro las mujeres, arrastrándose fatigosamente detrás de sus maridos y padres dentro de sus burkas; no tenían rostro los niños, inmóviles en las aceras con el mismo gesto inexpresivo de sus mayores; ni los viejos que pasaban las horas sentados en las casas de té, como si lamentaran que también la noche anterior se les hubiera olvidado morirse.

Tampoco tenían rostro los anunciantes de detergente y baterías de coche que colgaban de postes de acero. Nada más tomar la capital, los talibanes se subieron a los árboles, a escaleras o sobre sus furgonetas para ocultar con pintura negra aquellas dentaduras blancas y aquellos labios carnosos que se mostraban sugerentes y corruptos. Después vino la prohibición de la televisión. La música. El deporte. Las cometas. Las fiestas y celebraciones. Una orden había decretado que el tamaño de las ventanas de las casas debía reducirse para preservar la intimidad de las mujeres. Otra prohibió que los hombres se afeitaran… Sabiéndose vulnerables a las debilidades humanas, una dependencia que les costaba aceptar más que al resto de los mortales, los talibanes se habían propuesto destruirlas. La solución estaba en regresar al origen de las cosas, antes de que el mundo hubiera sido prostituido por americanos bien afeitados como Frank Goldkamp. Habían conseguido, con una cadena de ejecuciones ejemplares, que Afganistán fuera un país sin crimen. El rincón más puro del mundo.

Fuera de la guerra o las sentencias a muerte que ellos mismos imponían, en Afganistán ya no se asesinaba. Lejos de los abusos de los mulás con los adolescentes recién llegados a las madrazas, en Afganistán ya no se violaba. Más allá de los pagos y corruptelas de los departamentos y ministerios de Kabul, en Afganistán ya no se robaba. Pero si los talibanes habían sido enviados por Dios para purificar a los mortales, castigar a los infieles y corregir a los desviados, la eliminación total del crimen se convertía en un problema. Se crearon delitos que antes no lo eran, aumentando con cada norma el número de afganos que quedaban fuera de la ley y obligando a los demás a nadar siempre a contracorriente para mantenerse a flote en ese inmenso océano de impureza que a sus ojos era la condición humana. No importaba lo rápido o lo mucho que uno nadara, la orilla de la virtud permanecía siempre inalcanzable.

Se ordenó arrestar a los ladrones de almas, que se decían retratistas callejeros; a barberos y peluqueras, que aseguraban mejorar lo creado por Dios; a los vendedores de películas de Bollywood y seriales pakistaníes, convencidos de que eran comerciantes de sueños; a los corrompedores de espíritus juveniles, que alegaban ser cantantes; y sobre todo a las mujeres que reunían todos los vicios posibles y cuya reforma no era posible. La mitad de los negocios de la ciudad habían quedado fuera de la ley —tiendas de fotografía, de electrodomésticos, salones de belleza, barberías, comercios de ropa…— y habían sido cerrados. Solo quedaban abiertas algunas tiendas de alfombras, restaurantes que ofrecían un único plato —kebab de cordero o pollo y arroz con pasas— y cafés.

Frank Goldkamp había estado en países en guerra, los había conocido pobres y malheridos, había comerciado en reinos en los que anidaba la desesperación y en repúblicas bananeras dirigidas por el mismísimo diablo, casi siempre de barriga prominente. En ninguno había encontrado mayor tristeza que en Kabul.

Llegaron a Afshar, el barrio hazara. Un grupo de niños jugaba a la guerra sobre dos viejos tanques rusos. Varias mujeres cruzaban la barriada con pasos cortos y rápidos, siguiendo a hombres jóvenes. Afganistán no era un país donde se pudiera esperar llegar a viejo. Se decía que lo lograban, sobre todo, los cobardes. Los cobardes y los locos. La última luz dorada de la tarde se colaba entre las siluetas de las ruinas, que se extendían más allá de donde alcanzaba la vista. Había casas a las que les faltaba el tejado. Casas deformes. Casas de las que no se podía decir con seguridad que hubieran sido casas. Casas que solo mantenían la fachada o una de sus paredes, dejando al descubierto dormitorios y salones en los que se podía ver a un inquilino sentado en un viejo sofá o a una familia preparándose para comer. La ruindad crueldad estupidez brutalidad codicia fragilidad resistencia de los hombres se concentraba en aquel laberinto de muros de barro que formaba el esqueleto de un barrio. Se podían adivinar los lugares que solían ocupar calles, plazas y bazares antes de que hubieran sido reducidos a escombros. Y, erigiéndose sobre todo lo que había dejado de ser, en lo alto de un monte, el cementerio donde yacían quienes solían ocupar calles, plazas y bazares.

El paso de un carro de bueyes levantó una nube de polvo y Afshar desapareció unos instantes, hasta que la brisa de la tarde aclaró el aire y volvió a mostrar su destrucción. Goldkamp volvió la vista atrás, contemplando la enormidad de las ruinas en su conjunto, y no pudo evitar pensar que era lo primero realmente bello que veía desde su llegada a Kabul. De una belleza oscura y trágica. Pero belleza al fin.

—¿Todavía vive gente aquí? —preguntó sorprendido—. Si yo fuera un cínico, y es probable que me haya convertido en uno, diría que disfrutan de vistas extraordinarias.

—Hubo un tiempo en que los vecinos reconstruían sus casas —dijo Aimal —. Ya no. Saben que si lo hacen, si vuelven a levantarlas, alguien vendrá a destruirlas. Están más seguros entre las ruinas.

Avanzaron despacio, dejando atrás las últimas construcciones semiderruidas y deteniéndose detrás de la única que permanecía intacta.

—¡Es ahí! La Casa sin Ventanas. No olvide que…

—… no debo tocar a la chica más de lo estrictamente necesario —terminó la frase Frank Goldkamp—. Que no hable ni pregunte nada. Que no descubra su rostro, que no la mueva de la posición en la que se encuentre ni suba el burka por encima de su cintura. ¿Cuántas veces vas a repetirme lo mismo? Conozco las reglas. Vete a casa y no te preocupes por nada. Todo irá bien.

—Inshalá… Cuando haya acabado, salga por la puerta trasera y cruce al otro lado de la calle. Se encontrará un bazar. Piérdase entre la gente un par de horas antes de regresar al hotel. Será más seguro.

—¿Cómo se llama la chica?

—Mister Goldkamp…

—¡Está bien, está bien! ¡Olvídalo!