El Cerro de las Campanas

Juan Antonio Mateos · Capítulo 1 de 79 · parte 1/4

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El Cerro de las Campanas

Prólogo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

En el último tercio del siglo XIX fueron muy populares en la prensa periódica de México las semblanzas o siluetas ya en prosa, ya en verso, dedicadas a personajes prominentes de la política o de las letras. En estos retratos se los pintaba, en algunas ocasiones, con sus mejores rasgos, en otras, con los más sombríos, y en algunas, las semblanzas estaban mediadas con sus elogios, una pizca de ironía y una que otra pulla para animarlas como las de Vicente Riva Palacio aparecidas en La República en 1882, con el título de «Ceros» y firmadas con el seudónimo «Cero».

Las del periódico El Lunes dirigido por Salvador Quevedo y Zubieta en 1881: «Fac-símiles y acuarelas de brocha gorda» resultaban bastante incisivas y malévolas. En cambio, las «siluetas humorísticas» del Diario del Hogar pretendían ser un gracioso pasatiempo. Entre los literatos de aquellos días más aludido en la prensa estaba el inquieto liberal Juan Antonio Mateos, a quien el Diario del Hogar en su sección «Bazar», consagró una silueta humorística el 4 de enero de 1882. El escritor que se ocultaba bajo el seudónimo C hizo un dibujo muy exacto del físico de Mateos, de su actitud política, de su oficio de escritor y de su peculiar manera de ser en donde resaltaba su liberalismo radical y, sobre todo, su veleidad; hasta sus amigos sostenían que la brújula «según Mateos podía señalar indistintamente al norte o al oriente», manera de ser que lo hizo blanco en la prensa de muchas críticas y caricaturas.

Dramático, retórico, político,

más que un zorro es un lince en la política,

víctima eternamente de la crítica

por decidor, por falso y por herético.

Es más que pensador, buen aritmético,

su musa retozona o sibarítica

acrimonia a la cábala jesuítica.

¡Es un bardo en verdad peripatético!

Es narigudo asaz como estrambótico

y jamás inquirió lo que es gramática

ni supo definir lo que es patriótico.

Posee, sin embargo, una sal ática

que en forma de discurso es un narcótico

que cura la política prismática.

Juan Antonio Mateos, liberal hasta los tuétanos, ocupó un lugar muy importante en la política de su tiempo, gozó de gran popularidad como autor dramático y como novelista, cultivó la poesía, la historia y también la oratoria; además fue un periodista

incansable que colaboró en los más importantes periódicos de su tiempo.[1]

Nació Mateos el 24 de junio de 1831 en la ciudad de México. Fue hijo de un soldado insurgente, Remigio Mateos y doña María Lozada y estuvo emparentado con Francisco Zarco y con Ignacio Ramírez, quien estaba casado con su hermana Soledad Mateos.

Cuenta Ireneo Paz en Los Hombres Prominentes de México (1888), que desde los primeros años «Mateos pudo experimentar al lado de su padre, los efectos del odio y la infatigable persecución que pesaba entonces sobre los débilés partidarios de la Reforma».

Mateos inició sus estudios en las aulas del profesor José María Rico, después asistió al famoso Colegio de San Gregorio, pero a causa de la Intervención Norteamericana (1847) su familia se trasladó a Toluca, donde continuó sus estudios en el Instituto Literario del Estado de México, del que era director el licenciado Felipe Sánchez Solís. En 1851 Ignacio Ramírez desempeñaba en este Instituto dos cátedras, la del primero y tercer año de Derecho. Los domingos por la mañana, Ramírez dictaba gratuitamente una clase de Bellas Literaturas a la que asistían entre otros muchos cursantes de Filosofía y Derecho, Joaquín Alcalde, Gumersindo Mendoza, los hermanos Manuel y Juan Antonio Mateos y también, por una deferencia de Ramírez, Ignacio M. Altamirano.

En la cátedra de Ramírez —dice Paz— «cuya elocuencia comenzó a subyugar el espíritu de la juventud; siguió Mateos sus lecciones y bebió en ellas aquel entusiasmo literario y patriótico, y aquel arranque generoso que debía lanzar al pueblo mexicano en una lucha que será eternamente memorable».

Mateos, en su novela El Cerro de las Campanas, asegura que fue en esta ciudad de Toluca, a la vista del Nevado, el Xinantecatl, donde se despertó su vocación literaria: «Mis primeros cantos fueron para ti, mis primeras inspiraciones de poeta se desprendieron de mi alma a tu contemplación»

En 1851, el gobernador del Estado de México, Mariano Riva Palacio, inauguró en el Instituto los Talleres de Litografía y Tipografía; en este acto leyeron poesías alusivas los hermanos Manuel y Juan Antonio Mateos y también Altamirano.

De regreso a México en 1853, Mateos se inscribió en el Colegio de Letrán para cursar los estudios de jurisprudencia, que interrumpió para defender —cito otra vez a Paz— «las libertades recientemente conquistadas en la revolución de Ayutla. Al toque de alarma, cuando el pueblo humilde, la juventud profesional y los viejos patriotas, animados de leal entusiasmo, improvisaban sus guardias nacionales, un grupo de estudiantes ansiosos de renombre y poseídos del ideal de la democracia, solicitó el permiso de combatir en las filas republicanas. Mateos, en compañía de sus hermanos, estudiantes también, abandonó las aulas y marchó rumbo a Puebla, confundido en la turba de soldados bisoños predestinados, como se creyó entonces, a ser pasto sangriento del enemigo.

»El primer encuentro fatal a ese ejército fue en las cercanías de Ocotlán, el ocho de marzo de 1855. Mateos

siguió a Comonfort, hasta la total destrucción del ejército reaccionario.

En el año de 1856 Mateos colaboró con artículos y poesías en El Monitor Republicano.

Restablecida la paz, volvió al Colegio de Letrán y recibió título de abogado el año de 1857.

El golpe de Estado de Ignacio Comonfort el 17 de diciembre de 1857, llevó a Mateos —informa Paz— a militar «alternativamente con los generales Zaragoza, Berriozábal, González Ortega, y el malogrado Arteaga, a quien sirvió de secretario; y probó con ellos las desventuras que pesaban sobre un partido casi abandonado por la nación. Diarias eran las derrotas, frecuentes eran las prisiones, familiar la existencia errante en desiertos o en encumbradas serranías, entre los horrores del hambre, en medio de un ejército de labriegos mal armados.

«Aquella vida sobrellevada con varonil firmeza, debía coronarse con el triunfo, que terminaba para el joven

Mateos, con un golpe inesperado.»

Este golpe fue el fusilamiento en Tacubaya el 11 de abril de 1859 de su hermano y compañero de estudios Manuel Mateos, por el general conservador Leonardo Márquez, quien siempre manchó y desprestigió con sus instintos sanguinarios las armas del partido de la reacción.

Las experiencias de Mateos durante la guerra de Reforma y la muerte de su hermano aparecen en su novela Memorias de un Guerrillero.

Con el triunfo del partido liberal el 11 de enero de 1861, Mateos, junto con su muy amigo Vicente Riva Palacio, comienza sus actividades dramáticas a principios de 1861, «y no se separarán —dice Luis Reyes de la Maza— hasta después de haber estrenado con indiscutible éxito más de quince obras». Mateos y Riva Palacio, según Paz, reanimaron el teatro mexicano que, con la vida de Fernando Calderón e Ignacio Rodríguez Galván, parecía extinguirse para siempre.

Estos jóvenes autores, el domingo 27 de enero de 1861, estrenaron su primera obra, acontecimiento recordado por Enrique Olavarría y Ferrari.

«El domingo 27 de enero de 1861… Hubo fiesta en el [teatro] Iturbide. Para obsequiar al gobernador del

Distrito, el íntegro y caballeroso don Justino Fernández, una compañía dramática puso en escena el drama en

cuatro actos y en verso, original de don Vicente Riva Palacio y don Juan A. Mateos, intitulado Odio

Hereditario. A su versificación fluida y sonora, unía la composición escenas de mucho interés, y valió a sus

autores grandes aplausos. Riva Palacio y Mateos fueron llamados tres veces a escena: en la segunda recibieron

unas coronas y multitud de versos cayeron de la galería a la sala. Una música militar, Obsequio de González

Ortega, les saludó con dianas cuando se presentaron en el foro, y los acompañó después hasta la casa

habitación de Riva Palacio…»[2]

Le Trait de Union el 11 de marzo de 1861, en «Hechos diversos mexicanos», se refirió a que el día anterior en la tarde había tenido lugar en el Teatro Iturbide la primera representación de la pieza dramática Borrascas de un Sobretodo, escrita en verso y en tres actos por Vicente Riva Palacio y Juan A. Mateos.

La Orquesta. Periódico omniscio, de buen humor y con caricaturas de la que era redactor en jefe Carlos R. Casarín, amigo de Riva Palacio y Mateos, siguió paso a paso los empeños dramáticos de estos fecundos autores. El 7 de agosto de 1861 participaba que los apreciables «Cástor y Polux, los señores Riva Palacio y Mateos han concluido una grandiosa obra que lleva el título de El Incendio del Portal». Se estrenó el 15 de agosto de ese año en el Iturbide. El 21 de agosto, La Orquesta anunciaba que Riva Palacio y Mateos «tenían otra bonita pieza en un acto: La Ley del Uno por Ciento. Creemos que correrá la misma suerte que El Incendio del Portal que sufrirá muchas representaciones»

A Francisco Zarco, pariente de Mateos, sintiéndose aludido en La Ley del Uno por Ciento, las tales comedias no le hicieron ninguna gracia, y en El Siglo Diez y Nueve el 15 de septiembre de 1861, los criticó duramente. El 18 de septiembre de 1861 La Orquesta comentó el juicio de Zarco:

«El Siglo hace un juicio crítico de la comedia de los señores Mateos y Riva Palacio, endiabladamente

desfavorable a estos seres: llama la pieza sainete, y de los malos; en su artículo enumera los defectos de esta

pieza, y a fe que si son los que cuenta, no son muy escasos. En cuanto al Odio Hereditario, dice que se ha

abstenido de ella por pura indulgencia: en suma es una felpa de once y finos.»

A Riva Palacio y a Mateos los juicios del cronista del Siglo, Francisco Zarco, les importa bien poco y continuaron afanosos produciendo obras. El 16 de septiembre de 1861 estrenaron en el Iturbide El Abrazo de Acatempan o el Primer día de la bandera nacional, obra premiada en el concurso convocado por el Estado, premio que según La Orquesta «se quedó en veremos».

El 20 de octubre de ese año se representó en el Iturbide su juguete cómico Temporal y Eterno, y el 1.º de diciembre la comedia de costumbres en tres actos La Política Casera. Mateos a la actividad dramática aúna la periodística colaborando en 1861 y 1862 en El Monitor Republicano. El año de 1862 en que México es invadido por las tropas francesas de Napoleón III. lo inician Riva Palacio y Mateos con El Tirano Doméstico; en un pasaje se burlaron del intervencionista Juan N. Almonte, llamado por la prensa satírica Juan Pamuceno, o simplemente Pamuceno; la obra también tenía alusiones punzantes contra el embajador francés Dubois de Saligny. El Tirano Doméstico se entrenó el 25 de enero de 1862 en el Iturbide. El Cronista de México, periódico conservador, el 25 de enero de 1862, reproduce complacido el juicio que Zarco expresó en El Siglo Diez y Nueve el 30 de enero.

«Fue muy aplaudido un cuento del pasante, que es un agudo epigrama conservador a quien se atribuye mucha

parte en los proyectos de la intervención. Si bien la prensa periódica tiene a veces que desceder al triste terreno

de las apreciaciones personales, el teatro debe limitarse y tratar de defectos y vicios generales para corregirlos,

y no convienen a su dignidad, ni los nombres propios de los contemporáneos.»

El consejo de Zarco les entró a los autores por un oído y les salió por el otro, pues el 20 de mayo de 1862, en la función extraordinaria que tuvo lugar en el Teatro Nacional para celebrar el triunfo de las armas nacionales el 5 de mayo, se puso en escena El Tirano Doméstico. Riva Palacio y Mateos aludieron a esta victoria, y con más bríos que antes, se mofaron de Almonte, de Saligny y del emperador Luis Napoleón, a quien empequeñecieron con el diminuto familiar de «Luisito».

La Orquesta el 26 de marzo se refirió al juguete cómico El Drama Anónimo, y los amigos del autor pidieron «a la célebre pareja que no sacrifique la bondad a la fecundidad; sino corrigiendo más sus composiciones, lleguen a alcanzar en ellas un buen nombre en la literatura nacional».

Francisco Zarco, el 26 de marzo en El Siglo, hizo la crítica del drama cómico en cuatro actos y en verso Nadar, y a la orilla ahogar, que sé hizo pasar como de autor anónimo, pero que resultó de la pluma de Riva Palacio y Mateos, representado en el Iturbide el 23 de marzo. Zarco alaba a los autores la fluidez y gala de la versificación, les censura lo mal tramado de la obra, la falta de originalidad y su ignorancia; «se echó mano —dice— de Felipe IV, sin pensar que las costumbres fantásticas de las comedias de capa y espada no son del reinado de ese monarca, sino que en su época se escribían tales comedias».

Zarco aconsejaba a Riva Palacio y Mateos «que cada uno de ellos trabaje solo, pues está visto que entre los dos no pueden hacerse grandes obras literarias.»

El 27 de julio de 1862, Riva Palacio y Mateos en la función a beneficio del escenógrafo Manuel Serrano en el Teatro Principal, dieron a conocer su drama en dos actos y un prólogo La Catarata del Niágara, protesta contra la invasión americana de 1847. Las decoraciones para este drama las había pintado Manuel Serrano, según informó el 21 de febrero de ese año El Cronista de México.

El 12 de noviembre de 1862, La Orquesta avisaba la representación del drama nuevo de Riva Palacio y Mateos: La Hija del Cantero, en una función que el Ayuntamiento daba ese día a beneficio de los hospitales de sangre. El 15 de noviembre se refería al éxito que había sido la función, «que ha dejado un profundo recuerdo en todos los corazones, pollos gratos y patrióticos sentimientos que produjo.»

Y el 19 de ese mes, La Orquesta comentó en un elogioso artículo La Hija del Cantero, a cuya representación había asistido el presidente de la República:

«La hija del cantero es una de sus mejores producciones, la fluidez de la versificación, lo interesante del

argumento y el desarrollo bien combinado de las escenas forman el todo de esa bellísima composición. El

cantero, es uno de los tipos de nuestro pueblo. Hasta hoy se veía con desagrado, o por lo menos con frialdad,

el que se trajese a la escena algo mexicano. Acostumbrado el público a la representación de las piezas

extranjeras, era necesario afrontar con las primeras impresiones que necesariamente debía causar asuntos del

país puestos en escena.»

La Orquesta se congratulaba de que en ese tiempo en que la intervención europea era un hecho se escribiera, y más aún, se escribiera para el pueblo como lo hacían Riva Palacio y Mateos, «para alentarlo en los momentos horribles de su desgracia». Así, cuando la actriz Ana Cejudo exclamó: ¡Independencia o muerte!, y tremoló el pabellón de Iguala, fue la locura. El pueblo respondió pidiendo la repetición del himno, las hermosas damas que asistían se pusieron de pie movidas por el patriotismo, y en medio de ese entusiasmo patriótico se dejó oír la voz del presidente de la República:

«Había subido al palco del Ayuntamiento; allí se contemplaba a ese hombre cuya figura se destaca gigante en

el cuadro de nuestra gigante revolución, a ese hombre a cuya frente no llegan jamás las nubes de la tormenta,

escollo donde se estrellan las olas del infortunio público y que la Providencia ha colocado al frente de este país

para su salvación, ese hombre salido del pueblo y que el pueblo ha colocado en los altares de la patria por su

abnegación, su virtud y su patriotismo. El pueblo debía verlo en esos momentos, debía escuchar su voz

autorizada y respetable; ese acento que se ha dejado oír majestuoso en nombre de su nación allá en la Europa,

protestando defender la independencia y llevamos al combate en el día supremo de la patria. El presidente

conjuró al pueblo a la unión y a defender sus libertades.»

La representación de La Hija del Cantero fue un completo éxito, Riva Palacio y Mateos, como comentó La Orquesta, lograron sortear el riesgo que significaba traer a escena a los tipos populares, tipos que ahora son el pan nuestro de cada día en el cine, la televisión, e hicieron sentir a los espectadores el orgullo de sostener la integridad nacional «en el día solemne del combate».

Más que los consejos de Zarco, las circunstancias políticas por las que atravesaba el país: la Intervención francesa, separaron a Vicente Riva Palacio y a Juan Antonio Mateos y cada quien, a partir de 1863, luchó independientemente por un nombre literario.

Al esfuerzo conjunto de Riva Palacio y Mateos como autores teatrales, el crítico Luis Reyes de la Maza le concede el mérito nada despreciable de haber iniciado «lo que ahora llamamos “sketch” político».

En abril de 1863 Mateos era secretario del Ayuntamiento de México.

A la caída de la ciudad de Puebla en mayo de 1863, el gobierno del Presidente Juárez, convencido de que era imposible defender la capital, se trasladó el 31 de mayo de 1863 a San Luis Potosí. Riva Palacio lo siguió, para más tarde luchar con las armas en los estados de Michoacán y de México. Mateos permaneció en México y continuó su labor dramática.

La Sociedad, periódico político y literario, el 11 de agosto de 1864 da la noticia de que había sido puesta en el Teatro Principal la comedia nueva en verso de Mateos, titulada La muela del juicio. El Cronista de México la elogió, el público la recibió muy bien llamando al autor dos veces a escena.

El 23 de octubre Mateos estrenó, en el Teatro Principal, su adaptación de la novela Los miserables de Victor Hugo, en seis actos y en verso.

La Razón de México, el 27 de octubre anunció la reaparición de La Orquesta con las caricaturas de Constantino Escalante y la aparición de los periódicos Don Pancracio, redactado por don F. García Relaño, y Rigoletto, cuyo redactor sería Juan A. Mateos.

El Cronista de México el 16 de noviembre tomaba de Don Pancracio este párrafo:

«El Prólogo de Cervantes, nueva obra de nuestro apreciable amigo y compatriota, el joven poeta don Juan A.

Mateos, y que ha dedicado al Casino Español donde se representará el sábado 19, entre las demás piezas que

tendrán lugar en celebridad del cumpleaños de la reina de España. El mencionado señor Mateos ha recibido de

la secretaría del Casino una carta de agradecimiento que lo honra en particular y en general a la literatura

nacional.»

El Prólogo del Quijote, comedia en un acto, se representó el 19 de noviembre en el Casino Español, ante una concurrencia nutrida y distinguidísima.

Mateos fue obsequiado con una corona alusiva y una pluma de oro, el señor Perogordo pronunció unas palabras de elogio a nombre «de los españoles residentes en este bello país».

El 24 de noviembre de 1864, El Cronista de México insertó la carta que Mateos remitió a toda la prensa de la capital, «como un testimonio público de reconocimiento al Casino Español, por la acogida franca y generosa que ha dispensado a mi composición dramática El Prólogo del Quijote, que tuve el honor de dedicarle en el cumpleaños de S.M.C. D.ª Isabel II».

En la carta Mateos pone de manifiesto los móviles que lo llevaron a escribir el Prólogo. Nos dice que cuando unos meses antes visitó la isla de Cuba en ostracismo voluntario, la sociedad española de la isla le demostró sus simpatías, por lo que pensó «consagrar un recuerdo a los españoles, y venir a estrechar la mano en México a los compatriotas de aquellos que me habían brindado hospitalidad cuando yacía arrojado en ajenas playas por el aliento de la revolución».

Mateos encontró, nos dice, en el personaje de Cervantes el pensamiento digno de ser representado como ofrenda en los altares de la gratitud:

Escribí, pues, el Prólogo del Quijote, lo sometí a la autoridad del bardo castellano, del inimitable señor

Zorrilla, y su opinión siempre leal y franca, con algunas indicaciones que obedecía gustoso, puso un sello de

aprobación que me lisonjea, aunque considere parcial al señor Zorrilla por la amistad que me dispensa y su

excesiva galantería.

Estoy satisfecho —continúa diciendo Mateos— porque mi idea ha sido comprendida; mi obra no puede ser

buena porque carezco de conocimientos y de escuela; estímela el Casino Español como la expresión más

grande de mis simpatías; mírela como un recuerdo a su solemnidad, y no como una producción literaria.

Ya para finalizar el año de 1864, Mateos estrena en el Principal, el 11 de diciembre, su comedia en tres actos y en verso La Luna de Miel.

La actividad teatral de Mateos prosiguió en 1865. La Razón de México, el 4 de enero de 1865, comenta que Mateos había hecho una magnífica traducción del drama de Paul Feval, El jorobado, obra que se representó con mucho éxito hasta el 15 de enero de ese año.

En enero de 1865, Mateos fue llamado a colaborar con el Imperio, aceptó el puesto de secretario general del Ayuntamiento, cargo que desempeñó hasta principios de mayo de 1865 en que fue «relevado por orden suprema» (El Cronista de México, 4 de mayo de 1865.)

Al mismo tiempo que se reconciliaba momentáneamente con el Imperio, Mateos luchaba en la prensa por la causa republicana; era el redactor en jefe de La Sombra. El primer número de este periódico apareció el 3 de enero de 1865 con este título:

La Sombra, periódico ultra-liberal y reformista escrito en los antros de la tierra por una legión de espíritus que

dirigen MEFISTÓFELES Y ASMODEO,

seudónimos, respectivamente, de Juan A. Mateos y de José Rafael Franco.

En el primer número los redactores fijan su postura liberal y reformista en «Evangelio del día. La Sombra». Apoyan la desamortización de los bienes eclesiásticos, que los conservadores querían que desaparecieran, pero la Reforma — afirman «los espíritus» de La Sombra— «esa marcha impresa a la nación no se detendrá jamás».

En La Sombra, Mateos satirizó las costumbres de imperialistas e intervencionistas y se burló del chasco que en el asunto de la desamortización habían sufrido los conservadores con el emperador Maximiliano.

El 12 de febrero se estrenó en el Principal la comedia nueva en 3 actos y en verso de Mateos, La Calle de Enmedio, que se retiró, pues fue un fracaso.

La Orquesta, el 15 de febrero, transcribe la carta de Mateos en la que manifiesta que, como su obra La Calle de Enmedio no agradó al público, la retira de la escena. La Orquesta se duele de este percance: «envidiamos la calma y filosofía del autor dramático, que para consolarse recuerda que Victor Hugo y otros poetas tan grandes como él, han sido silbados por ese público que según lo caprichudo y variable que es, no parece sino un mocoso malcriado. La Calle de Enmedio no será como obra dramática una cosa magnífica, pero los versos en que está escrita, son fluidos y armoniosos, y encierran multitud de bellezas poéticas».

Mateos publicó en La Sombra su obra La Muerte del Juicio los días 20, 24, 27 y 31 de enero, 3, 7, 14, 21, 24 y 28 de febrero; 3, 10 y 17 de marzo de 1865.

Unos días después del 17 de marzo, Mateos deja de ser redactor de La Sombra. La Orquesta y El Cronista de México publicaron el 22 de marzo la carta que Mateos les envió el día 21 de marzo al retirarse de La Sombra:

Al separarme de la redacción en jefe de La Sombra, y para evitar equivocaciones, manifiesto que son míos

todos los editoriales, así como las letrillas, que bajo el seudónimo de Mejistófeles han aparecido en dichos

periódicos.

Me complazco en dar las gracias públicamente a la prensa que me ha honrado con la reproducción de mis

artículos, rogándole se sirva insertar este comunicado, para declinar toda responsabilidad acerca de la política

que adopte en lo sucesivo el periódico a nombre del administrador a cuyo nombre se pidió la licencia para la

publicación.

El más famoso guerrillero republicano, el «león de la montaña», Nicolás Romero, después de ser juzgado por una corte marcial, fue fusilado el 18 de marzo de 1865 en la plazuela de Mixcalco.

La prensa liberal protestó por la muerte de Romero.

La Orquesta de 22 de marzo publicó la «Obertura a toda Orquesta, Las cortes marciales», brioso artículo en donde se condenaba a esas cortes, se defendía a Nicolás Romero y se le consideraba como héroe de la libertad.

El autor con toda hombría desafiaba las penas del código militar impuestas a las leyes de imprenta.

Mateos era ese día 22 de marzo, redactor en jefe de La Orquesta y, por tanto, autor de la valiente «Obertura»: «Las cortes marciales.» Inmediatamente el mariscal Bazaine tomó cartas en el asunto dando orden de apresar a los redactores de varios periódicos, entre otros, al editor de La Orquesta, y mandó que los juzgara un consejo de guerra.

El 27 de marzo transcribía La Estafeta, periódico francés, la advertencia que Bazaine había hecho a la prensa menuda que con motivo del proceso de Romero se mostraba hostil a los jueces militares:

«terminando por declarar a nombre del gobierno y del mariscal que no estando revocado el decreto de

noviembre de 1863, que estableció el estado de guerra, los escritores que se hiciesen reos de excitación a la

discordia y de propagación de noticias alarmantes, debían comparecer ante los consejos de guerra. En

consecuencia fueron expedidas órdenes de prisión respecto de algunos editores responsables de los periódicos

chicos».

La Orquesta añadía que los señores Villegas, editores de la Orquesta, y Franco, administrador de La Sombra, habían sido llevados en coche al cuartel general de la Acordada, donde quedaron presos, y que se buscaba «a los editores de algunos otros de los periódicos jocosos que salen a luz en la ciudad». Luis G. Iza, redactor en jefe de La Cuchara, Enciso, del Buscapié y Díaz, de Los Espejuelos del Diablo, también fueron detenidos.

El 27 de marzo, Mateos, que estaba libre, tuvo la humorada de dedicarle unas seguidillas «A Manuel Villegas», firmadas con su seudónimo «Serpentón». En éstas cobraba a Villegas cuentas pendientes suyas y, de paso, las del caricaturista Constantino Escalante:

… No estabas nunca conforme

con tu amante trovador.

… Yo recuerdo aquella noche

me parece que te veo,

negándome el prorrateo

que me das cual redactor

tú las monedas guardaste,

yo me empeñaba en cobrar,

mas no quisiste pagar

a tu amante trovador…

¿Recuerdas cuando Escalante

trazaba caricaturas

esas chistosas figuras

de un huevo huero escritor?

¿quién dijera Dios piadoso,

que fueses a la Acordada,

la política morada

de tu amante trovador.

… Adiós elevada torre,

adiós paredes sombrías,

no apaguéis las quejas mías,

dadle paso a mi dolor.

Adiós Orquestero noble,

oye desde el cautiverio

las notas de hondo misterio

del violín del Trovador.

Villegas, muy mohíno, respondió a Mateos en La Orquesta el 29 de marzo con los versos: «A don Juan A. Mateos. Soy el redactor en jefe, contestación al canto del trovador.» Villegas firmaba con el seudónimo Cottiers, y se arrepentía como de sus pecados, por haber recibido en La Orquesta a Mateos:

Quiero que me parta un rayo

y que un incendio me tueste,

y que me acometa el tifo,

y hasta que el diablo me lleve,

si cuando funde un periódico

me valgo de ciertos nenes,

que al ver un lance apurado

salen con domingo siete…

Villegas, en «Soy el redactor en jefe», puso a Mateos de vuelta y media, reprochándole asimismo, haber negado ser el redactor en jefe de La Orquesta:

Entretanto a mi persona

¿qué le espera? Me aprehenden,

me conducen a la cárcel

y me llevan y me vienen.

Y yo por prudencia callo

sin mostrar al delincuente,

que sin pararse en los medios

a la justicia me vende,

y haciendo el papel de Judas

sin que de ello se avergüence,

me entrega con los gendarmes

Él, el redactor en jefe…

En La Sombra, el 28 de marzo en «Cencerrada. Actualidades», el administrador de este periódico, José Rafael, se metía también en verso con Mateos: «El administrador, al redactor en jefe». Franco jugaba con los títulos de las comedias de Mateos y aludía a la carta que éste había enviado al Cronista.

… Vete, pues que ya el Cronista, tu remitido insertó,

la responsiva me dejas

y la acepto ¡vive Dios!

no temas en adelante

perder la colocación,

con que el buen ayuntamiento

tu patriotismo premió.

No temas, pues, ser ingrato,

huye ligero, veloz,

vete redactor en jefe

deja al administrador.

La Sombra también consignó un epigrama de Villegas:

Un escritor excelente

en un convite soñó,

y entonces se presentó

afilando bien el diente.

Pero nuestro hombre, que es chusco;

se encontró a la policía,

y entonces sólo decía:

La calle de enmedio busco.

La Orquesta, el 29 de marzo, creía que «aprehendido el verdadero responsable del artículo mencionado, nuestro amigo el señor Villegas será puesto en libertad».

El Cronista de México y La Sociedad el 30 de marzo publicaron el remitido en que Mateos se «vindica de algunos cargos que le dirige La Sombra». El remitido está escrito en la cárcel de la ex Acordada y tiene fecha de 29 de marzo. Mateos niega lo asentado por La Sombra, y acepta toda la responsabilidad del artículo «Las cortes marciales».

Se dice en el periódico que yo he entregado al señor Villegas, en lo que hay una equivocación, porque la cita

del señor Mariscal fue dirigida a dicho señor Villegas como la persona responsable del periódico cuya firma

va al calce, como puede verse en los números de La Orquesta.

Aunque por la ley de imprenta estuve en mi derecho de declinar la responsabilidad, porque mis artículos

pasan por la revisión del señor Villegas y él es el editor responsable, declaro ante el público, y lo haré ante el

consejo de guerra, a quien dirijo en estos momentos una comunicación con el objeto de que acepte toda la

responsabilidad del artículo titulado «Las Cortes Marciales», respondiendo como lo he hecho en mis

declaraciones sobre los cargos que se hagan, así como el móvil que tuve al escribir el artículo. Pediré ante los

jueces que se ponga en absoluta libertad al señor Villegas, ejerciéndose la acción de la ley en mi persona

porque en asuntos de caballerosidad no acostumbro nunca ceder el puesto.

Por lo demás, dejo entregado al fallo del público al periódico que dirige insultos a quien se halla en una

prisión, y sobre el banco del acusado.

La Sombra, el 31 de marzo en «Crónica escandalosa», criticaba este remitido de Mateos y, como revancha, copiaba muy satisfecho un párrafo de La Nueva Era del 30 de marzo:

«De nada le ha servido al señor don Juan A. Mateos el gregorito que había dado al editor de La Orquesta

haciéndole aprehender. Señalado como el verdadero autor del artículo sobre las Cortes Marciales, que había

llamado la atención de la autoridad militar, ha sido arrestado la mañana de antier (28). Podrá reflexionar a la

sombra sobre la inutilidad de jugar malas pasadas a sus amigos.»

Por otra parte, mucho se alegraba La Sombra de la liberación de los «Señores Villegas y Díaz: Estos amigos nuestros, accionistas el primero de La Orquesta y dibujante el segundo de Los Espejuelos del Diablo están ya en libertad. Los felicitamos sinceramente lo mismo que a sus apreciables familias, y deseamos cuanto antes ver por las calles de México paseándose impávidos y risueños a nuestros demás amigos, que quedan todavía tomando ejercicios espirituales en la prisión de la ex Acordada, y que forman la valiente brigada de la petite presse».

La Orquesta, el 1.º de abril, insertaba la contestación de Villegas al remitido de Mateos en el que, según Villegas, trataba Mateos de vindicarse del cargo que pesaba sobre él como denunciante.

«El señor Mateos dice que la orden para presentarse en la casa del mencionado señor Mariscal fue dirigida a

mí: éste es un hecho; pero no lo es el que yo fuera el que debía presentarse, pues en ella se rogaba al redactor

en jefe de La Orquesta se presentara en esa misma tarde, a las cuatro, en el gabinete del señor Mariscal en jefe,

en virtud de lo cual como tal redactor en jefe, se ha presentado el señor Mateos creyendo indudablemente que

no se trataba de una prisión; mas cuando ha sabido que éste era el objeto de la cita, aterrorizado sin duda por

las perspectivas de una prisión, y sin tener en presente el ridículo que pesaría sobre él pues cometió una acción

que no tiene nombre, delante de los representantes de la prensa, ha declinado toda responsabilidad diciendo

que ese mismo día había entrado a la redacción de La Orquesta, y agregando que el responsable por lo anterior

hasta ese día era yo.»

Villegas añade que Mateos lo hizo aprehender y le señala que ha faltado a la verdad al asegurar que

ese día había entrado a la redacción de La Orquesta, puesto que ése era el segundo número que él había

escrito, y se pone en ridículo al decir, también, que lo que él escribía en La Orquesta debía serme pasado a

revisión. Esto haría muy poco honor al señor redactor en jefe.

El señor Mateos concluye su remitido asegurando pedirá a los jueces se me ponga en absoluta libertad,

aceptando él la responsabilidad del artículo que provocó mi prisión. El señor Mateos no hará en esto más que

un acto de justicia, con el cual tal vez logrará vindicarse ante la opinión pública.

Imparcialmente, tanto Villegas editor y Mateos redactor en jefe, tenían que compartir la responsabilidad del número del periódico La Orquesta de 22 de marzo de 1865, pues, como sentencia el refrán, «tanto peca el que mata la vaca como el que le tiene la pata».

La Orquesta de 5 de abril informaba que se había terminado la causa instruida a los redactores de la prensa pequeña de la capital, sentenciándolos a una pena pecuniaria y otra aflictiva.

«Los términos en que se ha hecho, indica que atendidas las razones alegadas por los reos y sus defensores,

influyeron un tanto en el ánimo de los miembros del tribunal, y que sin duda procuraron atenuar el castigo.»

El 8 de abril La Orquesta decía:

«Toda la prensa se ha ocupado del proceso de los periodistas, y en vista del fallo que recayó, ha manifestado

sus buenos deseos porque sean indultados dichos escritores… Convencidos de ser el eco de la opinión general,

opinamos franca y sinceramente porque el soberano, usando de sus prerrogativas, indulte absolutamente

hablando, a los periodistas tanto de la pena pecuniaria como de la aflictiva.»

Maximiliano no movió un dedo en favor de los periodistas.

El 10 de abril de 1865 se dio la ley que reglamentaba el uso de la prensa.

Los biógrafos de Mateos nos hacen saber que después de su liberación siguió escribiendo valerosos artículos contra el proyecto de colonización en Sonora, por lo que fue sometido a otro consejo de guerra, «asaltado por esbirros del gobierno y deportado a Yucatán».

El proyecto de colonización de Sonora del norteamericano Gwin fue recomendado por Napoleón III a Bazaine a principios de 1865. José María Vigil afirma en el tomo V «La Reforma», México a Través de los Siglos, México (1884-1889) que «habiéndose divulgado la noticia, la prensa liberal hizo un llamamiento enérgico al sentimiento público, herido con aquellas maniobras; el mariscal, entonces fundándose en que estaba vigente el decreto de noviembre de 1863, declarando el estado de sitio, mandó poner presos el 22 de marzo a los directores de La Orquesta, La Sombra, La Cuchara, El Buscapié y Los Espejuelos del Diablo.

Si hemos de creer a Vigil —que sabe lo que dice— los artículos contra el proyecto de colonización de Sonora, si los escribió Mateos, son anteriores al 22 de marzo de 1865, y digo, si los escribió, pues al ser rehabilitado en sus derechos de ciudadano en 1867 no se hace mención de ellos. Mateos, como más adelante se verá, en 1866 por otros escritos fue amenazado de ser deportado a Cayena, y fue desterrado a Yucatán por otra causa.

Mateos, al salir de la prisión motivada por su artículo «Las cortes marciales», volvió al teatro. El 17 de julio El Cronista de México anunciaba un nuevo drama en cuatro actos de Juan Antonio Mateos llamado La Muerte de Lincoln, y como la censura no encontró en el drama ni en su moral, ni en la parte política palabra alguna ofensiva, dio su permiso para que se representara.

«Nosotros —decía El Cronista— que vemos con placer los notables esfuerzos que hace la juventud mexicana

por presentar al mundo una literatura nacional, aplaudimos que el autor de La Muela del Juicio y La Luna de

Miel, haya consagrado su talento a la creación de un drama original… le pedimos que siga enriqueciendo con

nuevas producciones el repertorio dramático mexicano.»

El Diario del imperio, el 29 de julio en «Diversiones públicas. Teatro Principal», anunció La Muerte de Lincoln. «El espectáculo terminará con una pieza de baile conocida por La Vivandera Mexicana, que será desempeñada por la niña Pérez.»

También el 29 de julio, El Cronista de México dio a conocer el remitido de Mateos de fecha 27 de julio sobre su drama La Muerte de Lincoln.

La trágica muerte del presidente Lincoln ha impresionado dolorosamente al mundo entero, quien ha dirigido la

expresión unánime de su sentimiento al pueblo de las Estados Unidos por la pérdida de uno de sus hijos, cuyo

nombre registra la humanidad en la historia de sus mártires.

Este acontecimiento ha servido de base para el drama La Muerte de Lincoln, aceptando los hechos sin

atreverme a calificar a las personas que aparecen inodadas en el crimen, y cuya culpabilidad aún no se declara

por los tribunales de la Unión.

He procurado apartarme de todo sentimiento político, condenando el crimen, que aun considerado como

parte de una combinación revolucionaria y llevada a su término por un fanático, no es por eso menos inmoral

y reprobado. En mis creencias políticas y sociales me ha parecido siempre el fanatismo la gangrena y el

desprestigio de toda idea.

Por mala que sea mi obra, es, sin embargo, una página viva donde el pueblo podrá leer uno de aquellos

rasgo sombríos de la honra humana.

En cuanto al mérito literario de mi composición, el público sabe que me someto gustoso a su respetable

fallo.

A pesar de los anuncios, la obra de Mateos no se representó el 29 de julio según se infiere de los sueltos que publicó La Orquesta los días 2 y 9 de agosto de 1865.

El 2 de agosto en el suelto «Gregorito», comentaba el que había recibido el público que asistía el 29 de julio para ver la obra de Mateos, La Muerte de Lincoln.

Cuando el teatro estaba ocupado por una concurrencia numerosa, ¡oh fatalité!, se anuncia que el señor Padilla

estaba ronco, y que por esa causa no podía tener lugar la representación del drama anunciado.

El público se dio a todos los diablos, rugió y se puso de un humor insoportable; ¡tenía razón!, ¿a quién le

gusta sufrir un gregorito de esa naturaleza?

Por lo pronto todo había quedado en tal estado, pero al día siguiente nuestro cofrade El Pájaro Verde casi

nos dio a entender que la autoridad había hecho suspender aquella función por evitar que se lastimasen

susceptibilidades.

Y el 9 de agosto volvía La Orquesta sobre La Muerte de Lincoln.

Como sabe el público, no pudo tener lugar la representación de esta pieza del señor Mateos por haberse

enfermado el recomendable actor don Ángel Padilla.

Pues bien, este señor, se nos dice que ya está restablecido, y sin embargo, la comedia no se pone aún en

escena… Seguramente (y pase por suposición), la compañía dramática anda a picos pardos con el poeta

dramático.

Hay quien asegure que aquella pieza ha sido prohibida por la autoridad. Eso sí que no creemos aunque nos

los digan en cruz; no, no y no. La autoridad, por más que se nos diga, no se ha metido en nada, y lo sabemos

de buena tinta.

Ya se ve, semejante rumor lo circuló el Pájaro y el Verde dice que le parece.

La Orquesta el 22 de noviembre de 1865 citó en un suelto la nueva obra de Mateos:

«Un mexicano en Pekín, Esta noche se pone en escena la calaverada dramática de nuestro compatriota don

Juan A. Mateos. Por primera vez vamos a ver chinos en el foro escénico. Esta excentricidad proporcionará al

público un cambiante dramático que dará más popularidad a nuestro infatigable escritor.»

La Orquesta acompañó el suelto con una caricatura de Constantino Escalante: «Un nuevo colonizador de teatros», en la que Mateos va acompañado de gran número de chinos.

En febrero da a la escena su comedia «de magia y espectáculo y de gran maquinaria basada en la leyenda popular mexicana La Mulata de Córdoba».

En mayo de 1866, Mateos funda un periódico: El Marqués de Caravaca, en donde ataca con mucha osadía al Imperio y defiende ardorosamente la causa republicana.

El Cronista de México el 1.º de mayo de 1866 anunciaba la aparición de este periódico:

«El Marqués de Caravaca. Empezará a ver la luz pública en esta capital el día 3, un nuevo periódico político,

retrógrado, conservador, santurrón y de chanzas pesadas, según anuncian sus redactores. El periódico saldrá el

jueves y domingo de cada semana. Le deseamos larga vida.»

El 8 de mayo El Cronista de México hacía alusión al éxito del Marqués de Caravaca.

Sigue publicando artículos chispeantes y de bastante gracia. Sus redactores que deben ser personas de buen

humor, dedican un romance a los escritores de todos los colores políticos.

Nosotros, aunque no participamos de las ideas políticas de los autores de ese periódico, somos bastantes

sinceros para hacer justicia al talento que revelan.

La Sombra, también el 8 de mayo, dirige una «Epístola al ilustre Marqués de Caravaca», sin dejar traslucir quiénes eran sus redactores y riéndose, eso sí, del Marqués:

Como desde que V. E. se dio a luz en calidad de hombre público no se sirvió darse a conocer a sus amigos sino

que hasta que éstos afanados por conocer a la buena persona lo fueron á sacar de su respetable palacio, como

quien dice de una oreja; no ha tenido V. E. razón en quejarse de que La Sombra no hubiese anunciado su

triunfante arribo al mundo de las admoniciones. Ahora que ya tenemos la fortuna de conocerlo, le deseamos

larga vida y muchas cruces e insignias honoríficas.

Entre ellas la luciente y rica placa

del sancarrón que adoran en la Meca,

y nunca las insignias de babieca

consienta en su antiquísima casaca.

Sirva vuecencia al clero de matraca,

que sirviéndole al clero no se peca,

y antes, por el contrario, hará una mueca

al ilustre Marqués de Caravaca.

Que si es adicto suyo, lo deifica

y a cura o canónigo lo aboca,

que en casos semejantes bien se explica.

Y usted que a buena altura se coloca

y ni la situación lo mortifica,

evite que le den un tapaboca.

 

La Orquesta, el 12 de mayo en sus «Pitos», también se rió del Marqués de Caravaca, y hacía de pasada alusión a un artículo del Marqués que figuraba en su sección «Correo de Gabinete».

A S.E. El Marqués de Caravaca.

Perdón, M. le Marquis: La Orquesta en calidad de plebeya, maldito si entiende de otros billetes que los de

la lotería del Divino Salvador.

Perdón por haber supuesto que el marquesado de V.E. era supuesto. Perdón por haber oído que tras vuestro rasgo elocuente, o sea su Correo de Gabinete de fecha 10 del

actual, aparecer pueda otro furibundo rasgo bajo el tema de que La abstención es un crimen.

Perdón por no haber advertido que el casacón, lejos de ser un disfraz, os está que ni pintado. Hay tantas maravillas en estos tiempos, como en los antiguos, por ejemplo, aquel ídolo:

Yo no sé si alto o chaparro,

pero que era un gran tesoro

que tenía cabeza de oro

siendo sus patas de barro.

Perdón, mil veces perdón,

porque recordamos mal

que el mundo es un carnaval

en que hay La piel de león.

 

El 25 de mayo, a través del Cronista de México, los redactores del Marqués de Caravaca hacen saber a sus suscriptores que con motivo de la segunda advertencia de la prefectura política del Valle de México, se suspende por un mes la publicación del periódico, pero terminando ese plazo volvería a publicarse. El Cronista da a conocer esta segunda advertencia.

He aquí esa segunda advertencia que suspende su publicación:

«Prefectura política del Departamento del Valle de México. Sección de Gobernación.—Núm. 1298.—México,

mayo 21 de 1866. Insistiendo udes. en el propósito de renovar las animosidades de los partidos y alarmar al

público con indicaciones que amenazan la existencia del gobierno, sin tener para ello más que suposiciones

gratuitas destituidas de fundamento y ofensivas a la dignidad nacional, el gobierno se ve en la necesidad de

impedir tan nocivo empeño; en consecuencia, tanto por este abuso de la libertad de imprenta, como por el

haber ridiculizado la primera advertencia que conforme a la ley se hizo a esa redacción, el señor prefecto, por

excitativa del Exmo. señor ministro de Gobernación, me previene hacer esta segunda advertencia, quedando

suspenso por un mes el periódico que udes. publican con arreglo a lo dispuesto en el artículo 20 de la Ley de

Imprenta vigente.—El secretario general de la prefectura, Carlos Zavala.—Señores redactores del Marqués de

Caravaca.»

Mateos en su novela El Cerro de las Campanas, afirmará que La Sombra y El Marqués de Carayaca eran periódicos que «tentaban a Dios de paciencia, como suele decirse, pues se desataban terribles contra el Imperio».

La Sombra, el 25 de mayo, dedicó al Marqués de Caravaca un soneto en su segunda advertencia:

«Soñaste que era tiempo de alharaca

y ya gritabas cual gallina clueca,

pensando que podías con una mueca

hallar quien te limpiase la casaca,

estaba tan grasosa y tan opaca,

y ya depositaba tal manteca,

que sólo una advertencia dura y seca pudiera volverla a tu petaca.

Tu ida de boca tu desgracia explica;

y apenas se movió tu boca loca

cuando el bastón prefecteril te pica.

El Marqués de Carayaca no tuvo oportunidad de volver a publicarse. En el mes de julio casi toda la prensa fue suprimida. Muchos periódicos de la prensa pequeña habían ya desaparecido. La Sombra les dijo adiós muy contristada. El 16 de julio se despidió la valerosa y batalladora Orquesta. El 18 de julio, La Sombra recibió una primera advertencia por el artículo de fondo publicado en el número 57 que traspasaba los límites impuestos por la ley al uso de la prensa. La Sombra se despidió el 23 de noviembre de 1866. El 21 de noviembre se le daba la tercera advertencia «por deprimir al gobierno y ensalzar a sus contrarios, llegándose al extremo de considerar a éstos, como los representantes de la voluntad nacional, cuando en realidad no lo son, sino que están poniendo de bulto cuánto tendría que sufrir este desgraciado país, si triunfara la revolución desastrosa que sostienen». Con la tercera advertencia llegó también la supresión.

«¡Aquella turba juvenil era la parvada de golondrinas que anunciaba la primavera del triunfo revolucionario», dirá más tarde Mateos.

Seguir: parte 2 de 4