El cielo sobre Alejandro
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Diógenes
1
Astipalea. La isla, el mar, el cielo claro sobre las verdes aguas. La barquichuela bailando en suave vaivén mecida por el manso oleaje, las olas provocadas por la tenue brisa, la brisa acariciando el rostro y él sentado en la barca manejando el timón, el timón guiando el baile de la barquichuela sobre el mar, el mar y a lo lejos la isla, Astipalea… Los caracoles. Nadie los preparaba como su madre. Pensó en el tiempo que hacía que no los comía; desde que era un niño, exactamente desde que abandonó su ciudad, su isla.
El mismo tiempo que llevaba en Atenas. De repente sintió hambre; no había desayunado aquella mañana, la esclava no le había preparado su habitual torta de pan de cebada mojada en vino y su puñadito de higos. Falta de autoridad, le habría dicho su mujer. El estómago gruñó y descartó con rapidez tanto el pan y los higos como los caracoles; sin duda prefería un homérico almuerzo, un carnero asado rociado con vinoso licor, como el que le preparó Eumeo a Odiseo nada más verle llegar por la ladera del monte, allá en la lejana Ítaca. O eso le parecía recordar; hacía demasiados años que no oía recitar a Homero. Recordar, sí, le gustaba recordar; más que fabricar recuerdos, más que vivir. Pero lo uno no era posible sin lo otro. En fin, toda aquella ensoñación construida con fulgurantes y nebulosas evocaciones (la isla, la barca, los caracoles, el carnero asado) se esfumó en un instante, en cuanto alguien le llamó al orden:
—¡Onesícrito de Astipalea, los jueces esperan oírte hoy!
Los jueces, sí, lo había olvidado; la voz del escribiente, grave y profunda, sacudió su cuerpo como un chapuzón en agua helada. Tuvo que abrir los ojos y volver a la cruda realidad, que en aquellos momentos
consistía en un banco de madera situado frente a él y rebosante de impacientes atenienses, que le miraban con una expresión de entre hastío e irritación. Onesícrito se rascó la oreja; él no era un orador, los auditorios le ponían nervioso, a menudo perdía el hilo de sus palabras y más a menudo aún sospechaba que ni siquiera existía en ellas hilo alguno que pudiera perder. Y sin embargo, del aprieto en el que se encontraba no podía culpar a nadie más que a sí mismo. Miró al rincón, desde donde un esclavo le observaba con mirada tensa y una mano puesta sobre la clepsidra; hasta que él no se colocara en la tarima de los oradores, el agua no podría comenzar su goteo y su tiempo no comenzaría a consumirse. Sentado junto a Onesícrito, Diógenes bostezaba aburrido.
—¡Onesícrito de Astipalea! ¿No habrá alegato por parte del acusado?
«De Astipalea»; oír aquello le provocaba una sensación agridulce. Se trataba de su amada isla, su patria, que tuvo que abandonar forzado por las circunstancias: una revolución contra las familias de aristócratas que dominaban la política y la economía de la ciudad, había obligado a sus padres a dejar su hogar y emigrar cuando él era todavía un crío. Muchos se refugiaron en la vecina Cos y fundaron una nueva ciudad; la familia de Onesícrito prefirió viajar primero a Egina y después a la más lejana y populosa Atenas, la tierra de las oportunidades. Allí no tardaron en dejar de ser considerados extranjeros, metecos, y al poco obtuvieron la ciudadanía por sus buenos servicios a la ciudad; el dinero abría muchas puertas y su padre lo tenía. Además, aquella era una buena época para obtener el preciado premio de ser ciudadano ateniense. Su familia tenía los documentos en regla y él, por supuesto, también. Cuando deseara el escribiente, se los podría enseñar sin ninguna objeción. De modo que, para ser exactos, Onesícrito de Astipalea era Onesícrito de Atenas. ¿Por qué no tenía más cuidado el escribiente con ese detalle? ¿Acaso no lo sabía? ¿O tal vez estaba pagado por la acusación, que habría orquestado una burda treta para desprestigiarle?
—¡Onesícrito de Astipalea!
—Sí, sí, ya voy… —Dio un respingo y se puso en pie; sudores fríos brotaron de todos los poros de su cuerpo. Mientras caminaba hacia el estrado trató de recordar no supo muy bien el qué. ¿El discurso que acababa
de pronunciar la acusación, Caridemo el eubeo natural de Óreo, anciano belicoso y cascarrabias, para así poder rebatirlo? Pero sumido como había estado en sus ensoñaciones, Onesícrito no había escuchado ni una palabra.
¿Mejor debería esforzarse en traer a la memoria el discurso que había de declamar él a continuación? Llevaba días preparándolo; la noche anterior en casa lo recitó de corrido ante el propio Diógenes sin cometer ningún error.
Pero ahora había llegado el momento y su mente estaba en blanco. Sabía que todo dependía de la primera palabra. Era el truco que una vez había oído mencionar al gran Demóstenes: si consigues un buen inicio en tu discurso, unas buenas primeras palabras, una llamada de atención a tu auditorio, una sacudida en sus oídos, si consigues eso, tienes mucho ganado. También había escuchado otras técnicas del famoso orador, como hablar con la boca llena de guijarros para obtener así una buena dicción.
Eso excedía ya lo que Onesícrito estaba dispuesto a hacer; se conformaba con aplicar el otro truco, el del inicio impactante. Y las primeras palabras del discurso de Onesícrito eran buenas, muy buenas; sobre todo la primera.
El problema era que no la recordaba.
—Varones atenienses —comenzó, quebrando el fúnebre silencio con una voz aflautada—, que ninguno de vosotros piense que yo he venido aquí a defender a Diógenes de Sinope. —Sentado en su tribuna, el acusador Caridemo arqueó las cejas sorprendido porque a eso era precisamente a lo que había venido Onesícrito. Los jueces, por su parte, no pudieron camuflar un murmullo—. Porque no necesita más defensa que un simple vistazo a su persona.
Onesícrito estaba improvisando. No tenía más remedio, era eso o quedarse callado, lo cual habría acabado por exasperar a los jueces. Tomó aire y vio que, como si hubiera pronunciado un hechizo, todos los presentes posaban sus ojos sobre la figura desaliñada y sucia de Diógenes. Iba vestido con sus ropas de gala: un manto raído y manchado hasta no distinguirse su auténtico color en ningún punto de su superficie, un puro andrajo hecho jirones y agujereado como si los veintiocho mil ciudadanos que habitaban Atenas lo hubieran cosido a puñaladas. Por perfume le envolvía una mescolanza de aromas nauseabundos que parecían haber sido tomados en préstamo de la más oscura y cavernosa de las grutas del inframundo. Si el
Hades tenía olor, no sería peor que el que emanaba de aquel cuerpo. De su hombro izquierdo colgaba un morral hecho de piel de perro con toda probabilidad, en el que guardaba todas sus posesiones (en un tiempo solía llevar dentro una escudilla, hasta que vio a un niño comiendo con las manos y se convenció de lo superfluo de aquel objeto). La barba, larga y descuidada, se presentaba como un cobijo agradable para toda clase de parásitos. Sujetaba un cayado astilloso con una mano mientras con la otra se cardaba el pelo, buscando en la maraña de cabellos quién sabía qué. Los jueces, contemplando a aquel individuo, no acertaban a entender que la defensa de ese viejo pudiera asentarse en la simple contemplación de un espectáculo tan repulsivo para los sentidos.
—Este anciano es un exiliado, como todos sabéis. Su ciudad, Sinope, colonia de nuestros amigos jonios de la vecina Mileto, expulsó a su padre, llamado Icesio, y a él mismo hace muchos años por un asunto algo confuso, un malentendido. —Sin saber cómo y forzado por la necesidad de no permanecer callado, Onesícrito se encontró recorriendo un camino que no pretendía recorrer; las palabras acudían a su boca ajenas a su voluntad, como un carro sin control bajando por una ladera—. Yo os digo que padre e hijo no cometieron ninguna falta, y que si quisiéramos culpar a alguien habría de ser al dios Apolo, si es que alguien se atreve a ello. Pues fue el oráculo délfico el que aconsejó a Diógenes hacer lo que hizo, y por hacer lo que hizo su ciudad lo condenó. Fue Apolo quien le dijo que si lo que buscaba Diógenes era hacerse famoso, debía falsificar moneda; ¿desde cuándo, oh atenienses, obedecer al dios es un delito? ¿Qué hay de malo en ello? ¿Es que nos hemos vuelto impíos?
Los sorprendidos atenienses se agitaron en el incómodo banco de madera y se miraron unos a otros. ¿En eso iba a consistir el alegato en favor de aquel pobre andrajoso, en desvelar su participación en un delito fiscal?
—Podéis comprobar el dato, no tenéis más que acudir a los registros del santuario délfico y los sacerdotes corroborarán lo que digo. ¿Diógenes alteró las acuñaciones de moneda de su ciudad? Cierto, pero más cierto es que Diógenes obedeció al dios. Desconozco si estabais al corriente de este hecho, varones atenienses. No quería contároslo para que no me acusarais de melodramático, pues en melodrama se convierte esta historia cuando
llega a su final: el padre de Diógenes, banquero de profesión, por ayudar a su hijo a seguir los designios divinos también fue condenado al destierro.
Pero tal fue su pena y tan grande su dolor, que murió en prisión. Y el joven Diógenes, este individuo que tenéis ante vosotros y que debéis imaginaros con los cincuenta años menos que tenía por aquel entonces, presa de la angustia huyó de la ciudad, su ciudad, que le había tratado con tanta injusticia. Sabéis que no hay castigo mayor para un hombre que el exilio, ni siquiera la muerte. Pero si sus compatriotas le condenaron a abandonar la ciudad, él los condenó a ellos a permanecer en ella…
Al otro lado de la valla de madera, el público curioso que asistía al juicio escuchaba estupefacto. «¿Dice que acuñó monedas falsas?», «Se lo ordenó Apolo. ¡Pobre hombre, empujado al delito por la propia divinidad!»,
«¿Y por qué quería ser famoso?», «Ah, Apolo nunca fue un dios muy cabal, y que Zeus me proteja por decir esto». Los comentarios no dejaban a Dioxipo oír el discurso de Onesícrito, a quien se veía más entonado tras un inicio algo titubeante.
—Callad, no se oye nada con vuestra cháchara. ¡Idos al ágora a cacarear, aquí se viene a escuchar!
Dioxipo era un individuo alto y corpulento, luchador de Pancracio y vencedor de esa disciplina en los pasados juegos de Olimpia. El respeto y admiración que el campeón olímpico suscitaba allá donde estuviera, o bien el aspecto intimidante que lucía (su cuerpo estaba construido a base de puro músculo y fibra), hizo que los murmullos desaparecieran. Precisamente había sido en Olimpia donde Dioxipo había conocido a Diógenes. En efecto, la mañana del último día de los juegos, en el momento en que el heraldo proclamaba al ateniense vencedor «sobre el resto de los hombres», Diógenes, presente entre la concurrencia, hizo un comentario en voz alta que le encandiló: «Ese vence, sí, pero a esclavos; a hombres los venzo yo».
En aquel momento Dioxipo, con la cinta de lana ceñida al pelo, la palma en su mano derecha y la corona del sagrado olivo silvestre adornando sus sienes, de pie ante la gran fachada del templo de Zeus, con el mundo a sus pies y en medio de vítores y aclamaciones de gentes venidas de todos los confines del mundo, decidió convertirse en discípulo de Diógenes. Pero no un discípulo al estilo de los que habían tenido otros hombres de
pensamiento ágil como Platón o Sócrates, es decir: no se dedicó a partir de entonces a acudir a su casa —porque Diógenes no tenía—, ni a seguirle por las calles —porque Diógenes se pasaba la mayor parte del día tumbado a la sombra sin hacer nada—, sino que su relación era más bien de simpatía. A Dioxipo le caía bien Diógenes, le parecía un viejecito entrañable y le agradaban las cosas que decía. Cuestión aparte era que las entendiera o que tuvieran algún sentido para él.
—No comprendo —se atrevió a comentar el hombre que tenía al lado—
por qué permiten que ese meteco lleve la defensa. Un extranjero defendiendo a otro extranjero; ¿qué está pasando en esta ciudad?
El individuo, de rostro arrugado y algo paticorto, calzado con tristes suelas de cuero ligadas a sus tobillos y vestido con un quitón sucio y ajado que lucía la característica mancha roja de los que llegan tarde a las reuniones de la asamblea en el ágora, casi hacía desaparecer sus ojos de la cara con la mueca de desprecio que exhibía.
—Onesícrito es ciudadano ateniense —replicó con acritud Dioxipo—.
Y el acusado es un pobre anciano que vive de la limosna y duerme en una tinaja. ¿Acaso por esa razón no tiene derecho a que le defiendan?
El otro hombre se amilanó y decidió ocuparse de sus propios asuntos, y Dioxipo volvió a centrarse en el juicio en el momento en que el orador de Astipalea se dedicaba a hacer un repaso por la vida de Diógenes con la intención, con toda seguridad, de apelar a la piedad del jurado.
—… Que todas las maldiciones de la tragedia han caído sobre él: es un hombre sin ciudad, sin familia, privado de patria, pobre, vagabundo, y que trata de subsistir día a día. —Onesícrito parecía haber superado ya el bloqueo inicial y ahora encadenaba frase tras frase sin vacilación. Diógenes, entretanto, miraba distraído el revoloteo de una mosca que últimamente lo acompañaba a todas partes—. Tuvo la desgracia de ser vendido en el mercado de esclavos tras haber sido capturado por unos piratas cuando iba camino de Egina. Le sucedió por tanto lo mismo que cuentan del filósofo Aristocles, a quien sus seguidores llaman Platón desde que murió, hace unos cuantos años. Ya sé, me diréis que no debo mezclar la memoria del venerable Platón con los hechos de este pobre anciano; me diréis también que Platón y Diógenes ni siquiera se llevaban bien. Me recordaréis, en fin,
que Diógenes metió un gallo desplumado en una escuela al grito de «¡Este es el hombre de Platón!», solo porque al filósofo se le ocurrió una vez definir al hombre como un animal bípedo implume.
Alguna carcajada se oyó desde el otro lado de la valla, y Onesícrito la interpretó como una señal de buen augurio. Ahí fuera el sol brillaba con calidez sobre la hermosa ciudad de Atenas; era el tiempo en que las flores, abiertas de par en par, se dejaban visitar por las abejas. Los hombres charlaban alegres en la calle, en el ágora, en el campo y en los caminos, mientras las mujeres tejían con fruición bellos vestidos en sus gineceos y los niños jugaban con agrado en cualquier rincón. Los dioses sonreían a la ciudad y en particular le sonreían a él, Onesícrito de Atenas. Eran el lugar y el momento idóneos para que su hermoso discurso triunfara. Todas estas cosas pasaron por su mente como un relámpago y sintió que la emoción le embargaba. Dioxipo, en cambio, desde el sitio en el que se encontraba, inmerso en la algarabía de risas y chanzas que se había originado a su alrededor, no era tan optimista.
—Bien, tenéis razón, atenienses; dejaré de lado a Platón, pero que eso no haga menguar ante vuestros ojos la desgracia del pobre Diógenes. Es que, me diréis todavía, Diógenes no se lleva bien con nadie, de todos hace burla y a todos ofende. Sin embargo, no debéis valorar esas minucias sino lo que de verdad merece la pena ser tenido en cuenta. Y lo que merece la pena que valoréis es que vosotros vivís, coméis y dormís en vuestras casas, mientras que él se introduce en su tinaja allá en el ágora, y desde allí ve pasar los días, cada uno de ellos igual al anterior. Si os incordia pidiéndoos limosna es porque no tiene con qué vivir, si os agravia con su lenguaje es porque no ha conocido otro, si os ofende con sus actos pensad que en el fondo estos carecen de malicia. —Diógenes salió por un momento de su habitual ensimismamiento y miró de reojo a su defensor—. Y esto me lleva al motivo por el que le tenéis hoy ante vosotros, la denuncia que contra él ha presentado Caridemo de Óreo. Mis argumentos os harán ver que la acusación no tiene ninguna razón de ser y que quizá mereciera el acusador, más que Diógenes, sentarse en este banco.
Caridemo se revolvió incómodo en su asiento al notar que algunos jueces le miraban con curiosidad. ¿Cómo se atrevía aquel infeliz, un
emigrado de una isla perdida en medio del Egeo, a quien nadie conocía y cuya vida o muerte a nadie importaría, cómo osaba siquiera insinuar que había delinquido? Él, Caridemo, que antaño había sido mercenario a sueldo de Atenas bajo las órdenes del gran Ifícrates; que se había jugado la vida haciendo la guerra en el Quersoneso tracio, en Olinto y en tantos otros sitios en defensa de los intereses atenienses; que desde el primer momento se había declarado enemigo acérrimo de aquel bárbaro del norte, Filipo de Macedonia, y ahora lo era de su heredero, el llamado Alejandro; él, que había recibido años atrás la ciudadanía de Atenas en premio por sus servicios, de modo que, en realidad, no debía ser llamado Caridemo de Óreo sino Caridemo de Atenas. ¿Por qué no tenía más cuidado ese orador patán con aquel detalle? ¿Acaso no lo sabía? ¿O tal vez habría orquestado una burda treta para desprestigiarle?
—Caridemo de Óreo, a quien todos conocemos bien, hombre respetable y de reconocida fama en nuestra ciudad, tuvo en su casa a Diógenes. Eso nos ha contado él mismo, de modo que hemos de creerlo. —Estaba jugando con fuego, víctima de una inconsciencia que nacía de la ignorancia.
Caridemo tenía sus oscuros ojos clavados en él—. El motivo de la invitación lo desconocemos, a menos que quiera decírnoslo ahora. ¿Os parece bien, varones atenienses, que le pregunte a Caridemo por qué invitó a Diógenes a su casa?
—No le invité —replicó el aludido sin esperar el permiso de los jueces
—, apareció sin más en mi puerta pidiendo limosna.
—Ajá; y tú, Caridemo, en lugar de darle un par de óbolos le hiciste pasar al simposio que habías organizado en tu gran mansión. Es cosa extraña que, teniendo invitados distinguidos y elegantes como tenías aquella noche, permitieras que un hombre vestido con harapos, sucio y maloliente, cruzara tu puerta. Se me ocurre que lo hiciste para que tus invitados pasaran un buen rato a costa de él.
—¡Eso no es verdad, lo hice para ofrecerle comida!
—Bueno, lo uno iría por lo otro, supongo: comida a cambio de diversión. —Onesícrito seguía caminando alegremente por el precipicio; parecía ignorar que Caridemo no era alguien a quien fuera conveniente desairar—. Diógenes entró en tu casa con la confianza y gratitud que otorga
el que te brinden techo y alimento cuando careces de lo uno y lo otro, y se encontró con un panorama de lujo y exuberancia que le deslumbró. Pocos han disfrutado alguna vez de una visión semejante a la de aquellos manjares sobre las mesas, y la mayoría no la disfrutaremos jamás. No os podréis hacer una idea, varones atenienses, de lo espléndido de aquel banquete a menos que sepáis en qué consistió; así que subsanaremos esa cuestión si el secretario tiene la amabilidad de leer la lista de las viandas, no de todas porque conviene que el juicio acabe hoy y no mañana, que Caridemo y sus invitados se ventilaron aquella noche.
Y el secretario, acostumbrado a que en los procedimientos judiciales se le hiciera recitar aburrida documentación oficial, leyes y decretos, preceptos y ordenanzas, procedió con contenido agrado a la lectura del menú que aquella noche degustaron Caridemo y compañía, y que Onesícrito previamente le había facilitado en un rollo de papiro. Cómo consiguió aquella relación de exquisiteces es algo que todos se preguntaban; sin duda había tenido acceso a la tablilla del menú, o más probable era que hubiera sobornado a algún cocinero de Caridemo. Este miraba a Onesícrito con fuego en los ojos, aunque tal vez fueran las chispas del altar de Diké, diosa de la justicia, que se reflejaban en sus cristalinos. El público asistente aguzó el oído; el juicio empezaba a ponerse interesante.
—Relación de los platos que Caridemo y sus acompañantes cenaron la noche de los hechos: huevas de caballa en salmuera diluidas en vino y aceite, caldo de congrio, dorada asada acompañada de frutas ácidas, lechón relleno de tordo y ostras, cabezas de glauco a las finas hierbas y comino, aletas de sepia asadas, bonito en hojas de higuera salpicado de orégano, liebre asada en salsa de queso…
La lista se prolongó unos cuantos platos más, mientras los atenienses, jurado y público, salivaban de manera involuntaria al escuchar aquellas delicias.
—Las cestas colocadas sobre las mesas de los postres —prosiguió con entusiasmo el secretario viendo el interés que despertaba su alocución—
contenían pastel de almendras a la miel, buñuelos con semillas de sésamo, nísperos aderezados con un majado de flores, dulce de higos y bayas de mirto…
Cuando hubo terminado, Onesícrito hizo una estudiada pausa para que los oyentes asimilaran cuanto acababan de oír. Era importante que los jurados tuvieran claro la clase de maravillas gastronómicas que Diógenes contempló en esa casa. Cuando consideró alcanzado el efecto, reanudó su discurso:
—Amigo de la sencillez, aliado de la llaneza y sobre todo paladín de la sinceridad, este hombre te dijo en aquel momento qué pensaba sobre lo que le estabas mostrando, Caridemo: que la nobleza, el lujo y la ostentación son algo pueril, una gloria mundana y banal, y otras cosas similares. Y añadió que todo aquello no eran más que adornos externos del vicio, y que aquel grupo de personas parecían los típicos que son capaces de competir entre sí por dar coces, pero no por ser honestos. Los presentes rieron, risa seguramente forzada por las circunstancias, y quisisteis ridiculizar al pobre Diógenes tirándole huesos para que los comiera. Teniendo sobre las mesas platos dignos de los dioses, quisisteis escarnecer a este hombre arrojándole los huesos que vosotros mismos habíais roído; vuestros desperdicios le fueron ofrecidos como si se tratara de un manjar, mientras le gritabais que se los comiera como perro que era. Porque a Diógenes se le conoce como
«el perro», ya lo sabéis, pero os aseguro que el apelativo no tiene nada que ver con sus gustos alimentarios. ¿Es o no es esto hacer mofa y befa de la miseria en que se halla sumida la vida de Diógenes? Estoy seguro de que entre vosotros, varones atenienses, no hay nadie que sea capaz de caer tan bajo como para cometer tal atropello moral a una persona, tal humillación a su honor, tal menoscabo a su virtud. Pues Caridemo lo hizo sin ningún reparo, y no solo eso sino que además, y como si no tuviera bastante, se atreve ahora a presentar una acusación contra su propia víctima, a quien él mismo introdujo en su casa y ofendió hasta lo indecible.
Caridemo echó de menos no tener a mano una buena espada para pinchar a Onesícrito en la parte baja del abdomen y subir poco a poco hasta la altura del corazón. Sobre las cabezas de los jurados flotaba ya, como una nube, un tenue rumor provocado por las apagadas exclamaciones de los atenienses, que desde hacía un rato miraban a Diógenes con lástima y a Caridemo con cierta inquina. La imagen de lujo desmedido y costumbres licenciosas del oreíta ya había sido pintada en las maleables mentes de los
atenienses. Además, el anciano no se había preocupado de aparentar lo contrario: había acudido al tribunal perfumado como una hetaira del Pireo, con las blancas canas onduladas y perfectamente peinadas, y con un manto púrpura ribeteado con exóticos festones propios de gustos bárbaros. Sus largos y huesudos dedos iban ensortijados la mayoría de ellos, y en una de sus orejas lucía un hermoso aro dorado. La imagen de Caridemo se completaba con un rostro avinagrado, una nariz recta y afilada como la proa de una pentecóntera, y una estampa alargada y delgada. Ajeno a esas cuestiones de aspectos y modas, Onesícrito seguía escogiendo sus palabras con el mismo desacierto y ligereza que hasta entonces.
—Dice Caridemo que en ese momento Diógenes se le meó encima, y que la micción aún se prolongó lo suficiente como para empapar las mesas y a sus invitados. Los comensales se alzan de un salto entre gritos, el que más grita el anfitrión, mientras Diógenes explica que no ha hecho más que lo que le han pedido: ¿no le han tratado como a un perro? Pues como un perro se ha comportado. ¿Seríais capaces de reprochárselo, atenienses?
¿Quién de nosotros no habría hecho lo mismo? —Se oyeron algunas toses en los jurados, y entre la concurrencia alguna que otra exclamación de complicidad. Dioxipo, allá de pie en el público, había superado su pesimismo y actualmente sentía una creciente admiración por Onesícrito—.
A continuación, y sigo citando las palabras que antes ha dicho Caridemo en su discurso acusatorio, este vio que Diógenes estaba aclarándose la garganta y preparándose para lanzar un escupitajo, y le prohibió hacerlo ya que su casa era un lugar limpio e impoluto. Y Diógenes le escupió en la cara, alegando después que no había encontrado otro lugar más sucio donde hacerlo. Os confieso, varones atenienses, que en este caso sí sea en cierto modo reprochable la conducta de este hombre, pero pensad y poneos en su lugar: ¿qué otra cosa podía hacer, si aquella viscosa bola de moco y babas ya estaba en su boca, y Caridemo no le había dado opción para deshacerse de ella? Además, aquel individuo le había engañado, haciéndole pasar a su hogar con la excusa de darle algo de comer para luego humillarle y tratarle como a un animal. Tenéis que admitir, atenienses, que Diógenes debía de sentirse bastante ofendido.
»Lo que sucedió después ya lo sabemos, una vez más por boca de Caridemo: Diógenes dijo a los presentes: “No me llaman perro por comer huesos, sino porque muevo el rabo ante los que me dan algo, pero a los que no lo hacen les ladro, y a los que me maltratan, les muerdo”. Y abandonó aquel lugar depravado dejando a Caridemo fuera de sí y con deseos de lanzarse sobre él para seguir agraviándolo, para matarlo incluso. Sus invitados le retuvieron y le convencieron de que denunciara los hechos ante la justicia de Atenas, ante vosotros, nobles varones. Así pues, la acusación dice: Diógenes se ha presentado en casa de Caridemo, le ha ofendido gravemente a él y a todos sus invitados meándoles encima, y ha escupido en la cara de aquel. Se exige compensación por ello: multa o expulsión de la ciudad. Pero, atenienses, ya habéis oído cómo sucedieron los hechos.
Pensad si no es más bien Diógenes quien debiera pedir la restauración de su honor.
Onesícrito aún peroró durante largo rato. Una vez defendida la integridad del acusado, lo que procedía era atacar la del acusador para menoscabar su consideración frente a los jurados atenienses. Y lo hizo con facundia y jovial ingenuidad, pendiente solo de librar a su defendido de la pena que podía caer sobre él. El rostro de Caridemo se oscurecía cada vez más a medida que Onesícrito hablaba. Y cuando la clepsidra agonizaba con sus últimos borboteos, el animoso orador pareció dar por finiquitado su discurso.
—Pongo aquí fin a mi acusación. Habéis visto, habéis oído, habéis sufrido. Lo tenéis. Juzgadlo.
Tras un remate tan pomposo y que no era cosecha propia sino que lo había copiado de algún orador de los viejos tiempos, descendió del estrado y se sentó junto a Diógenes, que en ese instante se sacaba una pestaña del interior del ojo. Onesícrito se sintió colmado de satisfacción. Orgulloso de sí mismo, no se planteó siquiera si los jueces votarían a favor o en contra de su defendido; no era ese un asunto que le interesara en aquel momento. Su misión había sido cumplida con creces, eso era lo importante. Incluso habría deseado tener más tiempo para decir más cosas. Días atrás Dioxipo y él mismo, dos de los discípulos favoritos de Diógenes, habían pugnado con él para convencerle de que no acudiera solo al tribunal, ya que no era
conveniente que se defendiera con sus propias palabras. Aunque la razón principal era que Diógenes era extranjero, y la ley determinaba que fuera un ciudadano ateniense quien asumiera la defensa. Pero Diógenes se hacía el sordo y argumentaba que Sócrates, filósofo a quien admiraba hasta el agotamiento, cuando fue llevado ante los jueces de Atenas no precisó de logógrafo alguno que le escribiera un discurso ni hablara en su nombre, y que fue él mismo quien lo hizo. Sócrates no era extranjero sino nacido en el ateniense barrio de Alopece, le había recordado Dioxipo; y además, y más importante aún: la defensa que presentó Sócrates de su propia persona tuvo tal éxito que, como resultado, fue condenado a beber cicuta. Al instante Diógenes quedó convencido y escogió a Onesícrito como su logógrafo y defensor particular. Dioxipo, todo fuerza y corazón, en cuestiones de oratoria no habría sido una buena elección; en cambio, Onesícrito era más letrado, había recibido una educación esmerada y conocía bastante bien a Homero, lo cual, sobre todo esto último, era una cuestión capital. Siempre era buena cosa citar a Homero para mostrar que uno contaba con el apoyo del poeta, y no solo el de este sino el de toda una época y un modo de vida, la edad dorada, en la que vivieron sus antepasados, en la que los héroes hijos de dioses competían entre sí por la fama y la virtud, y los dioses padres de los héroes se regocijaban con ello, unos dioses que tenían como portavoces a los aedos y rapsodas, de entre los cuales el poeta de Quíos, Homero, era la máxima figura, el representante universal. Con todo eso de parte de Onesícrito, Diógenes sería absuelto sin asomo de duda. Sin embargo, Onesícrito se rascó una oreja y tragó saliva: en su discurso no había citado ni una sola vez a Homero. Una sombra de preocupación enturbió su despejado horizonte.
Entretanto, Dioxipo reprimía emocionado unos aplausos que casi se le escapaban de entre sus poderosas manos. Los asistentes, público curioso y desocupado en su mayor parte, también habían disfrutado de lo oído y se habían formado ya una opinión al respecto: Diógenes era un pobre viejo que no tenía, literalmente, donde caerse muerto, y por ello era blanco fácil de las bromas de los nobles e insensibles aristócratas, demasiado nobles y demasiado insensibles para preocuparse por los problemas y penalidades del pueblo llano. Caridemo se había propasado, desde luego, y el barbudo
anciano piojoso no merecía castigo alguno; bastante había tenido ya con el maltrato en casa de aquel desalmado. Además, Caridemo tenía pendiente el asunto aquel de los macedonios, del que había hablado Onesícrito cuando se había dedicado a acusar al acusador.
2
El trío de cínicos —así era conocido Diógenes y cualquiera que se declarara seguidor suyo— caminaba ya por el ágora. Ufanos por la absolución, Dioxipo y Onesícrito bromeaban para liberar la tensión soportada durante toda la mañana mientras pasaban bajo los centenarios plátanos, que obsequiaban el camino con buenas sombras. Onesícrito se atusaba los rizos de su oscuro cabello; la solemnidad del acto que le había ocupado hasta entonces, que no era otro que la asistencia al juicio de Diógenes en calidad de logógrafo defensor, le había llevado a pensar de buena mañana que le convenía una apariencia sobria y serena, y por ello se había vestido con el mejor de sus mantos blancos y su mejor par de sandalias —las cuales, buenas o malas, eran las únicas que tenía—. Él solía vestir de modo más ligero y fresco, con quitón en lugar de manto, como lo hacía siempre Dioxipo. Tenía el convencimiento de que su rostro aniñado, su aspecto juvenil y su, en su opinión, carácter jovial, no se veían favorecidos por la solemnidad de los mantos, largos de la cabeza a los pies y que además no facilitaban el movimiento de las piernas en un barco. Porque a Onesícrito le gustaban los barcos y el mar. Ya de pequeño le decía su madre que sus pequeños ojos claros contenían el mar dentro de ellos. También le decía que sus pecas eran las estrellas del cielo, y que su nariz pequeña y achatada era la isla de Astipalea. Nunca ahondó Onesícrito en la cuestión de, si su nariz era Astipalea, qué elementos nasales representarían a sus habitantes.
El ágora apenas estaba concurrida, era la última hora de la mañana y los atenienses, después del mercado, se recogían en sus casas o en alguna taberna, o incluso en algún local de mala reputación del disipado barrio del Pireo. La mayoría de los puestos de cereales, frutas y piezas de carne —el
pescado fresco había que ir a buscarlo al puerto en el licencioso Pireo, o bien al viejo Palero—, se habían retirado ya para evitar que el género se estropeara. Otros comerciantes, curtidores, bataneros y alfareros, aún estaban desmontando sus toldos, y había alguno que seguía ofreciendo sus productos a los ciudadanos que todavía deambulaban por allí. Quedaban por toda el ágora los desperdicios y restos desechables de las mercancías que desde que despuntara el sol se habían ido despachando a lo largo de la vía Panatenaica, por la que conducía a la colina Pnyx, en torno a las estoas, y de hecho en cada rincón de la plaza. El fresco ambiente de ligero desorden, de desbarajuste controlado, evocaba el final de una batalla campal entre verduleros, artesanos y zapateros.
—Te has manejado muy bien en el juicio, Onesícrito —decía Dioxipo
—; deberías dedicarte a esto en vez de al negocio de las flautas. Me parecía estar escuchando a Esquines en lugar de a un vulgar marinero del Egeo.
—Ahórrate lo de «vulgar» —le sonrió—, pero sí, me gusta el mar, y a mucha honra. Diógenes, ¿te sientes aliviado al verte por fin libre de la acusación?
Diógenes iba mirando al suelo, a sus negros pies, pues nunca se los lavaba. La maraña capilar de barba y cabellos ocultaba sus facciones y nadie habría podido afirmar si su rostro era el de una persona feliz o triste.
—Si os dijera —respondió— que he pasado más miedo que aquella comadreja, puede que no me creyerais.
El animal, escondido tras un herma, los miraba agazapado en la distancia, inmóvil todo su cuerpo menos el hocico, que meneaba como accionado por un resorte. Dioxipo tomó un guijarro y lo lanzó con poco acierto, ya que impactó contra el mármol consagrado al hijo de Zeus; pero la comadreja tuvo suficiente con el susto y huyó atemorizada hacia un agujero excavado hábilmente en la tierra junto a los cimientos del altar de los Doce Dioses.
—Que Hermes perdone tu mala puntería —bromeó Onesícrito—.
Acabas de actuar como Caridemo. Ahora denuncia a la comadreja por haberte hecho apedrear al dios.
—¿Por qué dices que has tenido miedo, Diógenes? No se te ha visto muy preocupado; cualquiera habría dicho que estabas allí como espectador
más que como acusado. ¿Temías que el jurado te impusiera alguna multa?
Dioxipo vio que la comadreja, olvidada ya del incidente, acechaba a un ratoncillo que masticaba distraído una hoja de lechuga marchita.
—En absoluto; me es totalmente indiferente que me hubieran multado con un óbolo o con cien talentos. No tengo ni lo uno ni lo otro, de modo que no puedo temer perder lo que nunca he poseído.
—¿Pensabas entonces que te expulsarían de la ciudad?
—¿Expulsarme? Voy y vengo de un sitio a otro según me parece; si estoy a gusto me quedo; si no lo estoy, me voy. Soy un cosmopolita, pertenezco a todas las ciudades y a ninguna. ¿Qué miedo puede darme que me echen de aquí? Solo poseo dos cosas: una es lo que llevo puesto, y la otra es…
Sus pasos les llevaron hasta el Metroon, el santuario de la Diosa Madre, donde además de albergar el culto a la divina Rea se guardaba escrita sobre papiro toda la documentación oficial de la ciudad de Atenas: leyes, decretos, listas de magistrados… Junto a lugar tan destacado, y frente al marmóreo monumento a los Héroes Epónimos, tenía su vivienda Diógenes: una gigantesca tinaja de arcilla cocida de cerca de cuatro codos de altura, que algún artesano megalómano y excéntrico había decorado con grotescas formas geométricas por toda su superficie, y que seguramente no había logrado vender a nadie y por eso la abandonó allá, en plena ágora.
—Tu tinaja —balbuceó Dioxipo— está hecha añicos…
El ánfora del anciano del morral yacía deshecha en incontables pedazos esparcidos por el suelo del ágora. Diógenes se quedó en silencio mirando el rompecabezas en que se había convertido su hogar, pensativo, como en trance, y alzó la vista al horizonte. El templo de Hefesto le contemplaba a él con la misma quietud.
—¿Quién ha podido hacer esto? Seguro que Caridemo, o alguien de su camada. ¡Les haremos pagar por ello! —El corpulento Dioxipo, como suelen los que están acostumbrados a hacer de la fuerza física su medio de vida, pensó en la venganza para solucionar el problema.
—Era demasiado grande para mí —dijo al fin Diógenes, y añadió con desapego—: Bien, ahora que no hay nada que me retenga en esta ciudad,
creo que volveré a Corinto. Llevo aquí un año ya, tal vez sea el momento de partir.
—¿Irte? —preguntó sorprendido Dioxipo—, ¿vas a dejar que esto quede así? ¡Averigüemos quién lo ha hecho y…!
—Pregúntaselo a esos de ahí atrás, que lo habrán visto todo —intervino Onesícrito, y señaló con el pulgar las diez estatuas de los Héroes Epónimos, que los miraban con imperturbabilidad marmórea. En un instante imaginó su conflictivo futuro inmediato: Diógenes podría dormir en su casa, como ya en alguna ocasión le había propuesto al anciano y este siempre había rechazado («Una cosa es pedir limosna —le explicaba—, y otra acomodarse en la molicie del ocio»). Si ahora, obligado por la necesidad, accediera, debería por fin afrontar los problemas que a buen seguro le ocasionaría: su nivel de opulencia no era desde luego el de Caridemo, pero era probable que Diógenes no tuviera la lengua quieta e incomodara a su mujer y esclavos con sus llamadas a la austeridad en el comer, en el vestir, en el hablar y hasta en el dormir. No obstante, era su maestro y, aunque llevara toda la vida durmiendo al raso, su conciencia le hacía sentirse incómodo.
Especialmente ahora que se había quedado sin tinaja. Aunque Diógenes estaba diciendo que se iría de la ciudad…
—Déjame a mí los sarcasmos, Onesícrito —le reprendió Diógenes—.
He dicho que volveré a Corinto, aquella ciudad me gusta y sus habitantes también. Si buscas hombres que sean hombres, ve a Esparta —instruyó a Dioxipo, que no entendía a qué se refería—; si buscas hombres que sean mujeres, en Atenas los encontrarás a todos. Yo no busco ni lo uno ni lo otro, y así es Corinto: una tierra de paso en mitad de la nada, cuyos habitantes no saben si vienen o van, si caminan o navegan, si son carne o son pescado…
El fornido Dioxipo, sin comprender, miraba embelesado a su maestro; Onesícrito esperó a que terminara de hablar y procedió a aclarar el más que probable malentendido que en esos momentos había en la cabeza de su amigo:
—Creo que se refiere —le susurró— a que las costumbres aquí son algo refinadas, no a que a los varones nos guste tejer el peplo de la diosa en las Panateneas… —Dioxipo le miró perplejo y Onesícrito no insistió y se
volvió hacia el anciano—. Pero Diógenes, no creo que actualmente Corinto sea un buen lugar. Sabes quién está por allí ahora, ¿verdad?
—Sí, y sé que me quiere bien. Le conozco, como conocí a su padre, y mientras me deje tranquilo no le molestaré.
—¿Molestarle tú a él? Vayamos por partes: ¿dices que conociste a su padre? ¿A Filipo? ¿A Filipo el tuerto? Creo que no estamos hablando de la misma persona.
—A Filipo el macedonio, a Filipo el arrogante, a Filipo el león. Sí, estamos hablando de la misma persona.
Mientras decía aquello, Diógenes se alejaba volviendo sobre sus pasos hasta la vía Panatenaica en dirección a las puertas del Dípilon, el principal punto de entrada y salida de la ciudad; parecía decidido a abandonar Atenas en aquel preciso momento. Dioxipo y Onesícrito tuvieron que caminar tras él para seguir oyéndole, y no pudieron convencerle de que los cerca de quinientos estadios que le separaban de Corinto no valían la pena ser recorridos a pie. Tardaría días en llegar, y Diógenes no era ya ningún jovencito. Pero el anciano no tenía otra cosa mejor que hacer, contestaba.
—¿Te vas así, sin más, sin saber qué ha pasado con tu tinaja? —insistía Dioxipo—. Si te preocupa que te pueda suceder algo, te aseguro que yo…
—A lo único que temo es a la estupidez humana, Dioxipo. Y reconozco que, en ese sentido, Atenas no tiene nada que envidiar a ningún otro lugar.
Los discípulos decidieron acompañar al maestro al menos hasta el Dípilon; luego ya verían qué hacían. Diógenes conoció a Filipo de Macedonia en Queronea, les siguió explicando. A su llegada al lugar, y no gustándole lo que encontró en la ciudad, había decidido instalarse en el exterior, junto a la muralla, en una cavidad formada por algunos de los bloques de piedra de la construcción, desplazados curiosamente hacia el interior de modo que ofrecían un cobijo artificial muy de su agrado. El refugio estaba cercano a la única puerta de acceso a Queronea que se abría en la muralla, la cual era transitada a diario por campesinos, comerciantes y viajeros. Él solo tenía que situarse en el camino y las limosnas caían por su propio peso. Además, junto a su guarida de piedra había unos cuantos naranjos, y a no mucha distancia se encontraba el río Cefiso y también una fuente natural, con lo que las necesidades básicas estaban cubiertas. Y si
tenía ganas de andar, a media mañana de camino se hallaba el lago Copais, cuyas anguilas tenían fama de exquisitas. Aquellos fueron buenos tiempos, contaba Diógenes.
—¿Qué más puede necesitar un hombre? Nada en absoluto. Pero todo lo bueno se acaba: sucedió que, cuando llevaba más o menos un mes en aquel lugar, ajeno por completo a lo que sucedía intramuros, vi un día un ejército de hoplitas salir de la ciudad. No eran muchos, probablemente no llegaban a mil. Llevaban las picas al hombro y los escudos a la espalda, como quien saca a pasear la panoplia para que no se enmohezca. Uno de ellos, que caminaba junto al grupo avanzando y retrocediendo sin cesar como si estuviera haciendo recuento, me vio allí de pie y me recomendó que desapareciera del lugar. Sin que yo le preguntara nada, y más por excitación suya que por curiosidad mía, me dijo que pronto llegarían tropas provenientes de ciudades de toda la Hélade: los eubeos, los aqueos, los acarnanios, y también hombres de Córcira, Corinto, Mégara, Eubea, Léucade… Y de Atenas, especialmente de Atenas. Al parecer, el rey de Macedonia estaba a punto de hacer acto de presencia y le iban a recibir como se merecía.
»Vi que las tropas se situaban en la llanura que se extiende hasta el Cefiso; allí permanecieron un día entero. Y durante el siguiente y el tercero fueron apareciendo por el camino de Lebadea multitud de corazas y cascos, tal y como me había anunciado aquel individuo. Los atenienses fueron los primeros en llegar; era verano y sus flamantes y cuidadas panoplias resplandecían al sol, al contrario que las de la mayoría; hasta en eso se nota que los atenienses son unos afeminados. Enseguida se presentaron también los tebanos, lo supe por los vítores de los que les vieron llegar cuando por fin se hicieron visibles en la lejanía. Y fijaos si desconozco por completo los asuntos de la guerra, que lo que a mí me pareció un grupo bastante mal formado de hombres escuálidos —apenas pude contar tres centenares de escudos—, resultó ser el Batallón Sagrado de Tebas, los mismos que derrotaron hace unas décadas a los espartanos. Vosotros no lo recordaréis, debíais de ser muy jóvenes por entonces, pero toda la Hélade quedó conmocionada. Y por cierto, a los de Esparta todo el mundo los echó de menos aquel día, y no faltó quien dijera que desde lo de Mantinea ya no
eran el mismo ejército invencible de antaño, y que el miedo se había instalado en Lacedemonia. Todos ellos, según iban llegando, se aposentaban en aquella explanada, desde la zona pantanosa del río al pequeño monte sobre el que se levanta Queronea. Yo me paseaba entre ellos cuando me acercaba a la fuente junto al Cefiso, o cuando me apetecía perder el tiempo tratando de pescar algo en el río. Así, oí decir a los que parecían tener el mando de las tropas, los estrategos atenienses y los beotarcas tebanos, que aquella era una posición inmejorable ya que en el flanco derecho el río les protegía de cualquier ataque que el macedonio quisiera hacer por aquel lado, y en el izquierdo el terreno abrupto del monte, y más adelante las propias murallas de Queronea, impedirían también que el enemigo les rodeara.
»Y al fin aparecieron los macedonios. Cientos, miles de ellos, armados también de la cabeza a los pies. Llegaron desde el norte y se colocaron frente al otro ejército, guardando una distancia de tal vez un par de estadios.
Era difícil calcular su número, pero más o menos debía de ser similar al del ejército beocio y ateniense. Sin embargo, algo destacaba en su formación: desde lejos parecía un enorme erizo andante. Sus picas eran enormes, larguísimas, y las llevaban apuntando al cielo los más retrasados y hacia el frente los que estaban en las filas delanteras. Su simple visión era sobrecogedora.
»Nunca me han interesado las querellas que puedan existir en este mundo entre los seres que lo habitan, en especial entre aquellos que caminan a dos patas (y menos si son implumes, como le gustaría decir a Platón). Vosotros sabéis que siempre he tratado de llevar una vida acorde con la naturaleza dejando al margen la codicia, la ambición, las convenciones y las leyes. Siempre me habéis visto ocupado en nada más que en mí mismo, en satisfacer mis básicas necesidades y en reducir estas a su mínima expresión. Jamás he mostrado por el resto del mundo otra cosa que indiferencia. Pero aquel día, aquel día vi cosas que me hicieron sentir una profunda lástima por la raza humana. Al estar en un terreno elevado sobre la llanura del Cefiso, desde mi refugio en la muralla de la ciudad tenía una vista panorámica inmejorable. Vi que los tebanos del Batallón Sagrado se colocaban junto al río, en el flanco derecho de su ejército, mientras que
los atenienses lo hacían en el izquierdo. Enfrente de los tebanos los macedonios habían dispuesto un cuerpo de caballería, y el resto de su línea de ataque consistía en el erizo de largas púas, que ahora se había estirado para ocupar toda la anchura de la llanura.
Dioxipo y Onesícrito escuchaban en silencio al anciano. Acostumbrados al Diógenes ausente, al Diógenes aislado en su propio mundo de autodominio y ascetismo, siempre más preocupado por el vuelo de una mosca que por los sucesos humanos, pocas veces le habían visto tan afectado por algo. No les cabía duda de que lo que sucedió en la llanura del Cefiso había sido terrible y espantoso. De lo cual ya habían tenido noticia, pues en aquella batalla se decidió el destino de la Hélade y en los casi tres años transcurridos desde entonces el mundo no había vuelto a ser el mismo; pero ahora estaban escuchando el relato por boca de un testigo directo, su propio maestro, que les hablaba con el ceño fruncido y el rostro en tensión.
—Los macedonios empezaron a avanzar muy ordenadamente, en perfecta formación. Pero no lo hicieron en línea recta sino oblicua, haciendo que las largas picas de su flanco derecho entraran en contacto con los atenienses. El grito de «¡Ailalalai!» era pavoroso, aterrador, y di gracias a los dioses por no encontrarme allá abajo, en medio de aquella refriega.
Mientras tanto su flanco izquierdo, donde estaba la caballería, permanecía más retrasado. A pesar de la distancia, vi con claridad al que comandaba aquella parte del frente macedonio; recorría de lado a lado el flanco izquierdo sin cesar, conteniendo a los suyos para que no avanzaran. Luego me enteré de que aquel hombre, un muchacho de apenas dieciocho años, era el hijo de Filipo. Los beocios que había enfrente parecían no saber qué hacer, dudaban entre ir al encuentro de los macedonios que tenían delante, con el riesgo de romper su propia línea de formación, o bien permanecer quietos donde estaban. Optaron por esto último y no se movieron.
»Pero entonces el gran erizo empezó a retroceder. Dejaron de gritar y, con lentitud pero en perfecto orden, los macedonios fueron reculando poco a poco, y supongo que los atenienses pensaron que aquel repliegue era mérito suyo y decidieron avanzar con ímpetu y optimismo. La línea macedonia era como una lanza que basculara; si antes lo había hecho en un sentido, ahora lo hacía en el contrario. Era casi hermoso ver aquella
coordinación, aquella perfección de movimientos de miles de hombres que sabían con exactitud lo que tenían que hacer. Llegaron ya a la altura a la que se había quedado su caballería, y aún siguieron retirándose un buen trecho.
Entretanto, los flancos de ambos ejércitos que se encontraban junto al río, la caballería macedonia y el Batallón Sagrado, seguían inmóviles, mirándose a la distancia de un tiro de lanza. Y entonces sucedió. Habían retrocedido ya algo menos de un estadio perseguidos por los atenienses, cuando el frente de los beocios se rompió. Los atenienses habían avanzado en pos de los macedonios creyéndose que los aplastarían, pero el resto de las tropas no les había sabido seguir. Falta de coordinación, imagino yo: es lo que sucede cuando un ejército está compuesto por otros pequeños ejércitos, y cada uno cree que hace lo que más le conviene en un momento determinado sin pensar en si eso interesa también al resto.
»Ahí empezó Filipo a ganar la batalla. Por la brecha abierta penetraron como una exhalación los caballos macedonios, que hasta ese momento habían permanecido inmóviles junto al río. Se desplegaron a izquierda y derecha de la retaguardia enemiga y los destrozaron. Hicieron una auténtica carnicería, sorprendiendo a las tropas por el costado y por la espalda. Vi cómo aquel Batallón Sagrado, la flor y nata del ejército beocio, era desmantelado y aniquilado. Atrapados entre el terreno pantanoso que bordeaba el Cefiso, y la caballería macedonia por el otro lado y por detrás, no tardaron en convertirse en un montón de cadáveres ensangrentados. Y el resto de los beocios, viéndose sorprendidos por la retaguardia, descuidaron también su vanguardia y quedaron sentenciados. Algunos lograron escapar corriendo por el camino del sur; Filipo no se cebó con ellos y los dejó huir.
Pero los que no tuvieron esa suerte se convirtieron en triste ingrediente de un baño de sangre. Fue un espectáculo horrible. Horrible.
Habían llegado ya a la enorme doble puerta del Dípilon. Diógenes se detuvo junto a los gigantescos goznes, como si los recuerdos le impidieran seguir andando; Dioxipo y Onesícrito le miraban consternados, presas del dolor. No había nada que decir en aquellos momentos.
—Diógenes —Onesícrito se atrevió por fin a hablar—, dijiste que habías conocido a Filipo.
—Sí. Tras la batalla fui hecho prisionero. En ningún momento había pensado en huir o esconderme, aquello que estaba sucediendo en la llanura no tenía nada que ver conmigo, de modo que no temí permanecer allí hasta el desenlace final. Los macedonios me vieron y, sin más, me cogieron y me llevaron ante Filipo, que a caballo recorría el escenario de la batalla mientras sus hombres iban haciendo prisioneros entre los supervivientes.
Era evidente que yo no era un soldado, no tenía armas ni coraza ni sangre ni sudor. Filipo tenía todo eso sobre su cuerpo, además de una gran cicatriz que le cruzaba media cara y un solo ojo con el que admiraba aquella carnicería de la que él había sido el causante; no era desde luego un rostro agradable de ver. Estaba de buen humor, reía y bromeaba. Cuando me pusieron ante él oí que estaba dando instrucciones para que se esculpiera un león de mármol y se situara en el lugar donde había caído el Batallón Sagrado. Luego me lanzó su mirada de cíclope y me preguntó quién era; le contesté: «Solo soy un observador de tu ambición insaciable». Aquello le debió de hacer gracia, porque soltó una carcajada y ordenó que me dejaran ir.
—¿Y ya está? —dijo Dioxipo—. No se puede decir entonces que lo conocieras muy a fondo.
—Hay presencias que con solo un breve contacto dicen mucho. Filipo era una de ellas. No era muy alto pero sí corpulento; su simple visión era impresionante. Su voz grave y rocosa amedrentaba e infundía miedo. No me extraña lo que cuentan del orador Demóstenes, quien al parecer comenzó a tartamudear y se quedó sin palabras cuando estuvo ante él en la corte macedonia. ¡El gran Demóstenes sin palabras! Ni tampoco dudo que sea cierto el rumor que corrió por Atenas durante los días siguientes a la batalla, según el cual Demóstenes había salido huyendo en pleno combate.
Creedme: si yo tuviera que enfrentarme a Filipo, os aseguro que haría lo mismo.
—¿Y qué hay del hijo de Filipo, Alejandro? —preguntó Onesícrito—.
Si hubiera nacido ateniense, ahora mismo sería un novato con pica y escudo destinado en alguna fortaleza fronteriza, como cualquier otro efebo. Y en cambio, ese jovenzuelo reina en el país macedonio y es el comandante supremo de la Liga Helénica, que es como decir de toda la Hélade. Antes
dijiste que te quiere bien. ¿Cómo es eso, Diógenes? ¿También te llevaron ante él?
—Él vino a mí. Yo estaba tumbado al sol junto a mi refugio, tratando de reponerme del horror que acababa de presenciar, y se acercó acompañado de otros hombres. Supongo que su padre le habría contado el encuentro que habíamos tenido y sentía curiosidad. Se me acercó, me preguntó mi nombre y añadió que si, después de lo que había sucedido en aquella llanura, le tenía miedo. Le pregunté: «¿Eres un bien o un mal?». «Un bien», me respondió. «¿Entonces por qué te habría de temer?». Parece que le gustó mi respuesta porque sonrió y me dijo que le pidiera lo que quisiera y me lo concedería.
Onesícrito abrió los ojos como si fueran ostras hervidas de su natal Astipalea.
—¿Te ofreció lo que le pidieras? Y no se te ocurriría sugerirle que se volviera a sus montañosas tierras del norte con toda su tropa, ¿verdad?
—No; en aquel momento me estaba tapando el sol y le dije que se apartara porque me hacía sombra.
Los dos discípulos se miraron y arquearon las cejas, probablemente compartiendo el mismo pensamiento. A Onesícrito le dio por imaginar que tal vez en la mano de Diógenes había estado restablecer el orden en el mundo, solucionar los problemas que los macedonios estaban causando en todas partes, acabar con el avasallamiento que Filipo ejercía sobre la Hélade, y solo se le había ocurrido preocuparse por que le diera el sol. Eso era muy propio de él. De todos modos, era probable que, de haberle pedido alguna otra cosa de más enjundia, Alejandro no le hubiera hecho excesivo caso.
—Aquel joven —continuó Diógenes— se dio la vuelta y se alejó entre feliz y sorprendido; le oí comentar a uno de sus acompañantes que «de no ser Alejandro, habría querido ser Diógenes». Es muy diferente a su padre, os lo puedo garantizar. Ambos brillan por su ambición, por su capacidad de liderar ejércitos, por su personalidad arrolladora; pero Alejandro tiene algo más. En sus ojos vi un impulso irrefrenable por ir siempre hacia delante y no detenerse ante nada, el deseo por rebasar sus propios límites, los límites que los dioses nos han marcado a cada uno de nosotros. Filipo quería
poseerlo todo por el simple afán de poseer, de acaparar, de ser el rey del mundo. Alejandro también, pero con un matiz: él quiere formar parte de todo y que todo forme parte de él. Quiere verlo todo, conocerlo todo, asimilarlo todo. Su padre carecía de esa dimensión, de esa profundidad. —
Hizo una pausa y concluyó—: Filipo nunca habría querido ser Diógenes.
Algún curioso se había detenido junto a ellos para escuchar; cualquier conversación en la que se mencionara Macedonia despertaba el interés y sacudía las lenguas como un latigazo. Alejandro no era bien recibido en Atenas, como tampoco lo había sido Filipo, y simpatizar con la causa macedonia no era una posición fácil de mantener en aquellos momentos. Un individuo con pica y escudo, uno de los guardias que a diario controlaban el acceso a Atenas a través del Dípilon, no necesitó invitación para participar en la conversación:
—¿Estás diciendo que Alejandro es una buena persona? —preguntó con simplicidad; que los atenienses gozaran de libertad para decir lo que pensaban no quería decir que tuvieran inteligencia para pensar lo que decían
—. ¿Sabes lo que hizo en Tebas? Yo tenía parientes allí que sobrevivieron de milagro, pero han quedado tan horrorizados que van a emigrar al este, lejos de la Hélade y de ese lobo sanguinario. Prefieren vivir entre persas que en una tierra dominada por él.
—Si piensan quedarse en Persia, no habrán huido lo bastante lejos —
sentenció Diógenes. Los presentes miraron su figura desaliñada y lastimosa, preguntándose si no estaría siendo demasiado tremendista. Onesícrito hizo un disimulado gesto al maestro para que callara y evitara meterse en más problemas.
—Diógenes, es mejor que hablemos de otra cosa. Además, tú ya te ibas de Atenas, ¿verdad?
Un joven muchacho se presentó ante el grupo, después de habérsele visto venir a la carrera por la vía del Cerámico. Con muestras de fatiga por el esfuerzo y el quitón bailándole por todo el cuerpo y descolgándosele con cada zancada, de vez en cuando daba algún grito dirigido a uno de los que en el Dípilon se habían congregado.
—¡Eh! ¡Diógenes! ¡Espera! ¡Eh!
Ya en su presencia el joven se dobló, con las manos en los muslos y entre fuertes jadeos.
—Creí que no te alcanzaría, Diógenes. ¿No me reconoces? Soy Sosígenes, el hijo del curtidor, el que vende sus pieles junto al Metroon. Fue un accidente, Diógenes. Llegué con el carro cargado, mi padre me dijo que me acercara para descargar el género, la comadreja se cruzó por delante del mulo y este se asustó y se desbocó. Nunca había visto correr tan rápido a un mulo. Lo siento, Diógenes, el carro chocó con tu ánfora y la hizo añicos. Mi padre me ha dado una tunda de palos por mi descuido y me ha mandado a buscarte para que te diga esto: «Perdona la torpeza de mi hijo, noble Diógenes. Es un inútil. Él rompió tu tinaja. Te ruego que no abandones la ciudad por su causa. Conozco a un alfarero que te proporcionará un ánfora tan confortable como la que tenías». Ese es el mensaje de mi padre, Diógenes.
Los indiscretos, ignorantes del tema que ahora se imponía en la conversación, decidieron que ya no les resultaba sugestivo y se diluyeron en el trasiego de gente que entraba y salía por la puerta. Dioxipo ayudó a reponerse al joven hijo del curtidor con ciertos consejos sobre respiración y movimientos del pecho, mientras Onesícrito seguía reteniendo en la mente las últimas palabras de Diógenes. Pensó en preguntarle directamente al maestro pero temió reavivar la peligrosa llama que aquel inesperado recién llegado acababa de extinguir como un velón ante un soplo de viento.
—En ese caso me quedo —dijo de pronto Diógenes, como saliendo de un sueño. Giró sobre sus talones y volvió a traspasar el enorme marco de piedra del Dípilon.
—Pero Diógenes, ¿así, sin más?
—No sabes decir otra cosa, Dioxipo; así sin más hace un momento me iba, y así sin más ahora decido quedarme. Así sin más vivimos y morimos, muchacho. Así sin más, y gracias a los dioses, después de todo. Tu padre es un buen hombre, Sosígenes —añadió, volviéndose hacia el hijo del curtidor de pieles. Este se deshizo en agradecimientos hacia el anciano, pues con seguridad su padre no le había escatimado amenazas si Diógenes no desandaba sus pasos. No habría sido buena cosa para su negocio que se corriera la voz de que había expulsado al anciano de la ciudad. Pese a su
mísero aspecto y su agrio carácter, Diógenes no carecía de cierta fama y exotismo: era un alumno de un alumno del gran Sócrates, aquel filósofo que pasaba más tiempo en el ágora que en su propia casa, haciendo amigos— y enemigos —y charlando con todo el que se ponía por delante.
Los alfareros del Cerámico vieron pasar de nuevo al trío de cínicos, en esta ocasión de vuelta hacia el ágora. Una pequeña comadreja asomó el hocico desde su agujero y cruzó la vista con Onesícrito; ambos se miraron con detenimiento y el de Astipalea, de repente, recordó algo que había quedado pendiente de aclarar. Las charlas con Diógenes gozaban de esta peculiaridad: una vez comenzadas, en el camino se iban abriendo estancias que quedaban sin indagar y, si uno no tenía buena retentiva, se perdían en el mar de los recuerdos olvidados. Pero a Onesícrito le gustaba recordar, así que se esforzaba por recuperarlos. Decían los más ancianos del ágora que aquella dispersión en el conversar era sello del viejo Sócrates.
—¿A qué tenías miedo en el juicio, Diógenes? Si no era a que te reclamaran dinero ni a que te expulsaran de la ciudad, ¿entonces a qué?
—Todo a su tiempo, Onesícrito; todo a su tiempo.
3
La casa de Onesícrito no era grande, pero tampoco pequeña. Su familia había pertenecido a la aristocracia de Astipalea, estaba acostumbrada a un cierto nivel de opulencia y al venir a Atenas habían intentado mantenerlo.
Compraron una vivienda en el residencial barrio de Escambónidas, se rodearon de esclavos y se dedicaron a la buena vida. Sin embargo, Atenas no era Astipalea, y la fortuna familiar poco a poco fue menguando. Con el matrimonio de Onesícrito sus padres vieron una oportunidad para arreglar en parte la situación; pero la dote que aportó la futura esposa, treinta minas, no fue especialmente destacable. Tampoco los padres de la novia estaban muy convencidos con el yerno que se estaba incorporando a su clan familiar: el hijo de unos metecos que se habían ganado la ciudadanía a golpe de dracma… Eso antes no pasaba: en los tiempos gloriosos la
ciudadanía no se compraba ni se vendía: o padre y madre eran atenienses, o no había nada que hacer. Pero la hija, Cleonice, rondaba ya los veinte años y había que casarla, y hasta el momento no había tenido ninguna oferta.
También influyó el hecho de que Onesícrito y Cleonice se conocían y hasta se podría decir que se caían bien. De modo que la boda se consumó, aunque la unión marital no acabara de satisfacer ni a unos ni a otros, y sí tal vez a quien menos importaba, a los novios. Estos se fueron a vivir a otro barrio que tampoco brillaba por su pobreza: Colargo, cuna del gran Pericles. De eso hacía ya diez años, y en el tiempo transcurrido sus vidas habían fluido en un mar de apacible tranquilidad, solo alterada por el nacimiento de dos niños.
Esa fue, con algún que otro detalle más, la historia que Onesícrito le relató por enésima vez a su invitado —a quien le gustaba oírla y así tener a su discípulo situado en el contexto que le interesaba para azuzarle con sus diatribas contra el matrimonio— mientras yacían reclinados en sus asientos en el pequeño patio interior de su casa. La noche era fresca pero agradable, y el pequeño altar de Zeus protector del hogar proporcionaba un tenue resplandor que les bastaba para verse las caras y la comida que tenían sobre la mesa. Cleonice les observaba desde la pequeña ventana del piso superior;
¿cómo podía Onesícrito relacionarse con un indigente, y encima traerlo a casa a dormir? Solo sería una noche, le había dicho, pero conociendo el carácter de su marido, si el andrajoso le pedía más tiempo seguro que Onesícrito no se lo negaría.
—El matrimonio no es para mí —decía el casi octogenario Diógenes, a quien no se le había conocido esposa en toda su vida—. Las mujeres deberían ser de uso común para todos, sin necesidad del engorro de casarse.
Y los hijos, por tanto, también serían comunes. Así sucede en Esparta y jamás han tenido ningún problema al respecto.
—Bueno —observó Onesícrito, consciente de que Cleonice estaría escuchando—, eso habría que matizarlo. No es exactamente así como hacen las cosas en Esparta, tengo entendido…
En el patio se respiraba un agradable olor a mirto, que sin embargo no podía imponerse al hedor desagradable que emanaba de Diógenes pero sí lo hacía con facilidad sobre los casi inexistentes aromas de la frugal cena que
la esclava había preparado para Onesícrito y su invitado: unas tortitas calientes de trigo y unos altramuces. Diógenes no quería caer en malos vicios y con aquello había dicho tener más que suficiente. Su discípulo, para no desentonar, le acompañaba en el austero festín. Onesícrito trató de reconducir la conversación al punto que le interesaba.
—Volviendo al asunto de esta mañana…
—Y por cierto —ignoró Diógenes—, es lamentable que alguien que se dice seguidor mío tenga una esclava que le limpie el trasero. Debieras liberarla.
—No me limpia el trasero, solo nos ha puesto estas bandejas con altramuces, como tú querías. Cleonice necesita ayuda en las tareas de la casa y…
—Deshazte de la casa. Y de tu mujer también. Vaya un asceta estás hecho.
—Diógenes —suspiró Onesícrito—, me gustaría saber…
—Un hombre no ha de vivir entre cuatro paredes y aislarse del mundo, muchacho: ha de vivir en el mundo. Y para eso no necesita una casa, de hecho no necesita nada de nada. Mírame a mí, me basta con lo que llevo puesto, así he vivido toda mi vida. Y tengo ya unos cuantos años sobre mis hombros, así que tan mal no me habrá ido. Cuando tengo calor busco la sombra de un árbol, cuando tengo frío entro en una casa de baños públicos y me caliento en sus estufas. Si tengo hambre siempre hallo qué comer, en el ágora o junto a las murallas, o incluso en los jardines de Academo, aunque seguro que Platón se revolvería en su sepulcro si me viera allí. Si tengo sed voy a la casa de la fuente de los nueve caños y bebo tranquilamente. Si quiero dormir, en cuanto noto que el dios Hipnos me agarra de los párpados y se cuelga de ellos, me tumbo esté donde esté y cierro los ojos. Si he de…
—Diógenes…
El anciano comprendió que no podía dar más rodeos, y le pareció legítimo satisfacer la demanda de su discípulo. Se echó un altramuz a la boca y lo masticó.
—Tenía miedo por ti, Onesícrito —dijo tras una larga pausa; su anfitrión llegó a pensar que se había atragantado—. Vi cómo te miraba
Caridemo. Le creo capaz de cualquier cosa, y tú le has humillado.
Descubrió entonces el discípulo algo que en el tiempo que llevaba junto a su maestro jamás había detectado: Diógenes se preocupaba por él. Pensó que era posible que el desapego con el que el anciano llevaba sus días enmascarara unos sentimientos que no casaban demasiado bien con lo que predicaba. Después de todo, puede que en el fondo Diógenes fuera un ser humano.
—No he sido yo quien le ha escupido a la cara y le ha meado en la comida.
—Lo mío no tiene importancia. Caridemo intentó restaurar su honor por la vía correcta, en los tribunales. No le ha salido bien y ya está; pagará las costas del juicio, lo cual no le supondrá más trastorno que alimentar a una yegua de sus cuadras, y creo que lo olvidará sin más. Yo solo soy una mancha en su quitón de los días de fiesta. Tú has hecho algo peor, Onesícrito. Lo tuyo es una marca al fuego en su frente, algo que llevará consigo toda su vida, señalándole. Yo solo soy un viejo loco que vive en las calles, no se manchará las manos conmigo. Tú en cambio…
Onesícrito no era un viejo pordiosero, ciertamente, pero tampoco era mucho más que una figura anónima, un simple fabricante de flautas sin ninguna virtud especial. Pese a ello, la simiente del miedo ya había sido plantada en su alma. Tomó la copa para beber su contenido y vio su rostro reflejado en el vino, agitándose, quebrado, deforme; lo interpretó como un mal presagio. «En el juicio no debiste hablar de los macedonios, muchacho
—había continuado Diógenes—, puede que sin darte cuenta hayas sentenciado a Caridemo. Y si es así, jamás te lo perdonará». Onesícrito oía las palabras del maestro pero seguía abismado en su propia turbación. «Es un individuo peligroso, muy peligroso». El sudor le corría por la espalda.
«Has puesto a toda Atenas contra él por causa de Alejandro; no debiste hacerlo». Ya le goteaba también por la frente y la nariz. Se rascó una oreja y, pálido como la pálida luna que se sostenía ingrávida sobre sus cabezas, miró tembloroso a Diógenes.
—Pero… ¿qué fue lo que dije?… Ya no lo recuerdo, estaba tan emocionado…
Arriba, Cleonice observaba extrañada la escena: Onesícrito balbuceando y derramando el licor como si no supiera sostener el objeto que tenía en la mano, y el viejo andrajoso introduciendo altramuces por algún orificio entre la espesura de sus barbas y escupiendo las peladuras donde le venía en gana. No podía oír bien lo que hablaban, de modo que pensó que en su patio se estaba llevando a cabo algún curioso ritual paflagonio (le sonaba que los paflagonios, fueran quienes fueran, habitaban las tierras oriundas del pordiosero), una libación con vino y legumbres a la luz de la luna. Sin saber por qué, le vino a la mente la frase que pronunció su padre el día en que todo empezó: «Onesícrito, te entrego a esta mujer para la labranza de hijos legítimos». ¿Estaría él ahora pensando en labrar en el patio para cultivar altramuces?
—Sí, ya me di cuenta. Estabas borracho escuchándote a ti mismo, y por eso ni siquiera recuerdas el discurso que soltaste. —Diógenes le forzó a dejar la copa antes de que los temblores de la mano le hicieran derramar la última gota de vino—. Pues dijiste poco más o menos que Atenas estaría más segura de la amenaza de los macedonios si echáramos a Caridemo.
—Dioses del Olimpo…
—Ya puedes llamarlos, ya.
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