El color de las pulgas
Uno
Estaba escuchando el Perfect Day de Lou Reed frente al escaparate de la tienda de la china guapa, en la calle José Fariña, pero era un día asqueroso, una mierda de día. La música salía del transistor de la Bodega Viaplana. Hacía un año del suicidio de Luisa y casi cuatro de la muerte de Cati.
Tras la pausa publicitaria, la música cambió a unas sevillanas de Rafael del Estad y yo me grillé con unas nubes de levante que tiraban para Punta Umbría. Estaba cambiando el tiempo y me dolía mucho la cicatriz del tobillo. Encendí un cigarro contra la pared y me acordé de la cosa, del mamoneo alargado durante meses, de lo que había pasado.
A los diez años de conocerla en el Bar Bi los detalles más mierdas pasaban ahora por mi cabeza. La mañana estaba como clueca. El azul alto de Huelva en el cielo, también el olor a caño traído de la marisma, con un viento muy bajo. Entraba flojo por los portales y salía como espantado.
No haberla escuchado. Un montón de mañanas ciego, al sol, sordo al banderín blanco. Luisa me hablaba de una poza, de su poza.
Ahora a mi lado estaba Juanita, un bujarra tan bonito como el recorte celeste de las tardes sobre la retama, en La Bota, sobre la arena, sin toalla, con un litro y un porro. Juanita es amigo del barrio desde siempre, muy maricón desde chico. Bajaba a la plazoleta con las uñas y los labios pintados y se ponía de portero. Era buenísimo. Y sin miedo. Se te tiraba a los pies y se dejaba media carne en el cemento. Después se levantaba rápido, muy parguela, con el balón contra el pecho, y se ponía a gritar, que había que cerrar más, que delante solo uno. Sabía mandar. Un máquina, sin guantes, sin rodilleras, siempre con la camiseta de portero de su hermano. Un amigo de verdad, sin miramientos ni paraqués.
De grande, Juanita se había sindicado al relumbrón, al exceso, como una enorme bola de merengue sobre hojas de ibérico. Además tenía la polla como un febrero bisiesto. Lo sabíamos desde el colegio, de las pajas. Juanita se liaba y le salía por encima de la mano más de la mitad. Lo flipábamos.
Juanita me ayudó con todo cuando lo de la muerte. Yo había entrado en la salita y con la misma me había salido al balcón también como un difunto. Me había entrado por el vientre un frío como con dentera. Abrí el cierre y busqué la calle. Abajo Juanita, junto al terraplén, con un vestido rojo estampado y un pañuelo a la cabeza. Hablaba con un nota, le indicaba una calle con el abanico cerrado. En la otra mano un cigarro. Fumaba Moret. Con las manos y como pude, le dije que tenía que subir.
Ya dentro, él arregló. Quédate tranquilo, yo me ocupo de todo. Vete a la cocina y tómate cualquier cosa, tendrás Barceló, o esa mierda de vodka del Mercadona que tanto te gusta…, anda, cualquier cosa…, agua si quieres, pero déjame que yo mire cómo empezar con todo esto.
Luisa estaba muerta en casa de mi madrina, sobre el sofá rojo. Una de sus manoletinas se había caído y se apoyaba sobre la base de la repisa del teléfono. Se había quedado dormida viendo una redifusión de Salud y belleza. Lo presentaba Lorena Martín, una chica con muy poco pecho y quizás más apropiada para algún formato de mensajería.
De la boca de Luisa salía una corteza de baba ya seca. Era de color verde y el olor como a chivo viejo. Todavía ahora lo tengo entre la nariz y los ojos. Porque quitarse la vida termina precipitando en un olor intenso que se queda en los sitios donde haya sido durante mucho tiempo. Y también en tu cabeza. Pero centralmente, un olor flotando. Durante un tiempo te suenas los mocos y está ahí. También en las legañas, saliendo de dentro. Es un olor espitoso, de delito, de mojón pisado. Algunas culturas mierdas lo ven como la forma honorable de escapar de algunas situaciones humillantes, de rollos muy dolorosos. La cosa es rara, porque para serlo, la muerte tiene que ser el motivo del acto, y no su consecuencia. Otros mierdas van de suicidas pero solo son unos pirados. Ahí tienes a los mierdas que se inmolan, o a los mierdas rollo mártir, rollo cristiano quemado. Eso no vale. Ni los héroes. Así que fuera los policías buenos y los bomberos en acto de servicio. Esos tampoco.
Juanita me llamó y me dijo que no era cosa para nosotros, que tendría que venir un juez, algún médico y quizás también algo de policía. Yo había mezclado el ron con un culo de vodka que quedaba en el armario. Sin hielo.
Sobre las doce todo estaba acabado. A Luisa la llevaron al depósito. Un edificio mojonero y ansioso. Y enfrente, al otro lado de la carretera del cementerio, otro tanatorio igual de mierda, con hormigón donde no toca, cristal hasta doler, punto sueco para los muebles, mostrador con señor educado y cestito de caramelos. Y brillo, un brillo que parece limpio, que toca los cojones.
Al poco rato aquello se llenó de familiares suyos. Del centro. Tipos altos con trajes negros y señoras con cardas en el pelo y blusones que disimulaban su gordura. También tres adolescentes golfas que salían a fumar a la parte trasera del tanatorio y tiraban las colillas a los pies de un San Sebastián de marmolina. Podrían ser las hijas de su hermano Alejandro. Luisa me habló algunas veces de él y de la elefanta de su mujer.
Apenas estuve una hora. Juanita me sacó por la puerta de la cafetería y me dijo que nos íbamos, que ya no podíamos hacer más. Me llevó a La Higuerita y me pidió un caldo. Yo le dije que mejor un vodka. Al final de la barra estaba Javi, que se tomó otros cuatro con nosotros. Javi es buen amigo y un tío con gusto. Siempre con el pelo largo por detrás, muy macarra, muy guapo. Se lo alisa con el cepillo redondo de la hermana y le queda metido para el cuello. Javi siempre lleva una bolsa de tela azul con roña mangada. Se la dieron en un curso de soldadura que hizo con Diputación. Dentro lleva radiocasetes, esclavas, gafas buenas, móviles, anillos, relojes y consolas. Javi lo flipa con armar y desarmar. Siempre de noche. No le gustan mucho las escandaleras, tampoco lo grande. Javi mata la alarma, saca su ganzúa, abre la puerta del local como si fuera su casa, abre el llavín de la vitrina, pilla dos o tres perlitas y lo deja todo como estaba. Por las mañanas hace su ruta por los bares, vende o cambia lo que puede y adiós.
Es un tío sencillo, rollo humilde. Muy callado. También es un majara de la música. Le silbas el inicio de cualquier marcha y antes de abrir la boca te dice si es de palio o de cristo. Le viene por el abuelo, otro majara, pero religioso. Los apuntó a él y a su primo a la banda con seis años. La tuba y el bombo. Ahora Javi ya no toca nada. Solo manga y negocia.
A las cuatro se le acercó un niñato con la novia. Javi le vendió unos aros de plata y pidió tres vodkas más.
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