El cuaderno de Miguel Angel
Prólogo
Paul Christopher
El cuaderno de Miguel Ángel
ePub r1.0
Marley2 29.01.16
OceanofPDF.com
Título original: Michelangelo’s Notebook
Paul Christopher, 2006
Traducción: Jofre Homedes Beutnagel
Editor digital: Marley2
ePub base r1.2
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PRÓLOGO
22 de julio de1942, La Spezia, costa de Liguria, norte de Italia
E l maggiore Tiberio Bertoglio, con uniforme completo de una de las Brigadas Negras de Mussolini —galones negros, insignias en rojo y plateado de la doble eme en el cuello de la chaqueta, y una calavera y unas tibias al frente de su bustina reglamentaria—, cruzaba los brazos en el pecho al estilo del Duce en el asiento trasero del polvoriento Lancia del Estado Mayor, sin sentirse ni la mitad de señorial de lo que aparentaba. El uniforme era una engañifa. Él no era del ejército, sino de la odiada OVRA, la Organizzazione di Vigilanza e Repressione dell’Antifascismo, la policía secreta de Mussolini, la Gestapo italiana.
Acababa de llegar esa mañana de Roma, en un Savoia-Marchetti SM.
75, destartalado avión en cuya cola, justo detrás del triple fascio negro de las fuerzas aéreas italianas, aún se distinguía la vieja insignia en forma de pájaro de Ala Littoria. Llegado a la base naval de La Spezia tras cuatro horas de accidentado vuelo, Bertoglio había tomado en préstamo el coche y el chófer, con los que estaba a punto de llegar al último destino de su viaje.
El chófer condujo por las calles estrechas y sinuosas de Portovenere en dirección al puerto pesquero de La Grazie. Ya habían dejado atrás la inmensa mole del castillo de los Doria, construido ocho siglos antes, en el siglo XII, a fin de vigilar el golfo de La Spezia, cometido para el que aún servía. Al mirar el objeto de esa protección —el golfo propiamente dicho—, Bertoglio vio anclada media flota italiana, incluidos el enorme buque de
guerra Andrea Doria y su gemelo el Giulio Cesare. Estaban negros y abollados, pero aún flotaban.
El coche llegó al embarcadero, viejo y ruinoso. Bertoglio bajó del gran jeep color arena del Estado Mayor y le hizo al chófer un rápido saludo fascista, con choque de botas incluido.
—Te quiero otra vez aquí como máximo en media hora —le ordenó.
—Media hora. Descuide, maggiore.
El chófer se despidió con la cabeza, metió la marcha del viejo Lancia y se alejó. Al mirar hacia Palmaria, una isla de la bahía cubierta de bosque, a un kilómetro de la orilla y del pueblo de pescadores, Bertoglio vio el edificio ancho y bajo que indicaba la presencia del convento de San Giovanni all’Orfenio, casi al borde del agua, con un pequeño embarcadero de cemento en el que descansaba una barca de pesca grande y vieja, atada a un negro y viejo noray. El maggiore miró alrededor hasta encontrar una barquita de pesca a unos metros, y a su dueño, que hablaba con alguien con el pitillo en la boca.
—¿Por cuánto me llevas al convento? —preguntó fríamente.
El viejo pescador le miró de la cabeza a los pies, fijándose en la banda del brazo (una sola, ondulada) y en la insignia de las brigadas mussolinianas.
—¿Para qué quiere ir? —preguntó.
Sus ojos marrones, legañosos, tomaron nota de la gorra negra y de la calavera y las tibias, pero no se le veía muy impresionado.
—Para algo, viejo. ¿Qué, cuánto me cobras por llevarme en tu barca?
—¿Llevarle, o llevarle y recogerle?
—Llevarme y recogerme —replicó Bertoglio—. Me esperarías en el embarcadero. Al volver seremos dos.
—Eso ya cuesta más.
—¡No me digas, viejo!
El otro hombre sonrió e intervino por primera vez.
—Cada vez que usted le llama «viejo», sube el precio. Éste se cree que es un chaval. Está seguro de que todas las monjas tienen ganas de tirárselo.
—Lo de tirarse a las monjas se lo dejo a Bertole, el cura —dijo entre risas el viejo pescador, exhibiendo media docena de dientes rotos y
marrones—. A él le gusta follar con viejas bigotudas, yo prefiero a las ostriche del paseo, que son más jovencitas.
—¡Como que te elegirían a ti!
—¿Cuánto? —les interrumpió Bertoglio.
—Depende de lo que tenga.
—Sólo son doscientos metros.
—¿Qué pasa, maggiore, que es Jesucristo? ¿Camina sobre las aguas?
Bertoglio metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un fajo de liras del que desprendió una docena de billetes. El viejo arqueó una ceja.
Bertoglio desprendió una docena más.
—Ya está bien —dijo el viejo con un amplio gesto de su mano nudosa
—. Suba a mi regia góndola, que le llevo al convento surcando las aguas.
Una vez en la barca —a la que le costó lo suyo subir—, Bertoglio se sentó en el banco trasero, mientras el pescador subía a bordo y cogía los remos; remos largos, uno de los cuales le sirvió para despegar la barca del muelle. Después los puso en los toletes y empezó a remar con fuerza, alejándose de la orilla. Bertoglio seguía muy tieso en la parte trasera de la barca, sujeto a la borda. Ya en medio de la bahía, empezó a marearse un poco. Cerca de sus pies había un cubo grande con algo marrón y gelatinoso que flotaba dentro. El contenido olía tan mal que el estómago de Bertoglio, ya nervioso de por sí, empezó a amenazar con arcadas.
—Cabezas de calamar —le explicó el viejo—. Se cogen al principio de la copulación, cuando la pasión los hace subir a la superficie. Les cortas la cabeza antes de que hayan podido expulsar el semen y los dejas uno o dos días al sol, que es la mejor manera de usarlos como cebo.
Bertoglio no dijo nada. El convento estaba cada vez más cerca: un edificio bajo y ancho, con un escalón para amoldarse a un entorno rocoso.
Detrás había un prado con mucha pendiente, y, rodeado por lo que le pareció al maggiore una valla de forja pintada de blanco, un cementerio, un pequeño camposanto de pocas y sencillas lápidas y cruces, a la sombra de varios olivos achaparrados.
El viejo usó el remo de estribor para rodear unos palos muy finos que marcaban la localización de las encañizadas con las que se atrapaban los bancos de sardinas y arenques con marea alta. Su siguiente destino, sin
nuevos desvíos, fue el pequeño embarcadero de delante del convento.
Mientras se acercaban al muelle, salió por la puerta principal del edificio una mujer ya mayor, delgada, con un hábito azul oscuro y una cara alargada enmarcada en un blanco griñón. Se acercó al embarcadero con las manos en las mangas y esperó con gran tranquilidad la llegada de Bertoglio, cuya reacción inicial fue de temor y vergüenza, como cuando era niño y todo su universo giraba en torno a seres semejantes a ella, que lo gobernaban con una vara de espino. Por eso, y porque tenía el estómago revuelto, saltó desde la barca al muelle con un profundo malestar. La mujer le observó fijamente y luego se volvió sin decir nada y regresó al convento, seguida a pocos pasos por Bertoglio, que al cabo de un rato penetró tras ella en el fresco interior del edificio de piedra. Estaba oscuro. No parecía haber luz artificial. Bertoglio parpadeó. La anciana monja cruzó un vestíbulo sin el menor adorno y se internó en una especie de sala comunitaria dotada de diversas estanterías, un largo tablón con caballetes, algunas sillas y una chimenea de mampostería. Sólo había una ventana, cerrada con postigos.
Bertoglio miró a través de los listones, muy anchos, y reconoció la playa, estrecha, con su embarcadero. El viejo pescador ya no estaba donde le había dejado, sino en medio de la bahía.
— Caccati inmano e prenditi a schiaffi! —dijo Bertoglio estrellando un puño en la palma de la otra mano.
—¿Decía algo, mayor?
Una monja baja y de rostro agradable, cuya edad debía estar entre cuarenta y cincuenta años, había salido de la oscuridad del fondo, donde la chimenea. Se diferenciaba de su hermana de mayor edad —la que había hecho entrar a Bertoglio— en que su ancha cintura estaba rodeada por una especie de rosario con grandes cuentas de madera, y en que el espacio entre sus pechos, grandes y caídos, recibía el peso de una cruz metálica muy grande, colgada del cuello mediante una cadena.
—No, no he dicho nada —dijo Bertoglio—, ¿Usted quién es? —
preguntó con grosería, sacando la mandíbula en una inconsciente imitación del Duce.
—La madre superiora, la hermana Benedetta. Supongo que usted es quien dijeron que vendría.
—Soy el maggiore Tiberio Bertoglio, de la Sexta División Tevere de la MVSN —replicó él.
—Esperaba a alguien de la policía secreta —dijo la hermana Benedetta.
—En Italia no existe policía secreta —contestó Bertoglio.
—Ya, y usted tampoco está aquí, maggiore. Son imaginaciones mías. —
La monja sonrió cansadamente—. Supongo que con la Gestapo alemana hay bastante para los dos países.
—Vengo a por el niño —dijo Bertoglio.
Metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó un paquetito cuyo sello ostentaba las dos llaves cruzadas y las tres coronas del Vaticano.
—Veo que tiene amigos muy bien situados —dijo la hermana Benedetta.
Metió un índice rollizo por debajo del sello y abrió el paquete de un tirón. Contenía un certificado de nacimiento y un salvoconducto con los sellos del Vaticano, el gobierno suizo y las autoridades migratorias alemanas. También otro juego de salvoconductos para un adulto no identificado.
—Estos documentos están a nombre de Frederico Botte —dijo.
—Sí, es como se llama el niño.
—Ya sabe que no, maggiore.
—Pues ahora sí. Tráigamelo.
—¿Y si le dijera que en este convento no hay ningún Frederico Botte?
—Preferiría no contestar, madre superiora. No nos haría ningún bien, ni a usted ni a mí. Si esconde al niño o no me lo entrega, las consecuencias serán graves. —Bertoglio hizo una pausa—. Yo me limito a cumplir órdenes, madre. Le aseguro que no disfruto en absoluto.
—Está bien.
La hermana Benedetta cogió una campanilla de la repisa de la chimenea y la hizo sonar. Entre las cuatro paredes de la sala, el sonido fue muy estridente. Poco después apareció una chica muy joven, con una falda, una blusa y un jersey muy sencillo que no parecía sentirse muy a gusto. Llevaba de la mano a un niño de unos tres años, con pantalones cortos, camisa blanca y una estrecha corbata. Le habían mojado el pelo para peinárselo hacia atrás. Parecía muy asustado.
—Aquí está el niño, con la hermana Filomena, que se ocupará de él.
Habla alemán e italiano, conque no habrá ningún problema en entender qué necesitan ni ella ni el niño.
La madre superiora se acercó a la joven para darle un beso en cada mejilla y entregarle los salvoconductos y el certificado de nacimiento. La hermana Filomena se guardó los papeles en el profundo bolsillo de su jersey. No parecía menos asustada que el pequeño. Bertoglio lo entendió.
De haber ido al mismo sitio, también él tendría miedo.
—La barca que me ha traído ya no está. ¿Cómo volveremos a tierra firme?
—Tenemos nuestros propios medios de transporte —dijo la hermana Benedetta—. Acompañe a la hermana Filomena, que se los enseñará.
Bertoglio asintió, entrechocó los talones y levantó rápidamente el brazo, amagando un saludo fascista, pero se lo pensó mejor y prefirió un gesto brusco con la cabeza.
—Gracias por su colaboración, reverenda madre.
—Sólo lo hago por el niño, que es inocente de toda esta locura… a diferencia del resto de nosotros. Adiós.
Bertoglio dio media vuelta sin decir nada más y salió de la sala, seguido mansamente por la hermana Filomena y el niño. Al llegar a la puerta, el pequeño se detuvo para mirar en silencio por encima del hombro.
—Adiós, Eugenio —susurró la hermana Benedetta.
Entonces el niño ya no estaba.
La hermana Benedetta fue a la ventana y miró entre las lamas para ver cómo iban los tres hacia el muelle. Les esperaba Dominic, el chico del pueblo que echaba una mano en las faenas. Dominic ayudó a subir al niño a la barca del convento, y luego a Filomena. El maggiore se sentó en la proa.
Una vez que Dominic estuvo a bordo, levantó los remos. Al cabo de unos segundos se alejaron por la estrecha bahía que separaba la isla de tierra firme.
La hermana Benedetta siguió mirando hasta que ya no distinguió la silueta del pequeño. Entonces abandonó la sala comunitaria y recorrió un largo pasillo por el que estaban repartidas las celdas individuales, hasta alcanzar una puerta situada en la parte inferior del edificio, detrás de los
cuartos de baño y las letrinas. Una vez al aire libre, bajo la luz menguante del crepúsculo, subió al cementerio por un pequeño sendero de ceniza. Dejó atrás el cementerio, se internó entre los árboles oscuros y llegó a una suave hondonada llena de flores, y del oscuro aroma de los pinos circundantes.
Bajó al fondo por el caminito, atenta a los suspiros del viento, y al fragor de las olas que batían a lo lejos en la orilla. Si algo había amado Katherine, si algún remanso de paz había existido en esa vida de miedo y de aprensión, era ese lugar. El cura de Portovenere no había dado su autorización para enterrarla en tierra bendita, y al final la hermana Benedetta no había protestado. Interiormente, no le cabía ninguna duda de que la hondonada estaba más cerca de Dios que cualquier otro sitio, ni de que la propia Katherine lo habría querido así.
Le fue muy fácil encontrar la simple cruz de mármol, aunque estuviera sepultada por las malas hierbas. Se arrodilló y retiró sin prisas los zarcillos de la piedra, hasta dejar a la vista la inscripción: Katherine María Teresa Annunzio
26-5-1914
22-10-1939
PACEM
Lentamente la hermana Benedetta se desabrochó el rosario que llevaba en la muñeca derecha y lo estrechó entre sus manos, mientras miraba fijamente la lápida y susurraba la antigua oración de los papas, equivalente a las últimas palabras pronunciadas por la joven antes de arrojarse al mar: Dulce música al oído es decir:
¡Te venero, oh, Madre!
Dulce canción es repetir:
¡Te venero, oh, santa Madre!
Eres mi gozo, mi querida esperanza, mi amor casto, mi fuerza en cualquier adversidad.
Si mi alma, acongojada y herida de pasiones padece la carga dolorosa de la pena y el llanto,
si ves que a tu hija la doblega el infortunio,
oh, Virgen María, llena de gracia,
deja que halle el reposo en tu abrazo maternal.
¡Ay!, pero ya veloz se acerca el postrer día.
Relega el demonio a las simas infernales,
y acércate más, Madre querida, a tu hija anciana y extraviada.
Así tu suave tacto cubra las pupilas cansadas
y entregue dulcemente a Dios el alma que a él regresa Amén.
El viento sopló más fuerte entre los árboles, como si le estuviera dando una respuesta, y durante un breve instante de paz la hermana Benedetta revivió la fe de su niñez. Sintió otra vez el júbilo de la dicha de Dios; pero la ráfaga pasó, y con ella la dicha, y su mejilla quedó arrasada por las lágrimas. Pensó en Bertoglio, en Filomena y en el niño. Pensó en Katherine, y también en el hombre, en ese hombre lleno de arrogancia y de pecados que era el culpable de la suerte de Katherine, la causa de que hubiera terminado así su vida. Él no merecía la oración de los papas, sino una maldición que Benedetta había oído muchos, muchos años atrás en boca de su madre.
—Así te pudras en la tumba. Así te llenes de gusanos cuando te hayan enterrado. Que tu alma se corrompa ante los ojos de toda tu familia y de todo el mundo. Condenado seas para toda la negra eternidad y que la única gracia que encuentres sea la de las frías llamas del infierno.
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