El destino era esto
Capítulo 1
No estaba segura de por qué pero, al despertar, aquel día le pareció distinto de cualquier otro. Era el primero de septiembre y amaneció frío, opaco y cobrizo, con un aspecto demasiado otoñal. Lloviznaba. En ocasiones hace falta tiempo e instinto para poder apreciar esas señales que a veces nos lanza la vida, pero esa mañana Patricia no tenía ni una cosa ni la otra. Apartó decidida la sombra del presagio y el edredón y se levantó de un salto, con energía, con prisa, sin demasiado tiempo para pensar; había mucho que hacer tras regresar de unas largas y plácidas vacaciones de verano en el sur. Tenía que ponerse al día con el trabajo.
Por la tarde iba a suceder algo que cambiaría su vida, pero no prestó atención a ese raro presentimiento, no supo comprender el significado de esa sutil advertencia.
Odiaba retrasarse, y tenía que acudir a una cita de trabajo. Iba a presentar un proyecto a los creativos de una agencia de comunicación, era importante para ella, y llegó, como siempre, con tiempo de sobra.
Aparcó en un angosto parking subterráneo en plena Castellana, cerca del edificio al que se dirigía, en la calle Marqués de Villamagna, a la vuelta de la esquina. Aún no eran las seis de la tarde y había quedado a y media.
Cuando empezó a subir por la estrecha acera lateral de la rampa del aparcamiento, algo que solía hacer en vez de salir por la escalera peatonal, oyó el rumor de un motor a su lado, demasiado cerca, y unos apresurados pasos que se acercaban por detrás. De improviso, un hombre la agarró y tiró de su brazo con violencia mientras intentaba empujarla dentro de un coche negro, grande y sucio, no se fijó en nada más, con un gran portón lateral abierto. El espanto le heló todo el cuerpo, y se estremeció. Es complicado saber manejar esa excitación, ese brutal desasosiego.
Se zafó como pudo y, tras darse un golpe contra el auto, cayó al suelo. Notó cómo se le partía uno de los tacones. La desesperación, lejos de paralizarla, hizo que reaccionara velozmente, con agilidad; Patricia solía hacer deporte, estaba fuerte, en buena forma. Se liberó de su agresor, se quitó el otro zapato y le sacudió con el tacón en la cabeza, que llevaba cubierta por un pasamontañas.
Avanzó primero a gatas cuesta arriba, desollándose las rodillas y las manos, luego se incorporó y corrió, cual alma a la que lleva el diablo, tanto como pudo.
El coche aceleró y se abalanzó amenazante tras ella como si fuera a atropellarla, pero no lo hizo, aunque hubiera sido muy sencillo. El individuo que la había atacado aún la agarró por la gabardina y tiró de ella con fuerza, pero Patricia consiguió quitársela. El delincuente se quedó con la prenda en la mano, tropezó y cayó hacia atrás dándole unos segundos muy valiosos. Todo sucedió en un santiamén, a tal velocidad que le costaba recomponer los detalles. La escena se difuminó en esos instantes de pánico. Gritó y gritó sin dejar de correr, ni siquiera supo exactamente qué había dicho, tal vez «socorro», o simplemente eran angustiosos aullidos de terror.
Justo arriba de la cuesta, sin bloquear del todo la salida, un taxista acababa de parar para que bajara un cliente. Los dos oyeron los chillidos de la mujer y se alarmaron de inmediato.
Ella se abalanzó pidiendo ayuda sobre el hombre que acababa de salir del taxi y después se lanzó dentro del vehículo, por la puerta aún abierta, buscando refugio.
Su agresor se topó bruscamente con el pasajero, y tras chocar con él abandonó la persecución y subió rápidamente al coche para escapar.
En ese momento el taxista, que había sacado una barra de hierro de debajo del asiento, aporreó con fuerza la ventanilla lateral del coche de los delincuentes; el cristal se resquebrajó pero no se rompió.
En su enloquecida fuga, los malhechores golpearon la parte trasera del taxi y chocaron con otro automóvil que pasaba por la calle, pero al final huyeron. La policía empezó a recibir llamadas de inmediato. Patricia estaba fuera de sí, completamente trastornada, aterrorizada.
No tardaron en llegar varias patrullas y también una unidad del SUMA para atender a los posibles heridos. A ella le administraron un ansiolítico y al poco empezó a sentirse algo mejor. También curaron sus rasguños y los de sus salvadores. Por fortuna, poca cosa.
Ahí empezó todo. Tras ese desagradable y fugaz episodio, su vida se alteró, cambió posiblemente para siempre. A veces suceden cosas así.
Algunos lo llaman destino.
El suceso pronto generó un tremendo caos en el carril lateral del paseo de la Castellana. Hubo que cortarlo y montar un cordón policial para mantener alejada a la turba de curiosos que acudieron como insectos a la azulada luz de las sirenas.
Cuando los policías comenzaron a interrogarla allí mismo, se dieron cuenta de que Patricia del Castillo Oriol no era cualquiera: se trataba de alguien importante, una personalidad, una celebrity hija de una familia aristocrática, muy rica e influyente, ya que su padre era marqués. La joven era de las que se codean con lo más granado de la jet set, amiga de la reina Letizia y de Don Felipe. Una «soltera de oro» de la «milla de oro» de Madrid, de esas que a veces salen en la tele, en las refinadas revistas de moda y en las del corazón. Los policías seguramente pusieron más cuidado y más empeño en atenderla y tranquilizarla que en averiguar qué había pasado allí realmente.
Poco después, la trasladaron en un coche hasta la BPI, la Brigada Provincial de Información, en Moratalaz. Allí, algo más serena, después de denunciar formalmente lo sucedido, contó a los investigadores los detalles que recordaba, que eran pocos; y también que llevaba un par de meses sufriendo el acoso de un loco que le enviaba correos electrónicos y dejaba mensajes en su blog y en las redes sociales en las que estaba registrada. Era muy activa en internet, donde acumulaba decenas de miles de seguidores. Pero no lo denunció, aunque sus padres se lo pidieron muchas veces. Tendría que haberlo hecho sin dudar, ya que el suceso, quién sabe, podía estar relacionado. Aquella idea resultó sobrecogedora y le puso la piel de gallina. La información y todas las contraseñas para acceder a sus aplicaciones y a su blog se pasaron de inmediato a la BIT, la Brigada de Investigación Tecnológica; el acosador no tardaría en caer, darían con una dirección IP y con quien estuviera detrás de eso.
Sus padres estaban al llegar, le aseguraron, y, mientras, una agente le trajo un té con unas pastas. La policía empezó a trabajar sobre el terreno haciendo pesquisas, buscando vestigios, recabando detalles que pudieran ayudarlos a detener a esos indeseables. Aunque montaron un gran operativo en el centro y en las principales salidas de la capital para atraparlos, no dio resultado, la malla policial no surtió efecto. No había rastro de ellos.
Vista de lejos, a distancia, sin conocerla bien, sin ir más allá de la imagen que proyectaba en sus perfiles en la red, en las fotografías y en sus apariciones públicas, seguramente se podía pensar que Patricia del Castillo era la típica niña pija millonaria que pasa su vida despreocupada saltando de fiesta en fiesta, de cóctel en cóctel, de desfile en desfile; una de esas blogueras de cerebro hueco preocupada por qué modelito ideal iba a ponerse para despertar admiración y envidias, y por poco más. Pero no, ella era mucho más. Se resistía a ser considerada simplemente eso, y lo estaba consiguiendo aunque no fuera fácil. A veces cuesta mucho librarse de la carga de los estereotipos, de los juicios gratuitos y precipitados, de la pelusa y la ojeriza de mucha gente, aún más en un país como España.
Había estudiado biología y ciencias empresariales, entre otras cosas, y todo de forma impecable. Siempre fue de matrículas de honor, desde pequeña. Pero tomó otros caminos profesionales, se lo podía permitir. De hecho, se podía permitir lo que quisiera, incluso no hacer absolutamente nada.
Era rubia, alta y esbelta, muy hermosa, de ojos verde botella, un extraño color nocturno y profundo que cambiaba según la luz. Era realmente distinguida y estilosa, una mujer refinada, muy especial. Tenía ese charme que muy poca gente posee.
Había desfilado y posado como modelo muchas veces, algo que solo se tomaba como un juego, como un divertimento y una oportunidad más de experimentar, de viajar, de aprender, además de como una fuente de ingresos que saciaba su necesidad de independencia.
Era una mujer esforzada, inquieta y ambiciosa; por eso decidió que no dependería económicamente de su familia, aunque su red protectora siempre estuviera allí y eso le proporcionara una reconfortante y total seguridad. Desde muy jovencita se puso a trabajar. Montó su empresa, una consultoría de comunicación, moda y estilo, que no tardó en funcionar bien. También creó su propia marca de ropa y complementos que vendía a través de su exitosa página web. Poco a poco, con esfuerzo, iba ganándose el respeto y la notoriedad en ese complejo mundillo. Era embajadora de algunas marcas importantes y también se dedicaba a promocionar la moda de España en el extranjero. Era eficiente, astuta, inteligente, práctica y decidida para los negocios, hiperactiva muchas veces (aunque en otros aspectos de la vida se permitiera ser más serena); una chica fantasiosa e ingenua, divertida, caprichosa, a veces algo naíf en muchas de sus ideas y en sus planteamientos.
Aparte de eso, se dedicaba a viajar constantemente por todo el mundo, a veces por compromisos profesionales; a veces, por mero placer.
A Patricia le gustaba sentirse segura, al menos imaginar que lo estaba. Era una necesidad, y aquel incidente, aquel extraño episodio del intento de secuestro, le había quebrantado por completo el ánimo. Estaba descolocada, el shock había sido brutal. Su vida solía transcurrir siempre plácida y estable, y ella adoraba la paz y la estabilidad.
Ni siquiera se le había pasado por la cabeza que alguien pudiera intentar hacerle daño de forma premeditada, que pudiera haber gente tan mezquina merodeando a su alrededor, con el punto de mira puesto en ella o en sus seres más queridos.
Eso les estaba comentando a los policías que estaban con ella, mostrándole fotografías de posibles sospechosos, cuando por fin llegaron sus padres. Se abrazó a ellos y solo entonces rompió a llorar de verdad, con ganas, desahogándose, cobijada entre sus brazos como una niña pequeña. Junto a los familiares llegó otro policía, el inspector jefe Damián Fuentes, así se presentó. Una vez que todos se hubieron sosegado, el poli que acababa de aparecer quiso hablar de nuevo con ella sobre lo acontecido. Habían pasado ya varias horas desde el suceso y Patricia estaba exhausta, así que le prometió que no tardaría demasiado.
Ella había repetido ya varias veces lo poco que recordaba, pero comprendió que era necesario hacerlo una vez más. No consiguió apenas ver a sus agresores, ya que los dos llevaban el rostro cubierto con un pasamontañas, algo que habían confirmado los demás testigos. Tampoco vio bien el coche en que intentaron meterla, era negro o gris oscuro, muy sucio, cubierto de polvo, alto y grande, con un gran portón lateral. Por los demás testimonios dedujeron que se trataba de un Citroën C8. Poco más. La matrícula que tomaron no pertenecía a ese modelo, o los testigos estaban equivocados o era falsa.
El inspector Fuentes no se anduvo con rodeos, no disimuló su preocupación y les hizo entender que lo sucedido era de extrema gravedad. Patricia corría alto riesgo de secuestro, estaba claro, era una víctima propicia y tentadora dada su posición social y económica, no había que tomárselo a la ligera.
—Seguramente esos dos buscaban dinero, pedir un rescate por usted —le dijo hablando con serenidad, con una voz profunda y hermosa.
Damián Fuentes era cordial, atento, bien educado, parecía muy seguro de sí mismo y consiguió calmarlos a pesar de las circunstancias. Era un curtido inspector que llevaba ya muchos años en la BPI, parecía saber mucho de ese tipo de delincuencia. Era alto y apuesto, fortachón. Moreno y con barba de varios días, de mirada limpia, ojos pequeños y manos grandes. Parecía muy avispado, más que los otros, más intuitivo, más preparado para afrontar la situación. Posiblemente.
Debía de tener poco más de cuarenta años y vestía de forma descuidada, vaqueros gastados y rotos, camisa azul celeste y encima una vieja cazadora de cuero marrón bajo la que colgaba su placa y se adivinaba la funda de la pistola. También llevaba unas preciosas botas. Patricia se fijaba siempre en esas cosas. Aun en esa situación, en ese escenario, escudriñó a su interlocutor analizando su estilo; el suyo era cuidadosamente casual, muy acertado, sentenció para sí.
Desde el primer instante, aquel hombre le pareció interesante, muy atractivo, aunque no fuera el momento de pensar en esas cosas ni tuviera ganas de hacerlo. Así que le sorprendió, ya que ella no era muy dada al galanteo; no solía toparse con hombres que realmente llamaran su atención, y aquel lo había hecho.
El agente fue extraordinariamente amable con ella y con sus padres. Antes de que pudieran irse a casa, les dio algunos consejos, algunas pautas sobre lo que debían hacer en los siguientes días, en las siguientes semanas. Aclararían todo ese embrollo y tarde o temprano darían con esos matones, podían estar seguros. Pero hasta ese momento, les advirtió, era conveniente que Patricia estuviera bien protegida. Se refería a estar vigilada y escoltada las veinticuatro horas. Podía parecer algo excesivo e incómodo, y lo era en cierto modo, pero, en su opinión, resultaba imprescindible. Si habían intentado raptarla de esa forma tan burda y precipitada, a esa hora del día, en ese lugar, solo podía significar dos cosas: o bien eran muy profesionales y tenían prisa por hacerlo a toda costa, despreciando cualquier riesgo, o bien eran unos torpes, unos chapuceros, un par de delincuentes de tres al cuarto. Ya se vería.
Llegados a ese punto, el padre de Patricia intervino tajante:
—No escatimaremos en gastos, mi hija tendrá los guardaespaldas que sean necesarios.
—Hay otra posibilidad —comentó el inspector Fuentes con prudencia—: ustedes parecen personas muy influyentes, seguramente con amigos importantes, tal vez deberían solicitar durante un tiempo que agentes de la Policía Nacional o de la Guardia Civil escolten a la señorita Del Castillo. No es lo habitual, estaría un tanto fuera de la norma, pero a veces se hacen excepciones con empresarios o magnates amenazados por organizaciones terroristas u otros grupos de delincuencia organizada. No podrá prolongarse mucho tiempo, tal vez un mes o dos, pero sería lo mejor. Si lo desean, ya que pueden costeárselo, podrían contratar además los servicios de una empresa privada de seguridad —les dijo—, pero ella estaría más segura bajo la protección de unos cuantos policías profesionales y experimentados.
Tanto Patricia como sus padres estuvieron de acuerdo, aunque el consejo del inspector resultara tan inquietante. Todo era inquietante.
Él se ocuparía de todo, les prometió el inspector Fuentes. Los llamarían por la mañana, ya que aún quedaban algunos trámites que cumplir.
Bajó con ellos en el ascensor y los acompañó hasta la puerta.
Se despidió de los tres no sin antes asegurarse de que un par de coches patrulla los escoltaran hasta su casa, donde estarían toda la noche de vigilancia.
—Hablen con quien tengan que hablar —les sugirió—, yo también voy a mover lo que haga falta para que la señorita Del Castillo pueda sentirse segura —les tranquilizó—. Mañana ultimaremos con ustedes los detalles de la protección, todo se hará ocasionándoles las menores molestias posibles. Ahora vayan a descansar —les recomendó con gentileza.
Cuando Damián volvió a subir, el ascensor aún olía a ella, a su maravilloso perfume, una seductora fragancia de gardenias que se le quedó grabada en el olfato y en el alma.
Se puso a trabajar en el asunto de inmediato, había muchas incógnitas por desvelar, pero también mucho papeleo que hacer, mucho formulario que rellenar, muchas teclas que tocar, como de costumbre. Odiaba toda esa burocracia, era lo único que no le gustaba de su trabajo.
Ya de madrugada, mientras tomaba el enésimo café con uno de los compañeros que le estaba ayudando, sintió una extraña sensación, una especie de inquietud desconocida al pensar en ella, en esa joven del intento de secuestro. Buscó en Google algunas imágenes de la chica y aparecieron centenares. Era bellísima. Aunque eso siempre puede ser subjetivo, sin duda aquel era el ser más bello que él jamás había contemplado. No podía quitársela de la cabeza ni pudo evitar comentarlo con su colega. Tenía necesidad de hablar de ella, de sentirla presente allí de nuevo, de algún modo.
—¿Te has dado cuenta? —le dijo con entusiasmo—. Mira, ¿has visto qué mujer tan preciosa esa Patricia? —insistió.
—Pues a mí no me parece que sea para tanto. Una pija un poco flaca para mi gusto, me gustan más macarras y más rellenas, con más tetas —le contestó el otro bromeando.
Ahí lo dejaron.
Damián aparcó el trabajo sobre las tres de la madrugada. Arrancó su moto, se puso el abrigo, el casco y los guantes y se marchó a casa sin dejar de dar vueltas al asunto, sin dejar de pensar en esa chica. No era consciente de que aquello, aquella inesperada turbación, no había hecho más que empezar. Desde aquel atardecer, ya nunca volvería a ser el mismo. Igual que contraemos un catarro o una gripe de forma fortuita e inesperada, Damián se había contagiado de ella, se había enamorado de ella sin remedio. Aún no podía imaginar hasta qué punto, ni que la «enfermedad» sería mucho más grave de lo imaginable.