El Fénix en la espada
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EL FÉNIX EN LA ESPADA
Has de saber, oh, príncipe, que en los años que median entre el hundi miento de la Atlántida y las ciudades resplandecientes y la ascensión de los hijos de Aryas hubo una época de ensueño en que reinos rutilantes se extendían por el mundo como mantos zafiro tachonados de estrellas: Nemedia; Ofir; Britunia; Hiperbórea; Zamora, con sus mujeres de pelo negro y sus misteriosas y sobrecogedoras torres; Zingaria, con su caballería; Koth, que lindaba con los pastizales de Shem; Estigia, con sus tumbas custodiadas por tinieblas; Hirkania, cuyos jinetes vestían de acero, seda y oro... Pero no había reino más magnificente que Aquilonia, cuyos dominios abarcaban el esplendoroso oeste. Allí apareció, espada en mano, Conan el cimerio, de pelo negro y mirada taciturna, ladrón, saqueador y asesino, tan desbordante de melancolía como de júbilo, dispuesto a hollar con sus sandalias los engalanados tronos de la Tierra.
—Las crónicas nemedias
La oscuridad y el silencio espectrales que preceden al alba se extendían sobre los tenebrosos chapiteles y las torres rutilantes. En un callejón umbrío, uno más en un auténtico laberinto de misteriosos caminos serpenteantes, cuatro figuras enmascaradas salieron deprisa por una puerta que una mano oscura abrió furtivamente. Sin cruzar palabras desaparecieron con rapidez en las sombras, envueltos en sus capas ceñidas, con el mismo sigilo con que los fan- tasmas de los asesinados desaparecen en la oscuridad. Tras ellos, un rostro sardónico quedó enmarcado por la puerta entreabierta; dos ojos perversos bri- llaron en la penumbra con malevolencia. —Entrad en la noche, criaturas de la noche —dijo una voz burlona—. Oh, idiotas, la perdición camina en pos vuestro como un perro ciego, y vosotros lo ignoráis. —El dueño de la voz cerró la puerta y corrió el pestillo, y después se giró y avanzó por el corredor, vela en mano. Era un gigante sombrío, cuya piel oscura revelaba su sangre estigia. Pasó a una sala interior, donde un hombre alto y delgado con prendas de terciopelo desgastado se recostaba como un gran felino perezoso en un diván de seda, bebiendo
vino de una gran copa dorada. —Bueno, Ascalante —dijo el estigio, dejando la vela—, tus incautos corre- tean por las calles como ratas salidas de la madriguera. Trabajas con herra- mientas extrañas. —
¿Herramientas? —replicó Ascalante—. Es lo que me consideran ellos. Desde hace meses, desde que los Cuatro Rebeldes me hicieron venir del de- sierto del sur, he estado viviendo justo en medio de mis enemigos, ocul- tándome de día en esta casa lóbrega y rondando de noche por callejones oscu- ros y pasillos aún más oscuros. Y he conseguido lo que esos nobles rebeldes no pudieron. Trabajando con ellos y con otros agentes, muchos de los cuales nunca me han visto la cara, he plagado el imperio de sedición y malestar. En resumen: yo, trabajando en las sombras, he empedrado el camino de la caída del rey que se sienta en el trono bajo el sol. Por Mitra, fui un político antes de ser un proscrito. —¿Y esos idiotas que creen que son tus amos? —
Seguirán creyendo que estoy a su servicio hasta que hayamos terminado nuestra tarea. ¿Quiénes son para rivalizar con el ingenio de Ascalante? Vol- mana, el enano conde de Karaban; Gromel, el gigante que comanda la Legión Negra; Dion, el gordo barón de Attalus; Rinaldo, el estúpido juglar. Soy la fuer- za que ha fundido en una pieza el acero que hay en cada uno, y gracias a la arcilla que hay en cada uno los aplastaré cuando llegue el momento. Pero eso es el futuro; esta noche, el rey morirá. —Hace unos días vi que los escuadrones imperiales salían de la ciudad —dijo el estigio. —Marcharon hacia la frontera que están asediando los paganos pictos... gra- cias al licor fuerte que les he pasado de contrabando para enloquecerlos. La gran riqueza de Dion lo hizo posible. Y Volmana hizo posible despachar el resto de las tropas imperiales que seguían en la ciudad. A través de su parentela principesca de Nemedia, fue fácil convencer al rey Numa para que solicitase
la presencia del conde Trócero de Poitain, senescal de Aquilonia; y, por supuesto, para rendirle los honores debidos, lo acompañará una escolta imperial,
además de sus propias tropas, y Próspero, la mano derecha del rey Con an. Eso deja en .
la ciudad únicamente la guardia personal del monarca, además de la Legión Negra. Usando a Gromel he corrompido a un oficial de esa guardia que tiene el defecto de ser demasiado derrochador, y lo he
sobornado para que a medi- anoche aleje a la guardia de la puerta de los aposentos del
rey. »Entraré en el palacio por un túnel secreto con dieciséis bribones d eses- perados a mi cargo. Cuando el asunto esté despachado, incluso si la gente no se alza a darnos las gracias, la Legión Negra de Gromel será suficiente para con- servar la ciudad y la corona. —¿Y Dion cree que la corona se le entregará a él? —Sí. El gordo idiota la reclama porque posee vestigios de sangre real. Conan cometió un grave error dejando con vida a gente que presume de descender de la antigua dinastía a la que arrancó el trono de Aquilonia. »Volmana desea volver a gozar del favor real, igual que ocurría en el antiguo régimen, para poder devolver sus dominios empobrecidos a su antigua gran- deza. Gromel odia a Pallantides, el comandante de los Dragones Negros, y desea estar al mando de todo el ejército con toda su testarudez bosonia. De todos nosotros, solo Rinaldo carece de ambiciones personales. Considera a Conan un bárbaro de manos ensangrentadas y pies callosos que vino del norte a saquear una tierra civilizada. Idealiza al rey que Conan asesinó para conse- guir la corona, del que solo recuerda que a veces patrocinaba las artes. Ha olvi- dado todas las perversiones de su reinado, y está consiguiendo que la gente
olvide también. Ya hay quien canta abiertamente el Lamento por el Rey, en el que Rinaldo loa al villano ensalzado y denuncia a Conan como
«ese salvaje de corazón negro surgido del abismo». Conan se ríe, pero la gente se enardece. —¿Por qué odia a Conan? —Los poetas siempre odian al que ostenta el poder. Para ellos, la perfección está siempre a la vuelta de la esquina, o después de la siguiente. Escapan del presente en sueños del pasado y el futuro. Rinaldo es una antorcha encendida de idealismo, alzada, así lo cree, para derribar a un tirano y liberar al pueblo. En cuanto a mí... Bueno, hace unos meses había perdido toda ambición salvo asal- tar caravanas el resto de mi vida; ahora se agitan antiguos sueños. Conan morirá; Dion subirá al trono. Luego él morirá también. Uno a uno, morirán todos los que se me oponen; por el fuego, o por el acero, o por esos vinos letales que tan bien sabes destilar.
¡Ascalante, rey de Aquilonia! ¿Qué tal suena? El estigio encogió sus anchos hombros. —Hubo un tiempo en que también tuve ambiciones
—dijo con amargura no disimulada—, ante las cuales las tuyas parecen vulgares e infantiles.
¡Cuán alto he caído! ¡Mis antiguos iguales y rivales se quedarían asomb rados si pudie- ran ver a Tot Amón del Anillo sirviendo como esclavo a un extranjero, por añadidura un proscrito, y secundando las mezquinas ambiciones de barones y reyes! —Pones tu confianza en la magia y en pantomimas —respondió Ascalante .
con desdén—. Yo confío en mi ingenio y mi espada. —Ingenio y espadas son como briznas de hierba contra la sabiduría de la Oscuridad —
gruñó el estigio; en sus ojos parpadearon luces y sombras amena- zadoras—. Si no hubiera perdido el Anillo, nuestras posiciones serían las inver- sas. —Pero luces en tu espalda las marcas de mi látigo
—replicó el proscrito con impaciencia—, y es probable que continúes luciéndolas. —¡No estés tan seguro! —El odio maligno del estigio brilló rojo por un ins- tante en su mirada—. Algún día, de algún modo, volveré a encontrar el Anillo, y cuando lo haga, por los colmillos de Set que vas a pagar... El irascible aquilonio se levantó y lo golpeó con fuerza en la boca. Tot retro- cedió, manándole sangre por los labios. —
Te estás volviendo impertinente, perro —gruñó el proscrito—. Ten cui- dado; sigo siendo tu amo y conozco tu oscuro secreto. Sube a los tejados y grita que Ascalante está en la ciudad conspirando contra el rey... si te atreves. —No me atrevo —murmuró el estigio, limpiándose la sangre de los labios. —No; no te atreves. —Ascalante mostró una sonrisa torva—. Porque si muero por un ardid o una traición tuya, un sacerdote ermitaño del desierto del sur lo sabrá, y romperá el sello del manuscrito que dejé en sus manos. Y tras leerlo, una palabra será susurrada en Estigia, y un viento vendrá del sur a medi- anoche. ¿Y
dónde esconderás entonces la cabeza, Tot Amón? El esclavo se estremeció y su rostro oscuro adquirió el color de la ceniza.
—¡Ya está bien! —Ascalante cambió a un tono perentorio—. Tengo un trabajo para ti. No me fío de Dion. Le mandé que cabalgara de vuelta a sus dominios y se quedara allí hasta que se hubiera ejecutado el trabajo de esta noche. El gordo idiota nunca podría ocultar su nerviosismo ante el rey, hoy. Cabalga tras él, y si no lo alcanzas en el camino, sigue hasta su mansión y quédate con él hasta que lo mandemos llamar. No lo pierdas de vista. Está aturdido de miedo, y podría desquiciarse; hasta podría ir corriendo ante Conan y revelar el plan con la esperanza de salvar su pellejo. ¡Ve! El esclavo hizo una reverencia, ocultando el odio en su mirada, y obedeció la orden. Ascalante siguió bebiendo vino.
Sobre los chapiteles enjoyados empezaba a elevarse un amanecer carmesí como la sangre.
Cuando yo era un guerrero, saludaban a mi paso;
todo eran lisonjas, tambores y guirnaldas.
Hoy soy un gran rey y hay veneno en mi vaso,
y he de vigilar los puñales por la espalda.
—El camino de los reyes
La cámara era grande y muy ornamentada, con ricos tapices en las pulidas paredes artesonadas, gruesas alfombras en el suelo de mármol y el alto techo decorado con tallas intrincadas y volutas de plata. Tras un escritorio de marfil con incrustaciones de oro se sentaba un hombre cuyos anchos hombros y piel bronceada por el sol parecían fuera de lugar en aquel entorno lujoso. Tenías as- pecto de pertenecer más al sol, el viento y los lugares montañosos de tierras ex- tranjeras. Hasta el más pequeño de sus movimientos indicaba músculos de acero unidos a una mente afilada, con la coordinación de quien ha nacido para el combate.
No había nada circunspecto o comedido en sus acciones: o estaba completamente quieto, inmóvil como una estatua de bronce, o estaba en movi- miento, no con la rapidez espasmódica de unos nervios en tensión sino con una velocidad felina que confundía la mirada de quien intentara seguirlo. Su ropa era de tejidos lujosos, pero de corte sencillo. No llevaba anillos ni adornos, y la melena negra, cortada recta, estaba sujeta tan solo con un aro pla- teado a la altura de las sienes. Dejó el estilo de oro con el que había estado escribiendo laboriosamente en papiro encerado, apoyó la barbilla en un puño y fijó con envidia los brillantes ojos azules en el hombre que tenía delante.
Aquella persona estaba ocupada en sus propios asuntos en aquel momento, dedicada a enhebrar las lazadas de su armadura dorada mientras silbaba distraídamente; una actuación bastante
poco convencional, considerando que estaba en presencia de un rey. —
Próspero —dijo el hombre de la mesa
—, estos asuntos de estado son más agotadores que ningún combate en que haya luchado. —Gajes del oficio, Conan —respondió el poitano de ojos oscuros—. Eres el rey, tienes que cumplir la tarea del rey. —Ojalá pudiera cabalgar contigo a Nemedia —dijo Conan con envidia
—. Parece que han pasado eras desde la última vez que monté a caballo... Pero Pu- blius dice que los asuntos de la ciudad requieren mi presencia. ¡Maldito sea! »Cuando derroqué a la antigua dinastía las cosas eran lo bastantes sencillas, aunque en su momento parecieron complicadas —prosiguió, hablando con la cómoda confianza que existía solo entre el poitano y él—. Mirando hacia atrás ahora, al camino salvaje que he recorrido, todos esos días de esfuerzos, intrigas, matanzas y tribulaciones parecen un
sueño. »No soñé bastante lejos, Próspero. Cuando el rey Numedides yac ía muerto a mis pies y arranqué la corona de su cabeza ensangrentada y la puse en la mía, llegué al límite de mis sueños. Me había preparado para conseguir la corona, no para conservarla. En los antiguos días de libertad, lo único que quería era una espada afilada y un camino directo hacia mis enemigos. Ahora, ningún ca- mino es directo, y mi espada es inútil. »Cuando derroqué a Numedides fui el Liberador; ahora escupen a mi som- bra. Han alzado una estatua de ese cerdo en el templo de Mitra y la gente va a lamentarse ante ella, saludándola como la efigie sagrada de un monarca santo asesinado por un bárbaro de manos ensangrentadas. Cuando, como merce- nario, guie sus ejércitos a la victoria, Aquilonia pasó por alto el hecho de que fuera un extranjero; ahora no puede perdonármelo. »Van al templo de Mitra y queman incienso en memoria de Numedides hombres a quienes sus verdugos mutilaron y cegaron, hombres cuyos hijos murieron en sus mazmorras y cuyas mujeres e hijas fueron arrastradas a su harén.
¡Idiotas veleidosos! —Mucha culpa la tiene Rinaldo —respondió Prospero, dando otra puntada al cinturón de la espada—. Canta canciones que vuelven loca a la gente. Cuél- galo de la torre más alta de la ciudad con su traje de bufón. Que se dedique a rimar para los buitres. Conan sacudió su cabeza leonina.
—
No, Próspero, está fuera de mi alcance. Un gran poeta es más grande q ue cualquier rey. Sus canciones son más poderosas que mi cetro, pues casi me arrancó el corazón del pecho cuando eligió cantar para mí.
Moriré y seré olvi- dado, pero las canciones de Rinaldo vivirán para siempre. »No, Próspero —
continuó el rey, con una sombra de duda en los ojos—. Hay algo oculto, una corriente profunda de la que no somos conscientes. La siento como en mi juventud sentía al tigre escondido entre la hierba alta. Hay una inquietud indefinida en el reino. Soy como un cazador agachado al lado de su pequeña hoguera en medio del bosque, oyendo unas pisadas sigilosas en la oscuridad y casi viendo el brillo de unos ojos ardientes.
¡Si pudiera encontrar algo tangible a lo que pudiera clavar mi espada!
Te digo que no es casualidad que los pictos hayan atacado la frontera con tanta fiereza últimamente, hasta el punto de que ha habido que enviar a los bosonios para que ayuden a recha- zarlos. Debería haber cabalgado con las tropas. —Publius temía que fuera un plan para atraparte y matarte al otro lado de la frontera —replicó Prospero, alisando el sobreveste de seda sobre la cota de malla reluciente y admirando su figura alta y esbelta en un espejo de plata—. Por eso te rogó que te quedaras en la ciudad. Esas dudas tuyas nacen de tus instintos bárbaros. ¡Deja que la gente se queje! Los mercenarios son nuestros, y los Dragones Negros, y hasta el último bergante de Poitain jura por ti. El único peligro que corres es ser asesinado, y eso es imposible pues hombres de las tro- pas imperiales te guardan día y noche. ¿Qué estás haciendo ahora? —Un mapa —respondió Conan con orgullo—. Los mapas de la corte mues- tran bien los países del sur, el este y el oeste, pero en el norte están mal defi- nidos y llenos de errores.
Estoy incluyendo yo mismo las tierras norteñas. Aquí está Cimeria, donde nací. Y... —Asgard y Vanaheim. —Próspero estudió el mapa
—. Por Mitra, casi creía que eran países de fantasía. Conan mostró una sonrisa salvaje y se tocó involuntariamente las cicatrices de su rostro moreno. —¡Tendrías otra idea si hubieras pasado tu juventud en las fronteras septen- trionales de Cimeria! Asgard está justo al norte, y Vanaheim al noroeste de Cimeria, y las fronteras están siempre en guerra. —¿Cómo son esos hombres del norte? —preguntó Prospero. —
Altos, rubios y de ojos azules. Su dios es Ymir, el gigante de hielo, y cada tribu tiene su propio rey. Son indisciplinados y feroces. Pelean todo el día y beben cerveza y rugen sus canciones salvajes toda la noche. —Entonces te pareces a ellos. —Próspero soltó una carcajada
—. Ríes a lo grande, bebes un montón y cantas a voz en grito buenas canciones. Aunque nunca vi a otro cimerio que bebiera otra cosa que agua, o que riera jamás, o que cantara algo aparte de cantos fúnebres. —Quizá es por la tierra donde viven —comentó el rey—.
Nunca ha existido una tierra más sombría: montañas cubiertas de bosques oscuros, bajo cielos siempre grises, con vientos que gimen lúgubres por los valles. —No es raro que sus gentes sean taciturnas —
dijo Próspero encogiéndose de hombros, pensando en las llanuras bañadas por el sol y los tranquilos ríos azules de Poitain, la provincia meridional de Aquilonia. —No tienen esperanza ni aquí ni en el más allá —dijo Conan—. Sus dioses son Crom y la raza oscura de este, que gobiernan en un lugar sin sol cubierto por una niebla eterna, donde habitan los muertos. ¡Mitra! Las costumbres de los aesires me gustan mucho más. —Bueno —Prospero sonrió—, dejaste muy atrás las oscuras montañas de Cimeria. Y ahora me voy. Vaciaré una copa de vino blanco nemedio a tu salud cuando esté en la corte de Numa. —
Bien —gruñó el rey—, pero a las bailarinas de Numa bésalas solo de tu parte, ¡no quiero un conflicto diplomático! Su risa tempestuosa acompañó a Prospero mientras el poitano salía de la cá- mara.
Set duerme enroscado en pirámides cavernosas;
sus sirvientes oscuros recorren tumbas misteriosas.
En abismos sin sol te invoco en confianza:
envíame un sirviente que ejecute mi venganza.
El sol se ponía, tiñendo brevemente de oro el verdor brumoso del bosque. Los menguantes rayos arrancaban destellos de la gruesa cadena de oro que Dion de Attalus retorcía sin cesar en su mano rechoncha, sentado en medio del bullicio colorido de los brotes de los árboles en flor de su jardín. Revolvió su obesa fi- gura en el asiento de
mármol y miró a su alrededor furtivamente, como si bus- cara algún enemigo al acecho. Estaba sentado dentro de un plantel circular de arbolillos, cuyas ramas entrelazadas arrojaban una densa sombra sobre él. Cerca tintineaban los chorros plateados de una fuente, y otras fuentes ocultas a la vista en otros rincones del gran jardín susurraban una eterna sinfonía. Estaba a solas, a excepción de la gran figura oscura que descansaba en otro banco de mármol y observaba al barón con ojos profundos y sombríos. Dion no prestaba mucha atención a Tot Amón. Tenía la idea difusa de que era un es- clavo en el que Ascalante depositaba demasiada confianza, pero al igual que tantos otros hombres ricos, Dion apenas se fijaba en aquellos a quienes consi- deraba sus inferiores. .
—No tienes por qué estar nervioso —dijo Tot—. El plan no puede fallar. —Ascalante puede cometer errores igual que cualquiera —
espetó Dion, su- dando ante la mera idea de fracasar. —No; Ascalante no. —El estigio sonrió salvajemente—. De lo contrario, yo no sería su esclavo sino su amo. —¿Qué forma de hablar es esa? —
replicó Dion malhumorado, prestando atención a la conversación solo a media. Tot Amón entrecerró los ojos. Pese a su férreo autocontrol, estaba a punto de estallar a causa de la vergüenza, el odio y la rabia largamente acumuladas, listo para aprovechar cualquier oportunidad por desesperada que fuera. No se daba cuenta de que Dion no lo veía como un ser humano con un cerebro y una voluntad, sino como un simple esclavo, y por tanto, una criatura indigna de su atención. —
Escúchame —dijo Tot—. Serás rey. Pero sabes muy poco de la mente de Ascalante. No puedes confiar en él después de que hayan matado a Conan. Yo puedo ayudarte. Si me proteges cuando llegues al poder, te ayudaré. »Escucha, mi señor. Fui un gran hechicero en el sur. Los hom bres hablaban de Tot Amón como hablaban de Rammon. El rey Tesifonte de Estigia me con- cedió un gran honor al expulsar los magos de sus altas posiciones y exaltarme por encima de ellos. Me odiaban, pero me temían, pues yo controlaba seres
del exterior que acudían a mi llamada y cumplían mis órdenes. ¡Por Set
, mis .
enemigos no podían saber cuándo se despertarían por la noche sintiendo en su garganta los dedos con garras de algún horror innombrable! Realicé magias oscuras y terribles con el Anillo de la
Serpiente de Set, que encontré en una tumba tenebrosa a una legua bajo la superficie de tierra, olvidada desde antes de que el primero de los hombres se arrastrase del mar pantanoso. »Pero un ladrón robó el Anillo y destruyó mi poder. Los magos se alzaron para matarme, y hui.
Disfrazado de camellero, viajaba en una caravana por la tierra de Koth cuando los saqueadores de Ascalante cayeron sobre nosotros. Mataron a todos los de la caravana menos a mí; salvé la vida revelando mi iden- tidad a Ascalante y jurando servirle. ¡Amarga ha sido esa atadura! »Para tenerme bien sujeto, escribió sobre mí en un manuscrito, lo selló y se lo entregó a un ermitaño que habita en la frontera sur de Koth. No me atrevo a clavarle un puñal mientras duerme o a traicionarlo a sus enemigos, pues en ese caso, el ermitaño abriría el manuscrito y lo leería; así se lo ordenó Ascalante. Y llevaría la noticia a Estigia... Tot se estremeció otra vez y una palidez cenicienta le cubrió las facciones oscuras. —Los hombres no saben que estoy en Aquilonia —dijo—. Pero si mis ene- migos en Estigia supieran dónde estoy, ni medio mundo de distancia sería suficiente para salvarme de una maldición que arrancaría el alma de una esta- tua de bronce. Solo un rey, con castillos y huestes de jinetes, podría .
protegerme. De modo que te he contado mi secreto, y te exhorto a que hagas un pacto conmigo. Yo te puedo ayudar con mi sabiduría, y tú puedes protegerme. Y algún día encontraré el Anillo... —¿Anillo? ¿Qué anillo? —Tot había subestimado el absoluto egoísmo de aquel hombre.
Dion no había escuchado ni una de las palabras del esclavo, con- centrado en exclusiva en sus propios pensamientos, pero la última palabra agitó levemente su egocentrismo—. ¿Anillo? —repitió—. Eso me recuerda... Mi ani- llo de la suerte. Lo obtuve de un ladrón shemita que juró que se lo había ro- bado a un mago del sur y que me daría suerte. Mitra sabe que le pagué bien. Por los dioses, necesito toda la suerte que pueda tener, con Volmana y Asca- lante arrastrándome a sus malditas conjuras... Cogeré el anillo. Tot se levantó de golpe, con la sangre subiéndole al rostro, mientras sus ojos llameaban con la furia atónita de un hombre que percibe de repente en toda su profundidad la estupidez porcina de un idiota. Dion no se fijó en él. Levantó una tapadera secreta del asiento de mármol y rebuscó un momento entre una pila de cachivaches variados; talismanes bárbaros, trozos de hueso,
piezas de bisutería, amuletos y fetiches que su naturaleza supersticiosa le había impul- sado a reunir. —¡Aquí está! Alzó triunfante un anillo de extraña manufactura. Era de un metal parecido al cobre, y tenía la forma de una serpiente escamosa enroscada en tres bucles, con la cola en la boca. Los ojos eran gemas amarillas que desprendían un brillo siniestro. Tot Amón gritó como si lo hubiera golpeado un rayo, y Dion giró sobre los talones y lo miró con la boca abierta, palideciendo de repente. Los ojos del esclavo ardían, tenía la boca abierta, sus grandes manos oscuras se exten- dían como garras. —¡El Anillo! ¡Por Set! ¡El Anillo! —aulló—. Mi Anillo... robado... El acero brilló en la mano del estigio, y con una sacudida de sus grandes hombros oscuros, hundió la daga en el gordo cuerpo del barón. El chillido agudo de Dion se rompió en un gorgoteo estrangulado y su flácida figura se vino abajo como mantequilla fundida. Un idiota hasta el final, murió loco de te- rror sin saber por qué. Apartando el cadáver desmadejado, ya olvidado al ins- tante, Tot cogió el anillo con ambas manos. Sus ojos brillaron con una avidez terrorífica. —¡Mi Anillo! —susurró con terrible alegría—. ¡Mi poder! Ni siquiera el estigio supo cuánto tiempo permaneció agachado sobre el fu- nesto objeto, inmóvil como una estatua, absorbiendo el aura maligna en su alma oscura. Cuando se sacudió de encima el ensueño y retiró su mente de los abismos tenebrosos en que se había sumergido, la luna se estaba alzando y arrojaba largas sombras sobre el suave respaldo de mármol del asiento del jar- dín, a cuya base se extendía la sombra más oscura que había sido el señor de Attalus. .
—¡Se acabó, Ascalante! ¡Se acabó! —susurró el estigio, y sus ojos ardieron en la penumbra rojos como los de un vampiro. Se puso en pie, recogió en el cuenco de la mano un poco de sangre del charco viscoso en que yacía su víc- tima y frotó con ella los ojos de la serpiente de cobre hasta que las chispas amarillas quedaron cubiertas por una máscara carmesí—. Cierra tus ojos, ser- piente mística —entonó en un susurro que helaba la sangre—. ¡Cierra tus ojos a la luz de la luna y ábrelos en aguas más oscuras! ¿Qué ves, oh, serpiente de Set? ¿A quién llamas de los abismos de la Noche? ¿De quién es la sombra que cae sobre la Luz que se apaga? ¡Llámalo para mí, oh, serpiente de Set! Acarició las escamas con un extraño movimiento circular de los dedos,
un movimiento que siempre llevaba estos de vuelta al lugar de partida, y su voz se hizo aún más baja mientras susurraba nombres oscuros y hechizos macabros olvidados en el mundo salvo en las siniestras regiones interiores de la oscura Estigia, donde formas monstruosas se mueven entre el polvo de las tumbas. Se produjo un movimiento en el aire por encima de él, un remolino como el que aparece en el agua cuando alguna criatura sale a la superficie. Un viento innominable y gélido sopló brevemente sobre el estigio, como si se hubiera abierto una Puerta. Tot sintió una presencia a su espalda, pero no miró. Man- tuvo los ojos fijos en el espacio de mármol iluminado por la luna, sobre el cual flotaba una sombra tenue. Mientras seguía con su conjuro susurrado, la som- bra creció en tamaño y nitidez, hasta que se alzó definida y terrorífica. Tenía una silueta parecida a un babuino gigante, pero ningún babuino así caminó
sobre la tierra, ni siquiera en Estigia. Tot siguió sin mirar, pero sacó de su cinturón una sandalia de su amo, que siempre llevaba con la lejana esperanza de poderla utilizar alguna vez, y la arrojó tras él. —
¡Estúdiala bien, esclavo del Anillo! —exclamó—. ¡Encuentra a su propietario y destrúyelo! ¡Mira a sus ojos y destruye su alma antes de desgarrarle la garganta! ¡Mátalo! ¡Sí! —Y añadió en un ciego estallido de pasión—: ¡Y a todos los que estén con él! En la sombra perfilada en la pared iluminada por la luna, Tot vio que aquel horror agachaba la cabeza deforme y olfateaba como un monstruoso sabueso. Entonces, la horrible cabeza se echó hacia atrás, la cosa giró sobre los talones y desapareció como el viento entre los árboles. El estigio alzó los brazos con júbilo enloquecido, y sus ojos y sus dientes brillaron a la luz de la luna. Un soldado que montaba guardia junto al muro lanzó un grito sobresaltado de horror cuando una gran sombra negra con ojos llameantes saltó el muro y pasó corriendo a su lado como un torbellino.
Pero desapareció tan deprisa que el asombrado guerrero se preguntó si habría sido un sueño o una alucinación.
4
El mundo era joven. El hombre era débil.
A sus anchas campaba la prole de Set.
Con fuego y acero, con rabia y fiereza,
con ojo certero a los monstruos maté.
El tiempo ha pasado y la edad no perdona.
Sobre mí ya se cierne la sombra final.
¿Habéis olvidado, hermanos y amigos,
a aquel que os salvó de la oscuridad?
A solas en el gran dormitorio de techo abovedado con adornos de oro, el rey Conan dormitaba y soñaba. Entre unos remolinos de niebla gris oyó una ex- traña llamada, débil y lejana, y aunque no entendía las palabras, le parecía imposible ignorarla. Penetró en la niebla espada en mano, como un hombre caminaría entre las nubes, y la voz se oyó más clara mientras avanzaba, hasta que entendió la palabra pronunciada: era su propio nombre el que alguien lla- maba a través de los abismos del espacio y el tiempo. La niebla se fue despejando, y vio que estaba en un gran pasillo oscuro que parecía tallado en la sólida roca negra. No estaba iluminado, pero gracias a al- guna magia podía ver con claridad.
El suelo, el techo y las paredes se veían .
pulidos desprendían un resplandor apagado, y en ellas había relieves escul- pidos que representaban a héroes antiguos y dioses medio olvidados. Sintió un escalofrío al ver los enormes perfiles sombríos de los Antiguos Sin Nombre, y supo de algún modo que aquel corredor no había sido hollado por pies mor- tales durante siglos. Llegó a una escalera ancha tallada en la roca sólida, cuyos laterales estaban adornados con símbolos esotéricos tan antiguos y horribles que al rey Conan se le erizó la piel. Los escalones tenían grabada la aborrecible figura de la Antigua Serpiente, Set, de modo que en cada escalón plantaba el pie sobre la cabeza de la Serpiente, como se pretendía desde la antigüedad. Pero eso no lo hacía sen- tirse más tranquilo. La voz seguía llamándolo, y por fin, en una oscuridad que habría sido impresentable para sus ojos materiales, llegó a una extraña
cripta y vio una fi- gura de barba blanca, sentada en una tumba. A Conan se le puso el pelo de punta y apretó con fuerza la espada, pero la figura habló con voz sepulcral: —Oh, humano, ¿me conoces? —¡No, por Crom! —juró el rey. —Humano —dijo el anciano—, soy Epimetreus. —¡Pero Epimetreus el Sabio lleva mil quinientos años muerto! —tarta- mudeó Conan. —¡Escucha! —habló el otro con voz imperiosa—. Igual que un guijarro arrojado a un lago levanta ondas que llegan hasta la orilla más lejana, sucesos en el mundo Invisible han perturbado como ondas mi descanso. Te he mar- cado bien, Conan de Cimeria, y la huella de acontecimientos poderosos y gran- des gestas está sobre ti. Pero hay fatalidades sueltas por el mundo, contra las cuales tu espada no te puede ayudar. —Hablas en enigmas —dijo Conan, incómodo—. Déjame ver a mi enemigo y le aplastaré el cráneo. —Libera tu furia bárbara contra tus enemigos de carne y hueso —respondió el anciano—. No es contra hombres contra los que debo protegerte. Hay mun- dos oscuros apenas conocidos por los humanos, donde acechan monstruos sin forma; enemigos que pueden ser invocados de los Vacíos Exteriores para que tomen forma material y destruyan y devoren a las órdenes de magos malvados. Hay una serpiente en tu casa, oh, rey; una víbora en tu reino, llegada de Estigia, con la oscura sabiduría de las sombras en su alma turbia. Igual que un hombre dormido sueña con la serpiente que se arrastra cerca de él, he sentido la he- dionda presencia del neófito de Set. Está embriagado de un terrible poder, y los golpes que asestará a su enemigo bien podrían derribar el reino. Te he llamado a mi presencia para darte un arma contra él y su jauría infernal. —Pero ¿por qué? —preguntó Conan asombrado—. Los hombres dicen que duermes en el corazón negro de Golamira, desde donde envías tu espectro sobre alas invisibles para ayudar a Aquilonia en momentos de necesidad, pero yo... Yo soy un extranjero y un bárbaro. —¡Paz! —Los tonos fantasmales reverberaron en la gran caverna sombría—. Tu destino está ligado al de Aquilonia. Acontecimientos inmensos se están for- mando en la tela y el seno del Destino, y un hechicero sediento de sangre no se atravesará en el camino del destino imperial. Eras atrás, Set se enroscaba en torno al mundo como una serpiente alrededor de su presa. Toda mi vida, tan larga como la vida de tres hombres, he luchado contra él. Lo empujé a las som- bras del misterioso sur, pero en
la oscura Estigia los hombres siguen adorando a quien para nosotros es el archidemonio. Igual que luché contra Set, luche contra sus seguidores, sus adeptos y sus acólitos. Alza tu espada. Intrigado, Conan obedeció, y en la gran hoja, cerca de la pesada guardia de plata, el anciano trazó con un dedo huesudo un símbolo extraño que brilló como fuego blanco en las sombras. Y en ese instante, cripta, tumba y anciano se desvanecieron, y Conan, desconcertado, saltó de su lecho en la gran habi- tación abovedada. Ya en pie, aturdido por lo extraño del sueño, se dio cuenta de que empuñaba la espada. Se le erizó el vello al ver que la ancha hoja tenía gra- bado un símbolo: el perfil de un fénix.
Recordó que en la tumba de la cripta había visto una figura similar, grabada en la piedra. Ahora se preguntaba si ha- bría sido realmente una figura de piedra, y sintió un escalofrío ante lo extraño de todo el asunto. En ese momento, un sonido sigiloso en el pasillo, al otro lado de la puerta, lo sacó de su estupor, y sin detenerse a investigar empezó a ponerse la armadura; de nuevo era el bárbaro, desconfiado y alerta como un lobo gris acorralado.
5
Poco sé de modales y oropeles,
de mentiras corteses y afectadas maneras.
En tierra sombría nací en la batalla
y hombre me hice en agrestes laderas.
Ni astucia ni engaño podrán detener
el canto letal que entona la espada.
¡Venid y morid, perros rabiosos!
Rey, sí, mas hombre soy antes que nada.
—El camino de los reyes
Veinte figuras furtivas avanzaban en el silencio que envolvía el corredor del palacio real. Los pies sigilosos, descalzos o calzados con cuero suave, no desper- taban sonidos ni en las alfombras ni en las baldosas de mármol. Las antorchas encajadas en nichos a lo largo de los pasillos arrancaban reflejos rojos de puña- les, espadas y hachas afiladas. —¡Silencio todos! —siseó Ascalante—. ¡Quien quiera que sea, que deje de resollar con tanta fuerza, maldición! El jefe de la guardia de noche ha retirado a casi todos los centinelas de estos pasillos y ha emborrachado a los demás, pero .
de todos modos debemos tener cuidado. ¡Atrás! ¡Viene la guardia! Se apelotonaron detrás de un grupo de columnas talladas, y casi de inme- diato, diez gigantes con armadura negra pasaron al lado en formación. Sus caras mostraban expresiones de duda mientras observaban al oficial que los ale- jaba de su puesto. El oficial mostraba cierta palidez; mientras los guardias pasa- ban por delante del escondite de los conjurados, vieron que se limpiaba el sudor de la frente con una mano temblorosa. Era joven, y no estaba encajando bien aquella traición al rey. Maldijo mentalmente la vanagloria extravagante que lo había dejado en deuda con los prestamistas y lo había convertido en un peón de políticos insidiosos. Los guardias desaparecieron por el pasillo. —¡Bien! —Ascalante sonrió—. Conan duerme sin guardia. ¡Deprisa! Si nos atrapan matándolo, estamos perdidos. Pero pocos seguirán fieles a la causa de un rey muerto. —¡Sí, deprisa! —gritó Rinaldo; sus ojos azules igualaban el brillo de la es- pada que alzaba sobre la cabeza—. ¡Mi hoja está sedienta! ¡Oigo cómo se reú- nen los buitres! ¡Adelante! Echaron a correr por el pasillo sin tomar más precauciones. Se detuvieron ante una puerta con adornos dorados que lucía el emblema del dragón, el sím- bolo de Aquilonia. —¡Gromel! —espetó Ascalante—. ¡Abre esta puerta!
El gigante inspiró profundamente y lanzó su poderosa figura contra los paneles, que crujieron y se doblaron con el impacto. Volvió a encogerse y a gol- pear. Con un chasquido de metal de los pestillos y un crujido de la madera, la puerta se rompió hacia dentro. —¡Adelante! —
rugió Ascalante, ardiendo con el espíritu de la acción. —¡Adelante! —
gritó Rinaldo—. ¡Muerte al tirano! Se detuvieron en seco. Conan se alzaba ante ellos; no un hombre desnudo, confundido y desarmado, recién arrancado del sueño profundo y al que sacri- ficar como una oveja, sino un bárbaro despierto por completo y alerta, con parte de la armadura puesta y una enorme espada en la mano. —¡Adelante, canallas! —gritó el proscrito—. ¡Es solo uno contra veinte y no tiene casco! Era cierto; Conan no había tenido tiempo para colocarse el casco emplu- mado ni atarse las placas laterales de la coraza, ni tampoco para coger el gran escudo colgado en la pared. Aun así, estaba más protegido que cualquiera de sus enemigos a excepción de Volmana y Gromel, que llevaban la armadura completa. El rey los miró, perplejo ante sus identidades. A Ascalante no lo conocía, no podía ver las caras ocultas por viseras de los conjurados que vestían armadura y Rinaldo se había calado la visera hasta los ojos. Pero no había tiempo para hacer conjeturas. Con un grito que se alzó hasta el techo, los asesinos .
invadieron la habitación, con Gromel en cabeza. Embistió como un toro, con la cabeza gacha y la espada baja para lanzar un golpe destripador. Conan saltó a su encuentro, concentrando toda su fuerza de tigre en el brazo que blandía la espada. Trazando un arco sibilante, la gran hoja destelló en el aire y chocó con el casco del bosonio. Hoja y casco se partieron, y Gromel rodó sin vida por el suelo. Conan saltó hacia atrás, aún empuñando el arma rota. —¡Gromel! —escupió, con los ojos brillando de asombro, cuando el casco roto dejó a la vista la cabeza rota. El resto del grupo cayó sobre él. La punta de un puñal le rozó las costillas entre las piezas delantera y trasera de la coraza; el filo de una espada brilló ante sus ojos. Empujó a un lado con el brazo izquierdo al hombre del puñal, y golpeó con la empuñadura de su espada rota la sien del espadachín. Los sesos del hombre se desparramaron por el suelo. —¡Cinco de vosotros, cubrid la puerta! —
gritó Ascalante, bailando en el lí- mite del torbellino de acero, pues temía que Conan pudiera abrirse paso a gol- pes y escapar. Los asesinos retrocedieron un instante mientras su líder tiraba de algunos y los empujaba hacia la puerta, y Conan aprovechó el breve respiro: saltó hacia la pared y descolgó una vieja hacha de batalla que, intocada por el tiempo, había colgado de allí medio siglo. Con la espalda contra la
pared afrontó durante un instante fugaz el círculo que se cerraba, y entonces saltó hacia el grueso de los atacantes. No era un luchador defensivo; incluso en una situación de desventaja abrumadora, siem- pre llevaba el combate hacia el enemigo. Cualquier otro habría muerto allí, y ni siquiera Conan esperaba sobrevivir, pero lo dominaba el deseo de causar el má- ximo daño posible antes de caer.
Su alma de bárbaro estaba en llamas, y los cantos de antiguos héroes resonaban en sus
oídos. Cuando saltó desde la pared, su hacha derribó a un forajido dest rozándole el hombro, y en el rebote descargó un golpe terrible en el crá neo de otro. Las espa- das zumbaron venenosas a su alrededor, la muerte lo pasó rozando
escasa distancia. El cimerio se movía como una mancha de velocidad ce gadora; saltaba como un tigre entre babuinos, esquivaba y giraba, ofrec ía siempre un blanco móvil mientras su hacha dibujaba una reluciente rueda de muerte a su alre- dedor. Por un breve instante, los asesinos lo rodearon con ferocidad, lanzando gol- pes ciegamente y estorbándose por su mero número. Entonces retrocedieron de repente; dos cadáveres en el suelo eran testimonio mudo de la furia del rey, aunque el propio Conan sangraba por heridas en un brazo, el cuello y las pier- nas. —
¡Canallas! —gritó Rinaldo, quitándose el sombrero emplumando y mi- rando con furia—. ¿Rehuís el combate? ¿Debe vivir el déspota?
¡Acabad con él! Se lanzó hacia delante, lanzando tajos como un demente. Pero Conan, al re- conocerlo, le rompió la espada con un hachazo terrorífico, y empujándolo .
brutalmente con una mano abierta lo mandó rodando por el suelo. Una esto- cada de Ascalante le hirió el brazo izquierdo, y el proscrito salvó la vida por los pelos al agacharse y saltar hacia atrás para alejarse de la trayectoria del hacha. De nuevo los lobos se arremolinaron, y el hacha de Conan cantó y destrozó. Un bribón peludo se escurrió por debajo de un golpe y se lanzó a las piernas del rey, pero tras tirar durante un instante de lo que parecía una torre de hierro só- lido, levantó la vista a tiempo de ver que el hacha caía, pero no de esquivarla. En ese intervalo, uno de sus camaradas alzó con las dos manos su espada larga y asestó un golpe en la hombrera izquierda del rey, hiriendo el hombro que protegía. Al momento, la coraza de Conan se cubrió de sangre. Volmana, apartando a los atacantes a derecha e izquierda en su
impaciencia salvaje, se abrió paso y lanzó un golpe asesino a la cabeza desprotegida de Conan. El rey se agachó y la espada cortó un mechón de su negra melena al pa- sarle silbando por encima. Conan pivotó sobre un talón y golpeó de lado. El hacha atravesó la coraza de acero y Volmana se derrumbó con el costado iz- quierdo perforado. —
¡Volmana! —jadeó Conan—. ¡Conocería a ese enano hasta en el infierno! —Se irguió para hacer frente a la furia demencial de Rinaldo, que cargaba total- mente descubierto y armado solo con un puñal.
Conan saltó hacia atrás y le- vantó el hacha. —¡Rinaldo! —dijo con desesperación en la voz—. ¡Atrás! No quiero
matarte... —¡Muere, tirano! —gritó el enloquecido juglar, lanzándose directamente hacia el rey. Conan retrasó el golpe que era reacio a asestar, hasta que fue demasiado tarde. Solo cuando sintió el mordisco del acero en el costado despro- tegido lo descargó al fin, en un frenesí de desesperación ciega. Rinaldo cayó con el cráneo partido, y Conan retrocedió y se apoyó en la pared, con la sangre manando entre los dedos con los que apretaba la herida. —¡Adelante, matadlo! —rugió Ascalante. Conan apoyó la espalda en la pared y levantó el hacha.
Permaneció alzado como una imagen de primitivismo inconquistable; piernas separadas y bien plantadas, cabeza inclinada hacia delante, una mano apoyada en la pared para sostenerse, la otra sosteniendo el hacha en alto, con los grandes músculos ten- sos como cables de hierro, los rasgos congelados en una mueca de furia mortal y los ojos brillando terribles a través de la niebla de sangre que los velaba. Los hombres vacilaron; por brutales, criminales y depravados que fueran, venían de una raza que llamaban civilizada y se habían criado en la civilización. Pero Conan era un bárbaro, un asesino nato.
Retrocedieron. El tigre moribundo aún podía dispensar muerte. Conan sintió sus dudas y sonrió sombría y ferozmente. —¿Quién muere primero? —murmuró a través de los labios machacados
y ensangrentados. Ascalante saltó adelante como un lobo, se detuvo casi en pleno vuelo con increíble velocidad y se tiró al suelo para evitar la muerte que siseaba en su dirección. Apartó frenéticamente los pies del camino y rodó para alejarse mien- tras Conan se rehacía del ataque fallido y golpeaba de nuevo. En esa ocasión, el hacha se hundió unos dedos en el suelo pulido a muy poca distancia de las piernas de Ascalante. Otro insensato eligió ese momento para cargar, seguido con
poco ánimo por sus compañeros. Intentaba matar a Conan antes de que el cimerio pudiera des- clavar el hacha del suelo, pero erró el cálculo. El hacha se elevó y cayó, y una caricatura carmesí de un hombre salió catapultada contra las piernas de los ata- cantes. En ese instante, un grito de terror salió de la garganta de los hombres que cubrían la puerta, cuando una sombra negra e informe se recortó en la pared. Todos menos Ascalante se giraron al oír el grito, y acto seguido, aullando como perros, salieron corriendo por la puerta en tropel y se dispersaron por los corre- dores en una huida escandalosa. Ascalante no miró hacia la puerta; solo tenía ojos para el rey herido. Imaginó que el ruido de la refriega había alertado por fin al palacio y que los guardias leales habían acudido, aunque incluso en aquel momento le pareció extraño que sus endurecidos criminales gritaran aterrorizados al escapar. Conan no miró hacia la puerta porque estaba vigilando al proscrito con los ojos ardientes de un lobo moribundo. En aquella situación extrema, la filosofía cínica de Asca- lante no lo abandonó. —
Parece que todo está perdido, especialmente el honor —murmuró—.
Sin embargo, el rey está moribundo, y... Cualquier otro pensamiento que pasara por su mente se perdió para la his- toria; dejando la frase incompleta, corrió hacia Conan justo cuando el cimerio se vio obligado a usar el brazo de la espada para limpiarse la sangre que le ce- gaba los ojos. Mientras iniciaba la carga, se oyó un extraño roce en el aire y un peso enor- me lo golpeó con una fuerza terrible entre los hombros.
Cayó hacia delante y unas grandes garras se hundieron dolorosamente en su carne. Retorciéndose con desesperación bajo su atacante, volvió la cabeza y contempló un rostro de pesadilla y locura. Sobre él se agachaba una cosa negra y gigantesca que sabía que no había nacido en ningún mundo cuerdo o humano. Los negros colmillos goteantes se acercaban a su garganta, y el brillo de sus ojos amarillentos le con- sumía los miembros como un viento asesino marchita el grano joven. La fealdad de aquel rostro trascendía la mera bestialidad. Podía haber sido la cara de una momia antigua y maligna, animada con vida demoníaca. En aque- llos rasgos abominables, los ojos dilatados del proscrito creyeron ver, como una sombra en la locura que lo envolvía, un débil pero terrible parecido a los del es- clavo Tot Amón. La filosofía cínica y autosuficiente de Ascalante lo abandonó en ese momento, y con un grito atroz se rindió al fantasma antes de que los colmillos goteantes
lo tocaran. Conan, tras limpiarse la sangre de los ojos, lo observó sin moverse. Al prin- cipio creyó que era un gran sabueso negro lo que se alzaba sobre el cuerpo des- trozado de Ascalante; cuando se le aclaró la vista se dio cuenta de que no era ni un sabueso ni un babuino. Con un grito que era un eco del aullido de muerte de Ascalante, se apartó de la pared e hizo frente al horror que saltaba hacia él con un lanzamiento del hacha impulsado por todo el poder desesperado de sus electrificados nervios. El arma rebotó con un tañido en el cráneo inclinado que hubiera debido aplastar, y el rey se vio arrojado hasta el centro de la habitación por el impacto con aquel cuerpo gigantesco. Las fauces babeantes se cerraron en el brazo que Conan levantó para prote- gerse la garganta, pero el monstruo no hizo ningún esfuerzo para asegurar su presa mortal. Por encima del brazo herido, miró fieramente a los ojos del rey, en los cuales empezó a reflejarse algo parecido al horror que asomaba en los ojos muertos de Ascalante.
Conan sintió que el alma se le encogía y empezaba a serle arrancada del cuerpo para hundirse en los pozos amarillos de horror cós- mico que brillaban espectrales en el caos informe que crecía a su alrededor y engullía toda vida y cordura. Aquellos ojos crecieron y se volvieron gigantescos, y en ellos, el cimerio vislumbró la realidad de todos los horrores abismales y
blasfemos que acechan en la oscuridad exterior de vacíos sin forma y abismos tenebrosos. Abrió los labios ensangrentados para gritar su odio y su repug- nancia, pero solo un gañido seco salió de su garganta. Pero el horror que paralizó y destruyó a Ascalante despertó en el cimerio una furia frenética cercana a la locura. Con un tirón volcánico de todo el cuerpo se impulsó hacia atrás, sin prestar atención al dolor de su brazo desgarrado, arrastrando al monstruo con él. Su mano extendida tropezó con algo que su cerebro aturdido por el combate reconoció como la empuñadura de su espada rota. La aferró instintivamente y golpeó con todo el poder de sus nervios y mús- culos como si clavara un puñal. La hoja rota se hundió profundamente, y el brazo de Conan quedó liberado cuando la boca aborrecible se abrió en agonía. El rey fue arrojado violentamente a un lado, e irguiéndose apoyado en una mano contempló, perplejo, las terribles convulsiones del monstruo, que derra- maba sangre espesa por la gran herida que el arma rota había abierto. Mientras miraba, el monstruo dejó de
retorcerse, aunque aún se sacudió de forma espas- módica, y quedó tendido boca arriba, con sus espantosos ojos muertos clavados en el techo. Conan parpadeó y se limpió la sangre de los ojos; tuvo la impresión de que la criatura se fundía y desintegraba en una masa inestable y viscosa. Le llegó a los oídos una mezcla de voces, y la habitación se llenó de gente de la corte, despierta al fin; caballeros, nobles, damas, guerreros, consejeros... Todos balbuceando, gritando y estorbándose unos a otros. Los Dragones Negros aparecieron, llenos de rabia, maldiciendo y alborotando, con las manos en las empuñaduras y juramentos extranjeros en los dientes. No se vio al joven oficial de la guardia de la puerta, ni se lo encontró más tarde, aunque se lo buscó con afán. —¡La guardia está aquí, viejo idiota! —espetó descaradamente Pallantides, comandante de los Dragones negros, olvidando el rango de Publius en la ten- sión del momento—. Mejor que dejes de gimotear y nos ayudes a atender las heridas del rey. Se va a desangrar. —¡Sí, sí! —gritó Publius, que era un hombre de planes, más que de ac- ción—. Debemos vendar sus heridas. ¡Que acudan todos los sanguijuelas de la corte! ¡Oh, mi señor, qué vergüenza negra sobre la ciudad! ¿Te han matado del todo? —¡Vino! —jadeó el rey desde el diván donde lo habían tendido. Le llevaron una copa a los labios ensangrentados y bebió como un hombre medio muerto de sed—.
¡Bien! —gruñó, y se recostó—. Matar deja la boca seca. Habían contenido el derrame de sangre, y la vitalidad innata del bárbaro empezaba a afianzarse. —Curad primero la puñalada del costado —ordenó a los médicos de la corte—. Rinaldo me escribió ahí una canción letal, y manejó con habilidad el estilo. —Deberíamos haberlo colgado hace mucho —farfulló Publius—. Los poetas no sirven para nada bueno. ¿Quién es este? Tocó nerviosamente el cadáver de Ascalante con el pie calzado con sandalia. —¡Por Mitra! —exclamó el comandante—. ¡Es Ascalante, el antiguo conde de Thune! ¿Qué diablos lo trajo de su guarida del desierto? —¿Por qué tiene esa mirada? —
susurró Publius, apartándose con los ojos muy abiertos y sintiendo que se le ponía de punta el vello de su gruesa nuca. Los demás se quedaron en silencio al mirar al proscrito muerto. —Su hubierais visto lo que yo
—gruñó el rey, sentándose a pesar de las pro- testas de los sanguijuelas
—, no te lo preguntarías. Mirad vosotros mismos a... —Se interrumpió en seco, con la boca abierta, señalando con el dedo inútil- mente. En el
lugar donde había muerto el monstruo solo se veía el suelo des- nudo—.
¡Crom! —maldijo—. ¡La cosa se ha fundido de vuelta a la inmundicia que lo vio nacer! —El rey delira —susurró un noble. Conan lo oyó y lo cubrió de maldiciones bárbaras. —¡Por Badb, Morrigan, Macha y Nemain! —concluyó con ira—. ¡Estoy cuer- do! Era como un cruce entre una momia estigia y un babuino. Pasó por la puer- ta, y los sicarios de Ascalante huyeron al verlo. Mató a Ascalante, que estaba a punto de acabar conmigo. Entonces vino a por mí y lo yo maté. No sé cómo, porque mi hacha rebotó en su piel como si hubiera golpeado una roca. Pero creo que el sabio Epimetreus tuvo algo que ver... .
—¡Escuchad cómo nombra a Epimetreus, muerto hace mil quinientos años! —se susurraron unos a otros. —¡Por Ymir! —tronó el rey—.
¡Esta noche hablé con Epimetreus! Me llamó en mis sueños y caminé por un negro pasillo de piedra tallado con figuras de antiguos dioses, hasta una escalera de piedra en cuyos escalones se dibujaba Set, hasta que llegué a una cripta, y una tumba con un fénix grabado en ella... —
¡En nombre de Mitra, mi rey, guarda silencio! —Era el sumo sacerdote de Mitra quien había gritado, y estaba completamente pálido. Conan levantó la cabeza como un león agitando la melena, y en su voz retumbaba el gruñido de un león furioso. —¿Soy un esclavo para callar a tus órdenes? —¡No, no, mi señor! —El sumo sacerdote estaba temblando, pero no por miedo a la ira regia—. No pretendía ofender. —
Inclinó la cabeza acercándose al rey y habló en un susurro que solo llegó a los oídos de Conan—: Mi señor, esto es un asunto más allá del entendimiento humano. Solo el círculo interno de los sacerdotes sabe del pasillo de piedra negra excavado por manos desconocidas en el corazón negro del monte Golamira, y del fénix que guarda la tumba donde Epimetreus fue llevado hace mil quinientos años. Desde entonces, nin- gún ser humano ha entrado en ella, pues sus sacerdotes elegidos, después de colocar al Sabio en la cripta, bloquearon la entrada exterior del corredor de modo que nadie pudiera encontrarla, y en la actualidad, ni siquiera los sumos sacerdotes saben dónde está.
Solo de boca a oreja, revelado por los sumos sacer- dotes a unos pocos elegidos, y guardando el secreto celosamente, el círculo in- terno de acólitos de Mitra sabe de la existencia de la tumba de Epimetreus en el corazón negro de Golamira. Es uno de los Misterios en que se apoya
el culto de Mitra. —No puedo explicar qué magia usó Epimetreus para llevarme hasta él —respondió Conan—. Pero hablé con él, e hizo una marca en mi espada. Si esa marca la convirtió en un arma mortal para los demonios, o qué magia está de- trás de la marca, no lo sé. Aunque la espada se rompió en el casco de Gromel, el fragmento que quedó fue suficiente para matar a ese horror. —Déjame ver la espada —susurró el sumo sacerdote, con la boca repenti- namente seca. Conan sostuvo el arma rota y el sumo sacerdote gritó y cayó de rodillas. —¡Mitra nos guarde contra los poderes de la oscuridad! —jadeó—. ¡En ver- dad que el rey ha hablado esta noche con Epimetreus! En esta espada... está el signo secreto que nadie puede trazar salvo él. ¡El emblema del fénix i nmortal que vela eternamente su tumba! ¡Una vela, deprisa! ¡Mirad otra vez el lugar donde el rey dice que murió el demonio! Estaba a la sombra de un biombo roto. Apartaron a un lado el biombo y bañaron el suelo con la luz de las velas. Un silencio estremecido cayó sobre los presentes cuando miraron. Algunos se arrodillaron invocando a Mitra, y otros huyeron corriendo de la habitación. En el suelo, donde había muerto el monstruo, se extendía como una sombra tangible una gran mancha negra que no se podría limpiar; la criatura había de- jado su silueta marcada claramente con su sangre, y aquella silueta no perte- necía a ningún ser de un mundo cuerdo o normal. Macabra y horrible se exten- día allí, como la sombra arrojada por uno de los dioses simios agachados en los tenebrosos altares de los lóbregos templos de la oscura tierra de Estigia.
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Terminaste El Fénix en la espada
Robert E Howard