El hidalgo lunático
Capítulo primero
Arnaldo Visconti
El hidalgo lunático
El Galante Aventurero - 06
ePub r1.0
xico_weno 15.08.16
Título original: El hidalgo lunático
Arnaldo Visconti, 1949
Ilustraciones: Jaime Provensal
Editor digital: xico_weno
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CAPÍTULO PRIMERO
EL PEÑÓN DEL CHIFLADO
En los albores del siglo XVI, y aunque germinaban ya en ciertos aspectos las escépticas enseñanzas del Renacimiento, no por eso se habían extinguido ni mucho menos las abundantes supersticiones del medievo.
Si la tierra entera era propicia a fomentar leyendas y narraciones en las que desempeñaban principal papel trasgos y fantasmas, la isla de Córcega, ruda, áspera e indomable, vivía en un ambiente muy favorable a la credulidad en los poderes sobrenaturales cuando sucedían hechos de explicación dificultosa.
Al sur de Ajaccio, la capital corsa, existía en el litoral una diminuta península formada por un compacto peñasco de considerable altura, que había surgido de las aguas, y se unía a tierra firme por una estrecha lengua de tierra arenosa a modo de minúsculo istmo.
Cuando soplaba con violencia el cálido siroco africano, y las olas se encrespaban, anegando el istmo, quedaba el peñón solitario y aislado.
La verídica historia transmitida por los pescadores que antes iban a marisquear en aquel lugar, era singularmente original.
En el año 1456, el peñasco era asilo de aves y reptiles, hasta que a mediados de dicho año, vieron algunos pescadores, que por el estrecho istmo desfilaba como en procesión una hilera de monjes.
Pero eran unos extraños monjes, porque si bien llevaban sayal y cogulla, en vez de rosario o breviario, sostenían sobre sus hombros, entrecruzándolas, dos herramientas: una pala y un pico.
Los pescadores se hicieron a la mar, porque tenían que atender a sus tareas, pero ya en sus ánimos muy propensos a ver misterios y fantasmagorías, había dejado una honda impresión el lento desfilar de la procesión que alguno calificó como de monásticos sepultureros.
Cuando regresaban a tierra, miraron hacia el peñón y al verlo como siempre desnudo de toda presencia humana, supusieron que los misteriosos monjes habían partido hacia otros lugares.
Renacieron los comentarios para todos los gustos cuando supieron por sus mujeres que, desde al atardecer anterior, hora en que habían sido vistos los extraños monjes, hasta el amanecer, no habían aquéllos cesado de repicar, excavar y sacar tierra del peñasco.
Pero el peñón aparecía desierto, cuando los primeros rayos del sol teñían de sonrosados matices la parda mole.
Varios jóvenes pescadores, a los que la clara luz del sol daba un valor que las sombras nocturnas les quitaba, pusiéronse en marcha desde la aldea, y atravesando el istmo, acercáronse a la base del roquizo peñón.
Lo primero que contemplaron fue que, aunque toscamente, en los blandos espacios lisos entre rocas, había como unos entrantes lo suficientemente anchos para permitir el apoyo de pies humanos.
Ascendieron uno a uno por aquella escalera artificiosamente creada en la noche, y después de escalar una veintena de metros, llegaron a una pequeña plataforma donde los cinco cabían.
Por encima de sus cabezas divisaron entonces varios hoyos, que antes no existían. Unos hoyos de poca anchura que permitían la entrada de un cuerpo humano. Pero no se aventuraron por ellos; estaban detenidos y mirándose unos a otros, con incipiente alarma temerosa.
Sorda, aunque distintamente, llegaban a sus oídos, unos ruidos semejantes a continuo redoblar de atabales, procedentes de las entrañas del mismo peñasco.
Tal vez hubieran huido, de no ser que el descenso por las escaleras que habían usado, presentaba dificultades para una carrera.
Además, habíanse jactado de que lograrían averiguar lo que allí había sucedido, y no querían ser objeto de las burlas de sus compañeros.
Armándose de valor, uno de ellos gritó, a la usanza marinera:
—¡Ehoeeé!
El clamor que servía para advertir humana presencia a naves, repercutió por los peñascos, y algunas aves que dormitaban en la cima, revolotearon elevándose.
Uno de los pescadores crispó su diestra alrededor del brazo del que acababa de lanzar la marinera exclamación estentórea.
Por uno de los hoyos abiertos a una decena de metros sobre la pequeña plataforma, asomó primero una cabeza humana, y después un busto. Por fin, un monje, descendió con parsimonia y lentitud por algunos de los recién tallados escalones.
Nada tenía de particular ni amenazadora su figura, y por eso uno de los expedicionarios, saludó.
—Dios os guarde, señor monje.
—A todos nosotros, hermano pescador —replicó el revestido de sayal y cogulla, en buen italiano y gravemente.
—Y el cielo nos libre de los engendros del mal y confunda a Satán —añadió, en exorcismo, el pescador.
Viendo que el monje asentía con unción, y no se transformaba en azufre y fuego, quedaron ya más tranquilizados los pescadores, pero agotada su elocuencia, no sabían por dónde iniciar conversación que les permitiera aclarar lo que motivaba la venida de los extraños monjes y los ruidos que seguían oyéndose.
El monje, hombre ya maduro, debió adivinar la natural curiosidad de los improvisados visitantes, y explicó con claridad cuanto atosigaba a la aldea.
Formaban una comunidad griega, que sin deseos de complicaciones mundanas, habíanse visto envueltos en persecuciones cruentas, y decidiendo abandonar el archipiélago donde residían, habían atravesado la isla corsa para instalarse en el peñón, que les pareció sitio ideal para su aislamiento místico.
Socavaban para instalarse provisionalmente, y más tarde, lentamente, irían construyendo en la cima una ermita-convento.
Ya completamente convencidos los pescadores de que nada tenían que temer de aquellas gentes de cogulla, abandonaron el peñón.
Espontáneamente, por caridad, dentro de sus humildes medios, fueron surtiendo a los monjes de pescado, fruta y verdura, y al pasar de los años, lentamente, en la cima del peñón elevóse la edificación de poca altura —pues constaba sólo de una planta—, donde comunicando con los subterráneos abiertos en la entraña de la roca, quedó enclavada una ermita.
Finalizaba el siglo XV, y los monjes seguían viviendo en buena armonía con los pescadores, cuando asoló la costa de Ajaccio una rápida y feroz incursión de un pirata bereber, que con diez galeotas, además de llevarse numerosos cautivos, tomó sangrienta represalia contra los que consideraba enemigos implacables de su religión mahometana.
Uno a uno, los monjes fueron empalados y sus supliciados cadáveres quedaron visibles, empotrado el recio palo que los atravesaba, en el muro que circundaba la mansión conventual.
Los varones pescadores se salvaron por hallarse en alta mar, dedicados a su menester.
Al regreso, encontraron sus hogares arrasados y convertidos en cenizas. Algunos de ellos no quisieron sobrevivir y diéronse muerte sobre las mismas ruinas materiales de cuanto representaba su felicidad.
Los otros, pacientemente, con barro, maderas y piedras, reconstruyeron chozas. La vida siguió su curso. Buscaron esposas en aldeas vecinas.
Pero el peñón permaneció inhabitado, y desmoronáronse con el tiempo los esqueletos empalados. Bandadas de cuervos revoloteaban por la cima.
Los negros lagartos y demás reptiles campeaban libremente a sus anchas en el abandonado recinto conventual.
Persignábanse siempre los pescadores, cuando de noche veían lucecitas rondar por el peñasco. Eran fuegos fatuos, las emanaciones del fósforo exhalado por los huesos sin sepultura, pero para los ingenuos hombres del mar, las luminarias eran almas en pena.
Nadie se acercaba al istmo.
Una noche, ya iniciado el siglo XVI, un viejo pescador que ya sólo podía remendar redes de poco cordaje, estaba plácidamente sentado al umbral de la mísera choza en que vivía, cuando se le erizaron los cabellos y, dilatados los ojos, se persignó invocando la celestial ayuda.
Lo encontraron yerto y sin sentido al amanecer. Tardó en recuperarse, y cuando estuvo en condiciones de hablar, contó lo que había visto.
¡Los monjes habían vuelto! ¡Desfilaban en lenta procesión de fantasmas!
Juraba y perjuraba que sin visiones ni alucinaciones, había perfectamente divisado cómo una veintena de encapuchados, el mismo número de monjes empalados, desfilaba, atravesados en los hombros picos y palas, procedente de tierra adentro, y que desapareció en las oquedades del peñón.
En el centro de la comitiva, había algo a modo de catafalco, transportado por cuatro de ellos, y llevaban hachones encendidos.
Pero no era esto todo. Alrededor de aquella caravana fúnebre deslizábanse animales parecidos a perros de gran talla, que no eran más que —según el propio pescador y con gran convencimiento de cuantos le escuchaban— diablos, que encarnaban preferentemente en cuerpo de canes.
Había por entonces en la aldea, un pescador taciturno, joven y de pocas palabras. Era siciliano, y reíase con apagada sonrisa, de las supersticiones de los demás.
Afimó que solo, armado únicamente con un garrote, iría a explorar el peñón. Todos los que le oían prorrumpieron en exclamaciones de espanto y lamentaciones.
Querían evitar que Gianfosco, que así se llamaba el siciliano, fuese a desafiar la cólera de los espíritus diabólicos.
Fingió Gianfosco rendirse a las súplicas de sus compañeros, que persistían en que el turbar el ámbito donde reinan los espíritus acarrea grandes males en varias leguas a la redonda.
Transcurrió el día, y aparecían las primeras sombras del crepúsculo, cuando Gianfosco, sin ser visto, contorneó el litoral, para desde atrás del peñón, lanzarse al agua y a nado ganar la pequeña península.
Estaba despojándose de la camisa y de sus botas, cuando con veloz gesto asió el pesado garrote que llevaba por toda arma, y con la que pensaba explorar el peñasco.
Una sombra vaporosa, tenue, que casi parecía flotar en el aire, acercábase a su encuentro por la arena…
—Giacinta —murmuró, asombrado, al reconocer a la que en un principio y por unos instantes creyó primera aparición espectral.
Era una de las hijas del más prolífico pescador de la aldea. Una muchacha delicada, enfermiza, de grandes ojos color de las violetas del campo, soñadores.
Ella habíase sentido atraída por el taciturno siciliano desde la llegada de éste a la aldea, solicitando trabajo. Pero para Gianfosco, la delicada Giacinta no era más que una niña falta de alimento y salud.
—¿Qué haces aquí, Giacinta? —inquirió Gianfosco, con su habitual brusquedad de hombre rudo que desconoce galanterías—. Tu padre te ha dicho muchas veces ya, que no debes pasear demasiado. Te fatiga. Anda, apóyate en mi brazo y te llevaré junto a los tuyos.
Irguió la cabeza la muchacha, con infantil enojo.
—¡No quiero! Te he vigilado durante el día entero, y adiviné que no abandonarías tu propósito de ir a visitar el peñasco de las ánimas.
—No seas estúpida… No hay ánimas…
—¡Estúpido tú mismo! ¡Grosero! Me exaspera tu soberbia. Te crees muy superior a los demás, porque dices no creer en los fantasmas y no eres más que un tosco marinero engreído y salvaje.
La colérica actitud de la mujer, casi una niña, en vez de enojar al de costumbre poco paciente Gianfosco, le divirtió.
Y extrañamente, se sintió protector, compasivo, dispuesto a aplacar a la adolescente.
—No me tengas rencor, Giacinta. Soy como soy. Pero no por soberbia ni por suponerme superior a nadie. Procura escucharme con atención. ¿Qué sucederá si yo no voy a ver lo que ocurre en el peñón? Todos vivirán allá en la aldea en continuo temor. Cualquier ruido natural de los que por la noche se oyen en la quietud de la aldea, les parecerá a las mujeres que son pasos de diablos y trasgos. Yo no presumo de valiente, Giacinta. Tengo también miedo, pero voy a buscar las causas. ¿De qué sirve acurrucarse y temblar? Se muere lentamente de angustia. Hay que salir al encuentro de lo que nos produce pánico y siempre se averigua que la causa que se nos antoja sobrenatural, es algo muy lógico y que tiene explicación. Anda, sé buena chica y vete a la aldea, sin decir nada de cuanto te he explicado. Pronto regresaré yo, y todos nos reiremos de nuestro miedo.
—No quiero… —dijo ella, con menos vigor—. Vuelve tú conmigo a la aldea.
Gianfosco, endurecida la mirada de sus ojos pardos, advirtió con sequedad:
—Detesto las mujeres dominantes, Giacinta. Soy muy hombre para admitir órdenes de nadie, y menos de mujer. ¿Tú quieres que seamos amigos?
—Sí. Con toda mi alma —musitó la muchacha, fervorosamente.
—Entonces, obedéceme.
—Es que… ahora tengo miedo de volver sola por el campo. Llévame contigo.
—No seas niña. Tengo que nadar una milla.
—Yo nadaré contigo.
—Allá puede haber malos espíritus.
—¿No dices que no existen?
—Pueden ser genoveses o franceses y te darían muerte.
—Contigo defendiéndome, al infierno voy.
La pasión y vehemencia con que hablaba la muchacha, iluminaron de pronto el entendimiento del siciliano.
Miró con nueva expresión a la que en pocas palabras, acababa de declarar su amor.
—Si conmigo al infierno vas, contigo a la gloria iré —dijo, con sonrisa que modificaba la dureza de sus rasgos faciales—. No debería llevarte al peñasco, Giacinta. Pero como tengo la certeza de que no existen fantasmas ni puede haber maldad contra un pescador como yo y una niña delicada como tú, acepto tu compañía. Pero no quiero que te expongas a coger frío ni te fatigues. Buscaremos una de las lanchas del viejo Matías.
Poco después, en la lancha, remaba vigorosamente Gianfosco, mientras que, sentada en la proa, Giacinta le miraba complacida.
Y para ahuyentar el pensamiento de toda idea temerosa, el siciliano habló con paternal entonación:
—Debes cuidarte, Giacinta. Estás muy delgada.
—¿No te gustan las mujeres flacas?
—No.
—Bueno, entonces comeré mucho —prometió ella, con sumisa decisión.
—Esto es. Come mucho y seremos amigos.
Eran pueriles, como niños, porque eran ingenuos y buenos. No estaban contaminados por las malicias ciudadanas, habiendo ambos crecido en humildes hogares de pescadores.
Gianfosco, consideró necesario explicar la razón por la que se hallaba en isla que no era la suya natal.
—Nadie más que tú, Giacinta, sabrá por qué vine. Dije que fue por ser nosotros demasiados en mi aldea. No es así…
—No quiero saber nada, Gianfosco. Si te fuiste, fue porque lo consideraste necesario. El pasado no existe.
—Gracias, Giacinta. Pero debes saberlo, que quien… quiere amistad, debe ser sincero y no conservar secretos. Yo tenía un amigo que lo era muy noble de alma. Se casó… y un señor poderoso, se prendó, deshonestamente de los encantos de la esposa de mi amigo. Encontró medios para acusar falsamente a mi amigo, y lo encarceló, dándole tortura y muerte. Después, sus esbirros raptaron a la pobre infortunada. Ella murió… arrojándose de los muros del castillo donde había sido llevada. Prefirió ella la muerte al deshonor. Y yo… logré dar muerte al infame asesino de mi mejor amigo. Pero tuve que huir… Por eso estoy aquí.
La lancha llegaba ya a la orilla posterior de la península. Sobre el agua, reflejábase levemente siniestra la mole del erecto peñasco, convirtiendo en sombras la playa donde desembarcaron ambos, después que Gianfosco hubo sujetado con cabos la proa a un saliente.
Habían escasamente andado unos pasos, cuando súbitamente elevóse un clamor de agudos alaridos.
Giacinta, temblorosa, apretóse en convulso abrazo contra el pecho del siciliano.
—¡Las ánimas, Gianfosco! —murmuró, entrecortadamente.
—Perros ladrando —replicó él, tranquilizador—. Procura tener valor, y ya que has querido venir conserva la claridad de juicio. ¿Son o no ladridos de perro?
—Sí… —bisbiseó ella.
Oyéronse voces masculinas y silenciáronse los ladridos perrunos. La pareja continuaba abrazada, porque a Gianfosco le producía un inefable bienestar el sentir contra su busto la tibieza femenina.
No obstante, mantenía empuñado con fuerza el pesado garrote.
Ocultó Giacinta el rostro en el pecho varonil, con un quejido mezcla de sollozo y lamento.
No quería ver las sombras que, descendiendo por la inclinada ladera peñascosa, se acercaban.
—¿Quién vive? —Lanzó una voz ronca.
—Gente de paz —replicó Gianfosco—. Pescadores.
Un hombre, conteniendo por triple correa, el impulso de tres grandes dogos que gruñían sordamente, pisó la arena.
Llevaba en la zurda una antorcha.
Al ver a la pareja, el recién llegado lanzó una onomatopeya gutural, y los tres perros enmudecieron y, con sumisa docilidad, pasaron a sentarse tras las piernas del individuo.
Gianfosco contemplaba asombrado la extraña figura del hombre de los perros.
No era un hombre vulgar. Su apariencia tenía rasgos de figura de ultratumba, tal vez a causa de la luz rojiza de la antorcha que chisporroteaba encima de su cabeza.
Lo cierto es que Gianfosco no dejó de apretar con vigor su diestra alrededor del mango del garrote, dispuesto a todo.
Veía un hombre altísimo, magro, de anchísimas espaldas huesudas, vestido extrañamente: unas pantuflas obscuras calzaban sus pies y medias pardas enfundaban las largas piernas nervudas, hasta lo alto del muslo, donde se ensanchaban unos gregüescos acuchillados.
Alrededor del estrecho talle, que hacía aún más ancho el tórax, un cinto de cuero del que pendía tahalí con rica espada, y escarcela. Un jubón de terciopelo negro, estaba rematado en el cuello por redonda y gran gorguera de encajes rígidos.
Y sobre la gorguera, que semejaba gran bandeja blanca, recortábase un rostro siniestro, indefinible Un rostro magro, enjuto, de corta barba negra en punta, labios delgados y crueles, nariz corva y aguileña, ojos negros, brillantes y grandes, cejas oblicuas y mefistofélicas, ancha frente y rizosos cabellos negros.
Inconscientemente, recordó Gianfosco una imagen que en su niñez habíale impresionado y que representaba al arcángel Lucifer al retar con soberbia al cielo…
—¿Qué buscáis aquí, pescador? —preguntó el desconocido, cuya voz era sonora y grave.
Valientemente, Gianfosco replicó:
—El peñón estuvo hasta hoy deshabitado. La noche pasada uno de mis compañeros, un anciano, vio atravesar el istmo. Creen todos en fantasmas.
—¿Vos no, pescador?
—No lo sois, que bien de carne y hueso os veo.
Mientras duraba el diálogo, Giacinta permanecía de espaldas al desconocido, dispuesta a morir… pero abrazada a su amor.
—Me place vuestra valentía, pescador. Si lo tenéis a bien, dadme vuestro nombre.
—Gianfosco —contestó hoscamente el siciliano, al cual impresionaba, no sólo el aspecto del hombre de los perros, sino también su parla ceremoniosa, reposada, como la de un gran señor que habla con un vasallo, y que condesciende a tratarlo con cortesía.
—Puesto que vinisteis a ofrecerme los respetos de la aldea, me considero obligado a explicaros quién soy. Español nací de pura cepa, e hidalgo soy. Rehuyo la luz del día, y es mi deleite vivir acariciado por la hermosa plata lunar. No fueron fantasmas lo que vio el pescador. Era mi séquito, y en cuanto a lo que creyó catafalco, era litera conduciendo a una familiar mía. He adquirido posesión de la antigua ermita y aceptaré víveres pagándolos con largueza. Uno de mis criados estará todas las mañanas, al amanecer, en el istmo, y allí aguardará al que o a quienes de vosotros traigan provisiones. La frugalidad es mi ley. Por favor, Gianfosco, decid a vuestra esposa o prometida que no tenga miedo de un hidalgo español.
Giacinta volvió el rostro para mirar al que se había declarado lunático.
Estremecióse. Aunque el hidalgo, al verse observado, hizo profunda reverencia.
—Podéis partir, Gianfosco. Y vos, señora, consideradme vuestro servidor, que vuestras plantas besa.
Hizo una pausa el hidalgo, añadiendo:
—Deseo paz, soledad y quietud. Odio a la humanidad, Gianfosco, y mis perros son mis únicos amigos. Aconsejad a vuestros compañeros, que no me honren con su visita. He tomado posesión del peñón y si visitas deseo, lo haré saber.
No supo por qué, pero lo cierto es que el decidido siciliano, apresuróse a marcharse llevando casi en volandas a Giacinta.
Soltó el cabo con rapidez y remó afanosamente, y a medida que se iba empequeñeciendo la alta silueta del hombre de los perros, fue respirando con mayor holgura.
—No es fantasma, Giacinta —explicó más que hablando para ella, pensando en voz alta—. Nada tenemos que temer… —añadió, como si quisiera tranquilizarse él mismo.
—Sus ojos eran dos brasas. Su sonrisa era demoníaca. Es un caballero y habla suave, Gianfosco, y, sin embargo, ¡produce frío oírle y verle!
—Eso es —admitió Gianfosco. Y para corregir su imprudente respuesta que podía alarmar a los demás, cuando ellos hablaran de su expedición, añadió, reflexivo—: Es un ser distinto a nosotros, Giacinta. Es… un chiflado. ¿Sabes lo que quiero decir?
—Sí. Un caballero que ha debido sufrir mucho y tiene el seso extraviado.
Gianfosco, en la aldea, explicó su entrevista con el extraño huésped del peñón.
—Comprendido —dijo el viejo Matías, a modo de colofón. Era el anciano considerado el patriarca consejero de la aldea——. Esos hidalgos españoles no suelen estar muy sanos de la sesera, pero son nobles, galantes y generosos. Nada, pues, hay que temer del chiflado del peñón.
Y ya tuvieron las comadres dos cosas en que entretenerse, mientras sentadas en los umbrales, quitaban las escamas y limpiaban, los peces.
¿Qué motivos habían inducido al español hidalgo, al cual llamaban «el chiflado del peñón», para aislarse?
¿Y por qué Giacinta, la pobrecilla escasa de carnes, que antes apenas comía, devoraba ahora con ahínco platos de feculentas gachas?