El hombre invisible
Cap. 1. La llegada del hombre misterioso
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La llegada del hombre misterioso
El desconocido llegó a pie desde la estación de ferrocarril de Bramblehurst cierto día invernal a primeros de febrero, abriéndose paso a través de un viento cortante y de espesos copos de nieve. Era la última nevada del año. Llevaba en la mano enfundada en gruesos guantes un pequeño maletín negro. Iba embozado desde la cabeza hasta los pies y el ala de su sombrero de fieltro escondía por completo su rostro, sin dejar al descubierto más que la reluciente punta de su nariz; la nieve se había amontonado sobre sus hombros y su pecho, y formaba una ligera capa blanca en la parte superior del maletín. Entró tambaleándose y más muerto que vivo en la posada Coach and Horses y dejó caer al suelo su carga. «¡Por caridad! —exclamó—. ¡Una habitación y un fuego!» Golpeó el suelo con los pies, se sacudió la nieve junto al mostrador y siguió a la señora Hall hasta la sala, para llegar a un acuerdo
sobre los precios. Y sin más preámbulos que éstos y un par de soberanos[1] arrojados sobre la mesa, se instaló en la posada.
La señora Hall encendió el fuego y lo dejó solo, mientras se disponía a prepararle la comida con sus propias manos. Un cliente dispuesto a quedarse en Iping en invierno constituía una suerte inaudita, especialmente si este cliente no se mostraba regateador. Por lo tanto la posadera estaba dispuesta a mostrarse digna de su buena fortuna.
En cuanto el bacon estuvo listo y hubo movido a trabajar a Millie, su flemática ayudante, valiéndose de unas cuantas y bien escogidas expresiones de desprecio, llevó el mantel, los platos y los vasos a la sala y comenzó a
colocarlo todo con el mayor [2] éclat. Le sorprendió ver que, aunque el fuego ardía alegremente, su cliente tenía puestos aún el sombrero y el abrigo y permanecía de espaldas a ella, contemplando a través de la ventana la nieve que caía en el patio.
Mantenía unidas a su espalda las manos enguantadas y parecía sumido en profundos pensamientos. La señora Hall observó que la nieve derretida, que aún le cubría los hombros, caía sobre la alfombra.
—¿Puedo quitarle el sombrero y el abrigo, señor —dijo—, y darles un buen secado en la cocina?
—No —repuso él sin volverse.
No muy segura de haberle oído se dispuso a repetir su pregunta. El volvió la cabeza y la miró por encima del hombro.
—Prefiero tenerlos puestos —dijo con énfasis.
La señora Hall vio que llevaba grandes gafas azules con cristales laterales y, por encima del cuello de su abrigo, espesas patillas que le cubrían completamente el rostro.
—Muy bien, señor —dijo—. Como guste. La habitación se calentará en seguida.
No recibió respuesta alguna, y el hombre apartó de nuevo la vista de ella. La señora Hall, comprendiendo que sus intentos de conversación estaban fuera de lugar, dejó el resto de las cosas sobre la mesa, rápida y bruscamente, y salió de prisa de la habitación. Cuando entró de nuevo, el hombre continuaba de pie en el mismo sitio como si fuera de piedra, con la espalda encorvada, el cuello vuelto hacia arriba y la empapada ala de su sombrero escondiendo completamente su cara y sus orejas. La señora Hall colocó los huevos con jamón encima de la mesa con marcado énfasis y gritó, más que dijo:
—Su almuerzo está servido, señor.
—Gracias —repuso él sin hacer ningún movimiento hasta que la mujer hubo cerrado la puerta. Entonces giró sobre sus talones y se acercó a la mesa con cierta avidez.
Cuando la señora Hall se dirigía a la cocina por detrás del mostrador, llegó hasta sus oídos un ruido repetido a intervalos regulares. Chirk, chirk, chirk. Era el sonido de una cuchara batiendo rápidamente en un plato. «¡Esa muchacha! —dijo—. ¡Vaya! Se me había olvidado por completo. ¡Si no tardara tanto!» Y mientras ella misma terminaba de mezclar la mostaza, reprendió verbalmente a Millie por su excesiva lentitud. Ella había cocinado el jamón y los huevos, había puesto la mesa y lo había hecho todo, mientras que Millie (¡vaya una ayuda!) no había conseguido más que retrasar la mostaza. ¡Y se trataba de un cliente que deseaba quedarse algún tiempo! Llenó el tarro de la mostaza y, colocándolo con dignidad en una bandeja de té dorada y negra, la llevó a la sala.
Golpeó la puerta con los nudillos y entró. Mientras tanto el huésped se movió con tanta rapidez, que ella apenas tuvo tiempo de ver un objeto blanco que desaparecía detrás de la mesa. Parecía como si estuviera recogiendo algo que se hubiera caído al suelo. La señora Hall dejó caer con un golpe seco el tarro de mostaza en la mesa y observó que se había quitado el sombrero y el abrigo y los había dejado en una silla enfrente del fuego. Un par de botas mojadas amenazaban oxidar el guardafuegos de acero de su chimenea. Se acercó a estos objetos con decisión.
—Supongo que ahora puedo llevármelos para secar —dijo con voz que no dejaba lugar a negativas.
—Deje el sombrero —repuso el huésped con voz ahogada. La señora Hall, volviéndose, vio que había levantado la cabeza y la estaba mirando.
Durante un instante lo contempló demasiado sorprendida para hablar. Sostenía con una mano una tela blanca, una servilleta que había traído consigo, y se cubría con ella la parte inferior de la cara, de modo que su boca y sus mandíbulas quedaban completamente escondidas y ésa era la razón de su voz apagada. Pero no fue esto lo que sobresaltó a la señora Hall, sino el hecho de que la parte de su frente que no estaba cubierta por las gafas negras había sido vendada, y que otra venda le cubría las orejas. Por lo tanto, ni un centímetro de su rostro era visible, excepto su nariz rosada y puntiaguda. Era de un rosa brillante y fuerte, y se mantenía inalterable desde el momento en que el hombre entrara en la posada.
Vestía una chaqueta de terciopelo de un oscuro color pardo y un acartonado cuello de hilo, completamente vuelto hacia arriba. Su espeso cabello negro, que escapaba como podía por debajo y a través de los vendajes formando extraños rabos y cuernos, le daba la apariencia más fantástica que se pudiera concebir. Aquella cabeza vendada y escondida era algo tan distinto de lo que la señora Hall había imaginado, que durante un momento permaneció rígida e inmóvil.
El hombre mantuvo la servilleta en la misma posición, sosteniéndola con la mano enfundada en un guante marrón y sin dejar de mirarla con sus inescrutables e impersonales gafas negras.
—Deje el sombrero —repitió, hablando de un modo confuso a través de la tela blanca.
Los nervios de la señora Hall comenzaron a reponerse del trastorno sufrido. De nuevo colocó el sombrero en la silla.
—Yo no sabía, señor —comenzó a decir—, que…
Se detuvo, turbada.
—Gracias dijo él secamente, trasladando la mirada de la mujer a la puerta y de nuevo a la mujer.
—Haré que se lo sequen en seguida, señor —dijo la posadera sacando la ropa de la habitación.
Echó una última mirada a su cabeza vendada de blanco y a las gafas inexpresivas al atravesar la puerta, pero la servilleta seguía cubriéndole el rostro. Se estremeció ligeramente al cerrar la puerta tras sí y su cara expresó con claridad su perplejidad y sorpresa. «Nunca he… —susurró—. ¡Vaya!» Se dirigió sin hacer ruido a la cocina, y cuando llegó allí estaba demasiado preocupada para pensar en preguntarle a Millie qué era lo que estaba haciendo ahora.
El huésped permaneció sentado un momento escuchando sus pisadas, y echó una mirada interrogadora a la ventana antes de quitarse la servilleta y reanudar su comida. Tomó una cucharada, lanzó una nueva mirada desconfiada a la ventana y tomó otra cucharada; entonces se levantó, y con la servilleta en la mano atravesó la habitación y bajó la persiana hasta la altura de la muselina blanca que cubría los paneles inferiores. Esto sumió a la habitación en una semipenumbra. Entonces, volvió con aire más tranquilizado a la mesa y a su comida.
—El pobrecillo ha sufrido un accidente, una operación o algo parecido — dijo la señora Hall—. ¡Vaya susto que me dieron los vendajes!
Echó más carbón al fuego, abrió un secador plegable y extendió sobre él el abrigo del viajero.
—¡Y esas gafas! ¡Parece más bien un equipo de buzo que un hombre de carne y hueso! —colgó la bufanda en una esquina del secador—. ¡Y manteniendo todo el tiempo el pañuelo encima de la boca! ¡Hablando a través de él…! Quizá esté también herido en la boca… Es posible.
De pronto giró rápidamente como quien se acuerda de algo.
—¡Válgame Dios! —dijo, cambiando de tema—. ¿No has terminado eso todavía, Millie?
Cuando la señora Hall entró para retirar el servicio del almuerzo del desconocido, se afianzó en su idea de que debía de tener la boca desfigurada o herida a causa del accidente que suponía había sufrido, porque estaba fumando en pipa y durante el tiempo que ella permaneció en la habitación no soltó un pañuelo de seda con el que había envuelto la parte inferior de su rostro, ni siquiera para meterse la pipa en la boca. No se trataba de un olvido, porque la señora Hall vio que contemplaba el tabaco que se iba consumiendo. Estaba sentado en el rincón, de espaldas a la ventana, y ahora que había comido y bebido, y se había calentado, habló con menos agresividad que antes. El reflejo del fuego prestaba cierta animación rojiza a sus grandes gafas.
—Tengo algún equipaje —dijo— en la estación de Bramblehurst.
Le preguntó de qué modo podría hacérselo traer y, para agradecer la explicación de la señora Hall, inclinó cortés- mente su cabeza vendada.
—¡Mañana! —exclamó—. ¿No podrá llegar antes?
Pareció decepcionado cuando ella respondió que no. ¿Estaba completamente segura? ¿No habría ningún hombre que pudiera ir a buscarlo con un carro?
La señora Hall respondió con mucho gusto a sus preguntas y en seguida dio un campo más amplio a la conversación.
—El camino de la cuesta es muy empinado, señor —dijo en respuesta a su última pregunta; y después, aprovechando la oportunidad, añadió—: Allí fue donde volcó un coche hace poco más de un año y murieron un caballero y el cochero. Un accidente, señor, puede ocurrir en cualquier momento, ¿no es cierto?
Pero el forastero no podía ser engañado tan fácilmente.
—Así es —dijo a través del pañuelo de seda, contemplando en silencio a la posadera desde detrás de sus inescrutables gafas.
—Y tarda uno mucho tiempo en reponerse, ¿no es cierto? Por ejemplo, mire lo que le ocurrió a Torn, el hijo de mi hermana. Se cortó el brazo al caerse en la era llevando una hoz en la mano. ¡Válgame Dios! Estuvo tres meses vendado. No sé si lo creerá usted. Desde entonces las hoces me dan un miedo espantoso.
—Lo comprendo perfectamente —dijo el huésped.
—Teníamos miedo de que hubiera que operarlo; tan malo estaba, señor.
El desconocido se echó a reír bruscamente, con una risa semejante a un ladrido, que parecía morder y matar algo dentro de su boca.
—¿Sí? —dijo.
—Sí, señor. Y no era cosa de risa para los que nos ocupábamos de él, como yo, porque mi hermana estaba atareada con los pequeños. Había que quitarle y ponerle las vendas, señor. De modo que me atrevo a sugerirle, señor…
—¿Quiere traerme unas cerillas? —dijo el forastero con brusquedad —. Se me ha apagado la pipa.
La señora Hall dio un respingo. Después de todo lo que le había contado, el hombre se mostraba verdaderamente grosero. Le miró con la boca abierta durante un momento, pero, recordando de pronto los dos soberanos recibidos, fue a buscar las cerillas.
—Gracias —dijo su huésped lacónicamente cuando se las entregó. Después le volvió la espalda y comenzó a mirar una vez más por la ventana. Era evidente que le molestaba que le hablaran de operaciones y vendajes. La señora Hall no se atrevió por fin a sugerirle nada. Pero sus desplantes le habían irritado y Millie fue quien sufrió las consecuencias aquella tarde.
El desconocido estuvo en la sala hasta las cuatro, sin que la posadera tuviera la menor excusa para interrumpirle. Durante casi todo aquel tiempo permaneció inmóvil. Debió de estar sentado en la creciente oscuridad, fumando junto al fuego. Dormitando, quizá.
Una o dos veces se le pudo oír manejando los trozos de carbón, y por espacio de cinco minutos recorrió de un lado a otro la habitación. Parecía hablar consigo mismo. Después, la butaca crujió bajo el peso de su cuerpo al sentarse de nuevo.