El libro de la hija
2. Amanda
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
2
Amanda
Los hijos somos cicatrices.
ISMAEL RAMOS,
«La muerte son los hijos», Fuegos
OceanofPDF.com
Hay historias que se cuentan solas
En la carrera aprendí que hay novelas nouménicas y novelas fenoménicas.
Las primeras son aquellas que no necesitan justificar su discurso. Alguien
habla porque sí, y quien las lee asume que así ha de ser; se aguanta la
incredulidad y se entiende que la convención es pasar páginas en las que
alguien habla y habla y habla sin preocuparse demasiado de si hay quien
escucha. Las segundas son aquellas en las que hace falta entender por qué
se cuenta la historia y por qué alguien se pone a largar un discurso de miles
de palabras. Una novelista de ese segundo tipo no puede ponerse a contar
por la cara, porque se siente incómoda si cree que la leen por obligación.
Incluso Cervantes, en un momento dado, se pone fenoménico y explica
cómo encontró el manuscrito del Quijote del tal Cide Hamete Benengeli,
que se lleva las culpas de nouménico para liberar al pobre Cervantes de la
tentación omnisciente. Claro que las novelas fenoménicas tampoco están
libres de pecado. Siempre me he preguntado cómo es posible que quien
habla en ellas pueda recordar tal cual diálogos y cosas que ha pensado
seguramente hace años. O la exactitud. La exactitud de datos es muy
inverosímil en estos discursos, y por eso yo casi prefiero las narraciones
pretenciosas y omniscientes, como la de Flaubert cuando se le mete en la
cabeza madame Bovary y, sin juzgarla, nos cuenta cada una de sus intimidades. En realidad, toda novela fenoménica corre peligro de
noumenizarse. Hay que ser muy buena escritora para aguantar ese tirón.
Solo saqué un 6,5 en el examen de Teoría Literaria de primer curso de
Filología. Me lié con la tipología en la pregunta sobre la diferencia entre los
relatos nouménicos y los fenoménicos. No puse lo que era la
fenomenología, por lo visto fundamental para poder explicar el tema ese del
origen de la narración, y a la profesora no le gustó que me extendiese con el
asunto de Flaubert y las intimidades de Emma Bovary. Después olvidé
definir un par de conceptos que estaban por la parte de atrás del folio de
examen, al que no di la vuelta.
Estaba demasiado nerviosa. No era el día para un examen así, porque,
mientras escribía en aquel folio timbrado con el sello de la universidad, en
la Casa Violeta estaban votando si me admitían. Así que me conformé con
la nota, y no volví a pensar en la clasificación de los tipos de narración.
Pero todo llega.
Creo que este relato es fenoménico.
Carlos Álvarez, el director del periódico de mi madre desaparecida, me
ha pedido que escriba algo para recordarla, y eso ya justifica que me ponga
a hablar, hablar y hablar. Y no es un manuscrito encontrado, no, sino el
manuscrito desordenado que escribo yo, Amanda Val. Así que aquí está mi
buena excusa para hablar de mi madre, la gran Helena Sánchez.
Quiere publicarlo como artículo en el periódico donde trabajaban. Bueno,
Carlos todavía trabaja ahí, por supuesto.
Pero esto no es un artículo. Una no hace exámenes como aquel para
luego escribir textos demasiado cortos donde no cabe todo lo que tiene que
decir llegados ciertos momentos importantes en la vida. Ya lo solucionará él
como pueda. Siempre se puede. A lo mejor, incluso un día Carlos y yo convertimos esto en el libro fenoménico de mi relación con mamá, que para
eso todas las filólogas, en el fondo, llevamos una escritora dentro.
La verdad es que creo que no sé de ella nada que no sepa ya todo el
mundo. Si lo pienso bien, debo empezar señalando que la conocí poco y se
prodigó menos en mi vida. Puedo contar solo el anecdotario, cuatro
detalles, alguna cosa concreta bajo mi perspectiva. Ni siquiera he aceptado
este encargo porque me apetezca recordarla. Puede que, mientras escribo,
comprenda por qué he aceptado. De antemano ya sé que lo hago más por mí
que por ella.
Elijo un principio, por eso.
Pongamos, por ejemplo, aquel examen de Teoría Literaria, principio de
tantas cosas.
Al terminar el instituto, había decidido marcharme definitivamente de
casa de mis padres, y me negaba a asumir una vuelta atrás otra vez. Mi
madre siempre pensó que yo «desaparecía», pero, en fin, por lo que se ve en
realidad la que desaparece es ella. Yo solo me iba a otro sitio, y seguía con
mi vida. Pero sobre todo, por aquellos días del mes de abril, en plena época
de exámenes, estaba harta de la calle.
Así que una de esas mañanas de sábado frías, me pasé por la Casa Violeta
con intención de buscar una excusa para estar dentro, al calor, y me metí en
la única actividad abierta en aquel momento, un taller de radio. Me alegré.
A fin de cuentas, yo había reactivado la emisora del instituto hacía unos
años y guardaba un recuerdo bonito de los recreos emitiendo historias. Me
senté, escuché y comprobé con algo de cansancio que justamente un tal
Gael, uno de los tipos que había montado el taller, había coincidido
conmigo en secundaria, aunque muy poco tiempo: yo tenía catorce y él
dieciocho, así que antes de irse a la universidad solo le había dado tiempo a
saber que la tía de las rastas rubias hacía un programa de radio en los recreos. Cuando me reconoció, con ese tono jovial que es tan típico de los
hippies happies, se puso a decirles a todos de quién era hija, que por eso yo
ya sabía locutar y que podía proponer un ejercicio a todo el mundo. Ni
siquiera recuerdo qué chorrada les dije, pero sí que me sentí un poco
farsante, porque a mí todo aquello me importaba una mierda y ellos estaban
allí felices de creerse Julia Otero por un día en un centro social okupa
donde, de paso, podían darse una pátina de alternativos.
A mi madre le había hecho especial ilusión que pusiera en marcha la
radio del instituto, quizá porque pensaba que eso me iba a salvar del camino
al que ya apuntaba yo, o porque soñó que siguiese sus pasos de periodista
vocacional. No es ningún secreto que ella amaba la radio, que se le daba
bien, y que seguramente su dedicación sobre todo a la prensa escrita tenía
más que ver con un cúmulo de circunstancias y casualidades que con su
gusto por el periódico. Me ha contado muchas veces que, mientras yo fui un
bebé y ella estaba buscando trabajo, lo intentó primero en todas las radios
del país, pero no la cogieron en ninguna porque decían que tenía voz de
mujer demasiado joven. «Es que soy una mujer joven», les decía ella. «Ya,
pero...» Todos contestaban lo mismo. Helena Sánchez tenía esa voz aguda y
dulce que no le pegaba nada. Ni siquiera mi abuelo Félix, que tenía
contactos de sobra para que ella cumpliera con su sueño radiofónico, logró
que la contratasen. En cuanto oían su voz de niña buena y la veían con el
bebé encima, la mandaban a la prensa escrita. Y así fue. Seguramente por
eso mi voz medio rota por el tabaco ya en el instituto le parecía a Helena el
salvoconducto para ser lo que ella no logró.
Se quejaba todo el tiempo de que no la tomaban en serio en las tertulias
porque su voz era demasiado femenina. Yo creo que por eso fue una
trabajadora incansable, rigurosísima. A lo mejor, si no fuera por esa voz que
le truncó una carrera de locutora de magazines, nunca habría hecho los reportajes que hizo en el periódico ni nunca habría llegado a ser
verdaderamente famosa ni verdaderamente importante.
Por eso Helena Sánchez se quedó decepcionada cuando escuchó mis
programitas de radio del instituto y pensó que en realidad lo que yo hacía
era básicamente literatura.
Qué equivocada estabas, mamá.
Yo contaba actualidad de la buena. Lo que pasaba en los baños de las
chicas era justo eso que tú no entendiste. Tú, que entendías todo lo que
nadie entendía en este país y lo explicabas desde tus reportajes sesudos y
premiados, estabas siempre mirando para otro lado y no quisiste ver lo que
tenías delante. O quizá sí, pero hacías como que no. Eso sí que no te lo
perdono.
Aquel tal Gael fue el que me sugirió que a lo mejor podía quedarme en la
casa. Él, por supuesto, no vivía allí. Sus padres tenían un piso en el centro
que le habían prestado para que se independizase al ponerse a estudiar y que
utilizaba básicamente como plantación de marihuana, punto de encuentro,
centro de orgías y, muy de vez en cuando, sitio donde estudiar la carrera de
Psicología, que debería haber terminado hacía bastante. Luego, cuando
unos años después se graduó y se hizo psicólogo hospitalario, cuando lo
único que le quedaba de su vida hippie era un bonito piercing y alguna
camiseta con mensaje, nadie le preguntó cuántos años le había costado
terminar los estudios, cuánto había ganado como narcotraficante a pequeña
escala, ni por qué había dejado de ser vegetariano justo al reformar con su
primer sueldo el piso que tantas alegrías le había dado. Fue lo poco que
supe de él después.
—Pero ¿aquí vive gente? Pensaba que esto era solo centro social —le
dije a Gael.
—¿Y tú por qué vives en la calle? —me contestó, como si tuviera algo que ver con lo que yo le preguntaba, seguramente porque en la cabeza no le
hervía nada más que ese no entenderme con el que me he encontrado tantas
veces. Yo era rica, como él. ¿Qué pintaba en la calle? Nunca he soportado
que me hagan esa pregunta.
—Me han desalojado de todas las casas.
—Qué mala suerte.
Me ofreció un canuto. Le di una calada saboreando el placer de saber que
esa noche dormiría a cubierto.
—¿Con quién tengo que hablar para vivir aquí?
—Conmigo. —Sonrió.
—¿Y además?
—Ya te los presentaré luego.
En aquel momento no vivía ninguna chica en la Casa Violeta. Y también
era una forma de okupar muy diferente de lo que yo venía haciendo desde
los dieciséis. Estaba en otro asunto, por así decirlo, menos implicado. Vivir
en la Casa Violeta no es lo mismo que liarte con un tío y meterte en el
mismo piso que ha okupado él, o quedarte un mes en la casita con huerto en
la que viven dos colegas que, para contentarla, le dan los tomates que
cultivan a la dueña, una viejita bonita a la que le gusta hablar con la gente y
no le importa que vivan gratis en su casa casi en ruinas si se la cuidan. Ese
era mi estilo hasta que tuve un frío que me llegó al tuétano. Estaba harta de
cambiarme de casa cada cinco o seis días y de dormir en la calle entre una
cama y otra. Sobre todo, el tema de la calle... Sinceramente, me puse en
plan comprometido porque no me quedaba otra.
Después de colocarnos, de liarnos, de tener sexo hasta el anochecer, de
cenar una pizza que habían hecho en un taller de cocina vegana y de volver
a colocarnos después, él se fue a usar la ducha de hidromasaje de la casa de
sus padres y yo me quedé allí, en un sitio donde había un sofá verde junto a una estufa de leña. Todavía hoy me acuerdo de esa noche como una de las
más plácidas de mi vida. Al día siguiente, alguien me invitó a desayunar un
café y pregunté qué había que hacer para quedarse, porque Gael, en fin, se
había ido sin acordarse de que había prometido presentarme a los que
cortaban el bacalao por allí. «Tienes que hablar con Bruno», dijeron. Pero
Bruno no estaba. Por lo visto, había ido a coger setas para la comida. Así
que me fui a ver a mi madre.
Se trataba de hablar de Helena Sánchez.
Llevaríamos aproximadamente tres meses sin saber la una de la otra.
Miguel aparecía a veces por la facultad y tenía a un par de colegas míos a
los que les pasaba alguna droga que mangaba del hospital a cambio de saber
de mí. No es lo peor que ha hecho, y no es para tanto contarlo; ese delito, si
es que lo es, ha debido prescribir ya.
Pero mi madre podía pasarse meses respetando mis ausencias.
Respetando. Eso decía ella. Yo sé que le preguntaba a Miguel si sabía algo
de mí. Se relacionaban así ya antes del divorcio, y todavía lo hacen. O lo
hacían hasta que ella desapareció. Mis idas y venidas como excusa para
tener algo que decirse o no tener que escudriñar en el terreno donde surge la
culpa. Nunca me ha interesado gran cosa la relación entre ellos, que era
buena mientras yo fui niña. Nadie se dio cuenta. Yo creo que ahora Helena
se ha ido porque se siente culpable y cree que así me hará entender lo que
vivió durante años con mis ausencias. Pero no tiene nada que ver. En
realidad, Helena no tiene ni idea de qué va todo esto.
Fui junto a ella aquel domingo y me la encontré recién llegada de un
viaje a México. Estaba exultante. Por lo que me dijo, solo había estado otra
vez en aquel país cuando estaba terminando la carrera, justo antes de nacer
yo, y no había podido volver hasta esa semana en la que, mientras yo me hartaba de la calle, ella recorría Ciudad de México y Michoacán. «¿A qué
has ido?», le pregunté. «Siguiendo una historia», contestó.
Las historias que seguía Helena eran siempre una incógnita en casa.
Ahora comprendo que seguramente seguía historias que no eran las que se
cuentan en los periódicos, sino historias suyas, cosas que debían darle la
vida que mi padre y yo le restábamos.
A veces hablo como él.
En realidad, esta es una teoría de Miguel. Esa sensación de que había un
lugar de Helena donde nosotros no podíamos llegar era su gran reproche, y
ella simplemente ignoraba la acusación porque prefería no abrir un debate
que no tenía sentido después de tanto tiempo. En realidad, yo creo que no es
que le restásemos nada, simplemente no sumábamos. Y mi madre era,
quiero decir, es, una de esas personas que necesitan sumar todo el tiempo
para seguir viviendo.
Como siempre, me mandó a la ducha directamente.
—Para sentarte a la mesa conmigo, te lavas antes, que apestas.
Era verdad.
—Tú siempre has tenido criada, mamá, no sabes lo complicado que
puede llegar a ser poner una lavadora.
—Ha dicho la proletaria —me contestaba eso siempre que la acusaba de
señorita.
Pero nunca me reprochó el tiempo sin vernos. Jamás.
Llegaba y hablaba conmigo como si hubiésemos cenado juntas el día
anterior. Debía de ser difícil para ella, que nunca se mordía la lengua con
nada, guardarse dentro todo lo que no entendía de mí en aquellos años en
que se había empeñado en verme como una niña y yo tenía motivos de
sobra para hacerle entender que ya no lo era. Claro que parece que no lo
sabía. Y tampoco quiso saberlo nunca.
—¿Qué hay de comer?
—No pensaba cocinar.
—¿Podemos pedir que nos traigan la comida? Prefiero estar en casa,
contigo.
—Llamo a un mexicano, ¿te importa? Le he cogido el gusto otra vez a la
comida picante. Tú ve duchándote.
Siempre era así. Ni siquiera me preguntaba dónde vivía, y la verdad es
que no le hacía falta, porque sabía perfectamente que la única opción que
tenía era lo que realmente pasaba: la calle, algún piso del que me
desalojaban. Preguntarle a mi padre. Seguir lo que sucedía desde la barrera,
pedirle informes a algún periodista que se hubiera pasado para enterarse de
nuestros conflictos con la poli. Estoy segura de que se imaginó que, si no
estaba en casa, sería por algún motivo. Pero tampoco preguntaba nunca ni
por qué no estaba ni por qué volvía a veces.
—Mañana tengo un examen.
—¿De qué?
—De Teoría Literaria I.
—Parece apasionante.
—Pues no está mal.
—¿Te gusta lo que estudias?
Eso sí que le interesaba. Siempre me preguntaba por los estudios. Creo
que le fascinaba que, viviendo yo como vivía, fuera capaz de mantener esa
normalidad estudiantil que solo se les presuponía a las personas que viven
convencionalmente.
—Ayer conocí a un hippie que lleva haciendo Psicología ocho años y
todavía está entre segundo y tercero.
—¿Y qué tiene que ver que sea hippie?
—Vive en un piso que le han puesto sus padres.
—A lo mejor es por eso.
Esas respuestas de Helena siempre me desarmaban. ¿Gael era hippie
porque vivía en un piso de sus padres, o porque llevaba ocho años en
segundo de Psicología? Y ella nunca daba lugar a la respuesta. Dejaba esas
sentencias en el aire, obligándote a pensar y pensar y pensar. Me lo hacía
desde niña y no había manera de no sentir que estaba analizando
permanentemente cada respuesta, cada cosa que hacía. Todo era motivo de
reflexión. Todo servía para educarme. Todo era cuestionable. Tengo que
decirlo: Helena era una madre agotadora.
—Amanda, ve a ducharte. Supongo que querrás estudiar por la tarde. Yo
voy a ir a casa de Félix.
Helena me educó para ser responsable. Es una putada, si lo piensas bien,
porque a veces no te dejas vivir a ti misma, con tanta preocupación por
cumplir lo que te impones. Así que le dije que sí, que repasaría los apuntes
que llevaba en la mochila en mi cuarto, allí en su casa, y que me iría antes
de cenar. Ahí era cuando se le pintaba en la cara esa decepción que tanto
trataba de ocultar. Ahí es donde se le notaba que algo tenía de la madre
típica que no quería ser, pues sabía que no dormiría mejor en ningún otro
lugar que no fuera la misma casa en la que estaba ella.
No sé por qué recuerdo tan bien ese domingo con mi madre. Hubo
cientos así, pero guardo ese especialmente en la memoria, y por eso puedo
contarlo en este relato que no se cuenta solo. A lo mejor, porque estaba
especialmente contenta por su viaje. O puede que sea porque ese fue el día
en que para mí cambiaron muchas cosas.
Sobre las siete terminé el repaso y, pensando en Flaubert metiéndosele
madame Bovary en el cerebro, me fui. Ella había dejado una nota
despidiéndose, como siempre. Nunca me pedía que me quedara, y para
evitar la tentación, procuraba no despedirse de manera directa. Por lo general, una nota, después un mensaje de móvil, muchas veces un grito
desde la puerta: «¡Me voy, Amanda! ¡Ven cuando quieras!». Esas
despedidas me dejaban sin aire. Ven cuando quieras. Siempre decía lo
mismo.
Volví a la Casa Violeta y pregunté por Bruno.
Era un tipo bajo, gordinflón y con ínfulas de líder con el que pronto me
entendí. Tenía una especie de derecho adquirido sobre la casa porque era el
único que llevaba allí desde que había sido okupada y había sido el que vio
clara la idea de que todo aquello podía convertirse en un centro social.
También tenía ya una edad. No es habitual conocer okupas en los treinta, y
eso también le aportaba un carácter en el pequeño mundo de la casa.
Tampoco es que él utilizase ese paternalismo, pero lo cierto es que todos se
lo reconocían, desde la gente que solo acudía a las actividades, hasta los
habitantes, que en aquel momento eran cuatro además de él: Suso, Richi,
Primo y Julepe. Entre los cinco mantenían aquello y, con la colaboración
externa de gente como Gael, organizaban los talleres.
La Casa Violeta llevaba funcionando así unos seis o siete años. Yo me
acordaba vagamente del momento en que se okupó. Mi madre nos había
contado algo del seguimiento que habían estado haciendo en su periódico,
pero por más que he buscado en la hemeroteca para escribir esto, aquella
noticia que teóricamente ella hizo no apareció. En su periódico, solo una
nota minúscula, firmada como «Redacción», y una fotografía de aquel Álex
Carrasco que durante una época fue su gráfico, en la que se da cuenta del
despliegue de una pancarta okupa en la fachada del edificio y la
justificación de Bruno sobre los motivos para entrar en aquella vieja
curtiduría que solo los más viejos recordaban funcionando. Podía ser un
centro para difundir cultura, ocio a precio asequible, actividades
sostenibles, un lugar para que la juventud del barrio se encontrase..., declaraban los okupas desde el balcón. Y total, en todos aquellos años,
nadie había hecho nada por aquel edificio que no tenía importancia hasta
que ellos lo tomaron. La noticia podía haberla escrito otra periodista y,
desde luego, no implicaba lo que cualquiera, sobre todo Helena Sánchez,
entendía por «seguimiento» de una historia: ENFRENTAMIENTOS ENTRE
OKUPAS Y POLICÍA POR UNA VIEJA CURTIDURÍA.
De aquellos primeros invasores de la Casa Violeta solo quedaba Bruno,
que por lo visto le puso el nombre porque así la vio tras una puesta de sol
que tiñó de púrpura el aire de la ciudad. Debía de estar tan hasta arriba de
ácido que se puso poeta. Los demás fueron nomadeando de ciudad en
ciudad para ayudar con otras okupaciones, muriéndose de sobredosis o
cansándose de aquello. Menos Bruno. Cuando llegué allí, lo primero que
me llamó la atención fue que él, aun siendo con diferencia el mayor, era el
que mantenía aquel espíritu del principio, aquella pasión contagiosa que
incluso a mí me hizo creer que necesitaba okupar con ellos la Casa Violeta
por no tener acceso de otro modo a una vivienda digna, y eso que le dije
dónde vivía mi madre. Me miró, sonrió, y contestó que todo el mundo tiene
un pasado contra el que rebelarse.
Por eso, cuando busqué en la hemeroteca la noticia, imaginé
perfectamente a Bruno hablando ante la grabadora de Helena Sánchez,
mirando con atención a la cámara que le había sacado esa foto en la que
salía con la mirada desafiante y un gesto de bondad que le daba, subido al
balcón, un aspecto curil.
Bruno proyectaba hacer crecer la Casa Violeta. Había toda una zona del
edificio completamente vacía, y había hablado con algunos asiduos, entre
ellos Gael, de la posibilidad de abrirla a más habitantes que ellos cinco.
Hacer de la casa un verdadero espacio okupa donde acoger gente, difundir
aún más actividad y movilizar aquel barrio ultraconservador hacia formas diferentes de ocio y de vida donde también se encontrasen personas que
venían de África en busca de un sueño. Bruno había redactado un Manual
de okupación que estaba colgado en internet, corría de mano en mano por
todo el país, y contenía, a modo de compendio, esa capacidad tan suya de
explicar los ideales más peregrinos que solo he visto en algunas personas
verdaderamente carismáticas. Pero nunca a nadie como él. En aquella
época, Bruno podía hacer lo que se propusiera y era capaz de arrastrar a un
ejército al servicio de la causa que se inventase.
El manifiesto eran unos folios fotocopiados y grapados que tenía
amontonados en una mesa llena de papeles, pasquines y pósteres junto a la
ventana de su cuarto, el más ordenado y pulcro que he visto en mi vida en
una casa okupa. Cuando leí aquel manual, me fasciné con su manera
retorcida de definir el delito, y decidí que hacer aquello que allí se detallaba
a modo de asesoramiento jurídico tenía que ver con la verdadera
revolución, de la que yo, creía, estaba absolutamente necesitada. «Este
manual pretende acercar la okupación a quien quiera salir del mercado
inmobiliario y ejercer su derecho constitucional a habitar una vivienda
digna sin tener que pagar a quienes se aprovechan de ese derecho para
robarnos los pocos recursos que necesitamos para comer, vestirnos y ser
felices.» Así empezaba, y yo, que ya había salido del mercado inmobiliario
básicamente huyendo de mi casa, entendí que ahora tenía un motivo
político para luchar por cosas hermosas junto a Bruno.
Pero yo era una chica, y la Casa Violeta no tenía pretensiones de comuna.
—¿Cómo que «Mejor no»? —pregunté a Bruno sintiéndome de verdad
discriminada.
—No lo entiendes, Amanda. No me interesa ese debate ahora mismo.
—¿Qué debate?
—El de las comunas.
—Pues no, no lo entiendo. Yo no he hablado de comunas.
—Donde tienes la olla..., ya sabes.
—Entiendo.
—Entonces...
—Pero en ese caso deberías poner en tu manualillo que las chicas no
pueden okupar una casa si ya han entrado los machos en ella. Le va a
encantar a todo el mundo.
Bruno se quedó pensando, yo creo que valorando si una cesión así le
restaba autoridad ante los demás.
—Yo solo no puedo decidir quién comparte la casa con nosotros y quién
no. Tengo que hablarlo con los demás. Y creo que deberíamos votar.
—Me parece justo. Pero puedo volver a quedarme esta noche aquí, ¿no?
Suso era un chico de solo diecisiete años que no se sabía muy bien de
dónde había salido. Corrían rumores de que había matado a su padre, o de
que su familia millonaria sabía perfectamente dónde estaba pero prefería no
aguantarlo en casa porque era raro con ganas. Yo siempre he creído más en
la segunda opción. No tenía pinta de asesino y era bizarro de cuidado, pero
buena gente. Eso se le veía. No iba al instituto y se pasaba la mañana
escuchando música y escribiendo poemas en su cuarto. Por las tardes,
limpiaba todo y dejaba las zonas comunes primorosas, así que nadie se
atrevía a decirle que, siendo menor de edad, metía a todo el mundo en
problemas si alguien descubría que se escondía allí. En realidad, Suso no
hablaba gran cosa con nadie, y a mí se limitaba a mirarme de reojo, como
con miedo, cosa que aprovechó Richi para putearlo por sistema, pues en
realidad Suso fue el único que votó en contra de que yo entrase a vivir con
ellos aquel día importante de mi 6,5 en el examen sobre los relatos que se
cuentan solos.
Richi era un tragafuegos nómada que por aquella época se había instalado en la Casa Violeta para hacer unos cursos de acrobacia que había
en la ciudad, pero que tenía pensado irse al cabo de un tiempo, así que no le
parecía justo que su voto determinase la vida de todos los demás. Pero
también era verdad que, en su opinión, su marcha facilitaría que yo ocupase
su puesto y de ese modo no se variase el número de habitantes que la Casa
Violeta estaba acostumbrada a asumir. Así que por eso votó que sí. Y
también, según me confesó después, porque sabía sin lugar a duda que él sí
follaría conmigo, pues su marcha también le permitía una bonita
perspectiva de no ser expulsado mediante uno de esos cónclaves
insoportables que convocaba Bruno en la cocina para tomar decisiones.
El que no tenía ni la más mínima intención de acostarse conmigo era
Adrián, al que llamaban Primo porque era primo de Bruno. Muy jovencito,
algo más que yo, un par de años aproximadamente. Primo se fue de casa de
su madre, la tía de Bruno, cuando se enamoró de su compañero de pupitre
en el instituto y un par de matones de la clase de al lado le dieron una
paliza. En realidad, el motivo fundamental de pedirle refugio a Bruno fue
que sus padres le dijeron que podía ser gay, pero que no hacía falta ponerse
a pregonarlo por ahí mandando notitas de amor y robando besos como si
fuera una persona normal. Eso le dijeron. Tuvo que esperar a cumplir los
dieciocho para poder largarse, y lo hizo al día siguiente del propio
cumpleaños, en el que prefirió no hacer fiesta, pues no sentía a nadie tan
cercano para invitarlo. Excepto, por supuesto, a su primo, que lo salvó y por
el que sintió desde aquel momento una devoción que no menguó nunca.
Primo, por eso, era quizá el ser más feliz de la Casa Violeta, el que estaba
dispuesto a hacer de ella un verdadero hogar, así que, con tal de que ese
plan no fuera mal, tanto le daba si yo vivía allí. Lo dejaría al criterio de
Bruno.
Seguramente el que más dudó fue Julepe, que, acostumbrado a valorar todo tipo de condiciones para sus estrategias ante la baraja española y ante
la vida, se debatió entre la tentación y la devoción. Julepe, invencible en ese
juego de cartas que le puso el nombre, había llegado a la Casa Violeta para
encargarse del bar y se había quedado para animar las noches con timbas
que habían aportado algún dinero con el que soñaba comprar una cafetera
industrial de segunda mano. Pero cada minuto echaba de menos a la novia
que rompió con él el día que decidió abrazar con entusiasmo la vida okupa
después de leer el manual de Bruno y de comprender una lógica maravillosa
que le contaba a todo el mundo: un trabajo a media jornada es suficiente
para ser feliz, porque el dinero y la dedicación de un tiempo parcial son los
que dejan el espacio para la felicidad y los recursos necesarios para tenerla;
así que, en realidad, trabajamos jornadas completas para pagar viviendas
que nos impiden tener tiempo y dinero para ser felices. Por eso Julepe
eliminó la vivienda de su felicísima perspectiva vital y entendió acto
seguido que ya no necesitaba su trabajo de ingeniero industrial en una
fábrica del polígono. La chica parece ser que no coincidía en ninguno de
sus motivos para renunciar a las comodidades del mercado inmobiliario, ni
a la vida sencilla de pareja que trabaja y aspira a tener hijos y perro, ni al
pequeñísimo placer que proporciona contaminar un poco. Así que dejó a
Julepe y se compró un ático con terraza que estaría pagando el resto de su
vida, dijo él. Pero Julepe se conocía bien a sí mismo, y sabía que no era de
esos hombres capaces de estar sin pareja. Necesitaba esa soledad para
aprender a vivir como había decidido, pero le costaba mundos dormir solo.
Sentía el corazón vacío y se frustraba porque necesitaba llenarlo de amor y
de pasión, pero se había obligado a sí mismo a esperar.
Y estaba esperando el día que votaron mientras yo hacía aquel examen
del 6,5, nerviosa, en realidad, porque también tenía miedo de ponerme a
vivir con cinco tíos y tener que ser la madre de todos ellos, o la amante de todos, o la amiga de todos. Pero había algo en la Casa Violeta que me
estimulaba y me atraía, y por eso deseaba con todas mis fuerzas que votasen
que sí, al tiempo que me sentía una marioneta en sus manos, que tenían la
capacidad de decidir sobre mi salida definitiva del mercado inmobiliario sin
darme ni el derecho a la defensa ni a la réplica.
Bruno los había reunido alrededor de la mesa de la cocina y propuso la
votación. Por lo que me contaron después, tuvieron un breve debate para
que quedara claro que yo era una habitante más, no la concubina de nadie
(por lo visto, Bruno dijo eso, y los demás apuntaron disimuladamente la
palabra para ir a buscarla en el diccionario), y mucho ojo con creerse que
tener a una mujer en casa significaba hacer todo lo que el sistema patriarcal
entendía que era la única utilidad de las mujeres, esto es, trabajar gratis en
las labores de subsistencia del grupo, garantizar la procreación de la especie
y acompañar a los hombres en sus necesidades de dominación. Cuando
Richi le preguntó qué quería decir todo eso, Bruno solo le contestó que
pobre del que pensara que yo llegaba para limpiar y follar con ellos, y que
tuvieran eso en cuenta al votar.
Curiosamente, Bruno también votó que sí, a pesar de ser el que más claro
tenía que una mujer solo les daría problemas (decía), pero iba en contra de
sus principios negarle el acceso a nadie a un proyecto como el de la Casa
Violeta.
Cuando llegué, lo vi en la puerta colocando unas macetas con unas
hortensias, a modo de recibimiento institucional de visitantes.
—Deberían ser violetas, pero son azules —le dije.
—Son de un azul casi violeta. Si quieres verlas violetas, puedes.
—Si tú lo dices...
—Hemos votado que puedes vivir con nosotros. Instálate cuando quieras.
Tuve que reprimir un impulso de abrazarlo, pero logré hacerme la dura.
A fin de cuentas, le llevaba mucha ventaja a Bruno en eso, pero me di
cuenta de que él se sentía bien creyendo que sobre cualquier cosa
imaginable sabía más que yo, una pipiola sin casa.
—Gracias. Quiero ser una parte importante de este proyecto.
—Aquí todo el mundo lo es.
Helena solo supo que vivía en la Casa Violeta mucho, muchísimo tiempo
después. No nos encontramos en el barrio, ni Miguel llegó a decírselo, no sé
muy bien por qué. Así que curiosamente estuvimos más alejadas que nunca
en la única época de mi vida en que hemos vivido cerca de verdad. Es
probable que más cerca que cuando estábamos bajo el mismo techo.
En las noches que pasé en la calle, siempre, sin excepción, evoqué esa
memoria de los cuentos cuando Helena me enseñaba a leer. Y así,
resonándome la voz de Helena Sánchez en los oídos, me quedaba dormida
en algún escondrijo de esos que no esconden a nadie.
La primera vez que desaparecí, mamá, solo fue porque quería probar la
calle.
Ya sé que tú creíste que había sido por lo otro, según me dijo el abuelo,
por aquello que leíste en mi diario. Quién me mandaría a mí ir de Anna
Frank por la vida y escribir diarios. Pero no fue por eso, créeme. Probé la
calle y volví. Sobre todo, me demostré que podía hacerlo: largarme y vivir
en la calle. Me pasó justo lo contrario de lo que te pasó a ti cuando eras
pequeña. También me lo contó el abuelo. Sí. Lo del día que huiste y casi
duermes en un parque, recuerdas, ¿no? Pues yo sí que lo logré. Lo hice. Me
fui de verdad y dormí fuera, en un cajero automático, para ser exacta.
Podría haber sido peor. O podría haber sido más valiente y arrimarme a una
pared bien pintada, en un sitio transitado para que las miradas me
protegiesen de los violadores. Pero aquella primera vez preferí el cajero.
Otra vez por el frío.
Tenía dos objetivos: vivir en la calle y prostituirme.
No había cosas que me parecieran más libertarias, y las hice las dos la
primera vez que me fui de casa sin decir adónde iba: vivir en la calle y ser
puta, a mis diecisiete años, hay que joderse.
De repente, una mañana mi vida me pareció una estupidez infantil que no
se resolvía contando las historias que contaba en la radio del instituto
durante los recreos, ni diciéndole a Miguel que no necesitaba tomar
pastillas, eso que tanta gracia le hacía a mamá, que se reía de él porque yo
era una desconfiada desde los ocho años. Ni vitaminas, ni ibuprofeno para
una otitis, ni paracetamol para el dolor de cabeza, ni anticonceptivos.
Nunca me ha gustado tomar anticonceptivos.
Me daban tal dolor de pezones que no aguantaba ni el roce de la ropa.
Además, siempre me han dado mal rollo las hormonas. En la Casa Violeta,
de hecho, organicé unas charlas sobre anticoncepción natural que se me
llenaron de ultracatólicas muy interesadas, allí mezcladas con todas las
ecologistas que no distinguían su pasión por los métodos biológicos y
naturales de anticoncepción de su guerra contra la industria farmacéutica.
Pero fue un ciclo de conferencias muy exitoso que nos enseñó a todas a
saber conocer nuestro cuerpo, a contar días y descontar, a calcular cuántos
polvos inútiles puedes tener cuando quieres preñarte y cuántos pueden ser
útiles. Y no digamos ya si no quieres ser madre y tienes que calcular cuándo
puedes acostarte tranquila con quien te dé la gana. A mí todo eso llegó a
estresarme mucho en una época de mi vida, y por eso después armé
aquellas mesas redondas en la Casa Violeta que me sirvieron para aprender
mucho de mí misma y también para conocer a muchas mujeres.
Ahí conocí a María. Sí, esa María hija del violador que mamá andaba
entrevistando en la época en que desapareció. María, que era algo más
joven que yo y acababa de echarse a la calle, estaba muy interesada en esos mecanismos de control del cuerpo, en la anticoncepción natural, el método
Ogino y esas cosas.
Si yo hubiera sabido todo eso antes, igual podría haber evitado el primer
aborto.
Pero lo cierto es que me importó una mierda abortar.
Son otras las cosas que me importaron. Mi cuerpo ya estaba curtido
cuando pasó todo eso. Pero Helena, que sabía con pelos y señales cuanto
pasaba en la vida privada del último habitante de los despachos del
Parlamento o de las grandes empresas de este país, por lo visto, no sabía
nada de lo curtido que estaba mi cuerpo. Y eso que vivía conmigo. Por lo
menos, al irme de casa, pude darle una excusa por si algún día necesitaba
justificar su relato.
El aborto. Sí.
Casi sería mejor que me hubieran arrancado el útero, lo hubiesen
limpiado en el lavavajillas, lo colgasen con pinzas en un alambre a secar y
me lo volviesen a colocar, sin anestesia. Habría sido un aborto mucho más
fácil de llevar. Solo por eso preferiría haber sabido cómo evitarlo. Claro
que, siendo como fue todo, tampoco sé yo si estaba en condiciones de
negarme a que me inseminasen. Y eso que, técnicamente, no me estaban
violando. Me violaron después, aquel día en una fiesta en la Casa Violeta en
la que un imbécil, que encima no se lavaba, decidió acorralarme contra un
futbolín y zurrarme hasta que se hartó, el muy cabrón. Pero a decir verdad
me jodió más que la poli no me creyese cuando fui a denunciarlo. Luego
Richi le dio una paliza y todo el mundo se quedó a gusto. Aunque sigo
pensando que la paliza se la merecía aquel policía: «Esas cosas os pasan por
hacer lo que hacéis en esa casa», me dijo, y me dio un par de gasas con
Betadine para las heridas, por si no teníamos botiquín.
Después de eso vinieron más. Más abortos, quiero decir. Violaciones no.
He tenido suerte. Todo el mundo preocupadísimo porque nos violen, y
nunca nos enseñan a defendernos de los violadores. Por eso después de la
violación, al ver los conocimientos de Richi en materia de defensa personal,
lo convencí para que diera un curso para mujeres. Pocas se atrevieron a
apuntarse, pero María sí. También vino a eso, y siguió contándome cosas.
Se le daba bien el kickboxing.
Fueron dos abortos en hospital. Pagados religiosamente por Félix.
Y luego el peor de todos. El de la paliza. Ahí el hospital no sirvió de
nada.
Ese fue el día que Helena supo que yo vivía en la Casa Violeta. Gracias a
eso, también le dieron el Premio Nacional de Periodismo. Así que algo
bueno tuvieron mi paliza, la criatura que no llegó a nacer y lo que pasó con
Bruno.
La verdad es que entonces sí que me veía siendo madre. Era una locura,
pero pensé que la propia Helena me tuvo a mí jovencísima, sin nada que
aportar, con Miguel todavía entre libros y apuntes, y me di cuenta de que yo
por lo menos ya había terminado las obligaciones que tenía que terminar. Ya
había hecho mi carrera, ya trabajaba, aunque fuera de cualquier cosa, ya
había optado por una vida. La gente podía extrañarse de que fuera capaz de
criar a un bebé en la Casa Violeta, y más viviendo de vender artesanía por
ahí, pero a mí nunca me ha cabido la menor duda de que eso podía hacerse.
Sería hermoso integrar vida nueva en el proyecto. Pero no pudo ser.
En cuanto los vi entrar, supe que me quedaría sin el bebé.
A mí siempre me ha parecido que lo único que hacían era armar bulla en
los partidos de fútbol. Siempre que pasaban por delante de la Casa Violeta,
nos provocaban, nos insultaban, alguna vez incluso nos habían lanzado
botellas de cerveza, pero durante años la cosa se quedó ahí. Nunca he
entendido muy bien por qué a ellos los escoltaba la policía de camino al estadio y a nosotros nos obligaban a meternos dentro y callarnos la boca,
pero era así. Hasta que un día en que no había fútbol, uno de ellos entró y le
dijo a Bruno que la casa no era nuestra. Venía con una chica rubia con cara
de ángel que por lo visto había montado una ONG para dar de comer a los
pobres y necesitaban un local. Era muy simple, dijeron.
Por aquella época, nosotros ya no éramos tontos y sabíamos que esa
gente también se dedicaba a okupar edificios. El nuestro era muy
apetecible. Estaba en pleno centro, muy cerca de las zonas donde había
pasado lo que a ellos les parecía el apocalipsis: la gente de clase media
hacía unos años había empezado a perder sus trabajos, a verse ahogada por
sus hipotecas, a quedarse en el paro y a suicidarse. Nosotros lo sabíamos
mejor que nadie, y por eso Bruno había añadido a su Manual de okupación
un capitulito sobre la crisis económica y la necesidad de okupar para
liberarse de la estafa masiva que había sido el mercado hipotecario. Pero
ellos, los de la ONG de la chica rubia con cara de ángel, decían que en
aquella España en crisis primero estaban los españoles.
Cuando entraron en la Casa Violeta, Bruno les contestó que él también
era de aquí, pero que el derecho a tener un techo era universal, y ahí fue
cuando le cayó la primera hostia, la que a mí me hizo callar y empezar a
entender que teníamos algo que ellos codiciaban como si fuera oro y que
deberíamos salvaguardar como pudiésemos. Luego, sacaron a la fuerza de
su cuarto a uno de los muchachos de Ghana que habíamos acogido unos
días después de que llegara muerto de sed a una playa del sur, y lo echaron
a la calle a patadas. La chica rubia con cara de ángel sonreía y animaba; el
otro, el que mandaba en los del fútbol y llevaba un aparato con pinchos en
la mano y unas cadenas atadas al pantalón, era el que hacía las cosas.
Zurrarle a Bruno. Moler a patadas a Addae. Con cara de ángel. La gente de
la casa éramos más, pero siempre hemos sabido que la mejor manera de perderla sería armar líos en ella, así que nos quedamos con el dolor y la
impotencia, y nos reunimos en la cocina esa misma noche para trazar un
plan.
—Es evidente que solo ha sido un aviso.
—Van a volver con toda la grada norte. Esto no va a haber quien lo pare.
—Y no será suficiente con cerrar las puertas...
Claro que no. Había una sensación brutal de condena. No teníamos a
quién acudir ni éramos gente de meternos en una guerra en la que no
creíamos y nos habían dado un ultimátum: o dejábamos la Casa Violeta al
cabo de quince días, o nos echaban ellos a hostias.
—Pero ¿adónde vamos a ir?
—No nos vamos a ningún sitio —dijo Bruno—, una panda de nazis no
nos va a sacar de nuestra casa.
—Una panda de nazis armados —le contesté.
—¿Y qué quieres? ¿Ir a pedir ayuda al Séptimo de Caballería?
—Yo creo que deberíamos hacerles frente —dijo Addae, que aún
mantenía una bolsa de hielo en la cara hinchada por los golpes.
Addae significa «mañana de sol» y, como un amanecer optimista y
excesivo, pensó que él y sus amigos curtidos por el salto de la valla de
Melilla y las semanas de desierto podían enfrentarse a cien hombres con las
cabezas rapadas, botas militares y hasta arriba de anfetaminas y alcohol.
Realmente lo pensaba. Supongo que porque hay que estar un poco mal de la
chaveta para hacer lo que ellos hacían.
—¡Venga! ¡La Casa Violeta es vuestra casa!
—También es tuya —le contestó Bruno.
—No, yo solo estoy aquí de casualidad. Yo solo quiero llegar a Suecia,
donde se vive mucho mejor, pero no permito que me echen a patadas de ningún sitio. —Se quitó la bolsa de hielo de delante de la cara para
explicarse mejor—. Vosotros me habéis ayudado y yo os ayudo a vosotros.
—Addae —le dije—, no sabes de quiénes estamos hablando. Ya has
comprobado lo que es capaz de hacer uno solo. Están organizados y, lo
peor, tienen un montón de gente que los entiende. Saben que no habrá quien
les tosa cuando digan que te sacaron a ti de aquí para dar comida a unos
cuantos españoles que, hasta hace menos de un año, hablaban tan contentos
de su plan de pensiones y su coche nuevo.
—Pero Amanda, ¿vas a permitir que se carguen la Casa Violeta?
A Bruno le brillaban los ojos, y chocó la mano a Addae, que lo miraba
con aires de victoria apresurada.
—¿Con cuánta gente podemos contar? —Richi había estado callado hasta
entonces y eché de menos la mesura de Julepe, que seguía absorto,
seguramente en shock.
—Ahora mismo vivimos aquí quince personas, pero si contamos con toda
la gente que colabora y asiste a los talleres, podemos llegar a más de medio
centenar. —Bruno se calló un momento, para pensar—. Podemos colgar
unas pancartas hasta el suelo desde los balcones que digan LA CASA VIOLETA
NO ES DE LOS NAZIS. Así también lo sabrá más gente.
—Esa gente no se para con pancartas.
—Yo sé hacer cócteles molotov —anunció Primo.
—¡Lo que nos faltaba!
—Amanda, en lugar de ponerte negativa, podrías hacer propuestas
proactivas...
—Vale, Bruno, ¿quieres que me ponga proactiva con los fascistas? —Me
enfadé de verdad—. Si te soy sincera, no tengo ni idea de qué hacer, porque
solo sé que a esa gente no se la para con pancartas ni con ofertas de diálogo.
La tipeja aquella rubia con cara de ángel había sido candidata en las elecciones municipales por Ágora de la Democracia y las Libertades del