El Mármara en llamas

Blas Malo · Capítulo 1 de 62

Páginas del PDF

El Mármara en llamas

Primera parte. 673-711

PRIMERA PARTE

673-711

1

HILIÓPOLIS, AÑO 673 (53 DESPUÉS DE LA HÉGIRA)

 

Ni los dioses imperiales ni el cristianismo habían ahogado los viejos cultos de Heliópolis. Los árabes habían ocupado la ciudad instaurando una convivencia vigilada y el Profeta los había respetado, pero nadie sabía cuánto duraría la tolerancia musulmana hacia los cristianos. Heliópolis, la antigua Baalbek, era una encrucijada de rutas comerciales en el desierto.

Los alumnos seguían con interés las palabras del maestro mientras paseaban bajo los pórticos de piedra. Ausonio de Tiro deambuló alrededor del bastión defensivo de la ciudadela árabe. Los soldados musulmanes vigilaban las calles. Al otro lado de la gigantesca explanada la gente entraba y salía de la mezquita, en cuyos muros se distinguían algunas columnas del viejo templo de Júpiter-Baal.

—Tierra, agua, fuego y aire. Son los cuatro elementos, pero ¿qué falta en la relación?

—Éter —contestó uno de los alumnos, llamado Timeo. Tenía catorce años.

—Éter, es cierto, como indicó ¿quién?

—Aristóteles —respondió otro alumno.

Ausonio de Tiro negó.

—Fue Platón —respondió Calínico. Una barba incipiente aparecía en el rostro juvenil de dieciséis años. Era un muchacho atlético y vigoroso—. El éter es lo que rellena los huecos entre los cuerpos celestes. Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno, la Tierra, la Luna y el Sol.

—Muy bien. Cientos o miles de estrellas forman las constelaciones de la bóveda celeste. Y desde lo más grande a lo más pequeño todo está formado por los cuatro elementos, que mutan constantemente. ¿Quién ordena el caos y crea las formas? La divinidad, dice Platón, la inteligencia ordenadora. Dios. Pero si todo existe, es porque está proporcionado, y aquel que descubra las proporciones de todas las cosas y luego la forma de alterar esas proporciones será dueño del mundo.

—¿Por qué? —preguntó Calínico. Aquello le interesaba.

—Porque podrá actuar como un dios —respondió el maestro en el exterior de la ciudadela.

—¡Herejía! —murmuró uno de los alumnos, pero Ausonio continuó, como si no lo hubiera oído.

—Podrá tomar cualquier sustancia o cuerpo y transformarlo en cualquier otro. Podrá tomar una piedra y convertirla en una hogaza de pan o incluso en oro. ¿Por qué respiras? ¿Tienes alma? ¿No dudas, no tienes preguntas? Por eso es importante la búsqueda del conocimiento, y los filósofos. Gracias a ellos sabemos que la Tierra es redonda, como demostró Eratóstenes, y Aristarco razonó que gira alrededor del Sol. Quién sabe.

—Pero, maestro, a mí un mercader me ha contado que la Tierra es plana y no redonda, ¿y no ves que el Sol gira todos los días alrededor de la Tierra, y no al revés? ¡No es posible convertirse en un dios! ¡Solo uno multiplicó los panes y los peces! Esto es una herejía —dijo otro de los alumnos.

El filósofo procuró calmarle. El almotacén, que se paseaba por el zoco, había vuelto la vista hacia ellos, intrigado. Acariciándose la barba entrecana, el maestro señaló al alumno con el bastón.

—Los griegos antiguos ya lo dijeron. La sabiduría exige argumentos, pruebas. ¡Teorías! ¡Teorías! Eratóstenes demostró; Aristarco razonó. Pruébamelo. Demuéstramelo. —El alumno se encogió de hombros—. Eres libre. Puedes recurrir a otro maestro si no crees lo que te enseño.

—Claro que no lo creo —respondió alejándose a grandes pasos, indignado. Desde la gran explanada, se volvió, y de forma que pudieran oírlo todas las personas de la plaza, incluido el almotacén, encargado no solo de los pesos y medidas, sino también de velar por la moral y el orden, le gritó al maestro—: ¡Hereje!

Y se fue corriendo. El joven Timeo estaba asombrado. ¡Cuántas cosas buenas podía hacer la ciencia por el hombre! Él quería creer a Ausonio. Calínico también. Muchos años más tarde, Timeo descubriría que por razones totalmente diferentes.

 

Siria ya no era parte del Imperio romano de Oriente. Bajo el dominio árabe, muchos jóvenes de raíces bizantinas consideraban más lucrativo dedicarse al comercio y a la navegación que a la filosofía. Otros, aconsejados por el almotacén, se convertían en apariencia al Islam para estudiar el Corán y los hadices del profeta Mahoma, a fin de medrar en el intrincado mundo de la jurisprudencia musulmana. El almotacén se solazaba de sus logros; aquel viejo bizantino se quedaría pronto sin ningún oyente. En silencio, Ausonio negaba con la cabeza, resignado y entristecido ante la marcha progresiva de sus alumnos.

—Las leyes de los hombres no arreglarán el mundo. Ordenan la sociedad, pero solo para el provecho de unos pocos. No se necesitan más procuradores, sino más hombres de pensamiento libre.

Timeo y Calínico permanecieron junto a él. Se sentían muy afortunados; ellos, a diferencia de los otros pupilos, eran huérfanos, y habían sido acogidos por Ausonio. Timeo veía en el sabio al padre que no había tenido. Calínico no pensaba lo mismo.

 

—Demócrito de Abdera no opinaba como Platón —explicó el filósofo mostrándoles agua, aceite y vinagre en un recipiente de vidrio—. Defendía que todo se compone de diminutos corpúsculos indivisibles a los que llamó átomos. Son la unidad de la materia, y Demócrito consideraba que hay muchos tipos de átomos, cada uno con sus características. Los átomos de los sólidos son más pesados que los de los líquidos.

—¿Y por qué los sólidos son sólidos y no líquidos? —preguntó uno de los muchachos.

—Porque sus átomos no resbalan entre sí, están fijos —contestó el maestro.

—¿Y eso por qué? —preguntó Timeo. Se había adelantado a Calínico, y este lo miró desafiante.

—¡Ah, Timeo! —Ausonio sonrió—. La curiosidad es el inicio del camino al conocimiento. ¡Hay tanto por descubrir! Qué era tan maravillosa nos ha tocado vivir.

—¿No es porque así lo quiere Dios? —propuso otro de los alumnos, extrañado.

—Demócrito decía que cada ser de la naturaleza es como es porque sus átomos están ordenados de una forma determinada, de una forma natural. Son así porque no pueden ser de otra forma. Los átomos se aglomeran según leyes naturales, que existen por sí mismas, incluso puede que sin la intervención de divinidad alguna.

—Pero Platón rechazaba a Demócrito. ¡El presbítero dice que no hay nada que no provenga de Dios! —exclamó el hijo de un rico comerciante, contento de encontrar una excusa por la que huir de aquel grupo de aburridos.

—Entonces la teoría de Demócrito no tendría que atormentarte, porque también estaría inspirada por Él, ¿cierto?

El alumno lo miró dubitativo.

—Os daré mi opinión, aquí, de día y bajo la sombra de esta parra. Yo no hablo de creencias, sino de conocimiento. El mundo es como es por algún motivo. ¿Por qué las plantas son verdes y no azules? ¿Por qué brilla el sol? El día sigue a la noche, y luego el ciclo se repite. ¿Por qué? ¿Por qué arde la brea y no el granito? Ha de existir un motivo, y cuando se descubra, alcanzaremos el conocimiento.

—Pero, maestro —replicó el mismo discípulo—, dices con frecuencia que la verdad es única. Entonces, ¿por qué los presbíteros rechazan tu filosofía? ¿Por qué el almotacén también te mira con desprecio? ¿Quién tiene razón?

—Dímelo tú, ¿piensas que es cuestión de razón o de fe? Debéis librar vuestra lucha interior como yo hice; en mi juventud busqué respuestas en la antigua Nínive de Mesopotamia y en los desiertos de Persia. Debéis buscar vuestras propias respuestas; eso es lo que intento enseñaros.

 

Calínico cruzó la ciudad meditando las palabras de Ausonio. Si la verdad era única, ¿cómo descubrirla entre sus múltiples disfraces? Atravesó la enorme explanada que se abría frente al desmantelado templo de Júpiter, del que el emperador Justiniano había arrebatado ocho columnas para construir Hagia Sophia, en Constantinopla. Incluso bajo el dominio musulmán aún había seguidores de los viejos mitos asirios, ocultos en sus casas o en las zonas rurales en las afueras de la ciudad, junto al desierto, donde nadie los molestaba. Ellos ¿creerían también ser poseedores de la única verdad? Y su maestro ¿era el auténtico camino a la sabiduría, o estaba equivocado?

Calínico pensaba en el fuego. Podía quedarse horas mirando la llama de una vela. De los cuatro elementos era el que más le inquietaba, parecía vivo, el único capaz de crecer y desarrollarse, y no entendía por qué. ¿Qué tenía que tanto le atraía? A veces soñaba con imágenes confusas. Fuego, gritos, figuras que corrían, que podían ser su padre y su madre. Se preguntaba si él era el causante de ese fuego, si por eso era huérfano, si por eso le fascinaba tanto. El muchacho se alejó de los puestos de los vendedores y centró su atención en los lamentos que provenían de uno de los callejones en sombra. Vio a dos hombres que golpeaban a un viejo, dos ladrones que pretendían arrebatarle un cordero, que balaba lastimosamente.

—¡Que tu dios te proteja ahora, anciano! ¡Idólatra! ¿A qué dioses ibas a sacrificar este animal? ¿A tu dios del desierto? Suelta tu bolsa ya, o por Cristo que te saltaré todos los dientes.

Aquel anciano estaba condenado. Al sol, en la avenida principal de piedra, ninguno de los viandantes parecía oír nada ni mostraba interés por intervenir. Volvieron a golpear al anciano, que trató de resistirse hasta que cayó al suelo escupiendo sangre por sus labios partidos. En su zurrón se entrevió un cuchillo ceremonial que los dos hombres cogieron con avidez, mientras retenían al viejo contra el suelo pisándole el pecho. El cordero balaba aterrorizado.

—¡No! ¡Devolvédmelo!

—¡Aparta! ¡Es de oro! —El viejo consiguió liberarse y, arrastrándose, recuperó su bolsa—. Nos darán un buen puñado de monedas por él. ¡Sucio pagano! ¿Le dejamos marchar?

—No —contestó el otro ladrón, con una sonrisa torcida.

El anciano levantó la cabeza del suelo y vio a Calínico en la entrada del callejón.

—¡Ayúdame! —dijo dirigiendo hacia él una mano suplicante.

Calínico miró a un lado y a otro. Un pescadero vigilaba su carro masticando una brizna de paja. Dos mujeres que cubrían su cabeza con un velo cargaban con una cesta de verduras y charlaban sin parar, alejándose. La súplica del anciano se dirigía a él y, sin saber cómo, sorprendido de su audacia, se vio avanzando por el callejón. Dos hombres robustos contra un anciano consumido e indefenso. Era injusto.

—¡Fuera! ¡Largo! ¡Dejadle en paz! —dijo con una voz que parecía de otro.

Los dos ladrones se volvieron hacia él, olvidando al anciano. Este sacó un puñado de sal amarillenta de su vieja bolsa y agarró a uno de sus asaltantes por el tobillo. El ladrón se giró justo en el momento en el que el anciano le arrojaba la sal a los ojos.

—¡Ciego! ¡Estoy ciego! ¡No veo! —gritó el hombre llevándose las manos al rostro y dejando caer el cuchillo. El viejo lo recogió jadeante y trató de alejarse gateando.

El otro ladrón miró a su compañero y luego al muchacho. Calínico se lanzó contra él echando mano a su túnica, a lo que parecía una empuñadura. El hombre, de mirada cetrina, no se arredró y le dirigió a la cara un puñetazo que Calínico esquivó; el aprendiz soltó la empuñadura y usó sus puños para golpearlo en las costillas con toda la fuerza que pudo. Mientras Calínico se crecía, el ladrón retrocedió y su compinche se aferró a él.

—¡No veo! ¡No veo! ¡Ayúdame! —suplicó con los ojos enrojecidos a su compañero.

El ladrón miraba con una mueca feroz a Calínico, quien percibió su indecisión creciente. El joven le gritó con grandes aspavientos:

—¡Largo! ¡Largo de aquí! —bramó Calínico haciendo el amago de sacar su arma. Apretó la empuñadura con más fuerza y el matón dudó.

Al fin otros viandantes se asomaron al callejón y los dos ladrones huyeron. El cordero seguía balando aterrorizado. Calínico se agachó para ayudar al anciano a levantarse. Sus ropas estaban viejas y gastadas, y emanaba un hedor insoportable, como de animal salvaje. Murmuraba una letanía ininteligible. Los mirones desaparecieron.

—¿Estás bien? ¿Qué ha ocurrido?, ¿quién eres?

—Me llamo Arnabarces —dijo observando la empuñadura de Calínico. Era el extremo de un pergamino enrollado—. ¿Esa era tu arma? ¿Un papiro?

El viejo se echó a reír, aunque la expresión de su rostro cambió de pronto cuando se palpó el costado. La palma de su mano estaba ensangrentada, y el costado parecía hundido. Intentó caminar, pero cayó en brazos de Calínico.

—Esos salvajes te han roto las costillas. Necesitas a un médico.

Lo ayudó a incorporarse. Por debajo de la vieja camisa vio su piel tatuada con serpientes de grandes ojos y bocas abiertas. También vio un disco, un anillo alado. El viejo se desvaneció. Calínico lo sujetó, cogió la bolsa y asió la soga del animal para tirar de él.

 

Ausonio de Tiro no puso ningún reparo en acoger al anciano en su casa como muestra de caridad. Cuando lo desnudaron para lavarlo y curarlo, miró los tatuajes: varias serpientes se devoraban unas a otras. También parecía haber dragones; las llamas de las fauces se prolongaban por sus brazos hasta las muñecas.

—Este hombre no es bien recibido en esta casa —sentenció el maestro frunciendo el ceño mientras Timeo apartaba las hediondas ropas del anciano para quemarlas fuera, en el jardín.

Pese a su disgusto, Ausonio empapó un paño de lino limpio en agua, sal y romero para aplicárselo en el costado.

—Le dolerá, pero le curará. La costilla está en su sitio. La sal formará una costra y se le cerrará la herida. Ayúdame con el vendaje.

El viejo apenas se movió. Debía de estar muy cansado, del cuerpo y de la vida. Su respiración era regular, aunque débil.

—Sanará —dijo Ausonio—, pero en cuanto mejore deberá marcharse.

—¿Qué significan esas marcas, esos símbolos? —preguntó Calínico. Los tatuajes estaban interrumpidos en varias partes por viejas cicatrices.

—Son símbolos de antiguas creencias. Antiguas creencias que la gente del desierto aún no ha desterrado. ¿Ves el anillo? Representa a un dios del fuego. Salvar a un hombre supone una responsabilidad. Lo velarás durante toda la noche.

Calínico suspiró resignado. Aún no sabía qué le había impulsado a meterse en aquel callejón.

 

Al alba, cuando Calínico ya cabeceaba de puro cansancio, el viejo abrió los ojos y gimió débilmente, pidiendo agua. Se palpó el costado vendado y las ropas limpias. Miró con serenidad el lecho, la habitación recogida y la luz de la ventana.

—Aún no me has dicho tu nombre, joven desdichado.

—¿Desdichado?

—Lo leo en tus ojos. Algo en tu interior pugna por salir, a la espera de un cambio que no se produce. Los cambios hay que provocarlos. Aprende eso, joven.

—Me llamo Calínico.

—¿Dónde estoy?, ¿quién me ha vendado?

—Estamos en casa de mi maestro Ausonio. Él te curó. Me avergüenza decírtelo, pero quiere que cuando te sientas mejor abandones la casa. ¿Qué significan los símbolos que llevas tatuados? Hemos visto el disco alado y las serpientes.

Arnabarces se incorporó en el lecho.

—Agradece a tu maestro su acogida. Es cristiano y ha cumplido con su obligación: ser misericordioso con el prójimo. Pero mucho antes del cristianismo estaba Zoroastro. Calínico, ven conmigo y aprenderás cosas que no te enseñará tu maestro. Así yo pagaré mi deuda contigo.

—Te ayudaré a llegar a dondequiera que te dirijas.

Salieron de la ciudad y se encaminaron al este, hacia las colinas del desierto. El muchacho se sentía inquieto.

—Zoroastro vivió aquí mil años antes que ese mesías crucificado vuestro. Ahora, por todas partes, los seguidores de ese nuevo profeta de los hijos de Arabia proclaman la verdad de su dios. Pero no hay más dios que Ormuz. ¿Qué aprendes con tu maestro?

—Es un filósofo, un pensador, un físico. Tiene una gran curiosidad. Enseña la ciencia de la naturaleza.

—No todo es ciencia ni lógica, joven Calínico, a veces es importante tener fe. Mira hacia arriba, a aquellas colinas, ¿ves esa roca en forma de columna? Allí podrás encontrarme cuando hayas vencido tu miedo.

 

A su regreso, Ausonio lo recibió con frialdad.

—¿Por qué? ¿Por qué su fe es peligrosa? —lo cuestionó Calínico.

—La sabiduría tiene las respuestas, no la fe. Podemos predecir eclipses. Podemos elaborar vino. Podemos construir barcos y levantar pirámides, hijo. ¡Yo las he visto! Y no las construyeron los dioses, sino los hombres. No dejes que ese viejo te confunda con su palabrería.

Al hablar así, el maestro no sabía que ya era demasiado tarde.