El nombre del mundo

Denis Johnson · Capítulo 1 de 1 · parte 1/5

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El nombre del mundo

Nota del traductor

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

Denis Johnson

El nombre del mundo

ePub r1.0

Castroponce 16.10.2017

Título original: The Name of the World

Denis Johnson, 2000

Traducción: Rodrigo Fresán

Diseño de cubierta: Editorial

Editor digital: Castroponce

ePub base r1.2

NOTA DEL TRADUCTOR

 

El nombre del mundo —al igual que Hijo de Jesús, el otro libro del escritor Denis Johnson publicado en esta editorial— es, si nos atenemos a las leyes del tiempo y del espacio tal como las conocemos y utilizamos, uno de esos objetos extraños e inexplicables.

Seré más claro: El nombre del mundo es mucho más grande y largo por dentro de lo que parece por fuera.

Y El nombre del mundo es, también, una obra difícil de clasificar: ¿novela? ¿Reflexión filosófica? ¿Parábola religiosa? ¿Performance vanguardista? ¿Cripto-autobiografía? ¿Ensayo sobre el todo y la nada de la condición humana? ¿Sátira sobre la vida académica? ¿Historia de amor con final triste? ¿Historia de muerte con final feliz? ¿Manual de autoayuda? ¿Mensaje hallado en una botella? ¿Manuscrito perdido en una carretera?… Las posibilidades son infinitas y, seguro, el lector encontrará la suya, la que más le guste y le sirva.

Una cosa es segura, en El nombre del mundo Denis Johnson vuelve a explorar lo que es su Gran Tema: la expulsión desde las alturas de un infierno íntimo y único para descender al purgatorio común donde todos somos iguales. Y vuelve a hacerlo con ese particular lenguaje que distingue a toda su literatura y donde la oración y el verso son las dos cabezas en permanente diálogo de un mismo animal, un mismo estilo y un mismo inglés. Un discurso sin matices regionales donde todo rasgo de personalidad y origen —apuntalado sobre los cimientos de un idioma tan neutro como poéticamente preciso— está dado, siempre, por la potencia de una epifanía que recorre la historia desde la primera hasta la última palabra.

El lenguaje de la animación suspendida que sigue al alarido de un dolor insoportable —todos lo aprendimos, o lo estamos aprendiendo, o lo aprenderemos tarde o temprano— se habla y se entiende igual en todas partes, parece decirnos Johnson.

Tal es el criterio que se utilizó para esta traducción.

R.F.

Barcelona, julio del 2002.

Para Cha y Ellie

Desde los primeros días de mi adolescencia, he asociado todo lo que tiene que ver con el college, la vida académica, con ciertas imágenes que flotaban hacia mí, supongo, desde la pantalla de un televisor. En particular esas imágenes de las películas de los años treinta que solían emitir sin descanso cuando yo era un niño y, en especial, una determinada escena: jóvenes de rostros frescos que dejaban fuera una noche de otoño para sentarse alrededor del fuego de una chimenea en la casa de su querido maestro. Huelo el olor de la leña humeando en sus ropas y el aromático tabaco en la pipa del profesor, y siento la expansiva e incuestionable dulzura de la juventud, del otoño, del college: la dulzura de esta vida. No es que yo hubiera estado alguna vez enamorado de ese tipo de sueño, o siquiera atraído por él. Sucede que entonces llegué a la conclusión de que tenía que existir algo así en alguna parte. Mi propia carrera de estudiante se prolongó a lo largo de seis o siete años, interrumpida por arrebatos laborales y traslados a una segunda y después a una tercera institución educativa, y yo recuerdo todo eso como una sucesión de requisitos y ayudas económicas. No asistí a ningún partido de fútbol. No recuerdo haberme encontrado frente a ninguna chimenea encendida. Varios de mis profesores me habían impresionado, incluso provocado mi asombro, y su influencia me formó tanto como cualquier otra de las muchas cosas que había encontrado a lo largo del camino; pero jamás había podido echar una mirada dentro de sus hogares. Todo esto para decir que me sorprendió a mí mismo la gratitud con que acepté la invitación para enseñar en una universidad.

Yo tenía casi cincuenta años cuando se presentó la oportunidad. Al terminar mis estudios, enseñé en un colegio secundario más de una década, sumando puntos de posgraduado para mi currículo durante los veranos. Un día le escribí una carta a un candidato presidencial, aconsejándole sobre políticas y estrategias (se trataba del senador Thomas Thom, de Oklahoma; sus posibilidades se esfumaron a poco de empezar las elecciones primarias), y aunque yo no tenía idea de que a las personas que escribían semejantes cartas se les prestaba atención e incluso se les ofrecía un trabajo, en un abrir y cerrar de ojos pasé de ser míster Reed, el encargado de estudios sociales, a convertirme en Mike Reed, el escritor de discursos, el hombre todoterreno, el tipo al que podías confesarle lo que fuera en el guardarropas mientras buscabas tu abrigo. Así fue como acabé pasando casi doce años en Washington. Renuncié justo antes de que el senador Thom empezara su quinta legislatura. Acepté el trabajo en la universidad cuando rechazaron la idea para mi libro: había ofrecido un testimonio acerca de la influencia corruptora del poder, pero todo parecía indicar que a nadie le interesaba lo que pudiera contar semejante testigo.

Entonces me descubrí a mí mismo en el ala de estudios comparados del edificio de humanidades, aunque en realidad yo era un adjunto del profesor de historia. (El departamento de humanidades había sido disuelto tiempo atrás para formar más departamentos, departamentos más grandes; viejos edificios alguna vez ocupados por esos programas nutridos a base de las donaciones de unos patrocinadores que tarde o temprano desaparecerían para siempre una vez que hubieran agotado sus presupuestos. Así que de algún modo allí, en ese edificio, se había establecido la morada de la historia.) Yo impartía pequeños seminarios, pidiéndoles a estudiantes brillantes y desorientados que leyeran libros que yo ya había leído y después los escuchaba mientras leían sus ensayos para ser cruelmente criticados por el resto del grupo. En otras palabras, yo no hacía nada. Lo que de ningún modo interferiría con un glorioso futuro en aquel sitio, pero lo cierto es que descuidé la otra parte del negocio: las reuniones, los memorandos y todo eso.

Cuatro renovaciones en el puesto era el máximo establecido para mi tipo de cargo, y estaba cerca del final de la tercera renovación. Después del año siguiente, me obligarían a buscarme otro trabajo en otra parte. Mientras tanto, yo estaba de vacaciones.

Pero la gente en trabajos como el mío tiene que mantenerse alerta en busca de nuevas oportunidades, y así fue como un día yo estaba incluido en un grupo de once personas que cenaban en la casa de Ted MacKey, catedrático director de la escuela de música. La escena se aproximaba bastante a la de una película de los años treinta que representaba este tipo de vida: los copos de nieve cayendo afuera, en la noche de un pueblo universitario que amenazaba con quedarse él solo con todo el cascabeleo de las campanitas de trineos y las voces de los jóvenes cantores de villancicos, mientras en el interior de la casa, del tamaño de una posada, bebíamos ron caliente con crema alrededor de una llama amistosa que despedía una luz cambiante desde debajo de la lustrosa repisa de la chimenea, sobre las ventanas con cristales emplomados y sobre un antiguo telescopio negro y un monstruoso globo terráqueo de color beige que, hubiera apostado, presentaba a nuestro mundo como alguna vez había sido y como ya nunca volvería a ser. Bebíamos ron caliente con crema en una atmósfera que, en otras palabras, recordaba a la de una juguetería muy cara. Me ahogaba. Me ahogaba, aunque en otras universidades y en Washington había cenado en muchas casas exactamente iguales a esa, incluso había cenado aquí mismo, en la de Ted MacKey, dos inviernos atrás. Tal vez me ahogaba tanto por esa idea como por cualquier otra: la imagen mental de miles de moradas semejantes, juntas, ventana contra ventana, a lo largo del amplio e indiferenciable aire de un hechizo resistente, y en cuyo centro estaba yo: con una cuchara y un tazón y una sonrisa en todas y cada una de esas ventanas.

La cena de esa noche era para homenajear a un distinguido visitante a nuestro campus, el compositor israelí Izaak Andropov. Lo que ocurrió es que el homenajeado estaba con fiebre, y al final no pudo asistir.

Yo había venido para conocer a alguien, al amo de un feudo universitario llamado Foro para la Interpretación Erudita. El Foro tenía dinero. Tenían trabajos del tipo y nivel destinados a profesores adjuntos. Tenían oficinas, salario, todo lo que había que tener. Lo mejor de todo: no tenían obligaciones, no tenían clases. O algo así me había prometido Ted MacKey, dejando caer esta información del modo más casual, como si yo no estuviera buscando algún casillero para ocuparlo al cabo de un par de años. Esto sucedía constantemente; quiero decir, que gente que yo apenas conocía una y otra vez acababa sugiriéndome, de una manera u otra, que les gustaría ayudarme. De hecho, yo era el destinatario de mucha buena voluntad en más de una ocasión, bien porque unos odiaban al hombre para el que yo había trabajado en Washington y yo había renunciado a ese puesto o bien porque les gustaba y yo había trabajado para él. En cualquier caso, aquí estaba la oportunidad para prolongar mis vacaciones académicas por uno o dos años más. Nada sucedía en el Foro más allá de ocasionales conferencias a cargo de uno de los académicos, la mayoría de los cuales fueron en el pasado distinguidos alumnos de una de las diez grandes universidades, o algo así, y de vez en cuando arrastraban hasta el Foro las conferencias que habían estado empujando desde los días en que el enorme globo terráqueo beige de Ted MacKey sabía muy bien de lo que estaba hablando.

No creo que ninguno de los comensales se conociera entre ellos más que superficialmente, pero no teníamos que preocuparnos por conversar porque Ted MacKey había proyectado ofrecernos un pequeño concierto. Una joven tocaba la guitarra y otra el cello; después de ellas el hijo de Ted, estudiante de primaria, tocó el laúd con un asombroso dominio, vestido con su pijama y pantuflas de felpa, claramente concentrado no en sus dedos sino en la verdad de su música.

Yo estaba sentado junto al doctor J.J. Stein, el que tiraba de los hilos en el Foro para la Interpretación Erudita. Sirvieron una especie de caldo escocés. Aunque era consciente de haber disfrutado de demasiadas de estas cenas, en realidad no me importunaban mucho. En particular las de la universidad. Me gusta estar con gente a la que le gusta el lugar donde vive y trabaja. En el mundo académico, el mundo de la mente, mucho más que en el mundo de la política, es frecuente encontrarse con personas que se han ganado sinceramente su bienestar, al menos en un sentido: han avanzado y dejado atrás esas partes de la infancia tan desagradables para los académicos, los cerebros, los intelectuales. Y aquí están, al fin respetados y seguros, mientras otros andan arrastrándose como babosas por el mercado. El doctor J.J. Stein era la persona que yo hubiera visto cuando imaginaba una de estas reuniones antes de haber participado en alguna: un académico feliz y barbado que se estaba quedando calvo. Me dedicó una explicación del tipo que yo también hubiera esperado; los pensadores más increíblemente serios siempre tienen que explicar los nombres que escogen para sus proyectos, porque esos nombres suelen no significar absolutamente nada cuando los oyes: por qué «foro» era la palabra exacta, «interpretación» ofrecía el más perfecto de los sentidos, y por qué, una vez que habías considerado todas y cada una de las palabras del idioma inglés, «erudita» no podía sino ser el término ideal.

No tenía idea de acerca de lo deliberadamente ansioso por venderme que podía parecerle al doctor J.J., pero lo cierto es que yo tenía un proyecto que me interesaba desarrollar, un proyecto que requería varios ayudantes y más de una oficina, el tipo de empresa que podría enlazar a todo tipo de académicos y acabar produciendo una antología de ensayos sobre un mismo tema; esta fue la visión que evoqué mientras él me interrumpía con preguntas entusiastas y mientras la cellista, sentada al otro lado del doctor J.J., se iba poniendo encantadoramente achispada. A medida que exponía todo el asunto, se me ocurrió decir en voz alta que el doctor J.J. podría escribir la introducción a mi antología y utilizarla para exponer allí sus puntos de vista acerca del Foro. La cellista, una de las estudiantes avanzadas de Ted, empezó a mostrarse irónicamente interesada en el plan, y también empezó a hacer preguntas; muy pronto comenzó a interrumpir las interrupciones del doctor casi exclusivamente con unos «Oh… ¿de veras?». Era una pelirroja muy atractiva con un vestido de terciopelo azul que se había sentado a la cabecera de la mesa porque, a mitad de la comida, había cambiado su puesto por el que estaba reservado y vacío, el sitio de honor sin ocupar de Izaak Andropov. Sus mejillas de marfil y sus hombros de marfil se ruborizaron, y su voz adquirió un timbre musical y peligroso. No estoy seguro de por qué resulta siempre tan placentera la experiencia de ser testigo de cómo una persona joven y con talento hace ligeramente el ridículo en una reunión un tanto envarada como aquella. En cualquier caso, mientras ella parecía atraer toda la atención a nuestro sector de la mesa, tal vez para convertir todo el episodio en algo memorable, yo sentí que mi propia elocuencia sería olvidada con rapidez, y lo cierto es que no lo lamenté del todo.

Después de los postres, Ted invitó a tres o cuatro de nosotros a que lo acompañásemos a la parte alta de la casa. Desde el tercer piso ascendía una escalera de caracol que iba a dar a una especie de cúpula en el tejado, una curiosa estructura parecida a una pajarera de cristal, digamos de unos cuatro metros de diámetro, sin ningún tipo de iluminación artificial. Así que nuestro pequeño grupo se descubrió repentinamente de pie en la noche, bajo el cielo. El mal tiempo había pasado, la nieve se había desprendido de los cristales y había estrellas y luz de luna, nubes decorando el negro firmamento.

—Esto solía ser una especie de lugar de reunión para las señoras [1] —nos explicó Ted—, pero como pueden ver se ha convertido en un… bueno, a decir verdad no tengo la menor idea de en qué se ha convertido. Por eso traigo a la gente aquí arriba: para ver si alguien alguna vez puede explicarme si este lugar tiene algún tipo de finalidad reconocible.

Ninguno de nosotros reconoció su finalidad. Y al final yo me quedé allí para meditar sobre el asunto en compañía de Heidi Franklin, historiadora del departamento de arte. Una mujer amable pero un tanto extraña, del tipo afectado y desesperante: una mujer sin gracia. Creo que tengo derecho a hacer semejante comentario porque yo tampoco tengo gracia y soy mayor que ella, por lo que no tengo gracia desde hace todavía más tiempo. Tengo uno de esos rostros de bebé eterno, querúbico, que ha superado los cincuenta años pero que aparenta bastantes menos, con ojos azules y alegres y, a pesar de todo eso, común, sencillo: sin gracia. Nos quedamos ahí, en la resplandeciente oscuridad, probablemente hablando en voz baja sobre las estrellas. Heidi podía llegar a estar interesada en una última copa en alguno de los bares del centro; yo también. El que ninguno de los dos pusiera su dedo en ese platillo de la balanza, por así decirlo, e inclinara la noche en esa dirección, tal vez se debiera a que era más que seguro que los dos fuésemos conscientes, yo lo era al menos, de que nos habían dejado a solas a propósito. De haber preguntado, hubiera sabido que ella era soltera, como yo, o, peor todavía, tal vez recién divorciada, del mismo modo que yo acababa de enviudar.

Cuando digo «acababa de enviudar», no lo digo en el sentido en que podría referirme a un coche que acabo de comprarme o una película que acabo de ver. Hablo de eso como hablaría sobre el reciente cambio climático del planeta, de una reciente guerra o de unos recientes… creo que esto basta para explicarme. Habían pasado casi cuatro años, el tiempo suficiente para ser considerado, una vez más, disponible. Por lo menos así me catalogaban varias personas, y yo no tenía ganas de ponerme a discutir con ellas.

Cuando de algún modo se llegó a la decisión de que la velada había llegado a su fin, todos los invitados partieron de golpe, y los conductores encendieron el motor de sus autos y se sentaron dentro con las puertas abiertas mientras todos se despedían por segunda vez. Aquí y allá, en las encinas, la nieve caía entre las hojas y alcanzaban el suelo luego de sacudir las ramas. Todos nos cubrimos con gorras y bufandas, todos a excepción de la cellista que iba con la cabeza descubierta y su abrigo sobre un hombro. Bajo la luz fluorescente de las lámparas del arco de la entrada, ella tenía una palidez de espectro, su vestido de terciopelo azul parecía ahora teñido de un negro como el que se usa durante un período de duelo. Oí que dijo tres palabras: «¿Cuerdo?

o ¿lerdo?»[2]. Su abundante cabello rojo parecía púrpura, sus inmensos ojos azules parecían falsos, inhumanos, sus labios destacaban rígidos en su rostro. Conversaba con la persona que la había acompañado, olvidando la existencia del resto de nosotros, del antiguo resto de nosotros; del cuerdo, del lerdo, del resto de nosotros. Sentí un gran afecto por ella, encantado por su presencia, tal vez porque estaba borracha y nada parecía importarle.

—Lamento el que nos hayan apartado de nuestro tema hace un rato —me dijo J.J. Stein mientras salíamos—. Venga a verme alguna vez. No hace falta que acordemos una cita. Le mostraré cómo funciona el Foro.

—Perfecto. Me encantará conocerlo.

Ted MacKey, alto y elegante y con cabello que comenzaba a ser blanco en los sitios justos, nos observaba desde la calidez ambarina de su hogar, al otro lado del cristal de la ventana, saludándonos con las manos en alto. Ted no había resultado ser como yo imaginé en un principio. Durante el resto de ese invierno volvió a incluirme en un par de reuniones, mucho menos formales, y se reveló como una especie de bohemio. Un trompetista de talento que disfrutaba de amistades con todo tipo de sofisticados músicos de jazz de voz suave y labios apretados, músicos de jazz que llegaban desde todas partes del Mississippi para comer su comida, beber su alcohol y tocar con él improvisando en tríos o cuartetos. Lo incluían en sus grupos no por condescendencia, debo aclararlo, sino claramente honrados de poder hacer música a su lado. Esos hombres, en ocasiones mujeres, sabían cómo hacer pasar sus almas a través de sus instrumentos pero cuando no los hacían sonar, solo podían expresarse, me di cuenta entonces, apenas por unas inclinaciones de sus cabezas, cuando encogían sus hombros o dejaban caer un poco los párpados.

Ese era también el estilo de Ted MacKey. Fuera de contexto, siempre me había parecido alguien típicamente profesoral. Y así como la gente solía confundirlo con algo que él no era, también Ted MacKey y sus colegas tendían a malinterpretarme a mí. Yo había llegado a su mundo como alguien en estado de shock, asqueado de la política y flamante —entendiendo por esto lo contrario que «reciente»— en su viudez. En los cuatro años de nuestra superficial relación, Ted había reinterpretado mi constante parálisis como una forma de desinterés o ironía. Yo era hip, yo era beat. Yo podría haberme sentado junto a Chet Baker de haber sabido tocar algún instrumento. En cuanto a mis colegas profesores de historia, ellos confundían mi insensibilidad

con puro terror. Me miraban y veían a alguien como J. Alfred Prufrock[3]: me miraban y veían a alguien como ellos mismos.

Las reuniones en la residencia de Ted eran una especie de alivio. Un consuelo si se comparaba no solo con las reuniones y las grises comidas con las envaradas figuras en que nos había convertido el departamento de historia, sino también con la negrura de mi cuarto invierno en este lugar. Las vacaciones de un mes durante las Navidades eran algo terrible para los miembros del departamento. Yo me quedaba en el pueblo universitario súbitamente desierto, como había hecho todas las Navidades y, cuando las clases se reanudaban, todo hacía pensar que los otros profesores habían padecido alguna terrible forma de tortura durante las vacaciones. A Clara Frenow, la directora, le habían diagnosticado cáncer y había comenzado con la quimioterapia. Mientras tanto, nuestro único colega de raza negra y el único de nosotros con algo parecido a una personalidad, un hombre llamado Tiberius Soames, un casi patológicamente brillante antillano que daba sus clases con tanto fervor y entusiasmo que había conseguido duplicar el número de licenciados en historia desde su llegada a la universidad, súbitamente se hundió en el abismo y fue hospitalizado víctima de una fuerte depresión. Dos semanas después del asueto invernal estaba de regreso, frágil y extranjero, intentando llevar a cabo una dolorosa imitación del que alguna vez había sido. Otros cayeron víctimas de sus respectivas malas suertes: un hijo arrestado por tenencia de drogas, una casa de verano repleta de reliquias familiares que ardió hasta los cimientos, un caso de bloqueo de escritor que provocó la ruptura del contrato para escribir un libro de texto, problemas en el joven matrimonio que compartía una cátedra a tiempo completo.

Por mi parte, yo continué igual que había sido durante años. Acudía a donde me invitaban. Leía mucho en la biblioteca. Iba solo al cine. Miraba a los patinadores en la laguna del campus. Y, más de lo que me gustaría admitir, mantenía conversaciones imaginarias con un hombre llamado Bill en las que hablaba una y otra vez de lo mismo que había venido hablando desde la muerte de mi mujer y de mi hija. Mientras andaba por ahí como paralizado o ajeno a todas las cosas, mis pensamientos giraban una y otra vez como esos perros que persiguen a una liebre mecánica.

Tal vez por esto los jóvenes patinadores parecían tan a gusto, aun en los días más fríos. Durante las horas del día, en lo que se conocía como el Middle Campus, entre la facultad de derecho y la de ciencias sociales, llegaban entre una docena y cien chicos y chicas para patinar en una laguna helada con una pequeña e inabordable isla en el centro. Una monolítica isla hecha con rocas, con una escultura en su punto más alto —formas soldadas con láminas de metal rojo— contenida por el anillo de una barandilla. Todos patinaban a su alrededor en un mismo y único sentido. «Laguna» tal vez no sea la palabra correcta. Me dijeron que no llegaba ni al medio metro de profundidad. Así que era una lagunita en la que reflejarse, del tamaño de dos campos de fútbol. Siempre había algunos trémulos principiantes aferrándose a las barandillas, pero en su mayoría estos jóvenes estudiantes se sentaban en los bordes de piedra, se calzaban sus patines, y enseguida se ponían de pie para adentrarse con una zancada experta en esa especie de carrusel invisible. No parecía que estuvieran practicando ejercicio o gimnasia alguna. Ninguna liebre los eludía. Se desplazaban en un círculo sin fin, pero no iban detrás de nada.

Yo solía comer en la cafetería que estaba en el sótano de la facultad de derecho y después caminaba por un sendero para bicicletas alrededor del Middle Campus, deteniéndome a mirar a los patinadores hasta que el frío me obligaba a seguir caminando más allá de la laguna y los edificios de ciencias hasta el museo de arte. Eso fue lo que hice aquel 20 de febrero, cuarto aniversario del accidente que acabó con mi familia. Contemplé un rato a los patinadores y luego me fui a ver a Bill, el hombre con quien yo era tan sociable, como ya dije, dentro de mi cabeza.

Nuestra amistad era solo una creación de mi mente, pero Bill no. Lo veía una o dos veces a la semana. Trabajaba en el museo de arte. Yo iba a menudo a ver un dibujo en particular. Bill era el vigilante; por lo general se paraba a mi lado, con sus pantalones azules, camisa blanca y una credencial en el pecho donde se leía su nombre: W. Connors. En una ocasión me presenté y él me dijo su nombre de pila. Era un hombre de raza negra de alrededor de cuarenta años.

Que este dibujo me afectara tanto como para venir a contemplarlo una y otra vez, casi con voracidad, ya me parecía un comportamiento comprensible para una persona que había pasado junto al cuadro el tiempo suficiente como para penetrarlo, y ser penetrado, tal vez sin la complicidad didáctica del experto en arte, pero aun así penetrado por y penetrando en su mensaje.

Yo sentía cierta camaradería con Bill. Una camaradería ilusoria, como esas extrañas y perturbadoras vinculaciones que puedes llegar a establecer con un desconocido que se vuelve a mirarte durante un segundo mientras tú pasas en un tren. Alguien que, de golpe, se instala en el marco de tu cuadro del mismo modo que tú ocupas el marco del cuadro de él, los dos mirando desde extremos opuestos el mismo cuadro; creo que entienden lo que quiero decir: es ese segundo que se tarda en abrir y cerrar los ojos, pero que nunca llega a modificar la totalidad del cuadro. En cualquier caso, me gustaba pensar que él y yo compartíamos algo, cada uno de nosotros, Bill Connors y yo, totalmente implicados en lo que ocurría dentro de ese marco.

El cuadro era un dibujo de autor anónimo que casi cualquiera en el planeta podría haber ejecutado, pero lo cierto es que había sido un esclavo de Georgia quien lo había dibujado. Los dueños de la obra, una familia del condado de Camden, habían encontrado el dibujo en el ático de la vieja mansión familiar. Estaba realizado con tinta sobre una sábana de lino y consistía en un pequeño, solitario y perfecto cuadrado en el centro de la tela rodeado por líneas concéntricas a mano alzada. Un profesional que hubiera utilizado los instrumentos necesarios habría realizado miles de cuadros concéntricos con las líneas concéntricas a cuatro o cinco milímetros de distancia de cada uno. Pero, como ya dije, con excepción del cuadrado central, el resto del dibujo había sido hecho a mano alzada: cada imperfección involuntaria se contagió escrupulosamente a la siguiente línea y, como cada uno de los sucesivos cuadrados iba aumentando de tamaño, cada una de las sucesivas imperfecciones también era más grande y evidente, de modo que los trazos más largos y cercanos al marco ya no eran más cuadrados sino delirios caóticos.

A mi modo de ver, este proyecto secreto del esclavo sin nombre, nunca sabremos si fue un hombre o una mujer, nos implicaba a cada uno de nosotros. Allí estaba todo, como en un mapa: el camino hacia nuestra grandeza. Aunque simple y obvio como manifestación de arte, el dibujo retrataba la tonta y desamparada tendencia que tienen las cosas fundamentales para salirse de su ruta y convertirse en un sinsentido. El dibujo ilustraba el grotesco nácar de la iglesia cubriendo el grano de arena de su corazón y tradición; el dibujo hacía evidente la perniciosa aplicación fuera de contexto de ciertas reglas de ciertos gobiernos; el dibujo nos implicaba a todos en esa gradual apostasía con que íbamos recubriendo cualquier cosa perfecta que hubiéramos descubierto o creado.

Implicado. No me ocurría solo a mí. Había conversado con muchas personas que habían visto esta obra y su reacción había sido la misma pero, no sé si puedo explicarlo, manifestada de maneras muy diferentes. Se sentían incómodos frente a ella, confundidos, desafiados. Supongo que era eso lo que la convertía en arte y no en un dibujo sin más.

La obra no era particularmente hermosa, a menos que te guste observar los anillos en el tronco de un árbol recién talado, ni siquiera tan absorbente y misteriosa como, digamos, un pedazo de madera. Las entidades de la naturaleza, las nubes, el mar, tienen cuatro dimensiones, lo mismo que un pedazo de madera que te invita a pensar que cada uno de sus anillos llevó un año en ser trazado. El dibujo de autor anónimo no era otra cosa que un montón de sufriente concentricidad, pero decía una verdad. Me convertía a mí en una suerte de fundamentalista. Yo no iba a «contemplarlo». Yo iba allí a oír mi sentencia.

No puedo decir que recuerde mucho de esa visita concreta al museo. Pero debía de parecer alguien más atormentado de lo habitual en ese día, un terrible aniversario, porque decidí hacer memorable lo que quedaba de él llamando a Heidi Franklin, la historiadora de arte con quien había flotado brevemente en una cápsula transparente sobre los primeros y contados momentos de ese largo invierno, en la casa de Ted MacKey, en esa especie de jaula de cristal donde alguna vez se habían reunido las viudas.

Cualquier cosa que hiciera ese día en el museo, debía de haber tenido alguna conversación sin palabras con Bill en la que nos reconocimos el uno al otro superficialmente, aunque me pregunto si él me había reconocido a mí. Durante los últimos cuatro años se había dejado crecer un bigote y conseguido una silla en la que se sentaba mostrándose aburrido pero no distraído. Desde luego que, seguro, no le llevaría mucho tiempo contar su dinero. Tal vez tuviera una jubilación del ejército o algún otro ingreso que le permitiera vivir sumándolo al sueldo de policía de alquiler.

Lo saludé con una inclinación de cabeza, sonreí. Bill hizo lo mismo. Yo pensaba que en alguna de las encrucijadas de su vida, Bill había tomado decisiones que en su momento no fue consciente de haber tomado. Decisiones que le habían hecho ganar medallas o que habían decepcionado a sus camaradas… Tal vez fuera todo producto de mi imaginación, pero estaba seguro de ver en su mirada el reflejo de una vieja guerra que aún no se había desvanecido del todo en sus pupilas.

A esto era lo que nuestras conversaciones imaginarias —es decir, perdónenme, mis conversaciones imaginarias— se referían a menudo. Los puntos indiscernibles, las pequeñas monedas en las que el destino se manifiesta con una cara o con otra. No le explicaba a él más de lo que le explicaba a cualquier otra persona, pero él me hablaba sin inhibiciones de cómo había sido su vida después de que le pasara o no le hubiera pasado aquello. O de cómo después de eso ya le resultó imposible decidir o no decidir cualquier cosa. Cómo, a partir de un punto de ese viaje que lo alejaba de la tristeza, se internó a solas en un túnel donde no había nadie con quien hablar ni nadie a quien pedir socorro. Por culpa de las consecuencias, de esas consecuencias que tienen lugar en un segundo y que hacen que todo lo que hizo o dejó de hacer se convirtiera en algo imposible.

Por supuesto que yo conversaba con él en mi imaginación, que toda la conversación era un monólogo y era sobre mí. Exilio, indiferencia, parálisis, miedo —todas esas cualidades que la gente proyectaba sobre esa superficie plana y blanca que era yo— tenían que ver con cualquier cosa que hubiera acontecido después del accidente en el que perdí a mi mujer y a mi hija. Todo ocurría a pesar de su completa imposibilidad. Incluyendo mi decisión, tomada ese mismo día, de ir al departamento de arte en busca de Heidi Franklin.

Las puertas del edificio de bellas artes daban a un espacio pavimentado, casi un patio, que también servía como entrada al museo. Al caminar sobre este sendero de cemento en el clima helado, al alejarme de las rutinas que me había impuesto para ir a ver a una mujer, yo no estaba haciendo nada especial, no sentía que estuviera sacudiendo las partes muertas de mi vida. Podría haber pensado eso tres años atrás, cuando todavía confundía mi parálisis con el simple pesar. Pero no era algo tan simple.

El día del accidente, nuestro vecino recogió en su auto a Anne y Elsie, mi mujer y mi hija, delante de nuestra casa y giró en redondo para poner rumbo hacia la autopista. Los detuve con un gesto y me incliné hacia la ventanilla del conductor. La noche anterior había nevado con fuerza. Las calles estaban peligrosas. Pensé que lo mejor era tomar el atajo por el camino de grava que llevaba al pueblo, pensé que lo mejor era mantenerse alejado de las vías rápidas. El auto había apuntado primero hacia el atajo pero ahora había girado.

—¿No vas a ir por el pueblo?

—No, porque están en obras.

—Es domingo —le dije al anciano—, no trabajan.

Todos conocían a nuestro vecino, el general Neally, retirado hace muchos años de la Fuerza Aérea (y, ya que estamos, viudo); sabían que era un caballero vigoroso a la hora de jugar al tenis y definitivamente sureño al poner por escrito sus memorias. Pero en los últimos tiempos parecía más frágil, pensé. Una vez, cuando lo contemplaba salir hacia el camino en su Cadillac y deteniéndose para mirar a derecha e izquierda, derecha e izquierda y otra vez, derecha e izquierda, me pareció más confundido que cauteloso y me pregunté si debería seguir conduciendo. Tan solo un par de semanas antes del accidente, el general y yo nos habíamos cruzado buscando el correo en nuestros buzones y me invitó a tomar un café en su cocina. Mientras abría y cerraba cajones para prepararlo cayó en un profundo silencio y, rascándose la cabeza, se volvió a mirarme y, con la más absoluta de las sorpresas, exclamó: «¿Qué es lo que quieres?».

Pensaba en todo esto mientras me inclinaba hacia la ventanilla del conductor sin siquiera dedicarle una mirada a mi familia sentada junto a él. Pensaba seguido en esto: debí haber buscado sus rostros por última vez, pero no lo hice y le dije al general: «Ve por el camino de grava, es más corto». «Me gusta más la autopista», me dijo. Y se alejó conduciendo. Yo me quedé allí con un último comentario en la punta de la lengua: «Ve por el camino de grava. Es más seguro». En la punta de mi lengua. Todavía podía sentir su sabor en mi boca. Si solo hubiera llegado a decirlo. Aunque hubiera vuelto a rechazar mi consejo, por lo menos le hubiera retrasado un par de segundos más, y tal vez todos ellos estarían hoy vivos. Durante las terribles semanas que siguieron, la imaginación me propuso otras muchas cosas que yo podría haber hecho. Hubiera podido decirles que se quedaran en casa, pedirles un taxi o no haber llevado nuestro propio coche al garaje hasta un par de días más tarde (estaba allí para una revisión de rutina, por las condiciones de la garantía). Podría haber comprado un segundo auto… pero no lo necesitábamos: yo utilizaba la limusina del senador para ir al Congreso todos los días. Así que no dije nada, y se fueron.

A diez kilómetros de casa, el general llegó a una señal de stop, hundió el pie en el freno y patinó sobre el hielo hasta quedar frente a un camión que venía a unos ochenta kilómetros por hora. (Un camión cargado de flores. No estoy seguro —no estuve en el sitio del accidente—, pero cabe pensar que había flores tiradas por todas partes.) Anne y Elsie murieron en el acto. El general aguantó veinticuatro horas más pero nunca llegó a recuperar el conocimiento. Que todos ellos descansen en paz.

Ese día de invierno, exactamente cuatro años después, yo recorrí ese patio, pasé frente a las esculturas sin limpiar y crucé las puertas del edificio de bellas artes. Transité por los túneles, como había venido haciendo durante cuatro años. Di cada uno de esos pasos sin ningún tipo de embotada curiosidad —sin pensar en lo que me esperaba más adelante, porque nada me interesaba menos— sino preguntándome si sería capaz de dar un paso más en esa nueva dirección. No había encontrado gran cosa que me interesara a lo largo de mi camino. A riesgo de forzar demasiado la situación en la que me encontraba, diré que a menudo cambié de dirección en la oscuridad y me pregunté si no habría entrado en un laberinto.

El edificio de bellas artes era viejo, con techos altos que hacían que los vestíbulos parecieran haber sido estrechados y construidos para adecuarse a las proporciones de alguna antigua y extinguida raza de catedráticos. El lugar olía a aceites, pegamentos y madera vieja. No esperaba encontrar a Heidi. Pensé en dejarle una nota en su oficina. Un joven con una perilla grasienta y el resto de su cabeza afeitada parecía estar a cargo del lugar. Cuando le pregunté por Heidi Franklin, se agachó detrás de su escritorio y desapareció por completo. Me asomé por encima del escritorio y lo vi casi acostado, manipulando el enchufe de su máquina de escribir eléctrica.

—Tal vez esté en la performance —dijo.

—¿Puedo dejarle una nota?

Se puso de pie y noté un astuto detalle de estilo en lo que me había parecido una forma de vestir descuidada y moderna: uno de esos Lacoste de color azul grisáceo. Donde debía estar el pequeño parche con el cocodrilo de la marca, la tela estaba rota, como si lo hubieran arrancado de un tirón, dejando ver un pequeño pedazo de pecho desnudo en el que se había tatuado un pequeño cocodrilo.

—Búsquela en la Performance del Cañón. Aula 8.

—¿La Performance del Cañón? Suena a algo peligroso.

—Estoy seguro de que esa es la idea.

Encontré el aula 8 a unos pocos metros y me asomé por la puerta entreabierta para ver a un grupo de estudiantes, digamos que un par de docenas de ellos, la mayoría despatarrados en el suelo, otros sentados en banquetas altas, todos vestidos y adornados según la moda tan expresiva como desaliñada de los integrantes de todo departamento de arte. Habían puesto los caballetes a un lado y las banquetas y sillas juntas y ordenadas. El aula, una habitación grande, se encontraba en completo silencio. Pero yo no podía ver ninguna performance, nadie estaba actuando, a pesar de que podía ver perfectamente buena parte del aula. Entré sin hacer ruido y me senté en uno de los pupitres de madera junto a la puerta, sintiéndome más parte del batiburrillo de cajas, trapos y caballetes que del público. Ahora podía ver en una de las esquinas más cercanas del aula, en una pequeña plataforma, a una mujer sentada sobre una mesa con las piernas bien separadas, el pie izquierdo subido, y el derecho colgando. Una mujer joven, completamente desnuda de cintura para abajo a excepción del calzado —un par de zapatillas negras y altas, con los cordones desatados, uno color púrpura o algo así, oscuro, y el otro blanco o gris— y concentrada en afeitarse su monte de Venus cubierto de espuma de jabón. Utilizaba una de esas maquinillas desechables de color rosa. Me senté lo suficientemente cerca para apreciar todos estos detalles y colores. La mujer tenía problemas con esta operación, daba golpes como pinceladas con su maquinilla para acto seguido enjuagarla con vigor en un bol con el esmalte cuarteado y lleno de agua; hacía esto cada dos pasadas de la maquinilla que, luego, sustituía por otra que sacaba de una bolsa de plástico llena de maquinillas.

Tardé un poco en reconocer en ella a la chica que había conocido en casa de Ted MacKey la misma noche en que me había cruzado con Heidi Franklin. Me refiero a que se trataba de la cellista del vestido azul que había bebido de más. Intenté limitarme a apreciar los datos más convencionales y visibles: tenía pelo rojo, bonitos ojos azules, los suaves círculos violetas bajo ellos ahora más pronunciados por la palidez de su cuerpo. Tenía puesta una gorra de béisbol amarilla y una camiseta azul en la que se leía la palabra Edgars en cursivas blancas sobre sus pechos.

Mi intención había sido sentarme lejos de la vista de todos, pero como el estrado llegaba hasta esta esquina, mi esquina, donde jamás pensé que podía estar, lo cierto es que me encontraba casi sentado sobre el regazo de la performer. ¿Se movían las pecas por sus rodillas? Mientras me inclinaba para comprobarlo, me contuve a mí mismo, terriblemente avergonzado por mi actitud. Pero nadie me miraba. Los estudiantes asistían concentrados, como los invitados a un quirófano, con esa actitud colectiva que parecía un tanto clínica si no saciada, satisfecha: ella era una artista, eso era todo. Yo no podía imaginar por qué el número se llamaba la Performance del Cañón.

Muy cerca de mí había un profesor. Un hombre bajo y de pecho poderoso vestido con vaqueros y una sudadera roja. Parecía uno de esos tipos duros y ruidosos, pero en ese momento no pronunciaba palabra alguna. Y supongo que no se sentía muy duro. Jamás me fue presentado, ni entonces ni después, así que nunca pude preguntárselo.

Al terminar la sesión, la performance pareció concluir con una toalla de mano color blanco secando y limpiando los restos de espuma que quedaba; la chica cerró las piernas, se estiró hacia abajo el ruedo de su camiseta azul y, con la mano que le quedaba libre, buscó sus vaqueros y dejó a un lado la toalla; los otros comenzaron a moverse por la habitación; yo me fui. Salí al patio lleno de figuras metálicas y caminé de obra en obra, frunciendo el entrecejo con tal fuerza frente a ellas que, en algún momento, fui consciente de un alfilerazo de dolor justo entre las cejas. Todas las esculturas me parecían inertes, desarticuladas, sin sentido. Y más les vale creerme si les digo que me había olvidado por completo de Heidi Franklin.

En contra de mi costumbre, salí de allí y fui caminando hasta la facultad de derecho. ¿Qué era lo que había presenciado? No comprendía el objetivo de la performance pero su efecto había sido como el de una paliza y ahí me quedé, frente a la laguna helada por donde se deslizaban los patinadores, aferrado a la fría barandilla con mis manos desnudas, desorientado, no por primera vez, en este campus, por toda esa juventud que bullía a mi alrededor. La laguna estaba cubierta por una especie de nube que se elevaba desde el hielo, la isla de su centro era casi invisible a mis ojos. Y ominosa. Algo que parecía acercarse a mí, la llegada de algo espectral, el barco fantasma de las leyendas de los marinos.

Me quedé allí media hora contemplando a los jóvenes patinadores e intentando relacionarlos con lo que acababa de ver en el aula 8. Pero el intento en sí mismo se me antojó una forma menor de la histeria. ¿La Performance del Cañón? Estaba claro que yo me sentía como si una bala de cañón hubiera hecho blanco en mí.

Ahora, frente a mí, aparecía otro vívido paisaje —juventud, frescura, vigor, el mismísimo aliento de la vida brotando de sus bocas—, la visión cinematográfica, viniendo hacia mí y saliendo de entre la niebla, ganando sustancia hasta convertirse en algo asombroso. Colores brillantes, el vapor de sus respiraciones, sus palabras y sus risas, el gemido de los filos de sus patines, todo eso no era nada. Desde otro punto de vista, estos mismos jóvenes parecían no ser una perfecta ilustración de la vida y de la juventud y de los juegos sino del entrenamiento. Todos en fila siguiendo un mismo curso y sentido, como en un desfile militar. Sus rostros cambiaban, pero todos eran parte de un mismo círculo, y este círculo me hizo recordar aquel dibujo del esclavo que tanto me había impresionado, aquella línea que intentaba seguir el trazo original hasta dejar de ser una fallida repetición, una parodia involuntaria, y convertirse en una abominación de la ignorancia.

Yo mismo estaba inclinado como un patinador, todavía aferrado a la barandilla e inundado por lo que me pareció una sensación de verdad y afirmación, avasallado y tranquilo en el momento exacto de una revelación: supe que cada uno de esos patinadores tenía mi rostro.

A lo largo de exactamente cuatro años yo había vagado así por mi propio pasado. Un fantasma agitándose en la niebla. Moviéndome en círculos, rindiendo culto, cuidando de ese inmenso y velado monolito. Y regresando casi día tras día a contemplar el dibujo del esclavo del mismo modo en que un actor desfigurado se ve una y otra vez atraído por el misterio de su rostro en el espejo. Ahora la lección estaba clara: yo me había alejado más y más de su centro, mi rumbo estaba menos y menos sujeto al dictamen de la forma central. Comprendí que desde hacía tiempo yo poco tenía que ver ya con las fuentes de mi dolor. De hecho, me había liberado de ellas. Aunque mi devoción seguía siendo fuerte.

Nada me era exigido. Solo tenía que poner un pie delante del otro y así un día me alejaría lo suficiente de mi oscuro y helado sol como para poder romper con gentileza las obligaciones de mi órbita.

Ajusté el cinto de mi abrigo no sin esfuerzo; mis manos ya no sentían casi nada el frío. Me acomodé mejor la bufanda alrededor del cuello y me puse los guantes. Me alejé de esta revelación y tomé el camino de regreso al mundo, hambriento por conocer las noticias sobre mi persona. ¿Qué iba a ocurrirme ahora?

No puedo afirmar que simplemente el siguiente pensamiento se me ocurriera entonces, porque lo cierto es que era uno de esos pensamientos que me acompañaban siempre y que, de vez en cuando, ascendían a la superficie desde las profundidades, eso es todo: en unos pocos años, mi hija hubiera ido al college. Me hubiera encantado que pudiera girar hasta detenerse por un momento junto a esta barandilla y riera con esa dulce risa de las viejas películas que pasan por televisión. Más que nada me hubiera gustado que Elsie hubiera crecido hasta convertirse en alguien como… pero no podía recordar el nombre de la cellista.

Esta ansiedad se mantuvo fresca por un tiempo, unos pocos días, algo más de una semana. Entonces, agobiada por nubes bajas y grises y temperaturas mínimas, acabó esfumándose. Pero yo esperaba que algo ocurriera.

Un cambio de clima a finales de febrero dio lugar a una sucesión de tormentas de nieve a principios de marzo. Los meteorólogos no podían evitar repetir una y otra vez la frase «como una manta cubriendo el Medio Oeste». El pueblo adquirió esas curvaturas de ciertas villas alpinas en las fotografías. Los patinadores se marcharon. La laguna helada y hasta su barandilla desaparecieron bajo la nieve. Las esculturas rojas en la cima del monolito también quedaron cubiertas de blanco. Los tejados se vinieron abajo por el peso de la nieve, vehículos y ganado fueron sepultados, se paralizó toda forma de viaje y de transporte. Todos sufrieron hasta que bien entrado abril los cielos no se abrieron y los campos blancos comenzaron a deshelarse.

El clima nos había derrotado a todos. Las dificultades, las demoras, todos íbamos rezagados de un modo u otro. Para cuando fue posible ir a visitar a J.J. Stein al Foro para la Interpretación Erudita, yo estaba casi seguro que él ni siquiera recordaría nuestro encuentro.

Jamás había visto el sitio en el que se encontraba el Foro, un extraño pedazo de nuestra estructura universitaria a unos veinte kilómetros, en las afueras del pueblo, en un edificio que había sido un asilo para lunáticos en los días en que este tipo de institución era conocida por semejante nombre. El día en que decidí visitar el campus conocido como Swan’s Grove, la Alameda del Cisne, el clima parecía recién hecho. Los filos del invierno habían sido empujados fuera del paisaje, las aceras estaban libres de nieve y las carreteras ya no estaban mojadas por el hielo. La nieve profunda de los campos se había derretido y solo llenaba hoyuelos que se habían convertido, aquí y allá, en cráteres con hierba húmeda en su interior.

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