El puente de Aviñón
Start
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
El puente de Aviñón
Sobrecubierta
None
OceanofPDF.com
Trilogía Templaria 1
El puente de Aviñón
Thomas R. P. Mielke
Título original: Die Brücke von Avignon
© 2004, Fischer Taschenbuch Verlag in der S. Fischer Verlag GmbH, Frankfurt am Main
© 2006, Sofía Noguera Mendía por la traducción
© 2006, Styria de Ediciones y Publicaciones S. L.
Francia, año 1314. La poderosa Orden de los Templarios, amurallada entre sus secretos, ha sido eliminada. El joven Bertrand de Comminges sospecha que detrás de la desaparición de la legendaria orden de caballería se esconde un terrible complot urdido para apoderarse de sus riquezas y de su inmenso poder y gloria.
Perseguido implacablemente por la Inquisición, no tiene más remedio que dirigirse a Aviñón, donde el Papa tiene fijada su residencia. Sólo a él puede Bertrand confiar el terrible secreto, y salvaguardar así la herencia espiritual de la orden y cambiar el rumbo de la historia...
Índice
1 La huida de París 5
2 El puente
14
3 La amatista
23
4 El carro de Eliah 32
5 El capellán pelirrojo
41
6 En la rue Jacob 49
7 Asesinato y atentado
59
8 Inquisición
69
9 De tejado en tejado
80
10 Verdades 90
11 Las tabernas del río
99
12 Elena
109
13 Chucherías
119
14 Los penitentes grises
128
15 La última audiencia
138
16 Pato y cordero 147
17 El maestro de palacio
156
18 Los calabozos y la komturei
165
19 Cae la noche sobre Aviñón
174
20 Los caminos del Señor 183
21 La cámara de las torturas
193
22 El mercader de Pisa
202
23 Viernes Santo
211
24 Pascua de Resurrección 221
Epílogo
232
Dramatis personae anno 1314
234
Algunos personajes mencionados que no aparecen en la novela como protagonistas 236
OceanofPDF.com
1
La huida de París
—¡Aquí tienes tu recompensa, Smaragdus..., el castigo de Dios por el ridículo que estás haciendo al intentar salvar todavía al Papa y al mundo mediante un milagro!
Las olas furiosas se estrellaban contra la orilla del río e intentaban atrapar al joven y exhausto jinete y a su caballo. Aparte de un ciprés arrancado y caído sobre el camino frente a ellos, no había nada más a lo que recurrir.
Hubiera debido quedarse en la orilla occidental del Ródano, pese a que por allí no transcurría ninguna de las antiguas calzadas romanas de la región. Venía refugiándose en la orilla este desde Lyon. Sin embargo aquella parte de la Borgoña pertenecía entonces también a Francia, del mismo modo que la pequeña ciudad de Vienne, donde hacía tan sólo dos años se había estado discutiendo durante meses en un concilio sobre el destino de los templarios.
A pesar de haber estado durante años luchado, negociando y despotricando, el papa Clemente V no había tenido más remedio que ceder a las presiones de Francia. Los tribunales eclesiásticos no habían reconocido ni una sola de las acusaciones de los juristas franceses en contra de la mejor de las órdenes. Pese a todo, la inmensa intriga había conseguido superar las fuerzas del Papa, anciano y enfermo. Contra la voz de su propia conciencia y de su fe en la misericordia del Todopoderoso, había terminado por ceder, condenando de esta manera a los últimos templarios del reino de Felipe IV el Hermoso.
—¡Demasiado tarde, demasiado tarde para intentar nada, Smaragdus!
El árbol caído le impedía acceder al último tramo del camino que llevaba a Aviñón. Pero el atribulado joven, cuyo nombre era Bertrand de Comminges, estaba empeñado en continuar. Sólo él podía evitar que, tras la caída de los templarios, la Iglesia Católica Romana y el Papa terminasen siendo unos «cautivos en Babilonia» en manos del rey de los franceses.
Dirigió al caballo encabritado hacia la izquierda e, inmediatamente, de nuevo a la derecha..., todo en vano. No había salida. Acertaba a distinguir la silueta de la ciudad y el puente de Aviñón a una cierta distancia río abajo, entre la espuma de las olas y la llovizna. Por otra parte, ya no debía temer a
sus perseguidores, porque donde se hallaba, en Morgues, tanto la orilla como la tierra firme pertenecían al condado de Venaissin.
La curia se había refugiado en esta parte de los Estados Pontificios situada entre Aviñón y los Alpes, un regalo de otro rey de Francia a los papas, hacía ya más de tres siglos, en pago por su ayuda en la cruenta cruzada albigense.
Por un momento, que le pareció eterno, el joven jinete dudó de su propósito. ¿No era acaso pura arrogancia e insensatez aquel empeño en llegar a Aviñón para salvar al Papa?
—Debes ir a Aviñón si el último gran maestre de los templarios muere en las llamas —le había encargado su mentor, el maestro Eckhart—. Y
luego debes unir los fragmentos de un mismo símbolo que encontrarás en tres piedras preciosas distintas para formar de nuevo un todo. ¡El primer símbolo viene del Padre, el segundo lo conserva el Hijo, el tercero obtiene su fuerza del Espíritu Santo! Sólo si eres más rápido que la muerte y los demonios del Averno podrás salvar el secreto de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Salomón en Jerusalén...
OceanofPDF.com
El gran maestre Jacques de Molay había muerto en la hoguera hacía exactamente tres semanas, en París. Bertrand y una multitud de gente habían sido testigos de la forma en que Molay y el preceptor de Normandía eran castigados por no haber revelado al rey de Francia dónde se encontraba su legendario tesoro, pese a las torturas y el cautiverio sufridos durante años. Mientras las llamas se elevaban y empezaban a apoderarse de sus piernas, el gran maestre profirió una maldición contra el Papa y el rey de Francia, según la cual no iba a tardar en seguirlo al Más Allá. Aquella ejecución había conmocionado a los habitantes de París; todos desconfiaban de todos. Bertrand había necesitado varios días para conseguir un caballo y algunas monedas. Cuando por fin logró abandonar la ciudad, no se hallaba en posesión de ninguna carta sellada, ni tenía documento alguno que pudiera proporcionarle una audiencia con el Papa; ni tan siquiera sabía por qué sus excelencias de la curia iban a creer o a ayudar a un estudiante de diecinueve años procedente de París.
¿Qué le aguardaba en Aviñón? ¿Cómo podían la Provenza, el condado de Venaissin y la ciudad en la escarpada orilla del Ródano constituir un refugio frente a la codicia y el poder de Felipe el Hermoso?
¿Acaso no tenían los cátaros y los albigenses fortalezas mayores e inaccesibles en las montañas y, pese a todo, habían sucumbido a las criminales cruzadas emprendidas en su contra por los reyes de Francia y sus aliados los Papas?
Ahora parecía que el único vencedor fuera el rey de Francia, porque no sólo habían muerto dos mil templarios, sino que también los papas Bonifacio VIII y Benedicto XI se contaban entre sus víctimas.
¿Había elegido a este tercer Papa con el fin de adueñarse definitivamente de la Iglesia con su mediación?
El momento de la batalla final entre los señores de la tierra y la Iglesia Católica Romana no podía haber sido elegido con más acierto. Enrique VII, el último kaiser del Sacro Imperio Romano Germánico, había muerto debido a unas fiebres malignas poco después de su coronación. Nadie podía poner coto a los partidos beligerantes en Italia. ¿Acaso no había intentado el propio Felipe el Hermoso, que más bien parecía una lechuza vieja y fea, convertirse en miembro de la Orden del Temple e incluso llegar a ser su gran maestre? ¿Acaso no hacía ya mucho tiempo que vivía en la torre de los templarios en el centro de París, en cuyos muros seguía buscando indicios
que lo condujeran a las riquezas escondidas? ¿Y acaso no perseguía desde hacía años la corona de emperador de Europa, si no ya para él, por lo menos para su hermano menor o su hijo?
Bertrand miró hacia atrás, en dirección a sus incansables perseguidores.
Ahí estaban, apenas cincuenta metros río arriba. Uno de ellos era gordo, el otro más delgado. Se inclinaban hacia delante sobre sus veloces caballos, y sus capas oscuras sobre los hábitos de dominicos estaban empapadas. El mero hecho de que fueran a caballo suponía ya algo inconcebible, porque los dominicos estaban obligados a ir siempre y a todas partes a pie. Para ser exactos, ni siquiera podían aceptar el ofrecimiento de montar en el carro de bueyes o en la mula de un grupo de titiriteros que se tropezaran en su camino. Pero aquéllos pertenecían a la Inquisición. Lo perseguían y vigilaban desde París. Cuando él dudaba acerca de qué camino tomar, permanecían rezagados para alcanzarlo rápidamente cuando trataba de escapar. En Auxerre y Chalons, junto al río Saône, en Lyon y, finalmente, también en Valence, habían dormido en las mismas posadas que él, sin dirigirle una sola palabra. No los conocía, eran como perros pastores que se ocuparan de una sola oveja negra, día y noche, hora tras hora, tan cerca de él que le resultaba imposible librarse de ellos.
También vio de nuevo, confusamente y de refilón, una especie de demonio borroso, el tercero de sus perseguidores. Se mantenía en todo momento detrás de los otros dos, sin acercarse en ningún momento lo suficiente para dejar de constituir una mera sospecha. Bertrand se había preguntado muchas veces si el encapuchado sería un espía del rey, otras veces le parecía un pénitent gris, o penitente gris, que portaba la característica capucha con dos agujeros para los ojos. Incluso había llegado a ver en él a la inevitable Muerte con su guadaña. Bertrand no podía decir si se trataba del mismo o de varios, que se hubieran ido relevando a lo largo del camino desde París.
Bertand, en aquel momento, se hallaba montado en un caballo que se encabritaba aterrorizado y resbalaba una y otra vez sobre las piedras pulidas por el río sin poder avanzar. Por culpa de la crecida de primavera, que había lamido con sus aguas gélidas de color marrón las piedras de la antigua calzada romana hasta dejarlas desgastadas, iba a tener que entregarse finalmente a aquellos perros de su amo. Él no quería eso. Él tenía que llegar hasta el Santo Padre, su adorado padre, en Aviñón.
—¡Tres símbolos grabados en piedras preciosas! —murmuró para sí—.
¿Qué símbolos? ¿Qué piedras? Yo sólo conozco una...
Apoyó la mano derecha en el pecho y sintió el anillo que llevaba al cuello colgado de una cadena hecha de acero de Damasco, delicadamente elaborada y muy resistente. Era el antiguo anillo episcopal de su padre. La amatista llevaba grabado uno de los tres símbolos que debía reunir. El viento se agitaba sobre su cabeza y a través de la fría llovizna acertó a ver un rayo de luz sobre el río. En un primer momento pensó que el sol primaveral estaba venciendo a la tempestad y al mistral, pero luego advirtió que el rayo de luz sobrenatural se mantenía directamente sobre la parte más oscura del puente, justo sobre el lugar donde se hallaba la capilla de San Nicolás, edificada a modo de nido de piedra sobre el segundo pilar del puente.
Parecía que el rayo de luz fuera una señal. En ese mismo instante desapareció su temor ante los mercenarios de la Inquisición. De repente supo que iba a poder llegar hasta Aviñón, incluso si para ello fuera preciso más que un milagro. Su confianza en Dios y su fe se hicieron más fuertes que los demonios y que las fuerzas de la naturaleza. Hizo girar al caballo, volvió la cabeza y lanzó una carcajada en dirección a los monjes dominicos.
El tercero los había alcanzado, se hallaba ya cerca del ciprés derribado y de los otros dos hombres. Si lo deseaba, todavía podía cortarle el camino en la orilla escarpada, junto al peñón, directamente delante de Aviñón. En efecto, llevaba el hábito de los pénitents gris...
—¡No me atraparéis! —gritó Bertrand.
Apretó las piernas alrededor del cuerpo del animal y le obligó a dar un giro brusco. Mediante un enorme salto, montura y jinete se lanzaron a las aguas turbulentas.
OceanofPDF.com
Mientras tanto, algo estaba sucediendo encima del río, en al puente.
Cientos de hombres, mujeres y niños forcejeaban para entrar en Aviñón.
Procedían de Francia, España, Siria, África, Grecia, Baviera y Colonia, así como de todos los reinos del norte.
Algunos rezaban en voz alta, otros maldecían en su lengua y no faltaban los que se dedicaban a golpearse despiadadamente entre ellos. Huían de la gran isla de Barthelasse, entre los dos brazos del río que ésta dividía.
Aquella mañana reinaba una gran agitación entre los peregrinos que acudían con motivo de la Pascua y que no habían conseguido alojamiento en las posadas de la ciudad, repletas desde hacía ya mucho tiempo. Quien se hallaba en posesión de rango e influencia, una sotana morada o una bolsa repleta de dinero todavía había podido encontrar en la ciudad un sitio donde pernoctar y conseguir pan y vino, pero la mayoría de las personas de la isla carecían de todo aquello. El comienzo de la Semana de Pascua debiera significar para los peregrinos cristianos penitencia y recogimiento, ayuno y silencio. No obstante, en los campamentos, entre las tiendas de vistosos colores y las sencillas cabañas de madera, al abrigo de los matorrales y árboles, había aparecido en la isla una especie de mercado ilegal. Desde que el Papa fijara en Aviñón su residencia, en la tierra de nadie del río, entre el Sacro Imperio Romano Germánico y el reino de los francos, se bailaba y bebía desenfrenadamente con motivo de las celebraciones religiosas, dando rienda suelta a las más bajas pasiones.
Comerciantes judíos y árabes procedentes de España y del norte de África habían descubierto hacía tiempo que durante esos días se podían obtener más beneficios con aceite consagrado, figurillas de santos talladas en huesos de albaricoque, diminutas astillas de la cruz de Jesucristo y conchas del peregrino importadas de Escocia, que con los acostumbrados tapices, abalorios y hierbas medicinales. Y, a pesar de las prohibiciones y de las reglas de ayuno, la música no paraba de sonar, y peregrinos, comerciantes y mujeres de todas las edades danzaban no sólo en los prados y los claros del bosque, sino sobre todo bajo los arcos del puente, cosa que aprovechaban las parejas para desaparecer del círculo mediante un par de pasos de baile más amplios que los demás y perderse en las sombras de alguno de los pilares.
«Sur le pont d'Avignon...»
Hasta que el inesperado y catastrófico desbordamiento del río sumergió las orillas de la isla...
—¡Se hunde! ¡La isla se hunde! —gritó alguien. Podía tratarse de una broma o de verdadero pánico; la intensa lluvia no dejaba entreverlo.
—¡Sálvese quién pueda!
—¡Refugiémonos en la ciudad del Santo Padre!
—¡Subamos a la colina, subamos hasta el Papa!
OceanofPDF.com
Lágrimas y sangre corrieron por las escaleras y rampas que llevaban al puente, también algunos imprudentes cayeron al río. Entretanto, todos se adelantaban sin ningún miramiento en la misma dirección a lo largo del puente, de apenas cinco metros de ancho y que parecía infinitamente largo con sus veintidós arcos. Estaban a un tiro de piedra del arco que cubría la plaza amurallada entre el puente y la muralla de la ciudad. Pronto se alzaron gritos, cada uno más alto que los demás.
—¿Qué hay ahí delante?
—¡Abran la puerta!
—¡La puerta!
OceanofPDF.com
La agitación era cada vez mayor. En los casi cien años desde la milagrosa construcción del puente sobre el Ródano, las riadas y las tormentas lo habían destrozado en numerosas ocasiones, pero sus reparaciones habían sido casi siempre muy provisionales. ¿Acaso no había ordenado el Papa tan sólo entonces que se reparara con mayor diligencia? Y
a pesar de todo, del mortero recién colocado volvían ya a desprenderse piedras que caían en las aguas turbulentas del río.
Cada vez eran más las personas, los carros y los animales de carga que, empapados, pugnaban por avanzar. Gritaban en tantas lenguas diferentes como las que se escuchaban otros días en las calles del centro de la ciudad.
Los más ruidosos eran los robustos jornaleros de las muchas obras de construcción de las inmediaciones. Algunos de entre ellos, que a juzgar por sus camisas indecentemente cortas debían de haber servido en los más variopintos enfrentamientos desde Flandes hasta Lombardía, se dieron la vuelta y enseñaron sus traseros desnudos a los guardas que custodiaban el portón del puente. En seguida se dejaron oír fuertes maldiciones. Los italianos, que con sus agudas voces ante una fruta demasiado madura en el mercado o un asno que se pedorreaba delante de ellos profetizaban el fin de la civilización occidental y del papado, protestaban ahora por la decadencia de los modales. Pese a que muchos de ellos ya se habían enfrentado antes a semejantes tempestades y a la furia del mistral, se quejaban más alto que nadie del frío, la humedad y la demora en abrir la puerta del puente. Dos torres flanqueaban el portón en la escarpada orilla del río, frente al peñón donde se situaba la ciudad. Las ventanas de ambas permanecían cerradas.
Al otro lado de la muralla podían verse las vidrieras de colores de las ventanas del piso superior del palacio episcopal, delante de la catedral. El estandarte a franjas amarillas y rojas del papa Clemente V, cuyo objetivo era mostrar a cualquiera que atravesara el puente o a cada barco que pasara dónde se hallaba ese día el Santo Padre y su corte, no se veía aquel día, como acostumbraba, ondeando en uno de los balcones que daban al Ródano. La lluvia y el viento amainaron por un momento y a continuación se abrió una de las ventanas de palacio. Se dejó escuchar un grito unísono, mitad veneración, mitad esperanza y protesta, que ascendió desde el puente sobre el río turbulento y espumoso hacia las figuras que, lentamente, iban apareciendo en el balcón.
Pero no se trataba del Santo Padre que salía al balcón para bendecir a los desafortunados que se hallaban sobre el puente. En su lugar, la masa reconoció a los dos cardenales más importantes de la Santa Sede. Los dos miembros de la curia no tenían el aspecto piadoso y humilde que cabía atribuirles; más bien parecían generales de la eterna batalla entre el Bien y el Mal.
En primer lugar apareció en el balcón el cardenal Arnaud D'Aux, alto y poderoso. El camarlengo y arzobispo de Poitiers, de cincuenta años de edad, llevaba la cabeza descubierta. Su cabello negro e indómito se agitaba en la tempestad al igual que su sotana de color rojo sangre. Con anterioridad había sido vicarius de Clemente V, cuando éste todavía era arzobispo de Burdeos. A continuación apareció otro cardenal de largos cabellos grises cuya presencia, a pesar de su aspecto más jovial y amistoso, resultaba todavía más imponente. Niccolò da Prato se contaba entre los hombres más misteriosos a la par que influyentes de la Santa Iglesia Romana. Había sido decano del colegio cardenalicio que eligió al inexperto arzobispo de Burdeos como Pontifex maximus, el mayor constructor de puentes entre Dios y los hombres, frente a la oposición de algunos cardenales italianos como Napoleone Orsini y Giacomo Colonna, más conocido como Sciarra. También era él quien aconsejaba al Santo Padre en todas las cuestiones relativas al Vaticano, San Pedro o el palacio del luterano. Y, hacía ahora solamente dos años, había coronado emperador del Sacro Imperio Romano germánico a Enrique VII, que en el intervalo había fallecido, en lugar de hacerlo Clemente como había estado previsto en un primer momento.
De repente, una cierta claridad se extendió alrededor del balcón. Parecía que los salvajes demonios del mistral no se atrevieran a acercarse a aquellos dos hombres de la Iglesia, limitándose tan sólo a aullar en torno a ellos. Ya ni tan siquiera los cabellos y sotanas de los cardenales se agitaban en el viento. Cada vez eran más las personas que, sobre el puente, reclamaban a gritos la presencia del Papa.
—¡Ayuda, Padre..., Santo Padre! ¡Ayuda...!
Era lo único que se entendía en medio del estruendo y los gritos. Pero el Papa no se unió a sus cardenales en el balcón, como venía siendo habitual desde hacía algunas semanas. Muchos de los que se hallaban en el puente temieron que fueran ciertos los rumores en torno a la mala salud del papa Clemente.
OceanofPDF.com
Al final de la masa de gente que se debatía y gritaba sobre el puente, pugnaba por abrirse paso un carro tambaleante. Sus dos ruedas con radios lucían numerosos remiendos y la mula que tiraba de él presentaba un estado tan lamentable que las costillas y el espinazo se le marcaban con toda claridad bajo la piel. El carro llevaba una carga demasiado pesada y el eje de madera estaba desequilibrado. En cuanto la mula no podía tirar más de él y se detenía, el eje se disparaba hacia arriba como una lanza de torneo y levantaba unos cuantos centímetros sobre el empedrado del puente al animal, el cual se ponía entonces a rebuznar de forma estentórea.
Cada vez que esto ocurría, una muchacha descalza, de unos diecisiete años de edad, manejaba hábil y velozmente la cuerda con la que la mula se hallaba atada al carro para bajarla. Vestía un traje de lino desgastado que le llegaba casi hasta los pies. La lluvia que lo empapaba lo hacía parecer, a juzgar por el intenso color de aciano adquirido, recién salido del taller de un tintorero de la rue des Teintures. Daba la impresión de ser una de aquellas acróbatas que, para divertir a los peregrinos y comerciantes, hacían trepar a cabras montesas y lechoncillos por escaleras apoyadas en vigas y redes colocadas transversalmente, y le gritaban a la multitud que sus animales iban a silbar al llegar a lo alto.
—¡Mirad hacia aquí, damas y caballeros! —decían, ante el regocijo de los presentes—. ¡Mi cerdo silba, y podría incluso bailar sobre una cuerda si llegase a oler las monedas que le arrojéis...!
Aunque ninguno de los presentes había visto jamás a un cerdo que bailara, nunca faltaba gente que se acercara a la espera de ver lo que se les anunciaba.
Había sido una semana muy provechosa para los ocupantes del carro, hasta que aquella mañana la tormenta se había desencadenado sobre todos ellos. Habían dejado el carro y demás enseres en la isla hasta el Domingo de Pascua, día en que esperaban obtener las mayores ganancias, al cuidado de algunos titiriteros a quienes les unía cierta amistad. Pero pronto se extendió, por las estrechas callejuelas del barrio judío de Aviñón, el rumor de que se avecinaba una gran tormenta. Como todos los demás en el barrio judío Carrière, ellos se habían apresurado sobre el larguísimo puente para ver qué podía ser salvado aún de la inesperada riada en la isla de los placeres prohibidos en medio del río. Ese martes no había ido nadie a admirar las artísticas actuaciones de titiriteros y acróbatas. Todos estaban ocupados en
hallar la mejor manera de regresar a la ciudad a través del puente, bajo la lluvia helada, entre el caos, la aglomeración y los gritos.
Miriam canturreaba en voz baja para sí, llorando de frustración por lo inútil de sus esfuerzos. Sus pies descalzos resbalaban una y otra vez sobre las piedras. Cada vez se oían más lamentos indignados a su alrededor. No quería llorar, no quería rendirse y, sobre todo, no quería empezar a enroscar su largo pelo castaño entre los dedos, como hacía cada vez que se sentía atacada y amenazada como en aquel momento.
No había tiempo para nada de todo aquello.
Se dio la vuelta y lanzó una mirada suplicante hacia el carro. En el pescante, delante de la carga multicolor de tablas pintadas y cortinas ajadas que brillaban bajo la lluvia, iba sentada una persona completamente sumida en sus pensamientos, ajena y aparentemente indiferente a todo el bullicio.
Sus botas estaban reblandecidas y cubiertas de barro y vestía una camisa sucia y un sombrero en forma de embudo que alguna vez había sido amarillo, tan profundamente calado que no se distinguía de su rostro mucho más de lo que lo hacían las capuchas de los monjes penitentes. Pero el anciano que iba en el carro no era un pénitent gris. La mayoría de las personas que se empujaban sobre el puente no habrían adivinado de quién se trataba, pero los habitantes de Aviñón lo conocían: era el viejo rabino Eliah de Carpentras, al que tan mal había tratado el destino.
Miriam apretó los labios. Tiró de la cuerda con todas sus fuerzas y logró que el terco animal avanzara. Su abuelo, como un buen creyente durante el Sabbat, se abstuvo de acción alguna. Sumido en sus pensamientos, permitió que Miriam y también la mula hicieran todo el trabajo. Ella sabía que no estaba dormido, al contrario; mediante las palabras del Antiguo Testamento, Eliah intentaba anular el caos que les rodeaba entresacando sus componentes de luz y aire, tierra y agua, animales y personas. En los últimos tiempos recapacitaba frecuentemente acerca de la armonía del universo y de la poca validez que parecía tener en el mundo la palabra de Dios.
Eliah gozaba de una reputación especial en el condado de Venaissin. Su familia había vivido siempre en Aviñón y Carpentras, apenas a veinte millas al noroeste en dirección a los Alpes. Se decía incluso que descendían de los fugitivos de la familia del Señor que habían llegado a la provincia romana de la desembocadura del Ródano tras la destrucción de Jerusalén.
Además, el antiguo rabino también era una persona importante para algunos cristianos. Al fin y al cabo, fue él quién, sacrificando para ello a su propio hijo, salvó al Santo Padre de un peligro mortal el día de su coronación en Lyon...
Miriam sólo tenía nueve años cuando aquellos horribles acontecimientos tuvieron lugar, en noviembre del año 1305. En el intervalo, el Papa había dejado de trasladarse de una diócesis a otra y se había instalado en el antiguo palacio episcopal de Aviñón donde reunió a toda la curia. Pero la ciudad en el recodo del Ródano nunca iba a convertirse en una segunda Roma. Por el contrario, la Santa Sede y la curia habían aportado más desventajas que beneficios a los habitantes de la ciudad y sus alrededores. Los precios de compra y alquiler de las casas habían subido hasta límites inasequibles y apenas nadie podía permitirse comprar carne, pescado y verduras.
La fría lluvia se intensificó de nuevo sobre el río y el puente. Nadie ayudaba a la muchacha y al anciano del carro. Todos se empujaban para avanzar e intentaban alcanzar la ciudad lo antes posible. Ni tan siquiera la pequeña capilla, construida sobre el segundo pilar del puente como un pequeño avispero de piedra podía servirles de consuelo. Aunque el olor del incienso llegaba hasta algunos de ellos, la pesada puerta de roble que daba al puente permanecía cerrada y tampoco las contraventanas se abrían. El pánico se apoderaba del estrecho puente. El paso de piedra sobre las aguas agitadas del río todavía aguantaba. Pero ¿por cuánto tiempo?
OceanofPDF.com
2
El puente
Las aguas turbulentas del Ródano estaban heladas. Bertrand gritaba de dolor y de cólera. De las nubes surgían rayos y relámpagos que caían en torno a través de la espesa cortina de agua. Apenas podía distinguir la enorme isla de Barthelasse, que dividía el río en dos desde allí hasta Aviñón. Bertrand hacía ínclitos esfuerzos para mantenerse a flote junto con su caballo.
Hacía demasiado que aquellos despiadados perros de Dios le andaban pisando los talones. Tal vez había sido un error decir cuando partió del monasterio de St. Jacques, que iba a reunirse con el maestro Eckhart en Estrasburgo para ayudarlo con las casas de las beguinas de las que estaba al cuidado. El gran maestro ya había sido llamado a París para ocupar altos cargos en más de una ocasión, pero al parecer se había vuelto demasiado herético para el gusto de su superior en la Orden Dominica. El maestro de la orden, Berengario de Landora, le había retirado pese a todos sus méritos la cátedra y lo había enviado a Estrasburgo para velar por la salvación de las almas, la castidad y la religiosidad de algunas docenas de conventos de monjas y casas de beguinas del sur de Alemania.
Las beguinas... Bertrand se paró a pensar sin saber muy bien por qué en aquellas instituciones donde las mujeres vivían en la más absoluta pobreza y castidad y que tanto habían proliferado. Nada tenían que ver con sus planes. No obstante, ellas no sólo congregaban a las hijas de las familias nobles que no habían podido casarse, sino también a las mujeres que tenían algo que ver con los templarios proscritos, huidos o quemados en la hoguera. Las beguinas se habían convertido en una molesta competencia para las comunidades religiosas y conventos de monjas oficialmente reconocidos. Recibían donativos, les legaban bienes en muchos testamentos e incluso permitían que las hermanas contrajeran matrimonio; si podían, porque había gran escasez de hombres honrados.
Bertrand sabía que sus perseguidores de la Inquisición habían estado a la espera para ver si se dirigía a Estrasburgo o hacia el sur, en dirección al valle del Ródano. Los siguientes puntos de escape posibles en su ruta habían sido Lyon y después Vienne, ciudades en las que habían tenido lugar los concilios más importantes de los últimos años. Allí, el rey de Francia había coronado Papa al arzobispo de Burdeos y también allí la maledicencia
había declarado que la Orden de los Templarios, tan poderosa en el pasado, debía ser considerada una organización peligrosa.
¡Los templarios!
Ya no existían. Por lo menos en Francia. No habían podido resistir la caída de la última fortaleza en Tierra Santa, la fortaleza de Akkon, hacía ya más de veinte años. Se les había hecho responsables del lamentable fin de las cruzadas, se les había acusado de practicar la alquimia, sodomía, herejía y adoración del diablo. Pero todos estos motivos no eran más que pretextos para su encarcelamiento, su tortura y su ejecución, no teniendo ninguno de ellos nada que ver con el verdadero secreto de su caída. Aquellos templarios que habían conseguido escapar en el último momento habían huido a Portugal, a Escocia o al castillo templario de Marienburgo en la costa del mar Báltico. Sus últimos superiores penaban desde hacía años en las mazmorras de París. Y si el papa Clemente V no hacía nada para ayudarlos, pronto iban también a arder en la hoguera en presencia del populacho.
¡El castigo de Dios! La tormenta le golpeaba como uno de los cilicios que usaban los penitentes. Se negaba a ser considerado, una vez más, como el paso en falso del arzobispo de Burdeos, el «bastardo Smaragdus», como se le había llamado cruelmente durante mucho tiempo tras su ingreso en el monasterio de la región septentrional de los Pirineos.
En el intervalo, había conseguido librarse del apelativo «bastardo»; no faltaban entre los estudiantes de París quienes, a falta de una ascendencia noble, disponían de una bolsa lo bastante repleta de florines y otras monedas para hacer callar a las lenguas de doble filo.
Tampoco él había padecido hasta ahora ninguna necesidad, nunca había pasado hambre, no había padecido la inmundicia y las terribles enfermedades comunes en su época. No había sido repudiado, proscrito, perseguido ni torturado. Al contrario, desde que tenía uso de razón, las ascendencias tanto paternas como maternas siempre le habían protegido, así como la piedad del buen Dios y las alas de sus ángeles guardianes. Sólo en raras ocasiones la rueda de la fortuna había girado en su contra. Nunca había estado muy arriba, pero tampoco nunca muy abajo; siempre había estado, como muchos, en un término medio.
No era ninguna creación especial del Señor, ni había cultivado la espiritualidad como otros, no era un caballero de la Tabla Redonda, tampoco era el último de los templarios. Ningún juramento ni ninguna iniciación en contra de la voluntad del Señor le ligaba a los desdichados
hermanos de la orden, como era el caso de muchos de quienes le rodeaban, la mayoría de los cuales estaban muertos, convertidos en miserables lisiados por las torturas o habían caído en el abismo de la locura. Aun así, sus perseguidores sabían o, por lo menos, suponían que era el único iniciado que conocía el secreto de los tres símbolos grabados en las piedras que no había sido sometido ni una sola vez a las embarazosas preguntas de la Inquisición.
Durante tres años había estudiado con absoluta libertad en París, en el monasterio de St. Jacques, junto a la rue Orleáns y también en las casas de los grandes profesores de la Sorbona. Se había movido tan libremente por sus clases como por las iglesias o por las callejuelas de mala reputación, repletas de tabernas y prostíbulos. Y durante todos aquellos años no había podido siquiera imaginar lo que en realidad sabía...
Pero ¿por cuánto tiempo? Le acosaban como cazadores a su presa, le dejaban avanzar sin intentar atraparlo y de ese modo se iban enterando cada vez más de sus planes. En cualquier otra situación, las maldiciones que dirigía a las aguas heladas y turbulentas que se interponían entre él y sus perseguidores habrían sido mucho más virulentas. Sin embargo, en aquel momento, la corriente del río era como las alas del arcángel Gabriel, que le protegían y hacían rezagarse a sus perseguidores. Una rama le golpeó el rostro, después la corriente del río lo arrastró a él y a su caballo. Se sumergía en las aguas llenas de fango, volvía a la superficie, y buscaba desesperadamente aire con que llenar sus pulmones entre la espuma y los remolinos del agua. La lluvia que caía sobre el río se mezclaba con la niebla fosforescente. Semejaba los vapores de incienso en una catedral de algún lugar remoto, no sentía el suelo bajo los pies ni ninguna atadura terrenal para su cuerpo.
OceanofPDF.com
Los dos príncipes de la Iglesia, con sus sotanas escarlatas, permanecían de pie en el balcón del piso superior de palacio del arzobispo de Aviñón.
Daban la impresión de ser los arcángeles Gabriel y Miguel. Algunos lacayos temerosos habían asegurado las hojas de la puerta a sus espaldas para evitar que el viento las cerrase con su empuje. La parte superior de las puertas estaba hecha de madera encerada, la parte inferior consistía en cristales semitransparentes y multicolores. Aunque desde el balcón del palacio episcopal de Aviñón se podía divisar con una gran claridad el otro lado de la muralla de la ciudad, el Ródano en toda su anchura, el puente sobre el río e incluso la actividad en la isla Barthelasse, los anteriores pastores de la diócesis habían dejado muchas cosas descuidadas. El condado de Venaissin pertenecía a la Iglesia desde hacía casi cuarenta años.
Como ningún Papa se había preocupado por el enclave, el condado se había llenado de conspiradores descendientes de herejes y de judíos desplazados, una especie de isla protectora entre el reino de los francos y el Imperio Germánico.
—¡Felipe el Hermoso ha comprendido por fin lo importante que es una buena perspectiva sobre el puente! —exclamó el obispo de Poitiers, al tiempo que señalaba la imponente torre vigía que el rey de Francia había mandado erigir detrás de la isla, visible al otro lado del río.
—Nosotros también lo sabemos, de otro modo no estaríamos ambos aquí —replicó Niccolò da Prato—.
¿Por qué crees entonces que el Santo Padre nombró cardenal al obispo de Aviñón y a continuación lo mandó lejos de aquí?
Los dos sabían que el viejo palacio constituía estratégicamente el mejor punto de vigilancia después de los puestos del Rocher des Domes y de las torres a ambos lados del portón del puente. Jacques Duèse, el antiguo obispo de Aviñón, no se había preocupado nunca de estas cosas, pues había preferido dedicarle tiempo a sus bodegas, situadas en las antiquísimas catacumbas excavadas en la roca del peñón de la ciudad, y a la construcción de una escalinata de peldaños planos que condujese a lo alto de la catedral.
Se vio obligado a abandonar su palacio cuando, dos años antes, Clemente V
lo nombró cardenal de Oporto y exigió ocupar él mismo la diócesis de Aviñón.
Tras la elección de Clemente V como Papa y después de haber frecuentado Poitiers, Toulouse y Carpentras, los cardenales de la curia
hubieran podido también elegir Montpellier, sede de una reconocida universidad de Medicina, o Arles, con hermosos palacios, construcciones romanas y una catedral mucho mayor, como ciudad del nuevo Pontifex maximus. Sólo algunos iniciados sabían por qué la elección había recaído en Aviñón. Sus enemigos más acérrimos no podían imaginar con qué paciencia soportaba el Papa las calumnias en su contra a condición de mantenerse alejado de las intrigas de Roma. La mayoría tampoco imaginaba la gravedad del estado del Santo Padre. A pesar de todos sus dolores, de los numerosos reveses y del tremendo sacrificio que había significado para él la supresión de la Orden del Temple, Clemente todavía creía posible una renovación de la Iglesia. Quería retroceder, deshacer el horrible camino que había llevado a la Iglesia a la lucha por el poder espiritual y mundano. Se pasaba las noches rezando en voz alta por el perdón de los errores de las Cruzadas, por la aniquilación de los cátaros, los albigenses y los valdenses, la pérdida de Jerusalén y los crueles asesinatos de sus fallecidos antecesores Celestino, Bonifacio VIII y Benedicto XI.
Las nubes descendían a ras del río desde el norte siguiendo la dirección de la corriente. El Ródano transportaba cadáveres de animales y árboles arrancados, barcas semihundidas y trozos de casas que semejaban arcas perdidas tras una larga deriva. La multitud sobre el puente veía cernirse la desgracia sobre ellos y gritaba cada vez más alto.
El cardenal D'Aux hizo pasar a Niccolò da Prato al interior del edificio desde el balcón. La sala de audiencia del primer piso del palacio había bastado para el obispo de Aviñón, pero para el representante de Dios en la tierra parecía más bien pequeña y provinciana. Ni tan siquiera los tapices del palacio del luterano de Roma que colgaban de los muros podían igualar la majestuosidad del Vaticano, como siempre bajo el control de la nobleza romana.
—Este tiempo no invita a hacerse el héroe, ni a pronunciar discursos inflamados —dijo Arnaud d'Aux, con un ligero tono de reprimenda en su voz. Los dos dignatarios dejaron que los criados les secaran el cabello con unos lienzos—. Al parecer, ni siquiera el Santo Padre y sucesor del apóstol Pedro tiene ningún poder sobre los estragos que causan los cielos, aunque hace un momento el pueblo nos tomara bajo aquella luz por ángeles mensajeros...
—¿Qué quieres decir con eso?
—Lo cierto es que todo lo que hemos hecho por el Papa y la Santa Sede no se puede considerar beneficioso ni con la mejor de las intenciones. En los ocho años transcurridos desde su nombramiento no hemos hecho más que llenarle de preocupaciones. Y las calumnias acerca de su debilidad de carácter y su nepotismo no hacen sino aumentar de día en día.
—Tienes razón —convino Da Prato con un profundo suspiro. Arrastró uno de los altos sillones que rodeaban la enorme mesa situada al fondo de la sala, se sentó y estiró los mojados pies enfundados en unos zapatos granates de cabritilla. Los zapatos habían quedado inservibles. Un criado se arrodilló delante de él para descalzarle—. En Roma se dice últimamente que si fue elegido Papa, fue sólo gracias a una reunión secreta con el rey de Francia en un bosque cercano a Burdeos.
—¡Todo mentiras! Felipe el Hermoso y su canciller Guillermo de Nogaret provocaron desde el principio el descrédito del Papa ante los fieles por el asunto de la falsa bula.
—¡Si no fuera pecado, casi podríamos agradecer al Todopoderoso que ese intrigante, asesino de por lo menos dos papas, esté finalmente muerto!
El cardenal D'Aux hizo un gesto a otro sirviente, que procedió a servirles vino tinto caliente con pimienta, canela y clavo. Después se sentó a su vez en una silla y se quitó las botas sin la ayuda de nadie.
—Sus cómplices y secuaces hace mucho que se pusieron a trabajar de nuevo —prosiguió tras un largo trago de vino caliente que saboreó con fruición—. Como siempre, se trata de la búsqueda de la verdad y el poder.
¡Se trata de apariencias, de apariencias y de símbolos, y de nada más! ¿Qué se pregunta el pueblo, y los astrólogos y consejeros de los príncipes? Se preguntan: ¿Acaso este Papa no estuvo a punto de morir aplastado por un muro el mismo día de su coronación en Lyon? ¿No es cierto que, tan sólo un día después, sus parientes ya se asesinaban mutuamente en la lucha por obtener las mayores prebendas? ¿No ha presenciado impávido todos los crímenes cometidos contra los templarios? Y lo que suena todavía peor:
¿No está regalando Roma, capital de la cristiandad, tras mil trescientos años?
—Sigue siendo obispo de Roma y por ello, el primero de todos los obispos —replicó el cardenal Da Prato. Devolvió a los sirvientes los paños con los que se habían secado la cabeza y dejó que peinaran sus largos cabellos canosos de manera que cayesen a ambos lados de su prominente cabeza sobre la sotana todavía húmeda.
—Pero sólo lo será mientras consigamos resistir al rey de Francia, Felipe el Hermoso, y a los dominicos con su Inquisición...
—Sí, de hecho, se ha convertido en algo cruel y despiadado.
—No, la Inquisición es justa según todos los preceptos eclesiásticos y mundanos. Además, no juzga, sólo investiga.
—Claro, la verdad sólo se obtiene a través de la tortura y la traición, ¿no es cierto? —preguntó
astutamente Da Prato. Pero Arnaud d'Aux no respondió a la provocación.
OceanofPDF.com
Le parecía haber retrocedido muchos años en el tiempo, retrocedido hasta sentir una mano que cogía la suya con fuerza mientras atravesaban juntos el monasterio del norte de los Pirineos donde su padre había ingresado cuando era un niño como él y donde se había convertido en sacerdote. Era la mano que aún llevaba el anillo con una piedra preciosa de color violeta, aunque ahora fuese el único de entre los obispos de la Iglesia Católica Romana que podía llevar el otro, el anillo del pescador. No obstante, el nuevo anillo papal todavía no estaba terminado, según le había dicho su padre cuando le preguntó por este detalle.
—Cómo será? ¿Muy distinto de un anillo de obispo?
—Eres muy curioso, hijo mío —le había respondido el recién elegido y aún no coronado Papa—. Pero quiero confiarte un secreto, lo haré si me juras que nunca en tu vida se lo desvelarás a nadie, ni en el confesionario ni bajo las más terribles torturas...
—¡Lo juro! —respondió él sin dudar un instante.
—Tienes que jurarlo y después olvidar lo que voy a confiarte —dijo el Papa. Sin ninguna otra explicación, le había conducido a otra estancia sumida en la penumbra salvo por unas velas de cera de abeja que ardían en un pequeño altar. De un pebetero de oro junto a una gran Biblia abierta ascendían las nubes embriagadoras de un incienso que desprendía un olor muy especial.
—¡Arrodíllate, hijo mío!
Todo era como la bendición de la cena, pero el nuevo pontífice utilizaba palabras latinas que su hijo nunca antes había oído en ninguna ceremonia eclesiástica. Incluso le pareció que su padre, el Papa, no estaba utilizando la lengua latina, sino la antigua langue d'Oc, en la que su madre cantaba a veces canciones de los trovadores.
—Mysteria celebranda... —dijo, a la vez que le colocaba una hostia, el cuerpo de Cristo, en la boca—. Hoc est enim corpus deum.
Para finalizar, le alcanzó el cáliz de vino.
—Y ahora escucha lo que te digo, bebe la sangre del Señor y olvida... El niño, que entonces tenía diez años, vaciló. No conocía bien las palabras en latín de la transustanciación del pan y el vino en el cuerpo y sangre de Cristo, pero sintió que un escalofrío recorría su columna vertebral y le alcanzaba las piernas. No estaba bien. Había algo que no estaba bien...
—Es el símbolo de la cruz en el corazón, que muchos ahora niegan —
dijo el Papa en un tono casi conspirador—. Tanto los señores templarios como los sacerdotes, obispos y cardenales, los monjes y monjas, abades y abadesas e incluso los maestros de obras de las catedrales. Se han alejado de Dios y se han convertido en los auténticos herejes... —Se incorporó, tomó el cáliz dorado y bebió un sorbo de vino.— La cruz en el corazón es el símbolo grabado en la piedra de mi anillo episcopal —prosiguió—. Y
también será el me acompañará en el ejercicio del alto cargo que me ha sido encomendado, grabado oculto en el nuevo anillo del pescador o en el gran rubí de la tiara pontificia. Y ahora olvida, hasta que de nuevo tú y yo volvamos a necesitar de este símbolo de la verdad y de la fe absolutas.
—¿Cuándo será eso, padre?
—Puede tardar mucho, incluso años. Pero en algún momento oirás hablar de tres símbolos en tres piedras preciosas. Entonces habrá llegado el momento en que deberás dejarlo todo atrás y partir hacia un nuevo destino.
Puede ser que entonces quieras venir a mí, pero también podría suceder que yo ya no estuviese aquí, o que otro iniciado mereciese más tu atención.
—¿Hay otros además de ti?
—¡Así lo espero, hijo mío! Lo espero de todo corazón y también quiero creerlo, pero no lo sé.
OceanofPDF.com
Otro cardenal observaba aquel martes el puente abarrotado de gente. Se hallaba un piso por debajo de la sala de audiencias del palacio episcopal y esperaba desde hacía algún tiempo a los jefes de la guardia de palacio.
Pierre Godin, al igual que Arnaud d'Aux, se había convertido en cardenal hacía tan sólo un año y medio tras el Concilio de Vienne. Aun así y como miembro de la Orden de los Dominicos, le habían sido encomendadas de inmediato las labores de vigilancia del palacio papal que, según el derecho canónico, todavía pertenecía al obispo de Aviñón. Al principio del ejercicio de su cargo algunos miembros de la famiglia, como se conocía a los miembros de la corte del Papa y que no se debe confundir con la familia de los cardenales, no tardaron en dedicarle el apodo irónico de maestro de palacio. Lejos estaban de imaginar cuán rápido pondría en práctica el cardenal Godin este sobrenombre, al ejercer su despiadado mandato en favor del rey de Francia.
Godin era francés, pero se llevaba mucho mejor con el italiano Niccolò da Prato que con su eterno adversario Arnaud d'Aux, procedente de Aquitania. Mientras, había conseguido que de entre los sacerdotes, las monjas, los guardianes y los sirvientes de palacio sólo hubiera un subordinado que se atreviera a contradecirle o incluso a desobedecerle.
Y a ese hombre esperaba Godin, entregado a pensamientos sombríos.
No conseguía entender dónde se hallaba el caballero al cargo de toda la guardia de palacio y de los hombres que custodiaban el portón del puente.
La seguridad en el resto de las puertas era responsabilidad de la ciudad.
Sólo el macizo portal del puente se hallaba tan cerca del palacio papal que el cardenal Godin y el caballero Utz von Falkenhenn lo habían acaparado para la curia muy poco después del traslado del Papa a la villa. El cardenal Godin estaba enfadado. Peor todavía, estaba furioso e indignado ante la incapacidad de la guardia, tanto que incluso se planteaba la posibilidad de excomulgar al orgulloso caballero Von Falkenhenn, el cual había sido expulsado de sus montañas por excederse en la bebida y por pasarle información a los Habsburgo, y también a todos los miembros de la guardia que tuvieran algo que ver en el asunto sin pagarles el sueldo de los últimos meses. Pero ello no estaba exento de peligro, porque en algunas partes de Suiza se reunían cada vez más gentuza y más soldados licenciados de diferentes ejércitos. Se decía incluso que estas gentes pretendían expulsar a todos los señores extranjeros y a sus soldados de las montañas y declararse
un pueblo libre y unido por el amor fraternal. Todo aquello podía llegar a ser tan peligroso como cuando los cátaros y albigenses pretendieron vivir más cristiana y fraternalmente que la Iglesia Católica Romana y el clero que llenaba sus barrigas a costa de los fieles. Pierre Godin estaba tan furioso que empezaron a aparecer manchas rojas en su cara mofletuda. ¿Cómo podía haber ocurrido que una tropa entera de soldados flamencos y suizos, con sus cascos de hierro y alabardas amenazadoras, hubiera dejado escapar del palacio a un judío joven, desnudo y con la cabeza rapada? Ya se les había escapado antes una vez, hacía dos semanas, cuando lo estaban trasladando desde las celdas de los dominicos al sótano del nuevo palacio papal.
El cardenal Pierre Godin no creía en las casualidades y también con respecto a los milagros se mostraba extremadamente cauto, en especial si no había tenido ocasión de examinarlos y constatarlos personalmente de forma exhaustiva. Un prisionero de los dominicos que, cargado de cadenas, conseguía escaparse dos veces en el plazo de dos semanas no sólo provocaba ira en el maestro de palacio, sino que despertaba toda su desconfianza. Por supuesto él tenía sus sospechas acerca de quién se hallaba detrás de aquello, pero no tenía forma de demostrar nada. Aun así, veía claramente que ya había empezado la lucha de poder por la sucesión del pontífice Clemente V.
Necesitaba al nieto de Eliah, y lo último era dejarlo escapar de palacio.
Seder Ben Ariel había visto cosas entre los dominicos y en el sótano de palacio que ningún extraño podía escuchar o ver. Sólo por eso resultaba imperativo capturarlo.
Godin no se imaginaba que el fugitivo sabía mucho más de lo que él creía, y tampoco que no había estado en Aviñón durante los días transcurridos entre su primera y su segunda fuga. La impaciencia del cardenal iba en aumento. Había vuelto a enviar al caballero Von Falkenhenn a la plaza que había delante del puente y le había ordenado que cerrara el portón ante el pueblo que se amontonaba delante. Iban a entrar uno por uno y en orden, aunque el proceso fuera a durar hasta el cambio de guardia por la noche.
Abajo, los más impacientes comenzaban a atacarse mutuamente y la situación se hacía cada vez más peligrosa. Aunque alguien hubiera querido dar media vuelta, le habría resultado imposible. El cardenal Pierre Godin no quería esperar más. El caballero Von Falkenhenn no regresaba. Tampoco se
le veía sobre el puente. El maestro de palacio decidió entonces ir adonde pensaba que se iban a reunir D'Aux y Da Prato. No estaba de más que los vigilase aún más de cerca en los días siguientes, porque había algo que estaba tan claro para él como para sus compañeros de cargo: el agua de la clepsidra del Santo Padre llegaba a su fin. Y las intrigas en torno a su sucesión iban a estallar al final de la Pascua como muy tarde.
3
La amatista
Una fiesta, una fiesta... Tenían previsto celebrar su entrada en el monasterio de Comminges con una gran fiesta. Una fiesta para el hijo ilegítimo del nuevo pontífice. Al día siguiente, su padre respondió con expresión grave a todas las preguntas que Bertrand había guardado en su interior durante tanto tiempo. Y ello a pesar de que apenas se conocían.
Bertrand se enteró de que su padre había pronunciado sus primeros votos en este mismo monasterio, situado en la parte septentrional de los Pirineos, a apenas una milla de la orilla del río Garona, que había estudiado a continuación derecho canónico en Poitiers y Bolonia y que, un año antes de su nacimiento, había llegado a ser incluso obispo de la zona situada entre los Pirineos y Toulouse. Después había sido nombrado obispo de Poitiers y posteriormente arzobispo de Burdeos. En realidad, Bertrand sólo lo había visto de lejos, cuando Catharina de Comminges, su madre, lo llevaba con ella en sus peregrinaciones, por llamarlas de alguna manera, hacia su padre.
Como explicación para su reserva le había dicho en una ocasión que el pasado de su familia, la de ella, no era conveniente para él, que habían abundado los herejes. Sólo ahora, recién nombrado Papa, podía Clemente hacer algo más por los miembros de ambas familias.
Lo primero que hizo fue llevar personalmente a su hijo de diez años al lugar de sus comienzos. El niño era aún demasiado joven para entender las alusiones y los retazos de frases que le llegaban de las conversaciones de su padre con sus acompañantes mientras cabalgaban. Uno de los más imponentes de entre ellos se llamaba Arnaud d'Aux. Ya había sido confesor de la reina inglesa Isabel de Francia, la hija de Felipe IV el Hermoso.