El pulpo

Paul Andreota · Capítulo 1 de 11

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El pulpo

El Pulpo

Paul Andreota

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«Una vida no vale nada,

pero nada vale tanto como una vida».

André Malraux,

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Es verdaderamente asombroso que, en nuestra sociedad, la importancia de la vida humana sea inversamente proporcional al número de víctimas que provoca un desastre. Desde el 2 de setiembre de 1939, hay siempre una guerra que se desarrolla en algún lugar de nuestro planeta. Día tras día, mueren millares de hombres, y a veces mujeres y niños también: como individuos, no interesan a nadie. Luego vienen las hecatombes de la ruta, con centenares de cadáveres destrozados que no tienen más que importancia estadística para nosotros, y cuya renovación periódica termina por cansarnos. Con el accidente de aviación o de ferrocarril, un resplandor de interés ilumina nuestra mirada. Esta vez sí, nuestro periódico, que no es sino el reflejo de nosotros mismos, publica los nombres y un breve comentario sobre la personalidad de las víctimas. Si la catástrofe es más modesta, si se trata, por ejemplo, de un accidente de montaña, el círculo del reflector se concentra un poco más. La fotografía de los cuatro o cinco miembros de la expedición que se precipitó en el Cervin, el relato de lo que fue su existencia, las circunstancias de su trágico fin, se brindan a nuestra meditación por un espacio de cuarenta y ocho horas. Consideremos, por último, la muerte aislada. Entonces todo cambia súbitamente. Si un caminante descubre una noche, entre las malezas, el cadáver calcinado de un hombre o de una mujer, de inmediato algo formidable se pone en marcha en el país. La Pesquisa arranca. Durante semanas, meses, a veces años, ella ocupará el primer puesto entre las noticias. Costará sumas fabulosas. Movilizará la capacidad profesional de una cantidad de magistrados, policías, gendarmes, periodistas. Trastornará la vida de decenas de testigos. Extenderá sus tentáculos en todas direcciones, en todos los ambientes. Las hipótesis más audaces saldrán a luz, las personalidades más diversas serán pasto de la insaciable y sádica curiosidad del público. Este exigirá ser informado, hora por hora, acerca de su marcha; si la verdad tarda en descubrirse, un viento de rebelión comenzará a soplar, levantando oleadas de indignación. Se diría que el hombre de hoy, perfectamente insensible a la muerte en masa, no puede aceptar la desaparición de un miembro aislado de la comunidad, por más que haya sido un bribón, un expresidiario o una prostituta.

Y sin embargo, el muerto anónimo, el de las rutas y el de las guerras, está más cerca de nosotros. Es otro, ciertamente, otro cualquiera, pero mañana, de pronto, nosotros podemos ser ese otro. Falta muy poco para que eso ocurra. La muerte nos acecha en cada cruce de caminos y bien sabemos que, si la vida es peligrosa, el mundo moderno agrega al peligro la crueldad de lo imponderable y la estupidez de lo casual. A la inversa, los ajustes de cuentas, los crímenes pasionales o crapulosos están probablemente excluidos de nuestro destino. Esta víctima, que ponemos tanto ardor en querer vengar, no nos concierne en nada. Entonces, ¿por qué esa pasión, por qué ese fanatismo? ¿Es un resto de esa vieja exigencia de Justicia que dormita en el corazón de todo hombre civilizado? Los crímenes en serie tienen también sus culpables, pero su identificación no nos interesa, así como su castigo tampoco nos conmueve. ¿Es la curiosidad exasperada, la fiebre del aficionado a los enigmas lo que tiene al lector de novela policial despierto en su lecho hasta las primeras horas del alba? ¿Es un gusto desmedido por el escándalo o la secreta esperanza de que la información de prensa no diga todo, que haya cosas que no se atreven a publicar, formidables secretos, revelaciones pasmosas cuya sospecha es, por sí sola, un gozo para el espíritu?

Sin embargo, mientras millones de hombres vibran con deleite a cada nueva resonancia de la Pesquisa, algunos ven su existencia convulsionada y hasta amenazada por ella. Víctimas inocentes de sus tanteos, de sus errores, helos aquí, de la noche a la mañana, librados sin defensa a una opinión tan pronta a sospechar de ellos sin pruebas como a fustigarlos por diversión. ¿Y cómo podría ser de otro modo, puesto que, entre ellos, un día u otro se encontrará al culpable?

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