El rey del Honka - Monka
Verdor
ÍNDICE
Verdor
Aguaceros de mayo
Viaje infinito de Carola Dickson
Víctor viene de regreso
Historia del rey del Honka-Monka
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VERDOR
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Después de la tragedia se quedaron todavía por un tiempo en Bogotá. Pasadas las molestias del entierro, las palmadas en el hombro, la piedad de gente que apenas conocía, él perdió la fortaleza que se le había visto después de la noticia y durante las ceremonias que siguieron. Y entonces a ella, que había sufrido de desmayos primero y luego había sido sacudida por crisis nerviosas que debieron ser calmadas con enormes dosis de Valium, le tocó oírlo llorar a altas horas de la noche, encerrado en el baño, con gemidos contenidos de persona corpulenta.
No volvió a tocar un pincel y amontonó los cua dros, sin mirarlos, en una especie de bodega que había bajo la escalera. Y aunque seguía siendo una persona silenciosa y afable, se le podía notar cierto desgano, cierta agresividad refrenada. Todavía andaba con muchos amigos, pero ahora se quedaba alelado mientras los otros hablaban, mirando al vacío con ojos desolados. A veces bebía demasiado y terminaba dejando su pesado corpachón colgado de la silla. Los amigos lo cargaban entonces y Lucía los veía entrar, sudando, los tragos pasmados por el esfuerzo de bajarlo del carro y subirlo hasta la alcoba. Lucía les servía un trago, les ponía un disco, conversaba un poco, los besaba en la mejilla y los echaba.
Después de un año de verlo como roto e inmovilizado, ella empezó a preocuparse. Con los cuadros terminados se había logrado montar una exposición que resultó ser un relativo éxito, tratándose de un pintor todavía joven y poco conocido. Pero si en condiciones normales el éxito le producía cierta desconfiada curiosidad, ahora lo dejaba indiferente. Lucía tuvo que disfrutar sola con las reseñas donde se alababa su extrema habilidad y se le auguraba un futuro promisorio; y sólo ella pudo alegrarse por la rápida venta de los cuadros y recibir unos dineros que llegaban bien, aunque en el fondo no los necesitaran.
Entonces metieron los muebles en un depósito, alquilaron la casa y se fueron. Volaron a Los Ángeles. Alquilaron un carro.
Al principio él pareció aliviado con el cambio, y por momentos se le pudo ver alegre con aquel vagabundeo que los metía veloces entre naranjales infinitos y después los hacía entrar a los deslumbrantes paisajes resecos de Nuevo México y Arizona. Vieron soles enormes desaparecer entre piedras y cactus; vieron camiones lejanos titilando en la distancia requemada.
Se quedaban un par de días en algún motel o cabaña y después volvían a meterse en los paisajes gigantescos, donde podía sentirse al mismo tiempo la sensación de la inmovilidad y del vértigo. Y si viajaban de noche, él incluso podía poner música, subir el volumen y dejar que el sonido de mandolinas saliera por las ventanillas y se fuera como chispeando contra la enorme oscuridad.
Pero fue un entusiasmo fugaz. Antes de llegar a Nueva Orleans su mal genio volvió a acentuarse. Se quejaba de la monotonía de hoteles y autopistas, hacía comentarios sarcásticos sobre la pulpa insípida en que los gringos convertían todo lo que tocaban y se burlaba de los cuadros de Picasso que colgaban sobre los inodoros de los hoteles. Cuando llegaban a algún hotel, se quedaba esperando a que ella saliera de la oficina con la llave, y entonces estacionaba el carro, entraba al cuarto y se tiraba a la cama sin ayudar a bajar nada, sin lavarse los dientes, sin desvestirse siquiera. Y al día siguiente Lucía debía cargar maletas y maletines, y entregar la llave en la oficina.
En Nueva Orleans se alojaron en el barrio francés en un apartamento bello y polvoriento que les alquiló una señora que tenía los dientes podridos y parecía la bruja de Hansel y Gretel. Salieron de día a pasear por las aguas lodosas del Misisipi en un pequeño vapor de aspas rojas, cargado de turistas, que navegaba bien aunque pareciera de confite y caramelo; por la noche recorrieron Bourbon Street, mezclados con los demás turistas a medio emborrachar que recorrían la calle de arriba abajo oyendo música y mirándose los unos a los otros. Y aquella primera noche, rematada en un bar donde un pianista musculoso que tenía nariz quebrada de boxeador le dedicó a Lucía una versión algo desvencijada de Farolito, él pareció divertirse.
Durmió mal, sin embargo. A las cuatro de la mañana, sentado en el balcón frente a un cenicero repleto de colillas, miraba pasar los últimos borrachos. Y a las diez miraba su desayuno con cara ceñuda y cenicienta.
Ella le recordó, en el tono más severo del que era capaz, que no era sólo él quien había sido golpeado por la desgracia.
Se quedaron cuatro días en Nueva Orleans. A pesar de los comentarios sarcásticos que debía oír de tiempo en tiempo, Lucía se sintió fascinada por esa ciudad alegre, un poco sucia y un poco fermentada, tan parecida a las ciudades del Caribe. Como pasa a veces con la gente silenciosa, él parecía certero cuando hablaba; pero si alguien se hubiera puesto exigente, lo del Disney World para borrachos o lo de los prostáticos tocando clarinete habrían resultado apenas intentos débiles de hacerle daño a un sitio que resultaba difícil dejar de querer. Lucía se quedaba un rato callada, mirándose las manos, y después de darle la razón volvía a dejarse llevar por un bullicio y un movimiento que la deslumbraban.
En Nueva Orleans entregaron el carro, que con su olor a resinas sintéticas, sus blanduras plásticas y sus peluches a base de petróleo había empezado a asquearlo a fondo, y se fueron para el norte en el camarote-litera de un enorme tren expreso. Por la noche, mientras pasaban postes y fábricas sombrías, mientras él dormía o fingía dormir en la litera, Lucía miraba la eternidad que cada cierto tiempo abrían hacia el este los relámpagos de una tormenta cercana. Horas después se acostó y lo sintió llegar, innecesariamente brutal —dulce y cariñosa, ella nunca se le había negado—, arrancándole la ropa a manotazos y penetrándola, rasgando y magullando, mientras el tren pitaba feroz, metido ahora en la tormenta masiva que azotaba las ventanillas y revolcaba los árboles vertiginosos y relumbrados. El clímax fue rápido y aterrador, y pareció venirles desde el corazón mismo de las tinieblas.
Días después, sin camisa, él miraba llover por la ventana. Aunque estuvieran todavía en plena primavera, sobre la ciudad había caído una ola de calor y lluvia que la oscurecía y la hacía aún más densa. Frente al hotel un hombre despatarrado dormía aferrando una botella de vino en la mano derecha. Lucía había salido temprano y esta vez ni se había tomado el trabajo de invitarlo. Cuando lo llamó a mediodía para decirle que todavía se demoraba otro par de horas, él le contestó que podía demorarse lo que quisiera; cuando regresó, a eso de las cuatro de la tarde, lo encontró sin camisa, mirando llover por la ventana. El hombre despatarrado se había despertado y, sin levantarse, sin soltar la botella ni quitarle la cara barbuda a la lluvia, le pedía plata a la gente que pasaba.
Dejó de llover.
Visitaron a un amigo pintor que se vestía de negro, llevaba el pelo muy corto y usaba una gotera de oro en una oreja pulcra y rosada como un caracol. Tenía un estudio grande, donde producía cantidades abrumadoras de animales como electrizados sobre fondos de colores primarios. Después de dos tragos empezaron a recorrer el estudio mirando esa serie infinita de imágenes —vendidas, ciertamente, mucho antes de que empezaran a ser pintadas—.
«Esto lo que es es una puta fábrica», dijo él, y Lucía lo miró con ojos muy abiertos. El amigo no parecía ofendido, pero tampoco encontraba qué decir. Sonrisa cordial y ojos helados, mencionó los tiempos, que cambiaban.
Lo de la puta fábrica fue lo único que dijo hasta el final de la visita. Para salvar las apariencias, ella tuvo que sostener la conversación con su inglés precario mientras un macaco endemoniado la miraba desde uno de los óleos. El cielo se había cerrado otra vez y había tomado el color del cemento. De regreso al hotel, Lucía sintió ganas de llorar.
El domingo siguiente miraban a un maromero chino que con dos palos lograba mantener otro en el aire, golpeándolo constantemente hasta dar la sensación de que flotaba. La pequeña plaza era un caos de prestidigitadores, equilibristas y músicos. Jóvenes de pelo verde y pantalones de cuero fosforecían de palidez bajo el sol. Después de hacer flotar el palo, el maromero chino empezó a escupir candela, pero sólo Lucía pudo verla, porque él estaba sentado en una banca, encorvado bajo sus grandes espaldas, mirándose los zapatos. De regreso al hotel vieron a una viejita en patines, con la cabeza canosa llena de flores plásticas de colores. Cruzó frente a Lucía y le sonrió, afectuosa y feliz.
—¿La viste? —preguntó ella.
Él no contestó.
Lucía dijo que había visto a una viejita en patines con el pelo lleno de flores plásticas de colores.
—¿Y qué querés? —preguntó él.
Y entonces preguntó que si ella quería que él se orinara de la risa.
Para la primavera siguiente el pellejo le colgaría de los huesos como a un buey enfermo.
Después de la partida de Lucía —lo dejó, por supuesto, incapaz de aguantar por más tiempo esa mezcolanza de apatía y crueldad— se sintió aliviado, como si le hubieran quitado un morral de encima. Caminó liviano por las calles, sin rumbo. Entraba a los bares, salía de los bares, disfrutaba de una inmediatez que por su intensidad abolía el pasado por completo. A la señora que le alquiló el cuarto, uñas roídas, joyas baratas y una actitud impersonal algo ingenua, le dijo que se llamaba Boris y se dedicaba a la reparación de instrumentos. Adornó la mentira con algunos detalles y dejó aparecer el gesto más parecido a una sonrisa que había tenido o iba a tener en mucho tiempo. Y se instaló en un cuarto que olía a humedad y a estiércol de palomas.
Las palomas venían de todas partes y anidaban en el alféizar de las ventanas. La primera mañana fue despertado por su arrullo desapacible y por el aleteo sórdido que producían cuando llegaban o se iban del alféizar. No sin esfuerzo abrió la ventana, que había sido pintada muchas veces sin nunca abrirse y estaba soldada al marco, y vio dos nidos, cada uno con un par de pichones implumes y ciegos. Blandos reptiles del Apocalipsis, gárgolas repugnantes, abrieron sus desmesurados picos con avidez primordial y cayeron al vacío como pequeños demonios, para estrellarse y desaparecer tres pisos más abajo, entre pedazos de ladrillo, pedazos de alambre, sillas desbaratadas y colchones sucios, todos desperdigados en el patio que correspondía al edificio.
Dos edificios vecinos estaban abandonados: uno tenía las ventanas tapiadas y parecía un enorme nicho funerario, del otro entraban y salían las palomas. Y del reguero de ladrillos del patio brotaban pequeños árboles, muy proporcionados, frescos y de un verdor absurdo para aquellos lugares donde no llegaba nunca el sol.
Durante el verano durmió de día y caminó sin rumbo por las noches. Tal como se había anunciado desde la primavera, el verano llegó especialmente caliente y sofocante: llovía mucho y antes de cada aguacero el aire se ponía espeso y aplastaba. Metido en una penumbra de persianas bajadas él sudaba en pantaloncillos, durmiendo o mirando girar un ventilador de aspas metálicas que sonaba como si alguien estuviera sacudiendo una bolsa con clavos o monedas. Por la noche se ponía la ropa sobre el cuerpo todavía encharcado de sudor y salía a la calle después de sacar un par de billetes del sobre donde Lucía le había dejado una suma grande, tan grande al menos como irían a ser sus necesidades durante el verano, dinero que él ni había pedido ni había rehusado.
Después de caminar un rato se metía a cualquier bar, pedía una cerveza y se sentaba a mirar la televisión.
En las tinieblas del bar alumbraba el verde del pasto en estadios donde hombres de mandíbula cuadrada escupían y rasgaban el aire con miradas diamantinas. Señoras de ojos azules abrazaban con amor cajas de detergente mientras maridos vestidos con camisas impecables las miraban complacidos. Una pareja de novios se arrebataba una galleta de chocolate y se reía. La espuma de su cerveza se desvencijaba poco a poco, regresando de una elaborada e ilusoria estructura a la sencilla repugnancia del líquido plano y ahora tibio, que él bebía sin asco y casi sin pensarlo. En la pared de los baños, vulvas humilladas recibían falos en los que el orgullo masculino se sumaba a la propia torpeza del dibujo para plasmar una vanagloria atroz que alcanzaba los últimos límites posibles de la fealdad. Cuando algún fanático del béisbol le palmoteaba la espalda, sin sospechar que no se trataba de un camarada sino de alguien que sólo miraba el verde puro, abstracto e irreal de los prados lejanos, él encogía sus hombros anchos, cada vez más huesudos, de modo que el fanático dejaba congelar un poco la sonrisa, enfriar sus ojos entusiastas, y retiraba el brazo, consciente de que había tocado un territorio profundo y prohibido.
Después de mantener por horas el codo sobre la barra y la mandíbula apoyada en la palma de la mano, salía del bar a la hora de cerrar con el hombro derecho cubierto por la ceniza de los incontables cigarrillos que habían ardido entre sus dedos mientras miraba a los novios que se disputaban las galletas de chocolate. Caminaba por calles que olían a orines, llenas de periódicos y paraguas desmembrados, y se dirigía hacia los parques del río. En las bancas dormían los hombres desplomados. El móvil reflejo de un aviso de Pepsi-Cola flotaba sobre las aguas oscuras. A veces dormía en una banca, como los otros, a veces se amanecía viendo bajar las aguas sucias hacia el mar. Cuando llegaba al cuarto se tomaba un trago grande, para escapar del aleteo de las palomas, y se tiraba en la cama a sudar y a soñar con un pasado que regresaba en imágenes descoyuntadas y revolcadas, como si por su memoria acabara de pasar un viento furibundo.
Sin hablar casi con nadie, sin lavar su ropa, sin preocuparse por su creciente mal olor, se le fue pasando el verano. El pintor de animales endemoniados lo invitó un día a una fiesta a la que irían amigos comunes, pero él no fue, por supuesto. Ni siquiera pensó que resultaría difícil entenderse con gente demasiado inteligente, que el buen gusto de una rebeldía aparente iba a hastiarlo o que las mínimas formas convencionales de trato irían a resultarle insoportables. En un tono neutro dijo, sin más, que no quería ir; miró con sencillez al pintor de animales electrizados, como se mira y entiende un cactus o una rosa, le dio la espalda y lo olvidó por completo.
El clima todavía no empezaba a refrescarse. Los hidrantes elevaban de día chorros de agua en los que se bañaban los niños como pájaros; de noche caían contra el espejo del asfalto como si arrastraran carros y edificios, sirenas y neones, y los aniquilaran en un cataclismo espectacular contra la tierra.
Él recorría las noches del verano metiéndose por sitios profundos, recovecos turbios, pero casi siempre buscando terminar la noche bajo cielo abierto. Por algún tiempo anduvo con una mujer morena que tenía el tatuaje de una culebra en el estómago. Con ella entró y salió de bares, con ella pasó días en cuartos de hoteles desastrados, que tenían bañeras negras y cortinas espesas y raídas, y que parecían estar más hondo que los trenes subterráneos cuyo ruido los calaba por completo. Envuelta en la luz de mecheros de alcohol, la vio hacer brillar jeringas, la vio casi desaparecer de placidez en el fluido de su propia sangre como quien se deja llevar por un ancho río hacia el olvido. Aparte de que se hacía llamar Boris, ella no supo ni quiso saber nada de su vida. Se poseían con lujuria y sin ternura. Se encontraban al azar, sin alegría y de un modo fatal, como si dioses desganados hubieran tenido el momentáneo capricho de arrimarlos. Se despedían sin darse cuenta, de sapareciendo el uno del otro como desaparecen las personas en los sueños.
Cada cierto tiempo recibía cartas con estampillas de animales, plantas tropicales, próceres. Las dejaba sin abrir hasta que llegaba una nueva y entonces leía las dos con desatención, chismes lejanos, historias de amigos que ya había olvidado, formas afectivas que de lo puro marchitas ya ni tristeza producían. A veces se quedaba largos ratos mirando el azul intenso de las grandes mariposas, y a duras penas leía la letra abierta, pulcra, femenina, que le hablaba de gente que para él ya estaba muerta. Las orquídeas, las mariposas de Muzo, los héroes de mirada ingenua, en la barra de un bar, en su propio cuarto, en los hoteles, eran despojos mínimos y nítidos de un inmenso naufragio que a estas alturas ya ni centro tenía, ni periferia. En un sobre le llegaron las páginas dobladas de un periódico, donde se hablaba de él y se reproducía uno de sus cuadros. Las miró y volvió a doblarlas como si fueran un documento amarillo y apolillado, un poco repugnante, que hablaba de gente remota, desde hacía mucho tiempo convertida en polvo.
Para entonces el pelo le había crecido demasiado y se lo había agarrado atrás con un caucho. Su frente se veía muy amplia, sus ojeras muy grandes.
Los vientos empezaron a soplar más frescos. Las camisas de pana que había traído de Bogotá le colgaban abundantes y le daban una apariencia mística. Se afeitaba cuando el roce de la barba con la almohada empezaba a fastidiarlo, cada tres o cuatro días, sin espejo, rápido y sin preocuparse por los parches de barba que quedaran.
Una vez, ya casi de madrugada, lo sorprendió un aguacero mientras miraba bajar el agua del río para el mar. Caminó despacio bajo la lluvia y sintió que uno de sus zapatos estaba roto. La noche siguiente, en un baratillo que abría las veinticuatro horas, compró unos tenis que al principio casi cegaban de blancura en contraste con su ropa oscura, pero que rápidamente se fueron curtiendo con el polvo de calles y bares hasta ponerse casi negros, y que serían usados sin lavarse nunca y de un modo continuo hasta su disolución total.
Otra noche un hombre tan flaco y grande como él mismo le pidió cuarenta y tres centavos que le faltaban para una botella de vino. Con uno de los billetes que le dejara Lucía compraron una botella de coñac caro y se sentaron a beber frente al río. Un pequeño velero, con sólo una luz verde en lo alto del mástil y las velas desplegadas, pasó remontando la corriente en la oscuridad, como una mariposa noc turna. El hombre dijo ser sueco. Durante la noche dijo ser exmarino mercante, exingeniero, exgeólogo. También era alemán, y él entonces lo dejó hablar, sin creer ni dejar de creer, como el que se deja acompañar por el ruido del agua que baja entre las piedras. La noche era limpia y las luces de los aviones se movían muy nítidas contra la negrura compacta del cielo. Una rata larga pasó en la oscuridad y desapareció en un bote de basura volcado. El sueco, ya borracho, terminó una historia que lo había conmovido y agitaba los hombros bajo el peso de sollozos vigorosos. Se bebió un trago grande. Pareció aliviado de la angustia que le había producido su propia ficción y siguió hablando sin parar, como saltando un abismo a cada instante, creyéndose por turnos extopógrafo, finlandés, exgeólogo, exmarino, holandés, unas veces arruinado por los viajes, otras por las mujeres, el juego y el alcohol.
Como esa noche pasaron muchas. Las personas desaparecían y volvían a aparecer. A través del sueco conoció mucha gente. Había ajedrecistas fétidos, borrachos y caballerosos, muy raídos, que jugaban partidos a veces insensatos, a veces brillantes; había hombres abstraídos que garrapateaban incansablemente cosas en cuadernos sucios; había gente que con el alcohol comenzaba a discutir minucias a grandes voces y con gestos ampulosos y violentos, como si estuvieran en juego los destinos últimos. Noches largas durante las cuales probó por primera vez vinos dulces que llevaban nombres como Rosa Salvaje de Irlanda, o Pájaro del Trueno, los más baratos tal vez sobre la Tierra; noches que terminaban en un reguero de papeles y botellas quebradas que chispeaban después con el sol mientras los hombres que las bebieron, desperdigados ahora, quedaban caídos en bancas, donde respiraban apenas entre su propia sombra, o intrincadamente ocultos en las grietas del cemento, como si fueran cucarachas o murciélagos.
Las hojas empezaron a caer copiosas y a acumularse junto a las basuras de los parques. Él caminaba metido en una gabardina demasiado larga, aunque corta de mangas, como las de los espantapájaros de las tiras cómicas. La había comprado por dos dólares a un amigo que ofrecía mercancía vieja, casi basura, en la plazoleta donde había una escultura que representaba un dado gigantesco. Por algunos días alcanzó a sentir el espeso olor acumulado de anteriores propietarios, sedimento oscuro que se perdía en los orígenes de la raza humana, pero ahora su propio olor había tomado posesión, o se había tal vez integrado al antiguo, y ya no lo sentía. Y como la caldera del edificio aún no había sido encendida, muchas veces él llegaba y se tiraba a la cama con la gabardina puesta, mientras afuera arrullaban las horripilantes palomas, a soñar con un pasado que cada vez le llegaba más trocado y equívoco.
A finales de septiembre recibió una carta donde se anunciaba la llegada de un pariente para principios de octubre. La carta decía que ellos estaban muy preocupados por la falta de noticias, y él tuvo que hacer un esfuerzo para recordar de cuáles «ellos» se trataba. A la dueña del cuarto todo en la vida, al parecer, le importaba un bledo, y se encogió de hombros cuando él le dijo que se iba. Recibió la llave sin mirarlo y no se tomó siquiera el trabajo de levantar los ojos para verlo salir con su pequeño maletín en la mano y perderse en una noche excepcionalmente cálida, aunque llena de bruma.
Horas después la mujer entraría al cuarto y metería medias rotas, tubos de papel higiénico y colillas en una bolsa de plástico negro. Lo haría con gestos mecánicos, sin siquiera odiar, sin recordar siquiera a la persona que había dejado tras de sí semejante basural.
Se metió en un hotel pequeño, al frente de una avenida que cruzaba la ciudad de este a oeste, apretujado entre un almacén de almohadas y colchones demencialmente desordenado y una ferretería polvorienta. Alquilaban cuartos por horas, días, semanas, años, tal vez siglos. Al otro lado de la avenida había un parque con columpios y balancines oxidados, donde alumbraban por la noche los botes de basura a los que hombres oscuros metían fuego y después rodeaban para calentarse. Su cuarto tenía un inodoro rajado minuciosamente, como una cáscara de huevo, y un lavamanos mugroso. No había ni ducha ni ropero. Ni él ni las demás personas que entraban y salían parecían ya necesitarlos. Se salía del hotel por corredores y escaleras iluminados por débiles lámparas de neón que soltaban luz nebulosa. Todas las noches, al lado de las canecas de basura y de la escalera que bajaba del hotel a la acera, había un viejo que se acurrucaba para dormir protegido del viento. Mantenía la cabeza metida en una bolsa de plástico negro a la que le había hecho orificios para respirar. Una vez él le ofreció dinero, pero el hombre no quiso recibirlo; dejó en cambio oír una voz áspera y gruesa que venía de las profundidades de su cerrada noche de plástico, y le dijo que se llevara su dinero para otra parte, que nadie le estaba mendigando.
Por entonces había empezado a dibujar con carboncillo a la gente de los bares. Una noche quisieron comprarle el dibujo que había hecho de modo mecánico sobre una servilleta, y que mostraba a un hombre pequeño sentado en una banca alta, encorvado sobre la barra del bar, a la vez envuelto en sí mismo y echado para adelante, como un ave de rapiña o un demonio. Esa vez no quiso recibir dinero, aunque no tuvo inconveniente en dejarse invitar a un par de tragos que, como siempre, le duraron hasta que cerraron el sitio. Pero después decidió comprar un revólver que le ofrecían por ahí, contó lo del sobre y vio que le alcanzaba para el arma y sólo le sobraba algún ripio. Entonces comenzó a dibujar a la gente y a recibir lo que quisieran dar por los dibujos.
Los retratos eran tan oscuros como los bares, y las personas, aunque todavía identificables, aparecían a medio tragar por las tinieblas. Pero el límite de la oscuridad no se adivinaba en el bar (esquinas que, aunque invisibles, estuvieran allí; estructuras que, sin ser vistas, llenaran el alma con la luz de su lógica, tranquilizándola), sino que se perdía sin remedio en un abismo sin fondo. El reflejo de unas gafas, una mano cundida de anillos de plata, eran creados con la nitidez necesaria para que todo lo demás cayera en el vientre horroroso de lo oscuro. Sin embargo, la gente, metida en su sopor de alcohol y cigarrillo, rara vez se horrorizaba; miraba el dibujo con interés, sorprendida por la evidente habilidad del dibujante, hablaba un rato con él, le ponía las manos en el hombro y se mostraba casi siempre generosa. Tan pronto recogía lo necesario para pagarse la noche de hotel, la comida y los tragos, él dejaba de dibujar y se quedaba otra vez en la barra, inmóvil y en silencio.
Pagaba el hotel cada madrugada. Llegaba poco antes de que saliera el sol y le daba el dinero al empleado soñoliento, que le entregaba una llave atada a una lámina metálica de apariencia carcelaria y le devolvía el maletín repleto de ropa sucia que había dejado en la oficina al salir. Caminaba por escaleras inundadas de luz lechosa —el revólver, helado, subía metido en una media entre la ropa— y entraba a un cuarto que cada noche era distinto. Todos tenían espejos desportillados y borrosos e inodoros rajados, pero unos daban a la avenida y otros a pasadizos oscuros donde las ratas hacían sonar las latas en las basuras. A él todos le daban lo mismo. Por las delgadas paredes llegaban sonidos que a veces eran vagos, sollozos lejanos que se fundían con los ruidos del vapor en los tubos de la calefacción, disputas deshilachadas; pero a veces eran demasiado nítidos, bofetadas en cuartos adyacentes, gemidos sexuales, carcajadas crueles.
Antes de que su apariencia alcanzara el límite donde la mugre comenzaba a molestar a los clientes, obligando a los dueños a pedirle que se fuera —de modo cortés, pues algo en él inspiraba respeto, tal vez su tamaño—, vivió de dibujar en los bares. Había noches, por supuesto, en que se quedaba quieto a pesar de que en el bolsillo tendría acaso para pagar en el bar y comprar la botella de vino que le ayudaría a dormirse en un parque sobre una banca retirada; pero la mayoría de las veces, dibujando la penumbra en la penumbra, alcanzaba a recoger para pagarse un día de calor y sueño.
A mediados de diciembre vio en un noticiero de televisión que en la ciudad estaba nevando. Cuando salió a la calle vio que todo estaba cubierto de nieve y la sintió crujir bajo sus tenis sucios. La blancura se acolchaba y alumbraba con un resplandor a la vez espiritual y mineral, como de ultratumba. En alguna parte había conseguido un par de suéteres gruesos y raídos que usaba uno sobre otro y le bastaban, ade más de la gabardina, para protegerse del frío. Sentado en la puerta de un edificio abandonado, sobrevivió a esa larga y fuerte nevada con la gabardina subida hasta las orejas. Los copos a veces caían lentos y verticales, como si apaciguaran el desgarrador paso del tiempo, a veces enredados en ventisqueros que profundizaban el silencio. Terminó de nevar poco antes del amanecer y por algún tiempo logró sostenerse todavía la quietud de la nieve recién caída. Entonces aparecieron camiones que retumbaron in‐ fernales y empezaron a convertir la nieve en barro. Durmió por un rato con la cabeza apoyada en las rodillas y soñó que flotaba entre láminas, que se movía en una geometría vitrificada, elaborada y sin escape. Se levantó con un cansancio de plomo y caminó por calles donde la nieve ya comenzaba a derretirse. Gastó sus últimos billetes en una cafetería muy caliente, donde durmió otro rato con la cabeza apoyada en las palmas de las manos. Y entonces fue a un parque, limpió a manotazos la blancura acumulada en una banca y cayó como un tronco bajo el cristalino sol de invierno.
La nieve derretida encenagó los prados de los parques. El invierno soltaba y aflojaba, creando la ilusión de que el frío profundo nunca llegaría. Pero después de una ola de calor vino un frío seco, de cielos despejados, que congeló el agua en los charcos y el pantano en los prados. Él ahora sólo dormía uno o dos días por semana en el hotel. Le había tomado un desgano grande a dibujar las sombras de los bares, y sus bolsillos casi siempre estaban vacíos. Cuando no tenía cigarrillos, les pedía a las personas en la calle; y cuando no quería pedirles, recogía colillas grandes y se las fumaba mientras caminaba ensimismado. Para entonces su amistad con el sueco que se volvía alemán o irlandés se había hecho más estrecha. Juntos se sentaban en las bancas o caminaban por las calles, huesudos y corpulentos. Él oía las fantasías infinitas que el otro tejía segundo a segundo para existir, para darle forma momentánea a un pasado que se había evaporado. El sueco hablaba de su vida en Ámsterdam y se ponía poético describiendo la ciudad y sus canales. Lloraba de remordimiento recordando a una muchacha que se había envenenado por su culpa en Viena. Caían lágrimas copiosas (preferible la desdicha al vacío) mientras él lo miraba llorar y le pasaba la botella de vino, de la que el otro bebía sin secarse los lagrimones.
A mediados de enero cayó otra nevada enorme que sepultó las bolsas de basura en las aceras y los automóviles en los parqueaderos. Él había pasado el día en el hotel y al salir vio las enormes cuchillas que arrastraban la nieve en el pavimento. Ya no nevaba, pero el frío se había hecho cortante. El hombre de la cabeza en la bolsa, sentado sobre los botes de basura sepultados, parecía un borrón contra la nieve. Con el frío fuerte había comenzado a meterle papelitos a la bolsa —a la que amarró una cuerda que pasaba por debajo de la nariz y anudaba atrás, en la nuca — y parecía un monstruoso sultán. Cuando no estaba acurrucado en su sitio, caminaba por ahí, levantando de vez en cuando la bolsa, que le proporcionaba su noche perpetua, su intimidad, para poder ver los papelitos que recogía, industrioso como un pájaro, y metía por debajo de la cuerda en la cabeza.
Las cuchillas apilaban la nieve a los lados de la calle, sepultando aún más los automóviles ya sepultados. Él y el sueco caminaban echando vapor con la respiración. Tenían hambre, pero el dinero sólo les alcanzaba para comprar algún vino, de modo que un día compraron el vino y caminaron hacia un parque donde a veces regalaban comida. El sueco, demasiado hambriento, iba en silencio. Un viejo peludo venía comiendo, seguido de media docena de perros negros y gordos. En el parque, bajo los árboles pelados, vieron a un monje inclinado sobre una estufa, que repartía, entre cantos y campanillas, verduras hervidas y un arroz casi tan anaranjado como su túnica a una hilera de vagabundos harapientos y malolientes.
Comieron los grandes grumos, que tenían regusto perfumado, mientras miraban sin interés al grupo de jóvenes de cabeza rapada que cantaban al son de tambores y panderetas. Los vagabundos metían arroz en sus caras barbudas. Tres hombres negros ponían pedazos de madera y cartón en un bote de basura. Un grupo grande bebía en una de las bancas. La agitación era de plaza pública, ágora harapienta. El bote de basura echó candela, relumbró como un tulipán en la oscuridad del parque y dejó caer largos reflejos anaranjados sobre la nieve, que empezaba a endurecerse.
Aquella noche la temperatura bajó aún más y alcanzó niveles que serían considerados como históricos. La superficie de los lagos se volvió como de piedra, se congeló el agua que colgaba de las ramas de los árboles y la gente que vivía en la intemperie empezó a buscar resguardo como podía para escapar de la muerte. Muchos borrachos morirían dormidos en las bancas.
Él y el sueco, buscando un albergue para indigentes que el sueco conocía, caminaron contra el ardiente ventarrón. Entraron tiritando a un edificio gris donde los recibió el vaho espeso de una mezcla de vómito y desinfectante con olor a pino. El sueco conocía el nombre del recepcionista tras la cortina metálica y empezó a repetirlo como si fueran amigos. Sin hablarles, sin siquiera mirarlos, el empleado llenó unas fichas, que les hizo firmar, e hizo sonar el timbre que abría una enorme puerta con malla.
Caminaron por un corredor de paredes altas y llegaron a un salón donde más de cincuenta personas desvencijadas, sentadas frente a un televisor, miraban sin alegría a un hombre muy rosado que le hacía chistes a una audiencia invisible que se desternillaba de la risa.
El cubículo que le asignaron era apenas un poco más grande que la cama estrecha, como de cárcel. Cuando se cerraba la puerta la oscuridad era como la del carbón de piedra. Entonces aparecía la luz, débil, en las rendijas, y el peso en el corazón se hacía aún más grande.
Acostumbrado a dormir de día, casi no pudo dormir esa noche. Lagunas de sueño, pobladas de imágenes grotescas, le venían de tiempo en tiempo; lo demás fueron horas interminables pobladas de toses, gargajos y lamentos.
En algún momento durante esa noche larga salió de uno de los sopores turbios con la sensación, luminosa por lo cierta, de que alguien alguna vez se había ahorcado en ese cuarto.
«Que Dios nos compadezca», dijo. «Que alguien se apiade de nosotros», dijo, o pensó, mientras el pecho se le llenaba de hielo.
Palabras en todo caso grandilocuentes e inútiles que pensó o pronunció en un momento de terror y más tarde dejó ir sin más de su memoria.
Cuando el frío se hizo menos fuerte, pasaba las noches en algún parque con toda la ropa encima y los zapatos rellenos con periódicos, dejándose calentar por las llamaradas de los basureros encendidos. A veces llegaba mucha gente, gente con perros, incluso, encendían varios fuegos y bebían alrededor haciendo chistes o enmontándose en discusiones absurdas, ajenas por completo a la civilización y al progreso. Los industriales, los urbanistas, los cirujanos plásticos que pasaban en Mercedes-Benz o en Rolls-Royce miraban a los vagabundos agrupados por la candela, que aventaba un reguero de chispas cuando alguno la atizaba, y no podían entender cómo se podía llegar tan bajo. Y, para impedir que el caos se abriera bajo sus pies, repetían que era gente que nacía para perder o que le gustaba vivir en la miseria.
Recibía y pasaba la botella mientras dejaba que el calor del fuego lo agarrara hasta casi encenderle la barba. Cuando estaba bien caliente se sentaba en una banca con el maletín a un lado y se ponía a mirar las llamaradas. En el maletín sólo llevaba papel y carboncillos, periódicos viejos y un pequeño cojín que había encontrado y usaba como almohada. El revólver, envuelto en periódicos y metido en una caja cuidadosamente cerrada, había quedado en una tienda donde, por algunos dólares, les guardaban las pertenencias a los vagabundos. Este era un negocio que hacía las utilidades, no tanto por esos dineros, sino porque los clientes muchas veces no volvían (se morían de frío, se regeneraban, eran metidos a la cárcel), y las cosas, joyas, radios, cámaras, después del año que estipulaba la ley, pasaban a las estanterías donde eran vendidas a los buscadores de gangas.
Pero si el frío era demasiado fuerte había que dor -mir en el albergue. Casi siempre él se había tomado algunos tragos antes de entrar, de modo que enfrentarse a la malla metálica no sólo no resultaba doloroso sino que podía hacerse hasta con gracia. Le hacía chistes al empleado hosco, quien, representante insignificante del poder —pero del poder, al fin y al cabo—, se quedaba mirándolo con desprecio y algo de recelo. Después se sentaba a ver televisión en el salón caliente y se sentía hasta contento. De vez en cuando alguien caía entre convulsiones alcohólicas y otro se levantaba y le ponía un taco de periódico entre los dientes para que no se partiera la lengua. Llegaban entonces los paramédicos, amables y eficientes, y se llevaban al convulso mientras él miraba el proceso con el brillo, la nitidez que le habían dado tantos días de vino barato sobre un estómago casi siempre vacío. Cuando pasaba el alboroto volvía a mirar la televisión, por completo lúcido y abierto a la fascinación que despertaban en él sus imágenes esquizoides e infantiles.
A finales de febrero se instaló en una de las es taciones del tren subterráneo. Era muy ruidosa pero relativamente caliente, y la policía no rondaba demasiado. Colgó sus dibujos de una puerta de barrotes de hierro que quedaba al final del corredor y clausuraba, al parecer a perpetuidad, una escalera que subía repleta de desperdicios, se alejaba de la luz de neón de la estación y se deshacía en una oscuridad completa e inhumana. Además del maletín, andaba con un talego de dormir que le habían regalado y que alguna vez había sido verde y él debía remendar constantemente para que no regara sus plumas. Usaba un periódico como escoba, extendía el talego del modo más nítido posible, ponía el cojín encima y se sentaba, peludo y digno, recortado contra sus propios dibujos que atrás, colgados de la reja, parecían manifestaciones de las sombras absolutas que había detrás de los barrotes. Las personas que esperaban el tren lo veían llegar, casi solemne de lo lento, y desplegar su personalidad fuerte y apacible en aquella escasa superficie. El tren casi siempre tardaba y ellos alcanzaban a mirar los dibujos. Cuando le preguntaban que de dónde era, él decía cualquier cosa; cuando se mostraban sorprendidos de que una persona tan hábil viviera de ese modo y querían saber si alguna vez había tratado de buscar trabajo como dibujante, les sonreía. A veces compraban, a veces dejaban la plata pero no se llevaban el dibujo. Entonces llegaba el tren, recogía a los pasajeros, se los llevaba entre vientos amoniacales y explosiones voltaicas, y él los olvidaba por completo.
Así pasó muchas noches. El sueco nunca quiso acompañarlo, pues al parecer había sufrido mucho en una o muchas guerras, cuando se había visto obligado a buscar refugio en subterráneos fétidos. Si los trenes empezaban a escasear y la gente bajaba menos, él sabía que la noche era más honda. Entonces podía encontrarse sin más compañía que el ruido del agua bajando por las paredes del túnel, o bajando por las cañerías, y el ocasional movimiento de las ratas que caminaban rápidas al lado de los rieles o hacían sonar las basuras en las escaleras. Y en aquel espacio cavernoso, roto de vez en cuando por el estrépito de los trenes, dibujaba.
Sus dibujos se habían hecho un poco incomprensibles y parecían abstractos. Eran, sin embargo, las últimas vibraciones de la luz al ser tragada por lo oscuro. Y si uno miraba con detenimiento podía vislumbrar formas humanas que respiraban en la oscuridad apenas un poco más allá de la agónica porción de luz donde todavía era evidente una columna o el inicio de un tramo de escaleras. Formas que a pesar de lo remotas y hundidas no siempre se presentían desgraciadas.
Cuando empezaba a llegar la gente, abundante y fresca, él sabía que había llegado la mañana. Descolgaba los dibujos de la reja, los guardaba con cuidado en el maletín y se metía en el saco, donde se quedaba dormido de inmediato a pesar del ajetreo exterior. A veces podía dormir retazos largos, pero casi siempre lo despertaba la policía con suaves patadas en las costillas o pequeños porrazos en los pies. «¡A perderse!», le decían, y él recogía sus cosas sin mirar a nadie y salía del subterráneo para enfrentarse a una brillante luz de invierno, confusa, dolorosa. Se escabullía entonces, enceguecido como un topo, y buscaba otras escaleras que pudieran llevarlo a la oscuridad de la tierra, donde en otro rincón pudiera extenderse y lograr otro pedazo de sueño. O, si el frío no era muy intenso, iba a los parques y se tendía, metido en el saco, en una banca donde quedaba convertido en un bulto inmóvil que recordaba los funerales de alta mar.
Su descanso perdió todo sistema. Podía verse borracho, tendido bocarriba en uno de los cubículos del albergue, podía dejarse revolcar el sueño por las vibraciones profundas de los trenes, o despertarse en una zanja que había al fondo de un parqueo de automóviles, donde el hombre que vendía basura había acondicionado una guarida que le dejaba usar durante el día. El hombre vivía con dos perros. Su hueco, lleno de edredones viejos y almohadas medio podridas, era una espesa selva de insectos san -gradores. Pero ya entonces él no escogía el mejor sitio posible para dormir sino que caía en lo que hubiera a mano. Cuando llegaba la noche salía de la madriguera y se quedaba un rato sentado afuera, sacándose las pulgas de la barba y matándolas con sus uñas llenas de mugre y polvo de carboncillo. Después le daba la espalda a la calle y, protegido por la gabardina andrajosa, se bajaba los pantalones para sacarse las que caminaran por la ingle o en la base del sexo. Su pene se veía marchito. De vez en cuando soñaba con Lucía, pero sus sueños no eran eróticos sino que terminaban en escenas donde, a pesar suyo, la golpeaba e insultaba.
Había que beber mucho para resistir tanta in clemencia. Durante algún tiempo pudo todavía dormirse borracho y despertar con una noción clara de lo que había sido el día anterior y la certeza de que el movimiento siguiente era poner cualquier cosa en el estómago y tratar de conseguir algo de plata para vivir las horas que seguían. Pero esa sombra de rutina comenzó también a desdibujarse. Cuando se despertaba un poco borracho y encontraba que esta vez nadie le había robado el vino, podía beberse un trago grande y caer otra vez dormido hasta que la policía en los túneles o los empleados en los albergues lo despertaban de nuevo. Empezó a salir del subterráneo sin saber si afuera iba a encontrar la luz o las tinieblas. Y cuando se quedaba abajo, se sentaba por horas, sin mostrar sus dibujos, absorto, sacándose las pulgas.
Los tenis se acabaron y en sus pies aparecieron botas grandes, de apariencia militar, que le causaban ampollas pero no dejaban entrar el frío. Los tenis habían comenzado a desintegrarse en pleno invierno: el papel periódico con que los rellenaba se había empezado a salir por los boquetes y él debía pasar un buen rato cada noche tratando de recomponerlos. Sin desesperación, con la paciencia artesanal y la expresión atenta con que había trabajado siempre, les había cosido pedazos de tela, amarrado cordones y pegado hule a los rotos de las suelas. Pero al fin se deshicieron y un día se vio en un hospital donde gente vestida de blanco le curaba las heladuras de los dedos. Tal vez ellos le regalaron las botas. También era posible que alguien en el subterráneo se las hubiera puesto al lado mientras dormía, o que alguno de sus amigos se las hubiera vendido o prestado. Un médico joven le advirtió que a pesar de su fortaleza natural, el maltrato podía causar daños irreparables en su organismo. Una enfermera le preguntó, como queriéndole arrancar un secreto simpático, la razón de haberse entregado a la bebida, y él le contestó que había sido a causa del invierno.
Pero no habría podido decir si había salido con las botas del hospital o si alguien se las había vendido o regalado tiempo después. Caminaba arrastrándolas, y los cordones venían atrás como algas. El mundo se había hecho imprevisible. Se dormía en un sitio y se despertaba en otro. Le aparecían mantas en los hombros, guantes en las manos. Del aire caían monedas, que miraba un rato, asombrado, y luego recogía. Le aparecían peladuras infectadas en los codos, llagas en los sobacos. Una mañana se vio frente a un charco de agua que se estaba congelando y dio gracias a Dios por haberle dejado presenciar semejante maravilla. Después se vio sentado en una banca frente al río, mirando bajar el agua helada y sucia para el mar. Por algún tiempo estuvo durmiendo en un camión estacionado que tenía un carro volcado en la carga; el motor del carro goteaba y el aceite lo fue empapando por completo. La gente se cambiaba de acera cuando lo veía venir. Turistas de los pueblos pulcros y legendariamente aburridores del oeste central se agolpaban en las ventanillas de los buses para verlo pasar, inmundo, como una avanzada del fin de los tiempos. Su mirada se había hecho muy limpia y cristalina.
Un día dos policías enormes y rubios le pidieron de mala manera que se fuera del pequeño parque de un vecindario de gente rica donde había pasado horas, días tal vez, fumando y cantando en voz baja. Había cantado La Marsellesa, La Internacional, había cantado viejas canciones de la revolución mexicana, boleros viejos, melodías que alguna vez tuvieron mucho significado y que ahora, desde su pozo ciego de consciencia, desgranaba con voz gangosa mientras se mecía contantemente mirándose las botas. No es probable que haya tratado de rebelarse, pues la intemperie lo había dulcificado demasiado y su carácter había alcanzado una docilidad absurda. Más posible es que se haya demorado en levantarse o que haya continuado cantando como si se burlara de la autoridad. En todo caso lo metieron a estrujones al automóvil y se lo llevaron a un lote vacío donde empezaron a golpearlo.
Uno de los policías, que sabía romper las botellas de los vagabundos sin sacárselas del bolsillo, le dio los primeros golpes, que le hundieron un vidrio hondo en la nalga. Después cayeron otros que le rompieron la nariz y le partieron algunos dientes. Débil como estaba, se desmayó y ni siquiera sintió las patadas que iban a romperle las costillas.
Cuando salió del hospital el pellejo le colgaba de los huesos como a un buey enfermo. Con el dinero que le regalaron las enfermeras se metió otra vez al hotel al lado de la ferretería polvorienta. El hombre con la cabeza en la bolsa dormía acurrucado entre los botes de basura. La mañana de primavera estaba repleta de luz fuerte y confusa. Vendado y débil, él subió por corredores lechosos y entró al cuarto, donde dejó caer las persianas y sintió que sus ojos descansaban. Con la sobriedad le había llegado también un desgano profundo. El recuerdo del invierno reciente, sus noches de desenfrenado y reblandecido amor por la humanidad, sus amaneceres llenos de admiración mística por fenómenos nimios, le producían ahora náuseas. Tendido bocarriba dormía y volvía a despertar con la desagradable sensación de estar otra vez ahí, la evidencia lamentable de no haber desaparecido para siempre de la Tierra.
No se trataba de que la golpiza lo hubiera desilusionado de la grandeza del género humano, pues hacía rato que había dejado de creer en tal cosa. Se trataba de un cansancio que le venía de los huesos, tristeza desbordada que se ampliaba con cada respiración y llenaba las fronteras del mundo con su niebla. No quería ver gente, no quería mirar los retoños de los árboles. La inminencia de parques florecidos le causaba dolor; hasta el agua oscura del río lo hastiaba, hasta el cielo de la noche le dolía. Si se dormía y dormido su cuerpo buscaba descansar de costado, una violenta punzada en las costillas volvía a despertarlo y lo dejaba otra vez con ganas de meterse un tiro en la cabeza. Varias veces quiso dejar el hotel e ir a buscar su revólver al depósito, pero saber que afuera estaba esa luz deslum brante, ese cielo azul bajo el cual hormigueaban, repulsivos, los humanos, lo disuadía de abandonar la sombra.
Tres días y dos noches sin salir del hotel, sin comer nada y sin matarse. Al final del tercer día de bió salir, pues ya no tenía cómo pagar el cuarto. Las rodillas le temblaban. La piel aparecía lívida en la raíz de los pelos de la barba y la cabeza. La venda con la que le curaron la nariz estaba suelta. En el hospital lo habían bañado y ahora la gente volteaba la cabeza, no porque oliera mal, sino porque parecía muy seco y polvoriento. Cada cierto tiempo tenía que sentarse a esperar a que el corazón dejara de bombear temblores fríos, y entonces se levantaba despacio y seguía caminando hacia el río.
El sueco casi se pone a llorar cuando lo vio sen tado en la banca como un espectro harinoso. Le enderezó el cuello de la chaqueta y le peinó el pelo reseco con sus manazas sucias. Le entregó la bolsa que traía (papeles, trapos) y le dijo que se la cuidara, que no se fuera a mover, que ya volvía.
La persona a quien llamaban Boris se quedó mi -rando hacia adelante con ojos envejecidos. En los árboles cantaban los pájaros y por el río, entre gaviotas, bajaba una enorme barcaza cargada de basura.
Volvió el sueco y comenzó a desenvolver con cierta ceremonia la lasaña vieja que le habían regalado en un restaurante. Traía también dos platos de cartón y dos tenedores de plástico. «Me la calentaron», dijo, y se pudo sentir, casi ver el olor vinagre de la pasta, enredándose en el aire. Vagabundos conocidos pasaban y los saludaban, efusivos. La comida le bajó al estómago y trató de acalambrárselo; el vino le trajo una sensación de bienestar que se le regó por las venas.
Pasó la noche en esa banca durmiendo y despertando mientras el sueco hablaba sin parar. Volvió a un río, selva adentro, donde había estado cuando era adolescente. Los matices del verde en el agua, verde mineral de los grandes peces que nadaban en el verde vegetal de las aguas limpias, verde azuloso de las enormes piedras sumergidas, volvieron a despertar aquel deslumbramiento. Volaban los papagayos, bullían las bandadas de micos en las ramas altas. La selva envolvía todo con su dulce estrépito. El sueco hablaba de un sitio en las montañas donde había hoteles que recibían a todo el que estuviera dispuesto a lavar ollas y platos. Les daban cuarto, comida y un cheque semanal. El trabajo podía ser fuerte los fines de semana, cuando llegaba la gente escapando del humero de las ciudades, pero después no había casi nadie y uno podía descansar y gozar del aire puro. La bandada de garzas que se dejó ver por entre un claro en los árboles altos se reflejó en las aguas profundas y voló, blanca, entre los peces esmeralda. Uno iba a una agencia, decía el sueco. Ellos lo hacían afeitar y lo metían a un carro que lo subía a las montañas. Él, el sueco, al día siguiente subiría a trabajar a las montañas. También él podía ir si quería, pues total era siempre mejor andar con los amigos. El agua era fresca y liviana, y uno se desplazaba en ella sin esfuerzo, como un rayo de luz entre las piedras.
A la mañana siguiente estaba afeitándose con mano temblorosa frente a un espejo grande y despiadado. La cuchilla que le habían dado era vieja y le dejó la cara ensangrentada. Si con barba parecía un anciano, sin barba parecía un muerto. El color de la sangre reverberaba con nitidez en el espejo; lo demás era un blanco amorfo y unas ojeras muy negras y explayadas.
Viajaron veloces por entre árboles todavía leñosos pero ya con brotes nuevos, sólo visibles para quienes quisieran mirarlos con detalle. En el maletín llevaba papel, carboncillos y el revólver, que había sacado del depósito e iba ahora metido como siempre entre una media. Después de la afeitada, al sueco le había quedado la mandíbula larga y huesuda, y sus ojos parecían más azules que antes. El chofer era un hombre negro, de modales cariñosos, que se la pasó hablando de lo mucho que les iba a sentar una temporada en las montañas. En la parte de atrás llevaban cajas con envases de vidrio que repicaban a cada desnivel del pavimento. También venía con ellos un hombre pequeño y pálido, con cara de desahuciado y ojos malignos, que bebía de una botellita cuando nadie lo miraba.
Horas después, flaco como un náufrago, él entraba al cuarto de la dueña del hotel. Era oscuro y olía a cosméticos. Jennie Grossinger, anciana de voz fuerte, le dijo que, como él bien debía saberlo, aquel era un hotel, es decir un negocio, no una institución de beneficencia. Ella esperaba que todos entendieran eso y confiaba, como siempre, en que la caballerosidad natural los haría comportarse como era debido. Carraspeó y acentuó sus gestos dignos y fuertes. Se trataba del pequeño discurso que repetía de todo corazón año tras año, severa, cuando llegaban los de -samparados. Sus diamantes chispeaban en la oscuridad. Jennie Grossinger se acercó, lo miró a los ojos y dijo que él era un «gentle man». Él supo que Jennie Grossinger había querido significar, no un caballero, sino un hombre suave, y que lo había expresado además como un elogio. Jennie Grossinger dijo que creía saber por lo que él había pasado, que era obvio que las rodillas apenas podían sostenerlo, que descansara un día y se alimentara bien para que comenzara a trabajar al día siguiente. «Eso es todo», dijo al final, seca, fibrosa. «Ahora puede irse». Afuera, liviana, caía la última nevada de aquel año.
El trabajo era fuerte pero él lo tomó con entusiasmo. Vestido de blanco, todavía muy pálido, con el pelo cogido atrás con un caucho (de soltarlo le habría llegado a la mitad de las espaldas) raspaba con fuerza el fondo de las ollas inmensas. Había dormido por lo menos veinticuatro horas, sin soñar, entre sábanas muy limpias y frescas. Para Jennie Grossinger era cuestión de principio que sus empleados, y con mayor razón los vagabundos que habían sufrido y llegaban derrengados, disfrutaran de un alojamiento tan cómodo como el de los huéspedes. Aquello no era una institución de beneficencia, era cierto, y no podían darles cuartos individuales, pero en cambio las sábanas eran finas, los baños grandes y limpios, las toallas abundantes. Cuando los huéspedes se iban, ellos tenían derecho a usar las instalaciones, el billar, el sauna — después de recuperarse un poco, pues podía matarlos— y por supuesto la piscina, para los que vinieran durante el verano. Jennie Grossinger se aprendía sus nombres, los saludaba severa cuando los veía y les preguntaba si estaban cómodos y si creían que se estaban recuperando. Nunca trataba de retenerlos cuando, después de algunas semanas de buena comida y cama, empezaban a mostrarse inquietos y daban señales de querer volver a la intemperie; les agradecía por la ayuda prestada y les recordaba que el hotel siempre los iba a estar necesitando.
El sueco y él lavaron ollas, barrieron, trapearon, sacaron las basuras mientras el hombrecito de mirada mala manejaba la máquina de lavar platos. Fumaba y bebía constantemente —aunque hubiera resultado difícil sorprenderlo cuando empinaba la botella—, y a pesar de que se veía insalubre y tan blanco como la ropa que ahora llevaba, evacuaba con eficiencia el torrente de platos que llegaba del comedor. Una tarde, cuando se terminó la avalancha del almuerzo y ellos acabaron de lavar ollas y platos y pudieron a su vez sentarse a almorzar, el hombrecito se encerró en el baño. Media hora más tarde salió, más pálido que nunca, bailando eufórico al son de la música de un pequeño radio portátil del que nunca se separaba, y miró de reojo y con disgusto la comida que ellos devoraban. Le hacía chistes pesados al sueco, de quien ahora parecía muy amigo.
El sueco comía como si no lo hubiera hecho nun -ca. Aunque aquello no era una institución de beneficencia, Jennie Grossinger nunca había querido poner restricciones a las cantidades que quisieran consumir sus empleados. El sueco roía los huesos de pollo, paleaba el arroz, vaciaba el plato y le pedía al cocinero que se lo llenara de nuevo. Cada cierto tiempo mataba el ojo y preguntaba con la boca llena si no era cierto que él, el sueco, sabía dónde ponían las garzas. Era evidente su orgullo por haber conocido el hotel, haberlo invitado y haberle proporcionado el placer de comer tanto pollo en salsa de champiñones como quisiera recibirle el organismo.
Trabajaron duro y comieron copiosamente desde el viernes por la mañana hasta el lunes a mediodía, cuando el hotel quedó vacío. Sólo entonces pudieron mirar las montañas y sus árboles leñosos que se erizaban contra un cielo muy azul. En el fondo de la piscina estaba aún la hojarasca del otoño. Los parasoles descoloridos, abiertos sobre las mesas, daban una sensación triste, no del todo desagradable, como si también el verano estuviera allí, aunque reseco y suspendido. Él se puso la gabardina sobre la ropa de trabajo y salió a caminar por los bosques que rodeaban el hotel. La nieve se conservaba en los repliegues de la tierra; lo demás tenía el color de las hojas convertidas casi en tierra o el pardo de los árboles invernales. De regreso se sentó a mirar la piscina. El fondo de hojas podridas tenía su belleza (gradaciones de lo muerto camino a convertirse en tierra) pero se podía sentir soledad, nostalgia por insectos, reptiles y batracios. Hubiera querido ver lagartijas centelleantes removiendo la hojarasca, hormigas, ranas, sapos plácidos sentados en medio de una abundancia inenarrable de moscas y libélulas.
Durante las primeras semanas el sueco se portó bien: casi no bebía y no acompañó ni una sola vez al hombrecito con cara de desahuciado a los bares del pueblo vecino, a los que iba cada noche a emborracharse. Por todas partes brotaban las lanzas verdes de los tulipanes. Algunos árboles florecidos deslumbraban en medio de los colores negruzcos dominantes; en los demás, los bulbos hinchados estaban a punto de reventar. El sueco y él se sentaban al lado de la piscina, él a dibujar, el sueco a leer un tratado sobre pájaros que en algún lado se había conseguido. El sueco comenzaba a hablar con exuberancia sobre lo que leía, pero poco a poco bajaba la voz, se levantaba con menos frecuencia a mostrarle diagramas de huesos, plumajes espectaculares, y terminaba ensimismado mirando algún punto vaporoso entre los árboles. Entonces roncaba en el aire puro. Él seguía dibujando algún detalle de la piscina que, separado del resto y tratado con mucha paciencia, alcanzaba límites espectrales de fugacidad.
Los brotes siguieron reventando, se hicieron vertiginosos y apabullaron el espacio con colores y perfumes. El sueco había empezado a acompañar al hombrecito de mirada mala en sus escapadas nocturnas. Una vez desaparecieron por tres días y volvieron el viernes por la mañana, barbudos y sucios pero sobrios. Se afeitaron, se cambiaron la ropa y entraron a la cocina. A medida que todo a su alrededor se llenaba de color, el tono del hombrecito, que se llamaba Willy, pasaba del blanco amarillento al blanco azuloso. Ya no bailaba y a veces se olvidaba de encender el radio. Pero bebía constantemente, casi no comía y desaparecía largos ratos en los baños, de donde salía alumbrando de palidez, aunque con energía suficiente para raspar las sobras con la espátula y trepar los recipientes repletos de platos en la correa que entraba al dantesco aparato lleno de chorros de agua y vapor hirvientes. Un día Jennie Grossinger lo mandó llamar y habló con él durante largo rato. De regreso, Willy comenzó a maldecirla y a llamarla «sucia vaca vieja», hasta que algo en la expresión del sueco le hizo entender que más le convenía enfurecerse en silencio.
Cerca de la bodega donde se guardaban las herramientas, un cerezo alcanzó los últimos límites posibles del color. Los pétalos caían a la tierra entre bulla de pájaros y revuelo de insectos. De pie frente al caballete rústico que había construido, él empezó a dibujar la multiplicidad caótica y minuciosa de hojas secas, los entreveros de pasto y tierra, las flores a medio podrir que se extendían donde el árbol daba sombra. Dibujaba sin parar, interrumpiéndose sólo para orinar o comer alguna cosa.
La luz llegaba y se iba como un soplo.
Willy salía cada noche y volvía cada mañana, blanco como un cadáver. Un viernes se desmayó frente a la máquina y él tuvo que remplazarlo. Trabajó entonces con vigor entre el bullicio de loza, el olor a comida y el vapor de la máquina, y en medio de la agitación (en lugares extraños sorprende a la gente la alegría) llegó a sentirse hasta contento. Esa noche el sueco y él se bebieron media botella de whisky. El sueco no dejó de asombrarse cuando lo oyó hablar de algún sitio, en su pasado, donde los micos revolcaban las copas de los árboles y las piedras se veían azules en el fondo de aguas limpias y profundas.
Engordaron un poco mientras por todas partes se afianzaban los colores de la primavera. Willy, en cambio, empezaba a toser y a encogerse como una hoja de papel a fuego lento. Se ponía cetrino y cada vez recordaba más un pequeño y solapado vampiro. El sueco lo sorprendió una vez tratando de robarle cigarrillos; lo agarró por el cuello, lo sacudió en el aire como a un talego de huesos y lo miró caer al piso y escabullirse, rencoroso y veloz. El cheque que les entregaban los viernes a mediodía a Willy se le volvía humo ese mismo día, y entonces les pedía plata prestada, no siempre de buen modo, poseído por una urgencia que le llenaba la frente de sudor. Ellos no parecían tener muy claro qué hacer con el dinero y a veces le prestaban, en especial cuando Willy, angustiado, se ponía obsequioso y había que quitárselo de encima. El sueco dejó de acompañarlo a los bares y ahora prefería beber en el cuarto o sentado en una banca hablando como loco al lado del cerezo que había estado florecido.
Un sábado a la hora del almuerzo Willy se metió al baño y no volvió a salir. La puerta ni siquiera estaba con seguro y lo encontraron en el piso botando espumarajos. La ambulancia llegó ululando entre los bosques reverdecidos, y ululando se llevó al hombrecito, que ya para entonces no tenía convulsiones y parecía respirar con facilidad. Aunque Willy nunca le había caído bien, Jennie Grossinger fue incapaz de dejarlo ir así nomás y le metió un sobre en el bolsillo de la chaqueta: el cheque con el sueldo y otro cheque, relativamente generoso, como reconocimiento por los servicios prestados.
Los días llegaban cada vez más tibios. Un muchacho venía del pueblo los fines de semana a lavar ollas y él heredaba la dudosa gloria de la máquina de lavar platos. Jennie Grossinger había ofrecido ascenderlo a mesero, pero él rehusó: no tanto por no cortarse la cola de caballo, sino porque estaba seguro de no tener paciencia con los inofensivos caprichos de los clientes.
El sueco se había puesto inquieto y nostálgico. Miraba en silencio los árboles, ahora furiosamente reverdecidos, y tenía la expresión del náufrago perdido en una isla esplendorosa. Se quejaba del hotel. Decía que las toallas no estaban limpias, que el pollo había quedado grasiento. Casi se va a las manos con el cocinero cuando dijo haber encontrado una pata de cucaracha en la comida. Se despertaba por las no ches a fumar y a mirar por la ventana. Una noche confesó que respetaba mucho a Jennie Grossinger pero que no le gustaba en absoluto ser tratado como un animal doméstico. «A nadie le gusta que lo traten como un gato», dijo. También dijo que había tomado la resolución de irse: creía haberse recuperado por completo, tenía el alcohol bajo control y estaba seguro de que esta vez, cuando regresara a la ciudad, iba a encontrar un trabajo decente y tal vez hasta un apartamento. Sólo tenía cuarenta y cinco años (a veces eran cincuenta y cinco, a veces sesenta y cinco) y aún estaba a tiempo de rehacer su vida.
Preguntó, retórico, si aún estaba a tiempo de rehacer su vida, y él le contestó que sí, que aún estaba a tiempo.
Se fue el sueco y los días empezaron a hacerse demasiado largos. Poco antes de terminar de pintar la sombra del cerezo florecido, él se puso a mirar el cielo, donde nubes borregudas contrastaban con un azul tedioso, y a mirar los árboles, que tenían el verdor de los folletos de turismo, y se encontró pensando que estaba cansado de tantos colorines. Y esa misma tarde, siguiendo al pie de la letra las ceremonias que habían precedido la partida del sueco, fue al pueblo y compró un par de botas fuertes, un abrigo grueso, mucha ropa interior y una maleta burda y resistente.
Pero no se fue de inmediato. Jennie Grossinger le pidió que se quedara hasta que pudieran remplazarlo, cosa que hizo con gusto, y cuando regresó a la ciudad era ya casi el final de la primavera.
Se metió otra vez en el hotel al lado de la ferre tería polvorienta. Todo giraba sobre el mismo eje y sólo cambiaban los detalles. El hombre con la cabeza en la bolsa, por ejemplo, había desaparecido: no logró sobrevivir a los últimos fríos del invierno y envuelto en su precaria noche personal pasó a la noche eterna. Al muchacho que había estado a cargo de la oficina lo habían remplazado por una señora que tenía la cara más grande que él había visto jamás, y quien, a pesar de su aspecto horripilante, era amable y hasta maternal. En los cuartos habían cambiado las cortinas deshilachadas por otras que aunque nuevas parecían ya sucias y, aunque enteras, se veían tan rotas y fúnebres como las anteriores. Los lavamanos rajados seguían inmutables, lo mismo que los gemidos de placer o los desgarrones de odio que atravesaban por las noches las paredes y las puertas.
Al principio vivió de noche, tal como el verano anterior, después de la partida de Lucía. En las montañas el dinero se había acumulado y, salvo por los préstamos a Willy y la compra de ropa, estaba completo. Pero a diferencia del verano anterior, ahora la plata se alargaba: sabía dónde regalaban comida, prefería las bancas a los bares y sabía escoger los mejores sitios para mostrar sus dibujos. De modo que pasaba las noches como un sueño, los días durmiendo, y así alcanzó a llegar al otro otoño sin ir a los albergues o a los subterráneos del tren.
El otoño llegó denso y oscurecido por grandes nubes grises, de apariencia catastrófica, que corrían veloces mientras abajo la gente caminaba con las gabardinas subidas hasta las orejas, entre hojarascas revueltas y basuras voladoras. Por un par de meses el sueco había trabajado en un supermercado re cogiendo los carritos metálicos y metiéndolos unos dentro de otros en hileras largas de donde los clientes volvían a sacarlos. A pesar de su locuacidad, los compañeros lo querían y los jefes lo respetaban. Pero aquel trabajo sin fin comenzó a desmoralizarlo, la vida sin Dios ni ley a reclamarlo, y un viernes cambió su último cheque y se dio una borrachera que duró tres días con sus noches.
Se emborracharon juntos, por supuesto. Pero mientras el sueco caía dormido en una banca al final de la tercera noche, él seguía bebiendo y caminando sin rumbo, o al parecer sin rumbo, pues en el hotel terminó de todos modos. Al día siguiente recordaría vagamente una discusión con un portero de guantes blancos a quien había reprochado que le abriera la puerta del carro a un hombre joven, de apariencia adinerada. Creía haberle preguntado al portero, anciano dulce aunque servil que lo miró con desorbitados ojos azules, si acaso creía que era manco el hijo de puta. Y después le había dado lecciones sobre la igualdad humana, mientras el joven a quien acababan de llamar hijo de puta discretamente hacía venir a la policía.
Los problemas con la policía no eran siempre culpa suya, sin embargo. Sólo se metía a reformador social después de haber bebido demasiado, y sólo borracho entraba a barrios donde la gente de bien podía hacer llamar a la policía. Pero el pelo cogido, la barba, la mugre acumulada, su manera de mirar daban una sensación de irrespeto por la ley que los atraía como a gallinazos. Y a pesar de la habilidad que había desarrollado para evitarlos, o para quitárselos de encima una vez estaba en sus manos, era inevitable que cada cierto tiempo diera con sus huesos en la cárcel. Los cargos eran casi siempre pequeños y nada gloriosos: «Borrachera en lugar público», «Conducta escandalosa» o «Irrespeto a la autoridad». Una vez lo encarcelaron por orinar contra un árbol y escribieron en el informe: «Exhibicionismo en lugar público y obscenidad».
A finales de octubre se hizo arrancar un colmillo podrido.
Para entonces había empezado a dibujar en las aceras con tizas de colores. Había dejado el hotel y vivía en un hueco que le alquilaron muy barato y que, a pesar de no tener ducha y tener sólo una ventana que daba a un muro y únicamente agarraba un pedazo de cielo, era considerado apartamento. Cada quince o veinte días iba a un baño público, se quitaba toda la cal de tiza, toda la mugre, y caminaba por las calles sintiendo en la piel el aire limpio y la liviandad de la luz. Compró una hornilla para hervir huevos, preparar café y calentar el sitio. Cuando volvió el calor compró una hamaca de malla y la colgó frente a la ventana, donde podía recibir la poca brisa que llegaba. Dormía en pantaloncillos y, tal vez por el calor, tal vez por el movimiento de la hamaca, creía sentir entre las emanaciones de anhídrido carbónico un débil olor a sal y a algas. El sitio era oscuro en invierno y en verano; pero a veces, mientras miraba su pedazo de cielo, veía pasar gaviotas que se remontaban repletas de sol y que no por alimentarse más de basuras que de peces habían perdido su capacidad para evocar barcos, horizontes abiertos.
Empezaba a trabajar después del mediodía y se acostaba después de la medianoche. A pesar del profundo, irreversible desarraigo que lo mantenía flotante, moviéndose como un espectro entre estructuras ajenas, aquello era otra vez rutina humana. El vértigo del caos y la atracción de la disolución todavía lo vencían, por supuesto, y cada cierto tiempo se daba a borracheras anárquicas que podían dejarlo otra vez en el hospital o en la cárcel. Pero siempre lograba salir del infierno y vivir de nuevo entre la luz y los colores.
Nunca quiso desprenderse del revólver.
Un día estaba en la acera dibujando, absorto y sucio, cuando oyó a uno de los que lo miraban llamarlo por su nombre. Hacía tanto tiempo que no oía su propio nombre que sintió mareo. Y le llevó mucho rato, como si apartara con trabajo las múltiples cortinas que habían crecido en su memoria, reconocer al hombre pequeño, con gafas de oro, que había sido su compañero en Bellas Artes. Se veía bien vestido y parecía haber alcanzado el éxito. Sinceramente se alegró por él. También se alegró de verlo. Le sonrió incluso. Ya para entonces, cansado de verse los rotos de los dientes, se había hecho poner una prótesis barata, que asomaba alambres brillantes entre sus otros dientes manchados de café y de nicotina.
Lo primero que dibujó en las aceras fue la creación del hombre.
Al principio fue una copia, copia perfecta, de una pintura famosa donde Dios, terrible como siempre, arranca a Adán del barro. El color dominante era el de la tierra; el hombre, parte barro, parte raíces, parecía gemir bajo la tortura de su propia creación.
La repetía todos los días, cada vez en un sitio distinto, ayudándose con la pequeña reproducción que había arrancado de un libro en una biblioteca pública. Dejaba un sombrero viejo a un lado, se ponía a dibujar olvidándose de todo y al final podía encontrar veinte o treinta dólares entre el fieltro oscuro. Metía la plata en el bolsillo, el sombrero y las tizas en la maleta, y salía caminando despacio, las monedas repicando en los bolsillos. Atrás quedaba una vez más, perfecto, el atormentado amasijo humano.
Pero el papel con la reproducción terminó por deshacerse. Entonces empezó a dibujar de memoria y la pintura fue cambiando. Después de varios meses la figura de Dios, abuelo aterrador, desapareció casi por completo y terminó, desdibujándose, transformada en una luz que podía ser la de un amanecer o un atardecer. Ahora daba la impresión de que Adán, crispado y angustiado, emergía por sí mismo de la tierra.
El sueco recogía latas vacías de gaseosa en los basureros y las cambiaba por dinero en los supermercados. Como tenía que caminar mucho y pasar mucho tiempo en el frío, los tobillos se le hincharon de un modo monstruoso y tuvo que hospitalizarse. Cuando le dieron el alta pasó un par de semanas con él en el apartamento, hablando todo el tiempo, reinventándose sin cesar, como un nacimiento de agua. Y apenas se recuperó lo suficiente, se fueron otra vez para las montañas.
Allí él no dibujó ni pensó en su pintura. Bebió whisky, lavó platos y caminó por los bosques mirando ramas secas y formaciones de nieve entre las piedras. Jennie Grossinger, exuberante como siempre, lo felicitó por haber logrado recuperar el control de su vida. Había enmarcado la sombra del cerezo florecido y la había colgado en su cuarto, donde se perdía entre las sombras.
Regresó a la ciudad y continuó pintando en las aceras. El contraste entre tierra y luz se fue perdiendo, acolchado por un verdor que al principio llegaba apenas insinuado y después francamente opulento. La cara atormentada del hombre se suavizaba hasta alcanzar la paz del sueño, y lo que había sido barro se volvía ciénaga. Adán, en paz, se deshacía. Crecía la vegetación. En los mangles resonaba el estruendo de los pájaros. Plátanos salvajes repletos de humedad hacían brillar en la luz sus abanicos. Zumbaban sobre el agua los insectos. La gente miraba la selva poderosa que nacía en la raíz de los enormes edificios. Aparecían guacamayas, garzas. Aparecían ranas rojas en las cuencas vegetales llenas de agua. Desaparecían las guacamayas, paulatinas como Adán, deshechas sin dolor, y aparecían monos de mirada brillante entre el follaje. Seres vagos y amenazantes se movían en las solemnes oquedades formadas por las raíces de los mangles. De la llama quieta de la curiosidad, los micos pasaban al movimiento relampagueante, a la fuga, a los chillidos, a la disolución. Los gavilanes volaban alto en el atardecer. Florecían las orquídeas en las rugosidades de los árboles.
Sin verse, otra vez se empezaban a presentir micos, tal vez gente.
Volvían a aparecer las guacamayas.
Terminaba el día y encontraba otros veinte o treinta dólares anidados en el fieltro maloliente. Compraba trago, a veces caro, y se acomodaba frente al agua que bajaba para el mar. Desde una banca miraba el sol caer entre edificios teñidos de naranja, violeta y púrpura, miraba el blando reflejo de los neones que flotaban sobre el río. Se emborrachaba, hablaba, abrazaba a sus amigos con sentimentalismo de borracho. Se quedaba en silencio.
Se iba para su cuartucho y descansaba.
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