El sueño del caimán
Capítulo 1
El mercurio es un metal líquido. Su número atómico es el 80 y su peso atómico 200,61. Pero el mercurio también es un espejo de humo capaz de reflejar las imágenes que pasan por su lado. Por su superficie atraviesan sombras borrosas, igual que una figura en la penumbra de un espejo o una silueta confusa que camina a lo lejos bajo un atardecer de lluvia.
A veces, el pasado también se transparenta en la piel líquida del mercurio. Yo lo muevo lentamente. Es pesado. Cabecea, se fragmenta en óvalos oscuros, en bolas autónomas que vuelven a fundirse con el siguiente movimiento. Tengo un tubo de cristal con una pequeña porción de ese metal, y cuando el hielo de la tarde hace opacos los vidrios de los ventanales y está a punto de romperlos, lo agito despacio. Me entretengo con ese juego inocente. Esperando que se hunda o se congele el mundo. En el mercurio de mi cabeza aparecen los pájaros inmóviles delante de aquella linterna, las pequeñas gotas de sangre que manchaban mi camisa. Un asomo de remordimiento.
Dentro de mí hay un río. Un flujo lento que arrastra en su superficie troncos de árboles, imágenes de otro tiempo. Este es el Hotel Regina, treinta y cuatro habitaciones repartidas en tres pisos. Yo soy su recepcionista más antiguo. Dentro de seis meses me jubilaré. Vivo en este país, que no es el mío ni el de nadie, desde hace más de tres décadas.
Canadá. Este año la primavera es lenta, no acaba de sacudirse el invierno, que la tiene atrapada como a un cuerpo exangüe, debilitado por una enfermedad penosa y larga. Hasta la semana pasada el agua goteaba sucia por el desagüe de los parterres, supurando los restos de un hielo resistente y pétreo que no había empezado a derretirse desde ocho meses atrás. Hace unos días que tenemos sol y la gente camina animada por las calles. Hablan en voz más alta, los veo gesticular al otro lado de los ventanales. El mercurio se va ensuciando con el tiempo. Como los hombres, como el hielo y los recuerdos. Tenía el tubo en mi mano cuando ha llegado él, cuando he escuchado su voz. También, en la superficie del mercurio, en mi mente y en las vidrieras de la calle, evocadas por la presencia de este hombre, han aparecido las pupilas de Vera. Grandes, negras.
Habla un inglés defectuoso y la voz se le ha ahuecado. Tiene un ruido, un arañazo en la garganta. Con un leve temblor. Dijo su nombre antes de que yo apartara la vista del tubo de vidrio. Y yo pensé que era una broma, que de pronto un recuerdo saltaba del pozo de la memoria y se mezclaba con la realidad. Igual que a veces me ocurre con el sueño y la vigilia. Hay instantes en que desaparecen las fronteras que los dividen. También pensé que quien me hablaba era un muerto o alguien disfrazado de muerto y que desaparecería, o diría otro nombre, cuando viese la interrogación en mis ojos.
Todo eso, en un instante, pensé antes de poner la vista en ese hombre que me miraba desde el otro lado del mostrador y que repetía su nombre y me informaba de que tenía una habitación reservada desde hacía varias semanas. Me indicaba una cartulina con las siglas de una agencia, con una fecha borrosa. Algo desconcertado, comprobé su reserva y vi su nombre escrito en la computadora, tal vez anotado días atrás por alguno de mis compañeros.
Luis Bielsa. Tiene un pasaporte español. Vive en Barcelona. Nació en 1916. Setenta y nueve años. La piel le cuelga de la garganta, empieza a parecer una tela muerta, una cortina que el viento, su voz, apenas mueve en mitad de una casa vacía. Sus dedos estaban quietos sobre el mostrador mientras yo cumplimentaba su ficha. La boca entreabierta de los viejos. Recuerdo que una vez me contó que lo que más temía del paso del tiempo era el temblor que los ancianos tienen en el pulso. Me lo dijo con una sonrisa, sosteniendo un papel entre los dedos, con el brazo extendido. Un papel que no se movía en mitad de una tarde verano.
Le he dado una tarjeta preparada para abrir la puerta de la 108. La llave del minibar. Se lo he explicado en inglés, pero mirándolo a los ojos. Quizá al darle la habitación 108 ya albergaba dentro de mí un propósito, y tal vez, secretamente, en algún rincón de mi cerebro, se había elaborado el esbozo de un plan remoto. Me miraba como a un extraño y yo tenía la tentación de decirle mi nombre. Durante un segundo pensé que me había reconocido y disimulaba. Al despedirlo, le di las buenas tardes en español. Con mi acento del sur. No se inmutó.
A pesar del tiempo, sigue teniendo el mismo aire distinguido, esa marca que escapa a cualquier razón lógica y que alguna gente rica detenta desde el mismo instante en que da el primer paso en el mundo. Hasta su muerte. Un mechón blanco y vaporoso flota sobre su frente elevada, mantiene los ojos serenos a pesar de esa veladura de anfibio con la que los años nos los van recubriendo. Un abrigo gris y elegante. Camina con una suave cojera. Al alejarse me he dado cuenta de que el corazón me ha estado latiendo con golpes irregulares. Alguien llamando dentro de mi pecho a una puerta que ha estado cerrada muchos años. Los cuatro golpes de la desgracia.
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