El último crimen de Pompeya

Emilio Calderón · Capítulo 1 de 9

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El último crimen de Pompeya

Edelvives

C o l e c c i ó n a l a n d a r

Directora de la colección:

Mª José Gómez-Navarro

Equipo editorial:

Violante Krahe Juan Nieto

Lupe Rodríguez

Dirección de arte:

Departamento de imagen y diseño GELV

Diseño de la colección:

Manuel Estrada

Fotografía de cubierta:

A.G.E. FotoStock

© Del texto: Emilio Calderón

© De esta edición: Editorial Luis Vives, 2004

Carretera de Madrid, km. 315,700

50012 Zaragoza

Teléfono: 913 344 883

www.edelvives.es

ISBN: 84-263-5503-X

Depósito legal: Z-2178-04

Talleres Gráficos Edelvives (50012 Zaragoza) Certificados ISO 9001

Printed in Spain

Reservados todos los derechos. Queda prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial, o distribución de esta obra, por cualquier medio o procedimiento, comprendidos el tratamiento informático y la reprografía.

El 0,7% de la venta de este libro se destina a la construcción de la escuela que la ONG Solidaridad, Educación, Desarrollo (SED) gestiona en San Julián (El Salvador).

Emilio Calderón

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FICHA PARA BIBLIOTECAS

CALDERÓN, Emilio (1960-)

El último crimen de Pompeya / Emilio Calderón. – 1ª ed. – Zaragoza: Edelvives, 2004

166 p.; 22 cm. – (Alandar; 47)

ISBN 84-263-5503-X

1. Pompeya. 2. Yacimientos arqueológicos. 3. Investigación criminal. 4.

Amor. I. Título. II. Serie.

087.5:821.134.2-31"19"

En el año 79, el Vesubio entra en erupción y sepulta Pompeya bajo un mar de lava. Casi 2 000

años después, Chema, un estudiante malagueño que realiza sus prácticas de Arqueología en esta ciudad, encuentra un calco que llama su atención poderosamente. Se trata de dos varones, uno de los cuales está apuñalando al otro. Con la ayuda de Popea, Chema inicia una investigación que le lleva a descubrir hechos históricos sorprendentes. Todo ello aderezado con personajes procedentes del mundo de la mafia, con porteros cotillas y el encanto de Nápoles.

«Es una noble misión rescatar del olvido a quienes merecen ser recordados.»

Plinio el Joven

Al auténtico José María Peralta,

excelente pintor y mejor persona,

con quien visité por primera vez la

ciudad de Pompeya, y

que se ha convertido en el

protagonista de esta historia.

Emilio Calderón

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ANTES DE LA ERUPCIÓN

Cuando la azafata de tierra me preguntó si prefería ventanilla o pasillo, me tomé unos segundos antes de responder con otra pregunta:

—¿Por qué lado se ve el Vesubio?

La azafata, una joven italiana de tez morena y cabello oscuro, me miró con extrañeza.

—Creo que el Vesubio se ve por el lado izquierdo —contestó tras reflexionar unos instantes.

—Entonces dame un asiento de ventanilla en el lado izquierdo del avión

—solicité. De haber dispuesto de más tiempo, me hubiera gustado explicarle a la azafata y a todos los que hacían cola detrás de mí que no se encontraban ante un chiflado, sino frente a un estudiante de Arqueología que viajaba por primera vez a Pompeya para hacer prácticas a las órdenes del profesor Bolarín, uno de los arqueólogos más famosos del mundo, y que mi interés por el Vesubio, por tanto, estaba justificado por estar íntimamente ligado a la historia de la ciudad. No en vano, en la mañana del 24 de agosto del año 79, el Vesubio había sepultado Pompeya bajo un mar de lava. Dos mil, de los 20 000 habitantes de la ciudad, perecieron víctimas de las piedras, los gases deletéreos y las techumbres de las viviendas que se derrumbaron sobre sus cabezas. Hoy sabemos que los pompeyanos esperaron hasta última hora para huir, convencidos de que la lluvia de cenizas y piedras la formaban proyectiles ligeros de los que parecía fácil protegerse. Nadie pensó en el peligro que suponían los gases de azufre y los vapores clorhídricos que el viento arrastraba; nadie previó que la incesante lluvia de escoria acabaría enterrando la ciudad. Se comportaron como si no le tuvieran miedo al volcán.

Tres horas y media más tarde, cuando el avión comenzó la maniobra de aproximación al golfo de Nápoles, me sorprendió la escasa distancia que separaba Pompeya del Vesubio, y el elevado número de pueblos y ciudades que habían proliferado a lo largo de la bahía, en lo que parecía un nuevo pulso entre los hombres y el volcán. ¿Acaso los habitantes de la región habían olvidado los efectos devastadores de cada una de sus erupciones a lo largo de la historia?

Luego, ya instalado en Nápoles y con el Vesubio como vecino, descubrí la razón de esta afrenta. Los volcanes y los seres humanos somos más parecidos de lo que aparentamos a simple vista. La ardiente lava que corre por las entrañas de un volcán es comparable a la sangre que corre por nuestras venas. El paso de la calma a la actividad de un volcán es igual al cambio de humor de una persona. La furia de los volcanes lleva aparejada la destrucción, y lo mismo sucede con los hombres. Y como ocurre con el género humano, unos volcanes son silenciosos y tranquilos, otros violentos

e impetuosos. Incluso en el aspecto exterior existen paralelismos, pues hay volcanes altos y esbeltos, y volcanes bajos y gruesos. En definitiva, un volcán no es sólo montaña, de la misma manera que un hombre es algo más que un simple cuerpo: uno y otro tienen vida interior. El Vesubio, pues, es un habitante más de la región, de ahí que el napolitano sienta respeto por él, pero no temor. De hecho, todos los napolitanos tienen un carácter volcánico, adquirido posiblemente tras vivir en compañía del Vesubio durante miles de años.

Yo mismo acabé comportándome como un volcán, perdí la calma y entré en erupción. Y como los volcanes, tuve razones profundas para hacerlo. Esta es mi historia.

Emilio Calderón

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LA CIUDAD RESUCITADA

Transformar los restos de una persona sepultada bajo toneladas de lava en una escultura de resina no es una labor fácil. Primero se retiran los vestigios materiales: huesos, joyas, monedas, a través de un orificio practicado en el estrato de ceniza petrificada; a continuación se rellena el hueco con resina, de modo que no quede ningún recoveco sin cubrir; y por último, se desmolda, se limpia de impurezas y se pule la escultura obtenida. El resultado es tan sorprendente que uno tiene la impresión de encontrarse frente a un cadáver petrificado. Las facciones del difunto, los pliegues de las ropas, el contorno de los miembros, incluso la expresión de horror grabada en el rostro, todo vuelve a cobrar vida. Gracias a este ingenioso método inventado por el arqueólogo Giuseppe Fiorelli, se pudieron realizar los moldes de cientos de pompeyanos que perecieron a causa de la erupción del Vesubio. De hecho, estos calcos eran el mayor reclamo turístico de Pompeya. El visitante entra en una bonita y apacible villa decorada con pinturas murales de gran mérito o con prodigiosos mosaicos de diminutas teselas, y en el jardín descubre unos cuantos cuerpos retorcidos y carbonizados, desde niños a mujeres embarazadas. Una escena difícil de olvidar.

Yo llevaba dos meses adecentando calcos, cuidando de ellos como un padre cuida de sus hijos, y había empezado a experimentar el mismo afecto que un padre siente por sus vástagos. Los había de todas las clases sociales, edades y tamaños: militares, comerciantes, ricas damas de la aristocracia, esclavos, libertos, gladiadores, ancianos, niños, y hasta algún perro, cuyo amo había olvidado desatar al animal antes de emprender la huida. Contemplarlos de cerca me ayudaba a comprender el sufrimiento que habían tenido que padecer, de ahí que procurara tratarlos con consideración, como si aún estuviesen vivos. Si tenía que trasladar un calco hasta el almacén para someterlo a alguna reparación, lo hacía como si se tratara de un enfermo grave, con sumo cuidado. Otro tanto ocurría con los calcos de reciente creación que me eran asignados. Les limpiaba el polvo y les buscaba el lugar en el que pudieran lucir mejor. En ocasiones, me sentía como un empleado de pompas fúnebres. Otras, tenía la impresión de que Pompeya no era más que un gigantesco cementerio, cuyos moradores habían sido despojados de la dignidad que los difuntos merece convertidos en una atracción turística. Entonces me flaqueaba el ánimo y me preguntaba cuál era mi papel en aquella representación, cuál mi grado de culpa. Desde luego, no era el trabajo con el que sueña un arqueólogo, pero, a decir verdad, yo sólo era un estudiante de Arqueología. Un becario adscrito al equipo del profesor Bolarín.

El problema era que el equipo del dottore Bolarín estaba formado por más de 50

profesionales y por otros tantos becarios, asignados en su gran mayoría a labores de desescombro en los distintos yacimientos. Yo, en cambio, había sido destinado a lo que en Pompeya se conocía coloquialmente como la

«enfermería», un antiguo granero de cereales, verduras y legumbres, próximo al foro, que ahora se utilizaba como almacén y taller arqueológico. Lo cierto era que, gracias a mis singulares «pacientes», había hecho grandes descubrimientos, tales como que todo el mundo creía ver un reflejo de su propia muerte en los calcos de Pompeya. Al contemplarlos, uno descubre que la muerte nos alcanza cuando más desprevenidos estamos. Por ejemplo, comprando el pan o caminando tranquilamente por la calle. La mayoría de nosotros vivimos ajenos a la posibilidad de morir súbitamente, porque nos sentimos invulnerables, nos creemos casi inmortales, cuando la verdad es que la parca sólo necesita un segundo para arrebatarnos la vida. Eso es lo que representan los calcos, lo efímero y la fragilidad de la existencia frente a la muerte.

En esas andaba, cuando una mañana me enviaron dos calcos de reciente creación procedentes de la villa de un tal Marco Obellio Firmo. Se trataba de dos varones, un joven que vestía un lienzo corto sujeto con un cinturón, la indumentaria propia de un gladiador o de un gimnasta, y un hombre Emilio Calderón

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de mediana edad que llevaba puesta la tradicional toga romana. A tenor de la postura de ambos, con las piernas recogidas y las rodillas pegadas a los mentones, parecía que se habían colocado en posición fetal con el propósito de protegerse de los gases sulfúricos que emanaban del volcán. Lo extraño era que las manos del joven estaban apoyadas en la cintura de su compañero, cuando lo normal habría sido que las empleara para cubrirse el rostro. La mano derecha, además, estaba cerrada, como cuando se empuña un objeto. Este detalle me llevó a examinar el costado izquierdo de la otra figura, donde creí descubrir una incisión de 5 centímetros, una herida de arma blanca. « ¿Acaso el joven estaba apuñalando a su compañero cuando les sorprendió la erupción del volcán?», me pregunté. La respuesta pasaba por averiguar qué objetos habían aparecido junto a los restos óseos de ambos cadáveres. Le transmití mis inquietudes a mi supervisor, quien me remitió al suyo, el cual me puso en contacto con su superior. Éste a su vez puso a su secretario a mi disposición. Al final, el secretario del secretario me comunicó que en breve un miembro del servicio de conservación y catalogación se pondría en contacto conmigo.

Mientras aguardaba a que se produjera el milagro de que mi demanda fuera atendida, centré mi interés en la villa en la que habían sido encontrados los cuerpos de los dos hombres. Al parecer, el propietario, Marco Obellio Firmo, había sido administrador de la ciudad de Pompeya en varias ocasiones, y sus restos reposaban en una necrópolis próxima a la Puerta de Nola, siguiendo la costumbre romana de enterrar a los muertos extramuros. Además, la villa se encontraba en obras desde el año 63, como consecuencia del terrible terremoto que tuvo lugar en Pompeya en esa fecha. Peguntas como: ¿quiénes eran aquellos hombres? o ¿qué hacían en una casa en obras?, empezaron a repetirse en mi cabeza a todas horas.

Así pasaron los días, hasta que una mañana recibí la visita de una joven, becaria como yo, a la que habían designado para responder a mi demanda.

—¿José María Peralta? —me preguntó.

Se trataba de una muchacha de tez sonrosada, ojos verdes y cabello cobrizo, con una voz tan firme como la seguridad que mostraba en sí misma.

—Sí, soy yo. Aunque mis amigos me llaman Cherna.

—Mi nombre es Popea Pazzi. Me mandan del Museo Arqueológico Nacional. Tengo entendido que has solicitado información sobre la villa de Obellio Firmo, ¿no es así?

No me hizo falta preguntarle de dónde procedía su nombre. Popea Sabina, además de ser la segunda esposa de Nerón, pertenecía a una de las familias más ilustres de Pompeya, de ahí que fuera un nombre relativamente corriente en la región de Campania.

—En efecto —respondí.

La joven abrió un cartapacio y, sin más dilación, leyó el informe que guardaba:

—«La villa de Obellio Firmo ha revelado una compleja historia constructiva.

La entrada principal de la casa se encuentra en la vía Nola, número 4. En su primera fase era una casa con atrio, que se extendía hasta el oeste por...»

—Lo que me interesa saber es qué restos óseos y materiales se han encontrado en el lugar en que fueron hallados los dos calcos —la interrumpí.

—¿Por alguna razón especial?

—Creo haber hecho un descubrimiento extraordinario, pero no estoy seguro

—reconocí. Popea tardó unos segundos en encontrar los datos que le pedía.

—Veamos. Restos óseos: dos cráneos, dos caderas, un fémur, una tibia, tres falanges y los cinco huesos de un metacarpo, pertenecientes a dos varones.

Restos materiales: una daga curva, probablemente de origen oriental, un anillo con el sello de Domiciano, el hermano del emperador Tito, y 850 monedas de oro repartidas en 17 bolsas de cuero.

—¿Ochocientas cincuenta monedas de oro?

—Áureos con la efigie de Tito.

—Entonces mis sospechas eran fundadas —observé.

Popea me escrutó antes de añadir:

—¿A qué te refieres?

—Acompáñame.

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Llevé a Popea hasta la sala en la que estaba trabajando con los calcos.

—Esto parece una morgue —acertó a decir.

—En cierto sentido, lo es. Podríamos decir que son cadáveres de yeso o resina, sin alma, sin nadie que les llore.

—¿Por qué entonces los cubres con sábanas como si fueran cadáveres de verdad? —se interesó.

—Los cubro para protegerlos del polvo, y también para que la gente que viene de visita no se quede impresionada al ver media docena de cuerpos retorcidos —respondí. Luego, retiré la sábana que cubría los calcos de la villa de Obellio Firmo y le pregunté:

—¿Qué dirías que está haciendo la persona que está detrás?

Popea se inclinó sobre el calco del joven con cierta prevención.

—Tiene el puño cerrado, apoyado sobre el costado de su compañero...

Parece una consecuencia del rigor mortis —respondió.

—¿ Rigor mortis? —dije temiendo que mi teoría del asesinato no fuera más que una fantasía.

—Ocurre a veces, los puños se cierran como consecuencia de la muerte. Se trata de una reacción instintiva del organismo —me aclaró.

—Ahora échale un vistazo al costado de su compañero y dime qué ves —le indiqué.

—Parece una incisión...

—Que no ha podido ser causada por el rigor mortis —me inmiscuí.

—¡Que me parta un rayo! ¡El joven estaba apuñalando a su compañero! —

acabó admitiendo.

—Pero la erupción del Vesubio coincidió con el asesinato, y luego la escena quedó grabada en la ceniza cuando se enfrió —completé el razonamiento.

—Las cenizas húmedas se adhieren estrechamente al cadáver antes de solidificarse, de modo que cuando el cuerpo se descompone, queda un hueco con la forma exacta de la persona, ¿estoy en lo cierto? —preguntó a continuación.

—Sí. La ceniza húmeda penetra en todos los huecos, y cuando se solidifica lo hace respetando el relieve del cuerpo.

—Comprendo. Así que es como tener una fotografía en tres dimensiones del último crimen de Pompeya.

Ni siquiera yo lo habría descrito con tanto acierto. En efecto, lo que teníamos delante era una imagen en tres dimensiones del último crimen cometido en Pompeya, momentos antes de que la ciudad quedara enterrada bajo cientos de toneladas de lava. Ahora, 1 924 años después, el asesino y su víctima habían quedado de nuevo al descubierto.

Volví a examinar detenidamente los cuerpos. Esta vez tuve la impresión de que en cualquier momento recobrarían la movilidad con el propósito de terminar lo que la erupción del Vesubio había interrumpido. El asesino era de mayor tamaño y envergadura que la víctima, a pesar de lo cual sus facciones tenían cierto aire de nobleza. No había vesania en su gesto, como tampoco dolor en la expresión de la víctima.

—Me pregunto por qué el gladiador no soltó a su víctima ni siquiera cuando vio que su vida corría peligro. Ambos tuvieron que padecer una lenta y larga agonía —observé.

—Tal vez porque no apreciaba su vida. Los gladiadores solían ser convictos o esclavos, así que no temían a la muerte porque estaban acostumbrados a convivir con ella —aclaró Popea.

—Hay otra cosa que me intriga. Si el gladiador huyó del cuartel cuando el Vesubio entró en erupción, ¿por qué no salió de la ciudad por la Puerta de Estabias, que le quedaba a un paso? Si miras un plano de Pompeya, verás que la villa de Marco Obellio Firmo está próxima a la Puerta de Nola, que queda al este. Y del este precisamente procedía la lluvia de proyectiles. La mayoría de los cuerpos que se han encontrado en Pompeya estaban cerca de las puertas de Herculano y Marina, que eran las más lejanas al volcán.

En esta ocasión, Popea se tomó su tiempo antes de responder a mi observación.

—Quizá ese detalle indique que el gladiador fue a la villa de Obellio Firmo sabiendo adónde se dirigía. Tal vez fue hasta allí para robar a su víctima.

Aunque el razonamiento de Popea parecía perfecto, en mi cabeza surgieron un sinfín de nuevas preguntas. Por ejemplo, qué significaba el anillo con el sello de Domiciano que llevaba la víctima, o

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a quién iban destinadas las 850 monedas de oro distribuidas en 17 bolsas.

Debí de formular esta pregunta en voz alta, ya que Popea se encargó de responderme:

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Pompeya era por aquel entonces una ciudad de veraneo, así que lo más probable es que el dinero estuviera destinado a la adquisición de una villa de recreo por parte de Domiciano.

—Lo que convierte a la víctima en su emisario, de ahí que portara un anillo con su sello.

—Así es. Todo encaja.

—Resumiendo: el gladiador huyó del cuartel donde vivía confinado cuando el caos se extendió

por la ciudad, y en vez de tomar la vía que llevaba a la Puerta de Herculano como todo el mundo, se encaminó a la villa de Marco Obellio Firmo con la intención de robar al emisario de Domiciano, que había llegado a Pompeya para hacer efectivo el pago de una villa de recreo que su señor pensaba adquirir. Me pregunto cómo un gladiador sometido a una estrecha vigilancia pudo conocer estos detalles.

—Domiciano era el hermano del emperador Tito, así que la visita de su emisario no pasaría desapercibida, ¿no te parece? —intervino de nuevo Popea.

—Desde luego, ¿pero qué hacían en la villa de Marco Obellio Firmo si la casa estaba en obras?

—pregunté a continuación.

—Tal vez el encuentro tuvo lugar en la calle, pero como arreciaban los proyectiles procedentes del Vesubio, buscaron refugio en el primer sitio que encontraron con las puertas abiertas.

—Parece lógico —admití.

—Caso resuelto, pues. Tengo coche, ¿quieres que te lleve a Nápoles?

—Siempre será mejor que el transporte público. Te lo agradezco.

Cuando abandonamos el recinto arqueológico, el sol caía a plomo sobre Pompeya, y las gaviotas sobre-volaban el cielo en busca de los desperdicios de los turistas. Noté que caminaba preso de un extraño estado de excitación, tal vez porque creía haber resuelto un caso criminal. O quizá porque iba acompañado de una chica. Acabé recordando el pasaje de una novela, en el que el personaje central le decía al narrador que le gustaría enterrar un objeto precioso en cada lugar donde hubiera sido feliz, para desenterrarlo cuando fuera viejo, feo y triste.

A mí me ocurría lo contrario, era feliz desenterrando el pasado, escarbando en la epidermis de las cosas. Y así era como me sentía en ese momento: feliz.

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AUTISTA

Según el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española, el autista es el individuo afecto de autismo, siendo el autismo la concentración habitual de la atención de una persona en su propia intimidad, con el consiguiente desinterés respecto del mundo exterior. En Italia, l'autista es el chófer o conductor de un vehículo. No sé si se trata de una casualidad o de otra cosa, pero lo cierto es que los autistas italianos, y de manera especial los napolitanos, conducen como verdaderos autistas según la acepción española del término. Es como si condujeran ensimismados y con absoluto desinterés por el mundo exterior. Nadie parece estar obligado a detenerse en los semáforos en rojo, y quien lo hace se arriesga a ser embestido por detrás. Circular por una vía principal no da ninguna clase de preferencia. La derecha y la izquierda valen lo mismo. El arcén es un carril más de la carretera, lo mismo que la doble línea continua: se utilizan para adelantar.

En las motocicletas pueden viajar tres personas o más, y nadie usa casco.

Por todo lo cual, circular por las carreteras de la Campania es un deporte de riesgo.

Popea conducía como una autista genuina, como si los coches que circulaban a nuestro alrededor, los cruces, semáforos y demás señales de tráfico fueran invisibles a sus ojos. Cinco minutos después de ponernos en marcha, mi felicidad se transformó en un sudor frío.

—Llámame Pop —me dijo, al tiempo que aceleraba de cero a cien en 10 segundos.

—¿Pop?

—Como la música. Es más corto y me hace parecer extranjera.

—Creo que el color de tu pelo ayuda —advertí.

—Mi familia es siciliana, de origen normando. La gente cree que los italianos del sur somos todos morenos, pero no es así. Tengo 14 primos y todos son pelirrojos. Luego, tras invadir impunemente el carril contrario, sin atender a la doble línea continua pintada en el suelo, me preguntó:

—¿De qué parte de España eres?

El ruido del motor en plena aceleración no me impidió escuchar las imprecaciones que nos dedicaron los conductores de los tres coches que adelantamos de una vez: Cornuta! Disgraziatal Brutta bestia!1

—De Málaga —contesté con un nudo en la garganta.

—¿Málaga está en Andalucía?

La cercanía de un camión cuya intención parecía ser la de estamparse frontalmente contra nosotros, me llevó a obviar la pregunta de Popea y a hacerme la siguiente reflexión existencial: que Málaga perteneciera o no a Andalucía carecía de importancia ahora que veía tan cerca la muerte.

Cuando la proximidad del camión me permitió apreciar con claridad meridiana el cartel de la chica Michelin del año 2003 que colgaba de la cabina, el coche realizó una inverosímil danza acrobática sobre el asfalto que nos devolvió a nuestro carril una milésima de segundo antes de la colisión.

—Le he visto hasta las caries —dije con voz temblorosa.

—¿Al camionero o a la chica del calendario? —dijo Popea con una frialdad que acatarraba.

—A mi ángel de la guarda. Creí que nos estampábamos.

—Aprobé a la primera. Todo está bajo control —aseguró.

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1 ¡Cornuda! ¡Desgraciada! ¡Mala bestia!

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—Por tu forma de conducir, pronto estarás bajo tierra —repliqué.

—¿No serás uno de esos machistas que no soportan que las mujeres conduzcan rápido?

—Creo que confundes la velocidad con el tocino.

—¿Quieres bajarte? —se desmarcó.

A pesar del evidente peligro, no estaba dispuesto a dar mi brazo a torcer.

—Sólo quiero llegar sano y salvo a Nápoles.

A mis palabras siguió un nuevo adelantamiento doble, que tuvo su continuación en un cruce con su señal de stop que nos saltamos, y que nos puso en peligro de colisión frontal. Entonces Popea asomó la cabeza por la ventanilla y procedió a formular lo que los napolitanos llaman una jastemma, una maldición canónica lanzada en un arrebato de rabia, que suele generar una puesta en escena de gestos y frases rituales por parte de la víctima. En esta ocasión, la víctima de turno se limitó a dedicarnos una butifarra acompañada del persistente sonido de una bocina que estuvo a punto de reventarnos los tímpanos.

—Creo que en vez de emplear la segunda persona del singular, tenía que haber recurrido a la primera del plural. No hay duda, pronto estaremos bajo tierra.

—No has contestado a mi pregunta. ¿Málaga está en Andalucía? —

insistió Popea como si no ocurriera nada.

A un nuevo adelantamiento siguió un volantazo y un frenazo brusco. En esta ocasión faltaron 20

centímetros para que nos incrustáramos contra el maletero del coche que circulaba delante de nosotros.

—Así es —respondí antes de quedarme definitivamente mudo.

—Entonces aquí te sentirás como en casa. Nápoles se parece un poco al sur de España: buen tiempo, buena comida y gente apasionada. A lo que hay que añadir una pizca de caos, ingrediente imprescindible en la vida del napolitano. Ya te habrás dado cuenta de que Nápoles tiene sus propias leyes para casi todo.

De no haber perdido el don de la palabra le hubiera hecho ver que el adverbio «casi» sobraba. Nápoles tenía sus propias leyes para todo. O quizá no tenía ninguna. Cuando me apeé era yo quien había sufrido un ataque de autismo. Me sentía como un sonámbulo que se despierta bruscamente en un lugar que no conoce. Tardé varios minutos en volver en mí. Entonces descubrí que me encontraba en el portal de la pensión en que vivía, con un papel en la mano en el que Popea había escrito su número de móvil y la siguiente frase: «Ya que te ha comido la lengua el gato, silba cuando necesites mi ayuda de nuevo». Quise silbar, pero sólo logré emitir un leve resoplido de alivio.

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ALLEGRO MA NON TROPPO

El paso de los años había borrado las estrellas del Albergo Margarita del firmamento de los hoteles de Nápoles. Situado en el corso Umberto I, en el mismo corazón de la ciudad, sus instalaciones se habían quedado tan obsoletas que se había convertido en el refugio ideal para becarios extranjeros con poco dinero. El hecho de que se tratara de un lugar económico no impedía que su propietaria, la señora Margarita Allegro, empleara ciertas tácticas para obtener un pingüe beneficio de su negocio.

Así, la luz se iba durante el día, la sopa se servía con moscas, de modo que los comensales perdían el hambre, y el agua caliente faltaba a primera hora de la mañana y a última hora de la noche. Daba igual que el huésped protestara, la señora Allegro siempre encontraba alguna institución ajena a la pensión a la que echarle la culpa, tras lo cual hacía un juego de palabras con el famoso adagio: Allegro ma non troppo2, en alusión a que si bien su apellido significaba «alegre», no se sentía demasiado contenta.

Otro tanto ocurría con el señor Magro Moro, el cancerbero que velaba por el buen funcionamiento de aquella cárcel sin barrotes. Emigrante de origen portugués, el señor Magro Moro llevaba 20 años viviendo en Nápoles, 18 de los cuales los había pasado al frente de la recepción del Albergo Margarita. Hombre de carácter adusto, el señor Magro Moro estaba tan rígido como un calco pompeyano. Su rostro era incapaz de expresar emoción alguna, y cuando hablaba masticaba las palabras antes de tragárselas, de modo que resultaba imposible entender lo que decía. Si en alguna ocasión el huésped no veía al señor Magro Moro detrás del

mostrador de recepción, sólo tenía que asomarse para comprobar que yacía sobre un colchón situado al lado de la centralita telefónica. Su único entretenimiento conocido se lo proporcionaba un cortaúñas, que utilizaba a todas horas para hacerse la manicura. Uñas, padrastros y otras imperfecciones de la piel eran arrancadas con una saña que la costumbre había convertido en obsesión. Como consecuencia de esta práctica, las manos del señor Magro Moro parecían las de un extraterrestre. Claro que su comportamiento tampoco era muy terrenal, pues jamás bajaba los 5 pisos que separaban la pensión de la calle. Gracias al celo que el señor Magro Moro ponía en su trabajo, la señora Allegro se jactaba de no haber sido jamás engañada por cliente alguno, tras lo cual volvía a hacer uso del famoso dicho: Allegro ma non troppo, es decir, condescendiente a la hora de cobrar, pero no tonta. En los 2 meses que llevaba residiendo en el albergo de la señora Allegro, la ojeriza que la propietaria había comenzado a mostrarme a partir de mi segunda semana de estancia se había ido transformando durante los últimos días en maldad, hasta el punto de hacerme la vida imposible. Al principio, se limitó a colocar mi plato en el extremo de la mesa, lejos de los demás. El siguiente paso fue colgar un extraño cuerno rojo del pomo de la puerta de mi habitación. Un amuleto contra la mala suerte o el mal de ojo, característico de la cultura napolitana, que presagiaba mi conversión en un apestado. Luego, delegó el cobro semanal en la persona del señor Magro Moro, quien además registraba mis pertenencias. Por último, comenzó a comunicarse conmigo a través del portero de la finca, un ex camorrista llamado Beppe Sanguinetti. Al parecer, mi pecado no era otro que mi trabajo, tal y como ponía de manifiesto el título de uno de mis libros de cabecera: Pompeya, la ciudad sepultada. La señora Allegro estaba convencida de que quienes trabajan en una ciudad sepultada son, en realidad, sepultureros, por lo que temía que mi contacto con los calcos y, por ende, con el mundo de los muertos, pudiera acarrearle la ruina definitiva a su casa de huéspedes. Así las cosas, me rogaba que abandonara el albergue en el plazo improrrogable de una semana.

—La señora Allegro dice que eres un muchacho limpio, decente y discreto, pero teme que tu

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2 Alegre, pero no demasiado. Expresión que se utiliza principalmente en el mundo musical, para poner de manifiesto que se requiere un mayor ritmo, una mayor alegría, pero contenida. Emilio Calderón E l ú l t i m o c r i m e n d e P o m p e y a 12

contacto diario con los difuntos de Pompeya pueda traer il malocchio3 a su casa —argumentó don Beppe.

—¡Pero si sólo soy un simple aspirante a arqueólogo! —me defendí.

—Un aspirante a arqueólogo que juega con las almas del purgatorio.

Has criado fama de enterrador, que es lo peor que se puede ser en Nápoles

—me replicó don Beppe, al tiempo que se persignaba.

¿Cómo podía explicar a don Beppe y a doña Margarita que mi trabajo era completamente inocente? ¿Cómo hacerles comprender que los arqueólogos no somos más que desenterradores de historias?

El problema es que semejante medida me convertía en lo que los napolitanos llaman un iettatore, un gafe, con lo que ninguna pensión me admitiría como huésped. Considerando que aún tenía por delante 2 meses de beca, no podía permitirme perder mi plaza en el Albergo Margarita. Fue entonces cuando se me ocurrió una estratagema que limpiara mi imagen a los ojos de la señora Allegro.

Antes de subir a la pensión me dirigí a la garita de don Beppe. Desde allí, el portero vigilaba las idas y venidas de los vecinos, el cajetín de pago del ascensor y la preparación del ragù, una salsa de carne de vaca, carne de cerdo, tocino macerado, vino tinto y tomates que se tiene que remover con una cuchara de madera de forma regular durante las horas que dura la cocción. En el tiempo que llevaba residiendo en el Albergo Margarita, nunca había visto a don Beppe sin su cuchara de madera. Era como un apéndice más de su cuerpo. Otro tanto ocurría con su camiseta de tirantes y con el trapo de cocina que colgaba de su hombro derecho. Parecían formar parte de su anatomía. Don Beppe se había quedado viudo hacía 5 años y, desde entonces, todos los días cocinaba una olla de ragù, que luego vendía en cartuchos de papel de estraza entre el vecindario. Una costumbre muy arraigada entre los porteros napolitanos. Como la señora Margarita, don Beppe también tenía una frase de cabecera relacionada con la salsa que fabricaba: «Late en los macarrones como la sangre en las venas».

—Don Beppe, ¿puedo hablar con usted? —solicité.

El ragù bufaba en la superficie de la marmita casi imperceptiblemente, según las reglas, desprendiendo un aroma intenso.

—Habla, pero no me pidas nada que me obligue a separarme del ragù, porque no lo haré —me advirtió.

Si cayera una bomba en el edificio, don Beppe no se separaría de su marmita. A lo sumo, huiría llevándola consigo.

—Sólo quiero comunicarle algo para que se lo traslade de mi parte a la señora Margarita, ya que ella se niega a hablar conmigo —añadí.

—Te escucho.

—Quiero que le diga a la señora que me han encargado investigar un crimen cometido en Pompeya hace 2 000 años y que, en consecuencia, dejo de hacer el trabajo que realizaba antes —

expuse dándome cierta importancia.

Don Beppe me escrutó de arriba abajo antes de pronunciarse:

—Resumiendo, que ya no eres enterrador. Y quieres que la señora Allegro reconsidere su postura.

Esta vez bufaron mis tripas, que empezaban a reclamar que les diera algo de comer.

—Así es.

—Le trasladaré tu demanda a la señora, pero no te garantizo nada. Doña Margarita ha puesto un anuncio en el periódico ofreciéndole tu cuarto a un jorobado, y ya se han presentado varios candidatos.

—¿Un jorobado? —pregunté sin comprender qué relación podía existir entre mi situación y la presencia de un jorobado en la pensión.

—Sólamente un jorobado puede quitar el mal de ojo. Claro que si has cambiado de ocupación la

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3 El mal de ojo.

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cosa varía...

Don Beppe hablaba con la seguridad de quien se sabe respetado por todos. En realidad, su ascendiente sobre la comunidad de vecinos se basaba en el hecho de que dormía la siesta en la terraza, pegado a laschimeneas de la casa, a través de las cuales escuchaba las conversaciones de los vecinos, lo que le permitía estar al tanto de los secretos de todos.

—Ahora, háblame de ese crimen que dices que estás investigando —

añadió.

—Por ahora sólo puedo adelantarle que el asesino es un gladiador, y que hay mucho dinero de por medio —le conté mostrándome cauteloso.

—Un asunto interesante. ¿Y qué dice la policía?

—Nada.

—¿Cómo que nada? La policía siempre tiene algo que decir.

—El crimen se cometió hace 2 000 años, ¿recuerda? Ya ha prescrito.

— Cornuti!4 El único que prescribe es el muerto. Y basándose en la prescripción del muerto, la policía aprovecha para lavarse las manos.

¡Pilatos, son una caterva de pilatos! Scandaloso!5

Un nuevo bufido del ragù puso énfasis al comentario de don Beppe, como si la salsa estuviera completamente de acuerdo.

—Otra cosa, ¿tiene cambio para el ascensor? —le pregunté, ya que después del viaje en coche con Popea no me habían quedado fuerzas para subir a pie los 5 pisos.

—Lo siento, ragazzo, no tengo ni un céntimo.

—¿Cuándo será gratis el ascensor? —solté a modo de queja.

—¿Cuándo será gratis el ascensor, cuándo será gratis el ascensor?

¿Acaso son gratis los zapatos o el pan? ¿Por qué entonces los ascensores tendrían que ser gratis? —replicó don Beppe.

—En mi país lo son —le hice ver.

—Porque en la Europa civilizada la figura del guardiaporta6 está bien valorada, pero en Nápoles hasta un guappo7 está mejor considerado que un guardiaporta. A don Beppe le faltó decirme que la mayoría de los porteros de Nápoles eran precisamente antiguos miembros de la camorra, maleantes

con alguna tara adquirida en acto de servicio gracias a la cual habían obtenido la prebenda de una portería. De esa forma, la mafia local controlaba los movimientos de todos los napolitanos.

No tenía ganas de seguir discutiendo con don Beppe, así que decidí salir a la calle. Siempre me ha gustado pensar mientras como, o comer mientras pienso, y como el ragù me había abierto el apetito y tenía mucho en qué pensar, puse rumbo al Luise, en la vía Toledo, uno de los templos gastronómicos de Nápoles, donde se podían degustar pizzas fritas, manzanas rebozadas y deliciosos babás, los bizcochos borrachos de Nápoles. Después de una pizza frita y cuatro babás, llegué a la conclusión de que el móvil del crimen de la casa de Obellio Firmo había sido el robo, tal y como había sugerido Popea. No había que darle más vueltas. Incluso imaginé lo que podía haber ocurrido. El emisario de Domiciano entró a Pompeya por la puerta de Nola, justo cuando comenzaba la erupción del Vesubio. Viendo que la situación empeoraba por momentos, se refugió en la villa de Obellio Firmo, en la que se encontró con el gladiador, que había huido del cuartel aprovechando la situación de caos y buscaba una casa deshabitada para robar. Probablemente, durante un buen rato, los dos hombres debatieron sobre cómo salir de Pompeya sanos y salvos. Luego, el gladiador se percató de que la persona que tenía enfrente era alguien influyente y que constituía un botín en sí misma. El Vesubio hizo el resto. El problema que me planteaba el hecho de haber resuelto el último crimen de Pompeya era que volvía a quedarme sin argumentos frente a la señora Allegro, por lo que decidí fingir que la investigación era más complicada de lo que parecía a primera vista. Tendría que inventarme algo para dejar el caso en suspenso.

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4 ¡Cornudos!

5 ¡Escandaloso!

6 Portero

7 Camorrista.

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¡AVE CÉSAR, LOS QUE VAN A MORIR TE SALUDAN!

De regreso a la pensión, me encontré en el recibidor con la señora Pandolfo, la cocinera del Albergo Margarita. La señora Pandolfo era ese espíritu errante que suele haber en toda casa de huéspedes. Su presencia apenas era perceptible por tratarse de una mujer enteca de piel blanca, casi transparente. Su mundo se circunscribía al suelo, que escudriñaba sin levantar jamás la cabeza o la vista. La única forma que había de verle el rostro era observando el suelo de linóleo, donde su figura rielaba como un trozo de luna menguante. Mujer parca en palabras, de vez en cuando barritaba, como un elefante, una suerte de estornudo que ponía de manifiesto sus estados de ánimo.

—Buongiorno, signora8 —saludé a la señora Pandolfo.

—Iettatore! Seppellitore! Becchino!9—exclamó apartándose de mí, al tiempo que agarraba el cuerno contra el mal de ojo que llevaba colgado del cuello.

—A mí también me ha dado mucho gusto verla —respondí a sus imprecaciones. Luego, me dirigí al mostrador de la recepción para solicitar la llave de mi habitación. El señor Magro Moro dormía la siesta con un ojo abierto y otro cerrado, según su costumbre. Aunque lo cierto era que su ojo abierto era tan impenetrable como el cerrado.

—La señora Allegro me ha dicho que le comunique que tendrá que abonar la comida, ya que no ha avisado de que iba a ausentarse. Ya conoce las normas de la casa —me comunicó el señor Magro Moro desde su colchón.

Las normas del Albergo Margarita eran tan cambiantes como la corriente marina, y estaban sujetas al humor de la propietaria.

—¿Puedo coger la llave? —le pregunté, dado el proverbial recelo del señor Magro Moro a que nadie metiera la mano en sus dominios.

—Sírvase usted mismo —me autorizó.

Tras comprobar que no había luz ni agua en la habitación, acerqué una silla a la ventana y me dispuse a dotar de personalidad al asesino de la villa de Marco Obellio Firmo, para lo cual recurrí a un libro que narraba la vida de los gladiadores en la antigua Roma. La primera referencia escrita que se tenía sobre la existencia de los juegos de gladiadores databa del año 264 a.

C., durante los funerales de un tal Brutus Perea, ocasión en la que lucharon tres parejas de gladiadores en el Foro Boario10.

Poco a poco, el negocio de los combates fue creciendo, hasta quedar en manos de los propietarios, los editores y los lanistas. Los primeros eran romanos ricos que compraban tropas de gladiadores. Los segundos eran los promotores o empresarios de los espectáculos en el anfiteatro. Los terceros eran los maestros de los gladiadores, a los que adiestraban para que se convirtieran en fieros combatientes. Los lanistas eran conocidos también como «mercaderes de carne humana», ya que la forma verbal lanio significaba «cortar en pedazos o ejercer el oficio de carnicero». Los gladiadores se veían sometidos a castigos corporales de extrema dureza.

Eran alimentados con gachas, alubias y cebada, y de postre tomaban unas cuantas cucharadas de ceniza para fortalecer el cuerpo. Al término de cada entrenamiento, estaban obligados a beber una infusión de

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8 Buenos días, señora.

9 ¡Gafe! ¡Enterrador! ¡Sepulturero!

10 Mercado de ganado.

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lejía, pues se creía que esta sustancia era beneficiosa para la salud de los combatientes. Dormían en jergones de madera, y cuando no entrenaban o combatían permanecían encadenados, vigilados estrechamente por una numerosa guardia. Si intentaban huir recibían un centenar de latigazos y eran marcados a fuego en la frente con las letras FHE ( Fugitivus Hic Est11), y las iniciales de su amo, por ejemplo, AS (Aulio Suettio), es decir,

«Este hombre es el esclavo fugitivo de Aulio Suettio». Las celdas eran tan pequeñas que sólo podían estar tumbados o sentados. Además, no se les permitía portar ningún arma de combate y entrenaban con espadas de madera sin filo. Si a la hora de la verdad el gladiador se mostraba cobarde en la arena del anfiteatro, un esclavo, a las órdenes del entrenador, se encargaba de empujarle con un atizador de hierro al rojo vivo. Muchos preferían suicidarse arrojándose bajo las ruedas de un carro antes que llevar esta clase de vida. Una vez en la escuela, eran destinados a un arma y confiados a la custodia de un antiguo profesional en calidad de instructor.

Los primeros ejercicios consistían en combatir con un florete de madera contra un muñeco de paja. Cuando el futuro gladiador adquiría más destreza, entrenaba con un arma más pesada que la que iba a llevar en combate, con el fin de que a la hora de la verdad estuviera sobrado de fuerzas.

Como premio a la victoria, el gladiador recibía una palma y un donativo económico que el organizador del espectáculo le daba en el anfiteatro, delante de todo el mundo. Éste extendía la mano izquierda e iba contando en voz alta las piezas de oro que entregaba al vencedor. Quienes alcanzaban la manumisión combatiendo en el anfiteatro, recibían como símbolos de emancipación una espada de madera, llamada rudis, y un gorro, pilleus. Los gladiadores famosos eran cantados por los poetas y retratados por los pintores en vasijas, anillos y paredes. Además, era el gremio más admirado por el público femenino. El ansia de fama y de riquezas llevó a numerosos aristócratas a ejercitarse como gladiadores en las escuelas de los lanistas.

Muchos hijos de familias nobles acudían a estos recintos para aprender a manejar la espada o incluso para alistarse. Eran conocidos como auctorati12 , hombres libres que firmaban un contrato con un lanista.

Reconocían al lanista el derecho a golpearles, encadenarles, marcarles con un hierro al rojo vivo o, incluso, matarles y, a cambio, cobraban elevadas sumas de dinero. Estos auctorati no podían realizar ningún otro trabajo para el lanista, salvo pelear en el anfiteatro, y no perdían su condición de hombres libres. Socialmente, sin embargo, veían mermado su prestigio hasta el punto de que tenían prohibido hablar en asambleas públicas, pues se pensaba que, al estar abocados a una muerte casi segura, sus juicios carecían de sensatez.

Cuando cerré el libro, empecé a considerar seriamente la posibilidad de que el gladiador de la casa de Marco Obellio Firmo no fuera tal, sino uno de jóvenes aristócratas que frecuentaban la escuela de gladiadores para adquirir destreza en el manejo de la espada. Eso explicaría el hecho de que sus tobillos no presentaran marcas de grilletes, y que portara una daga real en lugar de una espada de madera. En conclusión, el joven no había huido del cuartel de gladiadores, simplemente porque no era uno de ellos. Hecho este descubrimiento surgieron en mi cabeza un sinfín de preguntas. La primera de todas tenía que ver con la identidad del asesino. ¿Se trataba de un miembro de uno de los clubes donde se adiestraban los jóvenes de la aristocracia pompeyana? De ser así, resultaba extraño que un joven de buena posición decidiera asesinar al emisario del hermano del emperador, en vez de tratar de salvar la vida de sus familiares o la suya propia. ¿Acaso era el esclavo o el guardaespaldas del emisario de Domiciano? Quizá decidió apropiarse del dinero de su amo aprovechando el caos general. Tuve que aceptar con resignación que todas las hipótesis eran plausibles, que la investigación que yo había dado por terminada se enredaba más y más con cada nueva pregunta. Era como echar la red al mar y recogerla llena de peces idénticos rebullendo en todas direcciones.

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11 Este es un fugitivo.

12 Del verbo auctoro, «Vincularse con un contrato, obligarse por un salario, arrendar sus servicios como gladiador».

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LA CENA DE LOS IDIOTAS

No tuve que enfrentarme a la señora Margarita hasta la hora de la cena.

El hule del mantel brillaba bajo la luz encantada de una lámpara con bombillas de bajo consumo. Sobre la mesa estaban dispuestos los platos de los comensales que componíamos la plantilla de huéspedes, incluida la señora Allegro. Mi plato había vuelto a su lugar, lo que me hizo concebir la esperanza de que mi conversación con don Beppe había dado sus frutos.

Uno a uno, los cinco pensionistas fuimos ocupando nuestros sitios, tras lo cual la señora hizo sonar la campanilla. En los segundos que transcurrían entre el tañido y la aparición de la señora Pandolfo empujando el carrito de la comida, doña Margarita formulaba la misma pregunta:

—¿Qué les apetece cenar hoy?

Y Goso la Hiena, invariablemente, respondía: —Marisco.

—Pues hay sopa de primero, y tortilla de vigilia de segundo.

La tortilla de vigilia o fritatta di scàmarro no era más que una tortilla rellena de espaguetis, condimentada con anchoas, alcaparras y aceitunas negras. Claro que para doña Margarita la vigilia comenzaba el 1 de enero y terminaba el 31 de diciembre.

—También me vale —replicó Goso.

Goso la Hiena era el pensionista más veterano de la casa y, por consiguiente, el más condescendiente con la dirección. Joven de origen etíope, llevaba dos años y medio residiendo en el albergue bajo la excusa de estar realizando un estudio sobre los vínculos emocionales entre Italia y su país. Teniendo en cuenta que las emociones no suelen ser mensurables, la investigación de Goso la Hiena se había prolongado en el tiempo ad infinitum. Tanto que estaba a punto de conseguir los papeles de residencia, que era lo que en realidad perseguía. A pesar de ser un joven dotado de una gran inteligencia, vivía dominado por la desgana, que lo había convertido en un delincuente de poca monta, aunque con poderes subyugantes, ya que poseía la labia de un feriante. Él mismo reconocía que era capaz de sacar agua de un pozo aparentemente seco. El único trabajo que se tomaba en serio era el de acicalarse. Todas las mañanas dedicaba media hora a alisarse el cabello crespo con un cepillo de púas. Con todo, lo más importante para

Goso era su sonrisa hiposa, parecida a la de una hiena, gracias a la cual conseguía ganarse la confianza ajena.

—Hoy hemos comido espaguetis —se quejó Hortense, una francesa con nombre de flor y comportamiento de planta venenosa.

La señora Allegro transformó la arrogancia natural de sus facciones en desdén y, luego, dijo:

—¿Y qué quería que hiciese con las sobras, tirarlas? ¿Acaso no está al corriente de la cantidad de gente que muere de hambre en el mundo?

Pregúntele a Goso, él se lo dirá. Siempre que doña Margarita necesitaba ayuda recurría a Goso la Hiena, que no dudaba en salir en defensa de la propietaria a cambio, probablemente, de un suculento descuento en la factura semanal.

—Cada segundo mueren 10 niños de hambre, lo que supone que en el mundo fallecen 600

criaturitas a la hora, 14 400 al día, 432 000 en los meses de 30 días, 446

400 en los meses de 31

días, y 5 256 000 al año —expuso el etíope.

La contundencia de los datos ofrecidos por Goso la Hiena permitió a la señora Allegro cerrar el capítulo de protestas con su famosa coletilla.

—Allegro ma non troppo, señorita Hortense.

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Es decir, generosa a la hora de confeccionar los menús, pero no tanto como para derrochar. Después de que las aguas volvieran a su cauce, doña Margarita tomó de nuevo las riendas de la conversación. Esta vez fui yo el objeto de su interés.

—¿Cómo va su investigación? —me preguntó como si, en efecto, estuviera familiarizada con mi caso.

—Marcha bien, aunque los progresos son lentos —dejé caer.

—Ya lo dijo el sabio Salomón, un tonto puede arrojar con facilidad una piedra dentro de un pozo, pero luego 100 eruditos no pueden sacarla —

observó doña Margarita, cuyo espíritu se alimentaba de frases enlatadas.

—Sin duda, para sabio, Salomón, y para salmón, el noruego —ironizó Pepito Revenga, un español de Santander que disfrutaba de una beca para estudiar la figura de Carlos III de España en su condición de rey de Nápoles.

—Haga el favor de exponernos el intríngulis —añadió la casera.

—Se trata de un crimen cometido el 24 de agosto del año 79, coincidiendo con la erupción del Vesubio. Un gladiador o gimnasta asesinó a un emisario de Domiciano, el hermano pequeño del emperador Tito.

—No entiendo por qué tiene que haber ladrones y criminales cuando la ley prohíbe el robo y el crimen, ¿no les parece? —dejó caer doña Margarita.

—¿Y qué hay del móvil? —se interesó Goso la Hiena.

—Creo que fue el robo. Exactamente, 850 áureos acuñados durante el imperio de Tito.

—¿Eso es mucho dinero? —intervino Ruxandra, una joven rumana que estudiaba la vida del emperador Trajano antes de que éste romanizara la Dacia, es decir, la actual Rumanía.

—Una pequeña fortuna incluso para la época —reconocí.

—¿Y qué hacía el emisario de Domiciano con tanta pasta encima? —

preguntó Revenga.

—No estoy seguro. Pompeya era una ciudad de recreo, así que es probable que el dinero estuviera destinado a la adquisición de una villa.

—El gladiador aprovechó los fuegos artificiales del Vesubio para darle un palo al emisario de Domiciano —resumió Goso la Hiena.

—Más o menos. Aunque hay algo que no cuadra —observé.

—¿El qué?

—Los gladiadores no tenían acceso a las armas de verdad, entrenaban con espadas de madera, de modo que no entiendo qué hacía con una daga.

—Tal vez la robó aprovechando la confusión general —sugirió Pepito Revenga.

—Cabe la posibilidad de que el asesino no fuera un gladiador, sino un joven de la aristocracia local —observé.

—Los crímenes con misterio son como la tenia: mientras más comes, más hambre sientes y más engorda el parásito. Si necesita ayuda, no dude en pedírmela. Piero, el hijo de la señora Tomassini, es carabinero y tiene más olfato que un sabueso —intervino ahora doña Margarita.

—La cuestión es que a la policía no le interesa un crimen cometido hace 2 000 años. Tendré que arreglármelas solo —reconocí.

—Por eso los napolitanos inventamos la venganza. Para nosotros la ley no sólo tiene que tener espíritu, también tiene que tener una cara, aunque sea tan fea como la de la venganza —observó la propietaria.

—La venganza es un plato que se sirve frío, como la sopa de esta casa

—añadió Hortense.

—Hortense, es usted una deslenguada —se defendió la propietaria.

—No me hable de lenguados, que se me abre el apetito —bromeó de nuevo la francesita.

—Doña Margarita, haga el favor de pasarme el salero —solicitó Pepito Revenga.

—La sal retiene los líquidos —le advirtió la propietaria.

—Y usted retiene la sal —replicó el santanderino.

—Porque su consumo es malo para la tensión arterial —se defendió la señora Allegro.

—Y para su bolsillo —apostilló Pepito Revenga.

—¡Por la licuefacción de la sangre de san Genaro, déjenme oír lo que Peralta tiene que Emilio Calderón

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contarnos! Prosiga, Peralta, prosiga —logró imponerse la propietaria.

—Decía que las cosas no están claras. Tendré que seguir investigando durante los próximos días.

—Habla usted como un policía con placa —señaló doña Margarita sin ocultar su satisfacción. Y tras inspirar profundamente una bocanada de aire en señal de alivio, añadió:

—No sabe el peso que me quita de encima, Peralta. No quiero que vuelva a caminar al lado de la parca, al menos mientras viva en esta casa.

Prométalo.

Estuve a punto de decirle que lo que me pedía era imposible de cumplir, no porque a mí me gustase caminar al lado de la parca, sino porque era la muerte la que se empeñaba en caminar a nuestro lado.

—Lo prometo.

Antes de dar por finalizada la cena, la propietaria sacó a relucir el delicado asunto del agua.

—Les recuerdo que está prohibido ducharse más de una vez al día.

—Yo diría que simplemente está prohibido ducharse —matizó Pepito Revenga.

—¿Les he contado lo que me ocurrió con un huésped que se duchaba demasiado? —se descolgó

doña Margarita.

—Unas 15 veces —observó Goso la Hiena.

—Pues no está de más que oigan la historia otra vez. Resulta que, en una ocasión, tuve a un huésped que se duchaba dos y hasta tres veces al día, así que una mañana me arrimé a la puerta del baño y le dije: «¿Sabe don Pez que menganito de tal y zutanito de cual han muerto de sed en Etiopía?».

A lo que me respondió: «¿Y a mí qué me importa de qué se mueran en Etiopía?». «Pues debería importarle. El agua es el oro de los sedientos», le reproché. Pero el puñetero erre que erre,

«El oro es oro y el agua se va por el sumidero», me dijo, así que no me quedó más remedio que desgraciar la alcachofa de la ducha llenándola de alfileres. Dos días más tarde se marchó bufando. Y es lo que yo digo,

¿cómo se puede una fiar de un hombre que no es capaz de soportar su propio olor? Para mí, el que mucho se lava por fuera es porque se siente sucio por dentro. Ustedes ya me entienden.

No, no la entendíamos, pero daba lo mismo.

—¿Puedo entonces quedarme? —le pregunté a la casera buscando su complicidad.

—Hasta que lo nombren mariscal. Peralta, hasta que lo nombren mariscal. Nada me complace más que tener a un policía en casa. Me hace sentir segura.

—En ese caso, me gustaría que retirara el cuerno contra el mal de ojo de mi puerta. No quiero que nada perturbe mi pensamiento. También necesitaré una bombilla de 100 watios para leer por la noche —aproveché para pedir.

Dejé a la señora Margarita hablando con la señora Pandolfo que, en cuanto escuchó mi nombre, cruzó los dedos y se aferró al amuleto que la protegía contra mí.

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NADA ENGORDA MÁS QUE UN BESO

La primera vez que hablé con don Beppe me dijo que el napolitano «Es un animal de baño y no de ducha», lo que significaba que las prisas no tenían cabida en Nápoles, salvo a la hora de conducir. Esta filosofía de vida había hecho de las cafeterías la segunda residencia de los napolitanos. La hora del café no tenía límite, comenzaba cuando despuntaba el alba y terminaba cuando cerraba el local. El rito estaba tan arraigado entre la

población que nadie rechazaba una invitación para tomar café. Así que, después de los últimos descubrimientos, llamé a Popea y me cité con ella en el Luise. Apareció justo cuando el camarero había depositado mi tercer babà sobre el velador.

—Disculpa el retraso, pero no encontraba aparcamiento. Primero intenté meter el coche en un hueco demasiado pequeño, pero al comprobar que a cada maniobra el capó del vehículo que tenía detrás se iba pareciendo más y más a un acordeón, tuve que buscar otro sitio. No me costó imaginar a Popea profiriendo una jastemma mientras trataba de fabricar un espacio donde no lo había, y a la víctima codificando frases rituales para contrarrestarla tras comprobar el estado de su vehículo.

—¿Cómo tomas el café? —le pregunté con el propósito de trasladar sus instrucciones al camarero.

—Con la taza caliente. También me gusta que me sirvan el azúcar antes que la bebida. En Nápoles había tantas formas de tomar el café como napolitanos. Unos bebían un vaso de agua antes del café, para saborearlo mejor; otros lo hacían después del café, siguiendo el ejemplo de la escuela siciliana de Palermo; los había que vertían primero el líquido y luego añadían el azúcar, o los que hacían exactamente lo contrario, de modo que a una espuma de azúcar añadían gotas contadas de café. Pero en la mayoría de los casos, el resultado era una especie de jarabe denso y aromático en el que uno podía clavar la cucharilla.

—¿No te apetece un bizcocho borracho? Están deliciosos —le sugerí.

Los babàs del Luise son los bizcochos borrachos más borrachos de Nápoles. No pertenezco a Alcohólicos Anónimos, así que a un babà sólo le pido que esté rico. Y los de aquí están para chuparse los dedos, te lo aseguro.

—Está bien, tomaré uno —aceptó.

Popea se tomó el café y engulló el babá con una rapidez inusitada, como si no hubiera probado bocado en la última semana.

—Yo pensaba que todos los napolitanos os bañabais —dije empleando la metáfora de don Beppe.

—¿A qué viene ese comentario? ¿Acaso huelo mal? —replicó sin ocultar cierto disgusto.

—Me he expresado mal. El portero de la finca en la que vivo me dijo una vez que el napolitano es un animal de baño y no de ducha. Quería señalar que comes y bebes demasiado deprisa para ser napolitana.

—Es cierto, a los napolitanos no nos gustan las prisas, pero, al mismo tiempo, carecemos de paciencia, una mezcla explosiva. Antes, cuando entrabas en un café como éste la gente conversaba. Ahora discute.

Eché un vistazo a los parroquianos de las mesas vecinas, y todos parecían disfrutar de la compañía de sus parejas.

—Nadie discute —dije.

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—Porque ya nadie habla.

—Nosotros lo estamos haciendo —observé.

—Sólo a medias. Para que dos personas puedan llegar a conversar, lo que se dice conversar, primero tienen que conocerse a fondo.

—El camino para conocer bien a una persona sigue siendo la palabra, el diálogo —me reafirmé.

—Estoy completamente de acuerdo, pero no se puede entablar un principio de diálogo si no se conocen las reglas del juego.

—¿Y cuáles son esas reglas?

—Ya te lo he dicho, soy extremadamente impaciente, así que exijo que los demás sean pacientes conmigo.

—Entiendo.

—No, no creo que lo entiendas. Nadie es paciente con la impaciencia ajena.

—Creo que tienes razón, estoy empezando a perder la paciencia —

bromeé. Nunca se me había dado bien la arqueología de los sentimientos, pero del discurso de Popea se desprendía que, en efecto, había cambiado la vida tranquila por las prisas, el baño por la ducha.

—¿Te apetece otro baba? —ofrecí como medio de reconducir la conversación.

—No, gracias. En una ocasión me zampé 4 y agarré una melopea de campeonato. Estaba claro que Popea era una caja de sorpresas.

—No creo que nadie pueda emborracharse por comerse 4 bizcochos borrachos, por muy borrachos que estén —dije.

—Yo, sí. Después del tercero comencé a besar a desconocidos... en los labios.

—¿Estás segura de que el problema está en los bizcochos borrachos?

—¿Qué insinúas?

—Que tal vez el problema esté en ti. Admitiendo que uno pueda emborracharse por comer 4

bizcochos borrachos, hay muchas cosas susceptibles de ser besadas antes que los labios de un extraño.

—¿Qué clase de cosas?

—Cosas inocentes.

—No suelo ir repartiendo besos por ahí, pero ya que lo hago prefiero besar a un desconocido antes que a una farola.

—Creo que voy a pedirte otro babá —me descolgué, sin poder refrenar una pícara sonrisa. Sabía que en cuanto te contara mi problema con los bizcochos, tratarías de convencerme para que me comiera cinco o seis.

—Llevas uno, así que me conformo con tres más.

—Lo siento, pero estoy a dieta.

—Los besos no engordan.

Todos los hombres decís lo mismo.

—Lo que no significa que todos los hombres seamos iguales —maticé.

—Sí lo sois. Cuando se trata de un beso, todos os volvéis impacientes.

—Creía que la impaciencia era cosa tuya.

—Soy muy impaciente para unas cosas y muy paciente para otras.

Pensé que tal vez la solución pasaba por seguir comiendo bizcochos borrachos, con la esperanza de que me hicieran perder la cabeza y la paciencia, y me dieran el valor necesario para besar a Popea.

—Ahora, dime por qué me silbaste por teléfono —añadió, dando por concluido el capítulo de los besos.

Ya había olvidado que cuando la llamé para quedar lo había hecho siguiendo sus instrucciones al pie de la letra.

—Porque me escribiste en un papel que silbara cuando necesitara tu ayuda.

—También se lo dijo Lauren Bacall a Humphrey Bogart en un clásico del cine de los años cincuenta, pero, que yo sepa, Bogart comprendió a la primera que se trataba de una metáfora.

—Yo también entendí a la primera que se trataba de una metáfora, aunque para ser del todo Emilio Calderón E l ú l t i m o c r i m e n d e P o m p e y a 21

franco, no me resultó fácil recuperar el habla después de montarme contigo en coche. Y luego, tras una pausa, añadí:

—He descubierto que nuestro asesino no era un gladiador, sino un joven gimnasta.

—Domiciano fue uno de los mayores asesinos de su época, así que no deberías darle importancia al hecho de que un emisario suyo fuera víctima de un crimen. Todo el mundo quería jugársela.

—¿Qué quieres decir?

—Que Domiciano era conocido como el Nerón Calvo, y que se comportó como Caín con su hermano, al que quiso derrocar tras la muerte de su padre. Además, siempre dijimos que el asesino de la villa de Marco Obellio Firmo era un gladiador o un gimnasta, ¿qué más da que fuera una cosa u otra? Vestía un taparrabos y portaba un puñal.

—Importa más de lo que parece a simple vista.

—Explícate —me conminó.

—Verás, el joven no tiene señales en pies y manos, cuando un gladiador pasaba más de 10 horas al día encadenado. Además, los gladiadores no tenían a su alcance armas reales. Entrenaban con espadas de madera, y las armas de verdad permanecían en armeros estrechamente vigilados.

—¿Y si el tipo robó la daga después de huir del cuartel de gladiadores?

—planteó.

—¿Y si se trataba de un joven perteneciente a uno de los clubes donde entrenaban los hijos de la aristocracia pompeyana? —respondí a la sugerencia de Popea con otra pregunta.

—Bien, ¿y qué?

—Tú misma dijiste que los gladiadores no tenían apego a la vida, pero la cosa cambia si nuestro asesino es un joven con la vida por delante.

Piénsalo, ¿qué sentido tiene para un joven de buena posición tratar de robar al emisario del hermano del césar, más aún cuando su propia vida corre peligro? ¿Por qué se quedó allí, pegado a su víctima?

—Supongo que si el Vesubio entrara ahora mismo en erupción las cosas dejarían de tener sentido.

—¿Hasta el punto de cometer un crimen? ¿Hasta el extremo de quedarte pegado a tu víctima, aun a costa de tu propia vida? No. Creo que detrás del último crimen de Pompeya hay algo más que un robo.

Donde hubo un intento de robo fue en la calle. Acabábamos de salir del Luise cuando oí que una moto se acercaba a toda velocidad por detrás de nosotros. Instintivamente volví la cabeza, al tiempo que apartaba a Popea de la trayectoria del vehículo. Entonces, con la atención puesta en los dos

ocupantes de la motocicleta, que contrariamente a la costumbre napolitana llevaban la cabeza cubierta con sendos cascos integrales, comprendí lo que estaba a punto de ocurrir. Se trataba de un lo scippo, de un tirón, del que Popea iba a ser víctima. Todo sucedió muy rápido, pero al tiempo que el individuo que viajaba de paquete agarraba la mochila de Popea de un asa, yo me aferré a la otra y comencé a tirar en sentido contrario a la marcha.

Por último, dejé caer todo mi peso, hasta que, por fin, el ladrón con el que mantenía el forcejeo soltó la presa, y yo rodé por el suelo como un extra de cine.

Cuando me detuve, la brisa de la bahía me trajo la voz de Popea, que me preguntaba desde lejos si me encontraba bien.

—Creo que no me he roto nada —dije.

En realidad, mi cuerpo había sufrido las típicas quemaduras que produce el roce con el asfalto, y a pesar de que empezaba a notar cierto escozor en los miembros y en la espalda, no se trataba de nada grave.

—Casualmente me he dejado la cartera y el monedero en casa, así que lo único que contiene la mochila es un botellín de agua, mi aerosol contra violadores y unos pañuelitos de papel. La confesión de Popea hizo que las magulladuras de mi cuerpo se extendieran por mi alma.

—Si me lo hubieras dicho, me habría ahorrado el numerito del héroe —

le reproché.

—Tenía ganas de tener un héroe, así que he preferido dejarte actuar. Has estado espléndido. Primero parecía que estabas haciendo esquí sobre asfalto, y luego, cuando has rodado como una peonza, parecías un personaje de Matrix —añadió.

—Los personajes de Matrix caen sobre un colchón —le hice ver. Emilio Calderón

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—Y tú me caes mejor ahora que antes.

Ella tenía ganas de tener un héroe y yo tenía ganas de que me besara, de forma que cuando menos lo esperaba, me dejé caer al suelo fingiendo que me estaba asfixiando.

—¡Chema! ¿Qué te ocurre?

—¡Soy asmático! ¡Aire...! ¡Me falta aire! —exclamé.

Y como viera que Popea no sabía qué hacer ante aquella situación, señalé mi boca con uno de mis dedos, al tiempo que volvía a exclamar:

—¡Aire...! ¡Necesito aire!

La aparición de una gorda de 120 kilos en las proximidades del escenario en el que yo representaba mi papel me hizo temer que, bajo el pretexto de ser médico o enfermera, se ofreciera voluntaria para hacerme el boca a boca, pero tal vez viendo que tenía que movilizar toda su corpulencia en sentido descendente, y que yo no era más que un chiquilicuatro de poca monta, se conformó con aleccionar a Popea:

—¡Hazle el boca a boca, ragazza! ¡Rápido, que se nos ahoga!

Popea pegó por fin sus labios a los míos, y yo me quedé de verdad sin respiración. Entonces comencé a sentir cómo su cálido aliento me devolvía de nuevo a la vida. No me habría importado que el mundo se hubiera acabado en ese momento.

Con el regusto del beso impreso en el recuerdo seguí inconscientemente a Popea hasta una farmacia, en la que pidió un inhalador para asmáticos.

Viéndome en la tesitura de tener que medicarme sin estar enfermo, pensé confesarle la verdad, pero estaba tan alterada y sus ojos reflejaban tanta preocupación que no me quedó más remedio que llevar mi interpretación hasta sus últimas consecuencias. Inhalé varias dosis de aquella pócima y comencé a experimentar la sensación de que mis pulmones se ensanchaban, y que pronto la camisa que llevaba puesta estallaría en mil pedazos.

Acabado el episodio, tenía la impresión de haber metido un extintor en mi boca con el que había logrado apagar el fuego que me quemaba por dentro.

Un incendio parecido a la pasión. Emilio Calderón E l ú l t i m o c r i m e n d e P o m p e y a 23

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EL INFORMANTE

Cuando llegué al portal de la pensión, aún seguía hipnotizado por lo ocurrido. Mi alma y mi autoestima habían engordado varios kilos, y el único ruido que era capaz de reconocer era el latido de mi corazón, que cabalgaba desbocado dentro de mi pecho.

— Vieni qui, ragazzo13 —dijo una voz que me resultó vagamente familiar.

¿Se trataba del canto de una sirena que pretendía engatusarme cual Ulises? ¿Era Popea suplicándome telepáticamente otro beso? No, era don Beppe reclamando mi presencia en su garita.

—¿Qué desea? —dije volviendo a la realidad.

Don Beppe se limpió los dedos en el trapo que colgaba de su hombro, y agitó la cuchara de madera en el aire como si se tratara de una batuta con la que dirigir una orquesta.

—Información, por supuesto.

—¿Información? —le pregunté sin salir de mi atolondramiento.

—El ascensor me permite completar mi sueldo, el ragù me proporciona un sobresueldo, pero lo que de verdad tiene valor es la información. La información es el alma de las cosas, y como muchas veces las cosas son dueñas de las personas y no al revés, si posees información entonces eres dueño de todo. ¿Crees que duermo la siesta en la terraza por amor al clima de Nápoles? No. Lo hago porque allí se encuentran las chimeneas, y dentro de ellas los secretos de todos. Capito14?

Mi cabeza empezaba a bullir como el ragù que hervía en la marmita.

—Non capisco15 . ¿Adónde quiere ir a parar? —admití.

—¿Qué te pasa, muchacho? ¿Acaso te has dado un golpe en la cabeza?

Quiero que me hables del crimen en el que andas enredado. La señora Allegro me ha contado que la víctima llevaba encima 850 monedas de oro con la jeta de no sé qué panoli.

Estaba claro que las chimeneas no eran los únicos conductos que transmitían la información en aquella casa.

—La efigie del emperador Tito —puntualicé.

—Bien, ¿y dónde has guardado las monedas de ese tal Tito?

—¿Cómo que dónde las he guardado?

—Las monedas son una prueba del caso, ¿no? Así que las habrás depositado en alguna parte.

—Naturalmente, fueron depositadas en el Museo Nacional de Nápoles.

—¿El de la piazza Cavour?

—El mismo.

La mano simiesca de don Beppe saltó del trapo al pelo grasiento.

—¿Están dentro de una caja fuerte o de una urna de cristal? —prosiguió el interrogatorio. No sabía si la experiencia que acababa de vivir me había afectado hasta el punto de convertirme en una persona suspicaz y desconfiada, pero de las palabras de don Beppe se desprendía que estaba barruntando la posibilidad de dar un golpe.

—No lo sé, pero el museo cuenta con los medios más modernos para evitar los robos —le dije con el propósito de disuadirlo.

—¿Acaso alguien ha inventado una alarma contra el soborno? Pues mientras no exista esa clase de aparato, las alarmas contra robos no servirán de nada. Un incendio sólo se puede apagar cuando

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13 Ven aquí, muchacho.

14 ¿Entiendes?

15 No comprendo.

Emilio Calderón

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se ha iniciado, y un robo sólo se puede atajar cuando se está cometiendo. Lo demás no son más que medidas disuasorias que sólo desaniman a quienes no tienen intención de robar —sentenció don Beppe.

—¿No pretenderá robar las monedas de la villa de Marco Obellio Firmo?

—¿Cometer yo un robo? Soy el presidente de la Commissione per la Protezione del Ragù del Guardiaporta16, ¿cómo se me iba a ocurrir semejante cosa? ¿Y mi reputación? ¿Qué sería de mis clientes, tan fieles a mi ragù como lo es un hijo a su mamma?

—¿Entonces por qué se empeña en sonsacarme?

—Ya te lo he dicho, para disponer de esa información, ragazzo. Sólo por ese motivo. Imagina que mañana quieres comprar un televisor de segunda mano, con pinta de ser nuevo, pero con precio de tercera mano, entonces vienes a mí y yo te doy el nombre de la persona que posee el televisor que estás buscando. Ahora supón que una pareja de guappi17

estuviera interesada en dar un golpe a lo grande, pero no saben qué robar.

Pues bien, yo podría pasarles información sobre las monedas de las que estamos hablando. Capito?

Ahora sí que lo había entendido perfectamente. Don Beppe era una especie de intermediario entre el consumidor y el hampa, además de asesor de delincuentes, una especie de consigliere18 de los bajos fondos, que utilizaba su oficio de portero y presidente de la Comisión para la Defensa del Ragù de los Porteros como tapadera.

— Capisco. Y ese televisor de segunda mano con aspecto de nuevo y precio de tercera mano,

¿tendría garantía? —pregunté para ponerle a prueba.

—Somos hombres de palabra, ¿o no? El ladrón es, en última instancia, el máximo responsable de lo que roba. Y luego estoy yo para arbitrar entre el ladrón y el comprador.

—Siempre había oído hablar del singular código ético de los delincuentes napolitanos, pero nunca pude imaginar que don Beppe tuviera un papel tan destacado entre ellos.

—Que yo sepa, las monedas van a ser depositadas en una urna de cristal, donde podrán ser contempladas por todos los visitantes del museo

—dije a continuación. A pesar de que la información que acababa de suministrarle estaba al alcance de cualquiera, don Beppe se empeñó en recompensarme:

—¿Quieres subir gratis en el ascensor? —me ofreció el hombre.

—Le estaría muy agradecido.

—Toma esta ficha.

En el viaje en ascensor me acompañó un sahumerio que no me dejó k.o.

de milagro. Don Beppe no era el único que cocinaba en aquella casa, aunque por la dudosa calidad de los olores el resto lo hacía con desigual fortuna.

En el rellano aguardaba la señora Pandolfo, que reculó al verme como si se acabara de encontrar con el mismísimo diablo. Tras aferrarse de nuevo al cuerno contra el mal de ojo que colgaba de su cuello, y con la espalda pegada a la pared, volvió a exclamar:

—Iettatore! Seppellitore! Becchino! ¡A mí no me engañas!

Era la primera vez que oía a la señora Pandolfo pronunciar más de cinco palabras seguidas, y el mérito era todo mío.

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16 Comisión para la Defensa del Ragù de los Porteros.

17 Plural de guappo. Camorristas.

18 Consejero.

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EL CLUB DE LA LUCHA

La conversación con don Beppe me hizo recordar esa frase del filósofo Platón que dice que el oro y la virtud son como dos pesos puestos en los platillos de una balanza, de modo que uno no puede subir sin que el otro baje. Si admitía como cierto el razonamiento del filósofo griego, daba como resultado que si el joven de la villa de Marco Obellio Firmo no había cometido su crimen por avaricia, probablemente lo había hecho pensando que cometía una acción virtuosa. Claro que eso suponía admitir que virtud y crimen podían emparentarse. El ejemplo que me vino a la cabeza fue el de esos jóvenes integristas que se inmolan con una bomba adosada al cuerpo convencidos de que se trata de un sacrificio necesario. ¿Acaso el joven de la villa de Marco Obellio Firmo era eso, una especie de integrista? Y siendo así, ¿en nombre de qué causa actuaba?

Como estaba seguro de que el asesino de la villa de Obellio Firmo pertenecía a un club de jóvenes, centré todo mi esfuerzo en averiguar algo al respecto. Retomé de nuevo mis manuales. Al parecer, en todo el Imperio Romano, y Pompeya no era una excepción, abundaban los llamados colegios de jóvenes. Dado que la preparación física era tan importante como la intelectual, se trataba de instituciones en las que los jóvenes podían entrenarse en la carrera, el salto y el pancracio, combate que combinaba la lucha libre y el boxeo. Pronto estos colegios se convirtieron en clubes aristocráticos que agrupaban a los hijos de las clases más pudientes, y fueron adquiriendo un carácter claramente paramilitar. Como tales, no estaban jurídicamente reconocidos o reglamentados, pero sí tolerados. En realidad, eran una fuerza de intervención formada por jóvenes que idolatraban al emperador, y que estaban siempre dispuestos a dar prueba de su lealtad. Incluso había quienes defendían que detrás de esos colegios se escondía una forma encubierta de servicio militar, que ponía de manifiesto el hecho de que la organización de las ciudades romanas siguiera el modelo creado para el ejército. Los jóvenes pertenecientes a esos clubes jugaban un papel relevante en la transmisión del correo oficial, y el resto de la sociedad los veía como a súbditos ejemplares preparados física y moralmente para defender el imperio.

En Pompeya habían existido, que se supiera, varios de estos clubes. El más conocido era el Samnita. Pero había otros centros repartidos por toda la ciudad. El mayor de todos era el Gimnasio Grande, de la época de Augusto, cuyo local medía 147 metros de largo y 107 de ancho y contaba con una gigantesca piscina en su interior. La importancia que los romanos daban a la natación era tal que, al igual que los griegos, cuando tenían que referirse a una persona analfabeta decían: «No sabe escribir ni nadar». De modo que no despreciaban ni una sola modalidad deportiva, siempre y cuando sirviera para fortalecer el cuerpo. El carácter paramilitar del Gimnasio Grande había quedado en evidencia en un grafito que hacía mención a la existencia de escuadrones y centurias. En esos centros se organizaban juegos de lanzamiento de disco o combates de lucha, cuyos vencedores recibían un premio simbólico en forma de palma o corona. Además se practicaba la gimnasia, la marcha a paso ordinario o a paso ligero, las carreras, los saltos, el tiro al blanco con venablos, con piedras o con proyectiles de hondas lanzados contra una estaca, y otras modalidades deportivas. Cada una de estas asociaciones contaba con un armero de madera. Otro de los lugares utilizados por estos jóvenes eran los baños que había enfrente de la villa de Julia Félix, en la vía de la Abundancia. Unas termas al más puro estilo clásico, donde además de asearse y solazarse, podían practicar deportes y hablar de sus asuntos. Según algunos historiadores, el número de jóvenes pudo alcanzar el millar, si bien la cifra parece exagerada teniendo en cuenta que la población de Pompeya no superaba los 20 000 habitantes.

Cuando cerré el libro, estaba convencido de haber dado un paso adelante en mi investigación. Resultaba evidente que el agresor de la villa de Marco Obellio Firmo había sido un joven fanático dispuesto a dar su vida por el césar: de ahí su atuendo, el hecho de que dispusiera de un arma, y que Emilio Calderón

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su cuerpo no presentara marcas ni en los pies ni en las manos. El problema radicaba en que si daba por buena esta hipótesis tenía que admitir asimismo que la vida del césar corría peligro, razón por la cual el joven había tomado la decisión de intervenir. ¿Pero acaso la víctima no era un emisario de Domiciano, el hermano del emperador? Recordé que Popea había comparado a Domiciano con Caín, el asesino de su propio hermano.

No me costó imaginar a una docena de jóvenes pompeyanos en la palestra

del Gimnasio Grande, justo al término de sus ejercicios, escuchando aún sudorosos cómo un correo recién llegado de Roma les comunicaba la conspiración que estaba fraguando el hermano del emperador. ¿Pero qué motivos podía tener Domiciano para acabar con la vida de su hermano? ¿Y

cuáles eran las líneas maestras de su plan? ¿Se trataba de dar un golpe de Estado apoyado en un fuerte contingente militar o, por el contrario, su intención era la de financiar un magnicidio a manos de un asesino profesional? Tal vez las respuestas las tuviera el propio Domiciano, cuya figura era sobradamente conocida por los historiadores.

Emilio Calderón

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TRAS LA PISTA DE