El último lector
El último lector
Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.
David Toscana
ePub r1.0
Titivillus 01.09.2019
Título original: El último lector
David Toscana, 2005
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Índice de contenido
El último lector
Sobre el autor
A Sarah
La cubeta desciende por el pozo hasta topar con una superficie más consistente que el agua y emite un sonido que Remigio ya venía esperando. Está por cumplirse un año de la última lluvia y la gente se reúne desde julio cada tarde para orar en la capilla de San Gabriel Arcángel, pero ya corre septiembre y ni una gota, ni un escupitajo del cielo. De vez en cuando amanece el rocío sobre hojas y ventanas, mas eso apenas lo distinguen los madrugadores, ya que el sol se lleva toda humedad tan pronto surge sobre Icamole. Una ocasión se aproximaron nubes cargadas por el oriente, y algunas personas se treparon a cualquier loma para azuzarlas desde ahí. Aquí estamos, vengan, tenemos sed, y varias mujeres abrieron sus paraguas para demostrar su inflexible fe, una fe que no alcanzó a mover montañas, al menos no el cerro del Fraile, a veinte kilómetros de ahí, pues todos acabaron por ver decepcionados cómo las nubes chocaban contra sus picos y laderas, derramando allá mismo su perfecta carga. No fue ni la primera ni la última vez que el cerro del Fraile les robó las esperanzas, por eso la contigua Villa de García continúa verde, mientras que en Icamole las acequias son avenidas para los tlacuaches. Remigio da un tirón a la cuerda que sostiene la cubeta y la suelta de nuevo. El sonido se repite: una percusión. A él le habría disgustado lo mismo que del fondo brotara la melodía de un arpa o el canto de una sirena; la única voz de su noria debería ser un chapaleo.
Revisa la cuerda y se da cuenta de que algo anda mal. Él sabe que el pozo mide ocho metros hasta el fondo y por eso la cuerda tiene un nudo justo en esa longitud. Según sus cálculos, al menos queda medio metro de agua, suficiente para regar el aguacate y bañarse esa y otras cuantas mañanas y salir a pasear por Icamole con los cabellos agitados por el viento, con la cara fresca, los dientes limpios, y saludar a las mujeres de cabelleras tiesas, envueltas en pañoletas, a los hombres de caras polvosas y tierra entre las uñas, en ese Icamole sin otra humedad que el sudor y el agua de los tambos que Melquisedec acarrea en su carreta desde Villa de García. Con la sequía llegó la pobreza y el día en que el repartidor de refrescos dijo ya no me sale el viaje hasta acá para vender tan pocas botellas. El agua de Melquisedec es gratuita; la carga en una acequia comunal de Villa de García y el gobierno del estado le paga una iguala por su esfuerzo y el de las mulas que remolcan la carreta en un trayecto ligero de ida y sufrido de vuelta.
Por evitar el desperdicio, la gente dice el agua de Melquisedec es para beber, no para lavarse los pies, y eso impulsa a Remigio a provocarlos con su cara recién lavada. Yo bebo, les dice con la mirada, yo me ducho, y hasta riego mi aguacate sin perseguir la carreta de los tambos; si bien, cuando alguien le hace la pregunta, él responde sin titubear que su pozo está tan seco como el resto.
Zarandea la cuerda una y otra vez sin éxito, sin sentir que la cubeta dé un mordisco a ese medio metro de agua, y decide que un obstáculo le impide llegar hasta el líquido. No sería el primer animal sediento en causarle problemas. Tres años atrás hubo de sacar a un coyote, que encima se defendió como si Remigio fuera el enemigo y no el rescatista. Y, sin embargo, no se molestó con el animal. Sabe que cualquier muerte es preferible a la provocada por la sed.
Trae una lámpara de petróleo, la ata a la cuerda de la cubeta y la baja por el oscuro buche de la tierra. Primero distingue el resplandor de dos ojos claros, luego el rostro blanco, infantil, de retrato antiguo; al final, una cabellera larga y negra todavía bien peinada. Calcula que ese rostro ya recibió doce cubetazos y, luego de mirarlo un par de minutos, acaba por concluir que no parpadea.
Cuando Remigio tenía unos diez años, veía en los pozos una fuente de travesuras. Éstas consistían en escupirles o arrojarles caca de chivo, una o dos bolitas a la vez; e incluso un día orinó en el de la señora Cleotilde. En cambio le pareció un exceso que uno de sus amigos arrojara una rata muerta en el de Melquisedec. La diversión no radicaba en hacer el daño sino en hacerlo a escondidas, y ésta se esfumó cuando Remigio supo que todos los pozos están conectados y los orines derramados en el de la señora Cleotilde llegarían, aunque diluidos, a todas las casas. Remigio cree que el punto más bajo de esa red de canales subterráneos se halla en su propiedad; de otro modo no se explica que su pozo aún tenga agua cuando los demás ya se secaron. Orinar o lanzar a una rata son cosas tolerables, pero no arrojar a una niña. Descarta la idea de que haya caído accidentalmente: le estaría viendo los calzones y no la cara.
Se apresura hacia adentro de la casa para tomar su machete, y con la misma prisa recorre la huerta, blandiendo el arma, descargándola contra algunas ramas secas, por si ahí sigue escondido quien trajo a esa niña. Mira todo su derredor en busca de alguien que lo esté espiando desde un árbol, tras los muros de adobe. Luego se detiene, casi sin respirar; trata de oír el menor ruido. Y oye varios, pero a la distancia: una mujer dice que le duele el pie, un hombre carraspea, un niño llora y grita me pegó Paco; el gordo Antúnez, esa voz sí la reconoce, amenaza a Paco con romperle la cara. Remigio deja caer el machete y vuelve al pozo.
Acerca la lámpara al rostro y aguarda a que deje de columpiarse, pues el movimiento de sombras crea la sensación de que el cuerpo se mueve. La niña se halla recostada, buena parte del torso fuera del agua, casi luce cómoda. Toma un puñado de guijarros y comienza a arrojarlos, uno por uno. Falla en los primeros tres intentos. El cuarto rebota en la frente o en la nariz, y Remigio comprueba que el rostro no se inmuta. Desde el principio le pareció bien muerta, pero imposible renunciar así de fácil al eterno sueño de salvar a una muchacha.
Trae otra cuerda con un gancho oxidado en un extremo. Lo baja y lo hace bailar cerca del cuerpo hasta sentir que se traba con algo; desea que sea un sobaco porque no le gustaría extraerla como a un pez. Tira de la cuerda y aguza el oído. Ya no espera algún lamento, pero es mejor asegurarse. Apenas unos centímetros y la niña se suelta con el chapaleo que Remigio había deseado para la cubeta. Ahora piensa en carne rasgada y un sangrado que tiñe el agua y así ni ganas de lavarse los dientes por muy santa que haya sido la niña. Comprende que el gancho no puede ser una buena idea, no importa dónde se trabe: axilas, boca, orificio de la nariz, entrepierna, y opta por sacarlo para hacer un lazo. Mientras forja el nudo se repite lazo, lazo en voz alta, pues su mente insiste en llamarle horca. Nuevamente baja la cuerda y la hace oscilar hasta que se toma de algo. Tira con cuidado y, tras asegurarse de que el lazo se halla bien ceñido, hace subir el cuerpo rápidamente. No podría resultar mejor: viene tomado de la muñeca izquierda. De haberse prendido del cuello igual lo hubiera alzado, pero qué mejor que la muñeca.
Toma la mano tan pronto la ve salir y le sorprende no sentir asco. Ya en otra oportunidad había cargado a un muerto y casi se vomita. Pero tú eres muy diferente, le dice a la niña, debiste ver al otro: viejo, gordo y encima inflado y desnudo porque se ahogó en una charca. La recuesta en el suelo y le baja los párpados. El izquierdo obedece; el derecho se repliega lentamente hasta abrirse por completo. Calcetas blancas, vestido de flores y un zapato de charol. Su rostro luce terso, sin rastros de violencia ni de los cubetazos; sólo con una basura en la mejilla izquierda que Remigio trata de quitarle, y pronto se da cuenta de que es un lunar. La manga derecha muestra una rasgadura, sin duda causada por el inútil garfio.
Remigio nunca ha sido sociable, ni tiene cabeza para andarse fijando en niñas de escuela, pero está seguro de que nunca antes había visto a la muertita, y eso significa que no es de Icamole. A una niña como ésa la habrían hecho protagonista de cualquier evento, la pondrían a declamar en las fiestas patronales y, aunque declamara horrible, le aplaudirían de todo corazón. Pero también estoy seguro, se dice, y aquí vuelve a mirar a su alrededor, que a una niña como ésta nunca la van a dar por perdida.
Recorrieron el trayecto de diez millas hablando de mujeres y pasándose una botella de bourbon a la que daban pequeños sorbos. Tom reía con las anécdotas de Murdoch, lo mismo si decía algo en serio que en broma. Le habló de una ramera que había conocido en México, y Tom rió con cada frase, sobre todo cuando Murdoch explicaba las dificultades para convivir con una mujer que no entiende su idioma. Luego hizo un breve relato sobre una rubia que había amado, y Tom volvió a reír. Atrás de ellos venía el negro con las manos atadas y la soga al cuello, exhausto, acelerando el paso cada vez que los caballos de Tom y Murdoch alargaban la zancada. Hemos llegado, dijo Tom, y se detuvieron a mitad del puente sobre el río Colorado. No daba la impresión de ser una estructura firme; las maderas crujían bajo el peso de los caballos y algunos tablones mostraban agujeros por donde cabía un pie. Murdoch se asomó por la baranda y vio el reflejo de la luna en las aguas bravas, que en un instante estaban ahí, bajo sus pies, y pronto llegaban a otro condado, a otro estado, con una libertad que tal vez ellos nunca tendrían. Escupió al vacío y retrocedió hacia su caballo, donde estiró la soga para cerrar un poco más el nudo en torno al cuello de su desdichado prisionero. ¿Sabes lo que te espera, pelmazo del infierno? El negro negó con la cabeza, aunque su expresión de horror revelaba que sí sabía lo que le esperaba. Entre los dos lo llevaron a la baranda y lo hicieron ver con terror las aguas que Murdoch acababa de observar con placer. El negro dejó de luchar. Prefería terminar con todo de una vez antes que seguir tolerando la humillación de ser acarreado como un perro, esquivando heces de caballos, escuchando conversaciones de ebrios. ¿Quieres decir algo antes de enfrentarte a tu destino?, preguntó Murdoch. El negro asintió y, tratando de que no le temblara la voz, expresó: Hay un Dios que no reconoce colores en la piel, que ama por igual a negros y blancos… Lucio resopla y cierra el libro de golpe. Doscientas páginas para que este negro venga a moralizar como una monja. Es un pillaje. La contraportada afirma que el lector se sumergirá en las profundidades del alma humana, que hay sitios donde el infierno se lleva en el color de la piel, que las fuerzas del bien y el mal se enfrentarán con resultados prodigiosos. Ahora falta definir el bien y el mal, se dice Lucio, porque Tom y Murdoch le habrían hecho un gran favor al mundo de haber lanzado al negro antes de dejarlo hablar. Aún faltan cerca de cien páginas, pero no piensa seguir con la lectura. Mira la portada: El color del cielo, de Brian MacAllister. Imagina que el autor es un blanco perdonavidas que de niño cantaba en una iglesia protestante; seguro que no tiene valor para consentir que el negro muera luego de mencionar a Dios. ¿Llegará el comisario? ¿Otros negros? ¿Un ángel? ¿Alcanzará el negro a desatarse para dar muerte a sus enemigos? Ya no importa. Además no puedo confiar en un traductor que no convierta las millas en kilómetros, y no sé qué habrá escrito MacAllister, pero seguro fue algo muy distinto de pelmazo del infierno. Saca un sello de la gaveta de su escritorio y lo estampa sobre la portada. Censurado. Se incorpora lentamente, en lo que espalda y cintura se acostumbran a la nueva posición, y camina a la puerta. Una señora pasa con medio kilo de tortillas y a Lucio se le hace agua la boca. Ella lo saluda con una sonrisa sin palabras; él le responde que MacAllister es un inepto, y ya con la voz baja, sólo para sí, continúa: Mire que mencionar la expresión de horror del negro y no ahondar en eso; debió decirme cómo vibraban sus labios rojizos y gruesos y quebrados con hilos de baba, o al menos cómo lucía la luna sobre el blanco de sus ojos. La palabra horror es un engaño del escritor, pretende crear una tensión inexistente porque es obvio que el negro no va a morir; todo es tan obvio: los blancos hablan de una ramera y el negro menciona a Dios, los blancos beben bourbon y al negro ni siquiera le apesta el sudor. Lucio vuelve a su escritorio y abre el libro en la última página para confirmar la moraleja que ya espera. La anciana llevaba horas meciendo al pequeño Jimmy. En la proximidad del amanecer, sus cabellos de nieve parecían brillar con luz propia. ¿Por qué tienen que ocurrir estas cosas, abuela? Ella levantó la vista; el sol dibujaba una franja amarilla en el horizonte. Ya lo comprenderás cuando seas mayor, respondió, sólo recuerda que es el color del alma, y no el de la piel, lo que realmente distingue a los hombres. Jimmy sonrió y cerró los ojos. A lo lejos cantó el gallo de los Carmichael para avisarle al mundo que la vida continuaba, y que siempre habría de continuar. Lucio niega con la cabeza y sale de nuevo. Camina hasta mitad de la calle; ahí espera a dos mujeres obesas que dejan de hablar cuando lo ven. ¿Quieren leer un libro? Pasen, no tienen que pagar. Tal vez les guste La tentación creadora. Es sobre un seminarista con una gran pasión por la pintura, y ante todo desea pintar desnudos. Cállese, Lucio, ya no tiene edad para eso, dice una, en vez de andar leyendo acompáñenos hoy a rezar para que termine la sequía. Lucio siente que le palpitan las sienes cuando las mujeres se retiran bamboleando sus caderas; una lleva una gallina muerta; la otra, una sombrilla. Sin duda el seminarista no aceptaría pintar desnudos de esas señoras. Amaba el arte, pero más amaba tener enfrente a las jóvenes sin ropa. ¿Me voy a salvar?, le preguntó Larissa cuando dejó caer su vestido. El seminarista le entregó unos lirios, le ordenó que los alzara con su brazo derecho, sin que le cubrieran los senos, y volvió frente a su lienzo. Claro que te salvarás, le respondió, porque ya no eres Larissa sino Santa Inés en las puertas de un lupanar, y pronto estarás decorando la habitación de fray Esteban, y fray Esteban rezará cada noche por ti, porque se le conceda antes de morir la gracia de tocar tu cuerpo.
Aunque la gallina muerta no le parece atractiva, Lucio la piensa implume y cocida en el centro de una mesa. Una pata, susurra, y se ve mientras la remoja en un plato de frijoles molidos. El sexo puede saciarse con imaginación, se dice, pero el hambre se vuelve peor. Entra en su biblioteca y cierra la puerta. Se siente humillado por haber invitado a esas mujeres a leer; debe vencer la tentación de ir tras ellas y pedirles algo de comida, debe ser fuerte como ni fray Esteban lo fue. Si tan sólo una de esas señoras de Icamole se interesara en los libros las cosas serían diferentes. Vengo a ver qué libro me recomienda, don Lucio, y de paso le traje unos tacos; o me mandó mi mamá por una novela y me pidió que le dejara esta sopa. Así pasa con los curas. Así debería ocurrir conmigo.
Abre un libro y se pone a leer. Ha tomado la precaución de que sea una novela reciente, pues éstas ya no se ocupan de describir los detalles de una comida, a menos que vengan de escritoras, o a menos que el autor sea un latinoamericano que en sus inicios creyó que la escritura corregía males sociales y con el paso de los años prefirió entretener a las señoras de charol que le solicitaban su autógrafo entre lisonjas y coqueteos y amor por lo extranjero, porque un día fui pueblo, señoras mías, pero ahora soy afrancesado o germanista o bulgarista; mi personaje esgrimía un puñal, y ahora lleva una copa de vino; dormía en un callejón, pero ahora se lamenta de que su hotel no tenga vista al mar. Apenas el día anterior había desechado una novela de ésas. El narrador se sentaba a la mesa y decía: Sara eligió una espléndida botella de Château Certan-Marzelle 98 para acompañar la ensalada périgourdine, la cocotte de porc à l’ananas y el brie de Coulommiers, y en lugar de postre ordenó unas crêpes aux moules preparadas con un excelso vin de paille. Esas líneas y la descripción que continuaba sobre más viandas y botellas y vocablos en cursivas no provocaron la menor reacción en su estómago. Con esos nombres extranjeros me da lo mismo si hablan de comida o de refacciones para una máquina; esas botellas podrían ser de aceite y tal vez la cocotte fuera un engrane. Censuró la novela en la página treintainueve. Conocía otros libros de Antonio Pedraza, de cuando en su biografía enlistaba sus publicaciones y no sus viajes por el mundo; entonces su prosa sí expresaba algo, se ocupaba de gente sin tarjeta de presentación y que caminaba por una calle cualquiera, una calle que se llamaba calle y no rue. Este hombre ya no escribe para mí, dijo Lucio. Se puso en pie y dejó caer la novela. Antonio Pedraza, descanse en paz.
Y su resentimiento contra ese novelista le sosegó el hambre, que no resurgiría hasta ver las tortillas y la gallina.
El pueblo sin agua y yo sin comida. No está mal para un final de novela, se dice, la gente se va de Icamole y yo muero de hambre.
El cencerro se escucha por todo Icamole, lo cual no es decir mucho: más o menos cuarenta casas desalineadas como carretones mal estacionados a lo largo de una cruz de calles sin pavimento; unas pocas, como la de Remigio, rodeadas por muros de adobe; otras, con malla o alambres de púas que evitan la salida de chivos y gallinas y, sobre todo, que impiden la entrada de animales rapaces; algunas más, protegidas por vallas naturales de nopales plantados en línea, muy cerca unos de otros; y, finalmente, unas cuantas, las que no tienen nada que ocultar o proteger, parecen meras rocas en el descampado. Las mujeres y algunos hombres dejan sus quehaceres para tomar botellas, jarras, garrafones, y dirigirse hacia donde Melquisedec hace sonar el cencerro. Se forman cinco filas, una detrás de cada tambo, y cada quien va llenando sus recipientes en orden, sin empujones ni protestas, pues saben que el agua alcanza para todos; sólo les extraña ver ese día también a Remigio, con un bote de plástico. La señora Vargas se le acerca al oído, aunque de cualquier modo habla en voz alta. La gente dice que su pozo todavía le da de beber. No, señora, responde Remigio, es que yo soy solo y así todo me rinde más. No le explica que aún tiene agua para bañarse y para el aguacate, sólo para eso, pues la ley de supervivencia indica nunca beber del agua donde flote muerto un animal y, para el caso, la niña no es sino un animal muerto, con humores que no llegarán diluidos a todas las casas, se quedarán en su pozo, en su charco de medio metro, espesos y fragantes. Yo más bien pensaba, dice el señor Treviño, que usted tendría cajas de cerveza. Eso sí, responde Remigio con ganas de que noten su cara limpia, tengo dos botellas, sólo dos, y las beberé en una ocasión especial. Apenas habla le viene un sentimiento de lástima por todos: a falta de clases sociales, en Icamole se marcan diferencias con pequeñas cosas, como una cara limpia, unas manos sin callos, con la boca encogida de esa mujer, la señora Urdaneta, que ahora toma su ración de agua mientras dice que su jarra la hicieron con barro de la mejor calidad. La trajo mi yerno de Tlaquepaque y está pintada a mano; miren, son unos girasoles que hasta parecen de verdad. Remigio observa la jarra con deseos de romperla a martillazos. Está seguro de que el vestido de la niña sería envidiado por todas.
Melquisedec vigila el proceso montado en su carreta y gesticula su disgusto cada que alguien derrama unas gotas de agua. Es esfuerzo vano de mis mulas, dice sin que nadie le preste atención. Cuando todos terminen de llenar sus recipientes, volcará el agua remanente en un abrevadero para los chivos y para sus propias mulas.
Tengo un aviso que darles, Melquisedec alza la voz cuando hay una buena cantidad de gente reunida en torno a su carreta. Se perdió una muchachita allá en Villa de García. Es hija de una viuda de Monterrey, y las dos andaban de paseo por estos rumbos. Las autoridades nos piden que estemos atentos a cualquier cosa extraña, sobre todo si vemos a un desconocido. En ese caso nos piden que lo detengamos y les demos aviso. Tras unos segundos de silencio, salvo por el chorrear de líquido, el señor Hernández pregunta: ¿O sea que si vemos pasar a un desconocido hay que apresarlo? ¿Y si no se deja? ¿Lo golpeamos y lo amarramos? ¿En casa de quién lo vamos a guardar? Melquisedec encoge los hombros. ¿Cómo es la niña?, pregunta la señora Vargas. No lo sé, responde Melquisedec. ¿Qué edad tiene? Los hombros continúan alzados. Tampoco lo sé, pero mañana les prometo más información.
Remigio besa la boca de su bote de plástico y bebe copiosamente. Qué diferente resulta el sabor del agua corriente al de la estancada.
Lucio retira la vista de El otoño en Madrid cuando la puerta se abre. ¿Qué te trae por aquí?, pregunta sin quitar el índice de la última palabra que leyó, a mediados de la página sesentaitrés. Remigio cierra la puerta y avanza hasta el escritorio, donde coloca una bolsa muy cerca del libro. Son aguacates, dice, y tortillas. Lucio toma un separador y lo inserta entre las páginas. ¿Y yo para qué quiero aguacates? Remigio los saca de la bolsa; son dos, de cáscara tersa, púrpura de tan negra. Las tortillas invaden el ambiente con su aroma como lo hicieron las de la señora de esa mañana. Para nadie es un secreto que te estás muriendo de hambre. Prepárate unos tacos, en la bolsa hay cubiertos. Por no verse muy ansioso, Lucio abre de nuevo El otoño en Madrid y pasa unos segundos los ojos sobre las frases. Natalia, mi Natalia, te he referido una y cien ocasiones que la ciudad es un escaparate donde se exhiben mis tristezas, mi falta de ti, mi incapacidad de percibir la belleza si no surge de tu rostro. A mí me basta con que me lo refiera una vez, dice Lucio y saca del cajón el sello de censurado. Otro gachupín con más glosa que prosa, murmura, pero al menos en Madrid llueve y las muchachas llevan falda corta. Rebana el primer aguacate en cuatro y coloca los trozos sobre sendas tortillas. Sabe que tiene hambre para comerse todo de una vez, pero decide guardar el segundo aguacate. No te vi surtiendo agua con Melquisedec, dice Remigio para iniciar la conversación. Ayer llené mi jarra, y apenas va a la mitad. Entonces no habrás escuchado la noticia. Lucio niega con la cabeza en lo que muerde su taco. Ahora que está comiendo se pregunta qué habría sido de él si no aparece Remigio; leyendo se me pasa el tiempo, se me olvida el hambre, pero llega la noche y se vuelve imposible dormir. El otoño en Madrid inicia con dos meseros que desprenden un par de jamones del mostrador de un restaurante y con ellos se golpean mientras desde la acera los mira un inmigrante africano. A ellos les resulta gracioso; a Lucio le pareció la sentencia de una noche sin sueño pensando en la carne de puerco. Comoquiera le sedujo el inicio. Ambos jamones vienen del mismo animal, y tras cada golpe que se dan los meseros, el autor se remonta al matadero para relatar la llegada del cerdo en un camión pestilente y la preparación para el sacrificio. Al fin un españolito que sabe escribir, se dijo, pero al pasar las páginas resulta que la escena se trunca antes de la muerte del cerdo, justo cuando el matarife afila el cuchillo, y a continuación la vista se centra en una mesa junto a la ventana, donde un joven ve pasar a las madrileñas mientras redacta una carta de amor que hasta el momento en que Remigio entró se alargaba a la página sesentaitrés. No sé por qué te confieso todo esto, escribe el joven a su amada, y Lucio tampoco tiene la más remota idea; en cambio imagina lo que pudo ser una novela de matadero: cruda en los sacrificios de cerdos, ligera en la cotidianidad de los meseros que sirven la carne de esos animales, y sutil en su significado, con el paso de inmigrantes africanos por la acera de enfrente. Remigio aprieta los puños antes de hablar. Melquisedec dijo que se perdió una niña en Villa de García. Lucio se pone en pie, toma el libro y se encamina hacia una puerta gruesa que da al cuarto contiguo; un pasador herrumbroso con candado clausura la puerta; sin embargo, en la parte superior tiene una abertura disimulada con una cortinilla. Le mienta la madre a Jordi Ventura, el autor. Demasiadas páginas para decirme que el joven está triste porque se fue su amada. Yo perdí a mi mujer, una mujer prodigiosa, no una puta madrileña, y me bastaría con hallar media página sobre ella. Abre la cortinilla y por el hueco arroja El otoño en Madrid. No lo perdones, señor, dice, porque sabía lo que hacía. Regresa a su lugar y prosigue con el resto de los tacos. Hoy no me ha ido bien con los libros. Ya condené a dos. Termina de comer y se pasa la uña del meñique por los dientes. Remigio golpea el escritorio con los nudillos para mostrar su impaciencia. ¿Me vas a poner atención? Lucio sonríe. Te he escuchado cada palabra y he observado tus gestos y movimientos, tanto así que puedo apostar que los aguacates no me los trajiste porque tengo hambre; comienzo a imaginar que tienen algo que ver con la niña perdida. No está perdida, aclara Remigio, al menos no para mí; la hallé muerta en mi pozo de agua y no sé qué hacer con ella. Por supuesto, dice Lucio, debí imaginarlo, porque los aguacates tienen cierto parecido con las berenjenas, y Zimbrowski le lleva berenjenas a su padre cuando le confiesa que asesinó a Enzia, la hija del telegrafista. Zimbrowski se echa a llorar y pide perdón de rodillas. No quise hacerlo, fue el alcohol, el deseo, la locura; no fui yo porque esa noche yo era otro, un monstruo, un ser despreciable, pero no tu hijo. Su padre lo golpea con la rodilla. Le llama cobarde, arroja las berenjenas por la ventana y él mismo se encarga de entregarlo a la policía. Cuando el telegrafista conoce la verdad sobre la muerte de su hija, compone un cable en clave Morse: Zimbrowski, maldito seas mil veces, y lo envía a todas las intendencias. Tú no tiraste los aguacates por la ventana, dice Remigio. Se hace un silencio en lo que Lucio regresa los cubiertos a la bolsa. Son más las diferencias, dice, el padre de Zimbrowski amaba a Enzia; la consideraba su nieta, y siempre vivió bajo un código de honor militar. Antes la deshonra del infierno que el infierno de la deshonra, solía decir. Yo no la maté, Remigio alza la voz para dar por terminada la historia de Zimbrowski y comenzar la suya. Relata en pocas palabras su encuentro con la niña muerta y sus problemas para sacarla del pozo, cerrarle los ojos y ponerla a secar. ¿Secarla?, interrumpe Lucio, ¿tu pozo tiene agua? La tengo en la casa, en el suelo, sobre una toalla en la cocina. Lucio mira la bolsa de papel y comprende que hay un abismo entre aguacates y berenjenas. ¿Quién te dijo que yo paso hambre? Tengo una niña muerta, creo que ése debe ser el tema de nuestra conversación. Lucio se mantiene indiferente y va hacia una pila de cajas ceñidas con flejes y cintas. Aún me falta mucho por leer, pasarán años antes de que clasifique todos estos libros. Remigio se acerca de mal humor. Para nadie es un secreto que perdiste tu empleo hace mucho. Dicen que se te acabó el dinero, que ya no vas a la tienda de Romelia; se te nota flaco, te ves enfermo. No es indigno que un hijo ayude a su padre. Lucio vuelve a su silla; se arrellana y cierra los ojos. ¿Qué sabes de esa niña? Sólo que es hija de una viuda que estaba de visita en Villa de García; la andan buscando y le pidieron a la gente de Icamole que esté alerta. Lucio niega con la cabeza; luego habla queda y lentamente, como hundiéndose en un sueño. La tuviste en tus manos, en tu pozo, la sacaste, la llevaste a la cocina, sin duda la has estado mirando y a lo mejor otras cosas; sospecho que aún no me dices todo. Yo no la maté, insiste Remigio. De eso estoy seguro, Lucio abre los ojos, mira con apatía, fue el alcohol, el deseo, la locura. Remigio acerca una silla y se sienta frente al escritorio. Le cuesta trabajo hablar. Ha de tener trece años, su piel es muy blanca y sus cabellos muy negros, de cáscara de aguacate; trae un vestido de fiesta y le falta un zapato. ¿Es todo? Sí, es todo. ¿Cómo murió? Remigio guarda silencio. ¿Trae bien puesta la ropa? ¿Los calzones están en su lugar? Sí. Sí. Lucio deja el sopor y se endereza. ¿Los revisaste bien? A veces el criminal se equivoca y los pone con la etiqueta en el ombligo. No me interesa lo que ocurrió, Remigio va hacia la jarra de agua y da varios tragos, sólo quiero evitar que me suceda algo. Debería interesarte; tu suerte no será la misma si los calzones están al revés; a Zimbrowski lo ahorcaron. Creo que fue un error venir contigo, Remigio duda un segundo en llevarse el aguacate restante, se dirige a la salida. Espera, Lucio alza la voz, no tienes de qué preocuparte, si la niña tiene sobrepeso y el cabello rizado pronto se sabrá la verdad; su profesor de matemáticas la empujó por las escaleras en un arranque de ira, porque la muy idiota no se sabía ni la tabla del seis; pero él mismo va a confesar y explicará dónde arrojó el cadáver, así que lo mejor es que vuelvas a echarla al pozo. Ni gorda ni cabellos rizados, dice Remigio, la que tengo en casa es magnífica. Mala suerte, dice Lucio, entonces sí estás en problemas porque la niña debe tener los ojos claros y un lunar en la mejilla izquierda y ningún profesor de matemáticas aceptará la responsabilidad. Remigio se acerca; no recuerda haberle mencionado eso. Ojos claros, sí, uno abierto y otro cerrado, y el lunar del lado izquierdo. Lucio da un golpe con las palmas sobre los muslos. Sonríe satisfecho de haber acertado en la segunda oportunidad. Entonces se llamaba Babette, dice, tenía doce años, y te la voy a describir como sólo Pierre Laffitte supo hacerlo. Se apresura al librero y toma un volumen. Comienza a leer tras hojearlo unos segundos. A los doce años, Babette poseía la vanidad de una mujer mayor y gustaba de llevar vestidos ceñidos en la cintura, que mostraran un mínimo de pantorrilla. Adoraba los días de viento porque el revoloteo de su negrísimo cabello hacía fulgurar sus ojos claros, tristes, de plomo; ojos siempre viendo el horizonte, más allá de su delicada nariz. Aunque de piel muy blanca, al punto de traslucir venas azules en brazos y mejillas, no daba la impresión de ser enfermiza; todo lo contrario: quien la mirara detenidamente notaría una carne compacta, severa para su edad y casi varonil, a no ser porque unas incipientes formas de mujer comenzaban a perfilar una hechura de esas que silencian voces a su paso. Su palidez, en las noches de luna, la hacía parecer que algo tenía de divino. Brillo era lo que mejor la definía, en ojos, cabello, rostro, piel y hasta zapatos siempre lustrosos. Brillo, sobre todo, en su sonrisa, las pocas veces que sonreía. Mas el hado jamás otorga mercedes sin cobrar réditos, y todo lo que en Babette era gracia y garbo habría de volverse su perdición. Quizás el lunar en su mejilla izquierda era una lágrima petrificada, una lágrima que servía como anuncio de lo que estaba por venir.
Lucio da vueltas en torno a su escritorio mientras lee; Remigio había comenzado a escuchar cruzado de brazos, fastidiado, mas el interés le va ganando a medida que capta las palabras y no puede sino igualar esa descripción a la niña que tiene en casa. En las novelas las niñas se hicieron para desearse, ultrajarse o asesinarse; además de La muerte de Babette, Lucio señala algunos puntos de un librero, tenemos Calcetas rosas, Ciudad sin niños, El hospicio de los inocentes, La hija del telegrafista y muchas otras. Claro, hablo de novelas escritas por hombres; las escritoras hacen crecer a las niñas y las ponen a sufrir del corazón. ¿Y qué pasa con Babette? Está oscureciendo; Lucio va a la puerta y, tras comprobar que la calle se encuentra vacía, entra y corre el pasador. Todo ocurre en París, el 14 de julio de 1789, y no te voy a explicar por qué esa fecha es importante, pero en las calles había una multitud dispuesta para la violencia. Babette se ve sorprendida en medio de esta turba y se echa a correr, temerosa, porque esas personas no son de su clase. Cuando la ven con un vestido tan fino, ese vestido de fiesta que me contaste, algunos la persiguen. Traen palos y azadones y armas de verdad. Babette se apresura llorando hacia un portal y hace sonar la campanilla con desesperación; la puerta se abre y se cierra justo a tiempo, y nunca más se vuelve a ver a Babette. ¿Y luego?, Remigio se decepciona, esa historia no dice nada. No es lo mismo contada que leída; ocurre que hay un simbolismo entre la campana que toca Babette, la de su perdición, y la que tocan los parisinos, la de la libertad. Sin duda el autor era monárquico. Quiso dar a entender… ¿Pero qué le pasa a Babette?, interrumpe Remigio. Ahí termina la novela. La frase final dice… abre el libro por la contraportada y recorre la página con el índice antes de leer. Campanillas, gritos y campanas; gritos dentro y gritos fuera y más campanas, pobre Babette, pobre de ti, campanas y más campanas, un país que se cree libre, una niña que no cree en nada.
Una historia no puede terminar así, protesta Remigio. Claro que puede, y no hay duda sobre el final. Pierre Laffitte ya lo dice en el título, entonces evita repetirlo en la trama. Lo que importa es que ahora sabemos un poco más que el resto de los lectores; ahora sabemos que Babette terminó en un pozo de agua. ¿Y yo dónde voy a terminar? ¿Lo dicen tus libros? Hoy estuve leyendo uno: dos hombres montados a caballo llevan a otro a pie, atado de manos, conducido a la fuerza por una soga al cuello. Puedo imaginarte en ese recorrido de aquí a Villa de García; tú dirás yo no la maté, y alguien te llamará cobarde y te golpeará con la rodilla, porque en ese recorrido no hay puentes ni ríos. Aunque igual puedo verte haciendo una fosa que se trague para siempre a Babette tal como una puerta que se cierra. Yo también he pensado en enterrarla, pero es difícil disimular un hoyo con la tierra tan seca, por más que uno la apisone siempre queda la cicatriz. Mi otra opción es esperar la madrugada y llevármela lejos, tirarla por ahí para los coyotes, detrás de una loma; pero en este pueblo siempre hay alguien con los ojos abiertos, sobre todo ahora que me siento vigilado por quien haya puesto a esa niña en mi pozo; ha de estar esperando a que yo cometa un error para dar la voz de alarma. Y si no es hoy será otro día, pero esa persona acabará por dar un pitazo. Yo te aconsejo, comienza Lucio, pero Remigio lo interrumpe. No vine por consejos, sólo quería contarte lo de la niña porque si las cosas se complican me gustaría que fueras mi aliado y le explicaras a todos que esa niña apareció en mi pozo sin que yo tuviera nada que ver. Lucio asiente lentamente y se dirige a abrir la puerta. Imagina que la única forma de hacer lo que Remigio le pide es echándose él mismo la culpa. Hijo, hagas bien o hagas mal, puedes contar conmigo, le dice, y muy pronto se arrepiente de la frivolidad de su frase, digna de un negro a punto de ser lanzado al río Colorado.
Con el retazo de luz de luna Lucio mira su biblioteca. Parte del enjarre se ha caído; por eso sobre la puerta apenas alcanza a leerse la palabra bibliote; las últimas dos letras amanecieron hechas migas en el suelo tras una noche ordinaria, sin una fuerza especial que las derribara, salvo la edad y el abandono, unas letras que él mismo había escrito con chapopote y pulso desigual el día en que recibió la primera remesa de libros: quinientos siete ejemplares, de los cuales sólo ciento treinta habrían de pasar al librero. Los demás cargaron con el sello de censurado.
En aquella remesa le causó especial asombro la novela Los peces de la tierra, de Klaus Haslinger, el famoso naturalista alemán convertido en escritor. No le sedujo la trama sobre Fritz y Petra, una pareja que visita varios lugares en busca de un sitio dónde vivir, pues a Lucio le pareció una mera excusa para que Haslinger hablara sobre terrenos, plantas y animales, usando lo mismo nombres comunes que técnicos o en latín; sin embargo, cuando estaba por abandonar la lectura, la pareja arribó a un sitio que, a Lucio no le cupo duda, era Icamole. Fritz tomó la mano de Petra y la apretó con excesiva fuerza al sentirse tan entusiasmado. Me lastimas, dijo ella. Él respondió: Mira, Petra, nuestro paraíso. Tan pronto comenzaron a descender hacia ese pequeño valle, se sintieron en otro mundo: el camino de tierra se había trasmutado en uno de arena rojiza que crujía con cada paso; bastaba inclinarse y mirar la superficie de cerca para distinguir conchas marinas, caracoles, fósiles de trilobites y nautilos. La vegetación era extraña también: aquí y allá se alzaban unas plantas delgadas, con decenas de brazos que pretendían alcanzar el cielo y danzaban al compás que les marcara el viento, cual algas que se mecieran con la corriente y desearan acariciar la superficie. Las rocas se esparcían por todo el terreno con una disposición que sólo el agua podía haberles dado, ya que no lucían enterradas, sino acomodadas. Fritz indicó los dos cerros que tenían enfrente, uno escarpado, otro con una pendiente ligera, los dos mostrando un corte a la misma altura. Ahí es donde golpeaban las olas, dijo señalando el corte. Ambos conocían el pasado precámbrico de la tierra bajo las aguas, pero este lugar les hizo pensar que el mar había desaparecido apenas unos minutos atrás. Petra imaginó que si aguzaba la vista distinguiría algunos peces aleteando desesperados por no hallar respiración, pero no quiso compartir su idea porque en su mente los peces eran barbus barbus, que, como todos saben, son de agua dulce. Continuaron avanzando cuesta abajo, hacia el caserío que se hallaba en el fondo. Se acabó la búsqueda, dijo Fritz, aquí nos quedaremos. Sí, asintió Petra, viviremos en el fondo del mar. Y a medida que se acercaban, Fritz comentó que si el villorrio no luciera tan modesto pensaría que se trataba de la Atlántida.
A Lucio le pareció desatinado comparar Icamole con la Atlántida, una simpleza de Fritz o de Haslinger, y no conocía los barbus barbus, pero igual continuó leyendo. La historia de Fritz y Petra termina mal; nunca pudieron adaptarse a las costumbres del lugar, y los habitantes, iracundos porque veían en los recién llegados una amenaza con otro idioma, dos intrusos con más ganas de enseñar que de aprender, toman la decisión de expulsarlos. Cuando ambos salen del valle tomados de la mano, igual que como entraron, alguien arroja una piedra que golpea a Fritz en la cabeza. Aunque le saca sangre, la herida no es grave. Él se agacha a tomar la piedra y nota que tiene un trilobites impreso en ella. La echa en su bolsillo y, tras reconsiderarlo, la tira al suelo. No quiere pruebas sobre su estancia en ese lugar; prefiere el recuerdo, siempre más grato. Reanuda la marcha y dice: Si no pudimos ser peces, habremos de ser reptiles. Lucio no comprendió el final ni quiso comprenderlo; sólo le interesó aquel párrafo que narraba la entrada de la pareja a Icamole.
Nadie compartió su interés. Aquí nunca ha venido un alemán, le decían, seguro es un sitio que se parece a Icamole, pero no es, nunca será Icamole; y la insistencia de Lucio se volvió en su contra, pues para cuando llegó el día de abrir la biblioteca, ya la gente estaba llena de argumentos contra los libros: las novelas cuentan cosas que no existen, son mentiras. Si acerco las manos al fuego, le dijo un hombre, me quemo; si me encajo un cuchillo, sangro; si bebo tequila, me emborracho; pero un libro no me hace nada, salvo que me lo arrojes en la cara. Otras personas rieron ante este comentario y el tema quedó saldado. No obstante, Lucio decidió nombrar la biblioteca en honor de Klaus Haslinger y trazó su nombre a un costado de la puerta con las mismas letras irregulares de chapopote.
Corrió el tiempo y Lucio no tuvo motivo de queja: cada quincena lo visitaba el pagador y de vez en cuando el correo le dejaba un paquete con libros en Villa de García. Además pasaba el día leyendo con muy pocas interrupciones. Sin embargo, había llegado un nuevo gobierno al estado y muy pronto se dio a notar. Primero exigió que la biblioteca llevara el nombre de Profesor Fidencio Arriaga, un líder sindical de los maestros al que acuchillaron en una zacapela, para lo cual envió un letrero de lámina con el que Lucio hubo de cubrir el nombre de Haslinger; después solicitó que, en aras de un mejor uso de los recursos, cada director de biblioteca expidiera un reporte trimestral sobre la cantidad de visitantes, los libros prestados, los perdidos y las consultas hechas a enciclopedias y textos escolares. A Lucio no le hacía falta llevar registros para llenar ese reporte; pues al principio atendía un promedio de tres lectores por semana, todos alumnos de la escuela de Icamole, y todos con el propósito de consultar la enciclopedia. Cuando decidió regalar la enciclopedia a la escuela, se volvió un evento ilusorio que alguien entrara a buscar un libro.
Tras el tercer reporte Lucio recibió la notificación oficial de que a partir de ese momento la biblioteca Profesor Fidencio Arriaga se declaraba cerrada indefinidamente, por lo que ya no recibiría más lotes de libros ni la cuota de mantenimiento. Lucio respondió con una carta colérica a las autoridades estatales, declarando que así como el agua hace más falta en el desierto y la medicina en la enfermedad, los libros son indispensables donde nadie lee. Además, aclaraba, la biblioteca está instalada en mi propiedad y nadie tiene derecho de exigirme que cierre las puertas de mi casa. No obtuvo respuesta. Tampoco lo volvió a visitar el pagador.
El primer golpe de zapapico le advierte a Remigio que no es buena idea enterrar a la niña esa noche. Aunque el viento sopla con fuerza, no hay árboles que crujan a su paso, hojas que aplaudan, ni obstáculos que lo hagan ulular; apenas algunas ramas del aguacate crepitan suavemente. Así es imposible disimular los golpes del acero necesarios para abrir esa arena compacta, tenaz. Esta tierra no se escarba, dicen en Icamole, se rompe, y la costumbre ordena hacer el mínimo de excavaciones debido a un evento ocurrido en 1876, cuando tras proclamarse el Plan de Tuxtepec para repudiar la reelección, Porfirio Díaz se alzó en armas contra el gobierno del presidente Lerdo de Tejada. Comenzó su campaña armada por el norte y, al no dar con la manera de invadir Monterrey, deambuló por el desierto hasta llegar a Icamole, donde hubo de enfrentarse a las fuerzas leales del gobierno federal. La derrota de Díaz fue mayúscula, y el terreno de fondo de mar con tanta piedra esparcida, algunas redondas, la mayoría filosas, resultó pésimo para huir; los soldados vencidos tropezaban o se atoraban entre la variedad de plantas con espinas. Algunos historiadores cuentan que un gran número de muertos exhibía balazos en espalda o nuca, y también que Porfirio Díaz lloró la aniquilación de su ejército, ganándose el mote del Llorón de Icamole y las burlas de algunas personas a las que no les quedó otro gusto que el de seguirse burlando, año tras año, pues ese llorón habría de recuperar su fuerza, aplastar a sus enemigos y reelegirse presidente a voluntad, como nadie más lo supo hacer. Sin embargo, estos hechos que forman un capítulo de la historia del país, para Icamole siguen integrando su presente, pues cada soldado muerto fue sepultado justo en el sitio donde cayó, sin cruz ni lápida ni bayoneta ni bandera ni féretro ni escapulario ni flor ni equis de piedra ni mano salida ni hebilla del cinto ni palo de escoba ni verga parada ni cacto marcado ni carta a la madre ni oro del diente ni ojo de vidrio ni esquela mortuoria ni aviso oportuno ni nada de nada, y así, sin indicación alguna, en Icamole ha sido accidente común que al excavar para una fosa séptica, unos cimientos o un pozo de agua, se profane una de estas tumbas improvisadas; entonces hay que llamar a un cura, y el dueño de la parcela es responsable de costear la nueva sepultura bajo una lápida sin certeza de nombre, en el panteón de Villa de García, el único autorizado en la región por las autoridades de salud. Por eso desde 1876 no hay entierros en Icamole, costumbre que Remigio está por contrariar.