El vampiro
John William Polidori
El vampiro
ePUB v1.0
Anne 14.08.12
Título original: The Vampyre
John William Polidori, 1819.
Editor original: Anne (v1.0)
ePub base v2.0
Sucedió en medio de las disipaciones de un duro invierno en Londres. Apareció
en diversas fiestas de los personajes más importantes de la vida nocturna y diurna de
la capital inglesa, un noble, más notable por sus peculiaridades que por su rango.
Miraba a su alrededor como si no participara de las diversiones generales.
Aparentemente, sólo atraían su atención las risas de los demás, como si pudiera
acallarlas a su voluntad y amedrentar aquellos pechos donde reinaba la alegría y la
despreocupación. Los que experimentaban esta sensación de temor no sabían explicar
cual era su causa. Algunos la atribuían a la mirada gris y fija, que penetraba hasta lo
más hondo de una conciencia, hasta lo más profundo de un corazón. Aunque lo cierto
era que la mirada sólo recaía sobre una mejilla con un rayo de plomo que pesaba
sobre la piel que no lograba atravesar.
Sus rarezas provocaban una serie de invitaciones a las principales mansiones de la
capital. Todos deseaban verle, y quienes se hallaban acostumbrados a la excitación
violenta, y experimentaban el peso del «ennui», estaban sumamente contentos de
tener algo ante ellos capaz de atraer su atención de manera intensa. A pesar del matiz
mortal de su semblante, que jamás se coloreaba con un tinte rosado ni por modestia ni
por la fuerte emoción de la pasión, pese a que sus facciones y su perfil fuesen bellos,
muchas damas que andaban siempre en busca de notoriedad trataban de conquistar
sus atenciones y conseguir al menos algunas señales de afecto. Lady Mercer, que
había sido la burla de todos los monstruos arrastrados a sus aposentos particulares
después de su casamiento, se interpuso en su paso, e hizo cuanto pudo para llamar su
atención… pero en vano. Cuando la joven se hallaba ante él, aunque los ojos del
misterioso personaje parecían fijos en ella, no parecían darse cuenta de su presencia.
Incluso su imprudencia parecía pasar desapercibida a los ojos del caballero, por lo
que, cansada de su fracaso, abandonó la lucha.
Mas aunque las vulgares adúlteras no lograron influir en la dirección de aquella
mirada, el noble no era indiferente al bello sexo, si bien era tal la cautela con que se
dirigía tanto a la esposa virtuosa como a la hija inocente, que muy pocos sabían que
hablase también con las mujeres. Sin embargo, pronto se ganó la fama de poseer una
lengua meritoria. Y bien fuese porque la misma superaba al temor que inspiraba aquel
carácter tan singular, o porque las damas se quedaron perturbadas ante su aparente
odio del vicio, el caballero no tardó en contar con admiradoras tanto entre las mujeres
que se ufanaban de su sexo junto con sus virtudes domésticas, como entre las que las
manchaban con sus vicios. Por la misma época, llegó a Londres un joven llamado
Aubrey. Era huérfano, con una sola hermana que poseía una fortuna más que
respetable, habiendo fallecido sus padres siendo él niño todavía.
Abandonado a sí mismo por sus tutores, que pensaban que su deber sólo consistía
en cuidar de su fortuna, en tanto descuidaban aspectos más importantes en manos de
personas subalternas, Aubrey cultivó más su imaginación que su buen juicio. Por consiguiente, alimentaba los sentimientos románticos del honor y el candor, que
diariamente arruinan a tantos jóvenes inocentes. Creía en la virtud y pensaba que el
vicio lo consentía la Providencia sólo como un contraste de aquella, tal como se lee
en las novelas. Pensaba que la desgracia de una casa consistía tan sólo en las
vestimentas, que la mantenían cálida, aunque siempre quedaban mejor adaptadas a
los ojos de un pintor gracias al desarreglo de sus pliegues y a los diversos manchones
de pintura. Pensaba, en suma, que los sueños de los poetas eran las realidades de la
existencia.
Aubrey era guapo, sincero y rico. Por tales razones, tras su ingreso en los círculos
alegres, le rodearon y atosigaron muchas mujeres, con hijastras casaderas, y muchas
esposas en busca de pasatiempos extraconyugales. Las hijas y las esposas infieles
pronto opinaron que era un joven de gran talento, gracias a sus brillantes ojos y a sus
sensuales labios. Adherido al romance de su solitarias horas, Aubrey se sobresaltó al
descubrir que, excepto en las llamas de las velas, que chisporroteaban no por la
presencia de un duende sino por las corrientes de aire, en la vida real no existía la
menor base para las necedades románticas de las novelas, de las que había extraído
sus pretendidos conocimientos. Hallando, no obstante, cierta compensación a su
vanidad satisfecha, estaba a punto de abandonar sus sueños, cuando el extraordinario
ser antes mencionado y descrito se cruzó en su camino.
Le escrutó con atención. Y la imposibilidad de formarse una idea del carácter de
un hombre tan completamente absorto en sí mismo, de un hombre que presentaba tan
pocos signos de la observación de los objetos externos a él —aparte del tácito
reconocimiento de su existencia, implicado por la evitación de su contacto, dejando
que su imaginación ideara todo aquello que halagaba su propensión a las ideas
extravagantes— pronto convirtió a semejante ser en el héroe de un romance. Y
decidió observar a aquel retoño de su fantasía más que al personaje en sí mismo.
Trabó amistad con él, fue atento con sus nociones, y llegó a hacerse notar por el
misterioso caballero. Su presencia acabó por ser reconocida.
Se enteró gradualmente de que Lord Ruthven tenía unos asuntos algo
embrollados, y no tardó en averiguar, de acuerdo con las notas halladas en la calle,
que estaba a punto de emprender un viaje. Deseando obtener más información con
respecto a tan singular criatura, que hasta entonces sólo había excitado su curiosidad
sin apenas satisfacerla, Aubrey les comunicó a sus tutores que había llegado el
instante de realizar una excursión, que durante muchas generaciones se creía
necesaria para que la juventud trepara rápidamente por las escaleras del vicio,
igualándose con las personas maduras, con lo que no parecerían caídos del cielo
cuando se mencionara ante ellos intrigas escandalosas, como temas de placer y
alabanza, según el grado de perversión de las mismas. Los tutores accedieron a su
petición, e inmediatamente Aubrey le contó sus intenciones a Lord Ruthven, sorprendiéndose agradablemente cuando éste le invitó a viajar en su compañía.
Muy ufano de esta prueba de afecto, por parte de una persona que aparentemente
no tenía nada en común con los demás mortales, aceptó encantado. Unos días más
tarde, ya habían cruzado el Canal de la Mancha. Hasta entonces, Aubrey no había
tenido oportunidad de estudiar a fondo el carácter de su compañero de viaje, y de
pronto descubrió que, aunque gran parte de sus acciones eran plenamente visibles los
resultados ofrecían conclusiones muy diferentes, de acuerdo con los motivos de su
comportamiento.
Su compañero era muy liberal: el vago, el ocioso y el pordiosero recibían de su
mano más de lo necesario para aliviar sus necesidades más perentorias. Pero Aubrey
observó asimismo que Lord Ruthven jamás aliviaba las desdichas de los virtuosos,
reducidos a la indigencia por la mala suerte, a los cuales despedía sin
contemplaciones y aun con burlas. Cuando alguien acudía a él no para remediar sus
necesidades, sino para poder hundirse en la lujuria o en las más tremendas
iniquidades, Lord Ruthven jamás negaba su ayuda. Sin embargo, Aubrey atribuía esta
nota de su carácter a la mayor importunidad del vicio, que generalmente es mucho
más insistente que el desdichado y el virtuoso indigente.
En las obras de beneficencia del Lord había una circunstancia que quedó muy
grabada en la mente del joven: todos aquellos a quienes ayudaba Lord Ruthven,
inevitablemente veían caer una maldición sobre ellos, pues eran llevados al cadalso o
se hundían en la miseria más abyecta. En Bruselas y otras ciudades por las que
pasaron, Aubrey se asombró ante la aparente avidez con que su acompañante buscaba
los centros de los mayores vicios. Solía entrar en los garitos de faro, donde apostaba,
y siempre con fortuna, salvo cuando un canalla era su antagonista, siendo entonces
cuando perdía más de lo que había ganado antes. Pero siempre conservaba la misma
expresión pétrea, imperturbable, con la generalmente contemplaba a la sociedad que
le rodeaba. No sucedía lo mismo cuando el noble se tropezaba con la novicia juvenil
o con un padre infortunado de una familia numerosa. Entonces, su deseo parecía la
ley de la fortuna, dejando de lado su abstracción, al tiempo que sus ojos brillaban con
más fuego que los del gato cuando juega con el ratón ya moribundo.
En todas las ciudades dejaba a la florida juventud asistente a los círculos por él
frecuentados, echando maldiciones, en la soledad de una fortaleza del destino que la
había arrastrado hacia él, al alcance de aquel mortal enemigo. Asimismo, muchos
padres sentábanse coléricos en medio de sus hambrientos hijos, sin un solo penique
de su anterior fortuna, sin lo necesario siquiera para satisfacer sus más acuciantes
necesidades. Sin embargo, cuanto ganaba en las mesas de juego, lo perdía
inmediatamente, tras haber esquilmado algunas grandes fortunas de personas
inocentes. Este podía ser el resultado de cierto grado de conocimiento capaz de
combatir la destreza de los más experimentados. Aubrey deseaba a menudo decirle todo esto a su amigo, suplicarle que abandonase esta caridad y estos placeres que
causaban la ruina de todo el mundo, sin producirle a él beneficio alguno. Pero
demoraba esta súplica, porque un día y otro esperaba que su amigo le diera una
oportunidad de poder hablarle con franqueza y sinceridad. Cosa que nunca ocurrió.
Lord Ruthven, en su carruaje, y en medio de la naturaleza más lujuriosa y salvaje,
siempre era el mismo: sus ojos hablaban menos que sus labios. Y aunque Aubrey se
hallaba tan cerca del objeto de su curiosidad, no obtenía mayor satisfacción de este
hecho que la de la constante exaltación del vano deseo de desentrañar aquel misterio
que a su excitada imaginación empezaba a asumir las proporciones de algo
sobrenatural. No tardaron en llegar a Roma, y Aubrey perdió de vista a su compañero
por algún tiempo, dejándole en la cotidiana compañía del círculo de amistades de una
condesa italiana, en tanto él visitaba los monumentos de la ciudad casi desierta.
Estando así ocupado, llegaron varias cartas de Inglaterra, que abría con
impaciencia. La primera era de su hermana dándole las mayores seguridades de su
cariño; las otras eran de sus tutores; y la última le dejó asombrado. Si antes había
pasado por su imaginación que su compañero de viaje poseía algún malvado poder,
aquella carta parecía reforzar tal creencia. Sus tutores insistían en que abandonase
inmediatamente a su amigo, urgiéndole a ello en vista de la maldad de tal personaje, a
causa de sus casi irresistibles poderes de seducción, que tornaban sumamente
peligrosos sus hábitos para con la sociedad en general. Habían descubierto que su
desdén hacia las adúlteras no tenía su origen en el odio a ellas, sino que había
requerido, para aumentar su satisfacción personal, que las víctimas —los compañeros
de la culpa— fuesen arrojadas desde el pináculo de la virtud inmaculada a los más
hondos abismos de la infamia y la degradación. En resumen: que todas aquellas
damas a las que había buscado, aparentemente por sus virtudes, habíanse quitado la
máscara desde la partida de Lord Ruthven, y no sentían ya el menor escrúpulo en
exponer toda la deformidad de sus vicios a la contemplación pública.
Aubrey decidió al punto separarse de un personaje que todavía no le había
mostrado ni un solo punto brillante en donde posar la mirada. Resolvió inventar un
pretexto plausible para abandonarle, proponiéndose, mientras tanto, continuar
vigilándole estrechamente y no dejar pasar la menor circunstancia acusatoria. De este
modo, penetró en el mismo círculo de amistades que Lord Ruthven, y no tardó en
darse cuenta de que su amigo estaba dedicado a ocuparse de la inexperiencia de la
hija de la dama cuya mansión frecuentaba más a menudo. En Italia, es muy raro que
una mujer soltera frecuente los círculos sociales, por lo que Lord Ruthven se veía
obligado a llevar adelante sus planes en secreto. Pero la mirada de Aubrey le siguió
en todas sus tortuosidades, y pronto averiguó que la pareja había concertado una cita
que sin duda iba a causar la ruina de una chica inocente, poco reflexiva.
Sin pérdida de tiempo, se presentó en el apartamento de su amigo, y bruscamente le preguntó cuáles eran sus intenciones con respecto a la joven, manifestándole al
propio tiempo que estaba enterado de su cita para aquella misma noche. Lord
Ruthven contestó que sus intenciones eran las que podían suponerse en semejante
menester. Y al ser interrogado respecto a si pensaba casarse con la muchacha, se echó
a reír. Aubrey se marchó, e inmediatamente redactó una nota alegando que desde
aquel momento renunciaba a acompañar a Lord Ruthven durante el resto del viaje.
Luego le pidió a su sirviente que buscase otro apartamento, y fue a visitar a la madre
de la joven, a la que informó de cuanto sabía, no sólo respecto a su hija, sino también
al carácter de Lord Ruthven.
La cita quedó cancelada. Al día siguiente, Lord Ruthven se limitó a enviar a su
criado con una comunicación en la que se avenía a una completa separación, mas sin
insinuar que sus planes hubieran quedado arruinados por la intromisión de Aubrey.
Tras salir de Roma, el joven dirigió sus pasos a Grecia, y tras cruzar la península,
llegó a Atenas. Allí fijó su residencia en casa de un griego, no tardando en hallarse
sumamente ocupado en buscar las pruebas de la antigua gloria en unos monumentos
que, avergonzados al parecer de ser testigos mudos de las hazañas de los hombres que
antes fueron libres para convertirse después en esclavos, se hallaban escondidos
debajo del polvo o de intrincados líquenes. Bajo su mismo techo habitaba un ser tan
delicado y bello que podía haber sido la modelo de un pintor que deseara llevar a la
tela la esperanza prometida a los seguidores de Mahoma en el Paraíso, salvo que sus
ojos eran demasiado pícaros y vivaces para pretender a un alma y no a un ser vivo.
Cuando bailaba en el prado, o correteaba por el monte, parecía mucho más ágil y
veloz que las gacelas, y también mucho más grácil. Era, en resumen, el verdadero
sueño de un epicuro. El leve paso de Ianthe acompañaba a menudo a Aubrey en su
búsqueda de antigüedad. Y a veces la incosciente joven se empeñaba en la
persecución de una mariposa de Cachemira, mostrando la hermosura de sus formas al
dejar flotar su túnica al viento, bajo la ávida mirada de Aubrey que así olvidaba las
letras que acababa de descifrar en una tablilla medio borrada. A veces, sus trenzas
relucían a los rayos del sol con un brillo sumamente delicado, cambiando
rápidamente de matices, pudiendo ello haber sido la excusa del olvido del joven
anticuario que dejaba huir de su mente el objeto que antes había creído de capital
importancia para la debida interpretación de un pasaje de Pausanias. Pero, ¿por qué
intentar describir unos encantos que todo el mundo veía, mas nadie podía apreciar?
Era la inocencia, la juventud, la belleza, sin estar aún contaminadas por los
atestados salones, por las salas de baile. Mientras el joven anotaba los recuerdos que
deseaba conservar en su memoria para el futuro, la muchacha estaba a su alrededor,
contemplando los mágicos efectos del lápiz que trazaba los paisajes de su solar
patrio. Entonces, ella le describía las danzas en la pradera, pintándoselas con todos
los colores de su juvenil paleta; las pompas matrimoniales entrevistas en su niñez; y, refiriéndose a los temas que evidentemente más la habían impresionado, hablaba de
los cuentos sobrenaturales de su nodriza. Su afán y la creencia en lo que narraba,
excitaron el interés de Aubrey. A menudo, cuando ella contaba el cuento del vampiro
vivo, que había pasado muchos años entre amigos y sus más queridos parientes
alimentándose con la sangre de las doncellas más hermosas para prolongar su
existencia unos meses más, la suya se le helaba a Aubrey en las venas, mientras
intentaba reírse de aquellas horribles fantasías.
Sin embargo, Ianthe le citaba nombres de ancianos que, por lo menos, habían
contado entre sus contemporáneos con un vampiro vivo, habiendo hallado a parientes
cercanos y algunos niños marcados con la señal del apetito del monstruo. Cuando la
joven veía que Aubrey se mostraba incrédulo ante tales relatos, le suplicaba que la
creyese, puesto que la gente había observado que aquellos que se atrevían a negar la
existencia del vampiro siempre obtenían alguna prueba que, con gran dolor y penosos
castigos, les obligaba a reconocer su existencia. Ianthe le detalló la aparición
tradicional de aquellos monstruos, y el horror de Aubrey aumentó al escuchar una
descripción casi exacta de Lord Ruthven.
Pese a ello, el joven, persistió en querer convencer a la joven griega de que sus
temores no podían ser debidos a una cosa cierta, si bien al mismo tiempo repasaba en
su memoria todas las coincidencias que le habían incitado a creer en los poderes
sobrenaturales de Lord Ruthven. Aubrey cada día sentíase más ligado a Ianthe, ya
que su inocencia, tan en contraste con las virtudes fingidas de las mujeres entre las
que había buscado su idea de romance, había conquistado su corazón. Si bien le
parecía ridícula la idea de que un muchacho inglés, de buena familia y mejor
educación, se casara con una joven griega, carente casi de cultura, lo cierto era que
cada vez amaba más a la doncella que le acompañaba constantemente. En algunas
ocasiones se separaba de ella, decidido a no volver a su lado hasta haber conseguido
sus objetivos. Pero siempre le resultaba imposible concentrarse en las ruinas que le
rodeaban, teniendo constantemente en su mente la imagen de quien lo era todo para
él.
Ianthe no se daba cuenta el amor que por ella experimentaba Aubrey,
mostrándose con él la misma chiquilla casi infantil de los primeros días. Siempre, no
obstante, se despedía del joven con frecuencia, mas ello se debía tan sólo a no tener a
nadie con quien visitar sus sitios favoritos, en tanto su acompañante se hallaba
ocupado bosquejando o descubriendo algún fragmento que había escapado a la acción
destructora del tiempo. La joven apeló a sus padres para dar fe de la existencia de los
vampiros. Y todos, con algunos individuos presentes, afirmaron su existencia, pálidos
de horror ante aquel solo nombre. Poco después, Aubrey decidió realizar una
excursión, que le llevaría varias horas. Cuando los padres de Ianthe oyeron el nombre
del lugar, le suplicaron que no regresase de noche, ya que necesariamente debería atravesar un bosque por el que ningún griego pasaba, una vez que había oscurecido,
por ningún motivo.
Le describieron dicho lugar como el paraje donde los vampiros celebraban sus
orgías y bacanales nocturnas. Y le aseguraron que sobre el que se atrevía a cruzar por
aquel sitio recaían los peores males. Aubrey no quiso hacer caso de tales
advertencias, tratando de burlarse de aquellos temores. Pero cuando vio que todos se
estremecían ante sus risas por aquel poder superior o infernal, cuyo solo nombre le
helaba la sangre, acabó por callar y ponerse grave. A la mañana siguiente, Aubrey
salió de excursión, según había proyectado. Le sorprendió observar la melancólica
cara de su huésped, preocupado asimismo al comprender que sus burlas de aquellos
poderes hubiesen inspirado tal terror. Cuando se hallaba a punto de partir, Ianthe se
acercó al caballo que el joven montaba y le suplicó que regresase pronto, pues era por
la noche cuando aquellos seres malvados entraban en acción. Aubrey se lo prometió.
Sin embargo, estuvo tan ocupado en sus investigaciones que no se dio cuenta de
que el día iba dando fin a su reinado y que en el horizonte aparecía una de aquellas
manchas que en los países cálidos se convierten muy pronto en una masa de nubes
tempestuosas, vertiendo todo su furor sobre el desdichado país. Finalmente, montó a
caballo, decidido a recuperar su retraso. Pero ya era tarde. En los países del sur
apenas existe el crepúsculo. El sol se pone inmediatamente y sobreviene la noche.
Aubrey se había demorado con exceso. Tenía la tormenta encima, los truenos apenas
se concedían un respiro entre sí, y el fuerte aguacero se abría paso por entre el espeso
follaje, en tanto el relámpago azul parecía caer a sus pies. El caballo se asustó de
repente, y emprendió un galope alocado por entre el espeso bosque. Por fin, agotado
de cansanci, el animal se paró, y Aubrey descubrió a la luz de los relámpagos que
estaba en la vecindad de una choza que apenas se destacaba por entre la hojarasca y
la maleza que le rodeaba. Desmontó y se aproximó, cojeando, con el fin de encontrar
a alguien que pudiera llevarle a la ciudad, o al menos obtener asilo contra la furiosa
tormenta.
Cuando se acercaba a la cabaña, los truenos, que habían callado un instante, le
permitieron oír unos gritos femeninos, gritos mezclados con risotadas de burla, todo
como en un solo sonido. Aubrey quedó turbado. Mas, soliviantado por el trueno que
retumbó en aquel momento, con un súbito esfuerzo empujó la puerta de la choza. No
vio más que densas tinieblas, pero el sonido le guió. Aparentemente, nadie se había
dado cuenta de su presencia, pues aunque llamó, los mismos sonidos continuaron, sin
que nadie reparase al parecer en él. No tardó en tropezar con alguien, a quien apresó
inmediatamente. De pronto, una voz volvió a gritar de manera ahogada, y al grito
sucedió una carcajada. Aubrey hallóse al momento asido por una fuerza
sobrehumana. Decidido a vender cara su vida, luchó mas en vano. Fue levantado del
suelo y arrojado de nuevo al mismo con una potencia enorme. Luego, su enemigo se le echó encima y, arrodillado sobre su pecho, le rodeó la garganta con las manos. De
repente, el resplandor de varias antorchas entrevistas por el agujero que hacía las
veces de ventana, vino en su ayuda. Al momento, su rival se puso de pie y,
separándose del joven, corrió hacia la puerta. Muy poco después, el crujido de las
ramas caídas al ser pisoteadas por el fugitivo también dejó de oírse.
La tormenta había cesado, y Aubrey, incapaz de moverse, gritó, siendo oído poco
después por los portadores de antorchas. Entraron a la cabaña, y el resplandor de la
resina quemada cayó sobre los muros de barro y el techo de bálago, totalmente lleno
de mugre. A instancias del joven, los recién llegados buscaron a la mujer que le había
atraído con sus chillidos. Volvió, por tanto, a quedarse en tinieblas. Cual fue su horror
cuando de nuevo quedó iluminado por la luz de las antorchas, pudiendo percibir la
forma etérea de su amada convertida en un cadáver. Cerró los ojos, esperando que
sólo se tratase de un producto espantoso de su imaginación. Pero volvió a ver la
misma forma al abrirlos, tendida a su lado. No había el menor color en sus mejillas,
ni siquiera en sus labios, y en su semblante se veía una inmovilidad que resultaba casi
tan atrayente como la vida que antes lo animara. En el cuello y en el pecho había
sangre, en la garganta las señales de los colmillos que se habían hincado en las venas.
—¡Un vampiro! ¡Un vampiro! —gritaron los componentes de la partida ante
aquel espectáculo.
Rápidamente construyeron unas parihuelas, y Aubrey echó a andar al lado de la
que había sido el objeto de tan brillantes visiones, ahora muerta en la flor de su vida.
Aubrey no podía ni siquiera pensar, pues tenía el cerebro ofuscado, pareciendo querer
refugiarse en el vacío. Sin casi darse cuenta, empuñaba en su mano una daga de
forma especial, que habían encontrado en la choza. La partida no tardó en reunirse
con más hombres, enviados a la búsqueda de la joven por su afligida madre. Los
gritos de los exploradores al aproximarse a la ciudad, advirtieron a los padres de la
doncella que había sucedido una horrorosa catástrofe. Sería imposible describir su
dolor. Cuando comprobaron la causa de la muerte de su hija, miraron a Aubrey y
señalaron el cadáver. Estaban inconsolables, y ambos murieron de pesar.
Aubrey, ya en la cama, padeció una violentísima fiebre, con mezcolanza de
delirios. En estos intervalos llamaba a Lord Ruthven y a Ianthe, mediante cierta
combinación que le parecía una súplica a su antiguo compañero de viaje para que
perdonase la vida de la doncella. Otras veces lanzaba imprecaciones contra Lord
Ruthven, maldiciéndole como asesino de la joven griega. Por casualidad, Lord
Ruthven llegó por aquel entonces a Atenas. Cuando se enteró del estado de su amigo,
se presentó inmediatamente en su casa y se convirtió en su enfermero particular.
Cuando Aubrey se recobró de la fiebre y los delirios, quedóse horrorizado,
petrificado, ante la imagen de aquel a quien ahora consideraba un vampiro. Lord
Ruthven —con sus amables palabras, que implicaban casi cierto arrepentimiento por la causa que había motivado su separación— y la ansiedad, las atenciones y los
cuidados prodigados a Aubrey, hicieron que éste pronto se reconciliase con su
presencia.
Lord Ruthven parecía cambiado, no siendo ya el ser apático de antes, que tanto
había asobrado a Aubrey. Pero tan pronto terminó la convalescencia del joven, su
compañero volvió a ofrecer la misma condición de antes, y Aubrey ya no distinguió
la menor diferencia, salvo que a veces veía la mirada de Lord Ruthven fija en él, al
tiempo que una sonrisa maliciosa flotaba en sus labios. Sin saber por qué, aquella
sonrisa le molestaba. Durante la última fase de su recuperación, Lord Ruthven
pareció absorto en la contemplación de las olas que levantaba en el mar la brisa
marina, o en señalar el progreso de los astros que, como el nuestro, dan vueltas en
torno al Sol. Y más que nada, parecía evitar todas las miradas ajenas. Aubrey, a causa
de la desgracia sufrida, tenía su cerebro bastante debilitado, y la elasticidad de
espíritu que antes era su característica más acusada parecía haberle abandonado para
siempre. No era tan amable del silencio y la soledad como Lord Ruthven, pero
deseaba estar solo, cosa que no podía conseguir en Atenas. Si se dedicaba a explorar
las ruinas de la antigüedad, el recuerdo de Ianthe a su lado le atosigaba de continuo.
Si recorría los bosques, el paso ligero de la joven parecía corretear a su lado, en busca
de la modesta violeta. De repente, esta visión se esfumaba, y en su lugar veía el rostro
pálido y la garganta herida de la joven, con una tímida sonrisa en sus labios.
Decidió rehuir tales visiones, que en su mente creaban una serie de amargas
asociaciones. De este modo, le propuso a Lord Ruthven, a quien sentíase unido por
los cuidados que aquel le había prodigado durante su enfermedad, que visitasen
aquellos rincones de Grecia que aún no habían visto. Los dos recorrieron la península
en todas las direcciones, buscando cada rincón que pudiera estar unido a un recuerdo.
Pero aunque lo exploraron todo, nada vieron que llamase realmente su interés. Oían
hablar mucho de diversas bandas de ladrones, mas gradualmente fueron olvidándose
de ellas atribuyéndolas a la imaginación popular, o a la invención de algunos
individuos cuyo interés consistía en excitar la generosidad de aquellos a quienes
fingían proteger de tales peligros. En consecuencia, sin hacer caso de tales
advertencias, en cierta ocasión viajaban con muy poca escolta, cuyos componentes
más debían servirles de guía que de protección. Al penetrar en un estrecho
desfiladero, en el fondo del cual se hallaba el lecho de un torrente, lleno de grandes
masas rocosas desprendidas de los altos acantilados que lo flanqueaban, tuvieron
motivos para arrepentirse de su negligencia. Apenas se habían adentrado por paso tan
angosto cuando se vieron sorprendidos por el silbido de las balas que pasaban muy
cerca de sus cabezas, y las detonaciones de varias armas.
Al instante siguiente, la escolta les había abandonado, y resguardándose detrás de
las rocas, empezaron todos a disparar contra sus atacantes. Lord Ruthven y Aubrey, imitando su ejemplo, se retiraron momentáneamente al amparo de un recodo del
desfiladero. Avergonzados por asustarse tanto ante un vulgar enemigo, que con gritos
insultantes les conminaban a seguir avanzando, y estando expuestos al mismo tiempo
a una matanza segura si alguno de los ladrones se situaba más arriba de su posición y
les atacaba por la espalda, determinaron precipitarse al frente, en busca del
enemigo… Apenas abandonaron el refugio rocoso, Lord Ruthven recibió en el
hombro el impacto de una bala que le envió rodando al suelo. Aubrey corrió en su
ayuda, sin hacer caso del peligro a que se exponía, mas no tardó en verse rodeado por
los malhechores, al tiempo que los componentes de la escolta, al ver herido a Lord
Ruthven, levantaron inmediatamente las manos en señal de rendición.
Mediante la promesa de grandes recompensas, Aubrey logró convencer a sus
atacantes para que trasladasen a su herido amigo a una cabaña situada no lejos de allí.
Tras hacer concertado el rescate a pagar, los ladrones no le molestaron, contentándose
con vigilar la entrada de la cabaña hasta el regreso de uno de ellos, que debía percibir
la suma prometida gracias a una orden firmada por el joven. Las energías de Lord
Ruthven disminuyeron rápidamente. Dos días más tarde, la muerte pareció ya
inminente. Su comportamiento y su aspecto no había cambiado, pareciendo tan
incosciente al dolor como a cuanto le rodeaba. Hacia el fin del tercer día, su mente
pareció extraviarse, y su mirada se fijó insistentemente en Aubrey, el cual sintióse
impulsado a ofrecerle más que nunca su ayuda.
—Sí, tú puedes salvarme… Puedes hacer aún mucho más… No me refiero a mi
vida, pues temo tan poco a la muerte como al término del día. Pero puedes salvar mi
honor. Sí, puedes salvar el honor de tu amigo.
—Decidme cómo —asintió Aubrey—, y lo haré.
—Es muy sencillo. Yo necesito muy poco… Mi vida necesita espacio… Oh, no
puedo explicarlo todo… Mas si callas cuanto sabes de mí, mi honor se verá libre de
las murmuraciones del mundo, y si mi muerte es por algún tiempo desconocida en
Inglaterra… yo… yo… ah, viviré.
—Nadie lo sabrá.
—¡Júralo! —exigió el moribundo, incorporándose con gran violencia—. ¡Júralo
por las almas de tus antepasados, por todos los temores de la naturaleza, jura que
durante un año y un día no le contarás a nadie mis crímenes ni mi muerte, pase lo que
pase, veas lo que veas!
Sus ojos parecían querer salir de sus órbitas.
—¡Lo juro! —exclamó Aubrey.
Lord Ruthven de dejó caer sobre la almohada, lanzando una carcajada, y expiró.
Aubrey retiróse a descansar, mas no durmió pues su cerebro daba vueltas y más
vueltas sobre los detalles de su amistad con tan extraño ser, y sin saber por qué,
cuando recordaba el juramento prestado sentíase invadido por un frío extraño, con el presentimiento de una desgracia inminente. Levantóse muy temprano al día siguiente,
e iba ya a entrar en la cabaña donde había dejado el cadáver, cuando uno de los
ladrones le comunicó que ya no estaba allí, puesto que él y sus camaradas lo habían
transportado a la cima de la montaña, según la promesa hecha al difunto de que lo
dejarían expuesto al primer rayo de luna después de su muerte.
Aubrey quedóse atónito ante aquella noticia. Junto con varios individuos, decidió
ir adonde habían dejado a Lord Ruthven, para enterrarlo debidamente. Pero una vez
en la cumbre de la montaña, no halló ni rastro del cadáver ni de sus ropas, aunque los
ladrones juraron que era aquel el lugar en que dejaron al muerto. Durante algún
tiempo su mente perdióse en conjeturas, hasta que decidió descender de nuevo,
convencido de que los ladrones habían enterrado el cadáver tras despojarlo de sus
vestiduras. Harto de un país en el que sólo había padecido tremendos horrores, y en el
que todo conspiraba para fortalecer aquella superstición melancólica que se había
adueñado de su mente, resolvió abandonarlo, no tardando en llegar a Esmirna.
Mientras esperaba un barco que le condujera a Otranto o a Nápoles, estuvo
ocupado en disponer los efectos que tenía consigo y que habían pertenecido a Lord
Ruthven. Entre otras cosas halló un estuche que contenía varias armas, más o menos
adecuada para asegurar la muerte de una víctima. Dentro se hallaban varias dagas y
yataganes. Mientras los examinaba, asombrado ante sus curiosas formas, grande fue
su sorpresa al encontrar una vaina ornamentada en el mismo estilo que la daga
hallada en la choza fatal. Aubrey se estremeció, y deseando obtener nuevas pruebas,
buscó la daga. Su horror llegó a su culminación cuando verificó que la hoja se
adaptaba a la vaina, pese a su peculiar forma. No necesitaba ya más pruebas, aunque
sus ojos parecían como pegados a la daga, pese a lo cuál todavía se resistía a creerlo.
Sin embargo, aquella forma especial, los mismos esplendorosos adornos del mango y
la vaina, no dejaban el menor resquicio a la duda. Además, ambos objetos mostraban
gotas de sangre.
Partió de Esmirna y, ya en Roma, sus primeras investigaciones se refirieron a la
joven que él había intentado arrancar a las artes seductoras de Lord Ruthven. Sus
padres se hallaban desconsolados, totalmente arruinados, y a la joven no se la había
vuelto a ver desde la salida de la capital de Lord Ruthven. El cerebro de Aubrey
estuvo a punto de desquiciarse ante tal cúmulo de horrores, temiendo que la joven
también hubiese sido víctima del mismo asesino de Ianthe. Aubrey tornóse más
callado y retraído y su sola ocupación consistió ya en apresurar a sus postillones,
como si tuviese necesidad de salvar a un ser muy querido. Llegó a Calais, y una brisa
que parecía obediente a sus deseos no tardó en dejarle en las costas de Inglaterra.
Corrió a la mansión de sus padres y allí, por un momento, pareció perder, gracias a
los besos y abrazos de su hermana, todo recuerdo del pasado. Si antes, con sus
infantiles caricias, ya había conquistado el afecto de su hermano, ahora que empezaba a ser mujer todavía la quería más.
La señorita Aubrey no poseía la alada gracia que atrae las miradas y el aplauso de
las reuniones y fiestas. No había en ella el ingenio ligero que sólo existe en los
salones. Sus ojos azules jamás se iluminaban con ironías o sarcasmos. En toda su
persona había como un halo de encanto melancólico que no se debía a ninguna
desdicha sino a un sentimiento interior, que parecía indicar un alma consciente de un
reino más brillante. No tenía el paso leve, que atrae como el vuelo grácil de la
mariposa, como un color grato a la vista. Su paso era sosegado y pensativo. Cuando
estaba sola, su semblante jamás se alegraba con una sonrisa de júbilo. Pero al sentir el
afecto de su hermano, y olvidar en su presencia los pesares que le impedían el
descanso, ¿quién no habría cambiado una sonrisa por tanta dicha? Era como si los
ojos de la joven, su rostro entero, jugasen a la luz de su esfera propia. Sin embargo, la
muchacha sólo contaba dieciocho años, por lo que no había sido presentada en
sociedad, habiendo juzgado sus tutores que debían demorarse tal acto hasta que su
hermano regresara del continente, momento en que se constituiría en su protector.
Por tanto, resolvieron que darían una fiesta con el fin de que ella apareciese «en
escena». Aubrey habría preferido estar apartado de todo bullicio, alimentándose con
la melancolía que le abrumaba. No experimentaba el menor interés por las
frivolidades de personas desconocidas, aunque se mostró dispuesto a sacrificar su
comodidad para proteger a su hermana. De esta manera, no tardaron en llegar a su
casa de la capital, a fin de disponerlo todo para el día siguiente, elegido para la fiesta.
La multitud era excesiva. Una fiesta no vista en mucho tiempo, donde todo el mundo
estaba ansioso de dejarse ver. Aubrey apareció con su hermana. Luego, estando solo
en un rincón, mirando a su alrededor con muy poco interés, pensando abstraídamente
que la primera vez que había visto a Lord Ruthven había sido en aquel mismo salón
había sido en aquel mismo salón, sintióse de pronto cogido por el brazo, al tiempo
que en sus oídos resonaba una voz que recordaba demasiado bien.
—Acuérdate del juramento.
Aubrey apenas tuvo valor para volverse, temiendo ver a un espectro que le podría
destruir; y distinguió no lejos a la misma figura que había atraído su atención cuando,
a su vez, él había entrado por primera vez en sociedad. Contempló a aquella figura
fijamente, hasta que sus piernas casi se negaron a sostener el peso de su cuerpo.
Luego, asiendo a un amigo del brazo, subió a su carruaje y le ordenó al cochero que
le llevase a su casa de campo. Una vez allí, empezó a pasearse agitadamente, con la
cabeza entre las manos, como temiendo que sus pensamientos le estallaran en el
cerebro.
Lord Ruthven había vuelto a presentarse ante él… Y todos los detalles se
encadenaron súbitamente ante sus ojos; la daga…, la vaina…, la víctima…, su
juramento. ¡No era posible, se dijo muy excitado, no era posible que un muerto resucitara!
Era imposible que fuese un ser real. Por eso, decidió frecuentar de nuevo la
sociedad. Necesitaba aclarar sus dudas. Pero cuando, noche tras noche, recorrió
diversos salones, siempre con el nombre de Lord Ruthven en sus labios, nada
consiguió. Una semana más tarde, acudió con su hermana a una fiesta en la mansión
de unas nuevas amistades. Dejándola bajo la protección de la anfitriona, Aubrey
retiróse a un rincón y allí dio rienda suelta a sus pensamientos. Cuando al fin vio que
los invitados empezaban a marcharse, penetró en el salón y halló a su hermana
rodeada de varios caballeros, al parecer conversando animadamente. El joven intentó
abrirse paso para acudir junto a su hermana, cuando uno de los presentes, al volverse,
le ofreció aquellas facciones que tanto aborrecía. Aubrey dio un tremendo salto, tomó
a su hermana del brazo y apresuradamente la arrastró hacia la calle. En la puerta
encontró impedido el paso por la multitud de criados que aguardaban a sus
respectivos amos. Mientras trataba de superar aquella barrera humana, volvió a su
oído la conocida y fatídica voz:
—¡Acuérdate del juramento!
No se atrevió a girar y, siempre arrastrando a su hermana, no tardó en llegar a
casa. Aubrey empezó a dar señales de desequilibrio mental. Si antes su cerebro había
estado sólo ocupado con un tema, ahora se hallaba totalmente absorto en él, teniendo
ya la certidumbre de que el monstruo continuaba viviendo.
No paraba ya mientes en su hermana, y fue inútil que ésta tratara de arrancarle la
verdad de tan extraña conducta. Aubrey limitábase a proferir palabras casi
incoherentes, que aún aterraban más a la muchacha. Cuando Aubrey más meditaba en
ello, más transtornado estaba. Su juramento le abrumaba. ¿Debía permitir, pues, que
aquel monstruo rondase por el mundo, en medio de tantos seres queridos, sin delatar
sus intenciones? Su misma hermana había hablado con él. Pero, aunque quebrantase
su juramento y revelase las verdaderas intenciones de Lord Ruthven, ¿quién le iba a
creer? Pensó en servirse de su propia mano para desembarazar al mundo de tan cruel
enemigo. Recordó, sin embargo, que la muerte no afectaba al monstruo. Durante días
permaneció en tal estado, encerrado en su habitación, sin ver a nadie, comiendo sólo
cuando su hermana le apremiaba a ello, con lágrimas en los ojos. Al fin, no pudiendo
soportar por más tiempo el silencio y la soledad salió de la casa para rondar de calle
en calle, ansioso de descubrir la imagen de quien tanto le acosaba. Su aspecto distaba
mucho de ser atildado, exponiendo sus ropas tanto al feroz sol de mediodía como a la
humedad de la noche. Al fin, nadie pudo ya reconocer en él al antiguo Aubrey. Y si al
principio regresaba todas las noches a su casa, pronto empezó a descansar allí donde
la fatiga le vencía.
Su hermana, angustiada por su salud, empleó a algunas personas para que le
siguiesen, pero el joven supo distanciarlas, puesto que huía de un perseguidor más veloz que aquellas: su propio pensamiento. Su conducta, no obstante, cambió de
pronto. Sobresaltado ante la idea de que estaba abandonando a sus amigos, con un
feroz enemigo entre ellos de cuya presencia no tenían el menor conocimiento, decidió
entrar de nuevo en sociedad y vigilarle estrechamente, ansiando advertir, a pesar de
su juramento, a todos aquellos a quienes Lord Ruthven demostrase cierta amistad.
Mas al entrar en un salón, su aspecto miserable, su barba de varios días, resultaron
tan sorprendentes, sus estremecimientos interiores tan visibles, que su hermana vióse
al fin obligada a suplicarle que se abstuviese en bien de ambos a una sociedad que le
afectaba de manera tan extraña.
Cuando esta súplica resultó vana, los tutores creyeron su deber interponerse y,
temiendo que el joven tuviera transtornado el cerebro, pensaron que había llegado el
momento de recobrar ante él la autoridad delegada por sus difuntos padres. Deseoso
de precaverle de las heridas mentales y de los sufrimientos físicos que padecía a
diario en sus vagabundeos, e impedir que se expusiera a los ojos de sus amistades con
las inequívocas señales de su trastorno, acudieron a un médico para que residiera en
la mansión y cuidase de Aubrey. Este apenas pareció darse cuenta de ello: tan
completamente absorta estaba su mente en el otro asunto. Su incoherencia acabó por
ser tan grande, que se vio confinado en su dormitorio. Allí pasaba los días tendido en
la cama, incapaz de levantarse. Su rostro se tornó demacrado y sus pupilas
adquirieron un brillo vidrioso; sólo mostraba cierto reconocimiento y afecto cuando
entraba su hermana a visitarle. A veces se sobresaltaba, y tomándole las manos, con
unas miradas que afligían intensamente a la joven, deseaba que el monstruo no la
hubiese tocado ni rozado siquiera.
—¡Oh, hermana querida, no le toques! ¡Si de veras me quieres, no te acerques a
él!
Sin embargo, cuando ella le preguntaba a quién se refería, Aubrey se limitaba a
murmurar:
—¡Es verdad, es verdad!
Y de nuevo se hundía en su abatimiento anterior, del que su hermana no lograba
ya arrancarle. Esto duró muchos meses. Pero, gradualmente, en el transcurso de aquel
año, sus incoherencias fueron menos frecuentes, y su cerebro se aclaró bastante, al
tiempo que sus tutores observaban que varias veces diarias contaba con los dedos
cierto número, y luego sonreía. Al llegar el último día del año, uno de los tutores
entró en el dormitorio y empezó a conversar con el médico respecto a la melancolía
del muchacho, precisamente cuando al día siguiente debía casarse su hermana.
Instantáneamente, Aubrey mostróse alerta, y preguntó angustiosamente con quién
iba a contraer matrimonio. Encantados de aquella demostración de cordura, de la que
le creían privado, mencionaron el nombre del Conde de Marsden. Creyendo que se
trataba del joven conde al que él había conocido en sociedad, Aubrey pareció complacido, y aún asombró más a sus oyentes al expresar su intención de asistir a la
boda, y su deseo de ver cuanto antes a su hermana. Aunque ellos se negaron a este
anhelo, su hermana no tardó en hallarse a su lado. Aubrey, al parecer, no fue capaz de
verse afectado por el influjo de la encantadora sonrisa de la muchacha, puesto que la
abrazó, la besó en las mejillas, bañadas en lágrimas por la propia joven al pensar que
su hermano volvía a estar en el mundo de los cuerdos.
Aubrey empezó a expresar su cálido afecto y a felicitarla por casarse con una
persona tan distinguida, cuando de repente se fijó en un medallón que ella lucía sobre
el pecho. Al abrirlo, cuál no sería su inmenso estupor al descubrir las facciones del
monstruo que tanto y tan funestamente había influido en su existencia. En un
paroxismo de furor, tomó el medallón y, arrojándolo al suelo, lo pisoteó. Cuando ella
le preguntó por qué había destruído el retrato de su futuro esposo, Aubrey la miró
como sin comprender. Después, asiéndola de las manos, y mirándola con una
frenética expresión de espanto, quiso obligarla a jurar que jamás se casaría con
semejante monstruo, ya que él… No pudo continuar. Era como si su propia voz le
recordase el juramento prestado, y al girarse en redondo, pensando que Lord Ruthven
se hallaba detrás suyo, no vio a nadie.
Mientras tanto, los tutores y el médico, que todo lo habían oído, pensando que la
locura había vuelto a apoderarse de aquel pobre cerebro, entraron y le obligaron a
separarse de su hermana. Aubrey cayó de rodillas ante ellos, suplicándoles que
demorasen la boda un solo día. Mas ellos, atribuyendo tal petición a la locura que se
imaginaban devoraba su mente, intentaron calmarle y le dejaron solo. Lord Ruthven
visitó la mansión a la mañana siguiente de la fiesta, y le fue negada la entrada como a
todo el mundo. Cuando se enteró de la enfermedad de Aubrey, comprendió que era él
la causa inmediata de la misma. Cuando se enteró de que el joven estaba loco, apenas
si consiguió ocultar su júbilo ante aquellos que le ofrecieron esta información.
Corrió a casa de su antiguo compañero de viaje, y con sus constantes cuidados y
fingimiento del gran interés que sentía por su hermano y por su triste destino,
gradualmente fue conquistando el corazón de la señorita Aubrey. ¿Quien podía
resistirse a aquel poder? Lord Ruthven hablaba de los peligros que le habían rodeado
siempre, del escaso cariño que había hallado en el mundo, excepto por parte de la
joven con la que conversaba. ¡Ah, desde que la conocía, su existencia había
empezado a parecer digna de algún valor, aunque sólo fuese por la atención que ella
le prestaba! En fin, supo utilizar con tanto arte sus astutas mañas, o tal fue la voluntad
del Destino, que Lord Ruthven conquistó el amor de la hermana de Aubrey.
Gracias al título de una rama de su familia, obtuvo una embajada importante, que
le sirvió de excusa para apresurar la boda —pese al trastorno mental del hermano—,
de modo que la misma tendría lugar al día siguiente, antes de su partida para el
continente. Aubrey, una vez lejos del médico y el tutor, trató de sobornar a los criados, pero en vano. Pidió pluma y papel, que le entregaron, y escribió una carta a
su hermana, conjurándola —si en algo apreciaba su felicidad, su honor y el de
quienes yacían en sus tumbas, que antaño la habían tenido en brazos como su
esperanza y la esperanza del buen nombre familiar— a posponer sólo por unas horas
aquel matrimonio, sobre el que vertía sus más terribles maldiciones. Los criados
prometieron entregar la misiva, mas como se la dieron al médico, éste prefirió no
alterar a la señorita Aubrey con lo que, consideraba, era solamente la manía de un
demente.
Transcurrió la noche sin descanso para ninguno de los ocupantes de la casa. Y
Aubrey percibió con horror los rumores de los preparativos para el casamiento. Vino
la mañana, y a sus oídos llegó el ruido de los carruajes al ponerse en marcha. Aubrey
se puso frenético. La curiosidad de los sirvientes superó, al fin, a su vigilancia. Y
gradualmente se alejaron para ver partir a la novia, dejando a Aubrey al cuidado de
una indefensa anciana. Aubrey se aprovechó de aquella oportunidad. Saltó fuera de la
habitación y no tardó en presentarse en el salón donde todo el mundo se hallaba
reunido, dispuesto para la marcha. Lord Ruthven fue el primero en divisarle, e
inmediatamente se le acercó, asiéndolo del brazo con inusitada fuerza para sacarle de
la estancia, trémulo de rabia.
Una vez en la escalinata, le susurró al oído:
—Acuérdate del juramento y sabe que si hoy no es mi esposa, tu hermana
quedará deshonrada. ¡Las mujeres son tan frágiles…!
Así diciendo, le empujó hacia los criados, quienes, alertados ya por la anciana, le
estaban buscando. Aubrey no pudo soportarlo más: al no hallar salida a su furor, se le
rompió un vaso sanguíneo y tuvo que ser trasladado rápidamente a su cama. Tal
suceso no le fue mencionado a la hermana, que no estaba presente cuando aconteció,
pues el médico temía causarle cualquier agitación.
La boda se celebró con toda solemnidad, y el novio y la novia abandonaron
Londres.
La debilidad de Aubrey fue en aumento, y la hemorragia de sangre produjo los
síntomas de la muerte próxima. Deseaba que llamaran a los tutores de su hermana, y
cuando éstos estuvieron presentes y sonaron las doce campanadas de la medianoche,
instantes en que se cumplía el plazo impuesto a su silencio, relató apresuradamente
cuanto había vivido y sufrido… y falleció inmediatamente después. Los tutores se
apresuraron a proteger a la hermana de Aubrey, mas cuando llegaron ya era tarde.
Lord Ruthven había desaparecido, y la joven había saciado la sed de sangre de un
vampiro.
JOHN WILLIAM POLLIDORI, (1795 - 1821), médico y escritor inglés de padre
italiano nacionalizado inglés. Con 16 años empezó sus estudios de Medicina en la
Universidad de Edimburgo y a los 19 leyó su tesis de licenciatura. En abril de 1816 se
convirtió en el médico personal de Lord Byron y su compañero de viaje.
Su relato El vampiro influyó mucho en la literatura posterior como en Carmilla
(1872) de Sheridan Le Fanu; El vampiro (1851) de Alejandro Dumas, que se inspiró
en la figura de Lord Ruthven para su Conde de Montecristo; Berenice de Edgar Allan
Poe, al igual que influyó en Gogol o Tolstoi (La Familia de Vourdalak) y sobre todo
en Drácula de Bram Stoker. Además también influyó en el cine en la mayoría de las
películas de vampiros, en las que el protagonista suele ser un personaje aristocrático,
seductor, con grandes posesiones y con poderes sobrenaturales, al igual que el
vampiro de Polidori.
Terminaste El vampiro
John William Polidori