Élise o la vida de verdad

Claire Etcherelli · Capítulo 1 de 2

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Élise o la vida de verdad

Primera Parte

Ante todo, no pensar. Como le dicen a un herido que tiene los miembros

rotos, «Ante todo, no se mueva». No pensar. Poner a raya las imágenes,

siempre las mismas, las del ayer, de un tiempo que ya no volverá. No pensar.

No repasar las últimas frases de la última conversación, las palabras que la

separación ha vuelto definitivas; decirse que hace bueno para la estación en la

que estamos, lo tarde que llegan los vecinos; extenderse en los detalles,

escudriñarlo todo, mostrar interés por el espectáculo de la calle. Fuera, los

transeúntes caminan, se cruzan, entran, salen de casa. Hay obreros que llevan

su bolsita del tentempié vacía, enrollada en la mano. Los bares deben de estar

llenos: a esta hora la gente suele apiñarse en ellos. Esta noche habrá mujeres

que se sientan dichosas en una tierra a la deriva, en una isla flotante, en una

habitación para dos. ¿Debería alejarme de la ventana?, ¿bajar? En la calle,

seguramente me espere alguna aventura. Las aceras están llenas de hombres

de mirada ávida. No me gustan las aventuras. Quiero subir a bordo de un

barco que nunca haga escala. Eso de embarcar y desembarcar no va conmigo.

Esta imagen del barco la he tomado de mi hermano, Lucien. «Te prometo un

navío que trazará en medio del mar una ruta que ningún otro osará seguir». Se

lo escribió a Anna. Deben de ser las siete, hace bueno, es un mes de junio

como es debido, con sus noches cálidas, que invitan a pensar: «Por fin es

verano…». La cadena se detiene a las siete. Los hombres se abalanzarán hacia

los vestuarios. Empieza mi última noche aquí. Mañana dejaré la habitación.

Anna vendrá a buscar la llave. Tendré que darle las gracias. A ella no le

cogerá por sorpresa; nunca hace preguntas. Cuando habla, siempre lo hace en

presente. Tampoco es que sea discreta o reservada, sino perfectamente

indiferente. Lucien quería que fuéramos amigas, pero ella no necesita ni una

confidente, ni una consejera, ni una protectora. Por lo que a mí respecta, he

perdido la costumbre de serlo. A los trece años, tenía una de esas amigas que

parece que son para toda la vida; a los quince, no me quedaban más que unas

compañeras que cada vez eran más críticas conmigo. De todos modos, yo ya

estaba volcada en Lucien. Ese año, el de mis quince, le cedí mi habitación.

Hasta entonces, mi hermano había dormido en la cocina, en una cama

plegable que recogíamos cada mañana. Para ganármelo, le di lo que él más anhelaba: aquel cuartito cuadrado, soleado hasta el mediodía, que daba al

patio. Cuando la abuela nos vio trasladar nuestras cosas de un lado a otro, se

enfadó. Para apaciguarla, le prometí que, a partir de entonces, compartiría con

ella su enorme cama. Eso le gustó: le encantaba hablar por las noches, a

oscuras. Un año antes de la guerra nos habíamos venido a vivir con ella, pues

iba a encargarse de criarnos. En el 40, atravesábamos el pont de Pierre cuando

llegaron los primeros camiones alemanes. «Los teutones», le dije a Lucien. Se

quedó con el nombre, que repetía cada dos por tres. Hubo que enseñarle a

olvidarlo. Era la época de la escuela. Por las noches nos peleábamos. Yo le

daba una bofetada; él hacía trizas mis papeles. Dibujábamos con tiza una V en

nuestros zapatos. Estábamos malnutridos. La abuela se había negado a que

nos reubicaran en el campo: no quería separarse de nosotros. Tampoco nos

perdimos ni un solo bombardeo ni una sola cola delante de los ultramarinos.

Cada mañana Lucien y yo salíamos juntos y, por precaución, me quedaba

junto a él hasta llegar a la puerta de su colegio. Después de la guerra, yo

seguía queriendo acompañarlo hasta allí. Como él caminaba rápido, yo

apretaba el paso. Cruzábamos la place de la Victoire, salpicada de floristas.

Cada escaparate estaba presidido por los generales victoriosos. Lucien se

detenía, los miraba. Yo me paraba con él. Aguardaba ese momento para

lanzarse a la carrera y perderme de vista. Me parecía cínico, astuto. Decidí

que mi ejemplo sería para él la mejor de las lecciones.

Lentamente había ido cayendo en una escrupulosa y severa devoción que

era la fuente de mi contento. La abuela no pintaba demasiado. Nos había

enseñado las oraciones, las palabras pecado y sacrificio, pero su fe, como su

filosofía de la vida, se resumía en esta frase que repetía sin cesar: «Dios

Nuestro Señor tiene un cucharón, y a cada cual sirve lo suyo». Las emociones

y los placeres se me habían revelado en aquellos jardines del patronato,

verdes como un oasis, en los que, los jueves y los domingos, inspirado por las

apacibles religiosas, se había modelado mi gusto por las flores, los tapetes

bordados, la tez clara y el alma limpia.

La abuela todavía faenaba un poco en las oficinas del puerto. Su principal

preocupación seguía siendo abastecerse de provisiones, que aún era

complicado. Desde que tenía su habitación, Lucien se encerraba en ella cada

noche. Me arrepentía de habérsela cedido. Dormir con la abuela se me hacía

insoportable. A los dieciséis años, dejé el colegio y me puse a trabajar. Unos

vecinos comerciantes me habían aconsejado que alquilara una máquina de

escribir, que aprendiera por mi cuenta, pues las clases estaban fuera de

nuestro alcance, y que me pusiera a mecanografiar manuscritos. Luego, cuando dispusiera de un poco de dinero, podría ir mejorando. No tenía

vocación ni ambición. Soñaba con sacrificarme por Lucien. Nadie me guiaba,

y yo me consideraba una privilegiada en comparación con las chicas de mi

barrio, que, a los quince años, iban de cabeza a la fábrica.

Por las mañanas, me ocupaba de las tareas de la casa y hacía la compra.

Cuando Lucien regresaba a mediodía, me sentía orgullosa de que encontrara

la mesa puesta, la casa ordenada, unos rostros serenos: imágenes todas ellas

de lo que yo llamaba el buen camino, que se le quedarían grabadas y lo

marcarían al crear en él el hábito, y luego la necesidad, de ese equilibrio.

 

Mañana llamará a la puerta con suavidad:

—Soy Anna.

Abriré, nos saludaremos.

—¿Se marcha? ¿Ya no necesita la habitación?

—No, he recogido todas mis cosas.

Vendrá lo más difícil: dar las gracias. Deseosas la una y la otra de no

volver a vernos más, evitaremos las fórmulas largas. ¿Mencionará a Lucien?

 

A los catorce años, mi hermano tenía dos pasiones: su amistad con Henri —

que era su pasión noble— y unos patines sobre ruedas que se calzaba nada

más llegar del colegio. Durante meses, cada noche oíamos rodar los patines

en la calle, yendo y viniendo por la acera.

Los domingos se levantaba temprano, desayunaba rápido, regresaba a

mediodía y se marchaba de nuevo hasta la noche, momento en que se

acostaba temblando de cansancio. Una mañana, por curiosidad, me acerqué

hasta la parte trasera de la place des Quinconces. La fría neblina desdibujaba

el tejado de las casas, las ramas de los árboles negros tenían escarcha y las

farolas aún estaban encendidas. Me preocupaba Lucien y decidí llevármelo

conmigo. Lo vi a lo lejos, solo en la niebla helada, con su abriguito beis, que

le cubría nada más que los muslos, sus calcetines hasta las rodillas y los

patines. Se había quitado su bufanda roja, que vi en el suelo, cerca de un

árbol. Lo miré —las corvas marcadas, la piel de sus muslos desnudos

enrojecida, los brazos hacia delante—, listo para lanzarse. Imaginé su

felicidad; ese vagabundear en la neblina, lo agradable de la soledad, de la vida

al ralentí, la sensación de recuperar la libertad, la embriaguez de correr hacia

delante sin obstáculos, con los ojos humedecidos del frío, las manos heladas, los pies ardiendo. Pensé en su regreso a la cocina: la abuela tejiendo, yo

enfrascada en la lectura y él yendo de aquí para allá.

Varias veces intenté acompañarlo por las tardes. Sentada entre las madres,

esperaba pacientemente durante seis horas con su merienda en el regazo y

siempre me encontraba a alguien a quien escuchar. Pero tuve que renunciar

incluso a ese placer porque, a la vuelta, me acusaba de vigilarlo, de espiarlo,

de molestarlo. Amenazaba con buscarse otro sitio, con no salir más si yo lo

seguía a todas partes.

La abuela y él solían pelearse. Ella lo agobiaba con reproches

insignificantes; él le respondía con insolencia. Continuó hablando de Henri

durante un tiempo, pero con pudor, cambiando la voz, tímido. Esa reserva me

demostró cuánto lo quería. Conocí al tal Henri un día a la salida del colegio.

Siendo más mayor que Lucien, su frialdad pasaba por autoridad. Hablaba con

lentitud; su voz era grave. Me intimidó mucho a pesar de tener solo diecisiete

años. Según supe, le parecí pequeña. Es cierto: a mis veinte años, yo parecía

muy joven. Estaba orgullosa de mi sosería, llevaba ropa de colores apagados

y me vanagloriaba de no ser «como el resto».

—Salvo para ti, no eres extraordinaria —me dijo más tarde Lucien.

 

Las olimpiadas del colegio estaban a la vuelta de la esquina. Tenían lugar el

último domingo de mayo. Henri, atleta consumado, preparaba la competición

de gimnasia, y mi hermano esperaba ser su estrella. Ejercitaba sus músculos

por la noche, cuando creía que estábamos abajo. Estaba seguro de que lo

seleccionarían; me hablaba de ello, pero con distancia, como de todo lo que le

gustaba. No tuvo el honor de que lo eligieran: Henri cogió a un tal Cazale, sin

duda mejor que Lucien.

—Tengo que encaramarme al potro y tomar posición —admitió. Cazale

salta al cable y comienza sus acrobacias. Yo estoy cerca de él y lo único que

tengo que hacer es ayudarlo dos veces a enderezarse. Hago de florero. No

pienso participar.

Sin embargo, aceptó. Volvía de cada ensayo insolente y afligido. No

deseaba el éxito de Cazale, no quería verlo saludar entre aplausos, ver a Henri

dándole palmaditas en el hombro y llevándolo a tomar algo después de la

victoria.

Con su maillot azul, saltó nervioso y se quedó inmóvil sobre el potro. En

el instante en que Cazale, que lo había seguido, comenzaba sus ejercicios,

vimos a Lucien retroceder hasta el borde mismo de la tabla y, como si no fuera consciente del peligro, caer hacia atrás. Todo el mundo gritó y se puso

en pie. Cazale bajó temblando. Lucien había ganado. Cazale no participó. Mi

hermano hubo de estar tres meses encamado, con la pierna izquierda rota, una

muñeca astillada, heridas en la cabeza y en la cara. No aprobó la reválida; no

volvió al colegio. Henri no vino nunca a verlo: se limitó a mandarle una

tarjeta para disculparse y desearle lo mejor.

Ni cartas ni visitas: tan solo nosotros tres. Sin más vista que la piedra de

las casas de enfrente. Lucien leía. Necesitaba muchos libros. Jugaba a las

damas. Fumaba. Por las mañanas, me quedaba con él. Admitió la verdad,

aquel deseo rabioso suyo: que Cazale no fuera la estrella. Emocionada por

aquella confidencia, no me atreví a reconvenirlo. Pasé unas semanas

inolvidables. Hablaba conmigo, me llamaba si alguna lectura lo entusiasmaba,

intentaba entre risas hacerme partícipe de sus gustos y de sus ideas, que a

menudo me resultaban chocantes. Su cama estaba abarrotada de periódicos

con el nombre en negrita de MAO-KHE. Saltaba a la vista que había habido

guerra, pero a mí no me preocupaba. Él nunca abría un cuaderno; no hablaba

de volver al colegio. A veces me decía: «En cuanto me cure y camine, me

alisto». La abuela se ponía de los nervios, pues lo veía ya en los arrozales de

Indochina (ella decía «China»). Mal curado, cojeó durante todo un invierno.

Nuestros arranques de ternura se habían terminado. No habían durado

mucho. De nuevo pasaba el día encerrado y nos amenazaba a la menor

reprimenda: «Si esto sigue así, me alisto…».

En la pared de su habitación, había prendido con chinchetas un mapa con

banderitas minúsculas tricolores y negras. La abuela, impresionada, ya no se

atrevía a decirle nada. Yo sabía que cuando salía por las noches iba a mirar

los barcos, el agua y las farolas del puente que se sumergían en ella. No tenía

dinero y rara vez nos lo pedía.

Dos años después del accidente, su salud seguía siendo frágil. No se

alistó, no se marchó: se casó con Marie-Louise.

 

Cuando Lucien aparecía por la mañana, yo volvía la cabeza. Nos daba los

buenos días con un gruñido. Nos odiaba por estar allí, por existir, por verlo.

Habría preferido que fuéramos indiferentes, ciegas, y que su presencia en la

cocina ni siquiera nos hiciera girarnos. Ya de niño, al despertarse y ver

nuestras sonrisas acariciadoras, se revolvía: «No, no…».

Había que pasar por aquel momento crítico, el de su entrada, con su

frialdad, ese humor de perros que tanto tardaba en sacudirse de encima. Había que evitar cometer errores, dar con el gesto y la palabra que consiguieran

relajarlo. Le costaba levantarse y llevar a cabo el ritual íntimo de la mañana

delante de nosotras. Me lo imaginaba saliendo sonriente de un cuarto de baño,

recién aseado. Había agotado todas las vías —la dulzura, la alegría, la chanza

—, pues deseaba a toda costa hacerle agradable nuestra primera hora juntos.

Dado que yo necesitaba cierta atmósfera de serenidad y de amabilidad, quería

obligarlo a participar de ella.

Llegué a proponerle un empleo en las casas que me daban trabajo a mí.

«Pero ¿qué…? ¡No!», me soltaba con ese desprecio propio de quienes, no

habiendo trabajado nunca, se pasan la vida esperando una ocupación digna de

ellos. Había una sola cosa que lo obsesionaba: su nuevo amor. Sin amigos con

los que gastar ironía, hacer burlas, banalizar los primeros deseos, los impulsos

y todo lo que a los dieciocho años uno quiere decir con la palabra amor él lo

había engrandecido sobremanera, lo había sublimado. Su fecunda

imaginación y la indiferencia que lo distanciaba de lo que él llamaba el resto

lo encerraban entre sus gruesas paredes y lo aislaban de nosotras. Al abrir las

ventanas tras las lluvias de marzo, al despuntar el día, apareció Marie-Louise,

con los brazos en alto, peinándose el flequillo negro. Primero una sombra, un

contorno impreciso; luego, a medida que se acercaba el verano, un rostro

dorado a contraluz.

La abuela se dio de bruces con ellos una tarde que estaban besándose

detrás de la puerta de la entrada. Se enfadó y le aconsejó que se buscara a las

chicas fuera del vecindario.

Yo inspeccionaba a menudo su habitación y su ropa, pero había un

desorden tan bien organizado que podía esconder cualquier cosa sin correr

ningún riesgo. El mapa de la pared estaba polvoriento. Ya no nos soportaba,

nos hacía daño con sus críticas groseras y, cuando nos hablaba —lo que rara

vez sucedía—, se perdía en encendidas disertaciones sobre el orgullo de ser

un oprimido en aquellos tiempos.

—Sí, claro, pero tú, Lucien, haces lo que quieres. Y, hasta ahora, lo cierto

es que has elegido no hacer nada.

Le daba donde le dolía. Lo veía en sus ojos. De buena gana me habría

zurrado. Entonces se metía en su habitación. Frente a él, la ventana de Marie-

Louise. Aplastaba la frente contra el cristal, esperaba a que ella apareciera, le

hacía una seña y salía.

 

En Nochevieja se arregló temprano.

—¿No cenas con nosotras?

—Sí, pero antes me pasaré por casa de un amigo.

—¿Tienes un amigo?

—Pues sí, tengo un amigo.

Esperamos hasta tarde. Sin él, se diluía la alegría de las cenas especiales,

el encanto de la cocina impregnada de aromas con los platos cubiertos hasta el

último momento, la sorpresa escondida en el horno.

—Debe de estar con esa de enfrente —dijo la abuela.

Luego se puso a recordar a los difuntos mientras se comía la sorpresa.

En cuanto pasaron las fiestas, tomé una decisión. Fui a Saint-Nicolas y me

entrevisté con el director. Lucien había cursado allí sus primeros años (la

parroquia solía hacerse cargo de un huérfano en una de sus escuelas). Le

expuse el caso de mi hermano. El director me escribió a los dos días y me

comunicó que contrataría a Lucien a la vuelta, en enero, para supervisar las

clases nocturnas. Era lo único que podía hacer; se pondría en contacto con él

en breve. Cuando recibió la carta, Lucien la leyó, la releyó y se encerró en su

habitación. En la mesa no dijo nada y salió como los otros días. Por la noche,

le pregunté:

—¿No te ha llegado nada importante esta mañana?

Me miró con dureza.

—¡Ah!, ¿es cosa tuya? Es tu estilo, por supuesto. Pero ¿es que no podéis

dejarme en paz? Si es por falta de dinero, haberlo dicho. Tengo los muelles, la

fábrica…

Sin embargo, fue a trabajar.

A fin de mes, nos trajo su sobre. Lo dejó sobre la mesa.

—¿Qué es? —preguntó la abuela, que lo abrió y sonrió—. ¡Los primeros

cuartos que ganas!

Temiendo que fuera a ponerse tierna, Lucien se marchó.

Una noche en que, tras la cena, la abuela cabeceaba somnolienta sentada a

la mesa, le había dicho:

—Mira, conozco a una chica. Tú sabes quién es. Quiero casarme. Ahora

trabajo: sé lo que hago.

En un principio, ella se echó a reír, luego lo amenazó; después, le suplicó

y, finalmente, un domingo recibió a Marie-Louise y a su padre. Este nos había

enumerado sus gastos, advirtiendo que no podría hacer nada por ellos.

Envalentonada por esa conversación, que tenía más de pelea que de acuerdo,

la abuela había concluido: «Ya nos veremos, no estamos lejos».

Aquella fue una primavera fría. El rocío del amanecer cubría de escarcha la

plaza. Seguí llevando abrigo hasta mayo. Debido a los chaparrones, olía a

perro mojado y pesaba, así que lo secaba poniéndolo delante de la cocina. En

casa fue una época de discusiones. El frío de las mañanas, los colores

apagados bajo un tibio sol, los días precipitándose bajo la pegajosa llovizna,

aquel abrigo pesado que me ponía cada mañana, la hosca obstinación de

Lucien, sus maneras violentas y su mutismo, el entrechocar de las agujas de

ganchillo en la cocina cuando la abuela ya no sabía qué decir; nuestra

impotencia, nuestra derrota, el yeso descascarillado del pasillo, que nos seguía

hasta el felpudo; la puerta de la entrada, que se cerraba con una ráfaga de

viento (había que llamar tres veces, soportar bajo el aguacero, responder al

«¿por quién pregunta?» con la cabeza erguida; entonces, desalentada, sentía

un nudo en la garganta, tenía la sensación de estar hundida en el fango y me

quedaba unos segundos con la cabeza hacia atrás, los ojos arrasados de

lágrimas y de lluvia, esperando una ayuda imaginaria mientras se me

congelaba el cuello). Esa fue nuestra primavera.

 

«Construirme una vida propia y no ocuparme más de él». Lo intenté un par de

días. Lo primero era poner orden. Recolocaba mis cosas. El hecho de tocarlas

y de asignarles un lugar nuevo producía el espejismo de un cambio. Solo tenía

que ponerme a vivir esa vida. Y todo encajaba en el orden, en mi orden.

Vigilaba a Lucien y sufría por él. Una noche regresó temprano, a las ocho.

Los días iban alargándose; fuera aún había luz. No volvió a salir. Se sentó de

espaldas a la ventana con aspecto cansado.

—¿Te agota el trabajo? —dijo la abuela—. Pues acuéstate más temprano.

Mira a tu hermana: todas las noches está metida en la cama a las diez. En

cualquier caso, Élise, siempre creí que te casaría antes que a tu hermano…

Suspiré. Él se me quedó mirando y de buenas a primeras me señaló la

puerta de su habitación. Luego se levantó, se estiró y se metió allí sin

quitarme ojo de encima. Cuando me reuní con él, se echó a reír mientras se

frotaba las manos.

—¡Habla cuanto quieras! —le dijo a la abuela, fuera ya de su campo de

visión.

Pero muy pronto nos sentimos incómodos al encontrarnos juntos y sin

saber qué más decirnos. Por el rabillo del ojo, echó un vistazo por la ventana.

Quizá ya se había hartado de mi presencia.

—Es verdad que pareces cansado. ¿Es por el trabajo?

Me habló de la clase que vigilaba. Los primeros días los niños habían

estado contentos. Ahora, estaban hastiados de él.

—Es oscura, triste. Desde el estrado no veo más que un trozo de cielo.

Cuando estuve convaleciente después de aquello, también era lo único que

veía desde esta cama. Me pasé días sin perderlo de vista. Habría podido

distinguir los átomos que lo componen: tenía los ojos saturados de él.

—Eso ya es agua pasada —dije para animarlo.

—Lo sé. Y no volverá jamás. Me sentía como si estuviera encerrado en

una burbuja de cristal y todo el mundo me viera, pero sin oírme. Y yo lo que

quería era romper la burbuja para que alguien me escuchara.

Pensé: «¿Acaso es Marie-Louise la que va a escucharte?». Pero no lo dije:

todavía no me atrevía. Del bolsillo de su cazadora sacó un periódico enrollado

y lo desplegó.

—¿Lo quieres? Te lo dejo, seguro que te interesa.

—En estos momentos, apenas tengo tiempo para leer —dije.

Me arrepentí de mi respuesta al instante. Iba a decepcionarlo.

—Dame el periódico. ¿Es nuevo? Nunca lo había visto.

—Nuevo y muy importante.

—Ah, ¿sí? —contesté sorprendida.

—Van a muerte contra la guerra.

—¿Qué guerra? Todo el mundo está en contra de la guerra.

—¿Eso crees? ¿No sabes que llevamos cinco años luchando?

—Sí, bueno, ¡pero en Indochina!

Recuerdo el tono ligero con que dije aquello. Una guerra lejana, discreta,

de causas difusas, casi tranquilizadora: una prueba de buena salud, de

vitalidad.

—Vale, bien —me dijo, como si fuera consciente de estar perdiendo el

tiempo—. Hora de dormir.

—Cuando te marches, recuperaré mi habitación.

—¿Cuando me marche adónde?

—Dices que quieres casarte o irte. Ya no digo alistarte, pero bueno, un día

te largarás de aquí.

—¿Y tú no? La abuela es muy mayor; cuando te quedes sola… ¿No

sientes nunca ganas de irte?

El jersey ahogó su voz cuando, siguiendo su mala costumbre, se lo quitó

tirando del cuello. Con los brazos todavía en las mangas, se sentó a mi lado.

Escogí bien mis palabras. Quería ser hábil y no pronunciar el nombre de

Marie-Louise. Quién sabe, puede que un día su memoria hallara por casualidad esas palabras, como cuando encontramos unas flores secas entre

las páginas de un libro.

—La vida de verdad —dijo con delicadeza— es como tú. La calma, la paz

interior. Yo también necesito calma. Élise, créeme: estoy impaciente por

casarme para tener esa vida. Estoy seguro de que seré feliz: más feliz, para ser

exacto. Y tú también serás más feliz; y la abuela, también.

Consiguió enternecerme. Él sabía que esas imágenes de una vida

tranquila, recta y sencilla me desarmaban.

Después de jurar que nunca diría que sí, después de las lágrimas, las

escenas y las amenazas, la abuela había cedido. Cansada de las discusiones

violentas, de la cara de funeral de Lucien, viendo que no conseguiría

convencerlo y temiendo que hiciera una tontería, había preferido, por

agotamiento, decirle una noche, mientras le servía la sopa:

—Haz lo que quieras. Cásate, quédate, lárgate: tienes mi permiso para

cualquier cosa.

Cuando Lucien nos habló —con un aire cansado y triste— de los trámites,

del papeleo, ella lo escuchó con calma. Pero, a solas conmigo, solía llorar.

Con una voluntad encomiable, bajó nuestras escaleras y subió los dos

pisos al fondo del patio. Allí acordaron que Marie-Louise seguiría trabajando

y que vivirían en nuestra casa. Fue así como nos encontramos ante el hecho

consumado. Ya habían elegido la fecha, y a la abuela solo le dio tiempo a

limpiar su vestido negro. La víspera fue a hacerse la permanente. Fue, sin

lugar a dudas, la más llamativa de la reducida comitiva, con su mirada

resplandeciente, sin más maquillaje que la sobreexcitación contenida, toda de

negro (vestido, zapatos, sombrero), con un camafeo prendido en la parte

inferior del pecho. Algo efímero, intangible como un perfume, un no sé qué

hacía que sobresaliera entre todos los demás. Habló poco, comió y bebió con

mesura, ella, que era tan glotona en casa. Éramos siete en la rápida bendición

que siguió al matrimonio civil. El sacristán había encendido una sola lámpara.

El cura lo llamó en mitad del rezo para pedirle que diera más luz.

Los padres de Marie-Louise partían esa misma noche a la vendimia.

Lucien y su mujer se instalaron en su vivienda, vacía durante unos días. Esa

noche dormí en la habitación de mi hermano con el sentimiento de estar

aferrándome a algo que se me escaparía definitivamente. Después de tantos

años, había olvidado que allí los ruidos, incluso los olores, no se parecían a

los de la calle. Hasta bien entrada la noche, los chicos se llamaban mediante

estridentes silbidos, sus zapatos herrados retumbaban en el cemento de los peldaños, la gente hablaba de una ventana a otra y las crepitantes frituras de

los vecinos que cenaban tarde despertaban el apetito.

Hacían una pareja extraña. Ella se levantaba temprano, se marchaba antes

de las siete rumbo a la fábrica de galletas, donde estaba a pie firme delante de

su máquina hasta la noche. Cuando regresaba, Lucien se había ido y lo

esperaba en su habitación leyendo revistas. A veces, nada más llegar se

retocaba el peinado, se empolvaba de nuevo y salía a su encuentro en

dirección a la place de la Victoire.

Lucien nos ignoraba por completo. Yo fui la primera en darme cuenta de

que iba a tener un niño. Se lo dije a la abuela.

—¿Te puedes creer que me lo estaba oliendo?… Si es que, con este chico,

ya estoy curada de espanto. La chiquita iba detrás de él, dicho sea de paso.

Ahora, ya está; le toca a él espabilarse para ganarse la vida.

—¿Te gusta Marie-Louise?

—No es desagradable. Pensé que sería peor.

Evidentemente, a mí no me gustaba, hasta el punto de alegrarme de verla

deformada y gorda.

 

Y pasó el otoño: las tormentas, las primeras heladas, el café con leche a las

cuatro (cuando prendían las farolas de la calle), nada que no fuera cotidiano,

habitual, esperado. La vida —mi vida— se dividía en cuatro períodos, las

cuatro estaciones, que modificaban algunos gestos de aquella gimnasia bien

articulada. Pero, por culpa de aquella odiosa forastera, aquel otoño fue el más

desdichado de mi vida. También fue —aunque yo no lo sabía— el último

antes de que se pusiera en marcha a trompicones la carreta que habría de

llevarnos por caminos tortuosos hacia la pendiente por la que se precipitaría

nuestra existencia hasta dar su última vuelta de campana.

Cuando estábamos todos juntos, el escurridizo Lucien se recreaba en las

conversaciones más vulgares. Yo había observado que, a solas con Marie-

Louise, cambiaba de tono y de tema. Las paredes, muy finas, dejaban pasar

muchas de sus palabras. Después de la comida, Lucien se levantaba, arrojaba

su servilleta y, desde el umbral de la habitación, le silbaba a Marie-Louise,

que iba a su encuentro riendo. Con la puerta cerrada, todavía los oía reír. «Se

ríen de mí…». Si me quejaba a la abuela, ella me escuchaba hastiada. De un

tiempo a esa parte le había cambiado la cara: se le habían hinchado los

párpados, el iris de sus ojos amarilleaba y, lo más llamativo, las orejas, que le

habían crecido considerablemente.

Marie-Louise siempre le daba la razón a Lucien. A veces yo la

compadecía, tan simple, sin exigencias, con sus ideas reducidas a la más gris

expresión; ella, a quien su encaprichamiento con Lucien había traído a nuestra

casa, la de los racionales, los preguntones, los inquietos, los indecisos, los

insatisfechos. Seguramente consideraba nuestros problemas —los de mi

hermano, los míos— una manía agotadora. Pero, qué diablos, ¡para conseguir

a Lucien tenía que apechugar con eso! Con todo, aquellas ideas y aquellas

palabras terminaron por dejarle huella. Empezó a repetirlas sin esforzarse en

comprenderlas —estaba hecha para seguir el camino marcado— y, con el

tiempo, por la fuerza de la costumbre, acabó haciéndolas suyas.

Lucien leía un montón de periódicos. Yo recogía los que iba dejando tras

de sí y, a veces, también los libros que olvidaba en la cocina.

Al leer, se disipaban las tinieblas a mi alrededor. Era una impresión

similar a la que me producía la música. Liberarme, entender, penetrar en el

corazón de las palabras, seguir una frase y su lógica, saber. Sentía una

satisfacción física; cerraba los ojos de placer. Ahora entendía lo que

significaba educarse. Envidiaba a Lucien por recorrer las bibliotecas.

Perseveré, multipliqué el nivel de dificultad; era como un boceto intrincado

cuyos puntos hacían surgir el dibujo a gran escala. «Debería hablar con

alguien». Nadie sabía nada de todo ese placer que acumulaba. No tenía

posibilidad alguna de hallar a un espectador para mis pensamientos.

Las lecturas de Lucien me perturbaban. Con una lógica implacable,

aquellos escritos denunciaban todo lo que yo había tomado por natural.

Enseguida sentí que aquello me concernía. Comprendí mi condición, me

enorgullecí de ella. A mi alrededor, los hechos perfilaban su contorno: el

puerto estaba paralizado por las huelgas, los estibadores aguantaban desde

hacía veintiocho días, juzgaban a una chica que se había atravesado delante de

un tren cargado de armas. Solo me faltaba entender el contenido. Lucien me

hablaba muy de cuando en cuando, pero bastaba con que se dignara hacerlo

alguna vez.

No había visto que estaba sentado al lado de mi hermana. No había visto ni el árbol que se inclinaba hacia el agua ni tampoco el agua. No había levantado la mirada cuando la barcaza avanzaba con la majestuosidad de una mujer entrada en carnes. Los remolinos de agua, unos pequeños temblores que apenas la erizaban, nos enviaban su olor, y yo no lo había respirado. No había visto los colores, ni siquiera sabía que ese día el mundo luciera unos colores tan vivos. Había creído que era transparente, pues mis ojos no se detenían ni en la corteza verde del árbol tierno, ni en el agua gris y sus vórtices plateados —como ojos enloquecidos—, ni en la barcaza —reposada matrona negra—, ni en la otra orilla, donde los gabarreros charlaban. Mis ojos atravesaban los cuerpos espesos, los cuerpos líquidos; mis ojos solo me miraban a mí y, todavía hoy, si los cierro, los colores de antaño, de aquel día en que no sabía

que existieran, me deslumbran como si, al llegar a lo alto de una colina, descubriera a un jovencito sentado entre su hermana y su abuela frente al río un día de junio.

 

Esto estaba escrito en el cuaderno verde de Lucien —que descubrí en su

ausencia—, con fecha del 1 de marzo. Marie había nacido la víspera; Lucien

había elegido el nombre. Cada noche colocábamos en la cocina unos cordeles

en diagonal para secar los pañales. Después de un tiempo de descanso, Marie-

Louise volvió a enfundarse su suéter rojo y se dirigió de nuevo a la fábrica de

galletas. No se lo dejé ver, pero me resultaba muy conmovedor. Las

exigencias de Lucien la desconcertaban. No se privaba de reprenderla; decía

que quería modelarla, educarla. Ella lo seguía sin entender, imaginándose a

veces que estaba a punto de darle alcance; pero, en cuanto decía algo o hacía

algún progreso respecto a sus actitudes anteriores, él estaba todavía más lejos

o, por el contrario, había dado marcha atrás y no conseguían encontrarse. Pero

¿quién iba a aclararse en medio de las contradicciones de Lucien?

A excepción de sus tres horas de vigilancia diaria, no tenía ninguna

ocupación. Marie-Louise le daba alas en su falta de actividad. ¿Estaba celosa?

¿Temía que se dedicara a rondar a otras chicas? A sus compañeras, les decía:

«Está estudiando». En casa, nadie se lo creía ya. No acierto a comprender por

qué nos poníamos a temblar las tres cuando nos amenazaba con aceptar el

primer trabajo que se le presentara. ¿No albergábamos acaso la secreta

intención de controlarlo mejor así, de sacarle mejor provecho? Lejos de

nosotras, se nos escaparía. Vendrían los compañeros, un amigo, otros amores.

Era tan joven, ni veinte años tenía… Todavía podía prepararse,

perfeccionarse, como decía él.

A las ocho aún era día y, a la noche, Marie-Louise bajaba al encuentro de

Lucien. Él llegaba, la cogía por la nuca; ella se prendía del cuello de su

cazadora y subían juntos. Una noche, por casualidad, bajé yo también. Lucien

venía tarde. Por fin dobló la esquina de nuestra calle. Era una noche suave, sin

estrellas ni luna, sin más lucero que el neón verde de un club que acababa de

abrir a la vuelta del callejón. Tres chicos iban hacia la puerta. La luz cruda los

iluminaba y, al cruzarse con Lucien, que venía hacia nosotras, el de la

izquierda lo miró y se detuvo. Lucien sacó la mano del bolsillo con desgana.

—Mira tú —dijo el otro—, ¡quién me iba a decir que te encontraría aquí

después de tanto tiempo! Te he reconocido al instante. ¿También vienes al

club?

Marie-Louise se había acercado a Lucien. Reconocí al chico por su

cabello rizado, largo como siempre. El verde del rótulo le proyectaba una

segunda cara en relieve sobre la suya. Vigilé a Lucien desde la distancia; no me costó ponerme en su piel. Yo también sentía los rencores acumulados, los

años de soledad, la amistad decepcionada, aquella herida que nunca había

llegado a curarse, la visión fugaz de lo que no había conseguido ser, la

humillación de no tener nada que decir.

—Buenas noches —dijo al fin.

Hubo un breve silencio. No me atreví a moverme.

—No voy al club. Vivo ahí.

Respiré. Ahí se refería a la calle mohosa, la casa en ruinas, el pasillo

húmedo, la ventana donde se tiende la ropa. Ahí, entre los hombres

desaliñados, los viejos que mascan tabaco sentados a la puerta, las viejas con

las enaguas asomando bajo el delantal, las chicas de la fábrica que se pintan

las uñas: gente pobre, pobre gente.

—No lo sabía. Pero ¿qué ha sido de ti?

—¿De mí? No ha sido nada.

Al otro pareció gustarle la respuesta de mi hermano. Lo miró y sonrió

frunciendo la nariz, con un resoplido como de perro siguiendo un rastro y la

cara iluminada por la alegría del fisgoneo.

—Ven a tomarte una copa con nosotros. A esta hora no hay nadie. Vamos

a hablar un poco.

Marie-Louise dio un paso adelante.

—Lucien, yo voy subiendo.

—Sí, eso, sube. Espera…

La agarró por el codo.

—Te presento a mi mujer.

Antes de bajar, ella se había lavado la cara para no tener más que

mojársela un poco por la mañana. Por la noche su rostro —cansado,

enrojecido— era menos resplandeciente.

—¿Estás casado? Encantado, señora; soy un compañero de colegio de

Lucien.

Marie-Louise le dedicó una sonrisa de oreja a oreja.

—Sube —dijo Lucien—. Estoy contigo en cinco minutos.

—Anda, vente…

Lucien negó con la cabeza.

—Gracias, pero no, no bebo. ¿A qué te dedicas? ¿Al Derecho?

—Sí, hago Derecho. Y me lo estoy tomando con calma para librarme del

ejército. Tú, ¿qué?

—No, yo estoy exento.

—¿Hace mucho que estás casado?

Intercambiaron unas cuantas frases más. Luego Lucien se disculpó y le

tendió la mano.

—Buenas noches —dijo el otro—. Hasta que nos veamos una de estas.

—Ah, ¿estabas ahí? —me preguntó Lucien al verme en la puerta.

—¿Es Henri?

—Sí, es Henri. ¿Lo has reconocido?

—No ha cambiado.

Lucien asintió y subimos. Las siguientes noches, volvió a casa a toda

prisa, como si temiera encontrarse con Henri. Sin embargo, terminaron

coincidiendo. Después, Lucien me contó que Henri había estado esperándolo

y que lo había abordado delante de casa. Dado que Lucien se negaba a bajar

al bar, se citaron una tarde en un café del puerto. Lucien se prometió a sí

mismo no acudir; luego fue, aunque hecho un mar de dudas. Henri preguntó;

Lucien habló. Henri escuchó. Lo atraía lo peculiar, el hecho de que fuera un

marginado. La rebeldía ajena, la miseria, un rastro de pobreza le resultaban

tremendamente estimulantes. Al venir de una familia de posibles exenta de

dramas, se regodeaba en los que adivinaba en otras personas. Pero lo suyo iba

más allá del simple gusto por lo exótico. Mediante el razonamiento y el

análisis, había llegado a las mismas conclusiones que mi hermano. Henri

vivía en casa de sus padres y se aprovechaba de su condición, pero solo —

según le dijo a Lucien— «porque hay que burlar a esta sociedad que

queremos destruir, y es más eficaz y hábil ir trampeando y aprovecharse de

ella para derribarla en condiciones».

Lucien recuperó su antigua admiración por él. Pronto cogieron la

costumbre de verse a diario. Una noche Lucien se presentó en casa con él. Se

encerraron en la habitación. A partir de entonces, Marie-Louise tuvo que

pasar las noches en la cocina con nosotras. La primera vez la presencia de

Henri causó revuelo. La abuela se sintió obligada a hacer una limpieza a

fondo, a desplegar la mantelería en la mesa de la cocina —en la que él ni se

fijaba—, mientras que Marie-Louise se retocaba el maquillaje solo porque le

daba las buenas noches al pasar. No nos atrevíamos a hablar alto, con la

secreta esperanza de coger alguna frase al vuelo. Henri parecía contento de

venir a nuestra casa. Al subir, debía de ir aspirando los aromas de la escalera,

embriagándose con la decoración.

Marie-Louise fue la gran sacrificada. Acostumbrada a que Lucien se

ocupara de ella, a que le hablara, le hiciera preguntas, le explicara las cosas,

se encontró pasando noches enteras, domingos enteros a solas con Marie, a la

que paseaba por los muelles cuando hacía sol. La abandonó en el momento en que su cerebro, entumecido como un músculo que nunca se ha ejercitado,

empezaba a distenderse. Él había sembrado con tesón, se había empeñado en

la tarea —no veía más allá de ella—, pero después se detuvo en seco. Todavía

me parece verla algunas noches de verano, sentada en la cama como una

inútil, con pinta de estar reflexionando sin llegar a comprender nada. Lucien y

su amigo habían salido a charlar mientras fumaban a la orilla del río. Él era

feliz. Henri lo animaba a seguir viviendo de aquella manera. ¡Y nosotras que

creíamos que su amigo tiraría de contactos! Ya nos habíamos imaginado a

Lucien colocado y con un empleo serio y bien pagado.

Una noche que se le había hecho tarde, Henri le pidió a mi hermano que

yo telefoneara a su madre para disculparse por el retraso.

—Mi hermana no se atreve a entrar en un café para llamar por teléfono.

No creo que haya hecho una llamada en su vida.

Henri me miró. Era verdad. ¿A quién iba a llamar? No teníamos amigos.

Si queríamos informarnos de algo, nos molestábamos en buscar. Si era asunto

de médico, íbamos a su casa, pues vivía muy cerca. Me invadió una tristeza

enorme. Un año, al mostrarle dos postales que habíamos recibido por Año

Nuevo, la abuela exclamó maravillada: «¡Oh!, unas postales…». Menudo

acontecimiento. Provincianos miserables. Aislados, torpes, pobres con esa

pobreza que no se muestra. En ocasiones así, sentía que quería a mi hermano

por lo que un día habría de sufrir a causa de aquello, por lo que ya había

sufrido; también, porque tenía miedo de la vida sin él, el único puente entre el

mundo de los otros y el nuestro. A partir de aquel incidente, Henri me trató

con cierta deferencia. No creo que pueda decirse que tal comportamiento

estuviera dictado por su espíritu caritativo. No. Yo era uno de esos seres

peculiares, inadaptados, con los que se recreaba su curiosidad. Me concedió

algunos apretones de manos, unas frasecitas al vuelo a las que, según él,

respondí acertadamente; a pesar de sus reservas iniciales, Lucien aceptó que a

veces estuviera presente en sus reuniones.

Esa fue la época de mi revancha, del momento pronosticado y anhelado:

la caída en desgracia de Marie-Louise. Delante de mí, trataba de mostrarse

juguetona, captando la atención de Lucien con preguntas que antes lo habrían

maravillado.

—Dime, Lucien, explícame… Dime por qué…

Por la noche volvía hacia las once, o más tarde, y preguntaba por ella.

—¿Y Marie-Louise dónde está?

—Estoy aquí.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Pues, si no te pasa nada, mejor.

Se retiraban a su habitación. Yo escuchaba la voz susurrante de Marie-

Louise; la de Lucien más alta. Hablaban largo y tendido.

Cada tarde Henri llegaba sobre la una, se limitaba a sentarse delante de la

puerta y esperaba a que mi hermano bajara. Otras veces, paseaba arriba y

abajo por el patio, en el que el árbol, más verde que nunca, extendía sus ramas

como un paraguas sobre los adoquines secos. Teníamos las ventanas abiertas

noche y día para que las paredes fueran secándose. En ocasiones, cuando no

estaba con su amigo, Lucien suspiraba:

—Un día tendremos una vida de verdad, haremos todo lo que queremos.

«Haremos todo lo que queremos», eso afirmaba Lucien. Sí, haríamos

realidad nuestros sueños, iríamos al encuentro de quienes compartían nuestra

emoción. Nuestros espíritus ya se habían puesto en marcha y nuestros cuerpos

los seguirían dentro de poco.

 

Sobre la silla de su habitación había una pila de revistas de esas que compraba

Marie-Louise: consultorios sentimentales, consejos para esposas, cómo

conservar a un marido, trucos de belleza… De allí debía de sacar sus

remedios para las metamorfosis de Lucien. Qué dulce era; aunque yo, por

aquel entonces, la tachaba de blandengue.

Yo devoraba todo lo que denunciaba aquella guerra que agonizaba pero

que se resistía a morir. Quería el último artículo de Barsac que mi hermano

había guardado sin darme tiempo a leerlo. No estaba a la vista. Una vez más,

volví a recurrir al cuaderno verde, que tenía escondido en una carpeta

abarrotada de papeles.

Lo recorrí a toda velocidad, me salté las frases sin importancia, las

descripciones, las consideraciones filosóficas; buscaba cualquier pista que

pudiera ayudarme a entender, puesto que la víspera había pasado algo.

Después de una larga conversación —rondaban las once—, Henri se había

despedido. En la cocina, Marie-Louise estaba hojeando un periódico. Lucien

le soltó:

—Marie-Lou, ¿nos vamos a la cama?

—Me apetece ir a dar un paseo contigo.

—¿A estas horas?

—¿Y por qué no?

Ella se levantó con parsimonia, dobló el periódico y, de repente, fue

corriendo hacia él.

—Lucien, cariño, llévame a dar una vuelta.

—Ahora no.

Él intentó zafarse, ya que ella lo tenía agarrado por el cuello de la camisa.

—Venga —suspiró—, coge tu abrigo. ¡Élise!, ven, nos vamos a dar una

vuelta.

Yo no me inmuté: estaba demasiado sorprendida.

—Venga, date prisa —repitió.

Marie-Louise no se atrevió a decir nada, pero su cara reflejaba su

decepción. Lucien fue a la habitación de la abuela, donde metíamos la cama

de Marie hasta que Henri se marchaba. No estaba dormida, así que la levantó.

—Y tú también, mi niña, tú también vienes. ¿Estáis listas? En marcha.

Fue un paseo lúgubre. Solo hablaba él. Al ver que se dirigía hacia el

parque, pregunté por qué no íbamos por la orilla del río.

—No —dijo, cortante.

Después de dar una vuelta al parque, nos señaló un banco. Era noche

cerrada, la hierba brillaba, unos mosquitos zumbaban alrededor de las farolas.

Marie se había quedado dormida en los brazos de mi hermano. Dirigiéndose a

nosotras dos, él soltó alguna tontería, algún tópico sobre la primavera o el

invierno, y yo le respondí sin hacerle mucho caso. Yo le venía bien: me

llevaba con ellos cuando no quería estar a solas con Marie-Louise.

—Nos vamos a casa, señoras —ordenó poniéndose en pie.

No había habido discusión en su habitación o si la hubo fue en voz muy

baja, pues no escuché nada, y eso que se me daba bien poner la oreja.

 

Encontré la carta en el cuaderno verde. Doblada en cuatro, servía para marcar

la última página escrita. A punto estuve de que me sorprendiera con las

manos en la masa, ya que era larga. Hoy la tengo en mi poder de nuevo, pues

he recuperado las cosas de Lucien. Supuso el fin de una época. A partir de

ella, todo cambió.

Esta noche, usted me ha dicho: «Eres como todas las chicas». Soy como todas no en lo positivo, sino en lo malo. Mire, nunca he conocido a un muchacho como usted. Sí, aquí tiene la clásica confesión que le habrán hecho en cada una de sus aventuras. Pero puede creérsela.

Me señaló su puerta y me dijo: «¿Ves? Ahí es donde vivo. Es una casa un poco

oscura, vieja». Me preguntó si vivía lejos. «Después del puente giratorio…». Después del puente giratorio, hay que andar todavía un cuarto de hora largo en plena naturaleza. Y menuda naturaleza…: tiendecillas, casitas, jardines; usted los conoce,

Lucien, y también el aire puro de la planta de gas y la tierra negra y el lodo de los caminos, porque en ese tipo de lugares siempre llueve. Hasta ponemos barreños dentro.

Allí está mi cuarto. Bueno, el cuarto. Lo compartimos entre cinco: mi padre, su

mujer, la anterior mujer, mi hermano y yo. Mi padre tiene sesenta años. Vinimos aquí en el segundo año de la guerra de España. Mi madre murió sin enterarse en el tercer piso de una de esas casas del puerto, en su cama al lado de la ventana, desde la cual habría podido tocar a los vecinos de enfrente con solo inclinarse ligeramente. Poco después, tuvimos una nueva madre. Se ocupó de nosotros mejor que la verdadera, que siempre estaba enferma, y la queríamos tanto como ella a nosotros. La que nos crio es demasiado blanda para enfadarse, para marcharse. ¿Adónde iba a ir? Además, me ha cogido cariño, con esa preocupación tan típica de las mujeres gordas por lo frágil. Fui algo a la escuela. Pero bastaba un catarro para hacerme faltar. A los quince años, me pasaba el día sentada al sol escuchando hablar a las mujeres cuando hacía bueno. No salía; mi padre era de moral férrea: no veía con buenos ojos los bailes, los paseos. Los compañeros de mi hermano venían y me miraban debajo de la ropa. Uno de ellos asistía a clases nocturnas. Me entraron ganas de ir y mi padre dio su brazo a torcer. Volvíamos juntos. Nos parábamos en los recovecos más oscuros, sofocados de deseo. Soñaba con una vida a su lado, con prepararle la comida en una cocina cubierta de flores… En fin, todas las fantasías de las chicas a este respecto. Luego él comenzó a rehuirme, a no hacerme caso, y me hizo sufrir. Empecé a mirar a los hombres con ansia, ansia de hacerme notar, de ser elegida, amada. Al igual que los muchachos, salí a cazar. Quería un hombre. Pronto aprendí que la única manera de conseguir uno es entregándose, como se suele decir.

Mucho después, un domingo, por casualidad, me abordaron unas mujeres.

Estaban haciendo una colecta para los estibadores en huelga. Ahí entendí el motivo de que nuestras comidas fueran tan escasas. No me había parado a pensarlo. Mi padre no hablaba de ese tipo de cosas.

Las mujeres me llevaron a un pequeño local. Escuché, decidí quedarme, volví.

Por fin, una noche nos juntamos con los hombres. Los había sencillos, pobres, jóvenes, viejos, sucios, aseados, valientes, gritones, dignos: un auténtico desfile del 1 de mayo.

Pasé a ser la secretaria de la sección. Aprendí mucho porque me enamoré del

tesorero, un tipo duro, muy ortodoxo. Pero aquellos eran malos tiempos para los sentimentalismos: los hombres estaban enfrascados en la lucha, la mayoría no trabajaba. ¿Por qué no se queda conmigo ningún hombre? ¿Por qué, al cabo de unas cuantas citas, en sus caras se dibuja un rictus avergonzado para anunciarme que no van a poder volver a verme? Empezar de cero una vez más, amoldarse una vez más a ese amor como si fuera el definitivo y hacer, una vez más, el petate con los recuerdos a cuestas. La expectación, el encuentro, el primer día, el segundo, las tardes en habitaciones de hostales en penumbra, tranquilas, con camas de matrimonio con sus sábanas planchadas y sus colchas agradables al tacto. Fuera, los otros; allí dentro, yo, a salvo de la vida en brazos del hombre que ha de ser mi nacimiento y mi muerte. Con tal de verlos contentos, hacía cuanto querían, todo lo que creía que podía gustarles.

Aun así, me dejan. ¿Será que mi silencio les desagrada? Al principio, les gusta

que los escuche. Luego, empiezan a hacer preguntas. ¿Qué voy a decirles? Así que me callo. Supongo que les resulto sospechosa. Lloro cuando me despido de ellos, lloro al volver a su lado. Todo se hace añicos. Y ya van cuatro años viviendo de esta manera. Anteayer, al pasar por la calle paralela a la suya, apareció y me ofreció un cigarrillo. Acababa de dejar a un hombre y tenía que coger el tranvía antes de las diez. Ya era de noche y en la calle había alboroto. Me detuve. Fue usted quien habló primero, yo respondí sobre la marcha y nos despedimos prometiéndonos una cita.

¿Cómo puedo explicarle lo que me pasa? Coincidirá conmigo en no llamarlo

amor. O en llamarlo amor para simplificar. No se me dan bien las palabras. Estoy poco acostumbrada a comunicar. Había olvidado este término. Lo leí un día en una revista que me encontré en la Casa del Pueblo y me apropié de él.

Tengo el defecto de recoger todo lo que encuentro. Me gusta tener cosas. Sobre

todo, libros. Y los leo. Por eso fue en aquella revista donde aprendí esa palabra, comunicación. Es y no es eso: es existir durante unos instantes y sentirlo a través de otra persona. Si no, la única forma que tengo de experimentar esa existencia es mediante el sufrimiento o la ausencia. Cuando me plantan, cuando no encuentro trabajo, cuando duermo mal porque no tengo sitio en la cama, cuando me miro en los escaparates de las tiendas, entonces me siento. Pero con usted pude sentirme. No me habría resultado sencillo explicarle esto, habría tenido que medir muy bien las palabras, como una mentirosa a la que cogen en un renuncio. ¿Volveremos a vernos, Lucien, y seremos amigos?

ANNA

 

—No me esperéis esta noche, no cuento con volver. Dormiré en casa de

Henri, como la última vez.

No me lo creí. Marie-Louise lo miró con inquietud.

—Vuelve, Lucien. Aunque sea tarde, pero vuelve.

—¿Cómo, si ya no hay tranvías?

Ella se encogió de hombros y se metió en su habitación. Pero, cuando la

puerta principal se cerró, salió como un rayo y corrió tras él por las escaleras.

La abuela, que había estado atenta a la escena, se acercó a la ventana y miró

por la junta de los postigos a medio cerrar.

—Nada: no lo ha conseguido. Ahí va, doblando la esquina de la calle.

Se echó a reír. Nos callamos. Marie-Louise estaba de vuelta. En cuanto

cerró la puerta, esbozó un paso de danza. Venía sonriente, algo que nos dejó

perplejas, pues estábamos segurísimas de que no lo había alcanzado. Pero él

tampoco volvió aquella noche.

 

Henri está sentado en el borde de la cama. Hurga en el bolsillo de su

chaqueta, colgada del picaporte de la puerta. Su rostro transmite tranquilidad,

como de costumbre. ¿Son sus facciones un tanto grasientas y sus ojos sin

color los que le otorgan esa apariencia de serenidad? Creo que es feliz, así de

simple. Es muy consciente de los gestos que hace. Se recrea en ellos: colgar la

chaqueta en una ventana, apoyar un pie en la cama, poner la oreja para captar

las groserías que sueltan en el patio dos hombres furibundos. Destruye un

mundo y, en un cuarto de hora de discurso, levanta otro en el que hay un

sillón calentito esperándolo. Tiene todas las puertas abiertas. Saborea el

periódico, que esta tarde le ofrece tres o cuatro temas de conversación. Lo ha

dejado a su lado, sobre la cama; descifro, del revés, el titular en letras inmensas: DIEN-BIEN-PHU HA CAÍDO. Apoya una mano en la mesa. Está a gusto,

olisquea el aroma de la salsa que estamos recalentando y de la que no nos

atreveríamos a ofrecerle un plato.

—Un movimiento lo suficientemente potente para reagrupar a toda la

izquierda —dice—. Pero ¿quién está listo en Francia para sacar partido de los

acontecimientos? Para encontrar a los jóvenes necesarios con el fin de

provocar una agitación permanente. No se trataría de la revolución en sentido

estricto, claro, a fin de cuentas, París se ha convertido en la capital del

quincuagésimo Estado americano, por ese lado no hay nada que hacer, sino

una guerra de guerrillas, como hacen los miembros del Vietcong.

Lucien se bebía sus palabras. Asentía febrilmente.

Henri estaba siempre en guardia para la causa revolucionaria. Esa era la

conclusión lógica de sus charlas diurnas y nocturnas. Las preparaba desde su

cómoda habitación, y los horrores de la sociedad en la que se veía obligado a

vivir reforzaban sus fantasías de cambios radicales. Había encontrado en

Lucien la viva imagen de la víctima del sistema: huérfano, sin posibles, pobre,

escuálido, casado demasiado joven, desarraigado. El físico de mi hermano lo

fascinaba. Envidiaba su rostro chupado, como salido de los anales de la

Revolución de Octubre o del álbum de fotos de los héroes anarquistas, de ahí

que, con mayor motivo todavía, se la tuviera guardada a Lucien por no

consagrarse en cuerpo y alma al objetivo, a la lucha. Lucien lo hacía, pero de

manera intermitente. Habíamos nacido entre penurias y las dificultades habían

crecido enredándose en nosotros como hiedras asfixiantes de las que no

podíamos liberarnos sin ayuda. Lucien las sobrellevaba con rabia, pero salía

adelante gracias a los refugios inexpugnables que se había buscado:

zanganear y buscar un amor extraordinario.

Yo me estaba convirtiendo en la testigo silenciosa de los padecimientos de

Marie-Louise, que no era tan tonta como para no darse cuenta; desde ese

momento, pasó a fingir en mi presencia un aire satisfecho y tranquilo. La

única muestra de honestidad por parte de mi hermano consistía en avisar de

que no vendría, cosa que sucedía dos o hasta tres veces por semana. El resto

de las noches volvía tarde y se encontraba a Marie-Louise levantada.

Hablaban en voz baja, pero yo me había cuidado antes de no cerrar del todo la

puerta de nuestra habitación. Podía oír bastante bien. Marie-Louise lo cubría

de caricias lastimeras. Seguro que él se ponía serio y distante; entonces, ella

se esforzaba por hablar de aquello que pudiera despertar su interés.

—Y la guerra, ¿qué?, ¿se ha acabado?

—¿Qué pasa con la guerra?… Lee los periódicos, sabrás tanto como yo.

Con todo, se embarcaba en una larga perorata que también me servía a mí,

pues él alzaba la voz, y hasta me imaginaba sus gestos al pronunciarla. La

heroica Marie-Louise, que tenía que levantarse a las seis y que se pasaría

atada a su máquina hasta la noche, lo escuchaba sin pestañear. Se había

casado con un estudiante y lo pagaba caro. Lo más doloroso para ella era no

poder quejarse en su círculo de mujeres, que se lo contaban todo. Tiempo

atrás, les había dado envidia. Ahora, ya no les gustaba tanto. Usaba el

lenguaje, las expresiones de Lucien. «Está hecha una presuntuosa, una

engreída», decían de ella en la fábrica.

Como quien sigue una operación de rescate, estábamos pendientes de un

hombre que se había apostado a que se firmaría la paz en Indochina. Hasta

Marie-Louise, influida por aquel ambiente febril que creaban Henri y mi

hermano, olvidaba de buena gana sus penas y compartía nuestra impaciencia.

El 14 de julio Lucien me pidió dinero. Nunca lo había hecho. Le di un

poco sin pedir explicaciones. Me enteré de que Marie-Louise le había pedido

lo mismo a la abuela.

—Le he dicho que se dirija a Élise, que es ella la que lleva las cuentas.

No se había atrevido a hablar conmigo. No habría podido serle de ayuda.

A oscuras en nuestra habitación, la abuela me confesó una noche:

—¿Tú tienes idea de dónde pasa el día Lucien? Con Henri, no, desde

luego. Qué tonta eres: te tragas todo lo que te suelta tu hermano. Lo has

mimado, siempre lo has apoyado. Y ese Henri es cómplice también. Ay,

¡Dios mío!, si Marie-Louise se entera…

Lloró un poco y siguió diciendo:

—Este nos va a traer problemas. Marie-Louise, su padre, sus hermanos, su

madre, con lo ruin que es…

Lucien se veía con una chica cada mediodía en la parada del tranvía de los

muelles. Entraban juntos en un hostal de las dársenas. También los habían

visto salir de madrugada.

—Se lo han encontrado varias personas; estibadores que viven en esta

calle y que conocen al padre de la chiquilla.

El hostal de las dársenas. La chica era la de la carta, Anna. El dinero era

para pagar el hostal. Henri estaba al corriente. ¿Había leído la carta?

No conseguí conciliar el sueño. Me imaginaba los muelles a mediodía,

con sus barcos al fondo, sus puestos de ostras y de gambas… y dos siluetas

cogidas de la mano y respirando el perfume a despedida que emanaba de los

desagües. Me turbó hasta tal punto que decidí apoyar a Lucien hiciera lo que

hiciera. Deseé que regresara en ese preciso instante para decírselo. No le dije nada porque no volvió, y fue mejor así: lo habría interpretado como una burda

trampa.

 

Dinero. Ahora andamos los tres desesperados por él. A Lucien le hace falta

para sus tardes. Son las vacaciones de verano, así que no gana un duro. De

trabajar ni habla, ya no tiene tiempo para eso. Se pasa la tarde desde el

mediodía en la cama de algún hostal del puerto, hasta donde le llega,

amortiguado, el lento chirrido de las grúas; luego, por la noche se acuesta otra

vez, ya sea aquí o en cualquier otro lado. Pero eso hay que pagarlo. Veo en su

cara, en sus ojos, que necesita dinero. Marie-Louise es la que más aporta.

Entrega la mayor parte. Lo que se guarda lo comparte con Lucien. No es gran

cosa para ninguno de los dos. A ella también le ha entrado un ansia loca por el

dinero; gasta mucho desde que Lucien la tiene abandonada: en periódicos,

pinturas, cintas, joyas. Ha leído en una bobada de consultorio sentimental que

hay que ser varias mujeres en una. Pero las recetas para tener a un hombre

contento no salen baratas. Suelo espiarla mientras se coloca flores en el pelo

con aire satisfecho, prendada de su propia imagen. Marie-Louise necesita

dinero. A mí me hace una falta tremenda el que le presté a Lucien. Diez mil

francos: lo suficiente para vivir una semana entera. Somos pobres dignos, de

esos que esconden su pobreza como si se tratara de una vergonzosa desgracia.

Que quede entre nosotros.

 

Ocultas nuestras caras en las sombras —era noche cerrada—, me pareció que

seríamos capaces de sincerarnos, de llegar al fondo de la cuestión. Hacía

calor, pero había que tener la ventana cerrada, no fuera a enterarse de nuestra

conversación la gente del edificio.

—En primer lugar, nosotros tres tenemos que reducir al máximo nuestros

gastos, renunciar temporalmente a comprar cualquier cosa que no sea comida

y, por último, buscar por todos los medios nuevas fuentes de ingresos.

—Trabajar, vamos.

—Sí, trabajar.

—Vale —dijo—. Para eso no hacía falta un concilio familiar. Pero ya que

está reunido… En esta época del año no voy a encontrar ningún empleo que

me dé para vivir. Además, me he puesto a… Bueno, no tengo por qué entrar

aquí en detalles. Ahora mismo necesito tiempo para mí. La cosa irá mejor en octubre. Hasta entonces, te pido un pequeño esfuerzo más y un poco de

paciencia.

—Está bien —dijo Marie-Louise, dando la discusión por terminada y

poniéndose de pie. Debía de odiarme por acortarle una de las contadas noches

en que Lucien se quedaba con ella.

—No, ¡no está bien!

La rabia se apoderaba de mí. De buenas a primeras sentía tanto calor que

de algún modo tenía que estallar.

—No lo habéis entendido: no tengo dinero.

—Pero… yo tampoco.

—Te estoy pidiendo, Lucien, que me entregues lo que tengas, lo poco que

tengas. A usted también, Marie-Louise.

—Pero si no tenemos nada —bramó Lucien—. ¿Adónde quieres ir a

parar?

Guardé silencio. Fuera se escuchaban gritos de críos que no querían entrar

en casa. A tientas, Marie-Louise encendió la luz. De vuelta a la claridad, ya

no estaba tan segura de atreverme a continuar. Él sacó de su bolsillo unas

cuantas monedas de diez francos y las dejó con una sonrisa sobre la mesa.

Las dudas se disiparon.

—Marie-Louise, su padre conoce a toda la gente que lleva la contratación

en los muelles. Lucien, ¿no puedes pedirle que te ayude a encontrar trabajo

para unas semanas? Es una solución provisional, sé que puedes hacerlo, y

serías nuestra tabla de salvación.

—Eso no —dijo Marie-Louise, con la boca abierta.

—No, eso no —repitió por lo bajo Lucien.

Echándose por encima de la mesa, me cogió por el cuello de la blusa.

—Veo que la señora, no, la señorita ha descubierto ahora el mundo y ha

aprendido lo que es una huelga, un parado, un trabajador. Esa es su nueva

religión, así que, para acallar su conciencia, fantasea con tener a un proletario

en el seno de su familia. Es más sencillo que serlo una misma. ¿Por qué no te

has puesto a trabajar como el resto? ¿Cuál es tu excusa? ¿Criarme? No te

engañes. Y, si era por cuidar de mí, ¿a santo de qué me mandas ahora a los

muelles? Es un poco tarde. ¿Por qué no lo hiciste cuando tenía dieciséis años?

Y, de una tacada, dio rienda suelta a todos sus rencores. Lo habíamos

metido en el instituto. Al principio, sí, al principio había sido feliz. Pero

¿luego? Había pagado cara nuestra vanidad.

—¡Teníais que haberme criado conforme a nuestras posibilidades! —

gritó.

—Y, con todo, anda que no nos hemos sacrificado por ti. Para darte más a

ti, yo he vivido al borde del precipicio. Acuérdate, Lucien, de las fiestas, de

los premios; para que tú también tuvieras una camisa nueva, yo te

acompañaba con una blusa descolorida y una falda remendada.

—¡Y eso es precisamente lo que te estoy reprochando!

—Cállate, cállate.

La abuela abrió la puerta.

—A ver, que se os escucha desde abajo. ¿Qué pasa? —dijo con acritud.

Nadie respondió.

—No te metas.

Lucien la empujó hacia la habitación.

—¿Qué? —dijo ella aguantando la puerta abierta de par en par—. Quiero

saberlo.

Ese gesto lo puso furioso. Se lanzó hacia ella y cerró la puerta.

Ella volvió a abrirla.

—La puerta se queda abierta.

Él cogió el picaporte y la cerró de un portazo. La abuela se asomó y se

puso a gritar.

—¡Esto no es una cárcel! Aquí no se encierra a la gente.

Ambos estaban desatados, y la puerta se abrió y se cerró de golpe varias

veces. Él hacía fuerza contra el pomo mientras que ella golpeaba la madera

gritando. Me abalancé sobre él para que soltara la mano del picaporte. Me

empujó con el codo izquierdo, pero ese gesto le restó fuerza para agarrar, de

manera que la abuela consiguió abrir.

—¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza! —gritó—. Llevas años haciendo el

zángano por aquí, comiendo de nosotras, bebiéndote nuestro sudor. Un vago,

un vicioso; lo sé todo —escupió—. Sí, todo.

—Cállate.

Le hice una seña hacia Marie-Louise.

—Me da igual, pienso contarlo todo. Que se largue de aquí, que trabaje, a

ver si lo perdemos de vista.

Lucien la agarró, la sacudió y la tiró en la cama. ¿La habría estrangulado?

Lo sujeté por detrás para obligarlo a girarse hacia mí en el momento en que la

tenía cogida por el cuello. Al soltarla, me empujó y se dirigió a la cocina

como una exhalación. Tuve miedo. Iba a salir y ¿qué haría por ahí? Corrí

hacia él para detenerlo. Me confundió con ella y me empujó. Fui a dar contra

la mesa. Entonces se acercó, me dio un par de bofetadas, lleno de odio; luego

agarró el hule —sobre el que todavía estaban los platos sin recoger— y tiró de él. Marie-Louise se marchó con él sin mirarme, con su hija en brazos. Al

ponerme de pie, aplasté un melocotón que había rodado bajo mis pies desde el

frutero hecho pedazos. ¿Qué pensarían los vecinos? Nos habíamos sentido tan

orgullosas de ser las únicas que no habían dado nunca un espectáculo…

—Pero ¿tú lo has visto? Me habría matado… Está hecho un mangante,

Élise.

—Ojalá la gente no haya oído nada.

Estuvimos una semana sin verlo. Una noche llegó acompañado de Henri,

lo que evitó cualquier explicación. Marie-Louise me devolvió algo de dinero.

«He pedido un anticipo». Con eso estaba dicho todo. Los periódicos volvieron

a circular por la cocina.

Henri nos anunció que se marchaba. Se iba tres años a París. Aquella

noticia me dejó pensativa. ¡Menuda revolución había traído a nuestras vidas

en tan pocos meses! Había abierto nuestras ventanas de par en par. Con él,

habían entrado en casa nombres, países, hombres; de pronto, Indochina

parecía tan cercana como las colinas de Verdelais. ¡Todos esos periódicos que

nos dejaba, de cuyos titulares me llenaba ahora la boca y que recitaba como si

se tratara de un hechizo! En noviembre, unos días antes de su partida, Henri

entró en casa sin aliento, con un periódico en la mano. Lanzó un nombre al

que no presté atención: se trataba de Argelia.

Huérfanos de su presencia durante los primeros días, acabamos

adaptándonos a la ausencia de Henri. Le escribía largo y tendido a Lucien,

que se enclaustraba diciendo: «Voy a contestar a Henri». Mi hermano fue

acercándose a mí. Pronto entendí el motivo: no le había pasado desapercibida

mi hostilidad hacia Marie-Louise. Esta se estaba convirtiendo en una

molestia, pues llenaba el hueco que yo había ocupado durante toda su

infancia. Y ella, que algo notaba, pero no conseguía adivinar el motivo, se

arrimaba a la abuela. Su vínculo era Marie. Eso sí, Lucien esperaba contar

con mi complicidad a cambio del cariño recuperado.

Durante aquel curso escolar, empezaba el turno a las cuatro de la tarde y

había conseguido dos clases los jueves. A veces me avergonzaba de mi

victoria cuando me llamaba a su santuario, al que solo entraba con su

permiso.

Marie-Louise me seguía. Él ni la veía. Me hablaba, leía algún artículo, lo

comentaba: lo que es el racismo en el norte de África, hasta dónde llega…,

pero algunas formas de tortura no dejan marcas, es una vergüenza.

—¿Qué torturas son esas?

—Venga, Marie-Louise, no me interrumpas.

Y me lo explicaba a mí, sin mirarla siquiera. Sacaba una carta de Henri y

me leía unos cuantos pasajes. Yo me fijaba en su mesa, en la que una pila de

libros que Henri le había prestado antes de marcharse ponía una nota de color

que me fascinaba.

—La guerra… Hay que hacer algo.

—Esto no es París precisamente. Conozco muy bien a gente como

nosotros, al margen de los acontecimientos…

Lucien decía nosotros: él y yo.

—Ven, que voy a presentarte a una compañera. Se llama Anna. Ha estado

inscrita en distintos movimientos. Ahora milita menos, está demasiado

ocupada. Pero ¿qué te pasa?, ¿por qué me miras tan fijamente? ¡Te has puesto

como un tomate!

—Nada —dije simplemente.

No me atreví a seguir hablando, me habría echado a temblar.

 

Estoy sentada frente a mi hermano. El bar se llama 0 20 100 0. Al abrirse la

puerta, una neblina fría nos hiela las piernas. Voy a ver a Anna. Tengo miedo.

Sin conocerla, se ha convertido en un ser colosal, fantástico.

Ha entrado alguien que, de manera inesperada, se planta delante de

nuestra mesa. Lucien no se levanta; soy yo la que me pongo de pie sin mirar a

la persona que está ante mí. Empujo la silla hacia atrás, lo que me lleva unos

segundos. Veo unos pies con zapatos de tacón deformados. Doblo el

periódico en ocho, y eso supone unos segundos más. Tendré que levantar la

cabeza, qué menos. Me mira fijamente. Sin sorpresas: tengo ante mí una

imagen normal y corriente. Desenrosca una inmensa pañoleta blanca que le

cubre la cabeza, al estilo sahariano. Lleva el cabello, largo y moreno, metido

por el cuello de un abrigo o de una chaqueta, no distingo bien. Se lo ahueca

con los dedos. Sobre la frente le cae un flequillo cortado de manera irregular.

Por lo demás, tiene la cara estrecha, pálida. Lucien ha pedido tres cafés. Me

ha dedicado una frase amable; eso sí que lo he escuchado. Guardo un

recuerdo confuso de la conversación. Me pierdo en mis razonamientos y no

soy capaz de seguir el hilo de lo que dicen. Me irrita su voz susurrante. Juega

con su pelo, y yo me pregunto si me quedaría bien llevar el mío suelto. Digo

que sí a todo. Lucien le ofrece un cigarrillo y le enseña una viñeta del Canard

enchaîné que ha sacado del bolsillo. Ella ríe y me mira. Ya me he

acostumbrado a su rostro enjuto. Voy viéndole el encanto. Sus ojos, marrón

claro, son grandes y bonitos. ¿Cómo puede tener unas pestañas tan negras y largas? Viéndola de perfil, caigo en la cuenta, por su rigidez, de que están

recubiertas de un espeso rímel.

Marie-Louise es más guapa que ella debido a sus armónicas facciones, a

su tez, a la forma de su boca. Anna tiene que valerse continuamente de su cara

para lograr cierta belleza. Se ilumina como una lámpara y aparece su lado

atractivo. La delgadez no le sienta mal. Tiene pelo de ahogada, que diría la

abuela. Pero su cuerpo filiforme posee el embrujo de la hierba mojada. Hay

una especie de magia, un no sé qué misterioso en ese encanto que se suma al

resto de atributos: un cuerpo frágil, unas muñecas infantiles, un busto plano,

un rostro pálido y serio. Una de esas caras de las que no se desconfía. Anna

lleva un suéter negro, una falda gris, un chaquetón de paño negro con

bolsillos grandes. Nos levantamos. Ella se recoloca su larga pañoleta. Lucien

me pide disculpas. Tiene que volver a Saint-Nicolas; Anna va en la misma

dirección, ¿verdad? Me marcho sola.

 

«Verás, un día empezará la vida de verdad —solía decir él—. Lo fundamental

es llegar a ella intacto».

¿Qué es la vida de verdad? ¿Más ajetreo? ¿Una galería de retratos

humanos más poblada a nuestro alrededor? ¿Qué cambiaría eso? ¿En qué

notaríamos que la vida de verdad había comenzado?

 

—¿Por qué no es usted como las demás? —se lamentaba Marie-Louise.

Resultó que un viernes llegó acompañada de dos mujeres. Se había

mareado delante de su máquina. Cuando Lucien regresó, encontró a su mujer

acostada. Yo le hacía compañía mientras aguardábamos al doctor. Lucien le

dio unos golpecitos en la mano y ella se echó a llorar. Él se puso a hacerle

preguntas sin poder disimular delante de mí un brillo en la mirada que yo

conocía bien y que me dejó helada: la esperanza de que ella muriera se había

apoderado de él.

El médico vino muy tarde; le pidió unas pruebas y unos análisis. Su

diagnóstico fue que Marie-Louise estaba muy débil y nos aconsejó que no

perdiéramos tiempo. Mientras colocaba las cosas en su maletín, hice un aparte

con Lucien.

—¿Tienes dinero?

—No. ¿Y tú?

—Poca cosa. Hay que dejar algo para la receta. ¿No tienes siquiera

quinientos francos?

—Ni uno.

Muerta de vergüenza, tuve que pedirle disculpas al médico, una letanía de

sobra conocida. Le pagaríamos en la próxima visita.

Lucien tenía mil francos. Yo lo sabía. Sin querer, los había sacado del

bolsillo junto con el pañuelo aquella misma mañana. Volví a la carga, pero él

siguió fingiendo que no tenía dinero.

Aquella enfermedad lo incomodaba. Se encargó de convertir esa

temporada en un verdadero infierno para Marie-Louise. Sin embargo, en

cuanto ella volvió a la fábrica de galletas, recayó.

—Pero ¿qué tendrá? Élise, ¿crees que se curará?

La abuela, dividida entre su bondad natural y sus cálculos, se agobiaba, se

volvía loca, preparaba postres nutritivos para Marie-Louise, ponía cirios en la

iglesia, me arrinconaba detrás de la puerta para hacer juntas balance de todos

aquellos esfuerzos; pero, al resultar estos infructuosos, iba dejando que se

abriera paso en su interior un injusto rencor contra la mujer de Lucien.

Marie-Louise acabó cediendo a las presiones de mi hermano, a las mías, a

las de la abuela. Aceptó marcharse. La admitieron con su hija en la casa de

reposo de Cestas para un período de tres meses. Se asustó, creo yo, cuando se

vio la piel violeta y amarilla alrededor de los ojos. Estando descansada —por

lo tanto, guapa, como decían las revistas—, podría reavivar el deseo en

Lucien.

—Y no te costará ni un franco —apostillaba la abuela.

A ella eso le parecía un mérito.

 

Qué extraña impresión volver a ser tres, como antaño.

Lucien se mostraba casi tierno conmigo. En fin, todo lo tierno que podía

ser con alguien a quien no quería. Yo hacía las veces de intermediaria entre la

abuela y él, que habían dejado de hablarse. Ella estaba muy abatida. Tenía

que soportar la hostilidad de los de enfrente, que iban pregonando a quien

quisiera escucharlos que Lucien estaba matando a su hija. Y tenía que

aguantar nuestras conversaciones durante las comidas cuando Lucien estaba

en casa, aunque la política y la guerra no le interesaban. Echaba de menos a

Marie. Decía que yo me había «pasado al bando de Lucien». Cuando bajaba a

la calle, se imaginaba que la gente se giraba a su paso y murmuraba sobre

nosotros.

El invierno vino frío. El alféizar de las ventanas se cubrió de escarcha. Al

caer la noche, la abuela se pasaba por el puesto de un verdulero que tiraba las

cajas vacías delante de la entrada. Traía varias, y con ellas hacíamos una

buena fogata después de cenar. Una noche en que había placas de hielo, se

cayó y hubo que hospitalizarla por culpa de tres fracturas. La gente nos

miraba de forma extraña. «Caen como moscas —decían a nuestras espaldas

—. Están gafados».

Lucien y yo nunca habíamos estados solos. Y no lo estuvimos durante

mucho tiempo: dos días después del accidente de la abuela, Anna hizo su

entrada triunfal. Examinó las tres habitaciones; le gustó mucho la de Lucien,

y este, sin poner en duda mi neutralidad, me cerró de nuevo la puerta en las

narices. Así pues, cada noche volví a encontrarme sola en la cocina mientras

ellos cuchicheaban allí al lado.

Las visitas en el hospital empezaban a la una. Yo llegaba a la hora en

punto y me quedaba hasta las tres animando a la abuela, que lloraba porque

quería marcharse. Luego regresaba a casa; Anna llegaba, se iba a las siete,

bastante después de Lucien, de manera que los vecinos cotillas creyeran que

venía a verme a mí.

Pero, un buen día, se quedó también a pasar la noche. Hacía dos semanas

que yo iba al hospital a diario. Aquel día fui por donde Puesh, que me pasaba

manuscritos, y después volví a casa. ¿Ya estaba allí Anna? ¿Cómo pasaba el

tiempo cuando no estaba con Lucien? ¿Había personas sin un oficio concreto

que podían acudir a citas, deambular o hacer el amor en medio de la gran

colmena en que se deslomaba el resto?

Me llegaron sus voces desde el primer piso. Probablemente estaban

discutiendo. Subí las últimas escaleras a la carrera. Anna estaba de espaldas a

Lucien y, con una mano, se apoyaba en la puerta de la habitación mientras

que, con la otra, se calzaba los zapatos. Llevaba la falda colgando.

Lucien estaba hablando. No me oyeron llegar.

—Me he arriesgado por ti: te he traído aquí, me las he apañado para

conseguir que mi mujer se largara y le he hecho la vida imposible. ¿Y ahora

qué quieres que hagamos? Hemos ido todo lo lejos que podíamos.

Vayámonos a París. Me iré yo primero; tú puedes esperarme aquí, en mi casa,

si quieres…

—Escúchame, Lucien, hemos dicho siempre que nos marcharíamos

juntos. Ahora no te atreves a admitirlo, pero lo que te apetece es irte solo y

reunirte con tu amigo. Te marcharás y no volveré a tener noticias tuyas, así

que vale, me largo, pero sola, y no pienso decirte adónde. Así serás tú quien sufra en su propia carne el daño que me estás haciendo. Me marcho, sí, pero

antes déjame darte una noticia, nada importante, por supuesto: estoy

esperando un niño. Lo sé desde hace tres semanas.

—¿Cómo? Eso no es verdad…

Se alejó de la ventana y se plantó delante de él. Estaba llorando.

—¿Que no es verdad? Me conoces perfectamente, me ves desnuda todos

los días… Mira.

Lucien había ido hacia la puerta. Apoyándose ahora en la mesa, ella se

bajó la falda, se levantó el suéter. No llevaba combinación, y su vientre quedó

a la vista. De lejos, apenas parecía hinchado.

—Fíjate bien —repitió ella varias veces, con la voz ahogada en lágrimas

—. ¿Ves esto? Esta pequeña protuberancia es un niño: es tu hijo. Fíjate bien,

es la primera vez que lo ves, pero también es la última. Esto es lo único que

verás de él.

Se recolocó la falda sorbiéndose las lágrimas. Temblaba, no era capaz de

abotonarse la cinturilla. Se echó una pañoleta sobre la cabeza, se puso la

chaqueta y cogió los zapatos. La escuché gemir y respirar fuerte. Corrió hacia

la puerta y desapareció escaleras abajo. Lucien se metió en su habitación, y yo

salí del rincón en el que me había escondido. Me invadió una violenta

sensación de rechazo. Lo colonizaban todo. En cuanto habían hecho el amor

en un lugar, se sentían como en casa. Al igual que la abuela, yo necesitaba dar

imagen de respeto, de consideración. «Se marcha —me dije—. Anna lo

acompaña o no lo acompaña, tiene o no tiene un niño, se enfadan o no se

enfadan. En tres meses, cuando Marie-Louise regrese, habrá que tomar una

decisión. Pero él se marcha. Se acabó el seguir hurgando en la herida abierta.

Con valentía, saldré adelante. ¿Acaso no he estado siempre sola? Será menos

horrible que un escándalo, algo aquí no tardaría en estallar, sin duda. Lo que

pase en la distancia ya no tendrá que ver conmigo».

 

Todavía quedaba un poco de nieve gris alrededor del portón de Les Glycines,

la casa de convalecencia de Cestas, cuando llegamos allí. Marie-Louise nos

recibió entre grititos de gozo. Su recuperación no progresaba, aún tenía la

cara amarilla y malva. Le reprochó a Lucien que no le escribiera. Él cerró los

ojos durante unos segundos, sin responder. Nos trajeron a Marie, a quien sí le

había sentado bien la estancia. Lucien no sabía qué decir. Repetía

constantemente las mismas preguntas sobre la alimentación, los cuidados, el

horario. A continuación, habló largo y tendido sobre los acontecimientos políticos que le preocupaban, sobre la mentalidad racista, que crecía

exponencialmente. Pero Marie-Louise no se esforzó durante mucho rato en

escucharlo.

—Tengo todavía para cuarenta y un días. ¿Vendrás a buscarme cuando

salga?

Lucien no respondió. Me sentí cómplice de una especie de crimen

silencioso que estaba a punto de cometer. Me vi en un aprieto, así que la cubrí

de preguntas amables para que tras nuestra visita se quedara con la impresión

de que la queríamos. La estancia en la que nos encontrábamos se parecía al

locutorio de un internado. Marie se había sentado en el suelo de baldosas y

jugaba con una muñeca que su padre le había llevado.

—Me preocupa vuestra yaya —dijo Marie-Louise—. ¿Por qué no me has

avisado del accidente? Le habría escrito, a ella le habría gustado.

Lucien hizo una mueca de escepticismo y dijo en voz baja:

—No es el momento oportuno.

Jugueteaba con la muñeca de Marie y le daba vueltas a la pulserita de

cadena que lucía en ella, algo que, de repente, me dio una idea. La abuela

había guardado sus tesoros en un cajón de nuestro ropero: la alianza y el reloj

de su marido, un anillo, dos alfileres de oro, los pendientes de nuestra madre.

¿Estaría dispuesta a empeñarlos para permitirle a Lucien marcharse a París?

Me daba que no.

—Me tienes marginada —se quejaba Marie-Louise.

Temiendo que me tomaran por testigo de una u otra parte, me alejé hacia

la ventana.

—Ve a dárselo a Élise —dijo Lucien entregándole a su hija el periódico

que llevaba.

Quería que me acercara a ellos. Marie-Louise se dio cuenta y se quedó

unos segundos sin decir nada. Los rasgos armoniosos de su rostro se habían

contraído, estaba conteniéndose para no lloriquear. Luego movió el brazo

hacia Lucien, queriendo apoyarse en él. Él dio un respingo y retrocedió

bruscamente. Al hacer un movimiento para incorporarse, ella soltó un

gemido.

—Ni una lágrima, o me largo —dijo él con dureza.

Ella lo miró, pero él apartó la mirada.

—Lucien, yo también soy tu Argelia —le dijo con voz melosa.

Él se encogió de hombros, pero no contestó nada.

Aquella comparación, que le había venido a la boca sin pensar, violentó a

Lucien. A mí también. Cada uno guardó para sí aquella frasecita, la última que Marie-Louise le diría a mi hermano.

 

Cogí las joyas, las empeñé y saqué veinticinco mil francos, que le entregué a

Lucien la víspera de su partida.

Me dio las gracias, asegurándome que algún día me los devolvería. Le

pedí que me escribiera a menudo y, en contra de lo que me había propuesto,

me eché a llorar. Me pareció que se emocionaba. Dio varias vueltas por la

casa, despacio. A pesar del frío, abrió la ventana y contempló el árbol negro

perlado de témpanos de hielo. Le insistí en que comiera algo, aunque no

quiso. Se acostó temprano, ya que al día siguiente cogía el tren de las siete.

Me habría gustado acompañarlo, pero se negó, así que no pude saber si se

marchó solo.

Cuando se levantó, me encontró en la cocina. Su maleta estaba lista. No

podía creérmelo. Por supuesto, no le solté ninguna de las frases que había

preparado al calor de las mantas. ¿Era verdad que se iba? No, estaba jugando

a marcharse. Desharía su maleta: yo no podía quedarme sola. Qué más daba la

vida de verdad. ¿Acaso no estaba ya allí, en las fantasías recurrentes, en la

espera y en el ansia por ver mundo? Se puso la cazadora, se encendió un

cigarrillo, y a mí se me desbocó el corazón. Había llegado el momento. Me

dio un beso distraído; ya estaba en otra parte. No recurrió a ninguna de esas

expresiones que ayudan a cicatrizar las heridas abiertas, ni siquiera para

darme ánimos. Pero, al abrir la puerta, le toqué la ropa y me guiñó un ojo

mientras echaba un vistazo alrededor. Esos últimos segundos se prolongaron,

se dilataron, se encogieron, la puerta volvió a cerrarse. Sus pasos se

ralentizaban en las vueltas de la escalera. Aún me quedaba la ventana. Corrí

hacia allí; aparecía justo en ese momento, tenía treinta metros de margen

antes de que doblara la esquina de la calle. ¿Se giraría? Algunos hombres

salían como hormigas de las casas sumidas en la oscuridad. Uno de ellos me

tapó a Lucien. Se había marchado. Di vueltas por la cocina, me acosté otra

vez, volví a levantarme, me senté en la cama, abrí sus cajones vacíos. No

empecé a sentir el dolor hasta más tarde, al romper el día, que alargaba las

esquinas, les devolvía a las paredes sus verdaderas dimensiones e iluminaba

sin piedad el vacío a mi alrededor. No fui al hospital. Ese día me quedé

enclaustrada en el recuerdo de mi hermano.

Lo pasé muy mal durante mucho tiempo, hasta que llegó la primera carta.

Escribió a los veinte días de marcharse: seis líneas escuetas, sin entrar en

detalles, para informarme de que se encontraba bien de salud, de ánimo, y a

qué se dedicaba.

Tenía pendientes dos tareas desagradables: avisar a Marie-Louise, impedir

que fuera a su encuentro, calmarla, pedirle que tuviera paciencia. Para la

segunda, desempeñar las joyas de la abuela, no me quedaba otra que ahorrar y

privarme de cosas. ¿Y si no lo conseguía antes de que estuviera de vuelta?

¿Qué pasaría? Tenía mala conciencia y prefería que no se enterara de aquel

asunto. Ese temor me llevó a tomar una decisión que cambiaría por completo

mi futuro. Pensé que en tres meses reuniría el dinero necesario. Por lo tanto,

era imprescindible que ella siguiera en el hospital, tal como le habían

prescrito. No fue fácil. Lloró, me suplicó; le juré que solo se trataba de un

breve período de convalecencia y que ya estaba preparando su regreso. Me

insultó, amenazó con dejarse morir y acto seguido se sumió en un silencio

hostil.

Fui a ver a Marie-Louise y le anuncié la marcha de Lucien como si se

tratara de algo positivo: encontraría un trabajo; podría mantenerlas a ella y a

su hija. Ese argumento le daba lo mismo. Le pinté un panorama brillante para

mi hermano. Le mentí, le hablé de una ausencia de semanas. Acabó por

resignarse y me fui aliviada.

Trabajaba mucho, impulsada tanto por la euforia que me producía verme

haciéndolo como por la necesidad de entregarme a la embriaguez del

cansancio. Por la noche cenaba pronto y me acostaba temprano. Disfrutaba de

aquel momento en su plenitud. La jornada llegaba por fin a su ocaso. Tal vez

al día siguiente recibiera alguna carta. El sueño me liberaría durante unas

horas. La soledad nocturna no me resultaba dolorosa. Me sentía segura en

casa. Seguridad: me gustaba esa palabra y lo que representaba. Me gustaba su

sonoridad brusca: seguridad. Empezaba como sepultura. Sustituía la palabra

felicidad. La agradable sensación de notar que mi cuerpo entero se relajaba,

de bajar la luz, de abrir un libro… En instantes así, ¡qué más me daba mi

hermano!

Pasé un mes entero sin tener noticias suyas. Hay que ver la cantidad de

veces que pensé que me moría del vértigo que se apoderaba de mí al

encontrar el buzón vacío. Después Lucien me escribió unas cuartillas. Estaba

trabajando.

Me he visto en la necesidad material de aceptar un curro matador, pero tan estimulante… Voy a estar entre los auténticos combatientes, compartiendo la vida inhumana de los obreros de las fábricas. Entre bretones, argelinos, polacos exiliados

o españoles, entraré en contacto con la única realidad en movimiento. Y, cuando termine la jornada en la fábrica, volveré a mis papeles, a mis cuadernos, porque, mi querida Élise, voy a dar testimonio en nombre de aquellos que no pueden hacerlo.

 

A continuación, venían unas cuantas preguntas de obligada cortesía sobre el

estado de salud de la abuela, con una curiosa posdata:

 

En la pensión donde me hospedo ha quedado una habitación libre para una temporada. Si quieres aprovechar la ocasión, avísame lo antes posible y se lo diré al encargado. Podrías vivir en París durante unas semanas mientras la abuela no está.

Espero que aceptes, pues echo de menos a mi hermana.

 

Adiós a dormir, a comer, a trabajar. La tentación me asaltaba, las imágenes

que la acompañaban me perseguían por todas partes, en mi mente bullían

demasiados pensamientos: irme, vivir cerca de Lucien, París, la vida de

verdad, Lucien en la fábrica. Esta última perspectiva me entristecía, pero me

convencí de que si había tomado aquella decisión era, ante todo, para predicar

con el ejemplo.

¿Marcharme? Pero ¿cómo? ¿Quién iría a visitar a la abuela? Lucien

puntualizaba unas semanas. Después, ¿qué? ¿De qué iba a vivir allí? ¿Y qué

pasaría con las joyas, que casi tenía desempeñadas? Abrí la ventana y me

asomé a la calle. Unas mujeres se reían de los primeros pasos de un bebé

torpe. De la taberna de enfrente se escapaba la voz de un borracho cantando.

Unas chicas del estilo de Marie-Louise se metían con un chico. «Vivimos

como animales, solo nos espabilamos para defender los intereses de nuestro

gremio, de nuestro clan, ya seamos estibadores, empleados o empedradores.

Ahí no hay nada que hacer. Hay que buscar más allá». En eso pensaba cuando

una suave brisa se levantó desde el río. La noté en la cara y no supe

interpretar las razones de la repentina dicha que sentí. Iba a marcharme. Esa

misma noche, escribí a Lucien.

Aquel era un acontecimiento tan extraordinario que tardé una semana en

organizar mi partida. Con un tono firme y renovado, le notifiqué en la oficina

de Puesh que estaría ausente durante dos meses. Adecenté los tres cuartos,

espolvoreé los rodapiés con insecticida contra las cucarachas —que, por

supuesto, no tardarían en aparecer—, lavé y planché toda la ropa que tenía.

Sin embargo, no conseguí reunir el valor para anunciarle a la abuela que

pronto me marcharía. Le escribiría desde París, mentiría, qué más daba,

aduciría un repentino problema de salud de Lucien.

«Además, estaré de vuelta en dos meses», me dije, como una cobarde.

 

Me dio la risa al subir al tren. La gente se abría paso a toda velocidad por las carreteras, y yo cogía un tren por primera vez. Pero era el tren de la revancha.

La vida de verdad tenía que estar a punto de empezar.