Enterrad mi corazón en Wounded Knee
Prefacio
C uenta una vieja tradición que el intervalo medio entre el nacimiento de los padres y la llegada de su primer hijo es de 30 años. A eso llamamos generación. Hace treinta años, a principios de 1970, nació este libro. Así que ahora entra en su nueva generación.
Conforme termina la primera, resulta casi un cliché decir que ha habido enormes
cambios durante el tiempo transcurrido. Y sin embargo es cierto: los descendientes de
los viejos profetas tribales cuyas historias cuenta este libro han vivido importantes
transformaciones.
Durante la pasada generación, algunas reservas indias han prosperado; otras no.
Hoy en día hay —y seguramente así será siempre— desacuerdos entre las tribus
respecto a qué dirección deberían tomar sus gentes. A pesar de las numerosas
frustraciones personales y dificultades que experimentan los jóvenes en busca de la
verdad, ya no resulta extraño conocer a indios americanos que son abogados,
médicos, profesores de universidad, informáticos, artistas, escritores o profesionales
de cualquier otro ámbito. Sin embargo, en algunas reservas todavía son escasos los
lugares dignos donde vivir. Y la región de los Estados Unidos donde la pobreza es
mayor sigue siendo una reserva india.
A juzgar por las cartas que he recibido a lo largo de estos años, los lectores que
han dado vida a este libro proceden del casi centenar de grupos étnicos que
componen ese lugar único y asombroso que es Norteamérica. Aunque,
comparativamente, el número de indios americanos es pequeño, casi la totalidad de la
población norteamericana siente una fascinación genuina por su historia, sus artes y
su literatura, su forma de vivir la naturaleza y su filosofía vital.
Este amplio interés traspasa las fronteras del continente y llega a otros pueblos y
otras culturas. Si pensamos en cualquier nación, por pequeña que sea, cuyas personas
posean un pasado de injusticias y opresión, encontraremos que este libro ha sido
publicado allí.
Rara vez llegamos a conocer el verdadero poder de la palabra, ya sea hablada o
escrita. Mi esperanza es que el tiempo no haya debilitado las palabras que vienen a
continuación y que sigan siendo, para generaciones futuras, tan verdaderas y directas
como quise que fueran cuando las escribí.
DEE BROWN, 2000