Entre (a) mar y (a) mar.TE
1. Billete de ida
2021
VEGA
Extraña en mi propio cuerpo.
Un ligero hormigueo me recorre la yema del dedo índice, es una sensación tan rara que me bloquea la mente durante un número ilimitado de segundos. Los recuerdos dormidos se despiertan antes de completar el último paso, azotando la sensibilidad de mi piel y de algo más intangible. No dudo, bueno, quizá sí que vacilo un poco hasta que, por fin, pulso la tecla definitiva.
Vaya, es increíble que hayan pasado casi diez años desde la última vez que hice esta misma operación: comprar un billete de avión para viajar a idéntico destino — uno que jamás creí que volvería a pisar —. Aunque, en aquella ocasión, lo que se cocía en mi interior era completamente distinto.
—Buenos días, me muero por un café. — Esa es la voz de Bruno, que se acaba de levantar de mi cama.
La noche no se nos dio mal, nada mal. Y eso que es solo la tercera vez que nos acostamos y la primera que dormimos juntos. En realidad, no sé si las pocas horas que hemos pasado sobre el colchón se considerarán dormir. Lo que me ha quedado bastante claro es que, tanto en el sexo como en la vida, lo mejor es olvidarse de las expectativas. No obstante, por muy satisfactoria que haya sido la velada, no estoy acostumbrada a compartir horas de sueño con nadie y, además, hace años que no se me pegan las sábanas, ni tan siquiera los domingos.
—En el segundo armario de la derecha están las cápsulas — le respondo —. Por cierto, a mí no me hagas, prefiero té.
Me levanto de la mesa del salón, que también es mi escritorio, y llego a la cocina. Tener todo al alcance de la mano es solo una de las ventajas que tiene mi apartamento de cuarenta metros cuadrados al lado de la plaza de Santa Ana.
Bruno está descalzo, pero ya se ha vestido; vaquero y camisa de rayas, blancas y azules, un atuendo un poco agobiante para finales de agosto en Madrid. Por cierto, nada que ver con el mío, que me he plantado una camiseta blanca de tirantes, bastante dada de sí, y unas bragas negras que he sacado del cajón antes de abandonar mi habitación.
No tenía planeado que se quedara a dormir, aunque, como se suele decir: Una cosa llevó a la otra. Y, ahora, compartiremos desayuno tardío, porque echarle con cualquier excusa pobre sería bastante cruel hasta para mí. Me mira de arriba abajo cuando llego a su lado y sonríe de medio lado, con una expresión que no sé descifrar, será la falta de costumbre. Se inclina para pegar su boca a mis labios en lo que supongo que es su forma de darme los buenos días; afortunadamente, solo se queda en el intento, porque las muestras de cariño tan efusivas a estas horas de la mañana me repelen un poco. Como tengo cierta habilidad para el escapismo, en el último segundo, me giro y voy rauda y veloz a sacar la leche de la nevera.
Demasiada intimidad para mí, abogado.
Nos acomodamos en la minúscula barra y le ofrezco unas tostadas de pan de molde bastante insípidas para que acompañe su café.
Si me conociera un poco más, sabría que me gusta el silencio, sobre todo por las mañanas. Es lo que tiene vivir sola, no tienes que ser una borde con nadie al levantarte todos los días, pero Bruno no lo sabe, así que saca temas de conversación para captar mi interés. Primero, se lanza en busca de un aprobado por lo de anoche y, cuando se da cuenta de que no estoy muy por la labor de rememorar las mejores jugadas del partido, pasa a comentarme que quiere dejar de compartir piso; con lo que tampoco logra mi atención. Finalmente, opta por decirme todo lo que tiene que hacer mañana lunes en el despacho con mi prima Alicia, como si ella fuera la pieza que le sirve de comodín para arrancarme las palabras. Mantengo la calma sin soltar ningún improperio a pesar de que no estoy acostumbrada a compartir mañanas después del sexo y de que soy brutalmente sincera. Respiro y disfruto de mi infusión, sin prisa, mientras echo un vistazo a mi móvil que tiene un montón de notificaciones pendientes. No quiero ser una estúpida, lo que pasa es que mi cabeza ya está en modo viaje, a miles de kilómetros de aquí. Así que emito alguna interjección para que vea que sigo la conversación y continúo a lo mío.
—Será mejor que me vaya —me anuncia después de recoger las tazas.
—Está bien.
—Oye, Vega. —Uy, sí, esa soy yo —. Sé que te vas el martes y que no tienes una fecha prevista de vuelta, sin embargo, si te parece bien, me gustaría seguir llamándote y retomar esto cuando regreses. — Nos señala a los dos, como si dibujara en el aire una línea imaginaria.
—Bruno, como bien has dicho, no sé cuándo volveré, será mejor que no…
Ahora sí que me pilla desprevenida y su beso se come el final de mi frase. Sus labios se apoderan de los míos y envuelve con su lengua la mía. Bruno besa bien, con cadencia y pausa, sin pretensiones, por lo que no me aparto de golpe. Sin embargo, esa insinuación de que, aunque nos vayan a separar unos cuantos países durante los próximos meses, me esperará, o algo parecido, me genera el suficiente rechazo como para detenerlo.
Esto, como él lo ha pronunciado, es solo un tonteo que empezó hace más o menos un año. Bruno es compañero de bufete de mi prima y, una noche, el verano pasado, coincidimos con él y sus amigos en la inauguración de una terraza. No sé, las copas, las risas, las vacaciones… Me cayó bien desde el minuto uno. Incluso me resultó atractivo, para sorpresa de mi prima y mía porque no es para nada el prototipo de chico que me suele gustar; rubio con el pelo rapado, ojos claros, sin barba, estilo tirando a clásico y cara de niño bueno. Aun así, me gustó. Los meses fueron pasando y seguimos quedando de vez en cuando para ir al cine, a tomar unas cervezas o a cenar. Él no tenía ninguna prisa y a mí me resultó raro no acabar sin ropa en el segundo encuentro, sin embargo, entendí que no todos manejamos los mismos tiempos y me habitué a que marcara él el ritmo. Y así, sin grandes sobresaltos, hemos llegado hasta aquí.
—No quiero que me esperes, Bruno, no tienes ningún compromiso conmigo.
—Vamos, Vega, no te vas a quedar allí para siempre. Solo te digo que estaré aquí cuando vuelvas y que no quiero perder el contacto contigo. No te estoy pidiendo matrimonio.
Le saco la lengua haciéndole burla, sé que no se está refiriendo a eso.
—¡Uf, qué desilusión! —ironizo—. Ahora en serio. Puedes seguir haciendo tu vida y lo que te plazca, no tienes que rendirme cuentas.
—Tenemos un problema si después de un año no te has dado cuenta de que no soy el rey de los rollos de una noche. — Eleva las cejas y yo cabeceo.
Tiene razón, al menos conmigo no ha sido así. Nos despedimos en la puerta media hora después, sin promesas por mi parte y con una suya: Seguiré aquí.
Llamo a mi madre mientras saco la maleta de debajo de la cama y empiezo a guardar mi ropa, pongo el altavoz para no perder tiempo.
—Hola, cariño.
—Hola, mamá.
—Acabo de hablar con Damián, me ha dicho que te metas algo de abrigo, que allí el tiempo es muy cambiante.
—Gracias por recordármelo, había olvidado que allí no hay tiendas.
—¡Vaya! Mi hija usando el sarcasmo. ¡Qué novedad!
Sí, eso es un hecho, a veces debería morderme la lengua antes de soltar lo que pienso con tanta sorna, pero temo morirme con mi propio veneno si lo hago.
—¿Qué tal está Damián?
—Mal, Vega, está muy agobiado y cada día más triste. ¿Estás segura de lo que vas a hacer? — me pregunta por trillonésima vez. Supongo que, en el fondo, se siente un poco culpable por no ser ella la que viaje el martes a echar una mano a su hijo.
—Completamente, mamá. Tú no te preocupes.
Mi madre sigue contándome detalles sobre su próximo viaje a Canarias, el que le han organizado por su jubilación unas antiguas compañeras del hospital y, con su voz armoniosa de fondo como banda sonora, sigo a lo mío.
Cuando mi hermano me pidió ayuda, ambos estuvimos de acuerdo en dejar a nuestra madre al margen de la situación. Después de haber trabajado tan duro toda una vida, no podíamos consentir que perdiera la libertad y no disfrutara de su jubilación, como le ocurre, desafortunadamente, a miles de abuelos.
—Sabes que si necesitáis que vaya…
—Mamá —protesto ante su insistencia —, aunque no lo recuerdes, soy tu hija mayor.
Ella se ríe con ganas porque, aunque así lo corrobore mi fecha de nacimiento, mi madre siempre me ha considerado la niña pequeña de la casa. Nos despedimos cuando tengo la maleta casi lista y quedamos en hablar mañana otra vez.
Los siguientes minutos mi cerebro no para de devolverme imágenes de otra Vega en otra vida, por lo que decido meterme en la ducha para intentar desconectar.
Es una ciudad, Vega.
La misma ciudad.
Pienso de nuevo en mi hermano y en mi sobrina, mi familia, razón más que suficiente para no mirar atrás.
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