Espartaco, la rebelión de los esclavos

Espartaco, la rebelión de los esclavos Sobrecubierta

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Espartaco, la rebelión de

los esclavos

Max Gallo

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Para Arthur Koestler, por su Espartaco.

Como homenaje y recuerdo.

«Espartaco, un tracio de origen meda, tenía mucho valor y fuerza, pero su inteligencia y dulzura, sobre todo, lo elevaban por encima de su condición y lo hacían más griego de lo que ya era por nacimiento.»

Plutarco, Vidas paralelas, Craso, VIII, 3

Prólogo

Una noche del invierno del año 71 antes de Cristo En el extremo de Italia, en esa punta de tierra que un brazo de mar separa de Sicilia, ha caído una noche invernal.

Llueve. Nieva.

Aquí y allá arden grandes fogatas cuyas llamas azuladas inclina el viento.

Unos hombres caminan, armados. Otros permanecen en cuclillas, espalda contra espalda, y extienden sus manos por encima de las brasas.

Se oyen de cuando en cuando golpes sordos, voces aisladas, el áspero sonido de las trompetas.

Sobre una estrecha planicie dominada y protegida por un acantilado, dos troncos se consumen, uno encima de otro.

Cerca de esa fogata, un hombre, de pie, cruzado de brazos, dice:

–¡Yo, Espartaco, príncipe de los esclavos, voy a presentar batalla a las diez legiones romanas del procónsul Licinio Craso!

Lleva una capa de color púrpura ceñida al cuello por una cadena de oro.

Le cubre parte de los hombros y el torso embutido en un chaleco de cuero.

Le cae hasta las pantorrillas, cruzadas por correas de cuero atadas por encima de las rodillas que retienen unas sandalias de suela ancha. Las piernas están al desnudo, fuertes, como gruesas ramas sarmentosas. De su cinturón claveteado pende una espada corta.

Da un paso y se acerca aún más al fuego.

–Escúchame, Posidionos, y tú también, Jaír… -empieza.

Se ha inclinado hacia ambos hombres, que, sentados ante las llamas, la cabeza erguida, miran fijamente la silueta de Espartaco.

Se ve inmensa: un bloque que nada parece poder derribar.

–¡Volverás a vencer, Espartaco! – murmura una voz surgida de una cavidad del acantilado.

Una mujer medio oculta dentro de una piel de cordero, con su largo cabello rubio cayéndole sobre los hombros, se aproxima al hogar, se yergue

de repente, levantando los brazos por encima de la cabeza, arrojando su piel, dejando ver su cuerpo esbelto bajo una túnica de lino.

–He consultado a Dionisos. Te protege. Me escucha. He bailado para él.

Es hijo de Zeus, no lo olvides.

Brinca, se arrodilla, estrecha los muslos de Espartaco.

Él pone su mano sobre la cabeza de la joven, le acaricia el pelo.

–Apolonia -dice-, Dionisos ya no habla por tu boca, como antaño. Las palabras que pronuncias sólo proceden de tu garganta y de tu vientre.

Se vuelve hacia la noche sacudida por el viento.

–¿Oís lo que yo…? – murmura.

Desde tierra adentro de esta península llamada Brucio se oye un sordo redoble de tambores, trompetazos, chirridos, voces.

–Ahí está Licinio Craso con sus legiones -prosigue Espartaco-. Ha mandado levantar una empalizada, cavar un foso. Nos encierra, nos acorrala. Así se caza a las fieras y se apresa a los grandes atunes. Luego se los masacra y la tierra o el mar enrojecen. Eso es lo que nos tiene preparado Licinio Craso. La gloria de vencernos es su único deseo. Ya posee todas las riquezas. Tiene la mayor fortuna de Roma, y el Senado le ha entregado todos los poderes. Pero le falta haber llevado a las legiones a la victoria.

Somos su presa. Con nuestra sangre teñirá su capa y, así vestido de púrpura, triunfará en Roma.

Mira a Posidionos, luego a Jaír y añade con voz sorda:

–Lo sabéis, así actúan los romanos. Ningún pueblo, ni el númida, ni el griego, ni el judío, ni el tracio debe seguir siendo libre. Somos esclavos.

Hemos desafiado a Roma. No puede dejarnos vivir. ¿Qué contestas a eso, Apolonia?

Ella aparta los brazos, permanece de rodillas ante Espartaco.

–Recuerda, Apolonia -prosigue-. Era no lejos del mercado de esclavos de Roma, en aquella sala sombría del barrio de Velabre donde nos tenían aparcados, trabados. Al día siguiente debíamos desplazarnos a Capua, al ludus de los gladiadores. Eramos una veintena de hombres observándonos, destinados a luchar en la misma arena, unos contra otros, o frente a fieras.

Ninguno de ellos podía conocer su destino. Cada cual temía la suerte que imaginaba para otro. ¿Me degollará este galo? ¿Mataré a este númida, o el dueño del ludus, el lanista, me soltará sus tigres, sus osos, sus leones, o varios gladiadores, ese germano y ese dacio? Aquella noche tuve un sueño.