Género de violencia

David Orange · Capítulo 1 de 49

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Género de violencia

Capítulo 1

YO SOLO QUERÍA DARLE UN BESO

Se supone que un hogar debe ser un lugar en el que sentirse seguro, o querido, o respetado, o simplemente un lugar al que a uno siempre le apetezca regresar después de haber estado ahí fuera, en ese mundo exterior que seguirá girando hagamos lo que hagamos.

Al menos eso es lo que pensaba Diego, o eso es lo que había escuchado que se tenía que pensar, pero lo cierto es que si hubiera podido escoger una palabra para definir el hogar en el que él creció no habría dudado ni un solo instante. Violencia.

Después de todo a uno no suele gustarle que lo traten como a un enfermo mental, solo por no ser como los demás, o que no te dirijan la palabra, como si fueses un fantasma, inexistente, o que cuando lo hagan lo normal es que sea a gritos. Cuando alguien te dice que eres un hijo de puta es razonable que uno se lo pueda tomar a mal, aunque claro, también depende de quién sea ese alguien, o de si te lo dice con cariño o en lugar de romperte un jarrón en la cabeza.

Lo que más temía en la vida Diego, por encima de cualquier enfermedad o de cualquier tipo de dolor y sufrimiento físico imaginable, era quedarse solo, solo con sus padres. Desde pequeño había mostrado una gran propensión al aislamiento social, para él la reclusión no era un castigo, era una liberación, no cabía duda de que con quien más a gusto se encontraba, con quien más disfrutaba y mejores momentos pasaba, en contra de los deseos de su madre, que siempre se había opuesto a tal elección, era consigo mismo.

Precisamente, casualidades de la vida, esa fue la razón que lo llevó a conocer a los trece años a su gran primer amor, la doctora Rueda, una joven de piel tostada y rasgos orientales licenciada en psicología y especializada en psicología de la personalidad.

Un lluvioso día de Noviembre al salir de clase, su madre, Mercedes, que lo esperaba en el interior del coche con el rostro más sombrío que había visto en su vida, y después de permanecer durante unos segundos en el silencio más sepulcral, alzó la mirada a cámara lenta y dijo algo así como:

—Diego, tenemos que hablar. —Mal rollo, pensó Diego.

—Claro mamá, ¿y de qué quieres que hablemos?

—Diego, hijo, hoy vas a conocer a la doctora Rueda, es experta en psicología de la personalidad, dentro de poco empezarás el instituto y ella… en fin, estará encantada de poder ayudarte.

—¿Ayudarme a qué mamá? —preguntó como si tal cosa.

—A ser como los demás hijo mío, a ser como los demás…

Diego nunca pensó que pasar tanto tiempo consigo mismo tuviera algo de malo, todo lo contrario, eso fue lo que le salvó, aunque su madre primero, y la doctora Rueda después, no pensaban exactamente lo mismo. Las sesiones con la joven doctora consistían básicamente en lo que suele decirse hablar por hablar, o hablar por no callar, o eso pensaba Diego, o eso recordaba, porque a una edad en la que la memoria puede comportarse de forma especialmente caprichosa a veces uno recuerda solo algunas partes de su vida, fuera de contexto, algunos trozos, inconexos, de algún día, incluso algunas veces, cosas que no han sucedido en realidad, o como propio lo que le ha pasado a otro, o al revés, que pensemos que lo que en realidad pasó, no tuviera nada que ver con nosotros, sino con otra persona. Tampoco es tan raro que un niño hable de sí mismo en tercera persona, que la confunda con la primera, o con la segunda, incluso el plural con el singular.

Normalmente la doctora Rueda le preguntaba a Diego cosas como:

—¿Qué sientes cuando estás con tus compañeros de clase? —A lo que Diego respondía de forma muy solemne algo así como:

—Aburrimiento. Distancia. Miedo.

Otra de las preguntas que la joven doctora solía realizar de forma desinteresada y en medio de una bonita sonrisa y que Diego la recibía como un insidioso déjà vu era la siguiente:

—Diego, ¿qué piensas cuando alguien se mete contigo en el colegio?

—No lo sé. ¿Qué se supone que tendría que sentir? —dijo Diego con los ojos tan abiertos como los de una lechuza recién levantada.

Y entonces en la cara de la doctora Rueda se dibujaba esa amplia y resplandeciente sonrisa de comprensión y dulzura que tanto adoraba Diego. Porque si había algo que nadie, nunca, bajo ningún concepto, pudiera reprochar a la doctora Rueda, es que realmente sabía sonreír. Era un auténtico y verdadero don, al menos a ojos de alguien como Diego, que lo más parecido que había visto a una sonrisa en su casa era la terrorífica mueca que se le dibujaba a su madre en la cara justo antes de estallar en un chaparrón de gritos. La doctora Rueda siempre sonreía, fuera cual fuera la respuesta que Diego le diera, al empezar y al acabar las sesiones, de forma desinteresada en medio de una conversación cualquiera, incluso cuando no la veía, y solo la imaginaba, en su cabeza, por la noche, ya en casa, la doctora sonreía.

Él no tenía ni idea de casi nada, confundía los términos, los sentimientos, no distinguía por ejemplo la diferencia entre querer y ser querido (a lo mejor eso tampoco era tan raro), por eso pensó que lo que sentía por la doctora Rueda era eso que llamaban amor, y estaba seguro que ella debía de sentir algo parecido, ¿por qué si no iba a sonreírle de esa manera? A él, que nunca lo habían invitado a un cumpleaños, ni levantado en brazos o elegido en el equipo de fútbol del colegio a la hora del recreo, mucho menos comprado los juguetes que pedía en Navidad, parecía que su madre estuviera esperando que escribiera la carta a los reyes magos para comprar cualquier cosa que no estuviese en ella.

Pero si alguna duda planeaba sobre su cabeza acerca de si la doctora Rueda sentía, de forma recíproca, lo mismo que él, se disipó una tarde de Enero cuando le preguntó:

—Diego, ¿qué sientes cuando estás con una chica? ¿Has pensado alguna vez en tener novia?

El tiempo se detuvo por un instante, en su cabeza, fueron tan solo unos segundos, aunque a él le pareció que fueron tan largos como todo un milenio, su frecuencia cardíaca, desatada, daba pataditas en las paredes internas de su pecho como un bebé en el vientre materno, sus pupilas, prácticamente desaparecieron, su sistema nervioso vegetativo se rompió en mil pedazos dejándolo momentáneamente incapaz para el habla, la respiración y para cualquier forma de comunicación conocida por el ser humano. Recuperado del shock hipervolémico inicial, tan solo acertó a tartamudear:

—Nada me haría más feliz.

Y se lanzó enfervorizado rumbo a los carnosos y enrojecidos labios de la doctora Rueda.

Ese fue el último día que su madre lo llevó a esa consulta.

Mercedes trató de explicarle que las personas normales no hacían eso, que eso era de pervertidos, que debía aprender a comportarse, a saber trazar la raya que separa el bien del mal y a no cruzarla jamás.

—Diego, hijo mío, soy tu madre, sabes que te quiero más que a mi propia vida, pero tienes que entender que si no te relacionas como los demás, si no aprendes a comportarte como una persona normal, algún día, te quedarás solo, y eso, hijo mío, es lo más terrible que le puede pasar a una persona. ¿Lo entiendes hijo? ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

—Sí mamá, lo entiendo —dijo eso porque era lo que tenía que decir para salir de aquella.

—Pues entonces empieza a comportarte como un hombre, de aquí poco empezarás el instituto (otra vez con lo mismo), y si no quieres ser un marginado y que todos se rían de ti, tendrás que aplicarte con todas tus fuerzas a partir de ya y hacerte algún amigo, como sea, y que no se te ocurra ponerle la mano encima a nadie porque te mato, ¿te ha quedado claro?

—Vale mamá, lo intentaré.

 

®

LOS JUGUETES

Las campañas publicitarias prenavideñas solían distinguirse por bombardear los hogares con anuncios de juguetes de todo tipo, a cualquier hora, en ráfagas de seis o siete, normalmente se diferenciaban con claridad aquellos que estaban destinados a un niño de los que estaban destinados a una niña. La mayoría de niños y niñas que salían eran rubios, exactamente igual que la minoría de nuestros pequeños, su tez era perfecta, sus facciones eran cánones de belleza. Las niñas rebosaban felicidad vistiendo y desvistiendo a una muñeca también rubia de medidas esqueléticas pero perfectas. Los niños montaban y desmontaban piezas de algún juego de construcción, también aparecían vestidos de indios o de vaqueros mientras jugaban a hacer la guerra con un montón de muñequitos de plástico. La mayoría de veces esos anuncios terminaban con un abrazo entre padre e hijo, o entre madre e hija. Es posible que algunos padres maldijeran la llegada de la televisión, o que desearan que sus hijos no desearan algo que no podían permitirse, es posible que algún padre confundiera el amor paternal con comprar todo lo que a su hijo se le metiera entre ceja y ceja, a lo mejor, más de un niño o de una niña pudo pensar que la felicidad se escondía en cada uno de esos juguetes y que esos juguetes estaban hechos a imagen y semejanza de la felicidad.

®

Algunos años después, Diego seguiría recordando las duras palabras de su madre, el pánico en los ojos de la doctora Rueda cuando colisionó con sus labios, el yugo en la mirada de su padre, Ramón, que siempre lo miraba con la misma indiferencia que se pueda mirar a una piedra cualquiera.

A Diego le costó horrores entender a su padre, o mejor dicho, tratar de entenderlo, porque nadie podrá decir que no lo intentó, durante algún tiempo al menos. Era difícil entender a Ramón, porque si había un hombre de pocas palabras, ese era él, tan poco comunicativo como un teléfono desconectado. Los recuerdos que tenía de su padre se limitaban a imágenes estáticas en las que siempre aparecía con la misma pose, ahí, sentado, en la mesa de la cocina a la hora de las comidas, en el sofá de casa mirando el televisor como si lo único que importara en la vida fuese lo que tuviera que decir esa caja y la vida real no le importase en absoluto, en la barra del bar de la esquina, o incluso en la taza del váter en más de una ocasión también. Con esa mirada reptiliana de absoluto vacío, que hacían pensar que en la mente de la figura paterna no pasaba absolutamente nada, o en cualquier caso, por alguna razón, en algún tramo de su sistema nervioso, no se producían las conexiones necesarias para que se obrara el milagro de la comunicación entre el mundo interior y el exterior.

De hecho, Diego, siempre que recordaba cualquier momento de su infancia o de alguna otra etapa de su vida, no podía recuperar de su memoria casi ninguna situación en la que su padre articulara palabra alguna, sobre todo estando él presente. Tan solo esos ojos claros y mióticos mirándolo fijamente, si acaso un omnipresente sonido acompañaba de forma inseparable el recuerdo de la presencia de su padre, el inconfundible clac que se escuchaba cada vez que abría una lata de cerveza, que rara era la vez que no tenía una abrazada con su mano derecha. A Ramón, el revolucionario sistema de apertura de latas conocido como stay-tab en el que al tirar de la anilla de aluminio no te la llevabas detrás si no que se quedaba sujeta en la parte interior de la lata le dio la impresión de ser el mejor invento del mundo, parecía que cada vez que abría una cerveza se quedara pensando unos segundos en que el hecho de que la anilla no se hubiera desprendido del envase era mérito suyo, que a los demás esa maniobra les costaba como mínimo un pequeño corte en un dedo.

Tenía una habilidad especial para sorprender una y otra vez con un nuevo, identificable e inesperado clac, como si tal cosa, sin que nadie se hubiera percatado de su viaje de ida y vuelta a por una nueva ración de cebada. Quizá esa era su forma de comunicarse con el mundo, como si de un código Morse de la era moderna se tratase, aunque de todas formas, de haber sido así, viniendo de Ramón, no hubiera dejado de ser una forma de comunicación monosilábica.

Diego llegó a pensar en más de una ocasión, la primera vez, después de su primera gran borrachera, con 17 años, mientras todo a su alrededor daba vueltas, y poco tiempo después de terminar de ver la aclamada serie de televisión Twin Peaks, que su padre no existía realmente, que no era más que una imagen inofensiva y enigmática producto de su imaginación, una proyección, un capricho de su subconsciente vomitando fuera de la taza del inodoro.

Tratar de comprender a su padre, o a su madre, era tan solo una parte del problema, es cierto que no era agradable cuando Mercedes lo trataba como si fuese un criminal de guerra o un asesino de niños, ni que Ramón escupiese en el suelo cada vez que pasaba por delante de él, como si se estuviese protegiendo de alguna maldición y él fuese la peor de las maldiciones. Pero también era cierto que a Diego se le revolvían las tripas cada vez que se quedaba pasmado contemplándose durante un rato delante del espejo, después de unos cuantos minutos llegaba siempre a la misma conclusión, aquel que tenía delante de él era un completo desconocido, unos ojos, unas orejas, una nariz, una boca, algunas cicatrices aquí y allá, muchas de ellas sin una historia que contar, como si siempre hubiesen estado ahí, pero nada más. Eso le llevaba a pensar en quién era él en realidad, en que no era quien todos creían que era, podía sentirlo, su naturaleza, toda su sinceridad, sin censuras, escondida detrás de ese cuerpo, de esa mirada, desde siempre, qué concepto tan absurdo, tan relativo, para él «siempre» significaba los últimos cinco minutos, o la última semana, o todos sus recuerdos, los que conservaba, porque estaba seguro de que había más, muchos más, en algún sitio.

—Diego, ¿le has contado ya a tu padre qué piensas hacer cuando termines el instituto? —dijo su madre en una ocasión, como si contar algo de padre a hijo fuese algo habitual en esa casa.

—No mamá, ¿crees que debería?

—¿Cómo que si deberías? ¡Por supuesto que sí! No creas que no me he dado cuenta de que últimamente tu padre y tu estáis más distanciados, ¡tenéis que hablar más hijo! La comunicación es la base de toda relación. —Sin ningún lugar a duda, cuando alguien escuchaba a Mercedes elevar la voz, no podía pensar en otra cosa que en el futuro que esa mujer hubiera tenido como soprano.

—Pero… ¿Te ha dicho él que quería que hablásemos?

—¡Claro que no!, tu padre es una persona muy reservada, ya lo sabes, pero se le nota a la legua que está deseando que le cuentes cuáles son tus inquietudes, tus planes de futuro, venga ve y cuéntale. ¡Ay que ilusión me hace que vayáis a tener una conversación de padre a hijo como Dios manda!

—Está bien mamá…

Qué tediosas le resultaban esas situaciones, que a pesar de haberlas revivido una y otra vez a lo largo de toda su vida, seguía sin comprender por qué todo el mundo se empeñaba en que hiciera algo que a él no le importaba lo más mínimo.

—Hola papá… ¿te apetece que hablemos un poco? —dijo Diego después de sentarse a una distancia segura de su padre, a un lado, en el viejo sofá de skay en el que cada diez minutos tenías que reacomodarte porque no dejabas de escurrirte hacia abajo en cuanto te relajabas un poco.

Ramón, que miraba hipnotizado la televisión, sin previo aviso, segundos después de la pregunta de su hijo, inició un lento giro de noventa grados con su cabezón en dirección a Diego, localizado el origen de la turbación de su perpetuo estado de calma, posó en él su robótica mirada azul durante unos segundos, momento en el que empezó a hinchar el pecho como preámbulo al maravilloso fenómeno del habla humana, por fin iba a ocurrir, su padre iba a arrancarse a hablar, ver para creer, cuando de repente, como si de un oso cavernario después de meses de hibernación se tratase, empezó a abrir su boca de forma grotesca y exagerada mientras no dejaba de mirarlo ni por un instante, estaba bostezando, un enorme e interminable bostezo que aliñó con dos pequeñas lágrimas (una por cada ojo) fruto de la sobrepresión provocada en los senos paranasales, después de esto, volvió a hinchar el pecho, esta vez, con una profunda respiración y a emprender con su cuello el camino de regreso a su posición de mirada al frente habitual.

Diego no tenía ni idea de que la llegada de las televisiones privadas hacía ya cerca de tres años había cambiado totalmente la vida de su padre. Ramón se había criado con tan solo un par de cadenas y la irrupción de semejante oferta audiovisual lo había atrapado como una tela de araña a un mosquito despistado. La televisión aseguraba diversión, prometía entretenimiento, insinuaba carne fresca, por no decir sexo, e incluso algunas veces, también ofrecía algo de cultura, eso sí, siempre sujeta a una estudiada e inamovible franja horaria en la que uno no podía caer en semejantes tostones por casualidad.

Ni que decir tiene que este pequeño suceso no hizo más que incrementar su decisión de abandonar en cuanto pudiera ese lugar en el que hasta ahora había vivido pero del que nunca se había sentido parte. Esa casa en la que las situaciones extrañas o incómodas eran las habituales, y lo que en la mayoría de hogares pudiera considerarse como normal, en esa casa era más bien un fenómeno paranormal. Cada vez se le hacía más difícil de soportar la constante, incesante y martilleante cantinela con la que su madre impregnaba cada uno de sus días, sin molestarse siquiera, ni una sola vez, en preguntarle qué era lo que realmente le interesaba en la vida. Y en cuanto a su padre, no es que molestara el hombre, pero su presencia en aquella casa le parecía cada vez más inquietante y misteriosa, perturbadora tal vez, no se le ocurría ninguna razón por la que su padre existía, no le veía sentido alguno a su vida, no tenía ni idea de quién era aparte de ser la persona más extraña que había conocido en su vida.

 

Creo que hoy ha sido el día más feliz de mi vida, Carla me ha dicho que está embarazada. ¡Vamos a ser papás!