Harald el vikingo

Antonio Cavanillas de Blas · Capítulo 1 de 6 · parte 1/5

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Harald el vikingo

Harald el vikingo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

Antonio Cabanillas de Blas

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deor67 11.07.11

Capítulo 1

La forma del destino cuando nace un niño, giros

de las estrellas y el viento en una noche oscura de

febrero, en las islas.

YORGOS SEFERIS

Fiordo de Trondheim, primavera del año del Señor de 995.

La embarcación discurría en silencio sobre las aguas quietas. De quilla plana, su único mástil envergaba una vela cuadrada apenas hinchada por la brisa. En cubierta, como inmensas cucarachas azabaches, brillaba el correaje de los guerreros nórdicos. Amanecía. La claridad del alba se abría paso en la negrura dando una luz lechosa, opalescente, que matizaba los contornos sin querer desvelarlos, como el hijab el rostro de una favorita del sultán. El ambiente era gélido y la tierra olía al último aguacero. El topetazo sacó chispas en el embarcadero y resonó en la orilla del fiordo, en la otra parte. Doce oscuras siluetas, como insectos siniestros saliendo del letargo, saltaron de la nave y ascendieron el inclinado talud de arcilla amarillenta. Se armaban con espadas y picas pareciendo saber lo que buscaban. Rodearon la choza de madera en completo silencio, entre visajes cómplices. De la casucha emergía el pavor que preludia la muerte: sus desprevenidos ocupantes dormían o soñaban con los ojos abiertos. Regueros de humo gris escapaban por rendijas del techo y ascendían verticales, como llamas de cirio, perforando despacio el aire helado. Se escuchó entre los árboles el gañido de un perro. Después, todo ocurrió en segundos: el jefe de la tropa se apostó ante la puerta y, sin palabras, la derribó de un recio patadón. Revestido hasta el cuello de negra piel remachada de clavos, era alto, fornido, con un costurón cruzándole la cara y la testa rapada. Siete anillas de bruñido acero decoraban sus brazos.

—¡Todos fuera! —aulló.

Tras un breve silencio se entremezclaron lamentos, llantos y alaridos. Por fin, apareció en el quicio de la puerta un macizo hombretón de unos cincuenta años flanqueado por dos zagalones espigados y escuálidos. Llevaba en la mano derecha una hoz y en la otra un látigo.

—¡Malditos! —dijo—. No hay nada aquí para vosotros, mala peste... —añadió, largando un rebencazo que rasgó el aire y lo llenó de ecos reverberantes.

—No te queremos a ti, viejo indecente, sino a tus hijos. Sabemos que escondes también a dos preciosas jovencitas. Es una orden del rey. Dánoslas...

—Yo soy mi único rey. Antes tendrás que matarme.

—Eso es fácil —aseguró el esbirro y, sin más, ensartó al desgraciado con su pica igual que a una oca cebada antes de asarla.

—¡Amarrad a los chicos! —chilló luego mientras él entraba en la cabaña.

Tardó poco en salir. Lo hizo con dos chiquillas descalzas cogidas de los pelos, desgreñadas, pataleando lo mismo que polluelos ante un gallo de raza que muestra el espolón. La madre iba detrás bañada en lágrimas, mesándose los cabellos, contemplando cómo encadenaban a sus hijos y, quizá por última vez, viendo a sus pequeñas alejarse en la nave. Una de aquellas niñas se llamaba Solvej.

Harald el Vikingo nació en Nidaros el primer año del siglo XI. Su padre fue el rey Harald II de Noruega y su madre Solvej, la mozuela raptada de aquel fiordo, que servía a la reina Ingeberg. En los albores del segundo milenio el Occidente se debatía entre la anarquía, la miseria y el oscurantismo más cerril. No se habían apagado todavía los confusos chirridos que el año 1000 había producido en las gentes sin distinción de clases. Soliviantados por una cohorte de espiritistas, truchimanes, iluminados y falsos profetas, los creyentes esperaron el cambio de era temiendo inmensos cataclismos, terremotos y catástrofes sin cuento. El resto aguardó simple y llanamente el fin del mundo o la llegada del Anticristo. Mientras monasterios y cenobios acogían a centenas de fieles para escuchar en oración las trompetas del Apocalipsis, en Roma, París, Atenas o Constantinopla resonaron los ecos de las orgías que celebraban enloquecidas turbas heréticas, gnósticas o ateas. Hombres y mujeres, mozos y niñas, jóvenes y viejos en sórdido aquelarre, al son de los tambores y las flautas de Pan, copularon sin cesar durante nueve noches escenificando aberraciones ya conocidas desde el Pleistoceno o inventando otras. Sólo al ver que no ocurría nada, que pasaban los días y la miseria era la misma o peor, que el sol salía por el lugar de siempre, que el hambre no sólo no cedía, sino que arreciaba, y que el frío incluso era mayor, se envolvieron en sus sucios harapos y retornaron a sus cuevas o casuchas de barro.

En Noruega la situación era aún peor. A la incuria, desnutrición, infortunio y desesperanza se añadía el frío atroz que, de octubre a junio, mataba a más gente que el hambre. La semilla cristiana que Anscario, el benedictino francés conocido como Apóstol del Norte, había plantado en Escandinavia siglo y medio antes germinaba despacio. Sin vestigios culturales, con misérrimas tierras de cultivo y una climatología adversa, las incipientes monarquías nórdicas, feudales y despóticas, imponían la ley del más fuerte. La más potente de ellas, la danesa, tras conquistar Inglaterra, imperaba en Noruega. Su rey, Harald, tras vencer y destronar al monarca noruego de igual nombre, se asentaba en aquel reino a trancas y barrancas. Y era así, pues sólo controlaba ciertas ciudades del sur y las orillas de los fiordos principales, pero no el interior del país ni sus altas montañas y glaciares. Los guerreros daneses, los más feroces de entre los vikingos, asolaban las costas y poblados marítimos haciendo razias entre sus habitantes para robar ganado que comer, hombres para la guerra y mujeres para la esclavitud, pero no solían aventurarse más arriba del gran fiordo del norte, el Nordfjord, donde se hallaban las avanzadillas del ejército noruego de su vencido rey, Harald II.

El rey noruego murió cuando apenas cumplía un año su bastardo. Lo hizo en los brazos de su amante, Solvej, a la que veneraba, y en presencia del obispo de Nidaros, pero no de su esposa legítima que se hallaba enclaustrada. El religioso, un obeso agustino, teutón para más señas, que edificaba su catedral en la ciudad con la ayuda real, no quiso enemistarse con la corona y asistió al moribundo con los sacramentos de la nueva fe, pero la reina fue incapaz de aprobar desde su encierro el flagrante adulterio. Un adulterio que ella había propiciado al tomar a su servicio a tan bella muchacha.

Tras su captura, Solvej y su hermana menor fueron llevadas a palacio y entregadas a la gobernanta. Allí pasaron varios años trabajando con las demás sirvientas en lo que se ofreciera: mondaban hortalizas o fregaban peroles, pelaban aves de corral tras escaldarlas, baldeaban los patios para hacer circular las inmundicias, lavaban, planchaban, limpiaban orinales o recogían detritus del real retrete. Sus hermanos Mad y Rulav pasaron a engrosar las filas de guerreros rumiando un afán de venganza que iba diluyéndose a medida que el tiempo cicatrizaba agravios, se aficionaban a sus catres habitados de chinches pero calientes, al aroma del nabo y la col agria, al asado de cerdo y a la dulce embriaguez que provocan el hidromiel y la cerveza. Todo normal y tan esperado como su alistamiento. La recluta forzosa de hombres jóvenes era esencial para mantener viva la savia de guerreros que precisaban el ejército y la armada reales. Una vez en los cuarteles de palacio, tras ser uniformados, eran adoctrinados antes de pasar a formar parte de las temibles formaciones vikingas. Peleaban por la comida y una mísera paga que apenas alcanzaba para satisfacer su ardor libidinoso con cualquiera de las infames prostitutas que, como los tábanos, pululaban alrededor del campamento. Era infrecuente que alguno se negara a combatir. En ese caso, se le encadenaba por los tobillos destinándolo a trabajos forzados en el campo o como galeote en naves de la flota. Cuando ocurría alguna deserción se buscaba al fugitivo empleándose la delación o la jauría de perros. Una vez apresado, lo que ocurría prácticamente siempre, era ajusticiado en medio de la plaza y ante sus familiares más directos, cuya presencia se consideraba obligatoria. La forma más normal de ejecución de un desertor era el descuartizamiento. Cuatro curtidos percherones, con las colas amarradas a los miembros del desdichado, eran azuzados a latigazos y encauzados siguiendo la rosa de los vientos: norte, sur, este y oeste, hasta el desmembramiento. Perros asilvestrados con hambre de diez días devoraban los despojos sanguinolentos y palpitantes de los ejecutados. Las piltrafas eran para los cuervos. Los delitos menores conocían penas diferentes, pero había un solo juez: el rey. Al furtivo se le ahorcaba desnudo, al ladrón se lo decapitaba, al fullero se le cegaba con tarugos ardientes, al descuidero le amputaban ambos brazos y al violador —hablamos de clases inferiores— se le empalaba tras emascularlo con tenazas al rojo y untar su trasero con sebo de carnero. Con tan expeditivos métodos, comunes a Escocia, Inglaterra y toda Escandinavia, la paz y la tranquilidad en los reinos vikingos eran de limbo. Las mujeres se destinaban a tareas domésticas en el palacio real y en las mansiones nobles o, las más bellas y jóvenes, a servir a la reina y al placer del monarca y de la aristocracia. A las levantiscas las azotaban hasta desollarlas. Si enfermaban o cuando envejecían, vendían sus cuerpos en cualquiera de las decenas de prostíbulos que medraban en las ciudades y acuartelamientos de guerreros.

Poco aportó el cristianismo, en casi siglo y medio, a la dulcificación de tan bárbaros modos. Por único consuelo, al exhalar sus últimos alientos los condenados eran asistidos por frailes con la promesa del paraíso o de un mundo mejor en la otra vida. En cuanto a las mujeres, nada cambió hasta el reinado de Olav Haraldsson, en 1016. Y en realidad, el paréntesis se ciñó a su corta estadía: si San Olav fue el primer rey casto de Noruega fuera de matrimonio, el único en justicia, su padre Harald II mantuvo a varias concubinas y a una deliciosa favorita, Solvej. El tema del serrallo era el preferido del señor obispo cada vez que coincidía con el rey, normalmente a la mesa en fechas señaladas y con menos frecuencia en las sacristías, después de los servicios religiosos.

—Con todos los respetos, majestad, he de recordaros que viviendo amancebado estáis en pecado mortal —decía el religioso, apurando el vino de la vinajera, un venerable y dulce mosto que se hacía traer del Mediodía de Francia.

—Patrañas, querido Justus —contestaba Harald.

Era el monarca un hombre fuerte y grande, de hirsuta cabellera hasta los hombros, pobladas cejas en visera y piel áspera, lo mismo que lija de desbastar madera. Un rosetón vinoso erizado de cerdas como de jabalí le decoraba un pómulo dando a su aspecto un toque primitivo, zoológico. De voz maciza y ronca, sus dedos cargados de sortijas volaban por el aire acompañando al habla, al modo de los mercaderes italianos que traficaban con especias y aceite por las dársenas.

—Pecado mortal sería dejar de amar a una mujer tan bella y deseable como Solvej... ¿O no lo veis así? —añadió el rey.

El fraile, un obeso germano que temblaba de emoción delante de tres libras de asado, dudó antes de contestar mientras, con la bocamanga de la sotana, se secaba el sudor que le perlaba el rostro. Era de ojos saltones y pequeños, de batracio.

—Hermosa es, majestad, y, si me lo permitís, apetitosa, pero no es vuestra esposa legítima. También es bella la reina y la dejáis en mal lugar prefiriendo a otra.

—Ingeberg no tiene queja mía y es la madre de Olav, mi primogénito. Dejadla en paz. A ella la quiero de una manera diferente. Además, no le hago daño a nadie amando a dos mujeres... y hasta a seis. Según os he escuchado en vuestras homilías, los patriarcas del Antiguo Testamento mantenían verdaderos harenes y no pasaba nada.

Una claridad glauca, como filtrada por un fino cendal, penetraba por el acristalado ventanuco emplomado, se reflejaba en un espejo veneciano y tintaba los rostros dándoles calidad fantasmagórica.

—Eran otros tiempos, majestad —sostuvo el religioso doblando el amito, besándolo y colocándolo en el enorme cajón de una cómoda, entre ramitas de lavanda —. Además, aquellos patriarcas no forzaban a ninguna mujer —aseguró—. ¿Qué pasa con Solvej? Tendrá sus sentimientos... ¿Os ha dicho que os ama?

—¿Solvej? Vaya cuestión... Como es lógico, vistiendo ropas talares no sabéis de hembras o eso espero. ¿Dónde se ha visto que alguien pregunte por sus gustos o apetencias a una mujer? Su felicidad se lee en los ojos.

No era felicidad, pero tampoco pesadumbre. Era ese conformismo silencioso que ha sido patrimonio femenino desde que el mundo es mundo. Solvej se adaptó pronto y con facilidad a su nueva situación. Desde que se comprobó su afición al trabajo y su inusual belleza fue reservada para el servicio de la reina. Al apreciarse el brillo nacarado de su cutis dejó de lavar orinales. No limpió más retretes desde que se apreció el aroma de su piel, a hongo silvestre. Ya no fregó más suelos cuando le despuntaron los pezones de leche y se erizaron en sus túnicas como bayas de abril. No desplumó más caza en el instante en que se divulgó el fulgor de su mirada zarca, ni lastimó sus manos pelando berza o col a partir de cobrar magia sus caderas maternas y sus nalgas, dos planetas simétricos. Tenía trece años y una curiosidad interminable por todo y hacia todo. Llevaba grabada en la mente la muerte de su padre, pero poseía un innato sentimiento de bondad que le impelía a olvidar y perdonar. Su cometido pasó a ser planchar ropa de hilo, bordar de realce, mantener limpias y caldeadas las habitaciones reales y acompañar y distraer a la reina Ingeberg cuando era requerida. Y lo era con frecuencia: nadie mejor que la hermosa muchacha para decorar las uñas de la reina, limarle las asperezas de los pies o almohazarle el cabello con cepillos de morsa y peines de marfil africano. Todo lo hacía con el mejor talante, canturreando las canciones que desde muy pequeña escuchara en su aldea del fiordo. La reina, aficionada a la lectura, pasaba muchos ratos ojeando manuscritos alemanes que le facilitaba Justus, el obispo de Trondheim, la antigua Nidaros. Una tarde, intrigada, Solvej revoloteó alrededor del facistol como los petirrojos sobre las migajas cuando caen de la mesa. Ingeberg contemplaba la escena fascinada. Había algo sugestivo en aquella doncella: el turquí de sus ojos, la transparencia de cristal de cuarzo de su dermis, el brillo de su pelo color ámbar, la suavidad etérea de su andar, sus modos de gacela... A Solvej le atraían aquellos desconocidos grabados y palabras, verdaderas obras de arte, y los artísticos dibujos en colores brillantes de escenas bíblicas o hechos de santos y patriarcas. Había visto trabajar en palacio a varios amanuenses sobre el pergamino y calculaba que para escribir uno de aquellos libros se precisaba media vida.

—¿Te gustaría aprender a leer?

—Me encantaría, majestad.

Ingeberg se la quedó mirando. En verdad que no había otra más hermosa en todo el reino: alta y elástica como los alerces jóvenes, tan blonda como el hilo de oro que traían los mercaderes del Oriente, con los ojos azules engalanados de estrellas y asustados de su propia grandeza, el rostro que era la perfección y un cuerpo que no terminó de afinarse hasta un año después. Sin cumplir quince fue una locura de curvas atrayentes, sugestivas veladuras y per- tiles griegos. En esa ocasión se encontraba descalza sobre el suelo tapizado de alfombras, temblorosa, con el cabello suelto y la luz marcándole el perfil bajo las vestiduras.

—Ordenaré que te enseñen. Te asignaré un maestro —dijo la reina.

El cerebro virgen de Solvej sorbió con rapidez las enseñanzas. Aprendió a leer y escribir el idioma alemán y el habla nórdica, la que se usaba en toda Escandinavia. La primera vez que el rey la vio bordaba ante el gran ventanal que daba al fiordo. La luz, sin matizar, nimbaba su figura y marcaba siluetas bajo el lino blanco. Harald II iba a cumplir cuarenta años. Quedó tan hechizado que no fue capaz de articular palabra, como si una gola de acero toledano lo aferrara la nuez. Ella, sintiéndose observada, notó un rubor abrasador subiéndole del pecho y un latido agónico en las sienes que la desveló y la mantuvo insomne hasta la madrugada. El monarca la rondó varias veces antes de poseerla, una noche sin luna. Solvej era tan delicada, tan dúctil, tan preciada, que precisó varias jornadas para perder su integridad. Harald, un consumado amante, la desfloró con tanto arte que consiguió compartir el deleite desde el segundo envite. Aquel placer intenso y doble trastornó al monarca hasta el punto de olvidarse de la paz y la guerra, del peligro danés, de todo lo que no fuese ella y su aroma, de no volver a ver sino a través de los ojos de la bella aldeana, respirando su aliento y bebiendo del néctar que manaba su boca.

Todo palacio con la reina a la cabeza se hizo eco del enamoramiento del monarca. Era igual que si Solvej o su sombra le hubiesen dado un bebedizo: desde que la gozó no fue capaz de apartarla de su pensamiento ni un segundo. Ingeberg trató de quitar a la moza de las garras de su marido, pero ya era tarde. Quiso devolverla a su madre, intentó aherrojarla en las mazmorras, consultó a una hechicera para provocarle mal de ojo, pretendió envenenarla con la ayuda de una vieja sirviente. Puesto al corriente de la conjura por una confidencia, Harald ordenó encerrar a la reina en un torreón e instaló a la favorita en sus habitaciones. Allí se amaban con absoluta inconsecuencia, a plena luz del día, sin cuidarse de ocultar ante la servidumbre sus desnudeces ni de amenguar bramidos o alaridos. No contento con ello, el monarca subía al torreón alguna vez acompañado de la favorita para exhibirla allí, semidesnuda, ante su esposa. No perdonaba a la reina que hubiese querido asesinarla. Cuando estuvo harto de escuchar el concierto de aullidos de su esposa, ordenó recluirla en un convento. Muy pronto quedó preñada Solvej y dio a luz a un precioso varón que enloqueció de felicidad al rey. Harald tenía ya media docena de bastardos diseminados por el reino, pero esta vez el caso era distinto. Entregando los asuntos del gobierno a un consejero a la espera de que madurase Olav, el heredero, se dedicó en cuerpo a Solvej y en alma al fruto de su amor: Harald Sigurdarson.

Apenas tenía un año Harald el Vikingo cuando murió su padre. Nunca se aclaró por completo aquella muerte, pero se sospechaba que no fue fortuita. El monarca, gran cazador, fue herido en una cacería de renos y alces. Una flecha perdida traspasó la coraza de malla y perforó su pecho, malhiriéndolo. Trasladado a palacio, llegó con vida aún. Ello quizá salvó la del pequeño y la de su madre, pues no dio tiempo a los conspiradores para actuar. El cirujano barbero trabajó bien y con celeridad: adormeció al paciente con un vaso colmado de wisge beatha, un licor que la tribu de los pictos elabora en las montañas escocesas fermentando trigo y malta, lavó la herida con vinagre diluido, extirpó la punta de la flecha con el escalpelo, la cauterizó con hierro al rojo vivo y la taponó con un emplasto de hierbas aromáticas. Al día siguiente, vista la plétora que lo aquejaba, sangró al herido y colocó sobre su blanca espalda doce sanguijuelas. El regio paciente pareció evolucionar bien las primeras jornadas. Incluso se levantó, dedicando a Solvej sus sonrisas dolientes y a su gateante rorro más de un arrumaco. Semejaba que se imponía la reciedumbre real. Pero, al cuarto día, se instauró violenta calentura con supuración densa y fétida por la lesión que aparecía tumefacta, violácea. Al quinto debutaron unos escalofríos que empaparon al monarca dejándolo exhausto, nauseoso, perdida su mollera en una niebla densa que le impedía pensar. La fiebre era tan intensa que el lecho real amanecía chorreando de transpiración ácida y maloliente. Harald II, sintiéndose morir, hizo testamento y pidió confesión. Al tiempo, ordenó traer a su presencia a Rulav, el hermano mayor de Solvej, uno de los guerreros más solventes de su ejército, que luchaba en la frontera sur contra los enemigos daneses.

—Rulav... —dijo con un hilo de voz.

—Majestad.

—Me muero, Rulav... Estoy en paz con todos. Quiero pedirte perdón por ser el causante indirecto de la muerte de tu padre. Ya lo hice con Solvej. Ella y su hijo son la luz de mis ojos. Te hago responsable de su seguridad. Te dedicarás a ella y al pequeño el resto de tu vida.

—Lo haré, señor.

—Júralo ante los Santos Evangelios.

—Lo haré mejor por nuestros viejos dioses, señor —respondió Rulav—. Que Njord el Fecundo, Odín el Grande y su hijo Tor, el Guerrero, me condenen a caminar por el glaciar desnudo y descalzo, eternamente, si falto a mi palabra.

Escuchar tan serio juramento pareció sosegar al monarca que murió dulcemente. Aquella misma noche, bien provisto de alimentos y vituallas, partió Rulav hacia la montaña en un carruaje en el que se acomodaban su hermana y su sobrino.

La infancia de Harald el Vikingo transcurrió entre verdes montañas, fiordos brumosos y glaciares helados. Rulav construyó en pleno bosque una cabaña de madera de haya que tapizó de suelo a techo con doble capa de piel de alce. Fuera, acoplada a ella, fabricó una especie de alpendre para el carruaje y el caballo. En la única habitación se acomodaban los tres con amplitud. En un rincón se hallaba el hogar, que nunca se apagaba, donde Solvej cocinaba y que era al tiempo fuente de calor. Los humos salían al exterior por un hueco en la techumbre recubierto por una piedra plana, para evitar que penetrara nieve durante las ventiscas o agua de lluvia en las largas veladas invernales. En la esquina frente a la chimenea, en un lecho de madera de alerce acolchado con pieles de marta, dormían Solvej y su pequeño. Una delgada cortinilla la apartaba de ser vista cada vez que amamantaba al niño. En el centro de la estancia había una mesa de roble y cuatro taburetes. El fiel guerrero dormía a los pies de la cama de su hermana, sobre una piel de oso. En realidad, descansaba sólo medio cuerpo pues los oídos permanecían atentos. Por sus orejas se decantaban los sonidos del bosque que conocía mejor que los andares de su viejo jamelgo. El menor ruido que produjesen fauna o flora en tres leguas era filtrado y analizado por sus finos tímpanos: el gorjeo de los pájaros, la berrea de los alces, el otilar del lobo, el canto del urogallo, el titear de la nívea perdiz, el silbo del ofidio, el ladrido de los perros selváticos, el cuco del búho y el cuclillo, el frémito del oso, el rebudio del jabalí, el crotorar de la cigüeña en los días largos, el mugido del uro o los distintos rumores del aire al mecer las copas de los árboles, desde el arrullo del remusgo estival hasta el fragor de batalla del viento huracanado. En el alpendre, junto a la pila de tocones de leña, Rulav fabricaba cerveza tostando la cebada y fermentándola. Rulav era el corazón de la familia y Solvej el alma. El hombre bajaba a las aldeas en pos de arenque ahumado, camarones de fiordo, trigo en polvo, copos de lana, cebada y sal. Mientras ella cantaba, atendía al niño, hilaba con la rueca, cosía pieles con las que hacía vestidos, cocinaba o arreglaba la rústica vivienda, él proveía de caza. En un barreño de madera, usando cáscaras secas de avellana y nuez, Solvej se hacía sus propios tintes. En los cortos veranos, bajo la atenta vigilancia del guerrero, madre e hijo se bañaban desnudos en el fiordo viendo al aire levantar en la orilla marullos de ola chica. Luego jugaban en la arena hasta secarse. Los ecos de los gritos y risas golpeaban las aristas rocosas y se amortiguaban en los troncos musgosos de los robles y hayas. En ocasiones bajaban a la aldea los tres para matar el tedio, saludar a algún pariente o darse el gusto de fisgar y brujulear buscando baratijas. Formaban un buen trío. Adoraban sobre todo las jornadas de feria: los saltimbanquis, la música de tambores, pífanos, caramillos y flautas en la plaza, el teatrillo ambulante, el mercadillo y el guiñol de aquel orondo lituano que, año tras año, representaba la tragicomedia de la bella y la bestia.

Solvej dedicaba las tardes a enseñar a leer a la pareja a la luz de la lumbre. Los dos aprendían rápido, pero más el pequeño. Rulav sudaba tinta tratando de conseguir palotes rectos y círculos concéntricos. Se le atravesó la aritmética: le costaba sumar o restar, y jamás fue capaz de multiplicar o dividir. Lo suyo, amén del arte de la guerra, era toda cosa hacedera con las manos. En el tercer invierno preparó en el alpendre, de troncos de madera de abeto, un baño de vapor a la manera nórdica. Mientras Solvej y el pequeño se lavaban con nieve y ella azotaba su cuerpo con ramas de abedul, él calentaba el interior con ardientes y humeantes piedras volcánicas puestas al fuego desde tres horas antes. Después, desnudos, se solazaban allí durante largos ratos.

Harald se inició en la caza antes de andar. A la grupa del caballo acompañaba a Rulav en sus incursiones venatorias por los inmensos bosques y lagunas adentrándose en territorio de los svear, salvajes tribus suecas del septentrión, o de los gautas, algo más apacibles ciudadanos sureños, hacia Scania. Eran enormes extensiones boscosas desiertas, heladas y cubiertas de nieve en los largos inviernos y verdes y rientes en los breves estíos, salpicadas de lagos de agua límpida. Había una línea imaginaria entre ambas zonas que cualquier perspicaz cazador identificaba con facilidad: la parte en la que abundaban las ardillas rojas, el urogallo, los corzos y ciervos de grandes cornamentas correspondía al sur; la otra, en la que se veían grandes manadas de alces, renos y familias de osos pardos, pertenecía al norte. Al principio no se alejaban mucho de la cabaña, pero desde que Harald cumplió ocho años sus batidas eran de treinta verstas. Cuando no iba de caza, el rapaz se ejercitaba en las artes marciales. Aprendió de su maestro la ciencia de manejar el arco, de alancear con la pica un fardo de trapo que le cosió su madre y, desde que fue capaz de mantenerlas, golpear con el hacha, usar la espada, utilizar la rodela para parar mandobles y disparar con la ballesta. Se preparaba sus propias flechas aguzando con paciencia agarena frescas ramas de fresno o abedul. Luego las pulía, recortaba, enceraba y guardaba en un carcaj de piel de nutria que Rulav fabricó para él.

Rulav era un hombretón de mediana estatura, ancho y compacto, de melena larga y enmarañada de puercoespín albino. De rasgos varoniles, lo mejor de su rostro era la expresión que le surgía al sonreír, beatitud que dulcificaba en parte su aspecto rústico, de gnomo de caverna o duendecillo montaraz. Experto en toda clase de armas y un reputado especialista en la naturaleza, sabía por el tono de la corona lunar cuando era llena si habría meteoro y de qué clase. Conocía por el vuelo de grullas y cormoranes si venía tormenta o temporal del norte. Adivinaba con sólo ver las nubes si éstas eran de agua, nieve o pedrisco. Afirmaba que sentía en los tendones la tirantez que anunciaba cualquier cambio de tiempo, la súbita aparición de la ventisca o el temido vendaval de levante, el «viento ruso». Podía anticipar con cuatro días, viendo desplazarse a las hormigas, si llegaba la tempestad del mar y si lo hacía sola o acompañada de borrasca y de aparato eléctrico. Vaticinaba las grandes nevadas con antelación olisqueando el ambiente lo mismo que el hurón al gazapo. Su habilidad cinegética no admitía parangón. Era diestro en matar con la flecha al urogallo en pleno vuelo o ensartar con la pica a un jabalí que atacaba de frente, bufando, con la fuerza y la velocidad del toro. Se aproximaba a la pieza siempre en contra del viento, con astucia de zorro, calma de prestamista hebreo y silencio de páramo. Marraba pocas veces. Cazaba por necesidad, nunca por ambición o darse gusto. Si capturaba un alce preparaba su carne limpiándola, salándola, macerándola, engrasándola con sebo de vaca y conservándola en vasijas de barro. La carne de oso, más dura y consistente, la oreaba y ahumaba dejándola secar colgada en cuartos dentro del cobertizo. Sólo cuando la conserva o el tasajo empezaban a escasear, organizaba una nueva incursión cinegética. Guardaba cualquier cosa metálica: trozos de alambre, limaduras de hierro, herraduras o viejas ollas de cobre, pues conocía el arte de la fundición y era capaz de fabricar sus propias armas. Atesoraba toda clase de piel, que curtía con nieve y teñía con colorantes propios o llegados del sur y que, tras ofertar a Solvej para que escogiera las más apetecibles, vendía en las aldeas de los fiordos. Reservaba los mejores visones, armiños y martas cibelinas para la feria anual de Trondheim.

También gozaba el pequeño Harald recorriendo el bosque con su madre. Solvej era una experta conocedora de árboles, a los que amaba tanto como a los seres racionales. De hecho, pensaba que los grandes robles y gigantescas hayas tienen alma. De otra forma no entendía que se hablaran con su tierno susurro, que palpitaran, se movieran, sangraran al ser heridos o vivieran más tiempo que los hombres. De su mano, el zagal aprendió a distinguir todo tipo de arbustos y de plantas. A veces, durante las interminables jornadas estivales, cuando el sol despereza temprano y se oculta ya de madrugada, recorrían arboledas inmensas. Ella apreciaba sobre todo las hayas. Tenía sus hayedos dilectos y, dentro de ellos, su rincón favorito en el que descansar y trasmitir a su hijo sus conocimientos. Sentada en una roca que sobresalía del humus centenario le explicaba la causa de las cosas, el origen de los meteoros, la razón de la nieve y la lluvia, fuente del agua dulce, principio de la vida. Harald aprendió a distinguir las fases de la primavera y el final del verano con tan sólo apreciar el color de las hojas del haya, el más majestuoso de los árboles después del legendario baobab, que existe en las praderas africanas donde habitan los hombres de piel negra. Nadie que no haya visto florecer y envejecer un haya puede hablar con propiedad del color verde. Sus mil distintos tonos van del glauco esperanzado de los tallos de abril al delicado del primer solsticio, el animoso del caliente julio y el solemne de agosto y de sus finas lluvias. Solvej mostró a su hijo los troncos del gran árbol, el tono blanco gris de su corteza, el nacimiento en la que mira al norte del musgo suave y de los hongos pardos, su altura extraordinaria. La sensación de estar en un hayedo es parecida —le explicaba— a la sentida en una catedral. Yo he visto de la mano de tu padre —le decía— y guiados por el señor obispo, el crecimiento de la que se levanta en Trondheim, una ciudad tan grande como cualquiera en Alemania. Las ramas circulares abiertas en la copa del árbol —señalaba— han debido inspirar al arquitecto que dibuja las cúpulas nervudas de aquella seo impar. El hombre —añadía Solvej— no precisa de un lugar especial para orar al Creador habiendo bosques.

—¿Quién es el Creador, madre?

—Dios nuestro Señor es cualquiera que ame a la mujer y al hombre. Quienquiera que no haga daño a un semejante, prójimo para los cristianos. Él envió al mundo a su hijo primogénito, según creía tu padre y afirma Justus, el señor obispo.

—¿Tú no lo crees?

Solvej dudó un segundo antes de contestar. Una ardilla saltó en aquel momento desde una rama alta a otra más baja. Al hacerlo, desplegó la roja cola, planeó lo mismo que las garzas y aterrizó con la delicadeza de las musas y el primor de las hadas. Había contemplado el espectáculo infinidad de veces, pero siempre le parecía fascinante, mejor que el efectuado por la más hábil de las equilibristas.

—Ya no sé en lo que creo... Tal vez en María, en Jesús y en sus primos hermanos, los demás dioses.

—Ya sé. Tor, Odín... ¿Viven en la montaña?

—Ellos están allí donde los necesitan.

Solvej enseñó al niño sus mitos ancestrales antes de hacerlo con el musgo, los líquenes, los insectos, la inacabable variedad de flores y de arbustos, las setas comestibles. Una vez por semana, tras las lluvias de estío, las recolectaban. Era tal su cantidad que a veces recogían tres cuévanos. Las consumían en fresco o las secaban al sol. Desechaba las venenosas de forma infalible. Además de su aspecto inequívoco, las delataba el olor y el sabor. Jamás se equivocaba.

—La seta que puede consumirse tiene que oler bien y saber dulce —le aleccionaba—. Es muy sencillo: después de pasarla delante de la nariz y apreciar su aroma a bosque, hay que arrancar alguna de sus láminas o una mínima parte de su caperuza y degustarla.

Harald el Vikingo crecía prometiendo alcanzar la altura de su padre y aun sobrepasarla. A los nueve años fue presentado a Sigrid, una célebre maga en las montañas centrales de Noruega, cerca de los grandes glaciares. La hechicera tenía fama de adivina y sus horóscopos de incontestables. Se decía de ella que era hija del más fiero troll que habitara nunca el interior de la montaña, la más alta y hueca de toda Escandinavia. Hicieron el viaje en tres jornadas, a lomos del caballo. La nigromante vivía en una cueva que compartía con los murciélagos, una antigua osera que aún olía a los excrementos del plantígrado. No era la bruja que uno espera encontrar cuando se adentra en cualquier antro en busca de un oráculo: rota, desastrada, con ropajes infectos, pelambrera revuelta y un solo y puntiagudo diente. Ni siquiera era vieja. Sigrid no aparentaba más de treinta años, vestía una especie de toga hecha de pieles de astracán y, oliendo a lavanda y heno fresco, parecía aseada. El único desdoro que un purista podría achacar a su limpieza eran los pies, negros de roña veterana, sobresaliendo por fuera de la túnica lo mismo que ectoplasmas. Sus plantas, endurecidas como el queso de cabra más añejo, parecían ser de corcho. Taladró con sus ojos muy azules al infante desde que se sentó sobre las rodillas de su madre, frente a ella.

—Tú eres Solvej —dijo—. Eres mucho más bella de lo que se comenta. ¿Qué te trae por aquí?

—No vengo por mí, sino por mi hijo. Quiero que me descifres su destino y que intercedas ante nuestros dioses para que lo protejan.

—Pero tú eres cristiana...

—Lo es el niño. Yo no estoy bautizada, aunque creo en Jesús y en la Señora.

—Tampoco yo tengo impedimento contra la nueva fe. Freyr, Nerthus y Njord nada tienen contra Jesucristo, el más grande de todos los profetas. E igual cabe decir de Tor, Odín, su esposa Frigg o su hija Freya.

La adivina cogió al niño en sus brazos, lo desnudó y, tras acostarlo sobre un altar de piedra tapizado de líquenes, lo olió de arriba abajo, indagó en su boca, le palpó la cabeza y el abdomen, le numeró las vértebras tras darle la vuelta e investigó en su glande tras descapullarlo. El ambiente era cálido por el fuego de un hogar que crepitaba a un lado de la gruta. Sigrid tomó de entre las ascuas la más ardiente y la depositó en un cuenco de barro. Cortando un poco de cabello de la nuca del niño lo echó allí junto con un haz de hierbas olorosas, polvos que tomó de una redoma y un pedazo de roca negruzca que sacó de un talego. Las brasas revivieron al contacto con la piedra oleosa emitiendo una llama azulada, amarilla después, roja enseguida, que ganó consistencia y altura inundando la estancia de un aroma acre y penetrante que irritaba los ojos. Desde atrás, surgiendo de lo profundo de una grieta que semejaba adentrarse en la montaña, llegaba un rumor confuso y apagado de voces guturales que no parecían humanas. Eran los bisbiseos de los cuervos sagrados, los mismos que, apuntando en el oído de Odín, indican al dios la bonanza en la paz o la ansiedad en la guerra. La maga se acercó a la jaula de hierro que los contenía y entornó su puerta liberándolos. Los pájaros volaron por la cueva, como reconociéndola, antes de planear sobre la llama del conjuro ardiente para acabar posándose cada cual en un hombro de Solvej. Ella, Rulav y el niño estaban con las bocas abiertas.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó la espiritista a una de las aves.

—«Ésta es Solvej, la hermosa, hija mayor de Svend Svendsson» —respondió con claridad uno de los cuervos.

—«Era la amante del rey nuestro señor, Harald II, hijo de Harald» —dijo el otro.

—¿Y el pequeño? —tornó a inquirir Sigrid.

—«El niño es hijo suyo y del monarca» —afirmó un córvido, el que semejaba más listo y desenvuelto.

—«Se trata de Harald Sigurdarson, hijo de rey y hermano de rey» —confirmó con voz clara la otra ave.

Solvej, Rulav y el niño contemplaban la escena en silencio, estupefactos. Aquella nigromante acertaría o no en sus predicciones, pero sabía cómo impresionarles. Los mayores miraban a los volátiles tratando de averiguar si realmente hablaban o era la taumaturga quien lo hacía por ellos. Sabían que existían personas capacitadas para hablar con el estómago, con la boca entreabierta, e intentaban sorprenderla en un renuncio. No era el caso. Los cuervos, negros por completo, con el pico naranja, se expresaban como humanos de forma milagrosa o quizá merced a algún entrenamiento o raro sortilegio. Terminada la pesquisa verbal, Sigrid los capturó sin hallar resistencia, acarició sus lomos, introdujo en sus picos miga de pan mojada en miel silvestre, les susurró algo y encerró en su cubil antes de apagar la llama ya menguante del hechizo.

—Los cuervos confirman que el niño es tuyo y del rey Harald, que ya duerme en el Valhala —dijo, dirigiéndose a Solvej.

—No hemos venido hasta aquí para escuchar cosas que ya sabíamos —intervino Rulav—. Danos su horóscopo.

—Queremos también para él la protección de Tor —dijo la madre.

Sigrid, callada, trituraba las cenizas del cuenco con la mano en un mortero de bronce. Cuando ya eran un polvo ceniciento las vertió en una redoma que contenía una pócima turbia de color verdoso. Por fin, agitó la vasija y extrajo de ella una porción con una cuchara de madera que ofreció al pequeño Harald.

—Es una cocción de hierbas medicinales que cultivo yo misma. No sabe del todo bien... —añadió, ante el gesto de repulsión del niño y para intentar tranquilizar a la madre.

Harald, desde luego, se negaba a abrir la boca. Chilló y pataleó antes de que Solvej lo sujetara por los brazos, Rulav le taponara las ventanas nasales y Sigrid depositara el brebaje en la boca cerrándola después. El pequeño no tenía más opciones que asfixiarse o ingerirlo. Tras tragarlo, pasó más de un minuto durante el cual se puso cianótico, verde, gris y amarillo. Luego pareció serenarse. Miró a su madre con ojos suplicantes y por fin sonrió. La maga meditó unos segundos antes de hablar.

—Tu hijo hará un largo viaje adonde nace el sol, en los confines de Asia — aseguró—. Allí no existen fiordos ni glaciares y los mares son cálidos. Será prisionero, guerrero, guardián, príncipe y, a su vuelta, dentro de muchos años, monarca de Noruega.

—¿Cómo podrá ser eso?—preguntó Rulav—. Olav es el hijo legítimo del rey, el que reinará cuando expulsemos al invasor danés.

—Olav morirá tras un largo reinado y será declarado santo por Justus, el obispo cristiano. Tras él vendrá su hijo Magnus, de reinado breve.

—¿Cómo sabrá Justus que mi hijo es hermanastro de Olav, hijo natural del rey Harald? —quiso saber Solvej.

—Por los tatuajes que ahora le grabaré detrás de las orejas y que tú le mostrarás a su regreso. Son los cuervos sagrados que, lo mismo que aconsejaron a Tor desde su nacimiento, le indicarán el camino a seguir en las encrucijadas que hallará a su paso.

Tras lograr la aquiescencia de su madre, Sigrid adormeció al pequeño aplicándole en la nariz una esponja marina empapada en misterioso líquido. Luego, utilizando una fina aguja de asta de alce, le grabó tras el pabellón de las orejas sendos cuervos negros con el pico amarillo.

Harald nunca pudo olvidar la jornada en que subió al glaciar. Fue en el solsticio de verano, en el día más largo del calendario nórdico, justo al cumplir doce años. Dejaron al caballo en la media libertad de una soga muy larga, amarrado a un abeto, y treparon por la lengua del glaciar hasta la cumbre. El aire, cargado de humedad, era muy transparente y la claridad tan deslumbrante que producía ceguera. Tras acomodar la vista, hubieron de sortear las escarpadas crestas de hielo azul buscando sendas planas o de suave pendiente. Ambos vestían de cuero, calzando zuecos de madera en cuyas suelas habían clavado estrías de hierro. Paraban a descansar y cada vez que Harald preguntaba o quería saber algo.

—¿Por qué si la nieve es blanca el hielo es azul en muchas partes ?

—No lo sé —dijo Rulav—. También puede tener un tono verde y hasta negro en las grietas más profundas del centro del glaciar. Quizá el reflejo de la luz tenga algo que ver con su color.

Llegaron a la parte más alta. Desde allí, en lontananza y siendo un día claro, se veía un gran fiordo y al fondo el mar azul. Caminaban con dificultad por el suelo rugoso, abollonado, a veces satinado y a ratos transparente como nácar. El aire seguía helado, pero el sol calentaba de firme. Una familia de palomas blancas levantó el vuelo cuando ya la pisaban, tan perfecto era su camuflaje.

—Es la primera vez que veo pájaros completamente blancos —dijo el zagal.

—Son palomas. No siempre son así. Es su pelaje de invierno. Cuando llega el verano mudan el plumaje. Pasa igual con los faisanes, las perdices, los zorros y los lobos del norte.

—Sé por mi madre que también existen osos blancos.

—Yo nunca los he visto. Viven más a septentrión, en el mar congelado. Son siempre blancos.

—¿También en el verano?

—Siempre. Ellos no duermen en los largos inviernos como sus hermanos pardos que habitan en los bosques.

Harald quiso saber de la fauna del hielo y Rulav le nombró a la marsopa, la ballena, la morsa, el lobo marino, las focas, el pez mujer y el león de mar. Vadearon una zona de piso irregular y llegaron ante una enorme grieta cuya profundidad era tal que no se veía el fondo.

—¿Cómo te orientas en el hielo, tío Rulav?

—Por la posición del sol.

—¿Y si no hay sol?

—Es peligroso subir al glaciar cuando no hay sol. En esos días se conoce la situación del norte por la dirección de la brisa. Su soplo deja su impronta en las agujas de hielo, que desgasta en el lugar donde las erosiona.

—Supongo que conocerás bien este glaciar.

—Lo he recorrido y atravesado muchas veces, pero no lo conozco. Nunca es el mismo. Esta grieta cambia de posición y de tamaño lentamente y todo el glaciar camina y se mueve con mucha lentitud.

—¿Cómo puede caminar un glaciar?

—Lo mismo que el agua de los ríos, sólo que con más calma.

Nubes arrosariadas, negras y sospechosas, iban acumulándose a poniente. Arreciaba la brisa. Llovería. Rulav inició el regreso sin dejar de saciar la inacabable sed de conocimientos del muchacho.

—¿Qué profundidad tendrá esta grieta?

—Es insondable. El que caiga dentro morirá en el acto, congelado, y su cuerpo se mantendrá tal cual durante siglos. Al final será regurgitado al exterior por una de las lenguas del glaciar.

Solvej les había preparado tasajo de oso y queso de cabra que comieron sentados en el hielo, ofuscados de luz. Una bandada de patos de pantano volaba sobre sus cabezas dibujando en el índigo celeste una delta griega de lados desiguales. Volaban hacia el norte. Se iniciaba el verano. Era tanto el silencio que escuchaban sus propios pensamientos.

—Tengo sed —dijo Harald.

Rulav partió un trozo de hielo y lo colocó al sol sobre su caperuza de cuero de alce vuelto. Enseguida comenzó a derretirse y a formar un transparente charco que ofreció al chico. Éste bebió del agua helada y deliciosa hasta saciarse y después lo hizo él. Prosiguieron la marcha hasta llegar a un valle en la masa de hielo que formaba entrantes y salientes, lomos y vaguadas, igual que las cuadernas de una nave vikinga gigantesca y quimérica.

—El hielo se arruga y se comprime, levantándose o hundiéndose. ¿Te gusta?

—Es bonito —dijo el muchacho—. Pero tengo frío y miedo a resbalar y caer en una de las grietas.

—Volvamos, pues. Si estás cansado te subiré a mis hombros.

Aceleraron el regreso cuando el sol empezaba a declinar hacia el oeste. Desde los hombros de Rulav se veía el mundo bajo otra perspectiva. El guerrero caminaba despacio, con cuidado, afirmando los pies en cada paso.

—¿No hay flores en el hielo, tío Rulav?

—Tan sólo la rosa de la nieve, que brota en marzo y es efímera.

—¿Qué es efímera?

—Algo relacionado con el tiempo, si es corto. Pregúntale a tu madre. A ella se lo escuché.

—¿Por qué ella sabe más que tú, siendo mujer?

—Porque ha estudiado.

—¿Dónde?

—En los libros. En los libros se aprende. Ahora ella nos adoctrina, pero cuando bajemos a la ciudad podrás dibujar sobre el pergamino, leer un libro y conocer los secretos que encierra.

Harald había heredado de su madre la curiosidad interminable y el afán de aprender. Jamás se cansaba de interrogar, de buscar la causa de las cosas.

—¿Todo el mundo vive en los bosques, tío Rulav?

—Sólo sus verdaderos habitantes: los osos, jabalíes, culebras, renos y hormigas. ¿No te agrada?

—Me encanta cualquier tipo de bicho; es sólo que quisiera tener algún amigo.

—Ya tienes al puercoespín, a la serpiente, al lobo y a los alces, amigos siempre fieles. La ciudad es peligrosa. Especialmente para tu madre y para ti.

—¿Por qué?

—Hay gente interesada en haceros daño. Pero no creo que tardemos mucho en bajar a la aldea. Al parecer, la reina Ingeberg agoniza en palacio.

Aquella noche la pasó Harald escuchando de labios de su madre su historia. Fue el último verano en la quietud del bosque. Su infancia se acababa con doce años. No volvería a disfrutar con inocencia de la tranquilidad de la arboleda amiga, de su luz matinal, del alba parcelada por el verdor de las hojas del haya, del silbo de los pájaros en el amanecer, del rumor del arroyo, la aurora boreal en las interminables veladas de los días largos y aquel sol insumiso que parecía levitar en el aire las eternas jornadas del solsticio. Alboreaba septiembre cuando un heraldo real se acercó a la cabaña: la reina había muerto y el príncipe Olav reclamaba a su hermanastro.

Diecisiete años tenía Olav Haraldsson cuando murió su madre. Era un príncipe auténtico, con el empaque que debe suponerse en un miembro de la realeza: rubio trigueño, de elevada estatura, sedosa y lacia cabellera que recogía en una larga trenza, rasgos agradables y poderosa osamenta que sonaba al cabalgar o si andaba entre piedras, lo mismo que los alces. Desprendía el aura magnética que da la sangre azul. En torno a él se agrupaba la nobleza vikinga para intentar llevarlo al trono de sus antepasados tras expulsar a sus primos daneses, malos inquilinos. A tal empeño dedicaba todas sus horas el joven Olav. Tratando de aunar mentes y corazones al proyecto, reunió a sus capitanes, los mejores guerreros noruegos, en su alcázar de Trondheim. Uno de los más fieles, Rulav Svendson, estaba en la montaña por mor de la promesa hecha al rey, en su lecho de muerte, de guardar y cuidar a Solvej, el amor de su vida, y a su hijo Harald, fruto de tal pasión. Muerta la reina Ingeberg y al no existir impedimento para su regreso, el bravo guerrero fue llamado a palacio y recibido con entusiasmo por Olav y por la soldadesca, que apreciaba su valor demostrado en pasadas contiendas. En el otoño del año del Señor de 1014 se congregaron ante las murallas de la ciudad más de once mil guerreros llegados de todos los confines del reino, desde Mageröya, en la roca situada en la punta del norte, frente al mar congelado, hasta Vik, en un recodo del Sognefjorden, o desde las islas atlánticas de Lofoten hasta el gran lago que separaba Noruega de las tierras que poblaban los svear. Toda la ciudad y sus alrededores fueron aquellos meses un pandemónium de tropas adiestrándose: humeantes fundiciones de hierro, cobre y plomo; hercúleos forjadores martelando espadas, arneses y corazas envueltos en el humo de sus fraguas; ferrallistas; herradores de acémilas; curtidores poniendo a punto arreos y correajes; bataneros encurtiendo pieles; tintoreros dándoles color; carpinteros de ribera reparando a martillazos naves; calafateadores restañando sus cascos; viejas pescadoras remendando velas y reponiendo jarcias; truchimanes, receptadores, sanadoras, descuideros y brujas quirománticas. En medio del tufo pestilente de las tenerías y del hedor a estiércol de caballo, se escuchaba la algarabía del mercado, los gritos en la plaza de las vendedoras de frutas y hortalizas, las destempladas voces de prostitutas y proxenetas publicando urbi et orbi sus géneros y ofertando precios y rebajas.

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