Hija de la memoria

Kim Edwards · Capítulo 1 de 26

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Hija de la memoria

Capítulo I

Para Abigail y Naomi

MARZO DE 1964

I

La nieve empezó a caer horas antes de que el parto empezara. Primero unos cuantos copos en el cielo apagado y gris de última hora de la tarde, y después, volutas que se arremolinaban por el viento alrededor del amplio porche de la entrada. Él estaba a su lado de pie junto a la ventana, observando las repentinas ráfagas de nieve que volaban y se amontonaban luego en el suelo. Se encendieron las luces en todo el vecindario y las ramas desnudas de los árboles se volvieron blancas.

Después de cenar, encendió el fuego, aventurándose a salir a por la leña que había apilado contra el garaje durante el otoño. El frío y el viento le daban en la cara, y la nieve de la entrada le llegaba ya a la mitad de las rodillas.

Sacudió la capa blanca que cubría la leña y se la llevó para adentro. Las astillas prendieron fuego enseguida en la chimenea de hierro, y se sentó en el suelo un rato, con las piernas cruzadas, echando más leños y observando las llamas bailar, azuladas e hipnóticas. Fuera, la nieve seguía cayendo con suavidad a través de la oscuridad, densa y brillante como electricidad estática a la luz de las farolas. Cuando se levantó y miró por la ventana, el coche se había convertido en una mullida colina blanca al final de la calle.

Y sus huellas, ya habían desaparecido del camino de la entrada.

Se sacudió la ceniza de las manos y se sentó en el sofá junto a su mujer, que tenía los pies apoyados en los cojines, los tobillos hinchados cruzados, y un

ejemplar del doctor Spock* balanceándose en el vientre. Absorta en la

lectura, se humedecía el dedo índice con saliva, distraídamente, cada vez

que pasaba una página. Tenía las manos finas y los dedos cortos, y se

mordía ligeramente el labio inferior, mientras leía con atención. Al mirarla,

sintió que lo invadía un sentimiento de amor y de asombro. Era su mujer, y

en sólo tres semanas, tendrían un bebé. Sería su primer hijo. Llevaban sólo

un año de casados.

Cuando él le cubrió las piernas con la manta, ella levantó la vista y sonrió.

–¿Sabes? Me he estado preguntando cómo debe de ser -dijo-. Antes de nacer, me refiero. ¡Qué lástima que no nos acordemos!

Se abrió la bata y se subió el jersey que llevaba debajo, dejando al descubierto un vientre tan redondo y duro como un melón. Pasó la mano por la superficie lisa; la luz del fuego le recorría la piel y le proyectaba oro rojizo en el pelo.

–¿Crees que es como estar dentro de una farola? En el libro pone que la luz traspasa la piel y que el niño ya ve.

–No lo sé -dijo él.

Ella rió.

–¡Como que no! ¡Tú eres el médico!

–Soy traumatólogo -le recordó-. Podría decirte cómo es la estructura ósea del feto, pero eso es todo.

Le levantó el pie, hinchado dentro del calcetín azul cielo, y empezó a masajearlo con delicadeza: el fuerte tarso, los metatarsianos y las falanges, escondidos bajo piel y los músculos, a punto de abrirse como un abanico.

Su respiración llenó la silenciosa habitación, su pie le reconfortó las manos, e imaginó la perfecta simetría de los huesos. Durante el embarazo, la había encontrado hermosa, con sus finas venitas azules apenas visibles a través de

la piel pálida y blanca.

Había sido un embarazo excelente, sin restricciones médicas. Aun así, hacía unos meses que era incapaz de hacerle el amor. En cambio, quería protegerla, ayudarla a subir las escaleras, envolverla en mantas, llevarle tazas de natillas.

–No estoy inválida. Ni soy ningún polluelo que hayas encontrado en el prado -protestaba cada vez riendo, aunque agradecida por sus atenciones.

A veces él se despertaba y la observaba mientras dormía: las palpitaciones de los párpados, el lento movimiento acompasado de su pecho, la mano extendida, tan pequeña que cabía completamente en la suya.

Tenía once años menos que él. La había visto por primera vez, hacía apenas un año, mientras subía por las escaleras mecánicas de unos grandes almacenes del centro, un sábado gris de noviembre, mientras él compraba corbatas. Tenía treinta y tres años y llevaba poco tiempo en Lexington, Kentucky, y ella salió de entre la multitud, irreal, el pelo rubio recogido en un elegante moño, perlas brillantes en el cuello y en las orejas. Llevaba un abrigo verde oscuro de lana y tenía la piel limpia y blanca. Él se dirigió a las escaleras, abriéndose paso a empujones hacia arriba a través del gentío, luchando para no perderla de vista. Ella iba al cuarto piso, lencería y medias. Mientras la seguía por pasillos estrechos y por estantes de combinaciones, sujetadores y bragas, una dependienta vestida de azul marino y cuello blanco lo detuvo, sonriendo, preguntándole si lo podía ayudar.

–Una bata -dijo él, recorriendo con la vista los pasillos hasta que le vio el pelo, el verde oscuro del abrigo, la cabeza inclinada mostrando el elegante contorno del cuello.

–Una bata para mi hermana que vive en Nueva Orleans.

No tenía hermana, por supuesto, ni ningún pariente vivo que él supiera.

La dependienta desapareció y volvió al cabo de un momento con tres batas de resistente felpa. Escogió a ciegas, casi sin mirar, la de arriba del todo.

–Hay tres tallas -decía la dependienta-, y el mes que viene llegan más colores.

Pero él ya estaba en el pasillo, con una bata color coral en el brazo, los zapatos chirriando en las baldosas, mientras andaba impacientemente entre los demás compradores hacia donde estaba ella.

Ella removía una pila de medias caras, de finos colores que brillaban a través del celofán: marrón, azul marino, un granate tan oscuro como la sangre de cerdo… La manga del abrigo verde lo rozó y olió su perfume, algo delicado y sin embargo penetrante, algo como los pétalos cargados de las lilas de afuera de las ventanas de las habitaciones de estudiantes que él había ocupado una vez en Pittsburg. La ventana baja de su apartamento del sótano siempre estaba sucia, opaca por el hollín y las cenizas de la fábrica siderúrgica, pero en primavera florecían las lilas, ramilletes blancos y de azul lavanda que se apretaban contra el cristal y dispersaban el perfume de manera parecida.

Carraspeó; casi no podía respirar. Levantó el brazo con la bata de felpa en la mano, pero la dependienta de detrás del mostrador estaba riendo, contando un chiste y no lo vio. Al carraspear de nuevo, ella le echó una mirada, molesta, luego asintió con la cabeza a su clienta, que ahora sujetaba tres paquetes de medias en la mano como si fueran enormes naipes.

–Lo siento, pero la señorita Asher estaba aquí primero -dijo la dependienta, altiva y fría.

Entonces se miraron y se sorprendió de ver que tenía los ojos del mismo verde que su abrigo. Ella lo estudió: el abrigo de puro tweed, bien afeitado y rojo por el frío, las uñas bien arregladas. Sonrió, divertida y sin darle importancia, señalando la bata que llevaba al brazo.

–¿Para su mujer? – preguntó.

Hablaba con un acento refinado de Kentucky, de alguna ciudad de dinero donde tales distinciones tenían importancia. Después de tan sólo seis meses en la ciudad, ya había aprendido eso.

–No pasa nada, Jean -continuó, volviéndose hacia la dependienta-.

Atiéndelo a él primero. El pobre debe de estar perdido e incómodo entre tanto encaje.

–Es para mi hermana -dijo desesperado por invertir la mala impresión que estaba dando. Le había pasado otras veces, era tan directo que ofendía. Se le cayó la bata al suelo y se agachó a recogerla, enrojeciendo al levantarse.

Ella tenía las manos junto a los guantes, que reposaban sobre el mostrador de cristal. Vio en sus ojos que su incomodidad parecía ablandarla. Era una mirada amable.

Lo intentó de nuevo.

–Lo siento. Parece que no sepa lo que estoy haciendo y tengo prisa. Soy médico y llego tarde al hospital.

Entonces se puso seria.

–Entiendo -dijo volviéndose hacia la dependienta-. De verdad, Jean, atiéndelo a él primero.

Ella aceptó verlo de nuevo y escribió su nombre y número de teléfono con una letra perfecta que había aprendido en tercer grado, de su profesora, una ex monja que había hecho de la caligrafía una de sus responsabilidades.

–Cada letra tiene una forma -les decía-, una forma y no otra. Y es vuestra obligación hacerla perfecta.

Tenía ocho años, era blanca y flacucha, la mujer del abrigo verde que sería su esposa había apretado sus pequeños dedos alrededor de una pluma y practicó la cursiva, sola en su habitación, una hora tras otra, hasta que

escribió con la exquisita naturalidad con que fluye el agua.

Más tarde, cuando escuchara esa historia, se la imaginaría con la cabeza inclinada bajo la luz de la mesa, los dedos apretados fuertemente alrededor de la pluma, y se maravillaría de su tenacidad, de su confianza en la belleza y en la voz autoritaria de la ex monja. Pero ese día él no sabía nada de todo eso. Ese día llevó el trozo de papel en el bolsillo de la bata blanca de una habitación a otra, recordando el flujo sucesivo de las letras hasta moldear la perfecta forma de su nombre. Aquella misma noche la llamó; al día siguiente la llevó a cenar y al cabo de tres meses ya estaban casados.

Ahora, al final del embarazo, la bata de color coral le sentaba de maravilla.

Ella la había encontrado y se la enseñó.

–Pero tu hermana murió hace tanto tiempo -exclamó desconcertada.

Y por un instante, él se quedó paralizado, sonriendo, la mentira de hacía un año entraba como una flecha en la habitación. Luego, se encogió de hombros avergonzado.

–Tenía que decir algo. Quería saber tu nombre.

Ella sonrió, cruzó la habitación y lo abrazó.

Caía la nieve. Durante las horas siguientes, estuvieron leyendo y hablando.

A veces ella le cogía la mano y la ponía en su barriga para que notara cómo se movía el bebé. De vez en cuando, él se levantaba a avivar el fuego, echando un vistazo por la ventana para ver primero siete centímetros de nieve en el suelo, y así hasta doce o quince. Había pocos coches en las calles tranquilas, difuminadas por la nieve.

A las once ella se levantó y se fue a la cama. Él se quedó abajo leyendo el último número del Journal of Bone and Joint Surgery. Era conocido por ser un buen médico, con talento para hacer diagnósticos y hábil en su trabajo.

Se había licenciado el primero de la clase. Aun siendo bastante joven, lo hizo con mucho cuidado, tan inseguro acerca de sus habilidades que

estudiaba en cada momento libre, acumulando éxitos como una evidencia más a su favor. Se sentía como si no fuera normal, nació con deseos de aprender, en medio de una familia dedicada plenamente a tirar adelante a duras penas, un día tras otro. Veían la educación como un lujo innecesario, un medio para lograr un fin no siempre seguro. Eran pobres, y cuando finalmente fueron al médico, tuvieron que acudir a la clínica de Morgantown, a ochenta kilómetros de distancia. Los recuerdos de aquellos extraños viajes eran vívidos, botando en la parte trasera de la camioneta prestada, volando el polvo a su paso. «La carretera danzante», la había llamado su hermana desde su asiento en la cabina del conductor, donde iban también sus padres. Las habitaciones de Morgantown estaban poco iluminadas, el estanque era de un color verde turquesa debido a la suciedad, y los médicos iban de un lado a otro, trastornados.

En los años siguientes, todavía había momentos en que recordaba la mirada de aquellos médicos, y se sentía como un impostor a punto de ser desenmascarado por un solo error. La especialidad que había escogido lo reflejaba. No lo atraían ni la medicina general ni los problemas cardiovasculares. Él se las arreglaba mejor con extremidades rotas, esculpiendo escayolas y mirando rayos X, observando cómo lentamente pero de manera asombrosa las fracturas vuelven a soldarse por sí solas. Le gustaba la solidez de los huesos, que sobrevivían incluso a la incandescencia de la incineración. Los huesos duraban; le fue fácil decantarse por algo tan sólido y previsible.

Leyó hasta pasada la medianoche, hasta que las palabras fueron tan sólo manchas sin sentido en el blanco resplandeciente de las páginas, y luego lanzó la revista sobre la mesa de centro y se levantó para ocuparse del fuego. Apretó los leños carbonizados en las brasas, abrió del todo el regulador de tiro de la chimenea y cerró la pantalla de latón. Cuando apagó las luces, pequeñas chispas de fuego brillaron suavemente a través de las capas de ceniza tan delicada y blanca como la nieve, que ya cubría la verja del porche y los rododendros.

Las escaleras crujían con su peso. Al llegar a la habitación del niño se detuvo, mirando las sombras en la cuna y en el cambiador, y los animales de peluche colocados en los estantes. Las paredes estaban pintadas de un

verde mar pálido. Su mujer había hecho el edredón de mamá Oca* que

colgaba en la pared, con diminutas puntadas, deshaciendo trozos enteros si

notaba la más mínima imperfección. También había pintado con plantilla

una cenefa de osos justo debajo del techo.

Entró en la habitación y se quedó frente a la ventana. Corrió la fina cortina para mirar la nieve, que ya casi llegaba a los veinte centímetros de alto, en farolas, vallas y tejados. Era la clase de tormenta que casi nunca se veía en Lexington, y los constantes copos de nieve y el silencio lo llenaron de entusiasmo y de paz. En ese momento, los distintos fragmentos de su vida parecían agruparse solos, cada momento de tristeza y desilusión del pasado, cada secreto que ahora permanecía escondido bajo las mullidas capas blancas. El mundo tenue y frágil estaría en calma al día siguiente, hasta los niños del vecindario saldrían a romper la tranquilidad con sus canciones y gritos de alegría. Recordó los días que había pasado en las montañas durante su infancia. Extraños momentos de evasión, en que la respiración se hacía más profunda y la voz quedaba amortiguada de alguna manera por la pesada nieve que doblaba las ramas hasta poca altura. El mundo, transformado por unas horas.

Se quedó así bastante tiempo hasta que oyó que ella se movía. La encontró sentada al borde de la cama, con la cabeza inclinada y las manos agarradas al colchón.

–Creo que estoy de parto -dijo levantando la vista.

Llevaba el pelo suelto, tenía un mechón en la boca. Él se lo apartó detrás de la oreja, se sentó a su lado y ella movió la cabeza.

–No sé. Me siento extraña. Los dolores van y vienen.

La ayudó a tumbarse de lado, luego se tumbó él también y le masajeó la

espalda.

–Es probable que sólo sea una falsa alarma -la tranquilizó-. Todavía te faltan tres semanas, y además, los primeros partos suelen retrasarse.

Eso era cierto; él lo sabía. Se convenció más al decirlo y estaba tan seguro de esto, que en poco tiempo se quedó dormido. Se despertó y la vio incorporada, moviendo los hombros. La bata, el pelo, parecían casi blancos a la luz color de nieve que llenaba la habitación.

–Los he estado contando. Los tengo cada cinco minutos. Son fuertes. Estoy asustada.

Entonces él sintió algo en su interior; entusiasmo y miedo a la vez, como la espuma que arrastran las olas. Pero estaba preparado para casos de emergencia, así que era capaz de controlar sus emociones, actuar sin premura, coger el reloj y andar con ella hasta el final del pasillo, despacio y con calma. Cuando llegaron las contracciones, ella le apretó las manos tan fuerte que sintió como si los huesos se le fueran a fundir. Se sucedían, tal como le decía, cada cinco minutos, luego cuatro. Cogió la maleta del armario, paralizado de golpe por la trascendencia de los acontecimientos, que no por esperados desde hacía tiempo dejaban de ser una sorpresa. Se movía al ritmo de ella. El mundo parecía haber aminorado la marcha a su alrededor. Era sumamente consciente de cada movimiento: la fuerza con que inspiraba y exhalaba ella el aire, cómo se ponía con dificultad los únicos zapatos que le cabían, los pies hinchados prietos contra el cuero gris.

Cuando la cogió del brazo, se sintió extraño, como si él mismo estuviera suspendido en la habitación, en el techo, viéndolos a ambos desde arriba, percibiendo cada matiz y detalle: cómo temblaba ella con cada contracción, cómo él le cogía el codo con firmeza y de manera protectora. Fuera, la nieve seguía amontonándose.

La ayudó a ponerse el abrigo verde de lana, desabrochado, abierto alrededor del vientre. Encontró también los guantes de piel que llevaba el día que la conoció. Parecía importante que todos esos detalles estuvieran bien. Se quedaron un momento juntos en el porche, asombrados por la blancura que

los rodeaba.

–Espera aquí -le dijo.

Y bajó los escalones, haciendo un camino en la nieve. Las puertas del viejo coche estaban congeladas y tardó unos minutos en abrir una de ellas. La puerta al final se movió y él, con esfuerzo, llegó al asiento trasero para coger la rasqueta y el cepillo de quitar el hielo. Cuando salió, su mujer estaba contra una de las columnas del porche, con la frente apoyada en los brazos. En ese momento comprendió cuánto estaba sufriendo ella y que el bebé estaba realmente en camino esa misma noche. Contuvo las ganas de correr a su lado, y en lugar de eso, centró toda su energía en el coche, calentándose las manos desnudas en las axilas, primero una y luego otra, cuando el dolor era demasiado fuerte, pero siempre sin parar de quitar la nieve del parabrisas, las ventanas y el capó, viendo como se esparcía y desaparecía en el blanco mar que la rodeaba.

–No me dijiste que dolería tanto -dijo ella cuando él llegó al porche.

Le puso el brazo alrededor de los hombros y la ayudó a bajar los escalones.

–No puedo andar -insistió-. Justo ahora me vienen los dolores.

–Lo sé -le dijo, pero no la dejó ir.

Cuando llegaron al coche ella le cogió el brazo y señaló la casa, cubierta de nieve, brillando suavemente como un farol en la oscuridad de la calle.

–Cuando volvamos ya tendremos a nuestro hijo con nosotros. Nuestro mundo ya no será el mismo.

Los limpiaparabrisas estaban congelados. La nieve se deslizó por el cristal trasero cuando sacó el coche a la calle. Condujo despacio, pensando qué bonito era Lexington, los árboles y arbustos tan pesados por la nieve.

Cuando giró hacia la calle principal, pisaron una placa de hielo y el coche patinó unos segundos, cruzando la intersección, hasta que se paró en un

montículo de nieve.

–No ha pasado nada -anunció mirando de un lado a otro.

Afortunadamente no había ningún coche a la vista. El volante, bajo las manos desnudas, estaba tan duro y frío como una piedra. De vez en cuando, limpiaba el parabrisas con el reverso de la mano, inclinándose para mirar con dificultad por el agujero que había hecho.

–Llamé a Bentley antes de salir -dijo nombrando a su colega, un tocólogo-.

Le dije que nos encontraríamos en la consulta. Iremos allí. Está más cerca.

Ella se quedó en silencio durante un momento, con la mano en el salpicadero mientras respiraba durante una contracción.

–Mientras no tenga a mi hijo en este viejo coche… -pudo decir al final, intentando bromear-. Sabes cuánto lo he odiado siempre.

Él sonrió, pero sabía que su temor era verdadero y él lo compartía.

Decidido y metódico, incluso en una emergencia no cambiaba su manera de ser. Se paraba en cada semáforo aunque la calle estaba vacía. Cada pocos minutos, ella volvía a apoyar una mano en el salpicadero y se concentraba en la respiración, que a él lo hacía tragar y echarle un vistazo de reojo, más nervioso esa noche de lo que jamás había estado. Más nervioso que en la primera clase de anatomía, donde el cuerpo de un chico joven yacía abierto con el fin de desvelar sus secretos. Más nervioso que en el día de su boda, en que la familia de ella llenó un lado de la iglesia, y en el otro, tan sólo había unos cuantos de sus colegas. Sus padres habían muerto, su hermana también.

Sólo había un coche en el aparcamiento del ambulatorio, el Fairlane azul pastel de la enfermera, conservador, práctico y más nuevo que el de él.

También la había llamado. Paró delante de la entrada y ayudó a su mujer a salir del coche. Ahora que habían llegado a la consulta sin peligro, ambos estaban llenos de júbilo, riendo mientras se apresuraban a entrar a la

iluminada sala de espera.

La enfermera se encontró con ellos. En el momento en que la vio, supo que algo andaba mal. Tenía la piel blanca y unos grandes ojos azules que tanto podían reflejar una mujer de cuarenta como de veinticinco años, y siempre que algo no le gustaba, una fina arruga vertical le cruzaba la frente, justo entre los ojos, que emergía mientras les daba la noticia: el coche de Bentley había resbalado en la carretera rural donde vivía, porque todavía no la habían limpiado de nieve. Había girado dos veces sobre el hielo, acabando en la cuneta.

–¿Está diciendo que el doctor Bentley no vendrá? – preguntó su mujer.

La enfermera asintió. Era alta, y tan delgada y angulosa que parecía que los huesos fueran a rebasarle la piel en cualquier momento. Los ojos grandes y azules eran solemnes e inteligentes. Durante meses, corrió el rumor de que ella estaba algo colada por él, y se hicieron bromas, pero no lo afectaron, ya que lo había considerado cotilleos de gente que no tiene nada mejor que hacer. Era un poco molesto, pero normal cuando un hombre y una mujer solteros trabajan tan cerca el uno del otro, un día tras otro. Una noche se quedó dormido en su mesa. Soñando, había vuelto a la casa de su infancia, su madre ponía tarros de fruta que relucían como piedras preciosas sobre la mesa cubierta de hule que había debajo de la ventana. Su hermana, de cinco años, estaba sentada sujetando una muñeca en una mano lánguida. Una imagen pasajera, quizás un recuerdo, pero que lo llenó a la vez de tristeza y anhelo. La casa era ahora suya, vacía y desierta desde que su hermana murió y sus padres se mudaron. Las habitaciones que su madre había mantenido limpias estaban abandonadas, llenas sólo por el chirrido de ardillas y ratones.

Levantó la cabeza del escritorio. Tenía lágrimas en los ojos cuando los abrió. La enfermera estaba de pie en la entrada con una expresión dulce por la emoción. En ese momento la encontró preciosa, medio sonriendo, la eficiente mujer que trabajaba a su lado todos los días, competente y discreta. Se miraron a los ojos y al doctor le pareció que ya la conocía, que ya se conocían, de alguna manera cierta y profunda. Durante un instante,

absolutamente nada se interpuso entre ellos; fue una intimidad de tal magnitud que se quedó paralizado, inmóvil. Entonces ella enrojeció y desvió la vista a un lado. Carraspeó y se enderezó, diciendo que se había quedado dos horas más trabajando y que ya se iba. Durante unos días ni se miraron.

Después de aquello, cuando la gente se burlaba de él a causa de ella, les hacía callar.

–Es muy buena enfermera -solía decir intentando parar las bromas, sintiéndose obligado después de aquel momento de comunicación que habían compartido.

–Es la mejor con la que he trabajado. – Esto era verdad, y ahora se alegraba mucho de que estuviera allí.

–¿Qué tal en la sala de emergencias? – preguntó ella-. ¿Podría hacerlo?

El doctor movió la cabeza. Las contracciones eran cada un minuto más o menos.

–Este niño no espera -dijo mirando a su esposa. Tenía nieve derretida en el pelo que brillaba como una diadema de diamantes-. Ya está en camino.

–No pasa nada -dijo ella estoicamente. La voz era más fuerte ahora, con decisión-. Será una buena historia para contarle al niño cuando crezca, bueno, al niño o a la niña.

La enfermera sonrió, todavía con la arruga en la frente, aunque era menos visible.

–Vamos a llevarla dentro, pues -le dijo-. Le daremos algo para el dolor.

Él fue a su consulta a buscar una bata, y cuando entró en la sala de reconocimiento del doctor Bentley, su mujer ya estaba tendida en la cama con los pies en los estribos. La habitación era de color azul cielo, con

esmalte cromo y blanco y llena de finos instrumentos de acero reluciente. El doctor fue a lavarse las manos en el lavabo. Se sentía sumamente alerta, consciente del más mínimo detalle, y mientras realizaba el ritual normal, sintió que la angustia por la ausencia de Bentley se iba disipando. Cerró los ojos y se obligó a concentrarse en lo que estaba haciendo.

–Todo va bien -dijo la enfermera-. Evoluciona correctamente. Yo esperaría a que haya dilatado diez centímetros, ¿qué le parece?

Se sentó en el taburete y se centró en la cálida cueva del cuerpo de su mujer.

El saco amniótico todavía estaba intacto y a través de él notaba la cabeza del bebé, suave y dura como una pelota de béisbol. Su hijo. Debería estar en la sala de espera de un lado a otro. Las persianas de la única ventana de la habitación estaban cerradas, y mientras sacaba la mano del cuerpo cálido de su mujer, se encontró pensando en la nieve, si todavía estaría cayendo, silenciando la ciudad y los alrededores.

–Sí -dijo-, diez centímetros.

–Phoebe -dijo su esposa. Él no le veía la cara, pero su voz era clara. Habían estado debatiendo nombres desde hacía meses y no habían tomado ninguna decisión-. Si es niña, Phoebe. Y si es niño, Paul, como mi tío abuelo. ¿Te había dicho que ya lo había decidido?

–Son unos nombres muy bonitos -dijo la enfermera tranquilizándolos.

–Phoebe y Paul -repitió el doctor, pero estaba concentrado en las contracciones, que iban en aumento. Le hizo gestos a la enfermera, y ella preparó el gas anestésico. En sus prácticas de internado, anestesiaban a la mujer durante todo el parto, pero los tiempos habían cambiado; ahora estaban en 1964, y Bentley usaba la anestesia con criterio selectivo. Era mejor que ella estuviera despierta para empujar; la dormiría sólo durante las peores contracciones, cuando asomara la cabeza y en el nacimiento. Su mujer se puso tensa y gritó, y el bebé se movió en el canal del parto, reventando la bolsa amniótica.

–Ahora -dijo el doctor.

La enfermera le puso la mascarilla. Las manos de su mujer se relajaron, los puños se fueron aflojando a medida que la anestesia hacía efecto, y se quedó quieta, tranquila, sin saber lo que pasaba, mientras una contracción y otra la movían.

–Llega rápido para ser el primero -observó la enfermera.

–Sí -dijo el doctor-. De momento.

Pasaron media hora así. Su mujer se despertaba, gemía y empujaba, y cuando creía que ya tenía suficiente, o cuando gritaba porque el dolor era insoportable, él hacía un gesto a la enfermera y ésta le daba más gas. Sólo hablaban para intercambiarse algunas instrucciones. Fuera, la nieve seguía cayendo, amontonándose a los lados de las casas, cubriendo las calles. El doctor se sentó en una silla de acero, limitando su concentración a los hechos fundamentales. En la facultad de medicina, había asistido al parto de cinco niños; todos nacieron bien, sin problemas, y se concentraba en ellos buscando en la memoria los detalles de la asistencia médica. Mientras lo hacía, su mujer, tumbada con los pies en los estribos y el vientre sobresaliéndole tanto que no podía verle la cara, se fue convirtiendo poco a poco en una de esas mujeres. Las rodillas redondas, las pantorrillas estrechas y suaves, los tobillos… Él lo había amado todo. No pensó en acariciarle la piel ni en ponerle una mano tranquilizadora en la rodilla. Fue la enfermera quien le cogió la mano mientras empujaba. Para el doctor, concentrado en lo anterior, se había convertido en algo más: en un cuerpo como los otros, en una paciente cuyas necesidades él debía atender con su destreza. Era esencial, más de lo habitual, controlar las emociones. A medida que el tiempo pasaba, volvió a experimentar lo mismo que en el dormitorio. Empezó a sentirse como si de alguna manera lo sacaran de la escena del parto, como si estuviera allí y en otro sitio a la vez, observando desde una distancia segura. Se vio a sí mismo haciendo la cuidadosa y precisa incisión para la episiotomía. «Una buena incisión», pensó mientras la sangre brotaba limpiamente, intentando no recordar las veces que había tocado aquella misma piel con pasión.

La cabeza ya asomaba. Con tres empujones más apareció y luego, el cuerpo se deslizó hasta sus manos, que lo esperaban, y el bebé lloró, con la piel manchada.

Era un niño, con la cara roja y el pelo oscuro, de ojos despiertos, desconfiados de las luces y del golpe frío del ambiente. El doctor anudó el cordón umbilical y lo cortó. «Mi hijo -pensó-. Mi hijo».

–Es precioso -dijo la enfermera.

Esperó mientras él examinaba al niño. El ritmo del corazón, rápido y seguro, las manos de dedos largos, y el pelo oscuro. Luego, ella se lo llevó a la otra habitación para bañarlo y ponerle nitrato de plata en los ojos para evitar la oftalmía gonocócica. Los pequeños llantos que llegaban despertaron a su mujer. El doctor se quedó donde estaba, con la mano en la rodilla de ella, respirando profundamente, esperando la placenta. «Mi hijo», volvió a pensar.

–¿Dónde está el bebé? – preguntó su mujer, abriendo los ojos y apartándose el pelo de la cara colorada-. ¿Todo ha ido bien?

–Es un niño -dijo el doctor con una sonrisa-. Tenemos un hijo. Lo verás en cuanto esté limpio. Es perfecto.

La cara de su mujer se suavizó por el alivio y el agotamiento. De repente, se tensó con otra contracción, y el doctor, esperando la placenta, volvió al taburete y le apretó suavemente el abdomen. Ella gritó, y en el mismo momento, él, asustado, entendió lo que pasaba.

–No pasa nada -dijo-. Todo va bien. Enfermera -la llamó mientras llegaba la siguiente contracción.

Ella vino inmediatamente, con el niño envuelto en una manta blanca.

–Ha dado nueve en la escala Apgar* -anunció-. Está muy bien.

Su mujer levantó los brazos para coger al niño y empezó a hablar, pero el dolor la hizo volver a tumbarse.

–Enfermera, la necesito aquí. Ahora mismo.

Después de un momento de confusión, la enfermera puso en el suelo dos almohadas donde colocar al bebé y se unió al doctor.

–Más anestesia -dijo él.

Se dio cuenta de su sorpresa, pero ella asintió comprensiva y obedeció rápidamente. Él tenía la mano en la rodilla de su mujer, y notó como disminuía la tensión de sus músculos a medida que el gas hacía efecto.

–¿Gemelos? – preguntó la enfermera.

El doctor, que se había relajado después del nacimiento del niño, se sentía débil y no pudo hacer más que asentir con la cabeza. «Cálmate», se dijo mientras asomaba otra cabeza. «Piensa que estás en otro sitio», intentó tranquilizarse mientras se veía trabajando metódicamente y con precisión.

«Es un nacimiento cualquiera».

El segundo bebé era más pequeño y llegaba con más facilidad, deslizándose tan rápidamente hasta sus manos que tuvo que inclinarse con el pecho hacia adelante para asegurarse de que no cayera.

–Es una niña -dijo, y la sostuvo contra el pecho como a una pelota de fútbol, boca abajo, dándole golpecitos hasta que lloró. Luego le dio la vuelta para verle la cara.

Tenía una sustancia blanca grisácea de aspecto untuoso en la piel delicada y resbalaba por el líquido amniótico y los restos de sangre. Los ojos eran azules y empañados, y el pelo de color azabache, pero apenas se apercibió.

Lo que miraba era aquellos rasgos inconfundibles, el pliegue epicántico del ángulo interno de los ojos, alzados como si se estuviera riendo, la nariz chata… «Un caso clásico -recordó haber oído decir a su profesor al examinar a un niño similar hacía años-. Un niño mongólico. ¿Saben lo que significa?», y él, diligentemente, había recitado los síntomas que había memorizado del texto: tono muscular fláccido, crecimiento y desarrollo mental retrasado, posibles complicaciones del corazón, muerte prematura.

El profesor asintió con la cabeza y puso el estetoscopio en el pecho desnudo y suave del niño. «Pobre chico. No hay nada que puedan hacer por él salvo mantenerlo limpio. Deberían mandarlo a una institución que se hiciera cargo de él y se ahorrarían todo esto.»

El doctor se sintió transportado al pasado. Su hermana había nacido con un problema de corazón y había crecido muy despacio. Siempre que intentaba correr, se quedaba sin respiración y le volvía entrecortada, con pequeños jadeos. Durante años, no supieron cuál era el problema hasta que fueron por primera vez a la clínica de Morgantown. No había nada que pudieran hacer.

Recibió toda la atención de su madre, y aun así, murió cuando tenía doce años. Él tenía dieciséis e iba al instituto, luego iría a Pittsburg a la facultad de medicina y al cabo emprendería su vida actual. Todavía recordaba lo duro y doloroso que fue para su madre, cómo subía cada mañana la colina para visitar la tumba, hiciera el tiempo que fuera.

La enfermera, a su lado, observó al bebé.

–Lo siento, doctor.

Él sujetó a la niña olvidándose de lo que debía hacer. Tenía las manos muy pequeñas, pero eran perfectas; en cambio, la separación entre el dedo gordo del pie y los otros… Era ahí, como cuando falta un diente en la boca, y cuando le miró detenidamente los ojos, vio las manchas de Brushfield en el iris, características del síndrome de Down, tan diminutas y definidas como motitas de nieve. Imaginó el corazón, del tamaño de una ciruela y posiblemente deficiente, y pensó en la habitación, tan cuidadosamente pintada con aquellos suaves animalitos y una sola cuna. Pensó en su mujer parada en la acera ante la casa cubierta de nieve, diciendo que su mundo ya

no sería el mismo.

La mano de la niña rozó la suya, y él empezó, sin voluntad, a moverse por pautas familiares. Cortó el cordón, le examinó el corazón y los pulmones.

Había estado pensando en la nieve, en el coche en la cuneta, la completa calma del ambulatorio vacío. Con el tiempo, cuando pensara en esta noche -

lo que haría a menudo en los años venideros-, el momento decisivo de su vida en que se fundió todo lo demás, recordaría el silencio de la habitación y la nieve fuera cayendo de manera constante. El silencio que lo rodeaba era tan profundo que volvió a situarse a otra altura, en el cenit de aquella habitación y luego, más allá, en la nieve, donde la escena se desarrollaba en una vida diferente, en la que él era mero espectador, como vislumbrada a través de la cálida luz de una ventana al andar por una calle oscurecida. Eso era lo que recordaría, una sensación de espacio infinito. El doctor en la cuneta y las luces de su casa encendidas a lo lejos.

–Bueno. Límpiela, por favor -dijo pasándole a la enfermera el ligero peso de la niña-. Pero déjela en la otra habitación. No quiero que mi mujer lo sepa todavía.

La enfermera asintió y desapareció para volver con el niño, que colocó en la canastilla que habían traído. El doctor estaba intentando sacar las placentas, que salieron muy bien, oscuras y gruesas, cada una del tamaño de un plato.

Gemelos no idénticos, varón y hembra, uno visiblemente perfecto y el otro marcado por un cromosoma de más en cada célula de su cuerpo. ¿Cuántas probabilidades había? Su hijo, en la canastilla, movía las manos de vez en cuando, con fluidez, como si todavía estuviera dentro del útero. Inyectó un sedante a su mujer y se inclinó para reparar la episiotomía. Estaba a punto de amanecer; la luz aumentaba débilmente en las ventanas. Observó el movimiento de sus manos y pensó en lo bien que estaban yendo los puntos, diminutos y pulcros como su mujer. Ella había desplazado parte del edredón sin que él se hubiera dado cuenta.

Cuando el doctor terminó, encontró a la enfermera sentada en una mecedora en la sala de espera, con la niña en sus brazos. Se miraron sin decir nada y se acordó de la noche en que ella le había velado el sueño.

–Hay un sitio -dijo él, escribiendo el nombre y dirección en la parte de atrás de un sobre-. Me gustaría que la llevara allí. Cuando sea de día, quiero decir. Prepararé la partida de nacimiento y llamaré para decir que va a ir.

–Pero su mujer… -dijo la enfermera.

Él captó la sorpresa y la desaprobación en su voz.

Pensó en su hermana, pálida y delgada, quedándose sin respiración, y en su madre girándose de cara a la ventana para esconder las lágrimas.

–¿Es que no lo ve? – dijo en voz baja-. Lo más probable es que esta pobre niña tenga una cardiopatía grave. Quizás mortal. Estoy tratando de ahorrarnos a todos un dolor espantoso.

Habló con convicción. Se creía sus propias palabras. La enfermera se lo quedó mirando con una expresión de sorpresa y a la vez ilegible, mientras él esperaba a que dijera que sí. En el estado en que se encontraba en aquel momento, no se le había ocurrido pensar que ella pudiera haber dicho cualquier otra cosa. No imaginó, como haría más tarde aquella noche y en tantas otras noches venideras, que lo estaba poniendo todo en peligro. En lugar de eso, se impacientó por la lentitud de ella y de repente se sintió muy cansado, y la clínica, tan familiar, ahora le parecía extraña, como si estuviera en un sueño. La enfermera lo observó con ilegibles ojos azules. Él le devolvió la mirada, inmutable, y al final ella asintió con un movimiento de cabeza tan leve que fue casi imperceptible.

–La nieve -susurró bajando la vista.

Pero a media mañana la tormenta había empezado a amainar, y llegaban sonidos distantes de la máquina quitanieves. Desde la ventana del piso de arriba, miró cómo la enfermera quitaba la nieve del coche azul pastel y se adentraba en el blanco mundo. La niña estaba escondida, dormida en una caja forrada con mantas, en el asiento de atrás. La vio girar hacia la calle de la derecha, y desapareció. Luego, entró y se sentó con su familia.

Su mujer dormía con el pelo dorado esparcido sobre la almohada. De vez en cuando él había echado una cabezada. Despierto, miraba hacia el aparcamiento vacío, viendo salir el humo de las chimeneas del otro lado de la calle, pensando en lo que iba a decir: que no era culpa de nadie, que la niña estaría en buenas manos junto a otros niños como ella y constantemente atendida. Sería lo mejor para todos.

Bien entrada la mañana, cuando la nieve paró de una vez por todas, su hijo lloró de hambre, y su mujer se despertó.

–¿Dónde está el niño? – dijo, incorporándose con la ayuda de los codos y apartándose el pelo de la cara.

Él sujetaba a su hijo, cálido y ligero, y se sentó a su lado poniéndoselo en los brazos.

–Hola, mi vida -le dijo él-. Mira nuestro hermoso hijo. Fuiste muy valiente.

Ella le dio al niño un beso en la frente, luego se desabrochó la bata y se lo puso al pecho. Su hijo se agarró enseguida, y su mujer levantó la vista y sonrió. Él le cogió la mano que tenía libre, recordando lo fuerte que lo había agarrado a él, marcándole los huesos de los dedos en la piel. Recordó cuánto la había querido proteger.

–¿Va todo bien? – preguntó-. Cariño, ¿qué pasa?

–Tuvimos gemelos -le dijo despacio pensando en el pelo oscuro, los cuerpos resbaladizos que se movieron en sus manos. Los ojos se le llenaron de lágrimas-. Uno de cada.

–¿De veras? ¿También una niña? Phoebe y Paul. ¿Dónde está?

Tenía los dedos tan delgados, pensó, como los huesos de un pajarillo.

–Cariño -empezó. Se le rompió la voz, y las palabras que había ensayado