Hijos de los hombres
Hijos de los hombres
Sobrecubierta
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P. D. JAMES
HIJOS DE LOS
HOMBRES
Traducción de:
MARÍA S. CRISTOFF
EDITORIAL SUDAMERICANA BUENOS AIRES
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IMPRESO EN ESPAÑA
Queda hecho el depósito
que previene la ley 11.723.
1994, Editorial Sudamericana S.A.
Humberto 1° 531, Buenos Aires.
ISBN 950–07–1693–3
Título del original en inglés
The Children of Men
© 1992 by P. D. James
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Una vez más, a mis hijas
Clare y Jane,
que me ayudaron.
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LIBRO UNO
OMEGA
Enero-marzo 2021
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1
Viernes 1 ° de enero, 2021.
En la madrugada de hoy, le de enero del año 2021, tres minutos después de las doce, murió en una pelea en un suburbio de Buenos Aires el último ser humano nacido sobre la faz de la tierra: tenía veinticinco años, dos meses y doce días. De acuerdo con las primeras noticias, José Ricardo murió de la misma forma en que había vivido. Siempre le había resultado algo difícil manejar el honor –si se lo puede llamar así– de haber sido el último en nacer, ya que eso no tenía nada que ver con una virtud o un mérito personal. Y ahora está muerto. Aquí en Gran Bretaña la noticia se difundió en el programa de las nueve del servicio nacional de noticias, y yo la escuché por casualidad. Me había sentado a escribir acerca de la segunda mitad de mi vida en este diario, y cuando vi la hora pensé que mientras lo hacía podía escuchar los titulares del noticiero de las nueve. Lo último que dijeron fue lo de la muerte de Ricardo, a lo que siguieron un par de frases tibias de un locutor con voz cuidadosamente ascética. Me pareció que la noticia era una pequeña justificación extra para empezar mi diario hoy: el primer día del año y mi cumpleaños. Cuando era niño disfrutaba de ese privilegio, a pesar de que me hacían un solo regalo porque unían el de Navidad y el de cumpleaños, sin que fuera el doble de grande por eso.
En realidad casi no se justifica que empiece a ensuciar las hojas de este cuaderno por los tres hechos mencionados: el Año Nuevo, mis cincuenta años y la muerte de Ricardo; pero igual continuaré, será otra pequeña contribución para defenderme de la apatía. Si no hay nada que registrar, voy a registrar la nada y luego, cuando envejezca –como seguramente sucederá con la mayoría de todos nosotros, que nos hemos vuelto expertos en prolongar la vida–, voy a abrir una de las cajas de mi colección de fósforos y voy a encender mi propia hoguera de vanidades. No tengo ninguna intención de hacer de este diario un registro de los últimos años en la vida de un hombre. Ni siquiera en mis momentos de mayor egoísmo lo creo posible. ¿Qué interés puede encerrar el diario de Theodore Faron, doctor en Filosofía, profesor destacado del Merton College en la Universidad de Oxford, historiador de la época victoriana, divorciado, solitario y sin hijos, cuyo único mérito es ser primo de Xan Lyppiatt, dictador y Custodio de
Inglaterra. No es necesario agregar más información personal. Todas las naciones del mundo están preparando el testimonio que les dejarán a los que supuestamente –de vez en cuando aún lo creemos– vendrán después de nosotros: esas criaturas de otro planeta que aterrizarán en este verde infinito y querrán saber algo acerca de la sensibilidad que alguna vez lo habitó.
Estamos archivando los libros y manuscritos, las grandes pinturas, las partituras musicales y los instrumentos, y algunos otros objetos. Dentro de cuarenta años la mayor parte de las mejores bibliotecas del mundo estará clausurada y a obscuras. Los edificios que sobrevivan lo dirán todo. Las endebles piedras de Oxford apenas subsistirán un par de siglos más. Ya se está discutiendo en la Universidad si se justifica refaccionar el Sheldonian, que se está desmoronando. Pero me gusta imaginarme a esos seres míticos aterrizando sobre St. Peter's Square y entrando a la enorme Basílica, con el único sonido de sus pasos bajo los siglos de polvo. ¿Se darán cuenta de que en una época fue uno de los templos más maravillosos construido por el hombre para uno de sus muchos dioses? ¿Sentirán curiosidad por conocer la naturaleza de ese dios, al que se adoraba con tanta pompa y esplendor? ¿O
intriga por el misterio de su símbolo, dos simples maderas en forma de cruz, ubicuo por naturaleza, y sin embargo gloriosamente adornado, cubierto de oro y joyas? ¿O es que sus valores y sus formas de pensar serán tan lejanas a las nuestras que nada relacionado con el temor y la magia los conmocionará? Pero a pesar de que los astrónomos descubrieron un planeta
–¿fue en 1997?– en el que aseguraban que podía haber vida, en realidad es poca la gente que cree que algún día lleguen hasta aquí. Seguro que están ahí. Es muy poco razonable pensar que hay una sola estrella en la inmensidad del universo en la cual puedan crecer y desarrollarse seres inteligentes. Pero nosotros no llegaremos a ellos ni ellos a nosotros.
Hace veinte años, cuando el mundo ya casi había asumido que nuestra especie había perdido para siempre el poder de reproducirse, el tema de descubrir cuál sería el último ser humano en nacer se convirtió en una obsesión mundial, en una cuestión de orgullo nacional, una competencia internacional que era tan feroz y cáustica como falta de sentido. Para que fuera válido, el nacimiento tenía que estar registrado en forma oficial, con la fecha y la hora de nacimiento exactas. Esto sin duda excluía a una alta proporción de la humanidad que conocía los días pero no la hora, y se aceptaba, sin hacer mucho énfasis en ello, que el resultado no sería nunca
definitivo. Es muy probable que en alguna jungla remota, en una choza primitiva, el último ser humano haya llegado a un mundo indiferente, sin que nadie lo percibiera. Pero después de meses de buscar y revisar, se reconoció en forma oficial a José Ricardo, un mulato nacido ilegalmente en un hospital de Buenos Aires, dos minutos después de las tres del 19 de octubre de 1995. Una vez que se hizo el anuncio, lo dejaron explotar su fama lo mejor que pudiera mientras el mundo, que parecía haber cobrado repentina conciencia de la futilidad del ejercicio, prestaba atención a otra cosa. Ahora está muerto, y dudo que algún país quiera rescatar a los demás candidatos del olvido.
Nuestra desazón y nuestra impotencia provienen menos del inminente fin de nuestra especie y de la incapacidad de evitarlo que de nuestro fracaso en descubrir la causa del mismo. La ciencia y la medicina occidental no nos han preparado para la magnitud y la humillación de este último fracaso. Ha habido muchas enfermedades difíciles de diagnosticar o de curar, y una que casi extinguió la vida humana de dos continentes antes de desaparecer. Pero siempre hemos encontrado las razones que las explicaban. Les pusimos nombres a los virus y gérmenes que nos siguen atacando, y hoy vemos con pesar que ese ataque parece una afrenta personal, como si se tratara de viejos enemigos que no perdonan y derriban a su víctima cuando tienen la victoria asegurada. Nuestro dios ha sido la ciencia occidental. A través de su variado poder ella nos ha preservado, confortado, curado, nos ha dado calor, alimento y abrigo y nosotros hemos sido libres de criticarla y de rechazarla ocasionalmente, como siempre han hecho los hombres con sus dioses. Pero sabíamos que a pesar de nuestra apostasía, esta deidad nuestra criatura y esclava, nos concedería la anestesia para el dolor, un nuevo corazón, un nuevo pulmón, los antibióticos los medios de transporte y los medios de comunicación. Siempre que accionamos el interruptor de la luz, ésta se enciende, y si no es así, podemos saber por qué. Nunca me sentí muy a gusto con el tema de la ciencia. Entendía muy poco cuando iba al colegio, y ahora que tengo cincuenta apenas entiendo un poco más. Sin embargo también la he considerado como a un dios, aun cuando sus logros no me resultan comprensibles, y comparto la desilusión universal de aquellos cuyo dios ha muerto. Recuerdo con claridad la aseveración de un biólogo en el momento en que se supo que no había ninguna mujer embarazada sobre la faz de la tierra: “Puede llevarnos un tiempo descubrir
la causa de esta aparente infertilidad universal”. Han pasado veinticinco años y ya nadie espera una solución. Hemos sido humillados en lo más profundo de la fe en nosotros mismos, como sementales lascivos sorprendidos por la impotencia. A pesar de que tenemos saber, poder e inteligencia, ya no podemos hacer lo que los animales hacen sin pensar. No es raro que los admiremos y los envidiemos.
El año 1995 se conoció como el año Omega y ahora el término se ha universalizado. El gran debate popular de fines de la década de los '90
giraba en torno de lo que haría el país que descubriera la cura para la infertilidad mundial: si la compartiría con los demás y en qué términos.
Todos aceptaban que se trataba de un desastre que abarcaba el mundo entero y que había que estar unidos para combatirlo. Todavía al final de los
'90 hablábamos del Omega como si se tratara de una enfermedad, una disfunción que en su momento sería diagnosticada y corregida, del mismo modo en que el hombre alguna vez había llegado a encontrar una cura para la tuberculosis, la difteria, la polio e incluso, aunque demasiado tarde, para el sida. Como pasaron los años y los esfuerzos comunes supervisados por las Naciones Unidas no llegaron a nada, esa actitud de total apertura desapareció. Los experimentos se convirtieron en un secreto, y los esfuerzos de todas las naciones se transformaron en causa de fascinación y sospecha. La Comunidad Europea, teniendo en cuenta la situación, colaboró en la investigación proveyendo mano de obra y otras facilidades. En las afueras de París estaba ubicado el Centro Europeo de Fertilidad Humana, uno de los más prestigiosos del mundo. En un momento, decían, llegaron a colaborar con los Estados Unidos cuyos esfuerzos eran todavía mayores.
Pero no existía la cooperación entre diferentes razas: el precio era demasiado alto. Se debatía y se especulaba con pasión acerca de los términos en los cuales se debía compartir el secreto. Se daba por sentado que una vez hallada la cura, ésta debía compartirse, era un conocimiento científico que ninguna raza debía o podía guardar para sí indefinidamente.
Pero los distintos continentes, razas y naciones nos mirábamos con sospecha y desconfianza, alimentándonos de rumores y especulaciones.
Volvió el viejo arte del espionaje. Los agentes abandonaron su cómoda condición de retirados y pasaron a dedicarse a su antigua profesión. Es claro que el espionaje nunca se había suspendido; ni siquiera una vez finalizada la Guerra Fría de 1991. El hombre es demasiado adicto a la intoxicación
que le produce la mezcla de bucanerismo adolescente y perfidia adulta como para abandonarla del todo. Hacia fines de la década del '90 la burocracia del espionaje floreció como no lo había hecho desde fines de la Guerra Fría, y trajo nuevos héroes, nuevos villanos, nuevas mitologías.
Teníamos la mirada puesta en Japón: temíamos que gente con una técnica tan brillante estuviera en camino de encontrar la respuesta.
Han pasado diez años y aún seguimos mirando, pero con menos ansiedad y sin esperanza. El espionaje sigue existiendo pero ya han pasado veinticinco años desde que nació el último ser humano y sinceramente son muy pocos los que confían en que alguna vez vuelva a oírse el llanto de un recién nacido sobre la tierra. Nuestro interés por el sexo está en decadencia.
El romanticismo y el amor idealizado han sustituido a la pura satisfacción carnal, a pesar de los esfuerzos del Custodio de Inglaterra por estimular nuestro magro deseo a través de porno shops. Pero el Servicio Nacional de Salud nos provee a todos de sustitutos sensuales: allí nuestros cuerpos envejecidos son estirados, acariciados, golpeados, tocados, aceitados y perfumados. Nos arreglamos los pies y las manos, nos medimos y nos pesamos. “Lady Margaret Hall” se ha convertido en el centro de masaje de Oxford; voy allí todos los martes a la tarde, me recuesto en una camilla y miro los prolijos jardines mientras disfruto de una hora exacta de los mimos sensuales que nos otorga el Estado. Y con qué cuidado obsesivo todos tratamos de retener la ilusión, si bien no de la juventud, al menos de una madurez vigorosa. El golf se ha convertido en nuestro deporte nacional. Si el Omega no hubiera existido, los conservacionistas protestarían porque se han arreglado y modificado grandes extensiones de campo –a veces las mejores zonas– para construir excelentes canchas. Son gratis, es parte del placer prometido por el Custodio. Algunos se han vuelto exclusivos y restringen la entrada de sus miembros: no la prohíben porque es ilegal, pero utilizan esas señales discriminatorias que aun el menos sensitivo de los británicos ha aprendido a percibir desde pequeño. Necesitamos nuestros esnobismos: la igualdad es una teoría política, pero no una política práctica, ni siquiera en la Gran Bretaña igualitaria de Xan. Una vez traté de jugar al golf pero inmediatamente me resultó muy poco atractivo, quizá por mi habilidad para pegarle a los montículos de tierra en vez de a la pelota.
Ahora hago aerobismo. Casi todos los días corro por la tierra suave de Port Meadow o los senderos desiertos de Wytham Wood; voy contando las
millas y midiendo los latidos del corazón, la pérdida de peso y la resistencia. Igual que el resto de la gente, estoy preocupado por mantenerme en actividad y obsesionado por el funcionamiento de mi cuerpo.
Esto comenzó a principios de la década del '90: la búsqueda de una medicina alternativa, los aceites perfumados, los masajes, los ungüentos, la predicción del futuro, el sexo sin penetración. La pornografía y la violencia sexual se volvieron más explícitas y frecuentes en las películas, la televisión, los libros y la vida, pero en Occidente cada día se hacía menos el amor y nacían menos niños. En aquella época parecía una solución apropiada para un mundo contaminado por la superpoblación. Como historiador, considero que ése fue el principio del fin.
Deberíamos haberlo supuesto a comienzos de esa década. Ya en 1991
un informe de la Comunidad Europea mostraba un descenso de ocho millones doscientos mil en el número de niños nacidos en Europa durante el año anterior, especialmente en los países católicos. Creíamos que conocíamos las razones, que esa caída era deliberada, que era el resultado de actitudes más liberales, ante el control de la natalidad y el aborto, de las mujeres que postergaban sus embarazos por cuestiones profesionales, o de las familias que deseaban mejorar su nivel de vida. Y el descenso de la población se complicó con el avance del sida, especialmente en África.
Algunos países europeos comenzaron a programar una activa campaña para favorecer los nacimientos, pero la mayoría de nosotros creía que ese descenso era deseable, incluso necesario. Estábamos contaminando el planeta: era de celebrar que hubiera menos nacimientos. Era menos importante este descenso en la población que la preocupación de las naciones por mantener a su propia gente, su propia cultura y su raza, y que la necesidad de seguir engendrando jóvenes que pudieran continuar el rumbo de sus estructuras económicas. Pero por lo que yo recuerdo, nadie sugirió que la fertilidad de la raza humana estaba cambiando dramáticamente. La llegada del Omega fue repentina, todos lo recibimos con incredulidad. Parecía que de la noche a la mañana la raza humana había perdido su poder de engendrar. El descubrimiento que se hizo en julio de 1994, de que incluso el esperma congelado que estaba guardado para los experimentos y las inseminaciones artificiales había perdido su potencia, fue un horror peculiar que cubrió al año Omega con el velo de un temor
supersticioso, de la brujería, de la intervención divina. Reaparecieron los antiguos dioses, con un poder terrible.
El mundo mantuvo la esperanza hasta que la generación que nació en el año 1995 alcanzó la madurez sexual. Cuando todos los exámenes aseguraron que ni uno de ellos podía producir un esperma fértil supimos que, de hecho, se trataba del fin del homo sapiens. En ese año, 2008, hubo un aumento de los suicidios. No tanto entre la gente vieja, sino más bien entre la de mi generación, la de la gente madura que iba a tener que soportar la mayor parte de los humillantes pero insistentes deseos de una sociedad envejecida y decadente. Xan, que para ese entonces había asumido como Custodio de Inglaterra, trató de frenar lo que se estaba convirtiendo en una epidemia a través de multas a los parientes más cercanos de la víctima; del mismo modo que ahora el Consejo paga generosas pensiones a los parientes de los viejos dependientes y discapacitados que deciden matarse. Tuvo buenos resultados: la proporción de suicidios bajó en comparación con las cifras enormes de otras partes del mundo, especialmente aquellos países cuya religión se basaba en el culto de los antepasados y en la continuidad de la familia. Pero los que sobrevivieron se dejaron llevar por un pesimismo prácticamente universal, lo que los franceses llamaron ennui universel.
Cayó sobre nosotros como una enfermedad insidiosa, de hecho se trataba de una enfermedad, con síntomas que pronto se volvieron familiares: lasitud, depresión, un malestar indefinido, facilidad para rendirse ante infecciones menores, un permanente dolor de cabeza que no permite hacer nada. Yo luché contra ella, igual que muchos otros. Algunos, entre los que se encontraba Xan, nunca la sufrieron, tal vez por estar protegidos por la falta de imaginación o –en su caso– por un egoísmo tan poderoso que ninguna catástrofe exterior lo puede vencer. Todavía hay ocasiones en las que necesito luchar, pero ahora tengo menos miedo. Las armas con las que combato son también mi consuelo: los libros, la música, la comida, el vino, la naturaleza.
La calma que me proporcionan estas satisfacciones es también un recuerdo agridulce de lo transitorio de la felicidad humana, ¿pero alguna vez fue eterna? Todavía hallo placer, un placer más intelectual que sensual, en los fulgores de las primaveras de Oxford, las flores de Belbroughton Road, que cada año son más lindas, el movimiento del sol sobre los muros de piedra, los castaños florecidos, el aroma de las plantaciones, los primeros
copos de nieve, la fragilidad compacta de un tulipán, las ráfagas de viento.
El placer no tiene que ser menor porque en los cientos de primaveras por venir no habrá quien vea las flores, porque los muros se derrumbarán, los árboles se morirán y pudrirán, y los jardines serán sólo una mezcla de semillas y pasto: todo lo bello sobrevivirá a la inteligencia humana que lo registra, lo disfruta y lo celebra. Esto es lo que me digo, pero no sé si lo creo, ahora que el placer aparece tan de vez en cuando y casi siempre acompañado de dolor. Puedo entender que los aristócratas y los grandes terratenientes no cuiden sus propiedades. Nuestra experiencia se reduce sólo al momento presente, a ningún otro segundo en el tiempo, y comprender eso es lo más cercano a la vida eterna que conocemos. Nos remitimos al pasado para asegurar nuestro linaje; pero sin la esperanza de una descendencia futura –no me refiero a la personal, sino a la de toda nuestra raza–, sin la esperanza de tener una continuación a pesar de estar muerto, los placeres intelectuales y sensoriales a veces no me resultan más que una forma frágil y patética de defendernos.
Hemos apartado de nosotros, como padres en duelo, todos los recuerdos dolorosos de nuestra pérdida. Los juegos para los niños han sido retirados de las plazas. En los primeros doce años que siguieron al Omega, las hamacas estaban recogidas y atadas, el tobogán y las trepadoras sin pintar.
Ahora directamente los han sacado, y en los parques han plantado césped y flores que parecen una sucesión de tumbas. Quemaron todos los juguetes, excepto las muñecas que algunas mujeres no totalmente cuerdas utilizan como sustitutos de niños. Las escuelas estuvieron cerradas durante un largo tiempo hasta que las clausuraron o las convirtieron en establecimientos de educación para gente adulta. Los libros para niños han desaparecido sistemáticamente de nuestras bibliotecas. Sólo en los casetes y los discos se escuchan las voces de los niños, sólo en el cine y los programas de televisión vemos las imágenes vivas y brillantes de los niños. Para algunos resulta insoportable, pero para la mayoría de la gente funcionan como una droga.
A los niños nacidos en el año 1995 se los llama Omegas. Nunca se ha estudiado, examinado, valorizado, perdonado o sufrido tanto a ninguna otra generación. Ellos eran nuestra esperanza, nuestra promesa de salvación, y eran –lo son todavía– excepcionalmente hermosos. Pareciera que en su última crueldad la naturaleza hubiera querido enfatizar lo que hemos
perdido. Los hombres, que ahora tienen veinticinco años, son fuertes, individualistas, inteligentes y hermosos como dioses. Muchos de ellos son también crueles, arrogantes y violentos, cualidades que se han comprobado en Omegas de otras partes del mundo. Según los rumores las temibles bandas de los Cara Pintada, que andan de noche por las rutas y preparan terribles emboscadas a los pacíficos viajeros, están conformadas por Omegas. Dicen que cuando apresan a un Omega lo libran de la pena si acepta sumarse a la Policía del Estado, mientras el resto de la banda, tan culpable como él, es confinado en la Colonia Penal de la Isla del Hombre, adonde van los desterrados por violencia y robos de todo tipo. Pero si bien es imprudente conducir sin protección por nuestras rutas secundarias, por otra parte nuestras ciudades se han convertido finalmente en un sitio seguro gracias al viejo sistema de deportación utilizado en el siglo diecinueve.
Las mujeres Omegas tienen otro tipo de belleza: clásica, remota, indiferente, desprovista de ánimo y de energía. Tienen un estilo muy distintivo y quizá por miedo las otras mujeres jamás las imitan. Usan el cabello largo y suelto, y alrededor de la cabeza llevan una cinta que a veces trenzan, o una trenza verdadera. Es un estilo que sólo queda bien en esas caras de belleza clásica, con frente ancha y ojos grandes y espaciados. Al igual que sus pares masculinos, parecen incapaces de sentir compasión. Los hombres y mujeres Omegas son una raza aparte, a la que todos perdonan, propician, temen y consideran con un respeto un tanto supersticioso. Dicen que en algunos países se los sacrifica en ritos de fertilidad que han resurgido después de siglos de aparente civilización. A veces me pregunto qué sucedería en Europa si nos llegara la noticia de que los antiguos dioses han aceptado esas ofrendas carbonizadas y que un niño ha nacido.
Quizá los Omegas no sean más que fruto de nuestra locura: es difícil que un régimen que combina una vigilancia perpetua con una indulgencia total permita un sano desarrollo. Si tratamos a los chicos como dioses desde que nacen, lo más probable es que cuando crezcan actúen como demonios.
Permanecen en mi cabeza como un icono viviente de la forma en que yo los veo, de la forma en que se ven a ellos mismos. Fue en junio, un día de calor pero no sofocante, había una luz clara y las nubes se desplazaban lentamente, como velos de muselina, sobre el cielo color celeste; las mejillas sentían el aire dulce y frío; un día que no tenía nada de la languidez húmeda con la que asocio los veranos de Oxford. Yo había ido a Christ
Church a visitar a un colega: pasé debajo de la inmensa bóveda de crucería de Wolsey y me dirigí hacia el patio; allí estaba un grupo de Omegas, cuatro hombres y cuatro mujeres, todos recostados con elegancia sobre los zócalos de piedra. Las mujeres parecían recién salidas de uno de los vitrales prerrafaelistas de la catedral, con sus aureolas onduladas de cabello brillante, la frente despejada, los pliegues y las curvas de sus diáfanos vestidos. Los cuatro hombres estaban más atrás, con las firmes piernas separadas y los brazos cruzados; no las miraban a ellas, sino más allá de ellas, con una mirada arrogante que imponía su soberanía en todo el patio.
Cuando yo pasé las mujeres me siguieron con sus ojos inexpresivos, apáticos, en los cuales se adivinaba, sin embargo, un destello inconfundible de desprecio. Ellos parecieron interesarse por un instante, luego apartaron la vista como si yo fuera un objeto de poco interés y volvieron a contemplar el patio. En ese momento pensé, igual que ahora, que era muy feliz por no tener que seguir dándoles clase. La mayoría de los Omegas abandonaban después de haber obtenido el título intermedio; no les interesaba seguir estudiando. Los estudiantes Omegas que yo había tenido eran inteligentes pero desorganizados, se portaban mal y se aburrían. Felizmente nunca tuve que llegar a contestar la pregunta que flotaba en el ambiente: “¿Cuál es el sentido de todo esto?”. La historia, que interpreta el pasado para comprender el presente y enfrentar el futuro, es la disciplina más ingrata para una especie en vías de extinción.
Mi único colega de la universidad que se toma a los Omegas con total calma es Daniel Hurstfield, pero es que, como profesor de paleontología estadística, su mente abarca una dimensión distinta del tiempo. Igual que el dios del viejo himno, ve pasar mil años como si se tratara de una tarde. En una fiesta de la universidad de ese año en que yo era el encargado de la bodega, él estaba sentado a mi lado, y me dijo:
–¿Con qué nos va a servir el faisán, Faron? Aquél estaría muy bien. A veces me temo que es usted un tanto proclive a hacer combinaciones un poco arriesgadas, y espero que haya sabido organizar un programa racional de consumo del alcohol. Me apenaría enormemente ver desde mi lecho de muerte que los bárbaros Omegas se adueñan de la bodega de la universidad.
–Estamos pensando en eso –le respondí–. Es un plan que avanza en forma lenta. Algunos de mis colegas sienten que somos demasiado pesimistas.
–No me parece que sean demasiado pesimistas. No entiendo por qué todos parecen tan sorprendidos por Omega. Después de todo, de los cuatro mil millones de formas de vida que han habitado este planeta, ya hay tres mil novecientos sesenta millones que se han extinguido. No sabemos por qué. Algunas por una extinción inexplicable, otras como producto de catástrofes naturales, otras fueron destruidas por meteoritos y asteroides. A la luz de esas extinciones en masa es poco razonable pensar que la raza homo sapiens será eximida de ellas. Nuestra especie habrá sido una de las más breves, un mero destello, se podría decir, en la historia del tiempo. Más allá de Omega, en este momento también podría haber un asteroide lo suficientemente grande como para destruir este planeta, y que esté volando hacia aquí.
Empezó a masticar su faisán haciendo ruido, como si la perspectiva lo llenara de una profunda satisfacción.
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