Indalo
Una montaña en la península…
QUE UN DÍA SERÁ LA IBÉRICA,
CERCA DE UN LUGAR QUE SE LLAMARÁ
VÉLEZ BLANCO,
HACIA EL 4000 ANTES DE LA ERA CRISTIANA
El pueblo acompañó a su sacerdotisa hasta el pie de la montaña y una vez allí la gente se detuvo. Solo sus cánticos siguieron a la muchacha que, con paso tranquilo, emprendió el camino de ascenso. Avanzaba erguida y meciendo las caderas, con el cuenco que contenía las ofrendas y los tintes sobre la cabeza. Los hombres habían obtenido esos colores de las plantas y animales de las inmediaciones unas lunas antes, cuando todavía llovía. La tierra entonces estaba verde y rebosaba vida, no marrón ni agostada como en ese momento. Los cánticos de la gente invocaban al dios de la lluvia desde que la luna se había redondeado por última vez. Pero el dios dormía a la sombra más allá de la montaña, fatigado por el calor abrasador del verano meridional, con los ojos cerrados frente a la luz ardiente. Esa era la razón por la que la sacerdotisa ascendía por su santuario. Su llamada debía despertarlo.
Las voces del pueblo se extinguían, pero la sacerdotisa sabía que la gente seguía cantando. Parecía sentir sus cánticos como la quemadura de la unción que le habían aplicado. El hombre sabio de la tribu le había untado el aceite rojo entre las cejas, sobre las mejillas y bajo los ojos. Así pintada, el dios la encontraría. Pero al principio el aroma del aceite la mareaba y le escocía en los ojos. Cada vez le resultaba más difícil distinguir el sendero. La sacerdotisa pensó en las otras mujeres que habían subido por esa pendiente antes que ella. ¿Les había dolido también la cabeza y los pies, les había quemado también el rostro bajo la pintura? La sacerdotisa trató de cerrar las puertas al dolor y al miedo, de no escuchar los latidos de su corazón, sino de centrar todos sus pensamientos y sentimientos en la invocación al dios. Solo admitió la sed acuciante. Pensar en el agua la ayudaría a invocar la lluvia.
El estrecho acceso a la gruta solo permitía introducirse por él. La sacerdotisa abandonó con un ligero estremecimiento la luz del sol. Por regla general no habría entrado en una cavidad como esa sin cuchillo y lanza, pero ahí no los necesitaba. Ningún animal salvaje osaría entrar en la gruta del dios de la lluvia. Si había algo que temer, sería como mucho encontrarse con el dios.
Estaba oscuro y la sacerdotisa avanzó a tientas, insegura. No debía encender ningún fuego para no asustar a los espíritus del agua, amigos del dios. Entonces distinguió el rayo de luz del que le había hablado el hombre sabio. La gruta se ensanchaba formando un pequeño recinto en el que se derramaba la luz del sol desde lo alto, o la lluvia si el dios otorgaba su bendición. La sacerdotisa vio el cuenco de las ofrendas de su predecesora. Levantó con cautela el recipiente de la pesada piedra situada bajo el orifico de la cubierta de la gruta. Ya hacía tiempo que se había secado. Pero no había en ella huellas rojas. Su predecesora, pues, no había tenido que ofrecerse al dios.
La sacerdotisa alejó de su mente los recuerdos de todo lo que había sucedido antes. Siguiendo las instrucciones del hombre sabio, abrió el recipiente con el aceite rojo. Restauró con cuidado los signos de su rostro, inspiró profundamente el aroma y vertió un poco de pintura en el cuenco. No mucho, la mayor parte estaba destinada a otros objetivos. Depositó el cuenco en el lugar del ara sobre la que caía la intensa luz del sol. La esencia de inmediato difundió su aroma y el olor ascendió hacia ella.
Tal vez el perfume bastara para despertar al dios. Tal vez debía esperar un poco más. Se arrodilló delante del altar, tomó una profunda bocanada de aire e intentó invocar al dios únicamente mediante sus pensamientos. Creía notar su presencia, penetrar en su sueño, pero solo se movía adormecido.
Se acercó con lentitud al haz de luz y levantó los brazos hacia el dios: esperaba gustarle, esperaba que el sudor provocado por la ascensión hasta la gruta no hubiese borrado los colores con que sus amigas habían adornado su delicado cuerpo moreno la noche anterior. Aún le parecía notar sus dedos recorriendo su pecho y sus muslos, húmedos a causa de las pinturas disueltas en la escasa agua que la corriente del río todavía les dispensaba, suaves y fríos como la lluvia…
La sacerdotisa sacó las pinturas de la cesta y las dispuso en un semicírculo delante de la pared de la gruta. La superficie era ahí plana, adecuada para la imagen, y a través del orificio de la cubierta caía luz suficiente. Los últimos rayos de sol alcanzarían esa pared y revelarían la representación del dios de la lluvia cuando se despertase…
La sacerdotisa vació el resto del aceite en el cuenco con el color rojo y metió la mano. Buscó la imagen del dios de la lluvia en su mente, dibujó su rostro… un rostro delgado y suave, enmarcado por un cabello plateado — como el arroyo tras la lluvia, como las nubes delante del sol—, ojos color de mar cuando la cubierta de nubes se reflejaba en él. La sacerdotisa percibió que esos ojos se abrían a ella. El dios observaba lo que hacía, eso estaba bien. Pero la muchacha tenía que acercarse más a él. Lo buscó a tientas, lo rozó… Sus dedos se deslizaron por la pared lisa de piedra, pero percibieron el espíritu que moraba en la montaña. La sacerdotisa dibujó el cuerpo del dios, un cuerpo fuerte y poderoso, de brazos largos y musculosos, que se extendían hacia ella. De repente, la pared de piedra se oscureció, la luz del sol empalideció, el dios avanzó el pecho hacia el sol. La sacerdotisa notó su sombra acariciándole la espalda, con suavidad pero fríamente… Dibujó las piernas del dios, largas, fornidas; su postura era firme y segura, se abría paso por las montañas, el calor no lo cansaba. Ella lo llamó, lo llamó, notó su cercanía. La muchacha respiraba más deprisa, contuvo el aroma del aceite rojo y por última vez metió la mano en el cuenco. La pintura estaba blanda y maleable. No tardaría en endurecerse en contacto con el aire, casi como la arcilla, solo el aceite la mantenía dúctil. La sacerdotisa ya no percibía el perfume como una opresión, sino como parte del color, y llamó al dios con la mente, con las manos, con el cuerpo. Empleó ambas manos para trazar el sexo del dios, un rasgo poderoso: ya no más vacilaciones. El dios de la lluvia venía para fecundar, sin él nada crecía, no había origen. Ella le dio vida, sintió que la imagen se animaba bajo sus manos, esperó la presencia del dios. El último rayo de sol desapareció, la imagen se ensombreció y la sacerdotisa dio media vuelta.
El cuerpo del dios había oscurecido el firmamento; el aire, sofocante y caliente, dificultaba la respiración; la sacerdotisa se extendió hacia el dios. Y entonces la oscuridad la rodeó como en un abrazo, el aliento fresco acarició su cuerpo, el sudor y la pintura de su cuerpo se secaron, los dedos del dios los borraron enseguida, acariciaron su rostro encendido. Ella curvó la espalda, abrió las piernas, se preparó para él. Ella era la tierra, necesitaba la lluvia; ella era la flor, necesitaba sus semillas. Le oyó gritar, casi un aullido, como el viento, captó el retumbar de los espíritus tras las montañas, fuerte, atronador. La sacerdotisa había cerrado los ojos, pero vio el rayo cuando él la penetró, su cuerpo sintió los fríos besos de él que le lavaban la pintura de las piernas y del pecho, se la quitaba besándole el rostro una y otra vez. Ella ofreció su vientre a la lluvia, notó la fuerza del dios. Rio de alegría cuando el don divino corrió por su cuerpo. Llegado el momento dobló la rodilla, cogió el cuenco de las ofrendas y se la tendió al dios. El cielo lo llenó de agua y ella bebió, bebió hasta que, saciada y exhausta, cayó al suelo. Su respiración se sosegó y con ella el delirio de la tormenta. La lluvia había lavado el aceite del cuenco, el viento se había llevado el perfume. Apenas unas huellas rojas en el ara testimoniaban la ofrenda. El aire de la gruta era despejado y fresco.
La sacerdotisa se levantó y se dirigió hacia el dibujo. Una imagen, esbozada deprisa, con el alma en un hilo, en la pared. Ya no estaba. ¿O sí? ¿Había soñado? ¿O había estado el dios realmente en ella? Fuera lo que fuese lo que había ocurrido, tenía que terminar el dibujo. Ya no le quedaba más pintura roja, pero los otros tintes brillaban invitadores en sus recipientes. La lluvia los había diluido y renovado. La sacerdotisa sumergió las manos en el azul, el amarillo, el verde y el luminoso naranja del color del sol. Con un trazo atrevido unió los brazos alzados del dios con un arco de luz.
En esos momentos, a través del orificio de la cubierta de la gruta caía un resplandor extraño, suficiente para localizar la salida de la caverna. La sacerdotisa se puso en pie y se deslizó a tientas por el angosto pasillo. A continuación descendió la montaña dando traspiés, con la luz a la espalda. Estaba agotada, exhausta, y el dios la condujo de la mano hasta que de nuevo llegó al pueblo. La gente esperaba al pie de la montaña. La muchacha oyó su risa, sus cánticos de agradecimiento, vio los cabellos empapados de los presentes y la barba mojada del hombre sabio. Anhelaba participar de su alegría.
Pero cuando la gente la vio, enmudeció. Todos se quedaron mirando a su sacerdotisa y se postraron en silencio.
Ahí estaba la muchacha que hasta hacía poco había sido una de ellos. Pero había cambiado, volvía del mundo de los dioses. Su cabello brillaba con miles de colores y su cuerpo estaba bañado de luz. Y entonces se erigió sobre ella el regalo del dios: el arco iris.