Jaque al destino

Lluís Llach · Capítulo 1 de 52

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Jaque al destino

Primera parte

 

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1

En el Castillo

 

Ninguna llama hace bailar las sombras en las paredes del imponente salón del Castillo. Hace rato que la cena se ha acabado, pero los aromas del asado, el olor a sudor y el hedor de las antorchas de sebo apagadas enrarecen el aire. Bajo la enorme mesa, dos perros lobo dormitan. Hoy, el príncipe Jan y el barón de Cas han cenado tan entusiasmados mientras discutían sobre armas que los animales han ido atiborrándose hasta reventar. Ahora duermen la digestión pero con el oído atento, no fuera a ser que estuviese al acecho algún peligro. Y para eso los quiere el príncipe Jan, para olfatearlo y prevenirlo, pues la caza le importa un rábano. Quién quiere perder el tiempo persiguiendo un corzo cuando te espera un trono… y el rey va envejeciendo cada día que pasa.

Normalmente, los perros duermen con el señor, dentro de la cámara. Su amo tiene mal genio y los patea donde más duele, pero también sabe ser amable y, de vez en cuando, les habla y los acaricia, sobre todo cuando está solo y un poco ebrio. Si, además, tiene el sexo ardiente, los deja subir a su cama y los invita a lamerlo antes de quedarse dormido del todo. Pero hoy no es el caso, Bran y Toc duermen bajo la mesa porque el príncipe Jan copula con Mela, una sirvienta que también se lo lame, aunque, eso sí, sabiendo medir el ritmo hasta que él necesita sentirse poderoso y entonces la cabalga con salvajismo. Pero esta noche duermen lejos de su amo, porque Mela les tiene manía.

En la otra ala del Castillo, la que da a poniente, el príncipe Ínian sigue en vela. Ya hace unos días que tiene extraños presentimientos que angustian su reposo. Como Jan, es bello y fornido, pero su carácter es diferente: a la pasión de los hombres por el poder y el sexo, él suma sus aficiones musicales, su interés por las matemáticas y sus estudios de astrología, algo poco corriente entre los notables de la corte. Se dice que estas inclinaciones lo han convertido en el favorito de su madre, la reina Bal, que percibe en el hijo pequeño una especial habilidad para moverse entre los laberintos del poder. Alguna vez, la reina se lo ha comentado con gran prudencia a su esposo, porque el rey Ebrard es amante de las tradiciones dinásticas y vive embelesado por las gestas guerreras del príncipe Jan. Aun así, cuando la reina Bal le ha insinuado sus dudas sobre las aptitudes de un sucesor tan tosco como su primogénito, Ebrard, con el ademán de quien considera profana en estos asuntos a su interlocutora, ha aducido en respuesta que «se acercan tiempos en que será más conveniente un rey con mano de hierro que uno que se entretenga en los bamboleos de los astros».

No muy lejos de allí, en la residencia de la Real Capilla, la llama de una lámpara de aceite sobre la mesa perfila la silueta de un clérigo que escribe en un puñado de pergaminos. Es el presbítero Orenç, que parece absorto en la rutinaria tarea que se impone cada noche: anotar los detalles que los feligreses le han confiado durante las confesiones. Practica esto desde que le otorgaron la titularidad de la Real Capilla y, antes de acostarse, anota cada uno de los pecados que ha absuelto durante el día. Los escribe con una caligrafía pulida y conservando los renglones. En el margen izquierdo apunta la naturaleza del pecado y, si es necesaria, la apostilla de un comentario. Y, finalmente, en el margen derecho ha previsto dejar el hueco suficiente para anotar la penitencia, con la cantidad de oraciones, limosnas o ayunos impuestos. Se abstiene con gran cuidado de apuntar el nombre del pecador o pecadora: el secreto de confesión es sagrado pero, cuando hace falta, apunta alguna referencia que le permita, únicamente a él, recordar su identidad. Fue durante el estudio de este sacramento cuando su mentor, el venerable obispo Arcadi, le sugirió que estos apuntes compondrían un tesoro sobre el que «Dios ya te iluminará si algún día necesitas utilizarlo». Al principio, destinar tiempo a recolectar las más ínfimas nimiedades de los fieles le pareció una labor infructuosa pero, a medida que iba llenando pergaminos, comprendió que aquellos pecados y aquellos nombres configuraban una red de culpas y revelaciones que dejaban a la luz las tripas más recónditas de la comunidad, el entramado de intereses y relaciones que palpitaban en Magens. Había acertado de pleno al seguir la doctrina del obispo Arcadi. Pero hay que tener paciencia. Y, además, llevarla a la práctica, incluso cuando la labor parece infecunda, como en ese preciso instante, mientras recuerda a Savin Dancés, que ha robado fruta del campo de su vecino, Astier Ramasé, y que se ha tocado demasiadas veces «aquello», que es como la gente llama a sus genitales. Sí, hay que aplicarse en ello con paciencia y con extrema prudencia. Si alguien accediese a estos documentos, de ninguna manera debería poder identificar a las personas mencionadas: romper el sigilo sacramental está penado con la excomunión.

El presbítero Orenç es joven. Tiene casi dos años más que el príncipe Jan y cuatro más que el príncipe Ínian. Pero el hecho que ha marcado su vida, algo que nadie ignora en Magens, es su condición de hijo bastardo del rey Ebrard de Albir. Sin embargo, aunque es bien cierto que el monarca nunca lo ha reconocido como hijo legítimo, también lo es que siempre le ha otorgado un trato de deferencia, por ejemplo, concediéndole la pavordía de la Real Capilla, dotada con dos presbiterados bastante ricos. Orenç está muy agradecido por ello. Cualquier clérigo se hubiera dejado arrancar un brazo por llevar los asuntos religiosos de la familia real. Por el honor, los privilegios y el estatus relevante que confiere el cargo y porque conducir los quehaceres espirituales del rey incluye asistir también a los nobles, que se pelean por poder confesar las culpas al mismo oído que escucha los pecados del monarca. Y así, pecado tras pecado, se despliega un abanico de oportunidades para quien puede absolverlos. Sí, vuelve a concentrarse: Domenja Pallà (escribe solo la inicial del nombre), un puñado de malos pensamientos y blasfemias, cinco avemarias y dos padre…

De repente oye un grito. Lejano pero, aun así, le parece aterrador. Alza la cabeza, escruta la ventana como si esperase una respuesta o una repetición… Pero ahora solo hay silencio. Se levanta y se acerca a ella. Sin luna no distingue nada, la oscuridad no muestra ninguna grieta. Vuelve a aguzar el oído por si escucha el murmullo de algún movimiento. Mira hacia el foso. Es inútil; la negrura lo engulle todo. Repasa la pared vecina del palacio, que en la oscuridad se muestra imprecisa, pero en una de las ventanas se ve una agitación de tenues resplandores. El presbítero fija la mirada: es el ventanal de la reina y el aumento de claridad indica que alguien se acerca. Y entonces aparece una llama que deja a la vista un brazo solo unos instantes y que después se retira. «La reina también lo habrá oído y estará mirando por si ve algo, como yo. No debe de ser nada», se dice mientras vuelve a la mesa y moja la pluma en el tintero para completar la palabra «padre…» con «nuestros». Sí. Domenja Pallà, dos padrenuestros.

Justo antes de acostarse baja a cerrar la entrada de la residencia y avisa al sacristán Plus de que ya puede atrancar la capilla. Tiene la costumbre de mantener las puertas abiertas hasta que se acuesta, no fuera a darse el caso de que alguna alma descarriada necesitase cobijarse bajo techo.

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